
La de Bringas
Rosalía Pipaón vive en un piso alto del Palacio Real, entre pasillos angostos y vecinos que también dependen del favor de la corte, y le basta con eso para creerse otra cosa. Su marido, Francisco, funcionario ahorrativo hasta la manía, se arruina la vista fabricando un cenotafio de cabello humano. Ella ya arrastra en secreto cuentas de modista, y las semanas de ceguera de él le entregan las llaves del dinero de la casa; después, para reponer lo que ha sacado de la arqueta, acaba en manos de un prestamista. Galdós cuenta ese descenso con ironía, sin crueldad, y deja que el desorden doméstico avance al mismo ritmo que el del país, hasta la revolución de septiembre de 1868. Va rápida, de frase corta y observación afilada: empieza como comedia de apariencias y acaba dejando un sabor bastante amargo.






