La línea sutil
Capítulo III
Fue una suerte para Peter que el mensaje alcanzara a Walter antes de que se separasen. El hecho de estar enterado restaba dificultad a la odiosa tarea de afrontar a su propia familia. Se lo diría enseguida, y eso bastaría para explicar cualquier signo de preocupación que advirtieran en su aspecto.
Abrió la puerta y entró, como tantas y tantas otras noches, en la habitación que constituía el núcleo de su feliz mundo privado. Al instante de abrir la puerta vio a Margaret, arrodillada en el suelo en medio de trozos de género dispersos, el costurero a su lado, remendando la funda de una silla, entregada silenciosa y feliz a su tarea, el rostro y las manos animados por confiada determinación. Vio a Raymond, que en ese momento se apartaba del combinado con una pila de discos en las manos, buscando el álbum del cual los sacara. Era el concierto para violín de Beethoven. Peter había oído el final desde el vestíbulo, mientras se quitaba el abrigo, y el álbum abierto estaba en el taburete detrás de Raymond, junto a la pequeña discoteca que el mismo Peter construyera con orgullo varios meses atrás, con un compartimiento separado para cada uno de sus compositores favoritos y una cuidada etiqueta con el nombre correspondiente: Beethoven, Mozart, Haydn, Bach… Al otro lado del gabinete vio a Janet, acurrucada en una silla y devorando con avidez un libro que, sabía, era la última novela de Eleanor Deighton, preferencia por la cual él siempre la hacía objeto de toda clase de bromas. Y también vio muchas otras cosas, captándolas en conjunto, pero distinguiéndolas a la vez individualmente: el sillón preferido junto al fuego, el perro echado sobre el felpudo del hogar, las pipas colgadas de la pared, el libro que estuviera leyendo la noche pasada, la fotografía de su madre sobre el escritorio, y en un rincón del cuarto una trompeta rota que pertenecía a Andrew.
Un dolor que nunca conociera hasta entonces le laceró el pecho a la vista de los rostros y objetos que había en ese cuarto: el dolor desesperado de ver la felicidad perdida que fuera suya, y de la cual había podido disfrutar, hasta ayer. Allí estaban todos todavía, el viejo sillón y los queridos libros y discos y las pipas ennegrecidas y melladas en amable camaradería después de largos años de uso, y Margaret y los niños. Pero ahora él era un impostor, y todo aquello ya no le pertenecía. Sabía que acababa de destruir para siempre sus derechos a la felicidad que conociera en su compañía.
Lo sabía en las profundidades quedas de su mente, pero en otro plano, más cerca de la superficie, la experiencia normal de llegar al hogar después de un día de trabajo en Londres se repetía mecánicamente, como si no hubiera ocurrido nada diferente de lo habitual. Los acontecimientos de esa tarde retrocedieron hasta tornarse irreales, los vínculos que lo ligaban a ellos se desdibujaron y oscurecieron hasta que ya no fue posible reconocerlos.
—Hola —dijo, y esperó que la seriedad de su expresión obrara efecto.
—¿Qué ocurre? —preguntó enseguida Margaret. Dejando la funda, alzó la vista hacia él. También Raymond suspendió la búsqueda del álbum, aunque sin soltar los discos, sorprendido por el aspecto de su padre y el tono de su voz. Peter se detuvo en el centro de la habitación.
—Parece que ha ocurrido algo espantoso —dijo mirando a uno y a otro —. Serena ha sufrido un accidente. —Después agregó—: Y aparentemente está mal herida. — Mientras hablaba, el accidente dejó de ser una ficción. La imagen que se estaba formando en la mente de Margaret y Raymond centelleó también en la suya. Sus oídos percibieron el fragor del tránsito y luego el chirrido de los frenos, y sus ojos vieron un auto que se apartaba con violencia. Serena yacía en tierra, y en torno suyo había sangre y vidrios rotos, y la gente se acercaba corriendo.
—¡Cielos! —exclamó Raymond—. ¿Qué fue, un choque con Walter?
—No, Walter no estaba con ella. Al parecer la atropellaron.
—¿Quién te lo dijo?, ¿dónde ocurrió? —preguntó Margaret.
—Walter acaba de recibir un mensaje de Londres. Estábamos juntos en el bar. Dijo que era muy grave y se marchó enseguida.
—¡Qué espantoso! —exclamó Margaret, al tiempo que, dejando la labor, se ponía de pie —. ¿No crees que deberías haberlo acompañado?
—Me ofrecí, pero dijo que prefería ir solo. Ya conoces a Walter. Le pedí que nos hablara por teléfono tan pronto pudiera. — La visión de Serena en una camilla cruzó el cerebro de Peter. La llevaban a la sala de operaciones. Las puertas de la sala se cerraron tras de ella, y después vio a Walter esperando afuera y un mundo de enfermeras que iban y venían.
Desde la habitación de Andrew llegó el claro tañar de una campanilla.
—Oh, es Andrew —dijo Margaret—, está esperando sus bolitas. ¿Te acordaste?
Peter había olvidado las bolitas por completo, como también el hecho de que las tenía en el bolsillo. Aun cuando Margaret las mencionó, su mente siguió en blanco un segundo, y lleno de amargura creyó haberse olvidado de comprarlas. El remordimiento lo laceró, causándole un dolor dentro de otro dolor, por haber fallado a Andrew y tener que presenciar su desilusión. Después, con un suspiro de alivio, recordó que las había comprado a primera hora de la mañana, camino a su oficina, e introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta.
—Sí, las traje. ¿Cómo está ahora?
—Mejor. Ve y dáselas. No quiso dormirse hasta que llegaras.
Una segunda oleada de alivio invadió a Peter ante este afortunado pretexto que le permitía dejar el tema del accidente. Subió inmediatamente al dormitorio de Andrew donde, doce horas antes, sentado al borde del lecho del enfermito, le había prometido comprarle nueve bolitas para que con las treinta que ya tenía igualaran la temperatura que le provocara su garganta dolorida. Una pregunta muda y sonriente lo aguardaba en los redondos ojos azules de Andrew, que ahora aparecían desproporcionadamente grandes en la carita adelgazada, una sonrisa que decía: «Ya sé que las trajiste; no finjas que no». Peter le respondió con una sonrisa igualmente plena de significado, reconociendo el secreto que los unía y que estaba a punto de develar.
—¿Cómo anda ahora la temperatura? —preguntó.
—Solo treinta y siete y dos líneas. —El cuello, bajo la carita redonda y linda, parecía increíblemente frágil, como si la cabeza fuera demasiado pesada para él.
—Ah, pero ahora tenemos algo más que eso, ¿eh?
Andrew sonrió, y sus ojos refulgieron ante la tan esperada revelación.
—¿Dónde están? —quiso saber en un tono que indicaba a las claras que el momento de las escaramuzas preliminares había pasado. Al principio el pequeño había temido formular la pregunta directamente, puesto que no estaba seguro de cuál sería la respuesta. En esos momentos de dudas tan espantosas prefería tantear el camino mediante indicaciones tortuosas que no resultaran fatales para su esperanza. Peter conocía esa táctica y también sabía cuándo había llegado el momento de hacer el anuncio definitivo.
—Aquí —dijo, y sentándose en el borde de la cama extrajo del bolsillo una bolsita de papel de la cual escapó un alud de bolitas que rodaron por el pequeño hueco de las sábanas entre las manos de Andrew. Los ojos del niño bailotearon alegremente mientras las bolitas rodaban y chocaban entre sí.
—¿Cuántas? —preguntó—. Quiero contarlas. ¡Oh, esta es preciosa!
Pero los ojos de Peter ya no miraban las bolitas, clavados ahora en otro objeto. Un pañuelo había emergido del bolsillo junto con la bolsa de bolitas y ahora lo tenía frente a sí, sobre la cama. Era el pañuelo que creía haber olvidado en el departamento. Tomándolo lentamente lo restituyó al bolsillo, pero su alegría al ver el placer que las bolitas produjeron a Andrew se había evaporado.
Andrew hizo que su padre le trajera las demás bolitas, que estaban en la caja de lata que guardaba en el armario de sus juguetes, y que las volcara también sobre la cama, en un montón separado, y después comenzó a contarlas una por una. Todo su pequeño ser excitado y tenso estaba concentrado en la mirada ansiosa con que seguía su propia mano mientras recogía cada bolita y volvía a depositarla en un nuevo montón.
También Peter siguió los movimientos precisos, delicados, de la manecita y los dedos. Su pequeñez y tierna flexibilidad, la suave trasparencia de la piel, la fragilidad de la diminuta muñeca, el apretón sensitivo de las yemas de los dedos, junto con la modesta proporción del conjunto y el tremendo propósito que lo guiaba en su inocente menester, provocaron en él un tumulto de ternura desesperada. El cariño que sentía por el chiquillo lo sobrecogió con una oleada de dulzura exquisita envenenada empero en su propia fuente, que no tardó en trocarse en amargura y rencor. Miró la mano de Andrew, después la suya. Retiró su mano y tomó una bolita, luego la dejó caer. De pronto se sintió mejor. La garra helada que le oprimiera el corazón momentos antes parecía haberse disuelto en la nada. Esto mismo le había ocurrido varias veces desde la tarde. Cada estado de desesperación iba seguido de una recuperación rápida y cabal. Justo cuando sus pensamientos llegaban a un punto en que ya era imposible tolerarlos, el horror desaparecía súbitamente de ellos, dejando una sombra pálida de sí mismo que podía contemplar con tranquilidad pasmosa. Rodeó a Andrew con un brazo, consciente solo del momento inmediato.
—Treinta y ocho —decía Andrew, recogiendo la penúltima bolita; después hizo una pausa y alzó la carita hacia Peter —. ¿Y ahora qué viene?
—Treinta y nueve —dijo Peter, con el énfasis esperado.
—¡Treinta y nueve! —gritó Andrew, palmeando las manos.
—Bueno, bueno, ahora debes dormirte. Guardemos las bolitas en la lata — besó al niño y se puso de pie.
—Hueles a perfume —dijo Andrew—. Me gusta el perfume.
Peter tuvo un ligero sobresalto. «Ese pañuelo», pensó, y en voz alta dijo:
—¿Sí? Con tal de que sea el de mamá…
—No, no es; yo conozco el perfume de mamá.
—Tú lo sabes todo, ¿no, jovencito? Muy bien, hasta mañana.
—Hasta mañana.
Peter fue directamente al cuarto de baño. Allí extrajo el pañuelo del bolsillo y lo olió. Tal como había pensado, el débil aroma revivió la escena del departamento con nitidez instantánea, pero el clamor del problema presente acalló su impacto. Tenía que desembarazarse de ese pañuelo. El primer impulso fue arrojarlo al inodoro y apretar el botón, pero después pensó que podía tapar la cañería. Debía quemarlo, pero ¿dónde? El único fuego que había en la casa era el de la habitación donde estaban Margaret y los chicos. Debería esperar hasta quedar solo allí, pero siempre restaba la posibilidad de que alguien entrara de pronto y lo viera quemándolo. Su incapacidad de hallar un método inmediato lo llevaba rápidamente al borde del pánico. Hurgó en los bolsillos en busca del encendedor. Quemaría el pañuelo sosteniéndolo sobre el inodoro y solo lo soltaría cuando quedara tan poco que no hubiera peligro de que obturara la cañería. Pero el encendedor, cuando lo encontró, apenas hizo en el pañuelo agujeritos con anillos de fuego humeante que se apagaban demasiado pronto. «Maldición, —pensó Peter—. Me estoy poniendo nervioso. En realidad, esto es innecesario. Lo guardaré en el bolsillo de atrás del pantalón y me libraré de él más tarde». Con lo cual lo introdujo en el bolsillo, se lavó las manos rápidamente y volvió a la sala.
—¿Qué decía papá? ¿Quién sufrió un accidente? — Janet hablaba cuando Peter entró. Acababa de terminar su novela y se levantó, estirándose cuan larga era para disipar el entumecimiento que le produjera la larga concentración acurrucada en la silla.
—Ah, bajaste a la tierra, ¿no? —dijo Raymond. Todos en la casa fastidiaban a Janet por su manía literaria.
—Serena Stewart —dijo Margaret—. La atropelló un auto.
—¡Qué barbaridad! ¿Está grave?
—Temo que sí —repuso Peter.
Trascurrido un momento, Janet dijo:
—Oh, papá, nosotros también tuvimos un accidente. Se murió el pobre Smokey. Lo atropello un camión en la calle. Le rompió el espinazo, y mamá dijo que no viviría, y como no pudimos conseguir ningún veterinario para que terminara con él, mamá debió encargarse de eso y tuvo una idea magnífica: ponerlo en el horno del gas para que muriera sin sufrir. Fui valiente, papá, ayudé a mamá a traerlo desde la calle y a llevarlo hasta la cocina, y lo pusimos dentro del horno, y murió en paz. No tardó más de diez minutos. Y después lo enterramos en el jardín… Pobre Smokey. — Janet pronunció este discurso sin tomar aliento, temerosa de que uno de los otros contara algún detalle y le arrebatara el monopolio de la sensación.
—Pobre Smokey —dijo Peter—. No sabía que atropellaran a los gatos.
—Fue muy desagradable —dijo Margaret—, el pobre tenía unos dolores terribles y estaba tan maltrecho… Tuve que ponerlo en una tabla y sostenerlo todo el camino hasta la cocina.
—Tuviste una buena idea al pensar en el horno — comentó Peter.
—Mamá es magnífica —dijo Raymond—. Nada la vence.
—Oh, a propósito —dijo Margaret—, confío en que tengas algunas libras encima. Necesito dinero a primera hora de mañana.
—¿Cuánto?
—Tres o cuatro libras.
—Sí, tengo.
—Menos mal. Te llamé a la oficina para asegurarme de que lo tendrías, pero Nora dijo que no habías estado en toda la tarde.
—Sí, tuve que hacer unas visitas. ¿Cuándo llamaste?
—A eso de las cinco… dije a Nora que no me agradan esos empleos que le permiten a un hombre abandonar la oficina cuando le place con pretextos fingidos; priva a la esposa de toda oportunidad de sorprenderlo en una escapada. Nora dijo que no creía que yo necesitase preocuparme en ese sentido… Bueno, ¿qué tal si comemos?
No se habló mucho en la mesa. Margaret y Raymond pensaban en lo que Peter les había dicho. A Margaret le agradaba Serena, aunque sus vidas eran muy diferentes y no se veían con frecuencia. El mundo de Serena estaba en Londres: trabajo de oficina, reuniones sociales, amistades masculinas. Si Margaret hubiera sido celosa podría haber visto con malos ojos el obvio deseo de Serena de agradar a Peter, mas no lo era, y el pobre y querido Peter nunca le dio el menor motivo para tener celos. Sencillamente, las demás mujeres no le interesaban.
—Espero sinceramente que no le haya pasado nada serio a Serena — dijo—. ¡Cuándo llamará Walter!
—Si se fue justo antes de que papá llegara —opinó Raymond—, ya debe estar en Londres — y después, volviéndose hacia su padre—. ¿Adónde iba, exactamente? A algún hospital, supongo.
—Creo que sí.
—¿Quién le dio el mensaje? —preguntó Margaret.
—No lo sé. Lo trasmitieron a la casa, y la mujer que hace la limpieza lo llamó al bar, pero Walter se fue tan a prisa que no me dijo nada más. — Sería terrible que le hubiera ocurrido algo en la cara — dijo Janet—. Es una mujer tan bonita…
—Y bien que lo sabe —observó Raymond, con el aire sofisticado de sus diecisiete años.
—Entiendes mucho de mujeres, ¿no? —dijo Peter, y pensó cuán poco sabía él mismo sobre el sexo opuesto antes de conocer a Serena. Margaret no le había enseñado nada acerca de las mujeres. Sus reacciones habían sido siempre tan espontáneas e inteligibles para él, exactamente lo que él esperaba, en nada diferentes de las suyas. Si tan siquiera hubiera conocido otras mujeres antes de enamorarse de Margaret esto de ahora no habría ocurrido. Pero su madre lo había dificultado… Al recordarla no pudo reprimir un sobresalto. Había tratado de no pensar en ella. No podía resistir ni tan siquiera la idea de que ella estuviera relacionada en alguna forma con lo sucedido; las dos cosas no podían coexistir lado a lado en su mente. Apenas si podía imaginar a Margaret y a los chicos enterados de todo. Los asombraría y horrorizaría, pero no los aniquilaría por completo como a su madre. A ellos sí podía verlos sobreviviendo, pero su madre… el ser íntegro de Peter se encogió de pánico ante la idea.
Cuando Walter dejó a Peter para volver a Londres sabía en el fondo del corazón que su mujer había muerto. El mensaje provenía de una amiga de Serena, Winnie Girton, y le indicaba a Walter ir inmediatamente al departamento de esta, en Smith Street, frente a King’s Road. Winnie dijo que Serena había sufrido un accidente y que estaba herida de gravedad. Cuando la gente dice eso quiere decir que la persona en cuestión ha muerto. Si no se tratara más que de una herida no habría ninguna necesidad de decir que era grave; uno se enteraba al llegar. Mientras esos pensamientos le daban vueltas y más vueltas en el cerebro, otro indicio vino a confirmarlos. Si Serena estuviera herida y su estaco revistiera tanta gravedad, la habrían trasladado a un hospital sin más trámites, pero a él no le dijeron que fuera a un hospital; le indicaron que acudiera en el acto al departamento de Winnie Girton.
Sin embargo, todo aquello no pasaba de teoría, y la convicción que surgió de ella no tuvo el carácter definitivo del conocimiento irrefutable. ¿Qué sentiría en realidad si Serena muriese? ¿Qué sería entonces su vida? No acertaba a hallar respuesta clara para esos interrogantes, y la misma imposibilidad aumentó su agitación porque odiaba no saber cuáles serían exactamente sus sentimientos en cualquier situación dada. Siempre temía que sus sentimientos lo tomaran desprevenido, y era demasiado franco para simular algo que no sentía.
La carretera estaba bastante descongestionada, y en todos los tramos abiertos pudo avanzar a más de noventa. En menos de media hora había dejado atrás Cobham, Esher y Kingston. Más allá de Putney Hill siguió por High Street y cruzó el puente, para después doblar a la derecha y tomar King’s Road. No habían trascurrido más de cuarenta y cinco minutos desde que abandonara el Boar’s Head cuando llegó a Smith Street, estacionando el automóvil frente a la casa de departamentos de Winnie Girton.
Un policía le franqueó la entrada. Aunque Walter estaba preparado para lo peor, la presencia del representante de la ley lo sobrecogió.
—Buenas noches —dijo—. Aquí vive Miss. Girton, ¿no es así? Soy Walter Stewart. Entiendo que mi esposa ha sufrido un accidente.
—Temo que así sea, señor —dijo el agente—. ¿Querría tener la amabilidad de pasar a esa habitación un momento?
—Pero ¿dónde está la señorita Girton? Fue ella quien me envió el mensaje — Walter estaba azorado ante aquel recibimiento policial y la inexplicable ausencia de Winnie.
—No se preocupe, señor. Verá a la señorita Girton dentro de un instante. No le haré esperar — el agente introdujo a Walter en la salita de Winnie Girton y cerró la puerta a sus espaldas. Entonces Walter sintió desvanecerse las últimas dudas. Ahora estaba absolutamente seguro de que no vería a Serena con vida.
Trascurrido un minuto la puerta volvió a abrirse para dar paso a otro hombre.
—Buenas noches, señor —dijo el recién llegado —. Soy el inspector Thomas, de Scotland Yard. Entiendo que usted es Mr. Stewart.
—En efecto. ¿Quiere hacer el favor de decirme qué le ha ocurrido a mi esposa y dónde está ahora? — había una nota de irritación en la voz de Walter.
—Mucho me temo, señor, que tengo malas noticias para usted.
—¿Es que mi esposa ha muerto?
—Siento en el alma tener que contestar que sí…, y el asunto es mucho más serio de lo que le dijo por teléfono Miss. Girton.
—¿Qué quiere decir?
—No se trata de un accidente…, la señora Stewart fue asesinada.
Los ojos del inspector permanecieron clavados en el semblante de Walter mientras pronunciaba esas palabras. «Este rostro, —pensaba—, no es el de un hombre que da rienda suelta a sus emociones»; pero la perplejidad horrorizada que quebró su reserva habitual al oír el anuncio era inconfundible.
—¡Asesinada! ¿Cómo? ¿Dónde?… ¿Está seguro de que no hay un error?
—No creo que pueda haberlo. Todo apunta en esa dirección, Mr. Stewart, y temo que la situación va a resultarle muy dolorosa. Miss. Girton encontró a su esposa muerta en este departamento hace cosa de una hora, y parecería no caber ninguna duda de que la muerte se produjo por asfixia. Además, es casi seguro que aquí había otra persona con su esposa antes de que muriera.
—Pero…, no comprendo. ¿Cómo fue que mi mujer vino aquí si la señorita Girton estaba ausente? ¿Y dónde está la señorita Girton? Quisiera verla. ¿Es necesario este ocultamiento absurdo?
—No hay ocultamiento, señor Stewart. Verá a la señorita Girton enseguida. Pero creemos que se ha cometido un crimen, entienda, y era preciso que yo fuese el primero en verlo para hacerle algunas preguntas. Sé que le resultará muy desagradable responderlas y créame que siento enormemente tener que formularlas.
—Comprendo. Y le ruego me disculpe si fui irrazonable.
El inspector puso a Walter al tanto de lo que supiera por boca de Winnie Girton acerca de la llave del departamento que Serena conservara en su poder después del matrimonio. —¿Sabía usted algo de este arreglo? — preguntó.
—No.
—¿No tenía la menor idea de que su esposa iba a venir aquí esta tarde?
—Absolutamente ninguna.
—¿Cuándo fue la última vez que vio a su esposa?
—Esta mañana, antes de salir de casa para el trabajo.
—¿Sabía que ella vendría a Londres?
—Sí, por supuesto; trabajaba en Londres.
—¿Pero no sabía si tenía algún plan especial para la tarde? ¿Si iría a algún sitio determinado, o si pensaba encontrarse con alguien?
—No…, yo mismo tuve que venir a Londres esta tarde, inesperadamente, y cuando terminé lo que me trajo la llamé a la oficina, pero no estaba.
—Ajá, de manera que usted también estuvo en Londres esta tarde — el inspector Thomas no dejó que la voz trasuntara ningún interés especial en el hecho—. ¿Y a qué hora exactamente llamó a su mujer?, ¿lo recuerda?
—En realidad la llamé dos veces. La primera debe de haber sido, creo, a eso de las cinco y media; y la segunda minutos después de las seis.
—¿Eran ustedes un matrimonio feliz, Mr. Stewart?
Por primera vez desde que comenzara el interrogatorio Walter vaciló un instante. Después, con la misma franqueza con que tantas veces tratara de contestarse esa pregunta a sí mismo, dijo:
—Sí, a nuestro modo.
—¿Sabía usted, o sospechaba, que entre su esposa y otro hombre existían relaciones íntimas? Le pregunto esto porque las circunstancias parecen sugerir algo por el estilo.
—Mi mujer tenía muchos amigos, inspector, pero jamás indagué la naturaleza de esa amistad. Ciertamente, no sé nada acerca de ninguna relación específica.
—Pero suponiendo ahora que esa relación existía, ¿hay entre los amigos de su esposa (entre aquellos que usted también conocía) alguno en particular que acuda a su mente?
—No —la respuesta de Walter llegó al instante y con énfasis.
—Ahora bien, acerca de esas llamadas telefónicas, ¿desde dónde las hizo, Mr. Stewart?
—La primera vez desde la oficina de mi abogado; para verlo a él vine a la ciudad. La segunda desde un bar.
Walter había estado respondiendo a las plegaría; del inspector sin pensar que la policía podía tener un interés especial en sus propios movimientos. Pero al verse frente a esta última pregunta un nuevo aspecto de la situación se presentó ante sus ojos. Comprendió que el hecho de que hubiera mencionado casualmente su ida a Londres esa misma tarde había despertado un cierto interés en el inspector, y recordando de pronto cuán próximo a Smith Street estaba el Six Bells captó en el acto el efecto que tendría esa circunstancia fortuita. La pregunta siguiente del inspector contribuyó a aumentar su inquietud.
—¿Estaba esa visita al abogado relacionada en alguna forma con su esposa, señor Stewart?
—No. Se refería al testamento de mi padre — Walter trataba de optar rápidamente entre la conveniencia de limitarse a las respuestas exactas que le exigían o bien de dar voluntariamente todos los hechos sin más trámites. Decidiéndose al fin por un término medio agregó—: La entrevista se realizó por sugestión de mi abogado.
—¿Sabía su esposa que usted vendría a Londres esta tarde?
—No… Mi abogado me llamó a la oficina, y convinimos en que yo vendría a verlo después de almorzar. Si le sirve de ayuda para comprobar estas declaraciones, inspector, le diré que mi abogado se llama Alfred Johnstone, de la firma Johnstone y Bolland, y que vive en el número veinticinco de Sydney Street, no muy lejos de aquí.
—Le agradezco su colaboración, señor. Supongo que comprende que se trata de un asunto de rutina, pura y exclusivamente.
—Por supuesto.
—¿Y de qué se ocupa usted, Mr. Stewart?
—Soy arquitecto en Guilford.
—¿Y vive, según creo, afuera, en un punto próximo a Guildford?
—Sí, en Clandon, justo frente a Portsmouth Road. — Y el bar desde donde llamó la segunda vez, ¿dónde queda?
—Es el Six Bells, en King’s Road. Desde el estudio del abogado fui directamente ahí.
—¿Lo conocen en ese bar? Quiero decir, ¿podría alguien corroborar su declaración como en el otro caso?
Walter había previsto esta pregunta y decidió lo que respondería por anticipado. Lógicamente, podía dar el nombre de Peter, lo cual respondería por todos los minutos de su tiempo desde el momento en que entró en el Six Bells hasta que regresó a Clandon. Pero al pensarlo dos veces decidió no mencionar su encuentro con Peter, sintiendo en su interior una súbita renuencia a hacerlo. Cuando el inspector le preguntó si creía que alguna persona en particular podía haber mantenido relaciones especiales con Serena, había respondido con un «no» enfático, énfasis nacido no solamente del hecho de que era una respuesta verídica, sino también de una repugnancia instintiva ante el pensamiento de que uno de sus amigos podía ser objeto de sospechas desagradables e inmerecidas por parte de la policía. De manera que cuando el nombre de Peter acudió a su mente en relación con su permanencia en el Six Bells lo hizo a un lado sin pérdida de tiempo. Afortunadamente, la mujer que atendía el bar seguía recordándolo y lo había visco entrar; y, al fin de cuentas, maldito sea, no estaba preocupado por sí mismo. La policía no tardaría en comprobar que él no era el hombre que buscaba. No le quedaba otra alternativa que pasar algunos momentos desagradables, y a él le tocaba soportarlos y ahorrárselos a sus amigos. Mantendría a Peter fuera del problema.
—Eso es todo, Mr. Stewart, por el momento… Lógicamente, tendrá que identificar el cadáver como el de su mujer.
—Por supuesto.
Walter penetró solo en el dormitorio y miró el cadáver. Permaneció contemplándolo algunos segundos sin experimentar otra emoción que aquella singular mezcla de asombro y horror que el anuncio del inspector le causara. Un mar fantástico e inconmensurable lo separaba de aquella mujer muerta que fuera su esposa hasta esa mañana. Ahora la eternidad se extendía entre ambos, imponente en su misterio y silencio. En su corazón no había pena, ni tampoco la condenaba, solamente sentía una angustia impersonal y opresiva. Y después, a esa angustia se sumó un torrente impetuoso de compasión por su mujer muerta, por él mismo y por el mundo entero. En aquel momento de piedad suprema el mal dejó de existir para él, y los ojos se le llenaron de lágrimas frente a la tragedia humana. Tomó entre las suyas esa mano fría, la oprimió con ternura, después la besó y salió del cuarto.
Winnie Girton lo esperaba en la salita, sumida en un estado de agitación enfermiza. Se notaba que había estado llorando desesperadamente, y tenía el rostro enrojecido y desfigurado.
—Oh, Walter —sollozó—. Fue culpa mía, Walter, ¿no es cierto? Yo no sabía nada. Dios sabe que no. Creí que le gustaría tener una llave para poder venir a descansar o cambiarse de ropa cuando quisiera…, lo juro, Walter, por eso dejé que la conservara. ¿Cómo iba a saber qué ocurriría esto? No me odie… Walter, por favor, no me odie. Bastante me odiaré yo misma mientras viva.
—Por supuesto que no fue culpa suya —dijo Walter, tranquilizándola.
En realidad, Winnie nunca le había agradado. La joven pertenecía a ese capítulo de la vida de Serena que no contaba con su aprobación, y siempre había creído que Winnie ejercía una mala influencia sobre su esposa. Ahora la aflicción histérica de la muchacha le indicaba a las claras que sabía sobre lo ocurrido mucho más de lo que parecía dispuesta a admitir. Pero eso no le impidió sentir pena por ella.
—Nadie tiene la culpa de cosas como esta — prosiguió Walter—, y en mi corazón no hay odio contra nadie, pero me duele verla en semejante estado. No debe quedarse aquí esta noche. ¿Tiene algún lugar adónde ir?
Winnie lo miró con curiosidad, asombrada de que en la mente de él hubiera cabida para su propio sufrimiento en aquellos momentos, y la conmoción que le produjo la sorpresa pareció calmarla.
—Sí —dijo en tono quedo—, mi hermana; iré a su casa — hizo una breve pausa, sin dejar de mirarlo, y después agregó con fervor—: Usted es un hombre magnífico Walter. Serena nunca lo mereció, ¡esa es la pura verdad!
—¿Por qué? ¿Porque venía a su departamento en compañía de otro hombre? No se haga ilusiones sobre mí. Yo he hecho lo mismo a veces, solo que nadie me asesinó, y no hubo ningún escándalo al respecto. ¿Quiere que la lleve a casa de su hermana? Tengo mi automóvil afuera.
Winnie halló la humildad melancólica del hombre extraordinariamente tranquilizadora y se avergonzó de su bajo engaño anterior.
—Gracias —dijo—, pero mi hermana viene a buscarme; la llamé hace un rato. De todos modos fue muy amable de su parte ofrecerse.
Él sintió el efecto que su presencia estaba ejerciendo sobre la muchacha y temió que volviera a dejarse llevar por la histeria si se quedaba sola.
—¿Dónde vive su hermana? —le preguntó.
—En Putney. No ha de tardar mucho; llegará de un momento a otro.
—Entre paréntesis, quería decirle que, a menos que sepa algo concreto, no le cuente nada a la policía. Esto es, no mencione ninguna sospecha vaga que se le haya ocurrido, porque podría poner a un inocente en dificultades muy serias.
Cuando la joven respondió, algo de la anterior agitación se le adivinó en la voz:
—Pero es que en realidad no sé nada —dijo, repitiendo sus vehementes negativas de momentos antes; y después, comprendiendo de súbito que ya no era necesario sostener la mentira porque Walter sabía y ella no tenía nada que temer de ese hombre cuya honradez y bondad la avergonzaban, bajó la vista y añadió en tono lento y quedo —: No sabía quién era. Nunca lo supe.
Justo entonces se escucharon pasos y una voz de mujer en el corredor.
—Debe de ser mi hermana —dijo Winnie.
—Bien, me marcho entonces. Buenas noches, y no lo tome demasiado a pecho.
Camino de regreso, Walter sintió un enorme vacío punzante en el corazón. Solo recordaba el cariño que le había inspirado su mujer. La crueldad de su muerte, la forma en que le había llegado, purificó de momento su recuerdo limpiándolo de todos los pequeños ardides e insinceridades que le desagradaran en ella mientras vivió. Ahora todos esos detalles triviales parecían patéticos, las flaquezas Lamentables de una mujer que quizá nunca halló la verdadera felicidad y desperdició su corta existencia en esforzadas luchas por encontrarla. Una pena honda, creciente, nacida de esos pensamientos, lo llenó por entero, y fue un alivio, placer casi, sentir las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
De vez en cuando sus pensamientos se apartaban del hecho de que su mujer había muerto, para centrarse en la forma de su muerte, mas no por mucho tiempo. Era aquel un pensamiento espantoso, que no le planteaba ningún problema personal. Vagamente se preguntó qué oscuro proceso de motivación, qué secuencia fantástica de acontecimientos podía haber conducido a ese horror, pero no sintió ningún deseo de hurgar una oscuridad repulsiva tan extraña a su propia vida. El amante convertido en asesino era un personaje que Walter jamás había vislumbrado en sus reconstrucciones imaginativas o proyecciones de sí mismo.
Al pasar cerca de la casa de los Masón recordó que Peter le había pedido que los llamara. Sin duda todavía estaban esperando, ansiosos de enterarse del resultado del accidente. ¡Qué golpe iba a darles! Cuán obsceno les parecería el episodio a Peter y a Margaret, comparado con su propia vida… Pero tendrían que esperar. No creía estar en condiciones de poder decírselo esa noche. No podía tocar el timbre y anunciar sin más: «No fue un accidente; al parecer, Serena tenía un amante, y él la ha asesinado». Ya lo sabrían, y pronto. Seguramente los periódicos de la mañana se lo dirían.
Mientras tanto, Peter y Margaret aguardaban. Ya eran más de las once. En el fondo de su corazón Peter no esperaba que Walter llamase. Un hombre no telefonea a sus amigos para comunicarles que la propia esposa acaba de ser asesinada por su amante. La agitación que lo invadía creció a medida que transcurría la velada, y Peter se volvió cada vez más locuaz, hablándole a Margaret de cien cosas diferentes en un aluvión tumultuoso de palabras, haciendo comentarios sobre todo cuanto atraía sus miradas en la habitación. Ahora era el tono descolorido de las cortinas y la inestabilidad del verde expuesto a la luz del sol, al momento siguiente el agujero hecho por el fuego en la alfombra que había frente al hogar y la necesidad de dejar el guardafuego bien colocado siempre que no estaban en la habitación, o algún detalle de la costura de Margaret que despertaba de pronto su interés. Aquel torrente de palabras lo mantenía dentro del marco de su vida normal, atándolo a sus múltiples realidades y dándole la seguridad de que esa vida continuaba.
—Mal síntoma, me parece —dijo Margaret, alzando la vista hacia el reloj y comprobando que eran las once y veinte. Peter había hecho una pausa en su discurso.
—¿Qué es mal síntoma? —En realidad creyó que se refería a algo de la costura y se inclinó a observar con aire preocupado el género que su mujer sostenía en la mano.
—Que Walter no haya llamado.
—Sí. Tienes razón.
—A no ser que lo haya olvidado, o que alguna razón le haya impedido telefonear. ¿Por qué no llamas a su casa a ver si ha regresado?
Un escalofrío de miedo le corrió por la espalda.
—No sé —dijo en tono de duda—, tengo miedo. Además, si es lo que tememos, quizá prefiera no hablar con nadie…, ¿no te parece?
—Tal vez tengas razón. No te culpo por sentir aprensión. A mí me ocurriría otro tanto.
Pero Peter ya había cambiado de opinión. Pasada la primera oleada de temor lo asaltó, arrastrándose en su estela, un fuerte impulso de seguir la sugestión de su mujer. La tensión de mantener la parodia del accidente ya había durado bastante. Era una ficción tan absurda que se sentía incapaz de resistirla por más tiempo. Debía ponerle fin: quería que Margaret supiera la verdad de lo sucedido. Eso sería un poco más tolerable que el hecho de que siguiera creyendo que Serena había sido atropellada por un auto. Cuando Walter dijo en el bar que se trataba de un accidente, Peter agradeció aquel disfraz temporario de la verdad, sin saber a ciencia cierta si lo había inventado el propio Walter o la persona que llamó desde Londres. El equívoco había servido para postergar el temido memento de compartir la verdad del crimen con Walter y Margaret. Pero ahora, sintiendo que ese momento se aproximaba, quería que llegase, se afianzara, estuviese frente a él y pasara.
—Creo que lo llamaré, de todos modos —dijo—. Al menos sabremos si ha regresado. — Se ponía de pie para encaminarse hacia el teléfono cuando Margaret volvió a hablar.
—Pero si está en su casa tendrá que hablar contigo a la fuerza y tal vez no se sienta con ánimo. Será mejor esperar hasta mañana.
Peter se aferró de buena gana a esa postergación temporal de la sentencia.
—Bueno —dijo—, esperemos.
Esa noche, en cama, Peter estuvo por fin a solas con su secreto. Nada los separaba, ni una imagen, ni un sonido. Le hizo frente en la vacía oscuridad que solamente ellos habitaban. El insomnio no era nuevo para él. Había conocido esa tortura muchas veces en su vida, algunas durante meses enteros; yacer despierto noches interminables, atormentado por ansiedades absurdas y un pánico sin nombre, esperando, lleno de angustia, oír los sonidos periódicos de la noche que sabía llegarían a las horas apropiadas para hallarlo despierto aún, suplicando la gracia del sueño. Aquellos habían sido todos temores irracionales. Los había identificado como irreales aun mientras luchaba o argüía con ellos, y la esperanza de que un día se desvanecieran de su mente y lo dejaran en paz nunca lo había abandonado. Mas el temor con que se había acostado esa noche, ¿cómo podría apaciguarlo? ¿Cómo habría de volver a conocer el sueño con aquel aterrador compañero de lecho, del cual no podría separarse mientras viviera, compartiendo noche tras noche con él?
Un sordo terror del peligro que corría volvió a alzarse en la oscuridad y lo sobrecogió por entero; el terror del animal cuando la cacería comienza, pero acrecentado mil veces y enriquecido por las galas que el raciocinio del hombre suma al instinto ciego de la bestia. El zorro perseguido por los lebreles solo conoce el terror físico de morir bajo las patas y los colmillos de sus verdugos. Pero en la imaginación de Peter intervenían un centenar de torturas, entre la llegada de la policía y el momento en que deslizaban el nudo corredizo en torno a su cuello o el instante en que las puertas de la cárcel se cerraban tras de él, y el más insoportable de todos era el pánico a quedar descubierto a los ojos de su familia y de su madre. Toda vez que esta idea aparecía en su cerebro su ser íntegro se encogía y acurrucaba como si tuviera una espada apuntándole a los ojos. Y la angustia mayor no nacía con relación a Margaret, sino a Andrew y a su madre, aun cuando Andrew tal vez lo ignorase todo, aunque aquella cosa abominable fuera totalmente desconocida para su hijo. De solo pensar en el pequeño algo le hizo enterrar el rostro en la almohada como si la noche no fuera lo bastante oscura para tragarlo, a él y a su pecado… ¡Y su madre! La adoración que sentía por él siempre lo había asustado con su vulnerabilidad: ¡un amor tan idólatra que aunque solo se lo rozara haría desangrar a su madre hasta la muerte! Y ahora, en esos momentos en que aquel cariño maternal desmedido lo aplastaba bajo la perspectiva de su triste sino, el hijo gimió de lástima por su fragilidad y de ira por su tiranía. Margaret era diferente, ¡oh, tan diferente! Ella era fuerte y llena de vitalidad. Imaginarla en las situaciones que su mente pintaba no le oprimía el corazón, y esto resultaba extraño en cierto sentido porque ella sería la más directamente afectada, y porque Peter no solo había matado a una mujer, sino que además había sido su amante.
Peter atisbo la oscuridad hasta distinguir el bulto inmóvil de Margaret dormida en el lecho contiguo. No podía verle el rostro, pero sí el contorno del cuerpo debajo de las sábanas, y oyó su respiración tranquila y regular. Recordó cómo a veces, durante sus ataques de insomnio del pasado, solía despertarla cuando sus ansiedades se le hacían intolerables, y cómo ella arrojaba el sueño lejos de sí para sentarse en el lecho y conversar con él. Solía decirle: «Pero ¿por qué causa sientes esa ansiedad? Dímelo, ¿quieres?», y a él le resultaba tan difícil explicárselo. Pero en una ocasión se lo había contado. Hasta tuvo el valor de decirle que algunas de sus inquietudes nacían de los sentimientos que abrigaba hacia ella. Y Margaret no se había enfadado. En cambio, había comprendido diciendo: «Pero tú sabes que no es así». Él lo sabía, por supuesto, pero una extraña voz interior había sostenido lo contrario con insistencia maligna y tenaz. Y ella también había sido capaz de comprender eso.
De pronto se preguntó qué diría su mujer si ahora fuera a su lado y le contara lo que había hecho. Dos voces hablaron a un tiempo en su interior respondiendo a la pregunta. Una dijo: «Comprendería. ¿Qué has hecho, al fin de cuentas? Rodeaste el cuello de una mujer con tus manos y apretaste. Si tus dedos se hubieran relajado algunos segundo antes, ella seguiría viva. Pero los dos estaban bebidos y tus manos se demoraron demasiado. Unos pocos segundos no pueden representar esa diferencia espantosa, No fue otra cosa que una terrible fatalidad; nada más. Réstalos de tu vida, y entonces nada cambiará».
Pero mientras escuchaba esas palabras de consuelo y aparente cordura, como si su mente fuese un tribunal de justicia sin juez en el cual las partes litigantes declarasen al unísono sin escucharse mutuamente, la segunda voz decía: «Se apartaría de ti horrorizada. Has matado a una mujer. Has dejado de ser el marido de Margaret, el padre de Andrew, el hijo de Elizabeth Masón, ahora no eres más que una cosa que destruye a las demás: mi asesino. Lo que deseó tu mente y lo que hicieron tus manos en esos escasos segundos es algo detestable de lo cual no hay escape y que no tiene perdón».
Y escuchando las dos voces, en un momento dado Peter se sentía completamente persuadido por una, para caer al siguiente bajo el encantamiento de la otra, y mientras pasaba así de uno a otro campo sentía que la línea que los separaba era delgada, sutil, y el acto de cruzarla asombrosamente fácil y simple.
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