La daga de la ceguera

Brent Weeks · Capítulo 48 de 119

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La daga de la ceguera

Capítulo 48

 

—El paryl es un color extraordinario —dijo la tutora de Teia—. Y extraordinariamente peligroso.

Teia frunció el ceño. Creía que, puesto que se trataba del más débil e inútil de los colores, por lo menos el paryl no te mataría ni te haría perder la cabeza. Frunció el ceño de nuevo... porque se encontraban en una de las salas de instrucción de la Guardia Negra. Era la hora de cenar, y no había demasiados cadetes. Se trataba en su mayoría de reclutas pertenecientes a los cursos superiores, aunque Cruxer también andaba por allí cerca, machacándose metódicamente las espinillas contra uno de los postes. Una vez le había contado a Teia que ese ejercicio fracturaba ligeramente los huesos de la pierna, y que el cuerpo reaccionaba reconstruyéndolos aún más resistentes. Le había enseñado las canillas llenas de bultos. Era impresionante, y un poquito asqueroso. En aquel momento pensó que era lo más asombroso que hubiera visto en su vida. Pero ahora Cruxer había relajado el ritmo de su entreno para escuchar a hurtadillas, a todas luces.

—¿Qué tiene de peligroso? —preguntó Teia.

Su tutora particular, Marta Martaens, superaba los cincuenta años de edad. Para tratarse de una trazadora, era una anciana. Sus ondulados cabellos morenos estaban entreverados de hebras de plata, tenía la piel olivácea y le faltaban los incisivos.

—Que te puede dejar ciega o quemarte viva.

Teia contuvo el aliento. Ah, ¿solo eso?

—A fin de ver el paryl hay que dilatar exageradamente las pupilas, mucho más de lo que está al alcance de la mayoría de las personas. Tú puedes hacerlo a voluntad, ¿sí? —La magíster Martaens se chupó el fino labio superior.

—Sí, ama.

—Hazlo. Necesito verlo.

Teia tardó unos instantes. No era fácil relajar los ojos tanto como exigía el paryl cuando se estaba en tensión. Pero lo consiguió.

—Bien —dijo la magíster Martaens—. Y ahora, vuelve a la normalidad. Supongo que no te habrás mirado nunca al espejo después de hacer eso. ¿No? Observa.

La mujer miró fijamente a Teia mientras sus ojos se dilataban hasta adquirir un tamaño anormal. Los iris quedaron reducidos a diminutas rayas marrones alrededor de las enormes pupilas.

Teia compuso una mueca de asombro.

—Eso es para ver el subrojo —dijo la veterana trazadora. A continuación sus pupilas continuaron ensanchándose hasta cubrir toda la esclerótica. Sus ojos se tiñeron de un negro sobrecogedor en el que no cabía ni un resquicio de blanco.

Teia dio un respingo y retrocedió.

Los ojos de la mujer recuperaron la normalidad con un parpadeo.

—Ese es el aspecto que ofrecen tus ojos cuando ves el paryl, Adrasteia. Nuestros ojos son distintos, las lentes son mucho más maleables, bendecidas por Orholam para funcionar de otro modo. ¿Puedes ver el supervioleta?

—No. Y soy daltónica, confundo el rojo y el verde. —Sería mejor quitarse eso de en medio cuanto antes.

—Lástima.

—¿Y vos?

—¿Daltónica? No, pero es más común entre nosotros. Podemos ver un vasto espectro lumínico, mucho más que los otros trazadores. Pero eso no se solapa necesariamente con lo que ven los demás. El amo de mi ama, Shayam Rassad, estaba ciego por completo al espectro visible, pero percibía a la perfección el subrojo y el paryl. Eso conlleva sus riesgos, no obstante. En primer lugar, los físicos: si dilatas con demasiada frecuencia en presencia de una luz fuerte, te quedarás ciega. No de golpe, por lo general, pero es preciso que tengas cuidado con las antorchas de magnesio y el sol. Y ahora, basta de cháchara. Veamos de qué eres capaz.

De modo que comenzaron a practicar, con la magíster Martaens preguntándole a Teia qué veía, trazando sus propias sustancias, eligiendo fuentes próximas y alejadas, pidiéndole a Teia que trazara a su vez. El paryl, en palabras de la magíster, se parecía a un gel más que a ninguna otra cosa, aunque un gel más ligero que el aire. Las balizas de señalización de paryl eran muy apreciadas porque el gel flotaba y se deshilachaba, emitiendo luz de forma constante.

—Entonces, sois vos la que hacéis los señalizadores para mi ama —dijo Teia. Se sintió estúpida por no haberse dado cuenta antes. ¡Por supuesto que era ella! Como si hubiera cientos de trazadores de paryl pululando por ahí.

Las facciones de la mujer se petrificaron.

—¿Cuántos somos? —preguntó Teia.

—En estos momentos, solamente dos —respondió la magíster Martaens. Miró nerviosamente a los lados mientras hablaba, sin mover la cabeza, vigilando de reojo a Cruxer, que aún fingía estar entrenando—. Tú y yo.

—Pero eso no puede ser —dijo Teia—. He visto cómo un hombre trazaba paryl sólido y...

Marta Martaens siseó... siseó, literalmente. Teia se quedó helada.

La magíster Martaens recuperó la compostura y caminó con toda naturalidad hacia la salida, indicando por señas a Teia que la siguiera. Cuando llegaron a la inmensa y luminosa caverna subterránea que había debajo de la Cromería, la mujer dobló la esquina de un edificio tras la cual nadie podría verlas. Cuando Teia le dio alcance, descubrió que su tutora había palidecido.

—No sé qué es lo que crees que viste —dijo la magíster Martaens—, pero te prohíbo que vuelvas a hablar de ello. ¿Lo entiendes?

—Lo... lo siento, pero no.

—No hace falta que lo entiendas, tan solo que cierres la boca. Sobre todo antes de decir ese tipo de cosas.

—¡No! —protestó Teia—. Sois mi tutora. Enseñadme. Necesito saberlo todo si quiero ingresar en la Guardia Negra. No podéis ocultarme nada.

—Puedo y lo haré. Eres mi discípula. Debes obedecerme.

—Entonces le plantearé mis preguntas al comandante Puño de Hierro.

Las mejillas de la mujer adquirieron un tinte ceniciento.

—Quiero que recapacites detenidamente acerca de lo que te propones hacer, jovencita.

—Lo que me propongo es acudir a alguien de confianza, alguien con autoridad sobre mí, y hacerle una inofensiva pregunta, ni más ni menos —dijo Teia, empezando a enfadarse.

—Cuéntame lo que piensas que viste. Sin levantar la voz.

Así lo hizo Teia.

La magíster Martaens comenzó a sacudir la cabeza mucho antes de que la muchacha terminara de referirle su historia.

—No. No. He intentado crear paryl sólido mil veces, mil veces mil. No funciona de esa manera.

—Pero ¿y si lo hiciera?

—Sí, precisamente —dijo Marta Martaens.

Teia levantó las manos, ya más desconcertada que furiosa. Quizá fuese cierto que trazar el paryl te hacía perder la cabeza.

La magíster Martaens miró a su alrededor una vez más, pese a no haber nadie que pudiera escucharlas.

—Piensa en lo que estás sugiriendo: un color que es invisible prácticamente para todo el mundo, incluidos la mayoría de los trazadores, un color capaz de matar sin dejar rastro, sin dejar pruebas, como si la muerte obedeciera a causas naturales. Por favor, usa tu diminuto cerebro para anticipar la reacción de la gente a semejante tipo de magia.

Teia se pasó la lengua por los labios. La reacción de la gente sería igual que la suya, de pánico.

—Cada vez que alguien fallece en circunstancias misteriosas, la culpa es de un trazador de paryl. Cada vez que algún noble obeso estira la pata porque su corazón ya no aguanta más, la gente susurra que es obra de sus enemigos; todos los nobles tienen enemigos, y a la mayoría de ellos les gusta comer en exceso. Piensa en lo que significa para las naciones que todas las muertes puedan ser sospechosas de haberse producido por asesinato. Después piensa en lo que eso significa para los trazadores de paryl. Cuando el Ministerio de la Doctrina ordenó a sus lúxores que aniquilaran a los trazadores de paryl, no lo hizo ni única ni exclusivamente porque el Espectro considerase que eran unos herejes.

¿El Ministerio había ordenado a sus lúxores que aniquilaran a los trazadores de paryl?

—Entonces, funciona. Estás reconociéndolo —dijo Teia, a pesar del nudo que le oprimía la garganta.

—No estoy reconociendo nada. Ni he visto nunca el paryl en estado sólido, ni puedo crearlo. No pienso que sea posible. Algunos de nosotros, hace siglos, trabajamos al servicio de la Orden del Ojo Fragmentado. Asesinos. Lo más probable es que utilizaran distintos tipos de veneno, pero afirmar que eran capaces de matar sin ser vistos y sin dejar ni rastros les garantizaba más encargos. Sin embargo, cuando la gente empezó a morir de verdad, la situación se les fue de las manos. Por eso ya no quedan trazadores de paryl, niña ingenua. No porque no dé resultado, sino porque todo el mundo teme que dé mejor resultado de lo que nos imaginamos. Por eso seguimos estando peligrosamente cerca de ser acusados de herejía, por eso se ha expurgado cualquier referencia a nosotros de las bibliotecas, y por eso la Blanca ha tenido que esforzarse tanto para contener al Ministerio de la Doctrina. Aunque ella sostenga que la luz en su totalidad es un regalo de Orholam, en todas las épocas hay gente supersticiosa. La llaman la luz oscura, oralam... la luz oculta. Dicen que es un don del señor de las tinieblas. Unas tinieblas que solo pueden dispersarse con fuego. ¿Lo entiendes? Unas tinieblas que solo pueden dispersarse con fuego.

—En la hoguera —musitó Teia.

La magíster Martaens pareció recuperar la calma de repente.

—Hablé con ella en una ocasión, ¿lo sabías? Con la Blanca. Me pidió perdón. Dijo que los trazadores convencionales tratan a los trazadores de paryl igual que tratan los ignorantes a todos los trazadores. Dijo que estaba buscando la manera de acabar con esos prejuicios, pero que esa labor abarcaría varias generaciones. Es una buena mujer. No oses echar por tierra todo su trabajo con rumores insensatos. Quizá no volvamos a tener jamás una amiga igual en la Cromería. Esto es más importante que tú y que yo. Esto es para las generaciones venideras. Tu ama ya me ha hecho todo tipo de preguntas y he tenido que urdir mil mentiras para convencerla de que sufrías alucinaciones. La próxima vez que la veas, dile que justo antes de reunirte con ella, volviste a ver el paryl. Descríbelo como una estela, aunque allí no había nadie. Que emanaba del mismo aire. Muéstrate confusa, y si te pregunta, dile que aún no me has preguntado nada acerca de esto, pero que piensas hacerlo. Que nunca me has contado nada acerca de ninguna mujer asesinada. Le he explicado que los trazadores de paryl a veces suelen ver líneas, que es un efecto secundario de nuestro trazo. Debes convencerla para que crea que lo que viste fue mera coincidencia. Porque de lo contrario, nuestra estirpe será perseguida una vez más.

—Sí, magíster.

—En tal caso, pongamos manos a la obra. Quiero comprobar a qué distancia puedes colocar una baliza, y cómo de denso es el haz que utilizas para ver a través de la ropa.

—Magíster —dijo Teia—, ¿cómo funciona? Quiero decir, ¿cómo se supone que funciona? No volveré a sacar el tema, lo prometo, pero os ruego que me hagáis este favor.

La mujer se chupó los labios delgados. Miró de nuevo a su alrededor.

—Según las historias, un trazador con los conocimientos necesarios y una voluntad de hierro podría ajustar tanto el paryl que este no sería simplemente sólido, sino que formaría una aguja tan fina como para que la persona elegida ni siquiera notase el pinchazo. Ese trazador, a continuación, podría introducir una piedra diminuta en el torrente sanguíneo de su objetivo. En teoría, eso terminaría por provocar una apoplejía... un ataque, como lo llaman ahora los cirujanos. Pero no hay ningún motivo por el cual el paryl deba ser pernicioso. Yo misma me he cortado y mi sangre ha entrado en contacto con el paryl, no es venenoso.

—¡Pero estáis describiendome exactamente lo que pasó! —Ante la mirada de reproche de la magíster, Teia bajó la voz—. Perdón.

—Lo que digo es que debiste de leer la misma historia que yo, aunque ya no te acuerdes. Las alucinaciones no son infrecuentes entre los trazadores agotados. Los que trabajamos con la luz a veces tenemos que soportar que nuestros ojos hagan cosas extrañas.

A Teia le costaba entender la ceguera autoimpuesta de aquella mujer.

—Magíster —dijo, esforzándose por mantener un tono respetuoso—, ¿cree mi ama que algo así es posible? ¿De quién se fía más, de vos o de mí? ¿Quiere que le haga eso a alguien?

A juzgar por su expresión, parecía que la magíster Martaens acabara de beberse un vaso de vinagre.

—Sé dos cosas sobre tu ama. Una es que perdería antes el sueño por conocer la identidad de su próximo compañero de cama que por un puñado de libros ajados y enterrados bajo capas de polvo en unas bibliotecas prohibidas a las que acceder le costaría una fortuna. Los conocimientos peligrosos a menudo vienen envueltos en gramáticas tortuosas y jergas incomprensibles. Carece de la paciencia necesaria para investigar un misterio en profundidad. Todo el mundo conoce alguna historia absurda sobre trazadores oscuros y tejedores de noche. Ya nadie sabe que esas historias hablan de nosotros. Recordárselo no es algo que nos incumba. Por eso me gustaría que te pusieras unas gafas tintadas siempre que vayas a trazar el paryl en público, o trazarlo rápidamente para que nadie te vea los ojos.

—¿Y la segunda cosa? —preguntó Teia.

—Hay personas que son capaces de saborear la victoria en silencio. Tu ama no se cuenta entre ellas. Su objetivo no es acabar discretamente con los Guile. Cuando averigüe cómo podría hacerles más daño, si ayudando al bastardo del Prisma o lastimándolo, puedes esperar que intente utilizarte. Sin importarle lo que debas sacrificar en el proceso, ni lo que deba sacrificar ella. Está loca de odio. Así que no te encariñes demasiado con ese muchacho, Kip. Probablemente tendrás que traicionarlo tarde o temprano.