La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 5 de 119

Páginas del PDF

La daga de la ceguera

Capítulo 5

 

¿Cómo se las apañaba una mujer para que quisieras tirarla al mar de culo y besarla hasta dejarla sin aliento al mismo tiempo? Karris se alejaba, y Gavin no podía evitar admirar su figura.

Condenada mujer.

Vio que su silueta también suscitaba el interés de varios de los marineros con los que compartía la cubierta. Carraspeó para llamarles la atención y enarcó una ceja; no tardaron en encontrar otra cosa que hacer.

—¿Es esto estrictamente necesario, lord Prisma? —preguntó una voz a espaldas de Gavin. Se trataba de su nuevo general, el hombre que había trabajado con él hacía dieciséis años, cuando era el general más eficiente de Dazen, Corvan Danavis. Habían tenido que ingeniárselas para conseguir que todo el mundo creyera que el antiguo «enemigo» de Gavin ahora estaba dispuesto a aceptar órdenes de él.

—Con «esto», ¿te refieres a esto? —Gavin señaló la escalerilla de cuerda que conducía a la cofa.

—Sí. —El general Danavis era la clase de persona que rezaba antes de la batalla, por si acaso, y después se comportaba como si la muerte no le infundiera el menor respeto. Gavin dudaba de que experimentara el miedo igual que el resto de los mortales, pero era innegable que odiaba las alturas.

—Sí —dijo Gavin.

Subió por la escalerilla. Mientras se encaramaba al puesto de observación, lo sobrevino de nuevo una idea que ya era habitual en él: la magia cimentaba toda su vida. Afrontaba estas alturas sin temor porque sabía que, si se precipitaba al vacío, podría trazar lo suficientemente rápido como para detener la caída. Aunque diera la impresión de ser un valiente, no lo era. Sencillamente, muy rara vez corría verdadero peligro, al revés que la mayoría de la gente. Todo el mundo le veía acometer proezas asombrosas y lo tomaban por alguien fuera de lo común. Pero se equivocaban de cabo a rabo.

La inesperada punzada de temor fue tan violenta que por un instante pensó que alguien lo había apuñalado literalmente en las tripas. Respiró hondo.

Corvan ascendió a su vez, con la mirada fija en la cofa, agarrando cada peldaño como si pretendiera estrangularlo. Gavin detestaba hacerle esto a su amigo, pero había conversaciones que uno sencillamente no podía arriesgarse a que cayeran en oídos indiscretos.

Gavin le ayudó a subir a la atalaya. Dejó que el general recuperara el aliento. Al menos aquí las barandillas de seguridad hacían honor a su nombre, altas y recias. A sus pies, los marineros se afanaban en sus respectivas tareas. El viento matinal arreciaba, y la primera guardia deambulaba de aquí para allá comprobando cabos y nudos; en la cubierta de popa, el capitán verificaba su posición con un sextante.

—He perdido el azul —anunció Gavin. Échalo fuera. Ya lo arreglarás todo más tarde.

La expresión cincelada en los rasgos de Corvan Danavis denotaba que no tenía la menor idea de a qué se refería Gavin con eso. Se atusó el bigote rojizo que estaba volviendo a dejarse crecer. Durante la Guerra de los Prismas, era célebre por las cuentas que colgaban de él.

—¿Qué azul?

—Ya no puedo ver el azul, Corvan. Hace un día soleado, el cielo y el mar Cerúleo se extienden ante mis ojos... y no puedo ver el azul. Me muero, y necesito que me ayudes a decidir qué debería hacer.

Corvan era una de las personas más inteligentes que conocía Gavin, pero ahora daba la impresión de haberse perdido.

—Lord Prisma, tal cosa no es... espera, vayamos por partes. ¿Ocurrió durante la pelea con el demonio marino?

—No. —Gavin dejó vagar la mirada sobre las aguas. El balanceo de la nave era relajante, complementado a la perfección por los armoniosos azules del firmamento y el mar. Era un supercromado, alguien capaz de distinguir los colores con mucha mayor exactitud que los demás. Conocía el azul desde sus tonos más claros a los más oscuros, desde sus tintes violáceos a los verdosos, todos sus grados de saturación, todas sus combinaciones—. Después de la batalla. Cuando zarpamos con todos los refugiados. Desperté al día siguiente y ni siquiera me percaté de inmediato. Es como ver la cara de una amiga y darte cuenta de que no sabes cómo se llama, Corvan. El azul está ahí, está cerca. Es como si tuviera el color en la punta de los ojos. Ni siquiera lo percibo a menos que me concentre, solo noto que el mundo parece borroso, monótono. Pero si me concentro con todas mis fuerzas, veo algo gris donde debería estar el azul. El tono, la saturación y el brillo justos, pero... grises.

El silencio se prolongó mientras Corvan lo observaba, entornados los ojos con sus halos rojos.

—El momento no concuerda. Se supone que los Prismas aguantan un múltiplo de siete años. Debería quedarte un lustro.

—Dudo que lo que me está pasando sea normal. Nunca fui ordenado Prisma. Quizá sea esto lo que sucede cuando un policromo natural no cumplimenta la ceremonia del Espectro.

—No sé si eso es exactamente...

—¿Has oído hablar de algún Prisma que se quedara ciego, Corvan? ¿Alguna vez?

El último Prisma antes de Gavin (el auténtico Gavin) había sido Alexander Roble Extenso. Fue un Prisma débil que apenas se aventuraba fuera de sus aposentos, posiblemente adicto a la amapola. Lo antecedió la matriarca Eirene Malargos, que había durado catorce años. Gavin conservaba de ella el tenue recuerdo de los rituales del Día del Sol, cuando era un muchacho.

—Gavin, la mayoría de los Prismas no aguantan dieciséis años. Puede que la ceremonia del Espectro hubiese acelerado tu muerte. Si hubieras sucumbido a los siete años, o a los catorce, nunca habrías experimentado esto. No tenemos ninguna certeza.

Ese era uno de los inconvenientes de ser un farsante. No puedes solicitar información acerca de un secreto celosamente guardado sobre el que deberías saberlo todo. El auténtico Gavin se había iniciado como Prisma electo cuando contaba trece años de edad. Había jurado no hablar nunca de ello, ni siquiera con su antiguo mejor amigo y hermano Dazen.

Que él supiera, se trataba de una promesa que todos los miembros del Espectro cumplían, puesto que en los dieciséis años que llevaba haciéndose pasar por su hermano, nadie había dicho ni una palabra al respecto. A menos, claro está, que le hubieran hecho alguna referencia velada... en cuyo caso él no se habría percatado de ello, no habría reaccionado de ninguna manera, y podría haberles dado a entender que valoraba el secretismo de la ceremonia y que ellos deberían hacer lo propio.

En otras palabras, lo apresaba la misma trampa que él había diseñado. Otra vez.

—Corvan, no entiendo lo que pasa. Quizá me despierte mañana y sea incapaz de trazar el verde, y el amarillo pasado mañana. O puede que haya perdido el azul y ya está, pero el problema es que me he quedado sin él. En el mejor de los casos, si consigo mantenerme apartado de la Cromería y me ausento de todos los rituales azules, dispondré de un año... hasta el próximo Día del Sol. Es imposible que esta farsa se sostenga durante las ceremonias, o que falte a ellas. Si no logro volver a trazar el azul para entonces, estoy muerto.

Gavin vio que Corvan comprendía todas las implicaciones. Su amigo exhaló un suspiro.

—Uf. Justo cuando las cosas marchaban tan bien. —Soltó una risita—. Tenemos cincuenta mil refugiados de los que nadie querrá saber nada. El alimento escasea. El Príncipe de los Colores acaba de obtener una victoria importante, sin duda los herejes se sumarán a miles a su causa. Y ahora hemos perdido nuestra mayor baza.

—Todavía no he muerto —dijo Gavin, sonriendo de oreja a oreja.

Corvan le devolvió el gesto sin poder evitarlo, pero parecía mareado.

—No te preocupes, lord Prisma, soy la última persona que te delataría. —Gavin sabía que eso era cierto. Corvan había accedido a soportar la deshonra y el exilio para dotar de credibilidad a la derrota de Dazen. Se había pasado los últimos dieciséis años en una aldea remota, sumido en la pobreza y el anonimato, vigilando discretamente a Kip, el hijo bastardo del auténtico Gavin.

Otro problema.

Corvan miró abajo, palideció de vértigo y volvió a agarrarse con fuerza al pasamanos.

—¿Qué piensas hacer?

—Cuanto más tiempo pase rodeado de trazadores, más probabilidades habrá de que alguien note que algo anda mal. Y si me quedo demasiado tiempo en la Cromería, la Blanca me pedirá que compense. Si el azul cae por debajo del rojo cabe la posibilidad, no ya de que sea incapaz de enmendarlo, sino de que ni siquiera me percate de ello. Me relevarán.

—Así que...

—Así que pienso ir a Azûlay para ver a la nuqaba.

—Bueno, es una solución para evitar que Puño de Hierro te acompañe, pero ¿por qué quieres verla?

—Porque aparte de que su capital alberga la biblioteca más extensa del mundo, donde podré investigar sin que todo el Espectro sepa qué he estado haciendo en cuestión de una hora, los parianos custodian muchas tradiciones orales, entre ellas varias que son secretas y algunas indudablemente heréticas.

—¿Qué es lo que buscas?

—Si yo he perdido el control del azul, Corvan, eso significa que ya no lo controla nadie.

La expresión de desconcierto de Corvan pronto dio paso a otra de consternación.

—No lo dirás en serio. Ningún erudito competente ha sostenido nunca que las perdiciones sean algo más que simples sacamantecas con los que la Cromería pretende justificar los atropellos de los primeros zelotes y lúxores.

«Perdiciones.» Corvan había empleado correctamente el antiguo término ptarsu. La palabra se utilizaba tanto en singular como en plural. Probablemente significaba templo o lugar sagrado, pero los parianos de Lucidonius las consideraban abominaciones. Se habían apropiado de la palabra, como hicieran con el resto del mundo.

—¿Y si se equivocan?

Corvan guardó silencio durante largo rato antes de decir:

—Así que vas a plantarte en la puerta de la nuqaba. ¿Y qué pretendes decirle? ¿«Como líder de tu fe, ten la bondad de enseñarme vuestros textos heréticos y contarme todas esas historias que yo más que nadie debería considerar dignas de castigarse con la muerte»? ¿Y después qué, esperar que lo haga? Supongo que entra en la categoría de plan. Pero no de los buenos, te lo aseguro.

—Puedo ser tremendamente persuasivo.

Corvan sonrió, pero apartó la mirada.

—¿Sabes?, lo que hiciste ayer con ese demonio marino fue... asombroso. Igual que lo que hiciste en Garriston, y no me refiero solamente a la construcción de la Muralla de Agua Brillante. Gavin, esta gente te seguirá hasta el fin del mundo. Hablarán de ti a todas las personas con las que se crucen. Si el Espectro y tú llegarais a las manos...

—El Espectro ya dispone de candidatos más maleables que yo deseosos de convertirse en el próximo Prisma, Corvan. Si los desafío ahora, mi situación será tan comprometida como la de «Dazen» hace diecisiete años. No quiero que el mundo vuelva a pasar por eso. Puede que el pueblo me quiera, pero si todos sus líderes se alían en mi contra, no conseguiré nada salvo que mueran mis amigos y mis aliados. Ya me ha sucedido una vez.

—Entonces ¿qué? ¿Vas a abandonarnos sin más? ¿Qué piensas hacer con Kip? Es un chico fuerte, pero ha sufrido mucho y creo que eres lo único a lo que puede aferrarse. Si descubre que no eres quien dices, quizá se derrumbe. Nadie sabe cómo podría acabar. No le hagas eso a tu alma, Gavin. No le hagas eso al mundo. Lo último que necesitan las Siete Satrapías es otro joven policromo con el apellido de los Guile, loco de rabia y dolor. ¿Y qué esperas que hagamos los demás? ¿Dónde vamos a meter a todas estas personas?

—Corvan, Corvan, Corvan. Tengo un plan. —Más o menos.

—No sé por qué, viejo amigo, pero temía que dijeras eso. —La cofa se balanceó con fuerza ante el impacto del barco contra una ola más alta que las demás, y Corvan tragó saliva con dificultad mientras contemplaba la cubierta a sus pies—. Espero que incluya algún método fácil para bajar de aquí.