La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 3 de 119

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La daga de la ceguera

Capítulo 3

 

Gavin empezó a aspirar luz para trazar los remos. Sin pararse a pensar, intentó trazar azul. Aunque frágil, la estructura del azul, rígida, lisa y lustrosa, era perfecta para aquellos componentes que no tuvieran que soportar esfuerzos laterales. Por un momento fútil, Gavin trató de forzarlo, una vez más. Era un Prisma encarnado, el único trazador capaz de dividir la luz dentro de su propio ser. El azul estaba allí; sabía que estaba allí, y quizá esa certeza, aunque no pudiera verlo, fuese suficiente.

Por el amor de Orholam, si uno podía buscar a tientas el bacín en plena noche y, a pesar de no poder verlo, encontrar el condenado cacharro, ¿por qué no iba a ser igual esto?

Nada. No experimentó ningún aluvión de lógica armoniosa, de fría racionalidad, su piel no se tiñó de azul, ni la menor sombra de trazo. Por primera vez desde que era un niño pequeño, se sintió impotente. Como una persona normal. Como un campesino.

Gavin profirió un alarido de frustración. De todas formas, ya era demasiado tarde para los remos. Ese malnacido nadaba demasiado rápido.

Trazó las palas y las cañas. El azul era más adecuado para crear el sistema de propulsión de una trainera, pero la flexibilidad natural del verde podría servir si le imprimía el grosor suficiente. La áspera luxina verde pesaba más y ofrecía más resistencia al agua, lo que entorpecía su avance, pero carecía del tiempo y de la concentración necesarios para recurrir al amarillo. Transcurrieron unos segundos preciosos mientras acondicionaba la embarcación.

Cuando las palas estuvieron en su sitio, Gavin empezó a arrojar luxina a los propulsores, expulsando aire y agua por la popa del bote, impulsándolo así hacia delante. Se inclinó a proa, con los hombros tensos por el esfuerzo; luego, conforme aumentaba la velocidad, la resistencia se redujo. La embarcación no tardó en silbar mientras surcaba las olas.

La flota se materializó a lo lejos, primero las velas de las naves más altas. Pero a la velocidad a la que viajaba Gavin, no tardó en distinguirlos todos. Había ahora cientos de barcos: desde botes de vela a galeazas, pasando por el navío de tres palos con velas cuadradas de la línea, armado con cuarenta y ocho cañones, que Gavin había convertido en su buque insignia tras arrebatárselo al gobernador ruthgari. Habían salido de Garriston con más de cien naves, pero cientos más que habían zarpado antes se sumaron a ellos en cuestión de días para defenderlos de los piratas que infestaban aquellas aguas. Por último, vio las grandes barcazas de luxina, apenas aptas para la navegación. Había creado personalmente aquellas cuatro embarcaciones abiertas para albergar el mayor número de refugiados posible. De lo contrario, habrían muerto miles de personas.

Y ahora morirían de todas formas, a menos que Gavin ahuyentara al demonio marino.

Mientras avanzaba divisó de nuevo al demonio marino, una joroba que sobresalía seis pies del agua. Su piel era plácidamente luminosa, y por algún golpe de suerte no se encaminaba directo hacia la flota. Su trayectoria lo situaría aproximadamente a mil pasos de la proa de la nave que iba en cabeza.

Los barcos labraban lentos surcos en el agua a su vez, acortando la distancia, pero el demonio marino se movía tan deprisa que Gavin se atrevió a abrigar la esperanza de que eso no tuviera importancia. Ignoraba cuán agudos eran los sentidos del demonio marino, pero si continuaba en la misma dirección, quizá consiguieran esquivarlo.

Gavin no podía apartar las manos de los propulsores de la trainera sin perder una velocidad valiosa, y aunque pudiera, no sabía cómo enviar una señal que dijera «¡No cometáis ninguna estupidez!» a toda la flota a la vez. Siguió directamente la estela del demonio marino, ahora más cerca.

Se había equivocado; el demonio marino iba a pasar a unos quinientos pasos de la nave de cabeza. ¿Había errado en sus cálculos o estaba virando la criatura hacia la flota?

Gavin vio que los oteadores agitaban violentamente las manos desde sus atalayas para avisar a los ocupantes de las cubiertas. Desgañitándose, sin duda, aunque Gavin estaba demasiado lejos para oírlos. Al acercarse un poco más, distinguió figuras que corrían de un lado a otro.

La emergencia se cernió sobre la flota mucho más rápido de lo que nadie podría haber anticipado. En condiciones normales, los enemigos aparecían sobre el horizonte antes de emprender la persecución. Las tormentas podían materializarse de la nada en cuestión de media hora, pero esto había ocurrido en minutos, y algunas de las embarcaciones contemplaban ahora atónitas el doble prodigio: la barca que cortaba las olas más deprisa de lo que nadie hubiera visto en su vida, precedida de una inmensa silueta oscura que solo podía pertenecer a un demonio marino.

Sed listos, así os confunda Orholam, sed listos o quedaos paralizados de terror y no hagáis absolutamente nada. ¡Por favor!

Llevaba tiempo preparar los cañones, que no podían dejarse cargados so pena de que se estropeara la pólvora. Algún idiota podría disparar un mosquete contra aquella sombra en movimiento, pero el monstruo ni siquiera repararía en una molestia tan insignificante.

El demonio marino surcó las aguas como un ariete cuatrocientos pasos por delante de la flota y continuó avanzando en línea recta.

Ahora Gavin podía oír los gritos procedentes de las naves. El vigía de la cofa del buque insignia de Gavin se había llevado las manos a la cabeza, sin dar crédito a sus ojos, pero nadie cometió ninguna estupidez.

Orholam, tan solo un minuto más. Tan solo...

Un mortero de señalización restalló en el silencio de la mañana, y las esperanzas de Gavin se dieron un panzazo contra el mar. Juraría que el griterío había cesado simultáneamente en todos los barcos de la flota... tan solo para reanudarse instantes después, cuando los marineros más veteranos, incrédulos, comenzaron a arrojar invectivas contra el estúpido capitán que, aterrorizado, probablemente acababa de matarlos a todos.

Gavin solo tenía ojos para el demonio marino. Su estela se extendió otros cien pasos en línea recta, toda burbujas siseantes y grandes ondulaciones. Cien pasos más. Quizá no hubiera oído el disparo.

La trainera se cruzó con la bestia en ese momento, cuando el demonio marino giró en redondo más deprisa de lo que Gavin hubiera creído posible.

Al completar la maniobra, su cola rompió la superficie del agua. Su rapidez impidió que Gavin distinguiera ningún detalle. Tan solo que era de un rojo incandescente, el color del hierro trabajado en la forja, y cuando golpeó el agua con toda su envergadura —al menos treinta pasos de longitud— la colisión convirtió el estampido del mortero de señalización en un diminuto recuerdo aflautado.

Unas olas gigantes surgieron del punto de impacto. Gavin, que se había detenido por completo, apenas tuvo tiempo de virar la barca antes de que lo alcanzaran. Se zambulló por completo en la primera de ellas y se apresuró a arrojar luxina verde ante él, ensanchando y alargando la proa de su embarcación. La siguiente ola lo impulsó hacia arriba y lo lanzó por los aires.

La proa de la trainera golpeó la siguiente ola gigante en un ángulo demasiado cerrado y se zambulló por entero. Gavin salió disparado de la embarcación, engullido por el oleaje.

El mar Cerúleo era una boca cálida y húmeda. Se tragó a Gavin entero, lo masticó hasta arrebatarle el aliento, lo hizo girar con la lengua, desorientándolo, amenazó con deglutirlo, y ante sus forcejeos, lo liberó finalmente.

Gavin emergió a la superficie y no tardó en localizar la flota. No tenía tiempo de crear una embarcación nueva completa, de modo que trazó unos pequeños propulsores alrededor de sus brazos, absorbió tanta luz como le era posible contener, apuntó con las manos hacia abajo y la cabeza hacia el demonio marino. La luxina que salió disparada de los tubos lo lanzó hacia delante.

La presión de las olas era asombrosa. Lo cegaba, apagaba todos los sonidos, pero Gavin no aminoró. Con el cuerpo tan endurecido por los años de gobernar los remos de una trainera que era capaz de cruzar el mar en un día, con una voluntad que los años de ser Prisma y obligar al mundo a obedecer sus deseos habían vuelto implacable, redobló sus esfuerzos.

Sintió cómo se adentraba deslizándose en la estela del demonio marino: la presión se redujo de improviso, y su velocidad se multiplicó. Empleando las piernas para ayudarse, Gavin tomó impulso sumergiéndose en el agua antes de catapultarse como una exhalación hacia la superficie.

Salió volando por los aires. Justo a tiempo.

No tendría que haber podido ver gran cosa, jadeando sin aliento y deslumbrado como estaba, con el cuerpo entero chorreando agua. Pero la imagen se congeló, y lo vio todo. La testa del demonio marino asomaba hasta la mitad fuera del agua, firmemente cerradas sus fauces cruciformes, disponiéndose a hacer astillas el buque insignia con su cabeza de martillo, recubierta de pinchos y nudos. Su cuerpo medía al menos veinte pasos de diámetro, y únicamente cincuenta lo separaban del barco.

Había hombres en el pasamanos de babor, mosquetes de mecha en mano. De unos pocos de ellos emanaban negros hilachos de humo. Otros centellearon cuando las serpentinas prendieron la pólvora de las cazoletas justo antes de disparar. El comandante Puño de Hierro y Karris se erguían con las piernas flexionadas para mantener el equilibrio, impávidos, formando resplandecientes proyectiles de luxina con las manos. En los pañoles de pólvora, Gavin vio hombres cebando los cañones para unos disparos que jamás conseguirían efectuar a tiempo.

Los demás barcos de la flota se arracimaban como chiquillos alrededor de una reyerta, los hombres encaramados a las regalas, embobados, muy pocos de ellos cargando siquiera sus mosquetes.

Docenas de hombres apartaron la mirada del monstruo que se cernía sobre ellos para ver qué nuevo horror podría haber lanzado este por los aires... y se quedaron boquiabiertos, patidifusos. Desde su cofa, uno de los vigías señaló a Gavin con el dedo, vociferando.

En suspensión, con la catástrofe y la mutilación a escasos segundos de sus compatriotas, Gavin atacó al demonio marino con todo lo que tenía.

Una reluciente y siseante pared de luz multicolor emergió de Gavin, dirigiéndose como un rayo hacia la criatura.

Gavin no vio lo que sucedió cuando esta impactó en el demonio marino, de hecho ni siquiera vio si llegó a alcanzarlo.

Había un antiguo proverbio pariano que Gavin había escuchado aunque nunca le había prestado atención: «Si lanzas una montaña por los aires, la montaña hará lo mismo contigo».

El tiempo se reanudó, desagradablemente deprisa. Gavin se sentía como si lo hubieran vapuleado con una porra más grande que él. Salió disparado de espaldas, con estrellas explotando ante sus ojos, arañando el aire como un gato, contorsionándose, intentando darse la vuelta... y golpeando por fin las aguas con otro impacto demoledor, veinte pasos más allá hacia atrás.

La luz es vida. Los años de guerra habían enseñado a Gavin que nunca debía quedarse desarmado; la vulnerabilidad es la antesala de la muerte. Encontró la superficie y empezó a trazar de inmediato. Tras años de intentos infructuosos por perfeccionar su trainera, también había perfeccionado la manera de salir del agua y crear una barca; no era tarea sencilla. A los trazadores les aterraba la posibilidad de caer al agua y no ser capaces de volver a emerger.

De modo que en cuestión de segundos Gavin se irguió en la cubierta de una nueva trainera, trazando los propulsores mientras intentaba evaluar lo ocurrido.

El buque insignia se mantenía a flote, arrancado de cuajo uno de los pasamanos, con grandes surcos en el costado de madera, a babor. De modo que el demonio marino debía de haberse girado, golpeado la nave apenas de refilón. Su cola había vuelto a restallar tras la maniobra, no obstante, por unos cuantos de los pequeños botes de vela que zozobraban en los alrededores, y mientras sus ocupantes saltaban al agua, otros barcos se dirigían ya hacia ellos para rescatarlos de las fauces del mar.

¿Y dónde diablos se había metido la bestia?

Los hombres gritaban desde las cubiertas... no eran voces de adulación, sino de alarma. Apuntaban...

Ay, mierda.

Gavin comenzó a introducir luxina en las cañas tan deprisa como le era posible. Pero la trainera siempre tardaba en arrancar.

La descomunal cabeza de martillo incandescente rompió la superficie a menos de veinte pasos de distancia, acercándose a gran velocidad. Gavin estaba acelerando y recibió el impacto de la onda de choque provocada por la gigantesca forma achatada que embestía los mares. La testa de la criatura era una pared, una muralla erizada de protuberancias y pinchos.

Pero con la ayuda de la onda de choque en expansión, Gavin empezó a alejarse.

La boca cruciforme se abrió de par en par en ese momento, dividiendo la cabeza de martillo en cuatro partes. Cuando el demonio marino comenzó a absorber el agua en vez de seguir empujándola ante él, la onda de choque desapareció de golpe. Y la trainera de Gavin retrocedió de un salto en dirección a las fauces.

Directamente a su interior. La boca abierta era por lo menos dos o tres veces tan ancha como Gavin de alto. Los demonios marinos devoraban los mares enteros. El cuerpo se convulsionó acompasadamente, un círculo constrictor que se expandió de improviso, expulsando agua por las agallas y el lomo, casi del mismo modo que la trainera de Gavin.

A este le temblaban los brazos, notaba los hombros ardiendo a causa del esfuerzo muscular de impulsar todo su cuerpo, toda la embarcación por los mares. Más fuerte. ¡Maldita sea, más fuerte!

El demonio marino se arqueó hacia arriba justo cuando la trainera de Gavin salió disparada de su boca. Las fauces tetraédricas se cerraron de golpe, y se elevó por los aires. Gavin cerró los ojos y gritó, empujando con todas sus fuerzas.

Echó una mirada furtiva por encima del hombro y vio algo imposible: el demonio marino había emergido a la superficie. Por completo. Su descomunal cuerpo impactó contra el agua como si las siete torres de la Cromería estuvieran hundiéndose simultáneamente en el mar.

Pero Gavin era más rápido, había alcanzado su velocidad máxima. Embargado de la feroz libertad del vuelo y la luminosa liviandad de la vida, se rió. Se carcajeó.

El demonio marino lo perseguía, furioso, incandescente todavía, aún más deprisa que antes. Pero con la trainera lanzada a toda velocidad, Gavin no corría ningún peligro. Viró mar adentro mientras las siluetas lejanas coreaban su nombre desde las cubiertas de todas las naves de la flota, y la criatura fue tras él.

Gavin la llevó mar adentro durante horas, hasta que, después de describir un amplio rodeo por si acaso le daba por seguir ciegamente la última dirección donde lo había visto, aceleró y la dejó atrás.

Mientras se ponía el sol, extenuado y sin fuerzas, regresó con su flota. Habían perdido dos botes de vela, pero ni una sola vida. Sus hombres —pues si no eran suyos antes, ahora los poseía en cuerpo y alma— lo recibieron como a un dios.

Gavin aceptó su adulación con una tenue sonrisa, pero la sensación de libertad se había evaporado ya. Deseó poder regocijarse a su vez. Deseó ser capaz de emborracharse, y bailar, y acostarse con la muchacha más bella que pudiera encontrar. Deseó poder encontrar a Karris en algún lugar de la flota y pelearse con ella, o follársela, o primero lo uno y después lo otro. Deseó ser capaz de contar la historia y escucharla repetida en un centenar de labios y reírse de la muerte que tan cerca había estado de ellos. En vez de eso, mientras sus hombres festejaban, él bajó a la cubierta inferior. Solo. Despidió a Corvan con un ademán. Sacudió la cabeza ante el asombro de su hijo.

Y por último, en su camarote en penumbra, a solas, lloró. No por lo que había sido, sino por aquello en lo que sabía que debía convertirse.