La cruz y el lirio dorado

Fernando Fernán-Gómez · Capítulo 7 de 23

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La cruz y el lirio dorado

VII. Los hermanos Pazzi y el mensajero

VII

LOS HERMANOS PAZZI Y EL MENSAJERO

 

Iacopo y Francesco de Pazzi esperaban en la sala noble de su palacio, desde una de cuyas ventanas, un poco al sesgo, se dominaba un ángulo de Vía Larga, donde se alzaba el palacio Médicis. Hacia aquella ventana se dirigió, inquieto, el hermano mayor, Iacopo, el que, según algunos, no era, como su hermano menor, un traidor depravado, sino, simplemente, un cobarde pelele.

—Por favor, Iacopo, vuelve a sentarte, no te impacientes, que me estás poniendo nervioso también a mí con tus paseos. Deja ya de mirar por la ventana, siéntate y aguarda con tranquilidad a que llegue Bernardo Bandini.

—Él traerá la noticia —dijo Iacopo.

—Sí, él. Anda, ven, siéntate.

Iacopo de Pazzi obedeció a su hermano menor y volvió a su asiento.

—No comprendo cómo puedes tener esa calma —dijo Iacopo, a quien le excitaba aún más la serenidad de su hermano.

—Porque estoy seguro de que todo saldrá bien.

—Acuérdate de los Malfatti, de los Lavelli —replicó Iacopo, sombrío, inclinándose hacia Francesco.

—No somos tan estúpidos como el viejo Lavelli.

—¿Crees que no? A veces estas situaciones graves le vuelven a uno estúpido y le dejan sin la frialdad necesaria para darse cuenta de ello.

—¿Estás arrepentido?

—No digo eso.

—Aunque fuésemos estúpidos nosotros, no lo es el cardenal Riario. El plan que ha trazado es perfecto.

—No lo dudo, Francesco. Pero en estas circunstancias, en este momento, es natural que no esté tranquilo.

—Ayer lo estabas. O disimulabas mejor.

—No disimulaba. Pero ayer era otra cosa. La noche tampoco la he pasado mal, aunque por un momento pensé que no iba a poder dormir. Pero en cuanto ha sonado la hora del banquete…

—Confía en Riario, confía en Montesecco. Son hombres de experiencia.

Iacopo tardó algo en hablar. Repasaba interiormente los detalles del plan.

—No es que tenga ninguna duda sobre el plan, no es eso. Lo he aprobado después de pensarlo y discutirlo. Yo mismo os he convocado uno por uno a todos vosotros.

—Y a todos nos pareció bien. Había que hacerlo.

—Sí, un día u otro había que hacerlo. Pero no a todos nos pareció bien.

—Tú dijiste…

—Guglielmo se negó.

—¿Y vas tú a contagiarte ahora del miedo de Guglielmo? —preguntó con energía, con ostensible desprecio hacia su hermano, Francesco de Pazzi—. Él siempre lo ha tenido.

—No es un cobarde.

—Siempre ha sido pusilánime, un frío.

Iacopo de Pazzi no era tan intransigente con los demás como su hermano Francesco. Si Guglielmo de Pazzi se comportaba así, con excesiva prudencia, quizás lo hiciera por Bianca, su esposa, una Médicis. Y en ese caso sería que temía, que veía el peligro tal vez con más claridad que su padre y su tío.

Pero Francesco era más malévolo. Según él, Guglielmo no era cobarde ni enamorado, ni lo uno ni lo otro, no había que darle más vueltas: era un calculador. Él pertenecía a las dos familias; no era, como Iacopo y Francesco, simplemente un Pazzi. Si se hundían los Médicis, podía ser un Pazzi; pero si se hundían los Pazzi era un Médicis. Por lo tanto, ¿para qué iba a complicarse?

—Sí, sus razones son justas —aceptó Iacopo—. Como las nuestras. Porque nosotros tenemos una sola familia.

Iacopo se había levantado y volvía a sus paseos nerviosos hacia la ventana.

—Dentro de pocos años seríamos los parientes pobres de los Médicis —dijo Francesco—. Y adiós a la banca Pazzi.

 

No había nada en el ambiente que delatase la sombra de una sospecha por parte de los Médicis. La ciudad se había despertado como cualquier otro sábado. La gente estaba informada de la visita del cardenal Riario y aguardaba impaciente en Vía Larga para ver pasar el cortejo. Su Eminencia fue recibido con afecto y cordialidad y se intercambiaron los presentes. La sonrisa iluminaba el rostro de Lorenzo. Es la primera vez que veo al Magnífico y siento que se me oprime el corazón. No al conocer su rostro, sino al ver su sonrisa. Qué frágil es siempre el porvenir del hombre y cómo parece un niño cuando su destino está en manos de los demás. Tras la mesa presidencial del banquete lucían dos grandes reposteros colgados para la ocasión, uno con las cinco bolas del escudo de los Médicis y otro con la cruz y el lirio dorado, las armas de Florencia. El cortejo del cardenal llenaba el palacio, pero Florencia estaba desde hacía tiempo habituada a estos acontecimientos, y ya había presenciado otros con más derroche.

Mas Lorenzo de Médicis, antes de empezar el banquete, le dio a Su Eminencia el cardenal Riario la información que trastornó todo: su hermano Giuliano no podía asistir al almuerzo ni a la fiesta que se celebraría a continuación. Había tenido aquella misma mañana un accidente de caza. Estaba en cama, por prescripción del médico, con fiebre muy alta.

El cardenal Riario se acercó a uno de los religiosos de su séquito, el joven dominico Stefano Maffei, y habló con él unas cuantas palabras con aire indiferente, como si comentase el lujoso adorno de las mesas o cualquier trivialidad semejante.

A los pocos minutos, Stefano salía del palacio y recorría con paso veloz la Vía Larga en dirección a la Vía del Proconsolo, en la que se hallaba el palacio de los Pazzi.

Quizás Dios ha escuchado mis secretas oraciones y evitado esta efusión de sangre. Sé que me debo al cardenal Riario, no sólo por voluntad de mi padre, sino por lo mucho que ha hecho por mí, y he superado mis escrúpulos de conciencia, pero no es la justificación del acto lo que ahora me atormenta, sino el temor a que llegado el momento no hubiera podido soportar la visión de la sangre brotando de los cuellos de los Médicis, empapando los manteles, ni evitar el desmayo. Pero no debo perderme ahora en estas divagaciones, sino esforzarme en recordar las palabras que he de transmitir a los hermanos Pazzi.

 

En su punto de observación de la ventana, Iacopo de Pazzi no pudo evitar un estremecimiento.

—Aquel que llega desde Vía Larga parece el padre Maffei. Juraría que viene hacia aquí.

Francesco se levantó rápidamente y fue a la ventana.

—¿No te equivocas? Es imposible que haya sucedido ya.

—No me equivoco. Es el padre Maffei.

—Sí, y se dirige hacia aquí.

—Algo ha fallado, Francesco. Algo no ha salido bien. En este momento no puede haber finalizado el banquete. Quizás no haya ni empezado.

Se apartó bruscamente de la ventana. Pero no fue a sentarse, sino que dio unos pasos inciertos, sin dirección concreta. Se retorció las manos.

—Cálmate, Iacopo. Ya no se ve al padre Maffei. Ha debido de entrar en el palacio —se separó también de la ventana—. Ahora es más importante estar sereno que acertar una adivinanza.

—Si es preciso huir…

—Digo que no adivines nada, Iacopo —pidió con resignación Francesco.

—… dirígete a la casa de Prato, el boticario.

—¿Qué dices? —Francesco quería simular que la idea de huir le parecía descabellada.

—Antonio de Prato, ya sabes de quién te hablo.

—Sí, sí, lo recuerdo muy bien, en eso quedamos. Pero espera a que llegue Maffei, aplaza un poco tus oráculos.

—Prato nos lo debe todo. Nos ayudará.

—Pero… tú no le habrás contado nada.

—¿Crees que soy un imbécil? —preguntó, irritado, Iacopo—. ¿Que he olvidado nuestro juramento? Pero hemos de estar prevenidos frente a cualquier eventualidad, y tengo mis razones para fiar de ese hombre. Nos lo debe todo.

Le interrumpió la llegada del padre Maffei, sofocado por la carrera y por la tensión de los acontecimientos.

—Venid, padre Maffei, y contadnos. ¿Qué ha sucedido?

—Os traigo un mensaje del cardenal Riario. Ante todo, que no os alarméis. No hay motivo para ello.

—Sentaos, padre. Habéis venido muy deprisa —dijo Francesco.

—No estoy fatigado.

Iacopo se precipitó hacia él, casi le arrastró y le obligó a sentarse en una jamuga.

—Os hemos visto desde la ventana. Ahí empezó la alarma de mi hermano.

—¿Qué significa vuestra presencia aquí? —preguntó Iacopo—. Habéis abandonado el banquete, ¿no es cierto?

—El cardenal Riario me envía a daros noticias porque piensa que debéis estar informados. Dentro de poco habríais aguardado el griterío, las campanas… Y habríais aguardado en vano, pues no sucederá nada.

—Comprended nuestra impaciencia y explicaos de una vez —pidió Iacopo.

—El cardenal Riario desea que no toméis ninguna decisión por vuestra cuenta, pero también quiere obrar de acuerdo con vos. Por eso demanda vuestra opinión sobre los últimos, inesperados acontecimientos.

—No los conozco —dijo Iacopo.

—No ha podido hacerse nada. Montesecco no ha tenido ocasión de realizar el plan.

—Aún es pronto —opinó Iacopo.

—Calculábamos que quizás no hubiese empezado todavía la fiesta.

—Así es. Pero, de cualquier modo, hoy, aunque todo estaba muy bien dispuesto, no se podrá actuar.

El dominico les puso en antecedentes de lo que había ocurrido, el accidente de caza de Giuliano de Médicis, su ausencia del banquete y la imposibilidad, por lo tanto, de eliminar a los dos hermanos Médicis al mismo tiempo.

Quisieron los Pazzi saber qué pensaba de eso el cardenal Riario, si no le parecía sospechoso aquel accidente tan inoportuno, o tan oportuno.

Pero Riario, según les transmitió el padre Maffei, pensaba simplemente eso: que Giuliano no podía asistir porque había sufrido un accidente de caza y estaba enfermo, en el lecho. ¿Deseaban los Pazzi que él, Maffei, trasladase algunos temores al cardenal?

El primero en responder, aunque dudosamente, fue Iacopo.

—Yo no sé… Pero, en fin, podría pensarse que todo fuera una precaución de Lorenzo porque conoce o sospecha la conjura.

—El cardenal insistió desde el principio —añadió Francesco—, obstinadamente, en que era necesario deshacerse a un tiempo de los dos hermanos. Ese ha sido siempre su punto de vista.

Al dominico le constaba que Riario seguía opinando lo mismo. Pero no había motivo para intranquilizarse, nadie sospechaba nada, nadie sabía nada. Guglielmo de Pazzi, el hijo de Iacopo, el único que podía haber hablado, no lo había hecho.

—Los vuestros están en sus casas y aguardan la noticia. Rocalta se acerca a la ciudad con sus tropas, pero los Médicis, ni saben ni sospechan. Agradecen la visita de Su Eminencia; la ven como una mano que les tiende Sixto IV.

El propio pueblo de Florencia no sabe que dentro de poco se lanzará a la calle al grito de ¡libertad! Pero permitidme que os comunique las conclusiones a que ha llegado el cardenal.

—Las aguardo impaciente —dijo Iacopo.

—La indisposición de Giuliano de Médicis impide que hoy se haga nada.

—Sí, y todos estamos acordes en que deben desaparecer los dos a un tiempo.

—¿El accidente ha sido grave? —preguntó Francesco.

—Parece que no. Según Su Eminencia puede trastocarse el plan en dos sentidos. Uno, eliminar hoy, durante el banquete, al menos a Lorenzo, y quizás intentar llegar después hasta la habitación de su hermano Giuliano.

—Eso resultaría imposible —dijo Iacopo—. Los adictos de Lorenzo lo serían de su hermano al momento y lo impedirían.

—Los partidarios de los Médicis lo son tanto del uno como del otro —añadió Francesco.

—Así opina Su Eminencia. Y si Montesecco no llega hasta el propio lecho de Giuliano, lo cual, como decís, es imposible, mañana, esta tarde, ahora mismo, en cuanto cundiese la noticia, las turbas estarían invadiendo vuestros palacios.

—Las represalias serían lastimosas para todos —dijo Iacopo—. No se puede poner en peligro la vida de nadie, por una ligereza.

—Ni a la Iglesia de Roma —concluyó el dominico.

—Las razones del cardenal son las nuestras —corroboró Iacopo—. Hoy no puede hacerse. Pero habéis dicho que el plan puede trastocarse en dos sentidos.

—El segundo parece más indicado. Como las tropas de Rocalta están llegando a la ciudad y mañana estarán en Florencia, de no hacerse hoy habría que hacerlo mañana.

El cardenal me envía, como mensajero, a solicitar vuestro consejo.

Cruzaron una mirada los dos hermanos.

—¿Y qué consejo voy a darle? —preguntó el mayor, Iacopo—. ¿Cómo vamos a hacerlo mañana? ¿Qué ocasión tenemos? Vos, padre, ¿qué pensáis?

Que le dirigieran tal pregunta asombró a Stefano.

—¿Yo? Yo en esto no soy ni consejero. Modestamente, os traigo la voz del cardenal. Pero no tengo pensamiento ni opinión. Es esta una ocasión demasiado alta para mis merecimientos. Como os digo, no soy más que un mensajero.

Iacopo, impaciente, irritado, se separó de los otros dos y volvió a sus paseos nerviosos.

—Entiendo bien. Sois un hombre de la Iglesia, humilde, ¡al servicio siempre de más altos intereses!

—Calma, Iacopo —a Francesco le alarmaba la intemperancia de su hermano.

Pero el hermano no le escuchó.

—¡En fin, que, como muchos de vuestros colegas, cuando llegan los momentos decisivos preferís no aclarar nada, mantener la boca cerrada!

—No os irritéis conmigo, señor. No soy más que un mensajero. Sólo puedo deciros, si esto os sirve de orientación, que cuando vine hacia acá monseñor Riario conversaba con Lorenzo después de haber visitado las galerías de las estatuas.

—¿A qué viene eso ahora? ¿Qué queréis decir?

—Quiero decir que quizás vuelvan mañana al palacio; con su séquito, naturalmente.

Iacopo suspendió su agitado paseo y, sin calmarse, preguntó al mensajero:

—¿Vos creéis?

—Es posible.

—Tendríamos una nueva oportunidad.

—Se lamentaba Su Eminencia de no ser suficiente un solo día para admirar las colecciones de Lorenzo. Como sabéis, también el cardenal es un gran amante de las artes. La colección de vasos griegos de su palacio despierta la admiración de cuantos la visitan. No sería sorprendente que Lorenzo invitase de nuevo por la mañana al cardenal.

Y si Giuliano, como es de suponer, está repuesto, saldría a hacer los honores.

—Esperémoslo.

—Y creedme, señor de Pazzi, nada más puedo deciros. Disculpadme ahora. Autorizadme a que me retire y dadme pronto vuestra respuesta. Su Eminencia me rogó que regresase cuanto antes al banquete.

Iacopo consultó con la mirada a Francesco.

—Decidle que lo que él disponga está por nosotros aceptado.

—Agradecerá vuestra decisión, señor.