La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 3 de 23

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La cruz y el lirio dorado

III. En el que al amor de la lumbre se habla de los perros del dinero

III

EN EL QUE AL AMOR DE LA LUMBRE SE HABLA DE

LOS PERROS DEL DINERO

 

Montesecco se detuvo un momento para contemplar la casa y respiró tranquilo, con la seguridad de quien, tras duros avatares, ha llegado a buen puerto.

—Bien se la ve. Y a juzgar por la cercanía, estamos ya en vuestras tierras.

—Sí, hace rato. En las tierras de mi padre.

—En dos zancadas nos plantamos allí. Habrá un buen fuego para secarse.

—Y si no lo hay, lo encenderán.

—Para acortar el camino, ¿queréis que os cuente alguna de mis hazañas? Así nos conoceremos mejor.

La casa solar de los Maffei más tenía de casa de labor que de mansión señorial, aunque cumpliese ambas funciones, como tantas casas de Toscana. Había sido edificada en su partes principales por el bisabuelo del dominico Maffei —agricultor que había heredado unas cuantas fanegas y hecho una boda no mala con mujer de su misma clase y bienes—, cuando se enriqueció y ascendió en la escala social al ser de los pocos que acertaron a unir el comercio con el cultivo de la tierra.

Estaba a punto Montesecco de golpear la puerta con la culata del arcabuz, pero el dominico llamó con la aldaba. Como no llegó ningún ruido del interior, Montesecco agarró por su cuenta la aldaba y llamó repetida y enérgicamente.

Con una luz en la mano, cubierto con ropa improvisada, Vittorino, un criado ya al borde de la ancianidad, llegó a la puerta, la abrió con precaución y en su marco aparecieron las siluetas del bandido —o condotiero— Montesecco y el joven clérigo dominico Stefano Maffei, reconocido al instante por el criado que, diligente, los hizo pasar y los precedió con la luz por el amplio zaguán.

—¡Señor Stefano, qué sorpresa tan inesperada y tan grata! ¡No sabéis qué feliz me hace!

—Dame un abrazo, Vittorino —y se volvió a Montesecco—: Fue el mejor compañero de mi infancia.

—¡Perdonad estas lágrimas de viejo! Vuestra llegada me compensa de los sobresaltos que me han dado primero la tormenta y luego los aldabonazos.

—No los di yo, sino mi acompañante, que es hombre impaciente y muy enérgico.

—Y que llega empapado y muerto de frío —añadió Montesecco—. Ardíamos en deseos de ponernos bajo techo. Disculpad si hice demasiado ruido.

—Si venís con mi señor Stefano, podéis hacer todo el ruido que os plazca.

—¿Te ha asustado la tormenta, Vittorino? —preguntó Maffei, rejuvenecido al pisar la casa de su padre.

—¡A mí qué ha de asustarme, señor Stefano! Pero cuando estaba en el primer sueño, mi mujer ha lanzado un grito que por poco salto hasta el techo.

—¿Cómo está mi buena ama, mi querida Alfonsina?

—De salud, tan buena como siempre; de genio, cada día peor.

Rió el dominico el comentario de Vittorino.

—Voy ahora mismo a despertar a vuestro padre. ¡Qué alegría se va a llevar mi señor!

—¿Y mi hermano Adriano?

—¿No lo sabéis, señor? No está en Florencia. Está embarcado con el señor Ennio Salvinni, el mercader. Ahora casi siempre anda por lejanas tierras.

—Estamos chorreando, Vittorino. Podrías, antes de avisar a mi padre, encender el fuego.

—Tenéis razón —dijo el criado, y, tras prender unos candiles, fue hacia la chimenea a preparar los leños.

Pero Maffei se le adelantó.

—O si no, deja. Yo encenderé mientras tú le avisas. Ganaremos tiempo.

—Y recordaréis vuestros años de muchacho —dijo sonriente el criado, mientras salía de la estancia.

—Es verdad —aceptó Maffei, y le explicó a Montesecco—: Yo era el encargado de encender el fuego y de mantenerlo vivo durante todo el día.

Otro recuerdo le asaltó y, antes de llegar a la chimenea, se detuvo para llamar al criado.

—¡Vittorino!

Volvió rápidamente sobre sus pasos Vittorino y se asomó a la puerta.

—Señor.

—¿Sigue habiendo vino en la alacena?

—Sí, ya lo sabéis. Al señor le gusta que siempre haya una garrafa… —se volvió hacia Montesecco—. Del mejor chianti de nuestras viñas, y ya preparado con canela y clavo.

—Me lo imaginaba, Vittorino —dijo Stefano—. Mi señor padre, entre sus muchas virtudes, no cuenta la de ser partidario de las innovaciones.

—Yo tampoco —dijo Montesecco.

—Sacad la garrafa vos mismo, mientras yo recuerdo viejos tiempos encendiendo la lumbre. Ya veis dónde está la alacena. Así tendremos calor por dentro y por fuera.

—Nos conviene, pues, aunque estemos a fines de abril, esta primavera no es nada calurosa.

Salió el criado, y Stefano fue a la chimenea a prender el fuego de ramas de enebro. Montesecco sacó de la alacena una garrafa y dos escudillas de madera de olivo y las puso sobre la mesa.

La amplia estancia, tan entrañable para el joven dominico, en el ala del edificio dedicada a casa de labor, era a un tiempo la cocina y la habitación en que pasaban el tiempo y comían los criados y se recibía a las visitas de confianza. Unas sillas, unos bancos rústicos y unos taburetes. Dos grandes aparadores con cacharros de cobre bien cuidados y pulidos. Un cofre grande, decorado con tallas. Las paredes, encaladas. En una rinconera, imagen de la Madonna. Dos ménsulas entalladas adornaban la jácena, y de ella, como de las otras vigas, pendían manojos de hierbas y plantas medicinales que expandían un agradable aroma.

—¿Este vino es de vuestras vides? —preguntó Montesecco.

—Sí, y como habéis oído, según costumbre toscana, lo aderezamos con canela y clavo. Pero esta noche estará demasiado frío.

—Nos sentaremos junto a la lumbre —dijo Montesecco—, y así lo beberemos algo tibio, que es lo suyo.

Tras destapar la garrafa y olisquear el contenido, hablaba mientras llenaba las escudillas.

—¿Qué, padre Maffei? ¿Estáis ahora más tranquilo que en el bosque?

—Sí, mucho más. Creo que salta a la vista. En el bosque creí morirme.

Montesecco acercó a la lumbre, que ya crepitaba, dos taburetes; se sentó en uno de ellos.

—¿Se os ha pasado el susto?

—Sí, bastante. Y agradezco vuestra ayuda.

El forajido bebió un largo trago y después escupió sobre los recién prendidos leños.

—Con el vino se os pasará del todo, ya lo veréis. Para algunos trances no hay mejor compañero. Os lo digo yo, que he estado en trances de los peores.

—Lo creo.

—Yo también os doy las gracias de corazón a vos, padre, podéis creerme. En una noche endiablada como ésta, un techo, un fuego y un buen vino no se pagan con todo el oro de los Médicis.

—Y si al techo, Montesecco, al fuego y al buen vino les añadimos una cama…

—Reverencia, si añadimos una cama, no se pagan con todo el oro del mundo.

—Mirad qué bien ha prendido el fuego. Qué pronto arde el enebro, ¿verdad?

Asintió con la cabeza Montesecco, tras lanzar un discreto regüeldo, y se inclinó hacia las llamas de la hoguera. Habló en voz baja, en tono confidencial.

—Ahora, antes de que aparezca vuestro señor padre, os falta hacer algo.

—¿El qué?

—Debéis inventar un nombre.

Stefano miró a su huésped con sorpresa y desconcierto: creyó no haber entendido bien.

—¿Inventar un nombre?

—Está claro, ¿no lo comprendéis? Debéis inventar un nombre para mí. Tomad, padre —y le alargó una de las escudillas, de nuevo llena—. Esto os inspirará.

—Gracias —dijo Stefano, aún sin comprender, mientras tomaba la escudilla.

—No creo que vuestro señor padre me haya visto nunca.

—Pienso lo mismo.

—Yo, al menos, no tenía noticias de su existencia hasta esta noche; ni siquiera había oído nunca, que yo recuerde, pronunciar su nombre. Pero el mío lo conoce todo el mundo. No lo digo por alarde. Podéis creerme. Y para un anciano despertado de improviso, y en noche de tormenta, tantas sorpresas seguidas pueden ser muy graves. El hijo, el adorado hijo Stefano, que se presenta cuando nadie le esperaba en el hogar tras largo tiempo de ausencia: «¡Hijo, hijo mío querido!» «¡Padre, padre mío!» Y, de repente: «Padre mío, os presento a mi amigo Montesecco.»

Y el buen viejo exclama: «¡Ah, horror, horror!» Y se os muere como un pajarito.

Montesecco había interpretado la imaginaria escena con gran movimiento de sus espesas cejas y cambios de voz, como si quisiera emular a los histriones que desde tiempo atrás recorrían la comarca actuando en ferias y días señalados.

—No creo que ocurriera eso —rechazó Stefano—: mi padre se conserva sano y fuerte. Mas, por otro lado, opino que tenéis razón: no es necesario que sepa quién sois.

—Nada necesario.

—Es más, lo considero una imprudencia.

—Eso creo yo. ¡Vamos, padre, no os demoréis: un nombre, un nombre!

—¿Qué os parece Cassola?

—¿Cassola? Bien, muy bien. Ya lo he utilizado. También está bien vuestro chianti.

—Hacía tiempo que no lo cataba.

—Es bueno, pero habréis tenido ocasión de beberlo mejor. Sin embargo, lo decís con nostalgia. ¿Cuánto tiempo lleváis fuera de vuestra casa?

—Hice una visita a mi padre, va para dos años. Pero hace siete que marché a Roma.

—¿Siete años? Más que suficiente. Allí se hace carrera muy deprisa. Sobre todo en vuestro oficio. Claro, que el mío es más rápido, pensaréis.

El clérigo miró al bandido fijamente a los ojos.

—Sí, pero se acaba antes.

El bandido no replicó al instante, tardó un punto.

—¿Estáis seguro? A mí me enseñaron de pequeño vuestros colegas (o me pareció entenderlo así, disculpadme si me equivoco) que el tiempo era igual para todos. Para unos en la gloria de Dios, para otros en el infierno de Satanás.

El bandido se había adentrado en el terreno del religioso, y el religioso respondió con seguridad, sin pensárselo dos veces.

—Sí, la eternidad es igual de larga para todos; pero el infierno, Montesecco…

Montesecco, también sin pensárselo, le interrumpió con cierta dureza.

—Prohibido hablar del infierno, padre.

—Vos habéis empezado.

—Retiro lo dicho. Prefiero encontrármelo por sorpresa que no sentirlo a diario aquí.

—Porque lo que preferís, en realidad, es no creer en él.

—Será por eso.

—Pero, comprended que…

No parecía que Montesecco bromease, sino que la mención del infierno le hubiera irritado verdaderamente. Stefano le notaba descompuesto, lo que no dejaba de sorprenderle.

—Padre, hace un rato, cuando os he encontrado perdido en el bosque, he tenido la gentileza de no ejercer con vos mi oficio; no ejerzáis el vuestro conmigo.

—Me parece que no ha sido gentileza la vuestra: ha sido conveniencia, pues ambos nos hallábamos en el mismo mal trance. Pero os lo agradezco igual.

—Sí, sí, no lo niego, puede que tengáis razón. Ha sido más bien algo que podríamos llamar compañerismo. Pues, aunque sólo sea por unos días, los dos servimos al mismo amo. Aunque yo no haya hecho votos.

Maffei no acompañó la sonrisa de Montesecco. Parecía ausente. Como si no hubiera escuchado a Montesecco, permanecía en silencio, abstraído. Luego dijo con el tono apagado de quien reflexiona en voz alta.

—Y no es solamente un nombre, Montesecco, no es solamente el nombre.

—¿Qué decís?

Salió de su abstracción el padre Stefano Maffei para responder al bandido.

—Lo que habéis oído: que no es sólo el nombre lo que es preciso inventar para vos. Hay que pensar, además del nombre, quién sois, qué hacéis, cuál es vuestra familia, por qué estáis en Florencia, de qué vivís…

Montesecco frunció el entrecejo, ahuecó la voz y alzó un dedo para responder al dominico como si se tratase de un padre o un maestro que reprendiera a un niño pequeño.

—¡Cuidado, padre! Si no os andáis con cuidado, Satanás os achicharrará por tantas mentiras.

—Por poco instruido que estéis en religión, sabréis que no es él quien juzga.

—Podemos decirle a vuestro señor padre que soy otro fraile, como vos.

—Yo no soy fraile.

—Sacerdote o fraile, lo mismo da. ¿Os parece mala idea? Yo creo que con estas ropas que llevamos no nos diferenciamos mucho.

—Sí nos diferenciamos, Montesecco. Habréis oído muchas veces aquello tan verdadero de que el hábito no hace al monje. De ninguna manera se me pasa por la imaginación ofenderos, pero no tenéis el aspecto de un clérigo.

—¿Estáis seguro de que no, padre? Sé que soy lo que llaman «un hombre de aspecto sospechoso», pero los he visto peores en cualquier gremio.

Se interrumpió y se golpeó la frente como si le hubiera llegado de pronto una idea.

—¿Y artista? El maestro pintor Cassola que ha trabajado para Sixto IV y regresa a su ciudad natal.

Pero ¿cómo conversaría con el padre del dominico si éste le interrogaba?, objetó Maffei. El padre de Stefano era buen aficionado y, como no ignoraba Montesecco, los artistas siempre hablan de su arte. Montesecco meditó lo que acababa de escuchar y aceptó de mala gana la objeción del clérigo. Pero le llegó otra idea aún más brillante. ¡Dux de Venecia! Eso sí que le gustaba. Podía Stefano decir a su padre que su compañero viajaba disfrazado para llevar a cabo una importante misión y que…

—Pensemos en serio, Montesecco. Algo que resulte adecuado y creíble, no…

Pero no tuvieron ocasión de pensar más, porque en ese momento los interrumpió el señor de la casa, el padre del dominico Stefano Maffei, que entró jubiloso. Se había vestido apresuradamente, echándose un ropón sobre un sayo.

A punto de saltársele las lágrimas, el anciano abrió los brazos.

—¡Hijo mío, Stefano!

—¡Padre!

Se unieron uno en brazos del otro.

—Ni la más leve esperanza tenía —dijo el padre— de volver a verte por lo menos hasta fin de año.

—Yo tampoco lo pensaba. Y tengo la misma alegría que vos, padre.

—¿Y cuál es la causa que tan feliz me hace?

—Me han encomendado una misión de importancia en Florencia. Vengo en el séquito del cardenal Riario, y pedí permiso a Su Eminencia para desviarme y haceros esta visita. Pero a no ser por este amigo, que casualmente va allí por el mismo asunto, no habría llegado.

—¿Por qué, hijo mío?

—Me extravié en la tormenta y él volvió a encaminarme.

El padre se acercó a Montesecco.

—Os estaré eternamente agradecido.

—Es el señor Cassola… —presentó el dominico.

Montesecco saludó con aire cortesano.

—De la banca, señor —afirmó con gran seguridad, con perfecto dominio de sí mismo.

—Mi amigo Iacopo Cassola —ratificó Stefano.

Perplejo, Maffei oyó decir a Montesecco:

—No me gusta ese nombre.

Maffei, aterrado, no apartaba la mirada de Montesecco. El padre preguntó, con ingenua extrañeza:

—¿Cómo decís?

Con voz velada, respondió Maffei:

—Dice que no le gusta su nombre.

Muy tranquilo, en una gran exhibición de serenidad, Montesecco amplió la explicación.

—No; decididamente, no… Lo de Cassola está bien. Pero lo de Iacopo…

Satisfecho, divertido, rió su broma y prosiguió.

—De pequeño, sí me gustaba. ¡Iacopo! ¡Iacopo! Muchos de mis amigos se llamaban Iacopo, y por eso me gustaba. Pero ahora que soy banquero me parece bien lo de Cassola. Es un apellido muy importante en Roma, aunque hayamos descendido a la banca.

Con una sonrisa cortés, preguntó el padre:

—¿Descendido?

—Sí, señor Maffei. Esa es la verdad. Las armas son la nobleza. Incluso vuestra agricultura es más digna. La banca es un recurso. Lo sabemos. Y os admiramos y envidiamos. Pero los tiempos obligan. A lo que iba: Cassola bien, pero Iacopo… ¡Por Dios! Cualquiera puede llamarse Iacopo.

Entró el criado Vittorino con unas viandas, y a una señal del padre los recién llegados se sentaron a la mesa.

—El nombre es sólo la fachada —dijo el señor Adriano Maffei en lo que se acomodaban—, es para los demás. A uno lo que le importa es el interior de la casa. Dije que os preparasen algo. Vendréis desfallecidos por el viaje.

—Sí que se agradece a estas horas —dijo el dominico.

—Desde luego —corroboró Montesecco.

—También nuestro apellido —prosiguió el padre—, el apellido Maffei, se va desgastando. Pero ámalo siempre, hijo mío.

—No tenéis que pedírmelo.

—El apellido es más que uno mismo, es la familia. Un depósito de sangre que nos viene desde muy atrás, desde el principio de la creación, y que nosotros llevaremos hasta el final de los tiempos.

Montesecco habló sin dejar de comer.

—La familia… Todos sabemos lo que es la familia… Todo lo que yo he hecho lo he hecho por la familia, por la sangre. Ha descendido a la banca por la familia, para que mi familia pueda llevar su herencia de sangre hasta donde habéis dicho vos. ¡Sangre y familia! Habla muy acertadamente vuestro padre, Maffei.

El padre se dirigió a Montesecco.

—Los Maffei, quizás lo sepáis, en otros tiempos eran algo más. Mi bisabuelo aún usaba su título de nobleza. Pero poco a poco todo ha cambiado y hoy no soy más que un labrador.

Se volvió hacia su hijo.

—Y tú nada más que un clérigo.

—Ser labrador no es mala cosa —replicó Montesecco—, creedme. Depende de las fanegas de sembradura.

Y las fanegas pueden ir aumentando.

—Un labrador está pendiente de algo que le es ajeno: de la tierra, del sol, de la lluvia, del pedrisco. Hay años buenos y años malos. De poco nos sirve a los labradores la voluntad. Pero mi hijo tiene ciencia y gobierno. O llegará a tenerlo.

Se volvió hacia el hijo.

—Tu voluntad es un arma.

—A todos los hombres nos es ajena la voluntad de Dios —respondió el dominico.

—Sí, pero sólo en eso nos igualamos.

—Es cierto —comentó Montesecco—. En todo lo demás se ven muchas diferencias.

—Antes se diferenciaban las gentes por el nacimiento —dijo el padre—. Hoy todo está cambiando tanto, que la nobleza es mejor ocultarla.

—Hoy lo que más diferencia a las gentes es el dinero —opinó Montesecco.

Asintió el padre y volvió la mirada hacia su hijo.

—¿Oyes? Por eso hay que ganarlo, Stefano. No digo que debamos descender al comercio, a la usura…

Creyó que había cometido un desliz y se volvió hacia su huésped, hacia Montesecco.

—¡Oh, perdonad!

—¿Yo? ¿Por qué? —se sorprendió, desprevenido, Montesecco, que por un instante había olvidado su muy reciente condición de banquero.

—No sé… Quizás mis palabras…

—¡Ah, claro, la banca! Si es por eso, no tengáis la menor preocupación. ¿No han descendido al comercio, a la usura, los Pazzi, los Médicis?

—Sí, es cierto.

—Pues os equivocáis. No han descendido, porque antes no eran ni usureros. Pero, en fin, ascendido o descendido, si ellos lo hacen, ¿por qué no vamos a hacerlo los Cassola? O vosotros, los Maffei.

De nuevo el señor de la casa se volvió hacia su hijo.

—Tú, hijo mío, Stefano, estás en el camino de ascender, de recuperar el poder perdido. Tu hermano y yo, no.

—¿No son fértiles estas tierras? —preguntó el falso banquero.

—Menos que cualquier ciudad. Mi hijo, ayudado por los Riario (hubo un tiempo en que su familia debió mucho a la nuestra, y el cardenal, que es hombre muy virtuoso, no lo ha olvidado), puede prosperar y devolver a la familia Maffei el puesto y el honor que en otros tiempos tuvo.

—El honor lo tenemos, padre. No se pierde por descender de condición.

—Considero muy razonable lo que dice vuestro padre, Maffei, que demuestra un buen conocimiento del mundo.

Y pienso que vos, desde Roma, podéis hacer mucho.

—Yo aspiro a hacer mucho por la iglesia.

—Y todo lo que hagas por la Iglesia —le replicó su padre— repercutirá en gloria y provecho para nuestra familia. No te empujaría yo a ser mercader o leguleyo, pero por el camino de la religión igual podrás devolver a nuestra familia su prestigio. Veo claro el porvenir: ya no cuenta la nobleza.

Se volvió hacia Montesecco.

—¿Estáis de acuerdo?

Asintió Montesecco con un ademán ponderativo.

—¿Cómo no estarlo? Los Alberti en el exilio… Los Luchetti reducidos a la miseria… los Tarsi exterminados…

El padre fue exaltándose mientras escuchaba la enumeración.

—¡Tantas y tantas familias que ya no existen! Pero unas bandas de comerciantes…

Se interrumpió bruscamente y pidió perdón con la mirada al falso banquero.

—Seguid, seguid…

En su exaltación, el viejo agricultor no se atrevió a seguir, balbuceó…

—… de… de…

—De «perros del dinero» —remató Montesecco—. Así nos llaman.

—No me atreví…

—Pero me atrevo yo y lo digo y lo repito: «perros del dinero», que pisotean al plebeyo y al noble, al que trabaja y al que goza, y que provienen lo mismo de arriba que de abajo, porque a esos perros no los diferencia la sangre, sino su conciencia, su falta de conciencia. Y lo digo yo, que soy uno de ellos y que me reconozco arrastrado por Satanás y que me atrevo a decir que mejor que cualquiera de nosotros es el último ladrón de caminos.

—Ése arriesga su vida —afirmó el padre—. Lo he dicho muchas veces.

Montesecco se levantó, abrió sus brazos al padre. Los dos se estrecharon, conmovidos. El dominico se sumó también al parecer de los otros.

—Los tiempos cambian, padre. Y ahora más velozmente que nunca. En eso os doy la razón.

—Tan velozmente, oye lo que te digo, que todo volverá a ser como antes.

—Se tardará, padre.

—Menos de lo que piensas, Stefano. Mira a tu alrededor y verás que ya empiezan las nuevas familias a vivir como lo hacían los Maffei en tiempos de los abuelos.

Siempre habrá unas pocas familias por encima de la plebe. Yo te he dado un arma, hijo mío, para que devuelvas el esplendor a la nuestra.

—Yo soy un arma en manos de la Iglesia.

Montesecco hizo de mediador:

—Todo el mundo compagina las dos cosas.

—Tú, hijo mío, sirve a la Iglesia, sirve al cardenal Riario —dijo Adriano Maffei con convicción, estrechando una mano a su hijo—. Es un hombre de estos tiempos, pero que no olvida los antiguos. Roma defenderá siempre lo perenne. Pero no hay que retroceder, no hay que resignarse, hay que luchar.

—Así piensa Cassola —dijo el dominico—. Él ha luchado con las armas que tenía a su alcance.

—Con su talento comercial —corroboró el padre, y volvió a acomodarse en su taburete.

—Bien, llamémoslo así —aceptó Montesecco.

—Un talento que, por lo menos hasta esta generación, le falta a nuestra familia.

Cambió el viejo Maffei de tema, ya menos exaltado, menos conmovido.

—Y, decidme, ¿es importante la misión que os ha traído a Florencia?

El fraile y el forajido, antes de responder, cruzaron una rápida mirada. Tras un brevísimo silencio, Gian Batista de Montesecco fue el primero en hablar.

—Muy importante.

Y corroboró el dominico:

—Muy importante.

Pero su voz se oyó sorda, como si Stefano no hubiera prestado demasiada atención a la pregunta. Dejó vagar la mirada por la estancia en la que se encontraban, por las vigas de las que pendían los manojos de hierbas, por el reluciente cobre de los cacharros, por el fuego del hogar, por el mundo de su infancia.