La línea sutil
Capítulo I
Cerró la puerta lentamente, con ademán mecánico y casual, y echó a andar calle abajo. Caminaba despacio, sin que hubiera nada fuera de lo común en su aspecto. Al cerrar la puerta había notado, como en tantas otras ocasiones previas, que era preciso dar un segundo tirón fuerte para que el pestillo se colocara en posición, y había ejercido la presión exacta necesaria pensando como siempre que la cerradura estaba enmohecida y que una gota de aceite que nadie se acordaba de aplicar la dejaría como nueva. También advirtió que la botella de leche que viera al entrar, dos horas antes, seguía en el umbral y que un pájaro había perforado la tapa con el pico. Con el rabillo del ojo distinguió a la gran gata negra y recordó que acababa de tener cría la semana anterior y que ellos le habían dado una taza de leche. La intrusión del pobre animal, precisamente en esos momentos, lo molestó sobremanera, lo mismo que el tiempo interminable que les llevó convencerla de que dejara de maullar y de arañar la ventana.
El hombre notó y recordó todas esas pequeñas cosas, y se extrañó al comprobar que realmente las notaba y recordaba. Su mente era un vacío que absorbía mecánicamente todos y cada uno de los minúsculos detalles que los ojos captaban para colmar ese desierto mental con sus asociaciones indoloras.
Había bebido mucho, pero no se sentía mareado. Por espacio de algunos minutos, mientras caminaba calle abajo, no sintió absolutamente nada. El corazón, como el cerebro, estaba en blanco. Tenía a ambos paralizados momentáneamente, vacíos de todo contenido. Nada surgía en ellos desde adentro; solamente podían responder a los fugaces mensajes de los sentidos; mas como por lo demás estaban libres, sus respuestas eran de una intensidad asombrosa. Al ver que un perro se lanzaba a cruzar la calzada justo cuando la silueta de un ómnibus aparecía detrás, el hombre soltó una exclamación y estuvo a punto de arrojarse al medio de la calle para apartar al animal del peligro. Oyó el chirriar de los frenos y experimentó un alivio inmenso al ver que el perro se escabullía ágilmente para llegar sano y salvo al otro lado. Mientras volvía de un salto a la acera oyó que el conductor del ómnibus le gritaba:
—La próxima vez deje que el maldito perro se cuide solo. ¡Los animales tienen más sentido común que la gente como usted! La voz del conductor le siguió resonando en los oídos mientras permanecía de pie, clavado en su sitio. Sonaba como la campanilla de un reloj despertador que, desde el mundo bullicioso de la realidad, quisiera atravesar las brumas de su sueño. La masa congelada en que parecía tener convertido el cerebro comenzó a derretirse. Algunos pensamientos, olas pequeñas que llegaban hasta lo que acababa de ocurrir momentos antes, la bañaban como si fuera un témpano yermo de muchos kilómetros de extensión que terminase en un abismo espantoso. Las sensaciones volvieron a hallar eco en su sistema nervioso, y su mente se estremeció ante lo que vio en el abismo. Después, los pensamientos se adelantaron hacia el futuro inmediato que lo esperaba, para estrellarse en el acto contra un muro negro e infranqueable. Permaneció allí, inmóvil en la acera, los ojos clavados en algo que no veían, mientras transeúntes apresurados lo rozaban al pasar. Estaba King’s Road, justo frente a la Municipalidad de Chelsea. Un ómnibus once se acercaba a la parada donde dos o tres personas esperaban turno para subir a él, pensó, de regreso a sus hogares. Algunos centenares de metros más allá estaba la estación del subterráneo de Sloane Square, y de allí a su casa, cerca de Guildford, pasando por Waterloo, había cincuenta minutos, más o menos. Pero todo eso parecía irreal, inaccesible. Quedaba del otro lado del muro que se alzaba a sus pies. Un muro que no tenía ninguna abertura. Había surgido del abismo como accionado por un resorte; su horrenda estructura de cemento nació de aquel vacío que dejaba a sus espaldas. Y ambos eran obra de sus propias manos.
—No bromees, Joe —sintió que decía riendo una muchacha que pasaba colgada alegremente del brazo de su novio.
—Quién bromea, tonta —respondió él—. Te digo que es la pura verdad. Espera y verás… — y sus voces y risas se perdieron en la distancia.
A sus espaldas, la voz de una anciana dijo:
—Oh, no, Mr. Hunting. Apenas si me quedan fuerzas para salir a hacer mis compras. Me estoy volviendo vieja, no hay que hacerle… — idea que Mr. Hunting descartó con una negativa galante.
—Vamos, querido, vamos —apremiaba una madre impaciente al pequeño que, rezagado en su triciclo, se acercaba a él —. No te detengas a cada rato. Es tarde.
El hombre oyó esos retazos de conversación desde una distancia increíble, llegados de un mundo al cual él había dejado de pertenecer. Momentos antes había sentido un agradecimiento desmedido hacia el conductor de aquel ómnibus que le gritara, pues el hecho de que lo insultaran precisamente en esos momentos, y por algo tan trivial como la indiscreción de salir al paso del vehículo, y su falta de sentido común en comparación con los perros, le pareció un signo propicio y tranquilizador, una amonestación trivial y amistosa que implicaba la continuidad de las relaciones humanas.
Siguió andando, incapaz aún de todo pensamiento o emoción sostenida. Meros fragmentos de raciocinio y sentimiento surgían, se estrellaban y caían desmenuzados en su mente. Todavía no tenían filos agudos, y ninguno quedó enfocado el tiempo suficiente para retener su atención. La sensación de irrealidad que lo embargaba creció, y porque no podía asimilar la convicción de que aquella cosa inexorable había ocurrido aún, no sentía demasiado horror al recordarlo, ni tan siquiera temor de las consecuencias. Lo único que experimentaba era una incapacidad torturante de comprender cómo el cruel drama de pesadilla que acababa de ocurrir en aquella habitación hacía pocos momentos podía estar vinculado con él, Peter Masón, de cuarenta y cinco años de edad, periodista conocido, esposo de Margaret, padre de Raymond, de Andrew y de Janet, con quienes se había desayunado pocas horas antes en su casa de Clandon, el miembro probo de un mundo donde esas cosas no ocurrían. El hombre que había hecho aquello no podía ser él, debía ser algún otro. Mientras andaba repitió para sus adentros: «Algún otro…, algún otro…». Pero ¿quién era ese desconocido? ¿Alguien que había estado siempre ahí, agazapado en algún rincón oculto de sí mismo, invisible e inconfeso? ¿O acaso era él mismo, que de pronto había cambiado para convertirse en esa otra persona?
Mientras se formulaba las dos preguntas comprendió con lucidez repentina que en realidad ambas eran una sola cosa. En ese preciso instante en que una parte de su mente escrutaba atentamente a la otra, como un espectador desinteresado, la comprensión de que un problema académico estaba acaparando su atención justamente en esos momentos lo dejó pasmado.
«Debes de estar loco, —le dijo el espectador—, Acabas de cometer un crimen…». Aquella era la primera vez que permitía que la palabra se le formara en la mente. «Has dejado el cadáver de una mujer (y fíjate que no la llamo por su nombre para no causarte demasiado dolor) allá, en aquella habitación, y ahora pueden descubrirlo en cualquier momento, y entonces la policía comenzará a buscarte. Ya sé, todavía no te conocen, de modo que no te buscarán por tu nombre, enseguida, pero saldrán a la caza del asesino, y ese eres tú, por supuesto. De manera que ya lo ves, estás en peligro, y grave. Ignoras cuántos rastros puedes haber dejado en ese cuarto. Hasta los criminales más hábiles dejan huellas de su paso, aun cuando lo planeen todo por anticipado, cosa que tú no hiciste. Alguien puede haberlos visto entrar juntos. Hasta es posible que la caza ya haya comenzado, pero en vez de pensar en tu situación y en lo que debes hacer pierdes momentos preciosos en vanas conjeturas sobre cómo pudo ocurrir. Ya sé que bebiste mucho, pero, aun así, no es necesario que seas tan estúpido».
«¿Qué quieres que haga para remediar mi situación?».
«Sabes perfectamente que no puedo hacer nada. Si tienen que atraparme me atraparán».
«Puedes huir», dijo el espectador.
«Y llamar la atención… como Crippen». Se horrorizó de sí mismo al oírse agregar la segunda mitad de la oración. «Como Crippen…, como Crippen… como Crippen», siguió repitiendo con el corazón apretado por una garra helada. ¡Ese era su mundo, ahora: el mundo de Crippen! ¡Hola, Crippen!, ¿qué tal, viejo? Hace mucho que no te veía. ¿Has visto a alguno de los demás?, y se rio interiormente presa de extraña angustia.
«No es preciso que exageres, —dijo el espectador—. Además, es Otelo, no Crippen; una clase mucho más distinguida… Y tú siempre declamaste maravillosamente su discurso final. Y bien, ¿por qué no haces como él?… ¿sabes lo que quiero decir?».
«¡No!, —gritó Peter—. ¡No! Tengo familia, una vida por delante. Esto no puede ser el fin de todo…, es horrible».
«¿Y no te horroriza pensar que seguirás viviendo después de lo que hiciste?», preguntó el espectador, en una mezcla de curiosidad y burla.
«No estoy seguro. No sé todavía…, si lo descubren creo que me mataré».
«Pero ¿y si no lo descubren? ¿Te crees capaz de seguir viviendo con los tuyos, de besar a tu mujer, de jugar con los pequeños, de oírles decir “papá querido…”? Además, sabes perfectamente que te hablarán de eso, y de ella. No es lo mismo que si fuera una extraña en su vida. Seguirán comentando el asunto mucho tiempo, haciendo conjeturas, valorando posibilidades, preguntándote qué piensas, siguiendo todos los detalles en las páginas de los diarios…».
«¡Basta, basta, por amor de Dios!», gritó Peter, y las palabras le resonaron en los oídos como si las hubiera dicho en voz alta. Pero el espectador siguió, implacable.
«Raymond entrará con el periódico de la tarde, diciendo: Mira, papá, parece que encontraron una nueva pista. Dicen que alguien vio un hombre».
«Por favor, —rogó Peter—, basta, no sigas. Déjame pensar tranquilo». «Y todavía no pensaste en Walter. ¿Podrás mirarlo a la cara? Como su mejor amigo, deberás consolarlo y tranquilizarlo en estos momentos terribles. Tendrás que pasar mucho tiempo a su lado y ayudarlo en los trámites y…, ¡Dios, sí!».
«¿Qué?», preguntó Peter, sintiendo que un pánico nuevo y terrible se le hincaba en la carne. «¿Qué estabas pensando?».
«Mira…, no quería decírtelo de golpe, —dijo el espectador—, pero no hay escapatoria posible».
«No, no lo digas, —imploró Peter—. Sé lo que vas a decir sin necesidad de que pronuncies las palabras…».
«Tendrás que asistir al sepelio. Nadie podría explicarse lo contrario, y la gente hablaría. No debes correr ese riesgo».
«No, no puedo hacer eso. No puedo».
«Pero ¿qué excusa darías? Aun cuando te fingieras enfermo podría parecer sospechoso. Todos saben que eres su mejor amigo, y algunos hasta pueden saber más todavía. La gente no es tonta, se da cuenta de muchas cosas: la forma cómo dos personas se miran, su nerviosidad, cuánto beben».
«¡Basta, basta, monstruo! No me importa. No iré. Que piensen lo que quieran».
«Sin embargo, creo que irás, —repuso el espectador, inmutable—, y más aún, creo que irás sin que se te mueva un solo pelo. Y serás precisamente lo que la gente cree que eres, y todo esto te parecerá obra de algún otro, alguien que habita el otro confín de la tierra».
Peter había llegado hasta el Six Bells, en King’s Road. Empujó la puerta y entró.
«¿Ves?, —le gritó el espectador—, ya estás dividiendo tu vida en compartimientos herméticos, de manera que lo que ocurra en uno no interfiera para nada con lo que suceda en el otro… Estaba esperando para ver si tenías el valor de entrar en este bar donde vinieron juntos tantas veces. Por un momento pensé que no podrías, teniendo en cuenta que probablemente ella sigue donde la dejaste. Pero aquí estás, entrando tan tranquilo».
«Me crees insensible, ¿no?, —dijo Peter—. Pero ya te dije, no puedo creerlo. No puedo sentirlo».
Pidió un whisky doble y después se volvió hacia el espectador.
«Supongo, —dijo—, que ahora quieres ver si me atrevo a acercarme a esos dos lugares donde nos sentamos la última vez que vinimos juntos».
«Mira, —repuso el espectador—, no te estoy instando a nada. Maldito sea, esto no es juego. Nadie te obliga a sentarte en ningún lado».
«Me da lo mismo, de todas maneras me sentaré en ese sitio», y, vaso en mano, cruzó el salón y llegó al lugar y se sentó, clavando la vista en la silla vacía a su lado. «Todo es un misterio, —dijo—. Mira ese asiento. Está vacío. Alguien entra y lo ocupa, una cierta configuración de átomos que llena tanto espacio. Después se marcha, dejando el vacío tras de sí. En relación con la silla está muerto, pero vive en algún otro lugar, llenando algún otro espacio, y así sigue, interminablemente, muriendo y naciendo de nuevo».
«Estás diciendo tonterías».
Peter apuró la bebida y clavó una mirada suplicante en el espectador.
«Dime, —rogó—, ¿es que realmente soy una persona diferente de la que era una hora atrás? En un momento dado me siento tan espantosamente distinto, y al siguiente vuelvo a sentirme igual».
«¿Diferente? No. Estaba en ti hacer esto en determinadas circunstancias, del mismo modo que estaba en ti hacer otras cosas en ocasiones diferentes. Solo que a veces el juego de circunstancias se producía, y otras no… ¿Recuerdas aquella película que viste un día sobre un jefe del movimiento de resistencia en Alemania que caía prisionero y a quien le cortaban la cabeza de un hachazo, pero primero lo colocaban boca arriba, de modo que viera cómo el hacha se le acercaba al cuello?».
«Sí, ¿qué hay con ella?».
«Esa noche pasaste varias horas tratando de ponerte en su lugar, ¿no es cierto? Preparándote para afrontar el filo de esa hacha por un principio… Creo que lo hubieras afrontado en caso necesario. Pero no era lo que el destino te tenía reservado. Eso es todo».
Peter se levantó y volvió a encaminarse al mostrador. «¿No crees que ya tomaste bastante?, —le preguntó el espectador—. Necesitarás toda tu lucidez, esta noche como nunca. Sería fatal que te embriagaras».
Sosteniendo el vaso con una mano que había comenzado a temblar Peter volvió a su asiento y arrojó una mirara ausente, vacía, a la silla que nadie ocupaba a su lado. Vio un pequeño montón que había estado sentado allí antes, el hermoso rostro enmarcado por la bufanda roja y la boina de terciopelo negro, la graciosa nariz respingada, los labios llenos y sensuales y los ojos profundos, oscuros y brillantes. La visión duró un segundo, y él la contempló como si no tuviera absolutamente ninguna relación con aquel otro montón de átomos que dejara en una habitación media hora atrás. Después, con movimiento convulsivo, desvió la mirada y bebió el whisky con avidez. Un absurdo deseo de reír lo sobrecogió por entero. Paseó por la gente que lo rodeaba una mirada estúpida.
«¡Loco!, —exclamó el espectador—. Te dije que estabas bebido. Domina ese ruido estúpido de tu garganta y vuelve en ti. ¿Y puede saberse, en nombre de Dios, qué te mueve a risa?».
«¿A mí?, —murmuró Peter—. Nada… Es que todo… es tan espantosamente cómico».
No hubo respuesta por parte del espectador. Con un estremecimiento, Peter recobró la compostura.
A pesar de los dos whiskies dobles que acababa de ingerir sentía que una fuerza irresistible lo arrastraba hacia ese estado de lucidez mental que temía, impulsado hacia la superficie por una flotabilidad imperativa que superaba por lejos la fuerza gravitacional del alcohol. Inexorablemente, una cierta comprensión de lo que había ocurrido lo estaba aferrando como en una trampa de la que por primera vez se sentía incapaz de huir. Los deambulantes pensamientos cristalizaron de pronto, los sentidos vibraron, alertas, y una presencia abrumadora — mitad pensar, mitad sentir— avasalló su ser entero.
«¡Dios!, —exclamó—. La he matado», y sintiendo que su pecho comenzaba a henchirse se levantó rápidamente, caminó como pudo hasta el baño, y una vez allí se dejó caer al suelo y estalló en violentos sollozos ahogados. Todo su cuerpo se sacudía en la agonía de la desesperanza más completa, y cálidas lágrimas le mojaron mejillas y boca. Lloró, y el llanto fue como una lucha vana y desesperada con la cual buscara deshacer lo que había hecho, y sabiendo que era imposible, lloró más amargamente todavía por la impotencia de sus lágrimas.
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