La daga de la ceguera
Capítulo 2
El infierno verde lo llamaba a la locura. El difunto había regresado a la pared reflectante, radiante, sonriendo a Dazen, sus rasgos comprimidos hasta lo cadavérico por la curvatura de la esfera verde que era su celda.
La clave estribaba en no trazar. Después de dieciséis años trazando exclusivamente el color azul, alterando su mente y perjudicando su cuerpo con esa aborrecible serenidad cerúlea, ahora que había escapado de la celda azul, Dazen solo quería atiborrarse de cualquier otro color. Era como si llevase seis mil días desayunando, almorzando y cenando siempre el mismo engrudo, y ahora alguien le ofreciera una loncha de beicon.
Ni siquiera le gustaba el beicon, cuando era libre. Ahora le parecía un manjar. Se preguntó si sería obra de la fiebre, que reducía sus pensamientos a una papilla de emociones.
Tenía gracia que pensara en esos términos: «Cuando era libre», y no «cuando era el Prisma».
No sabía si se debía a que continuaba diciéndose que seguía siendo el Prisma, tanto enfundado en regios ropajes como cubierto de harapos, o a que sencillamente carecía de la menor importancia.
Dazen intentó apartar la mirada, pero todo era verde. Tener los ojos abiertos equivalía a hundirse en ese color hasta los tobillos. No, estaba sumergido hasta el cuello e intentaba secarse, cuando esto no era una opción. Debía reconocerlo y aceptarlo. La cuestión no era si iba a mojarse el pelo, sino si iba a ahogarse.
El verde simbolizaba la naturaleza, la libertad. La parte lógica de Dazen que se había solazado con el orden metódico del azul sabía que absorber irracionalidad pura encerrado en esta jaula de luxina lo conduciría a la locura. Terminaría desgarrándose la garganta con los dedos en cuestión de días. Aquí, la ferocidad del verde sería su muerte. Cumpliría el destino que su hermano había planeado para él.
Debía ser paciente. Necesitaba pensar, y ahora mismo eso resultaba difícil. Se examinó el cuerpo despacio, con atención. Tenía las manos y las rodillas laceradas tras arrastrarse por el túnel de piedra infernal. Podía hacer caso omiso de las hinchazones y las magulladuras con que se había saldado su caída por la trampilla que daba a esa celda. El dolor era inconsecuente. Más gravedad revestía el corte inflamado e infectado que le surcaba el pecho. Le producía náuseas el mero hecho de verlo ahí, rezumando pus y promesas de muerte.
Lo peor era la fiebre que corrompía su misma sangre, volviéndolo estúpido, irracional, socavando su fuerza de voluntad.
Pero Dazen había escapado de la prisión azul, y el cautiverio lo había cambiado. Su hermano había trazado apresuradamente aquellas celdas, y cabía suponer que hubiera concentrado sus esfuerzos en la primera, en la azul. Toda prisión tenía un punto débil.
La prisión azul lo había convertido en la persona idónea para descubrirlo. Muerte o libertad.
Desde su pared verde reflectante, el cadáver preguntó:
—¿Nos apostamos algo?