La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 36 de 119

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La daga de la ceguera

Capítulo 36

 

Teia entró en la pista, rezando. Era ágil, rápida de reflejos. Escurridiza. Lo que le faltaba era fuerza, al menos en comparación con los chicos de la Guardia Negra. Por suerte, el adiestramiento favorecía las armas de filo. La Guardia Negra no tenía nada en contra de las armas contundentes —martillos de guerra, porras, mazas—, de hecho, a menudo eran las más adecuadas frente a las armaduras pesadas. Pero entrenar con esas armas no era seguro.

Podían limar los cantos de una maza, pero si uno de los monstruos como Leo — con los hombros de un caballo de tiro y brazos de hierro forjado— te golpeaba con ella, daría igual que la hubieras envuelto en almohadones. Te partiría los huesos. Así que no practicaban con ellas.

Supuso que a los más fortachones no debía de parecerles justo. Por otro lado, al menos sus colores podían salir en la ruleta.

¿Y qué haría yo si saliera mi color en la ruleta? ¿Apuñalar a alguien en el cuello y asesinarlo?

La idea le revolvió el estómago, y una oleada de escalofríos se deslizó por su nuca. Volvió a ver la expresión de la mujer mientras soltaba el melón, sobresaltada, sin comprender que estaba a punto de sufrir una muerte horrible.

¿Cómo había ocurrido?

Su oponente era Keftar Piedragrís. Un trazador verde de piel muy morena y bonita sonrisa. Un chico agradable. Había coqueteado con ella unas cuantas veces. Aunque ya empezaba a quedarse calvo. Lástima. Era bajo y atlético, hijo de una familia adinerada que había pagado para que se entrenara antes de acudir a la Cromería.

Piedragrís le guiñó el ojo e hizo girar la ruleta. Teia compuso una mueca e hizo lo propio. La próxima vez que tonteara con ella, se mostraría impasible. Uno solo le guiña el ojo a alguien con quien está a punto de luchar si no se lo toma en serio.

¿Qué pensaban los chicos? ¿Que entrenaba para ser una simple cara bonita?

Las ruletas se detuvieron en el rojo o en el verde. A juzgar por la expresión complacida de Piedragrís, Teia supo que era el verde —¡maldición!— y estoques.

Piedragrís y ella empuñaron las armas. El muchacho sopesó la suya, pero Teia sabía que solo jugueteaba con el arma. Los guardias negros arrojaban a sus candidatos al agua sin permitir que antes la probaran. Si todavía no te habías dado cuenta de que aquellos combates consistían en observar a los demás y ver a quién se le daba bien qué, lo mejor sería que te dedicaras a otra cosa. Las peleas mensuales tenían tanto de localización de amenazas como de mantenimiento de la posición. Piedragrís era un espadachín competente. No muy bueno. Estaba mucho más familiarizado con los yataganes y otras espadas más pesadas, y demasiado a menudo manejaba el estoque como si de una de ellas se tratara. Pero conocía los bloqueos y las maniobras básicas.

Teia podía ganar... ganaría, sin la menor duda, si Piedragrís no hubiera sacado el verde en la ruleta.

Adoptaron sus posiciones en el círculo, frente a frente, y se saludaron. Piedragrís guiñó un ojo.

En serio, como volviera a guiñarle el ojo una sola vez más, Teia tendría que reventarle los morros.

La idea cinceló una sonrisa en sus labios.

El muchacho pareció tomárselo como una muestra de aliento.

El círculo se inundó de luz verde cuando los encargados colocaron los filtros verdes en las cristaleras, sobre sus cabezas.

Teia se lanzó inmediatamente a un asalto frenético. Le obligó a retroceder, cada vez más. El muchacho salió del radio del foco verde, a la oscuridad. Teia redobló sus esfuerzos.

Piedragrís comenzaba a reponerse de su sorpresa cuando pisó con el talón fuera del círculo. Si permanecía fuera más de cinco segundos habría perdido.

Miró abajo. El siguiente ataque de Teia le abrió la guardia, y el que vino después impactó con fuerza en su mano.

El estoque del muchacho cascabeleó al chocar contra el suelo, y la punta roma del arma de Teia se posó bajo su barbilla un instante después.

Victoria.

—Bien hecho —dijo Piedragrís.

—Cierra el pico.

Teia se alejó con paso airado. Ahora podría desafiar a uno de los chicos situados por encima de ella. Pero ya estaba entre los siete primeros, y cualquiera de los dos era francamente excelente. Siendo realistas, a lo sumo podía albergar la esperanza de terminar segunda, quizá, a menos que tuviera una suerte espectacular contra Cruxer, quien destacaba con mucho por encima del resto de la clase. En honor a la verdad, su lugar se encontraba probablemente entre los diez primeros. Si quería llegar al siete, necesitaría una pizca de fortuna con los colores que salieran en las tres pruebas siguientes.

Pero cuanto más combatiera ahora, más probabilidades tendrían los demás de analizar sus aptitudes. Quería llegar al final con fuerzas de reserva, no agotarse antes de tiempo.

De modo que no desafió a nadie. Tal vez fuese una sucia artimaña, pero también era lo más prudente. Aunque todos tenían la posibilidad de estudiarse unos a otros durante las prácticas, también todos se guardaban un as en la manga. Hasta que llegaba el momento de poner todas las cartas sobre la mesa.

Mientras contemplaba los últimos enfrentamientos, Teia tomó nota de la habilidad de los mejores combatientes. Todo el mundo tuvo mala suerte en los últimos seis asaltos; a nadie le salió su color, de modo que todo dependió de sus habilidades marciales.

Se disponían a retirarse cuando el instructor Fisk les dijo que el comandante Puño de Hierro quería decirles unas palabras.

A Teia se le aceleró el pulso nada más ver al comandante. Contaban que no había perdido ni un solo combate durante su formación. Su hermano pequeño, que ingresó en la Guardia Negra unas cuantas clases por detrás de él, también se había graduado invicto. Cuando los dos se enfrentaron en un combate de exhibición, fue como si colisionaran dos gigantes. Miles de curiosos abarrotaban el patio de instrucción. Y aunque la lucha estuvo igualada, Puño de Hierro había vencido con todas las armas.

Todavía circulaban leyendas acerca de sus proezas durante la Guerra del Falso Prisma. Y ya empezaban a forjarse las primeras historias sobre lo ocurrido en la Batalla de Garriston. Decían que se había abierto paso a través de todo el ejército del rey Garadul, que había atravesado la muralla detrás de la que se parapetaba el monarca, que había acabado con todas las cuadrillas de artilleros —¡sin ayuda de nadie!— y que luego había apuntado los cañones contra las fuerzas de Garadul, volando así por los aires una de las grandes carretas cargadas de pólvora y acabando con decenas de vidas, cuando no cientos. A continuación había escapado con un ejército furioso pisándole los talones, pero no en solitario. No, Puño de Hierro jamás se conformaría con huir sin más. Había hecho todo aquello para provocar una distracción que aprovechó para rescatar a Kip y a Karris Roble Blanco, surcando unas aguas en las que los tiburones enloquecidos habían comenzado ya a darse un festín, tan solo para regresar a tiempo de frustrar un intento de asesinato. Si había alguien que encarnaba todo aquello en lo que aspiraban a convertirse los jóvenes allí reunidos, ese era Puño de Hierro.

—Bien hecho —dijo el comandante, dirigiéndose a ellos—. Habéis luchado bien, y lo más importante de todo, habéis pensado mejor. Hoy he visto vuestro ingenio en acción, y pinceladas de genuino talento. Pero he venido para plantearos un reto que quizá esté aún por encima de vuestras posibilidades. No va a gustaros. A mí tampoco me complace, pero las circunstancias lo exigen. Los guardias negros juzgamos las circunstancias con ecuanimidad. No nos dejamos avasallar por ellas. Las superamos.

De repente, todo el mundo estaba al filo de sus asientos.

—Como tal vez sepáis ya, hubo guardias negros implicados en la caída de Garriston. Cumplieron heroicamente con su deber, como cabía esperar. Y sufrimos grandes pérdidas. Las balas no perdonan a los valientes. La Guardia Negra siempre ha sido un cuerpo de élite, y nuestras filas siempre han sido poco numerosas. No podemos encajar tantas pérdidas y aspirar a seguir desempeñando nuestra misión. Por consiguiente, en vez de graduar únicamente a los siete primeros de vuestra clase, vamos a aceptar a los catorce primeros.

La primera sensación fue de alivio. ¡Catorce plazas! ¡Teia podía lograrlo!

Se oyeron unos cuantos vítores, pero procedían de los alumnos que pensaban que podían estar entre los catorce primeros y sabían que jamás se habrían contado entre los siete mejores. Quienes tenían la certeza de que sí iban a estarlo no parecían alegrarse tanto.

Puño de Hierro frunció los labios.

—Sí —continuó—. Los guardias negros de las promociones anteriores os mirarán con desprecio. Quiero que lo aceptéis, como clase. Quiero que contribuyáis a que vuestros catorce primeros sean tan buenos como los siete primeros de los cursos previos. Tenemos un objetivo. Necesitamos guardias negros para alcanzarlo. Todavía estoy dispuesto a expulsar a todo el que no esté a la altura de nuestra misión. También voy a ampliar la remuneración de la Guardia Negra, con efecto inmediato. Seréis soldados de élite, y se os pagará como a tales. Si sabéis de alguien que demuestre dotes para la lucha o posea algún potencial en ese sentido, animadle a venir a la próxima clase. A partir de este momento impartiremos cuatro cursos al año, no dos. O mucho me equivoco, o en el futuro inmediato es posible que todos necesitemos camaradas de confianza. No todos lo conseguiremos.

Puño de Hierro se quitó el ghotra. Se había afeitado la cabeza en señal de luto, y su expresión era apesadumbrada pero severa.

—Vuestros predecesores han perecido defendiendo las Siete Satrapías, defendiendo al Prisma, defendiendo a la Blanca. Muchos os mirarán y solo verán a unos niños, pero yo os pido que toméis esta decisión como adultos. ¿Estáis dispuestos a morir, quizá solos, lejos de casa, sin que nadie sepa jamás lo heroicos que fuisteis? Ni siquiera puedo prometeros que vuestras vidas o vuestras muertes vayan a ser decisivas para la victoria. Lo único que os puedo prometer es que mientras respire, mientras os dirija, no permitiré que viváis ni muráis en vano. No tendréis nada más. Solo eso, y los hermanos y hermanas que veis a vuestro alrededor. Si no lo queréis, mejor para vosotros. Buscad una vida más feliz y segura en otra parte. No vengáis a clase mañana. Porque mañana las cosas se pondrán más difíciles.

Tiró el ghotra al suelo y se marchó.

Los estudiantes se quedaron mirando cómo se alejaba.

Unos pocos aplaudieron, pero otros miraron a Cruxer. El muchacho extendió una mano, con la palma hacia abajo: no, no aplaudáis. Y entonces —con una docena de cadetes solicitando consejo a Cruxer, y con este aceptando la responsabilidad y haciendo lo correcto con ella— fue cuando Teia comprendió que Cruxer sería comandante de la Guardia Negra algún día.

—Es la guerra —dijo Cruxer—. El Príncipe de los Colores ha invadido Atash. A estas alturas, lo más probable es que la ciudad de Idoss ya haya sucumbido. Y sus herejías no dejan de expandirse. Dice que los juramentos que pronunciamos en la Cromería no tienen ningún valor. Que todo es una mentira surgida del pozo del infierno. Hablad con vuestros patrocinadores y averiguad cuáles son vuestras lealtades. No regreséis hasta que lo sepáis. Si no dais señales de vida en una semana, os quedaréis fuera. —Titubeó—. ¿Os parece razonable, señor?

El instructor Fisk llevaba todo este tiempo mordiéndose la lengua, y en ese momento las miradas de los estudiantes convergieron sobre él. Después de todo, estaba al mando. Asintió con la cabeza.

Cruxer caminó entre los cadetes con todas las miradas puestas en él. Recogió reverentemente el ghotra de Puño de Hierro, lo dobló con cuidado y se fue.

Envueltos en un silencio ominoso, los demás cadetes siguieron su ejemplo.