La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 53 de 119

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La daga de la ceguera

Capítulo 53

 

Otra vez el mismo. Este era importante. Debía encontrar el momento adecuado. Ignoraba por completo lo que estaba haciendo, pero tenía que aprender. Clic, clic, clic, clic, clic.

~El Artillero~

El capitán Burshward está un poco cabreado esta mañana. Quizá tenga algo que ver con el hecho de que hayamos matado a dos de sus hombres y estemos intentando apropiarnos de su preciosa galera, sus excelentes remeros, su valiosa bodega y su miserable persona.

—El capitán Artillero os lo preguntará una vez más, capitán Pus Guardo —digo —. Necesito la llave de esa cadena. —Frunzo el ceño—. Supongo que eso no era una pregunta, ¿verdad? Ah, pero eso sí.

El capitán, su hermano y dos oficiales más están sentados, con las manos atadas a la espalda, encima de la borda. Que en esta galera, todavía se usa para abordar. Sus dos cañones se apoyan en ella. Hace tan solo veinte años que todos los barcos se construían así, antes de que a algún genio se le ocurriera inventar las portas para baterías. En apenas dos décadas, la idea se extendió por todo el mar Cerúleo, pero posiblemente no más allá. La precisión de los cañones afianzados en la borda se resiente si tienen que apuntar a los lados y, como es lógico, no pueden disparar hacia abajo; las naves deben mantenerse a una distancia prudencial, puesto que si se acercaran demasiado, solo conseguirían destrozarse mutuamente las jarcias. Frente a una galera armada propulsada por remos, esa no es la manera más indicada de incapacitar al adversario.

El capitán parecía furioso; su hermano, ceniciento pese a su natural complexión rubicunda; los dos marineros que los acompañaban, aterrados.

Eran hombres de Angari, de más allá de las Puertas Sempioscuras. Altos y fornidos, con el largo cabello rubio trenzado. Su cultura se basaba en el matriarcado. Los varones significaban una deshonra. Sus costumbres eran bárbaras e incomprensibles, y bebían un extraño brebaje viscoso elaborado con miel, pero se los consideraba grandes marinos. Dignos de respeto por ser capaces de atravesar las Puertas Sempioscuras.

Eso es algo que el capitán Artillero no ha hecho. Todavía.

—¿Dónde está la llave de la cadena? —pregunto, sumamente cortés. A un dedo de distancia de su cara.

La llave es para las cadenas de los galeotes, encerrados abajo. No para liberarlos ni ninguna tontería por el estilo, sino porque los remos están guardados a cal y canto. Algo infrecuente, de lo contrario habría venido preparado.

—Cierto, solo es una cadena. Podemos vérnoslas con ella. Tenemos herramientas; tenemos pólvora. Puedo preparar una carga perfecta en menos de tres minutos, y seguramente ni siquiera prendería fuego al barco ni moriría nadie. Pero con la llave sería más rápido.

Y el grueso de la tripulación de Burshward regresa ya a la galera tras disfrutar de su permiso en la ciudad de Ru; su bote se mece con el oleaje, repleto de hombres resacosos y descuidados. A menos de quinientos pasos. En la cubierta no hay ni una mísera carronada con la que ocuparse de ellos. De momento solo hemos encontrado dos mosquetes, viejos modelos de mecha a los que no me apetece confiarles la vida. Como sus hombres lleguen a la galera, nos matarán a todos casi con toda seguridad.

—Bonita galera —comento—. Tres hileras. Más veloz, aunque también aumenta el riesgo de que se traben los remos, ¿eh?

—La décima más rápida de la flota del dios azul, lo que significa que es la galera más rápida de este puto charco de meados que nos dejó Ceres, con diferencia —dice —. Los mejores remeros del mundo. No han cruzado los remos ni una sola vez, ni siquiera al surcar las mismísimas Puertas. —Ya me había percatado de que sus galeotes no son los típicos desgraciados escuchimizados que tanto les gustan a otros capitanes de galera más estúpidos. Si dejas que tus remeros se consuman, rendirán menos y tu barco avanzará más despacio. Burshward es demasiado listo para eso. Sus esclavos son individuos musculosos, aseados, sanos y robustos. Mantener a unos esclavos en tan buena forma cuesta dinero, pero vale la pena. Y más para un pirata, sobre todo si están bien adiestrados. Mi botín es mayor de lo que me imaginaba. O lo será, si consigo llevármelo.

—La llave de la cadena —repito. Sumamente cortés.

Permanece callado. Un tipo valiente, tambaleándose en precario equilibrio encima de la regala. Digno de admiración.

—¿Pito, pito, gorgorito? —le pregunto.

—¿Qué gorgorito? —No está familiarizado con el juego, por lo visto.

—Este gorgorito.

Le pego una patada en el pecho al primero de los hombres. Se cae por la borda y se hunde con un alarido y un chapoteo. No es fácil nadar cuando se tienen las manos atadas a la espalda, pero se puede hacer, durante algún tiempo.

Gorgorito no. Le entra el pánico. Patalea. Se hunde.

—Decidme un número, capitán.

—¿C-cómo? —Adopta una expresión atemorizada de repente.

—¡Por las tetas de Ceres, Gillan! —exclama el hermano—. ¡Elige un puto número!

—Pito, pito, gorgorito. —Saco la pistola y apunto a cada uno de los hombres por turnos mientras canturreo la melodía—. Había un pirata que era muy lento. Me daba la lata con tanto cuento...

—¡El tres! —dijo el capitán.

—Uno...

Apoyo el cañón de la pistola en la frente del capitán. La amartillo. Veo cómo tiembla, palidece. Tarda un instante en apretar los dientes, desafiante.

—Dos...

Suelto el percutor y levanto el cuchillo con la otra mano, hasta la garganta del hermano. Apoyo la punta en su barbilla, entre las gruesas trenzas de su barba. Tiene los ojos firmemente cerrados.

—Tres... —Retiro la daga—. Y ya no lo ves.

—¡No no no! —exclama el tercero.

Le golpeo la frente con un dedo huesudo en vez de apuñalarlo. Intenta mantener el equilibrio, pero continúo empujando. Se hunde en el agua sin dejar de retorcerse.

—Capitán, no disponemos de mucho tiempo —me informa uno de mis hombres.

Lo miro.

—Me estoy dando prisa —digo. Traga saliva con dificultad y cierra el pico—. Decidme un número, capitán. —Lo apunto a él primero con la pistola. Los números impares caerán en el capitán; los pares, en su hermano. Cualquiera se daría cuenta enseguida, si pudiera pensar con claridad.

—¡Ese hombre tenía familia! Sobrevivió al...

—Pito, pito, gorgorito... Bah, a la mierda. —Le pego un tiro en la rodilla al hermano.

Al estrellarse y aplastarse contra la rótula, una bola de plomo del tamaño de un pulgar básicamente puede arrancarte la pierna. Tengo que sujetar al hermano para impedir que se caiga por la borda.

—Estoy harto de este juego. Última oportunidad, u os mato a los dos y decido luchar. Me gusta luchar. Decídmelo, y viviréis.

—En mi camarote, encima del marco de la puerta —dice el capitán.

El peor escondite del mundo. Si tuviera más hombres, ejecutaría a alguno de ellos por haberlo pasado por alto.

Mi primero de a bordo ya se ha ido corriendo a buscarla.

Regresa un segundo después y baja a la bodega junto con otros dos. Están siguiendo el plan. Formarán una buena tripulación. Deberían tardar alrededor de un minuto. Lo conseguiremos.

—Ahora vas a asesinarnos de todas formas, ¿verdad? —masculla el capitán. Su hermano está prácticamente inconsciente. Los he devuelto a ambos a la cubierta.

—Os dije que no lo haría. Y soy el hijo de una ramera y un luxiat apóstata. Mi palabra vale su peso en oro. —Le dedico una sonrisa demencial.

Palidece.

Anudo una cuerda con fuerza en torno a la pierna de su hermano para detener la hemorragia.

—¿Queréis que vuestro hermano viva como un tullido, o que muera?

Traga saliva.

—Que viva.

Cojo la espada del capitán, un extraño artilugio angari: gruesa en la punta, con una curvatura tan pronunciada que no podría caber en ningún tipo de vaina. Pero he matado gente con cosas más raras.

Hundo la hoja en la pierna del hermano, justo por encima de la rodilla y por debajo de la cuerda. Soy nervudo pero fuerte, y sé imprimir velocidad a una espada. Cerceno la extremidad limpiamente.

Bueno, «limpiamente» no, claro. Sangra un montón. Hasta el mejor torniquete tiene sus límites.

El hombre profiere un alarido y patalea. El capitán tiene pinta de ponerse a vomitar de un momento a otro. Tiro la espada a un lado y compruebo la posición de los botes. Sus ocupantes se han percatado de que algo anda mal; han oído el disparo, y ahora reman con brío. La cosa va a estar muy reñida.

Doy la vuelta a Una Pata y recubro de pólvora el muñón ensangrentado. Gimotea, se retuerce débilmente. Necesito tres intentos antes de que prenda una chispa. El fogonazo inunda el aire de humo y de un olor a cerdo frito, cauterizando la herida. Qué curioso, la carne humana a la brasa huele que alimenta.

Una Pata se desmaya. El capitán me mira como si no entendiera muy bien qué diablos soy.

—Amarradlos a unos barriles —ordeno a aquellos de mis hombres que remolonean ociosos por los alrededores—. ¡Pero que estén vacíos, cretinos!

Así lo hacen, justo cuando cincuenta remos por banda se liberan con un traqueteo. Tres hileras. Eso significa más palas en el agua, mayor velocidad. Me sitúo de un salto junto al timón; sin rueda en este barco, por desgracia, tan solo una caña. En fin, a navío secuestrado...

El capitán Burshward continúa mirándome fijamente, temblando y estremeciéndose, pero ahora de rabia.

—Los antiguos dioses están resucitando —dice—. Todo esto toca a su fin, pirata. Las Puertas Sempioscuras se abrirán, y nos abalanzaremos sobre vosotros como los Raptores de Kazakdoon. Nuestro exilio no durará eternamente, ladrón. Las Brumas Blancas se abrirán ante nosotros. Nuestra hora está...

Le pego un puñetazo en la cara. Hago una seña a mis hombres.

—¡Mot renace mientras hablamos, pirata! —grita sin dejar de sangrar—. ¿No lo notas? ¡Estamos aquí para anunciar su venida! ¡Tenéis los días contados!

Mot, el dios azul. Ya tengo una diosa azul que no me deja parar ni un momento.

Mis hombres lanzan por la borda al capitán y a su hermano. Se hunden con un chapoteo ensordecedor antes de salir a la superficie, impulsados por la flotabilidad de los barriles... que giran y los sumergen de nuevo. Tendrán que luchar por respirar, como hacemos todos los demás, todos los días.

Los angari de los botes han empezado a gritar. Los remos de la galera se hunden en el agua y se abaten lentamente.

—¡Ahí tenéis a vuestro capitán y a su hermano! —les digo—. ¡Salvadlos o dejad que se ahoguen! ¡A mí me da igual!

Imponer a los hombres de las barcas de remos la necesidad de elegir entre rescatar a su capitán o perseguirnos divide su atención, nos proporciona otro puñado de segundos. Veo un par de mosquetes. Me agacho.

El tamborileo de los disparos. Por Ceres, me encanta ese sonido. Unos cuantos proyectiles levantan incluso astillas por los aires. Excelentes tiradores.

Ojalá pudiera añadirlos a mi tripulación.

El primero de los botes ha virado en dirección al capitán. El segundo viene detrás de nosotros.

—¡Droose, al timón! —ordeno.

Mientras él empuña la caña, yo me subo encima de la borda de un salto y saludo a los hombres que reman en pos de nuestra galera.

—¡Que tengáis buen día, muchachos! Acabáis de ser derrotados por el capitán Artillero. Perder ante el mejor no es ninguna deshonra. Algún día se lo contaréis a vuestros nietos. ¡Si es que vivís para ello! Dad la vuelta mientras podáis. Porque soy el capitán Artillero, asesino de tiburones y cazador de demonios marinos. No me obliguéis a añadiros a la lista.

He fabricado una granada improvisada, pero preferiría no utilizarla. La mecha consiste en un jirón de tela impregnada de pólvora. La granada es un jarro lleno de pólvora con un trozo de madera incrustado en la tapa. Tiene tantas probabilidades de volarme la mano como de no detonar en absoluto. Necesito hacerme con un trazador. La magia me pone tan nervioso como una esclava de cámara virgen, pero a veces ni siquiera el Artillero consigue lo que quiere. A veces las cosas van sobre ruedas, y a veces las ruedas te aplastan.

Los hombres del bote empiezan a lanzarme improperios. Ya han disparado sus mosquetes, pero un par de ellos dejan de remar para recargarlos. Bien. A menos remeros, menos velocidad.

Me río de ellos, y otro más suelta los remos. Están maldiciéndose los unos a los otros, gritando que hay que bogar más, jurando que van a matarme.

Los galeotes impulsan los grandes remos una vez más, y otra. Es suficiente. Aceleramos. Me quito el sombrero con una floritura y ensayo una reverencia mientras la galera se aleja de sus antiguos propietarios.

Segundos después, oigo un par de disparos. Me encanta la música de los mosquetes.

Ya me he girado hacia mis hombres.

—Haced inventario —les ordeno—. El capitán Artillero quiere secuestrar otro barco esta misma semana. Necesito saber si dispondré de pólvora suficiente para ello, o si tendré que depender exclusivamente de mi arrolladora personalidad. ¿Y qué diablos es lo que beben esos bárbaros? ¿Hidromiel? Pues sacadla. ¡Un trago para todos, y dos más esta noche si conseguís no agriarme el humor!