La línea sutil
Capítulo VIII
El sábado siguiente de mañana, fueron a Guildford a hacer las compras de Navidad y volvieron contentos, cargados de paquetes.
Peter se abocó a los preparativos de rigor con celo deliberado. Comenzaron a decorar la casa. Compraron el árbol de Navidad y lo instalaron en el lugar de costumbre. Después, y no sin antes vencer la habitual renuencia a salir a la luz, en medio del regocijo general, encontraron por fin la caja donde, año tras año, guardaban los adornos. Colgaron las lamparillas de vidrio de colores y las guirnaldas de plata, algo deterioradas por los destrozos del año anterior, opaco el antiguo esplendor después de largos años de uso, pero siempre abundantes y alegres, y luego salpicaron las ramas con la fiel nieve de algodón para tener una Navidad blanca adentro, cualquiera fuese el capricho del tiempo afuera.
Los hijos ayudaban bulliciosos en la tarea, y de vez en cuando Andrew y Peter intercambiaban observaciones veladas sobre el tema de los regalos. Andrew estaba casi seguro de que le traerían una pelota de fútbol de verdad y le gustaba hablar sobre ella mediante indirectas, pero ambos habían convenido formalmente en no mencionarla por su nombre.
—¿Podré pegarle bien fuerte? —preguntaba.
—Pegarle a quién…, ¿a tu hermano?
—Kooooo. ¡Tú sabes a qué! —y abría los ojos desmesuradamente para que de ellos saltaran chispas de entendimiento confidencial.
—Ah, ya, ¡al perro de al lado! —decía Peter, fingiendo cada vez más ignorancia.
Entonces Andrew reía, y Peter se entregaba a una pantomima que consistía en asestar puntapiés a pelotas imaginarias desde todas direcciones, aunque sin dejar de atender con semblante grave y preocupado a lo que tenía entre manos, mientras Andrew se desternillaba de risa al verlo.
Margaret, mirándolos, estaba encantada. Era feliz no solo porque Peter había vuelto a ser el de antes y se aprestaban a pasar una alegre Navidad, sino también porque consideraba que lo que había producido ese cambio en él era aquella confesión que le hiciera. Y en eso Margaret veía un índice tranquilizador de cuán sólidos y maravillosos eran los lazos que los unían, de cuán fuerte era aquel vínculo que ataba a su marido a ella sin necesidad de que por su parte tuviera que hacer nada por afianzarlo, que subsistía por el mero hecho de ser ella como era y porque él la amaba. Para Margaret eso era infinitamente más importante que la aventura pasajera de su esposo con otra mujer. En aquellos días se la veía serena, radiante, mientras atendía a sus quehaceres, preparando pasteles y tortas:
Peter conservaba la jovialidad en un grado que lo pasmaba, si bien tenía plena conciencia de que en el optimismo presente había algo de hético y esforzado. Era como un preso fugado de la cárcel, decidido a aprovechar la libertad al máximo, mientras durase. A veces, sí, la silueta gris de los guardianes se perfilaba a la distancia, pero él los eludía veloz, hábilmente. A menudo hasta se paseaba despreocupado entre dos hileras de guardianes sin que estos hicieran el menor además de atraparlo, como si sobre él obrara un conjuro mágico que lo hiciera invisible a sus ojos.
También en la oficina se mostraba alegre y jovial. Compró obsequios para Nora y Billy; tres elegantes corbatas de seda, de esas que tanto le gustaban, para Billy, y un par de guantes forrados en piel para su secretaria. La víspera de Navidad aprovechó la hora del almuerzo para dejar los regalos sobre los escritorios respectivos. Rato más tarde Billy irrumpió en su despacho diciendo:
—¡Eh! me tomaste desprevenido; yo no te compré nada. No sabía que los hombres también debíamos intercambiar regalos. ¡Gracias, de todos modos, son magníficos!
Y luego entró Nora con su obsequio: cien cigarrillos que había estado juntando desde hacía cierto tiempo en paquetes de veinte. Su secretaria había notado con cuánta frecuencia se quedaba sin cigarrillos y cómo se alteraba cuando no conseguía más.
—Nora, usted es un ángel —le agradeció—. ¡Qué poder de observación!
—Pensé que le vendrían bien alguna vez, cuando las preocupaciones ronden la oficina — ambos rieron alegremente.
Esa tarde, antes de separarse rumbo a sus hogares, convidó a todos a tomar algo: a Nora y Billy y la secretaria de este, Lucy. Bromeando fueron hasta el bar, haciéndose eco del ambiente festivo que la llegada de la Navidad creaba por doquier. Las calles bullían de alegre excitación, lo mismo que el salón del Star and Anchor, engalanado con guirnaldas de papel y ramas de acebo. Peter se sentía en excelente estado de ánimo, latiendo conscientemente al mismo ritmo de la buena camaradería que lo rodeaba.
—Cristo —dijo, dirigiéndose a sus tres amigos, pero abarcando también a cuantos se hallaban al alcance de su voz y del ademán amplio de la mano con que acompañó las palabras — nació para dar al pueblo británico un pretexto que le permita bromear amistosamente y divertirse en grande una vez por año. Los franceses y los italianos «no» necesitan Navidades porque pueden hacerlo en cualquier momento. Pero nosotros, una sola vez al año. ¡Bebe, Billy! ¡Nora! ¡Lucy! Otra vuelta.
—¡Oigan! ¡Oigan! —dijo la voz pastosa de un espectador cercano —. ¡Otra vuelta para todos!
Esa noche, acostado en el lecho, Peter pensó: «¿Es posible que el destino quiera jugarme esta mala pasada…?», y sintió un terror enfermizo, supersticioso, de que la policía lo arrestara precisamente el día de Navidad, de que los detectives se presentaran en su busca cuando todos estuviesen en torno al árbol abriendo los regalos después del desayuno, y de que Andrew preguntase quiénes eran esos hombres y por qué se llevaban a papá. Mas ya habían trascurrido siete semanas desde el día en que matara a Serena Stewart. Y hasta sus oídos llegaba la respiración acompasada de Margaret. Tranquilizado, se durmió por fin.
A la mañana siguiente Andrew irrumpió en la habitación y trepó de un salto a la cama de Peter, quien abrazó aquel cuerpecito frágil, pero firme y vibrante, apretado contra el suyo, abandonado entre sus brazos.
—Santa Claus debe de estar muy cerca ya —dijo el pequeño.
—¡Sshh! —exclamó Peter—. Me parece oír el trineo… — ambos escucharon—. Viene deslizándose por la nieve.
—Y la nieve le da en la cara —añadió Andrew —. ¿Crees que me trae la armónica y las tizas de colores?
—Seguro —respondió Peter.
—Dennis dice que Papá Noel no existe, y que son los padres quienes llenan las medias…, pero no es cierto, ¿verdad?
—Por supuesto que no.
Justo antes de almorzar llegó Walter con un paquete para los chicos.
—Me voy a París —anunció—, el avión sale esta tarde. Tengo ganas de ver una Navidad francesa, para variar.
Cuando hubo partido Margaret comentó:
—Creo que hace bien en ir a París. Es una idea muy sensata. Será un cambio tan radical en comparación con la Navidad de Inglaterra.
—Sí —respondió Peter, a quien la presencia de Walter había incomodado sobremanera —, a mí también me alegra que haya tenido esa idea. No habría sido muy agradable recordarlo solo en su casa, y tampoco podíamos esperar que viniera a pasar el día con nosotros o fuera a algún otro lado aquí.
Margaret aguardó a que los chicos salieran y entonces dijo:
—Me sentí bastante incómoda en su presencia después de lo que me dijiste el otro día; tuve la impresión de que el secreto era mío tanto como tuyo.
Peter no respondió.
—También tú pareciste un poco afectado.
—¿Sí?
—Dime, ¿es que solamente te sentías culpable ante mí?
Al atardecer prepararon los paquetes de regalos, y después llegó la hora de que Andrew se acostara. Peter lo observó colgar la media, creyendo a pie juntillas en Santa Claus a pesar del escepticismo vulgar de Dennis. En realidad, era una media vieja de Margaret que el pequeño le pidiera prestada debido a su mayor capacidad.
—Es una gran cosa —comentó Andrew— que a Santa Claus no le importe que los chicos pongan las medias de sus mamás, porque si no a uno no le traerían mucho que digamos, ¿no? — y al decirlo tomó su propia media y la sostuvo junto a la de su madre, riendo de la incongruencia.
Cuando tuvieron la certeza de que Andrew dormía profundamente, cuando sus ojitos cerrados perdieron ese ligero temblor de quién se esfuerza por fingir que está dormido y los párpados se aquietaron por fin, curvados suavemente y serenos como pétalos de rosa, los padres y los dos hijos mayores llenaron la media, moviéndose cautelosamente y hablando en susurros como cuatro alegres conspiradores.
A la mañana siguiente todavía no había aclarado del todo cuando exclamaciones, risas ahogadas y crujido de papeles procedentes del dormitorio contiguo los despertaron. Como tan a menudo le ocurría en las últimas semanas al retornar por la mañana al mundo de la realidad, Peter no tuvo conciencia cabal inmediata de aquella sombra oscura que se cernía sobre su vida. Hubo un breve momento de feliz olvido antes de que las puertas de la memoria se abrieran de par en par. Y entonces el horrendo morador volvió a entrar en posesión de sus dominios, tirano que siempre llegaba, mañana tras mañana, a reclamar lo que era suyo. Algunas veces Peter había soñado con una mañana en que por raro milagro aquello no ocurría, en que se despertaba para descubrir que el tirano había perecido durante la noche. Si tan siquiera pudiesen hacerle una operación al cerebro, cortarle algún nervio. Pero esa mañana de Navidad el milagro no se había producido, y los recuerdos volvieron como siempre, a lo largo de nervios intactos, junto con la algazara procedente de la habitación de Andrew. Después Raymond encendió la radio, y notas de villancicos inundaron la casa.
Abrieron los paquetes después del desayuno. Andrew quitó la tapa de una caja cúbica y halló en el interior la pelota de fútbol, grande, poderosa, reluciente, despidiendo un fuerte olor a cuero nuevo, y bien inflada, con la abertura sellada impecablemente por un par de cintas flamantes, tan distinta de las dos o tres imitaciones baratas que tuviera antes, que no resistían el menor pinchazo, que reventaban en cuanto uno se descuidaba al inflarlas, con esa fea abertura despanzurrada que mostraba la goma roja del interior. Andrew abrazó aquella maravilla esférica y salió a escape del cuarto, arrastrando consigo a su padre para jugar un partido en el jardín. Afuera, un mundo escarchado de oro y plata resplandecía bajo los primeros rayos del sol invernal. Corrieron tras la pelota, y Andrew quedó extasiado al comprobar su flexibilidad y la velocidad con que salía impulsada al puntapié más leve.
Después entraron en la casa y se entretuvieron con los demás juguetes. Pronto llegó la hora de almorzar, y Peter se abocó a la tarea de descorchar las botellas de vino. Llenó las copas de Margaret y Raymond y, por su parte, bebió bastante, hasta que las mejillas se le colorearon. El alcohol le avivó los sentidos, y cuando por fin se sentaron a la mesa el placer físico de comer y beber le produjo verdadera satisfacción animal.
Tiraron de los crackers y examinaron riendo las pequeñas chucherías. Reyes y reinas con coronas de papel leyeron los versos en voz alta e hicieron sonar los pitos. Poco a poco fueron tornándose cada vez más locuaces, contaron chistes. Solamente una vez recordó Peter la Navidad del año anterior, cuando Serena y Walter los acompañaban, pero la imagen llegó borrosa y completamente desprovista de significado. Todos permitieron que fuese Peter el favorecido con la moneda de seis peniques oculta en el pastel.
A la tarde Andrew quiso jugar otro partido, de modo que Peter salió con él al jardín. La alegría del pequeño, que ahora libraba con la modorra y el cansancio una batalla perdida de antemano, volvió a encenderse mientras corría tras la magnífica pelota. Mas estaba escrito que su renovada excitación tendría un fin rápido y desastroso. La pelota, impulsada demasiado alto por el pie de Peter, pasó encima de un grupo de árboles que crecían al fondo del jardín y al bajar quedó atrapada en el trípode invertido que formaban unas ramas que estaban a unos nueve metros del suelo. Allí se detuvo, desafiante. Cuando Andrew comprendió que la pelota no caería su horror no tuvo límites y volviéndose hacia su padre le lanzó una mirada centelleante.
—¡Mira lo que has hecho! —gritó desesperado —. ¡No baja!
—No te aflijas, ya la bajaremos —dijo Peter.
—No podrás. No la podrás alcanzar. Ya no bajará nunca más.
Gruesas lágrimas se escapaban de los ojos desmesuradamente abiertos.
—No seas tonto; claro que bajará. Buscaremos una escalera alta y un palo y la haremos caer.
—Bueno, búscalos entonces. ¿De dónde los vas a sacar?
—Ya los conseguiremos en alguna parte mañana.
—¡Búscalos ahora! ¡Quiero mi pelota!
—Ahora es imposible, Andrew. Piensa que es Navidad y no hay nadie cerca, pero mañana…
La ira que, dominaba a Andrew lo hacía temblar de pies a cabeza. En un momento dado clavó en su padre una mirada de odio salvaje, respirando pesadamente, y le gritó: «Te odio, te voy a matar», tras lo cual se abalanzó contra Peter y lo golpeó con el puño cerrado en un paroxismo de violencia asesina.
Peter palideció, temblando él también mientras trataba de apaciguar al pequeño. Por fin, el cuerpo cansado, la almita dolorida, Andrew se dejó caer al suelo en un montón de despojos sollozantes. Al principio, cuando comenzó, a pegarle a Peter, los golpes habían obedecido a una ira ciega, pero después se sintió ahogar por un pesar secreto y algo así como vergüenza, y a su rabia se sumó la tortura del remordimiento. Perdida toda esperanza, se abandonaba a la desesperación.
Sin embargo, a los pocos minutos se recobró, y todos jugaron a las prendas en su beneficio, y los ojitos azules bailoteaban gozosos y triunfantes al encontrar el objeto escondido o adivinar la palabra correcta.
—¿Sabes una cosa? —dijo Margaret a su esposo cuando volvió a reunirse con los demás después de acostar al pequeño —. Ese chico realmente me preocupa a veces. Cuando está enojado es capaz de todo. No puedo librarme del temor de que algún día haga una barbaridad, como arrojarle un cuchillo a alguien, o cosa parecida… Tú no eras tan violento de niño, ¿verdad?
—Creo que sí.
—Tu madre no opina lo mismo.
—¡Oh, abuelita! —intervino Raymond—. ¡Supongo que no piensas pedirle tan luego a ella pruebas de las tendencias homicidas de papá en la infancia! — el muchacho aplaudió su salida con fuertes carcajadas, y después, viendo la posibilidad de dar una nueva muestra de su ingenio, añadió—: Al fin de cuentas no veo motivo para preocuparse. Papá parece haberse curado sin rebanarle la cabeza a nadie.
—Juguemos a algo más serio, ahora que Andrew se acostó — propuso Janet Y jugaron a las consonantes e hicieron charadas. Después probaron con las «Consecuencias» y las «Novelas», riendo divertidos al oír los resultados.
—Qué lástima que no somos más —dijo Janet —, si no, podríamos jugar a un juego muy divertido que me enseñaron en la escuela el otro día. Se llama «Asesinos» y es de lo más emocionante. ¿Lo conoces, papá?
—Sí, pero para ese juego se necesita mucha gente.
—Ya lo sé. Uno que haga de cadáver, y otro de asesino, y además detectives y muchos testigos. La última vez yo fui uno de los detectives. Tenía tantas ganas de ser el asesino, pero no tuve suerte… ¿Fuiste alguna vez el asesino, papá?
—A veces.
Peter descorchó otra botella de vino, y Margaret no vaciló en hacerle los honores. Estaba muy animada, y su animación, como siempre en tales ocasiones, se tradujo en cantos. Comenzó a entonar villancicos, y los demás la siguieron. Cantaron con voces que poco a poco fueron perdiendo el brillo inicial. Agotado el repertorio de villancicos Margaret atacó, sin detenerse a tomar aliento, melodías folklóricas. No tenía buena voz, pero cantaba con sentimiento, dejándose llevar por la canción, y su entusiasmo contagió a todos los demás. En rápida sucesión entonaron todas las piezas favoritas, Bebe solo para mí, y Loch Lomond, El molinero del Dee y Hay una taberna en el pueblo. Margaret prefería las canciones picarescas, de ritmo vivo, y las cantaba con verdadero placer. Primero les hizo oír Llenen los vasos, bien poseída de su papel, con voz baja y aguardentosa, acompañada por una mímica soberbia, balanceándose y levantando la copa con ademán inseguro. Después les tocó el turno a una o dos melodías de Gilbert y Sullivan y cuando ya no pudo recordar más canciones inglesas pasó, siempre sin intervalo, a su repertorio francés. Agotado también este, probó un par de tonadas alemanas, tarareando las partes de la letra que no recordaba, y después, en un crescendo entusiasta de imparcialidad internacional, cantó la Marseillaise, Deutschland über Alies y God Save the King, tratando de infundir a esta última una recia cualidad marcial.
Sus espíritus que, liberados de la carne, corretearan sin trabas por el cielo, cayeron como pájaros heridos cuando la música cesó. Pero Margaret seguía radiante de dicha. Tenía las mejillas arreboladas, y sus ojos seguían bailando al son de las canciones. Era medianoche.
Media hora más tarde, Margaret, en la oscuridad del dormitorio y cuando estaba a punto de dormirse, percibió de pronto un sonido, algo así como sollozos, en la habitación. Alzó la cabeza y escuchó atentamente, creyendo que el sonido provenía de los dormitorios de los chicos. Pero pronto se convenció, fuera de toda duda, de que partía del sitio donde estaba Peter, acostado en el lecho contiguo. El absurdo pensamiento de que Andrew se había deslizado de algún modo bajo la cama de Peter, quizá en un ataque de sonambulismo, le cruzó por la mente. Pero aquellos sollozos eran más profundos, más roncos que los de Andrew.
—Peter —llamó—, Peter, ¿me oyes? ¿Quién está llorando?
No hubo respuesta, pero el sonido continuó, aunque ahogado, muy cerca de ella.
Margaret sabía que su marido tenía el sueño liviano y que siempre tardaba en dormirse. Volvió a llamarlo insistentemente, sentándose en el lecho. Comenzaba a comprender, incrédula, que era él quien sollozaba, cuando Peter respondió por fin.
—Sí —dijo, y el sonido de su voz hizo que el corazón de Margaret le diera un vuelco dentro del pecho. Nunca, en los años que llevaban de casados, lo había visto llorar ni oído hablar con esa voz. Quedó atónita.
—¡Santo cielo! ¡Eras tú! ¿Qué pasa, Peter?
—No lo sé. Me vino de pronto —habló en tono de abandono, resignado a que ella lo supiera, aliviado casi.
—¿No te sientes bien? ¿Qué tienes? —Margaret encendió la luz.
—Supongo que un colapso nervioso.
—Pero estuviste tan animado estos días.
—Hice un gran esfuerzo porque era Navidad, pero en realidad no me sentía nada bien.
—¿Volviste a pasar malas noches?
—Sí.
—¿Hay algo especial que te preocupa?
—No, nada especial. Después de una pausa Margaret dijo: — Supongo que lo que te inquieta no es el tema de aquella confesión que me hiciste, ¿verdad?
—No.
—Porque en ese caso no hay motivo para que te tortures. No creas que me hiciste desgraciada, ni ninguna tontería por el estilo, porque no es así.
—No, me alegro de habértelo dicho.
—¿Quieres que te prepare un poco de té? ¿O prefieres Ovaltina? El té quizá te quite el sueño.
—No, prefiero té.
En realidad no quería nada, pero cualquier distracción sería bienvenida, aunque fuera como falso consuelo: un poco de calor y movimiento en la noche, sentir que Margaret se levantaba, escuchar los ruidos que haría en la cocina.
Le trajo el té, y Peter se sentó en la cama y lo bebió. También ella se sirvió una taza para acompañarlo. Margaret recordó entonces aquellas noches de insomnio del pasado, el colapso nervioso de muchos años atrás. Pero nunca, ni siquiera entonces, había perdido su dominio como ahora. Hablaron un rato, pero la mayor parte del tiempo Peter mantuvo la cabeza baja y los ojos clavados en la taza. Solamente en dos oportunidades la miró a la cara, y cuando lo hizo Margaret notó que su mirada era a la vez conmovedoramente íntima e infinitamente distante, una expresión de dolor encendida por extraña ansiedad, como si su alma estuviera retrocediendo y avanzando a un tiempo. Y cada vez ella esperó a que su marido le dijera algo, pero no fue así. Por fin, dulcemente, le preguntó:
—¿Estás seguro de que no quieres decirme nada, querido? — al principio, cuando aseguró que no tenía nada, lo había creído, mas ahora no estaba tan segura. Pensó que podría haber tenido alguna contrariedad en su oficina: la quiebra quizás, o hasta que tenía cáncer y lo había sabido justo antes de Navidad.
La ansiedad volvió a brillar un instante en los ojos del hombre, intensamente; luego se apagó.
—No —contestó—, no tengo nada que decirte. Aunque no pudo dormir esa noche, aquel nuevo contacto con Margaret le proporcionó cierto consuelo. Se alegraba de que su mujer supiera ahora algo de lo que pasaba en su interior, del mismo modo que se había alegrado la noche del crimen cuando llegó el momento de poner término a la ficción del accidente. Había abierto una puerta que daría a Margaret acceso a la noche de su soledad, y su presencia en el umbral derramaba un débil destello de luz… Recordó cómo, cuando era niño y advertía que estaba a punto de caer enfermo, solía ocultárselo al principio a su madre y fingir hasta ante él mismo que no tenía nada, recordó qué mal se sentía mientras duraba la farsa y con qué alivio se rendía por fin cuando su madre se enteraba.
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