La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 9 de 119

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La daga de la ceguera

Capítulo 9

 

—Comandante, ¿puedo hablar con vos un momento? —preguntó Kip.

Después de que Gavin y Karris zarparan, el comandante Puño de Hierro y los guardias negros habían requisado la galeaza más veloz de la flota y, tras recoger a Kip, habían puesto rumbo a la Cromería.

Los primeros días fueron muy ajetreados para todo el mundo, con los guardias negros siguiendo las indicaciones de los marineros en un intento por aprender su oficio. El comandante Puño de Hierro no quería que sus hombres estuvieran ociosos, y ante la oportunidad de dominar una nueva disciplina, todos se volcaron en el empeño. Los marineros refunfuñaron al principio, pero terminaron rindiéndose a la velocidad de aprendizaje de los guardias negros.

Para quienes no estuvieran de servicio, Puño de Hierro supervisaba rondas de combates simulados y ejercicios físicos en el pequeño castillo de la galeaza. Kip tenía permiso para observar, pero por lo general procuraba no molestar. Había tardado días en decidirse a robarle al comandante unos minutos de su valioso tiempo.

Puño de Hierro miró a Kip. Asintió con la cabeza. Encaminó sus pasos hacia el camarote que el capitán compartía con él para que pudiera hacer su trabajo.

Kip se había armado de valor, pero ahora descubrió que este se evaporaba cuando entraron en la pequeña estancia y se sentaron a una mesita.

—Señor, me... Durante la Batalla de Garriston, yo... Bueno, hay partes que no parecen reales, quiero decir que es como si recordara cosas que es imposible que sucedieran, ya sabe lo que... Pero no es eso lo que... —Kip estaba expresándose como un zoquete. Flexionó la mano vendada. Le dolió—. Maté al rey... al sátrapa... como se diga. Cuando lo hice, maese Danavis... quiero decir, el general Danavis... me gritó, me acusó de haberlo estropeado todo. No era mi intención desobedecer, es solo que no... No lo sé, a lo mejor sí que desobedecí intencionadamente. —Sus palabras continuaban negándose a tener el menor sentido. Se sentía como si estuviera dando bandazos, a la deriva. Había matado a alguien, y una parte de él había disfrutado con ello. Como si les aplastase la cara a todos los que no lo tomaban en serio. Solo que había aplastado esas caras literalmente, y si se paraba a pensarlo, se le partía el corazón. Pero explicar todo eso era demasiado difícil—. Todavía no sé qué fue lo que estropeé, ni a qué precio. ¿Podéis decírmelo?

El comandante Puño de Hierro respiró hondo. Se quedó pensativo.

—La mano —dijo.

Kip le ofreció la mano derecha, sin entender muy bien qué quería el amedrentador comandante.

Puño de Hierro se lo quedó mirando, impasible.

—¡Ah! —Kip le tendió la mano izquierda. El comandante deshizo el vendaje que la recubría.

—Tenía catorce años cuando maté a mi primer hombre. Mi madre era la deya de Aghbalu, la gobernadora de la región, y conspiraba para derrocar al sátrapa de Paria y erigirse en satrapesa a su vez, aunque por aquel entonces yo no lo sabía. Un día, pasaba por delante de sus aposentos cuando la oí gritar. Había trazado por primera vez hacía un par de semanas. Entré y vi al asesino. Un individuo menudo, con los rasgos de la despreciada tribu de los gatu, los dientes manchados por el khat y la hoja ondulada de su kris impregnada de veneno. Recuerdo que pensé que solo conseguiría detenerlo a tiempo si trazaba. Pero no pude repetir lo que había hecho dos semanas atrás. Apuñaló a mi madre, y mientras yo me quedaba allí plantado, sin creer lo que acababa de ver, saltó por la misma ventana por la que había entrado e intentó escapar por los tejados. Lo perseguí, lo machaqué con los puños y lo arrojé al vacío.

Kip tragó saliva. Puño de Hierro había perseguido a un asesino, desarmado, corriendo por los tejados, y había matado a un hombre armado con un cuchillo envenenado... ¡a los catorce años!

Puño de Hierro hizo una pausa mientras examinaba las quemaduras de Kip. Señaló el ungüento que los cirujanos le habían dado al muchacho y extendió una capa sobre la piel abrasada. Kip siseó y tensó todos los músculos del cuerpo para no proferir un alarido.

—Tienes que estirar los dedos —dijo Puño de Hierro—. Todos los días, a todas horas. De lo contrario, se te engarfiarán y deformarán antes de que te des cuenta. Las cicatrices te inmovilizarán la palma de la mano y los dedos, y cuando los muevas se te desgarrará la piel. Elige entre un poco de dolor ahora o mucho más tarde.

¿Esto era «un poco» de dolor?

El comandante Puño de Hierro retomó la historia mientras vendaba la mano de Kip con tiras de tela limpias.

—La cuestión no es que yo sea un tipo duro, Kip. La cuestión es que he cometido errores. Mi madre dominaba el dawat, el arte marcial de nuestra tribu. No era una experta consumada, pero había entrenado mucho para tratarse de un civil. Si yo no hubiera irrumpido en la habitación, obligándola a preocuparse por mí, podría haber mantenido a raya al asesino hasta que llegaran los guardias. Y cuando le di alcance, no debería haberlo matado. Podríamos haber averiguado quién lo enviaba.

—Pero solo eras un niño —dijo Kip. Con la mano vendada e inmovilizada de nuevo, se sentía como si acabara de volver al calor de las mantas en una mañana helada.

—Igual que tú. —Kip intentó protestar, pero el comandante Puño de Hierro no había acabado—. Aunque no lo fueras, he visto a adultos cometer errores más graves en la batalla. Si tomar siempre la decisión acertada durante el combate fuera algo natural, no nos haría falta adiestrarnos para ello.

—¿Murió gente por mi culpa? Asesiné a un rey, y todavía no sé si obré bien o mal. —La angustia se apoderó de Kip, cuyos ojos se anegaron en lágrimas. Apartó la mirada y rechinó los dientes, pestañeando. Estúpido. Domínate.

—No lo sé —dijo el comandante Puño de Hierro—. Pero el Príncipe de los Colores expuso al rey Garadul a propósito. Quería verlo muerto. Quizá llevara mucho tiempo planeándolo. Es indudable que apresar a Garadul en vez de matarlo habría supuesto un revés para él. El general Danavis es excepcionalmente bueno en lo que hace. Se dio cuenta al instante. Pocas personas lo habrían hecho. Y menos que nadie un quinceañero que nunca antes había visto una batalla.

—Pero no le hice caso. Estaba tan desesperado por matar al rey que no escuché a nadie. No atendí a razones. —Kip había aplastado la cabeza del rey. Recordaba la sensación de su cráneo al partirse, los sesos desparramados, la sangre que manaba a borbotones.

—Tu color te tenía en sus garras, Kip. Metiste la pata. Es posible que provocaras una guerra con más partes implicadas. Es posible. También lo es que el general estuviera equivocado. Quizá el rey Garadul fuera mucho peor que este príncipe. No lo sabemos. No podemos saberlo. Para la próxima, esfuérzate más. Es lo que hago yo.

Para eso te entrenas.

—¿Descubriste quién lo enviaba? —preguntó Kip.

—¿Al asesino? Mi hermana creyó averiguarlo. Vayamos al comedor. Es la hora de cenar, aunque la ración sea más escasa de lo que nos gustaría.

—Pero ¿se vengó del asesino?

—Por así decirlo.

—¿Qué le hizo?

—Se casó con él.