La línea sutil

Eduard Atiyah · Capítulo 2 de 15

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La línea sutil

Capítulo II

 

El miedo no tardó en seguir a aquel paroxismo de dolor. Por primera vez desde que dejara el cadáver en aquella habitación Peter sintió realmente el peligro que corría. Se rehízo y volvió al salón, la mente asombrosamente despierta y lúcida, dando vueltas y más vueltas a todas las circunstancias y aspectos de la situación en que se encontraba, examinando cada una de las sendas de aproximación por las cuales podía llegar el peligro. De vez en cuando, un relámpago de pánico cruzaba su conciencia, mas lo acallaba de un golpe imperioso y reanudaba su estudio racional, registrando su mente con gran minuciosidad para ver si encontraba algo específico que debía hacer, alguna pequeña evidencia que fuera preciso destruir, cualquier incongruencia en el relato de sus movimientos de esa tarde que debía prepararse a dar.

Por lo que sabía, nadie estaba al tanto de sus relaciones con Serena. Se habían mostrado muy circunspectos, jamás se escribieron, en sus salidas juntos nunca encontraron conocidos… Nadie los vio jamás en el departamento, que pertenecía a una amiga de Serena con quien ella lo había compartido años atrás. Después que se casó, antes de mudarse, ambas convinieron en que Serena conservaría una llave para poder usarlo cuando acertara a estar en la ciudad. En esas oportunidades Serena llamaba a la amiga y le comunicaba su intención de ir al departamento. La amiga jamás lo había visto. Sabía, sí, que Serena tenía un amante, pero ignoraba quién era. Serena no se lo había dicho. O por lo menos, eso era lo que Serena le contó. Quizá fuera mentira. No podía estar seguro. Si se lo había dicho, él no podía hacer nada al respecto. Sería su ruina.

No bien sospecharan de él, irían al departamento y encontrarían sus huellas digitales esparcidas por doquier. Había quedado demasiado estupefacto y apático para detenerse a borrarlas, solo quiso salir de allí y alejarse. Una idea nueva irrumpió en su mente, sobresaltándolo. ¿Y si volvía ahora y las borraba? Estaban la botella de whisky vacía, los dos vasos y la bandeja, y quizás otras cosas que recordaría si las viera. Serían pruebas fatales si por alguna razón la policía sospechaba de él. Alguien podía haberlos visto entrar, o a él salir. Por su parte no había visto a nadie, pero eso no significaba forzosamente que nadie rondara los alrededores. Por suerte nada llamaba la atención en su aspecto o su ropa. Ni alto ni bajo, de corpulencia y rasgos comunes, la barba bien rasurada. Y llevaba traje gris oscuro y sobretodo de corte naval, con el acostumbrado sombrero de ala caída. Uno de cada diez hombres que deambulaban por las calles de Londres se le parecía. Aun suponiendo que alguien lo hubiera visto, no por ello la policía tendría algo decisivo en su contra. El único peligro que podía amenazarlo era el derivado de que la policía se enterara de sus relaciones con Serena. Indudablemente no tardarían en comprender que quien la mató era un hombre con el cual ella había mantenido relaciones íntimas, y comenzarían a husmear el aire en su busca. Interrogarían a la gente de la vecindad, y tal vez alguno de los concurrentes habituales al bar dejara escapar algo. Cierta vez ella le había dicho:

—¿Crees que esta gente lo sabe?

—¿Cómo habrían de saberlo? —respondió él—. Somos muy discretos.

A lo que ella contestó:

—Los enamorados se están traicionando a cada momento sin saberlo. ¡Te apuesto a que Sid ya tiene teorías propias! La policía interrogaría a la gente del bar. Si Sid sospechaba algo, ¿lo diría? Sid era buen amigo suyo, pero su mujer sentía pasión por los chismes. A poco que le preguntaran dejaría escapar algo. Y no necesitarían gran cosa para interesarse en él, el mero hecho de que siempre se lo veía en compañía de ella y de Walter en el bar bastaría. Entonces le pedirían que diera cuenta de sus movimientos del día del crimen.

Esos pensamientos cruzaron el cerebro de Peter en sucesión deslumbradora, casi simultáneamente. Se deslizaron por la superficie de un sendero angosto e iluminado. Y mientras tanto, debajo, sus sentimientos afluían y se agitaban entre el horror de la comprensión y su imposibilidad. En un momento dado una agonía sorda, alzándose dominadora desde las profundidades, amenazaba aniquilarlo. Mas al instante siguiente se alejaba de él, abandonándolo como un mal sueño. En rápida alternativa aquello parecía ser la única realidad de su vida, un monstruo exclusivo que devoraba todo lo demás, y después algo totalmente remoto y carente de importancia de lo cual podía hacer caso omiso con toda comodidad.

Aun mientras analizaba racionalmente los hechos de su posición, tratando de protegerse, la idea de lo que estaba haciendo lo enfermó. Por un momento razonaba con desaprensión absoluta, como si estuviera resolviendo un problema impersonal. Después, el significado de todo aquello lo aplastaba con su horror increíble, que sin embargo era preciso creer. ¡Era un asesino que trataba de borrar sus huellas! La tentativa le parecía una indecencia, se le antojaba que la situación no era tan aterradora como desconcertante. Dejó de pensar y miró sin ver la gente que llenaba el local. Sus ojos recorrieron las botellas alineadas a espaldas de la mujer que atendía el mostrador. Leyó las inscripciones de las etiquetas. ¿Qué significado tenía todo aquello? ¿Qué realidad había en esa gente, o en él mismo? ¿Por qué razón debían existir? Todos, todos, átomos. Y habían dividido el átomo, y con un átomo dividido habían dividido cien mil cuerpos en Hiroshima y Nagasaki, volviendo a reducirlos a átomos. Solamente átomos que se unían y que después se separaban. Peter hizo una pausa para considerar la segunda ley de termodinámica y el aniquilamiento final del universo… «Parece que tiene calor, ¿eh?», sintió de pronto decir a alguien dentro de la espiral de nubes que lo envolvía, y segundos más tarde comprendió que se dirigían a él. Quien así había hablado era un viejo borrachín de mirada vidriosa, que ahora sonreía a Peter con amable benevolencia. Peter despertó de su fantasía con un sobresalto.

—Sí, está bastante pesado aquí dentro —dijo, llevando la mano al bolsillo en busca del pañuelo, como obligado a hacer algo al respecto. El bolsillo superior de la chaqueta estaba vacío. Peter hurgó los laterales, pero el pañuelo tampoco estaba allí. Introdujo simultáneamente ambas manos en los bolsillos de los pantalones, sin encontrar nada. Ahora tenía el rostro bañado en sudor. ¡Había dejado el pañuelo allá, en aquella habitación! Desesperado, en un vértigo mental increíblemente rápido, trató de captar el sentido de ese peligro inesperado, diciéndose: «No debo dejar que el pánico me domine, no debo dejar que el pánico me domine». Lo primero que pensó qué que había dejado un rastro fatídico, y lo acometió un impulso ciego de volver al departamento y eliminarlo. De paso aprovecharía para borrar las impresiones digitales y asegurarse de que no había olvidado ningún otro detalle. En realidad, no corría ningún riesgo serio volviendo…, no todavía. Solo habían trascurrido treinta y cinco minutos desde que saliera del departamento. Apenas eran las seis, y la amiga de Serena, lo sabía, trabajaba hasta las seis en el otro extremo de Londres, y de cualquier forma estaba sobreentendido que los días que él y Serena iban al piso no regresaba a su casa hasta las siete. Podía volver en cinco minutos y salir en otros cinco. Ahora ya había oscurecido del todo, de manera que con un poco de cuidado podría entrar y salir sin que nadie lo observara. Pero cuanto más se demostraba a sí mismo la factibilidad práctica de la idea, tanto más angustia le producía el pensamiento de hacerlo. Una muralla inexpugnable de terrores que no podía ordenar en ideas razonables le cerraba el paso, le impedía levantar los pies del suelo como si sobre ellos se alzara una montaña de plomo. Los pocos cientos de metros que lo separaban del departamento se le aparecían una selva pululante de reptiles. Y a la vez que se apartaba de ellos, el pañuelo, atrayéndolo con la fuerza irresistible del polo magnético, lo incitaba a avanzar. Se detuvo, como atacado de pronto por una parálisis súbita, la mirada clavada en la puerta. Y en ese preciso instante la puerta se abrió para dar paso a Walter.

Peter lo vio uno o dos segundos antes de que Walter lo viera a él. La visión, que se le hincó en la mente como el filo agudo de un dardo, hirió su proceso mental allí donde lo encontró, veloz, limpiamente, borrando su anterior pánico por el olvido del pañuelo. No tenía la menor idea de que Walter estaba en Londres esa tarde. Su amigo trabajaba en Guildford e iba a Londres muy rara vez. La última persona en el mundo que esperaba o estaba preparado para ver en ese momento era Walter. Encontrarlo era una de las pruebas más atormentadoras por las cuales tenía que pasar. Había querido tiempo a fin de prepararse para aquel encuentro, y en ningún momento pensó que se realizaría en circunstancias tan casuales, y, para colmo — ¡oh, Dios!—, antes de que Walter supiera siquiera lo sucedido. No sabría qué decir. Walter advertiría en el acto que había ocurrido algo terrible. Después de que la descubrieran habría sido distinto… ¿O es que acaso Walter ya lo sabía? ¿Qué andaba haciendo por ahí? ¿Por qué entraba precisamente en ese bar? La expresión del rostro no le permitía extraer ninguna conclusión definitiva. Walter tenía un temperamento tan frío y disciplinado que ni siquiera hallar el cadáver de su mujer provocaría un cataclismo en su porte. Había abierto la puerta y penetrado en el salón, una figura alta y delgada, ligeramente caída de hombros, que se adelantaba con los movimientos rápidos de costumbre y aquel aire deliberado que le era habitual, como si siempre estuviera buscando algo o alguien y no pudiera recordar qué. «Tal vez, —pensó Peter—, ahora lo sabe», y por un momento de locura estuvo seguro de que Walter lo buscaba a él. Quiso huir. Ahora el local estaba bastante lleno, y siempre quedaba la posibilidad de que Walter no lo viera salir subrepticiamente.

Pero entonces Walter lo vio. Agitó una mano sonriendo, mientras sus dos cejas se alzaron casi imperceptiblemente en señal inequívoca de la agradable sorpresa que le proporcionaba el encuentro.

Peter sonrió y contestó el saludo. No podía hacer otra cosa. El hecho de que Walter lo localizara no le dejó otra alternativa. Una vez más, el remolino que se agitaba en su cerebro cesó abruptamente por la intrusión de un hecho físico del exterior. El saludo de Walter, en lugar de aplastarlo bajo el peso abrumador del desconcierto, tuvo en él un efecto totalmente opuesto. Creó una situación normal, perteneciente a su mundo de todos los días, en el cual la pesadilla se desvaneció haciéndolo responder, entre sorprendido y aliviado, al estímulo con el movimiento reflejo natural de sonreír y devolver el saludo. Se adelantó al encuentro de Walter.

—Qué sorpresa encontrarte aquí —dijo Walter —. ¿Acaso es este uno de tus antros favoritos cuando estás en la ciudad?

—No, pero a veces vengo cuando ando por aquí, cosa que no ocurre muy a menudo… Precisamente estaba por irme cuando entraste. ¿Qué vas a tomar?

—¿Seguro que no te importa quedarte? ¿Tienes prisa?

—No, por Dios, no. ¿Un bitter?

—Sí, por favor.

Peter se volvió y pidió dos medidas. El bitter también era su bebida habitual. El whisky pertenecía a aquel otro mundo suyo. Ahora apenas si recordaba vagamente al hombre que momentos antes, allí mismo, pidiera un whisky doble. Aquel individuo había estado pensando en un pañuelo como si fuera lo más importante sobre la tierra, pero en realidad no era así. Solamente el pánico le había dado esa proporción desmedida. Un pañuelo blanco común, que no tenía ni sus iniciales ni tan siquiera marca de lavadero. Lo único que podía revelar era la presencia de un hombre en esa habitación, pero la policía averiguaría eso sin su ayuda. Peter sintió que lo invadía un agradecimiento ridículo hacia Walter por aparecer tan de repente. Sus glándulas sudoríparas se normalizaron, y con algo muy semejante a alegría en su corazón tomó ambos vasos y se volvió hacia Walter.

—¿Y qué te trajo hoy a Londres? —preguntó —. No se te suele ver a menudo en la ciudad… Salud.

—Salud… No, esta es la primera vez que vengo en meses enteros. Lo hice para ver a mi abogado por el testamento de mi padre. No sabía que vendría hasta esta misma mañana, de lo contrario te habría llamado para que nos encontráramos, y quizá Serena habría sido de la partida.

—¿Almorzaste en el centro?

—No. No pude desocuparme hasta la tarde. Llamé a Serena a la oficina para que volviéramos juntos, pero no estaba. Seguramente salió a hacer alguna diligencia. Siempre dice que vengo a Londres sin avisarle porque tengo algún vicio oculto, pero si alguna vez llego a tratar de ponerme en contacto con ella seguro que no está. ¿Y crees que eso me libra de sospechas? ¡Qué esperanza! Por algún misterio extraño peculiar a la mentalidad femenina la culpa de que nos desencontremos es siempre mía. Gracias a Dios hoy tengo un testigo. Tú darás fe de que no dejé piedra sobre piedra buscándola. Llamaré de nuevo, aunque es muy improbable que haya vuelto a la oficina a estas horas. ¿Me disculpas si te dejo solo un momento?

—Ve, te esperaré aquí.

—¿Qué te parece, le digo que venga acá, o se te hace demasiado tarde? Podemos encontrarnos con ella en la estación.

Peter consultó su reloj con aire inquisitivo, en parte para ganar un momento antes de encarar la odiosa necesidad de dar su cínica respuesta, en parte porque, con cinismo consciente, pensó que hacerlo sería un toque de realismo. Odiándose a sí mismo se maravilló de su sangre fría y sintió crecer su confianza. Casi estuvo tentado de responder: «Dile que venga, si quiere; no tengo prisa, —o algo menos audaz como—: Encontrémosla en Waterloo», pero su descaro no llegó a esas alturas y optó por la solución de compromiso que significaba un: «Es lo mismo; haz como te parezca».

Walter dejó el vaso y se encaminó al teléfono. Peter lo siguió con la mirada, entre la gente, observando cómo su espalda subía y bajaba al singular ritmo de aquel modo de andar que tan bien conocía. El sentimiento supremo que lo embargaba era de alivio. Había sobrevivido al primer golpe con facilidad asombrosa, obteniendo una victoria que creyera imposible. Walter no advirtió absolutamente nada, y aunque su amigo no se jactaba de ser un observador muy perspicaz, dado su carácter tranquilo y abstraído, haber pasado airoso esa prueba no era poca cosa. Pero al mismo tiempo que se sentía elevado por aquella inmensa oleada de alivio lo sobrecogió una náusea de profundo desprecio de sí mismo por regocijarse con su abominable éxito al engañar a Walter en forma tan acabadamente hipócrita; a Walter, su mejor amigo. Walter, tan honesto, que tenía tan alta opinión de él, que cierta vez hasta había llegado a decir a un conocido común:

—Peter no cometería un acto deshonroso ni aun si le fuera en ello la vida.

«¡Dios mío!, —pensó Peter—. Cuán poco sabe uno del otro. Primero seduzco a su mujer. Después la mato. ¡Y ahora siento esta alegría macabra al dejar que la llame por teléfono!». La triple acusación lo abrumó un momento bajo su peso intolerable, pero al instante siguiente se decía a sí mismo en protesta vehemente, como buscando un justificativo para su culpa: «No, no es cierto; yo no la seduje. Serena me sedujo a mí y me obligó a matarla…, me convirtió en instrumento de la misma locura que la dominaba a ella».

—Como pensaba —dijo Walter, de regreso—, no ha vuelto. Dicen que no fue en toda la tarde. Probablemente se habrá encontrado con alguna de esas antiguas amistades suyas que no hacen más que explorar los rincones de Londres. Antes, hasta que ustedes se mudaron cerca, solía quejarse bastante; después ustedes parecieron ejercer sobre ella un efecto tranquilizador. Los aprecia mucho, ¿sabes?, y siente verdadera admiración por Margaret.

—Lo sé —dijo Peter—, y también nosotros la apreciamos mucho — recalcó ligeramente el «nosotros». Sabía que el «ustedes» de Walter se refería a él exclusivamente, pero el tono de su amigo no contenía la menor insinuación. Era cordial y aprobador.

Apuraron el contenido de los vasos.

—¿Otro? —preguntó Walter.

—No, a menos que tú quieras; podemos tomarlo en Cladon.

Walter estuvo de acuerdo, y ambos salieron; Walter primero y Peter detrás, sintiendo que su miedo renacía y se agigantaba al volver a salir a la calle.

En el bar se había sentido protegido contra aquel hecho incontrovertible que dejara a la vuelta de la esquina, en Smith Street. Al aire libre, caminando por King’s Road, estaba en comunicación directa con él. Apenas unos cientos de metros de espacio abierto lo separaban de aquella puerta, y una línea de aproximación casi directa los llevaría, a él y a Walter, justo allí. La náusea de terror que experimentara en una o dos oportunidades previas volvió a subirle a la boca. Ahora la amiga de Serena podía haber regresado al departamento y descubierto aquello que la aguardaba. Hasta era posible que la policía estuviera al caer. Alzó la vista y miró en esa dirección. Para tranquilizarse dijo:

—¡Qué casualidad encontrarte en ese bar! ¿Cómo fue que viniste a dar a esta parte de Londres?

—Te lo dije. Vine a ver a mi abogado, que vive acá cerca, y ese bar era mi «antro» hace muchos años, cuando también yo vivía en este barrio. Serena y yo solíamos frecuentarlo cuando nos conocimos.

Walter y Serena llevaban de casados ocho años. Peter se preguntó cuáles serían los verdaderos sentimientos de Walter hacia ella, qué papel había representado su mujer en su vida. No creía a Walter del tipo de hombre a quienes el comportamiento de una mujer puede hacer desgraciados. Walter pertenecía a esa clase de seres que jamás pierden el dominio de sus relaciones emotivas, que nunca son sus esclavos. Ella le había contado mucho acerca de su vida con Walter, pero no sabía hasta dónde creerla.

Siguió andando junto a Walter, maravillándose de lo increíble que era todo aquello. Como la primera vez que le hizo el amor a Serena. ¡En aquella ocasión la idea de encontrarse frente a Walter después de lo ocurrido le había causado tanto pánico! Creyó que no sabría hacia dónde mirar, ni qué decir, cuando lo viera. Después, una hora más tarde, había tropezado con él, y fue como si no hubiera sucedido absolutamente nada.

—¿Vamos caminando hasta Sloane Square o tomamos este ómnibus? — preguntó Walter.

—Tomemos el ómnibus.

—Me pregunto qué tren tomará Serena para volver. Tal vez la encontremos en Waterloo.

Como en ese momento ambos corrían para alcanzar el vehículo, Peter pudo hacer caso omiso del comentario, ahorrándose así la desagradable necesidad de hacer alguna observación al respecto. Ya en el ómnibus, tuvieron que ocupar asientos opuestos cerca de la puerta. Directamente frente a sí Peter tenía el rostro de Walter, calmo, intelectual y, sin embargo, por la vaga expresión inocente de los trasparentes ojos azules, extrañamente patético. Abrumado por aquella mirada Peter desvió la suya, no pudo soportar esa expresión de ruego que siempre lo conmovía, pero que ahora, por efectos de la noción cabal de lo sucedido, se le hacía intolerable. Sabía a Walter menos vulnerable que él, Peter, y siempre había admirado su indiferencia y seguridad en sí mismo, pero jamás había podido verle esa cómica expresión de agonía de los ojos sin sentir que Walter se hallaba acorralado en un pequeño rincón con el mundo entero en su contra, y que él debía acudir en su auxilio.

En Sloane Square tomaron el subterráneo hasta Waterloo, adonde llegaron justo a tiempo para alcanzar el tren de las 7 y 12 a Clandon. El compartimiento estaba repleto, y tuvieron que viajar de pie. Peter agradeció el silencio y distanciamiento a que el viaje los obligó.

Cuando Walter comentó jovialmente que suponía que Serena estaba con alguna de sus viejas amistades, no lo dijo del todo en broma. En los últimos tiempos más de una vez se le había ocurrido que Serena tenía un affair o bien que trataba de hacerle creer que lo tenía; probablemente, decidió, lo cierto era lo segundo, de modo que optó por fingir que no captaba los pequeños síntomas que veía para no darle la satisfacción perversa que ella deseaba. Las relaciones que lo unían con su mujer eran para Walter motivo de eterna perplejidad. Sentía que en realidad ella no lo quería, que lo único que la impulsaba era la vanidad de que él la deseara, a fin de no perder su dominio sobre él, o quizás una insistencia dogmática, singular, en el tributo que se le debía como derecho abstracto.

Mirando a Peter, meciéndose a su lado con el movimiento del tren, Walter pensó cuan diferente era la vida matrimonial de Peter de la suya propia y qué contraste ofrecía Margaret junto a Serena. Indudablemente era feliz. Él y Margaret jamás reñían. Margaret se fundaba en cimientos tan sólidos y firmes como los de una montaña. Y no una montaña escarpada, erizada de precipicios rocosos, sino una colina tranquila y apacible, como las que tanto abundan en la campiña inglesa, de laderas suaves tapizadas de verdor y senderos rectos que jamás conducían a nada impredecible. Para Peter la vida debía de ser pacífica en extremo. Ahora iba camino de su hogar, sabiendo exactamente qué encontraría al llegar: una atmósfera tranquila y animada, un hogar y una familia felices y en orden. Margaret estaría esperándolo como de costumbre, rebosante de salud, sonriente, capaz y extraordinariamente bonita, aun con las ropas de entrecasa y sin maquillaje. Luego vendría una buena comida, que trascurriría dentro del marco de una charla espontánea y jovial. Walter no creía que Peter y Margaret tuvieran secretos entre sí. Pero en el caso de él y Serena esa intimidad no existía; una cierta desconfianza los separaba. Nunca podía estar seguro del humor en que encontraría a Serena, dulce o ponzoñosa. Le parecía que su vida con ella era una suerte de juego o comedia en la cual su mujer desempeñaba un papel deliberado, como si la vida ordinaria no fuera lo bastante excitante para ella y solamente pudiera sentirse satisfecha representando dramas y simulando ser la mujer más desgraciada del mundo. Algunas veces él hacía como que no notaba sus poses, actitud que la enfurecía; otras, un travieso deseo de diversión lo incitaba a intervenir a su vez en el juego. Y a veces hasta llegaba a creerla endiabladamente inteligente y juiciosa y pensaba que el temperamento caprichoso de su mujer era en verdad un atractivo para él. Su propio carácter tenía facetas extrañas en las cuales nadie había podido penetrar, excepto Serena, y en lo más recóndito de su ser Walter sentía que algo habría faltado en su vida si esas avenidas secretas hubieran permanecido inexploradas para siempre.

El compartimiento se vació en Surbiton, y Peter y Walter pudieron sentarse. Ocuparon asientos opuestos en un rincón, Peter cerró los ojos y simuló dormitar durante el resto del trayecto. Ahora el momento del descubrimiento se acercaba rápidamente. Entreabrió un ojo y miró subrepticiamente su reloj. Las ocho menos veinte. Casi con toda seguridad la amiga de Serena ya había regresado al departamento, lo cual significaba que un mensaje telefónico esperaba a Walter o cuando menos llegaría inmediatamente después de su arribo. Era probable que si iban juntos al bar, camino de sus hogares respectivos, el mensaje llegase allí, y que Peter estuviera presente cuando su amigo se enterara. Posiblemente, Walter tendría que regresar a Londres en el acto, y lo más lógico sería que Peter se ofreciera a acompañarlo, contingencia que de ningún modo podía afrontar. Y entonces otro hecho nuevo y monstruoso apareció de pronto en su cerebro. Bien, podía ser que sospechasen de Walter como el criminal. ¡El hecho de que había estado en Londres esa tarde y tan cerca de Smith Street precisamente a esa hora podía sugerir esa idea espantosa a la policía! Pero Walter no tardó en dejar de ser el objeto de sus temores; una derivación secundaria de aquel primer pensamiento lo laceró con una nueva puñalada de temor, esta vez por sí mismo. Walter tenía una razón valedera para haber ido a Londres y una coartada perfecta. Pero al establecer su coartada tendría que decir que había encontrado a Peter en el Six Bells, y entonces todos sabrían que el mismo Peter había estado en la vecindad fatídica a esa hora…

—Ya hemos llegado —dijo Walter, saliendo delante. Peter le siguió algunos pasos atrás.

«Llueve» —anunció Walter— lo cual, por supuesto, era de prever después del pronóstico que dieron esta mañana de «bueno y algo frío». — Luego agregó—: ¿Habrá llegado mi descarriada esposa?

Walter había dejado el automóvil en la estación, de modo que ambos se encaminaron hacia él y subieron. Peter se esforzaba por decidir rápidamente si le convenía ir con Walter al bar o volver directamente a su casa. Temía ir al bar por las razones que se le habían ocurrido momentos antes, pero también lo urgía un impulso fuerte y no del todo reconocido de dejar de lado sus temores y hacer una corta visita a Sid Bamford y su mujer. Se decidió justo a tiempo para decir: «Sí, creo que sí», cuando Walter le preguntó si seguía con la idea de tomar otra copa.

Su reservado favorito en el Boar’s Head estaba vacío cuando llegaron. —Mi descarriada esposa no ha llegado todavía — dijo Walter a la vez que empujaba la puerta.

—Buenas noches, jefe —saludó—. Qué noche de perros, ¿eh? — Sid era todo un hombrón, con el enorme rostro de luna llena que parecía infantil en extremo a pesar de los cincuenta y tantos años y que resultaba decididamente cómico cuando adoptaba una expresión seria.

—Ajá, Sid, verdaderamente de perros —respondió Walter —. ¿Es posible que mi mujer ya haya pasado por aquí?

—No, jefe; no la vi hoy…; ¿lo de siempre, señor?

Cuando el local estaba lleno, Sid navegaba y maniobraba por sus estrechas aguas con eficiencia y velocidad pasmosas, atendiendo a media docena de clientes a la vez, realizando dos o tres operaciones en una, vaciando simultáneamente cuatro botellas, sostenidas entre los dedos de las manos como si fueran escopetas de dos caños. Pero esa noche la velada era tranquila, y Sid se recostó pesadamente en el mostrador como a punto de pronunciar un discurso.

—Sí, por favor, Sid —fue Peter quien respondió a la pregunta, mientras se acercaba al mostrador quitándose el sombrero. Tenía el rostro pálido, y en él una expresión tensa y cansada. El brillo de siempre estaba ausente de los ojos oscuros, y los labios se veían secos y frígidos. Coronando los ojos preocupados y la frente ancha, el espeso pelo negro, por lo común ensortijado y revuelto, aparecía ahora apelmazado y viscoso por el sudor. Sintió que le corría un estremecimiento y tuvo miedo de que los dientes comenzaran a rechinarle. Sid notó lo que el ojo distraído de Walter no advirtiera en absoluto.

—¿No se siente bien, jefe? —preguntó.

Peter tuvo un sobresalto.

—No, estoy bien, Sid —repuso—. Solamente cansado, tuve un día atroz en la oficina. Un trago o dos me dejarán como nuevo — y, poniendo más calor en su voz—: ¿Me acompañas?

—Muchas gracias, jefe. Tomaré una cerveza.

—¿Y dónde está Mrs. Bamford? — preguntó Peter, mirando hacia el rincón del bar que daba al interior, a espaldas de Sid—. ¡Ah! Allá está. ¿No quiere tomar algo, señora?

Sid, comprendiendo que su mujer no había oído, retrasmitió el mensaje:

—Mr. Masón te ofrece una copa, querida.

—Muy amable de su parte, sin duda —dijo la mujer, terminando de atender al cliente que ocupaba el otro reservado y acercándose —. Gracias, Mr. Masón, creo que me vendría bien. ¿Puedo tomar un whisky con ginger ale?

—Que sea doble para ella, Sid —dijo Peter.

—¡Oh, Dios! —exclamó Mrs. Bamford, abriéndose paso hacia el grupo con rítmicos contoneos de su grueso talle —. ¿Qué me espera a la hora de cerrar si empiezo con dobles y triples cuando todavía no son ni las ocho?

—¡Eh! —protestó Sid—. ¿Quién habló de triples? Toma lo que te ofrecieron y no pidas más.

Las arrugas de Mrs. Bamford se hicieron más marcadas, convirtiéndole los ojos inquietos en apenas una línea, y Sid llenó los vasos. Al mirar en torno Mrs. Bamford notó la ausencia de Serena.

—¿Y dónde está hoy Mrs. Stewart? — preguntó—. ¿Qué le ha hecho usted?

—Creo que después de tanto tiempo —repuso Walter — debe saber que no soy de esos maridos que les hacen algo a sus esposas. Ella es quien lo hace todo.

—Bueno, por lo que puedo ver no le está haciendo ningún daño a usted, de manera que deje de hablar mal de su mujer. Es una criatura adorable. Ustedes los hombres no merecen las esposas que tienen.

—A propósito, Sid —intervino Peter—, creo que podré hacer algo por tu hijo. Hablé con mi amigo y me prometió tenerlo en cuenta, aunque me parece mejor que George vaya y hable con él uno de estos días — Peter hizo una pausa, para después agregar—: Dile que venga a verme primero. ¿Podrá llegarse a la ciudad en esta semana?

Era centro de esta conversación el hijo mayor de Sid, que a la sazón trataba de conseguir un empleo en Londres. La plaza en cuestión era en una firma que Peter conocía, y Sid había pedido a este que lo ayudara. Peter sabía que el muchacho no era lo que se dice una maravilla y estaba seguro de que no serviría para el puesto. Se había limitado a dar una respuesta vaga diciendo que vería lo que podía hacer por él. En realidad no había hecho absolutamente nada y tampoco creía poder hacer mucho al respecto, mas ahora estaba considerando la posibilidad de que la policía interrogara a la gente del bar y pensó que las probabilidades de que los Bamford hablaran más de la cuenta disminuirían si les daba esperanzas de que sería útil para George en el futuro cercano. Frente al engaño, acalló su conciencia prometiéndose hablar con Harry Jarvis sobre George en la primera oportunidad que se le presentase, y hasta inducirlo quizás a echarle una ojeada al muchacho.

—Oh, gracias, jefe, muchísimas gracias —dijo Sid, acompañando las palabras con repetidas inclinaciones de cabeza, como era su costumbre cuando escuchaba una frase seria, mientras su gran cara de luna llena asumía una cómica expresión de gratitud solemne —. Puede hacerse una escapada hasta Londres cualquiera de estos días. ¿Cuál le viene bien para que lo vea?

—Mira, mejor será que no fijemos ningún día determinado hasta que le haya concertado una cita en forma.

—Claro…, claro…, claro —aceptó Sid, con el infaltable acompañamiento de inclinaciones.

—Te avisaré de aquí a uno o dos días.

—Bueno…, bueno…, bueno… —la cabeza de Sid acompañó las palabras con igual comprensión, y después, volviéndose hacia su mujer, que acababa de decir algo a Walter, agregó —: Oíste, querida, el jefe cree que tal vez pueda conseguirle ese empleo en Londres a George. Le va a dar una recomendación y quiere que George vaya a verlo dentro de uno o dos días.

—Oh, nos hará un favor tan grande, Mr. Masón, si puede ayudarlo, tan grande, créame. Tiene tantas ganas de trabajar en Londres…

—Lo llaman por teléfono, Mr. Stewart. Alguien llama desde su casa y dice que es muy urgente —fue Bill, el segundo hijo de Sid, quien trasmitió el mensaje. En ese preciso instante entraron dos o tres clientes nuevos. — Oh —dijo Walter, y después—, gracias — depositó el vaso sobre la mesa y se encaminó hacia el teléfono que estaba, en una habitación del extremo opuesto de la casa, para llegar a la cual había que pasar por detrás del mostrador.

Peter sintió endurecérsele los músculos, y el corazón le dio un vuelco en el pecho con el peso muerto de una piedra. Su primer impulso fue decir: «Bueno, creo que es hora de volver a casa», apurar de un trago lo que restaba en el vaso y salir mientras Walter atendía la llamada. La ida de Walter al teléfono le daba una excusa bastante razonable para marcharse. Pero en el acto comprendió que la frase final de Bill, que el mensaje era «muy urgente», le arrebataba el pretexto… Esas palabras produjeron una leve conmoción en todos, y ahora le era imposible salir hasta tanto Walter volviera. Todos se extrañarían demasiado si lo hacía.

Para su profundo asombro el pánico del primer momento estaba cediendo lugar rápidamente a un sentimiento de excitación tremenda. La aguda vis dramática de la situación, la llegada del momento de crisis suprema, la enorme tensión que soportaba su mente y el conocimiento de que esa tensión estallaría al cabo de un momento lo llenaron de un regocijo febril, y en su excitación logró evadirse de aquel férreo sentido de realidad que lo ahogara hasta entonces. Como si fuera una droga, un cierto elemento de fantasía comenzó a obrar sobre la situación; y el hombre que sabía lo que había ocurrido esa tarde en el departamento y quien era su autor aguardó como si no supiera nada en absoluto de todo aquello y fuera a enterarse por boca de Walter.

—Espero que no sea nada, malo —dijo Mrs. Bamford —. No me gusta como sonó ese «muy urgente».

—Confío lo mismo —dijo Peter, en tono serio, pero bien proporcionado con lo que se esperaba de él en esos momentos de conjetura ansiosa.

Entraron más clientes, y los Bamford tuvieron que atenderlos. Sidney entrando en acción con la majestuosidad de un acorazado que hunde la proa, en la mar bravía. Peter sorbió la cerveza despaciosamente. Acababa apenas de terminarla cuando Walter regreso. Traía el semblante serio, y su andar era decididamente más rápido que de costumbre.

—¿Qué ocurre? —inquirió Peter.

—Serena. Ha sufrido un accidente.

—¡Cielos! Supongo que no será nada serio.

—Temo que sí…, muy serio. Tengo que volver a Londres ya mismo.

—Voy contigo.

—Gracias, viejo, pero preferiría que no vinieras. Margaret estará esperándote, y de cualquier manera no puedes hacer nada. Iré en el automóvil.

—¿Tienes bastante nafta? —Sí.

—¿La atropellaron?

—Sí, así parece. Debo irme.

—Lo siento en el alma, jefe, espero que no sea nada.

—Gracias, Sid. Hasta pronto.

Walter y Peter salieron.

—Mira —dijo el segundo—, llámanos por teléfono apenas puedas, ¿quieres? Ya sabes cómo estaremos — y oprimió el brazo de Walter.

—Lo sé. Llamaré, por supuesto.

—Walter, ¿estás seguro de que prefieres que no vaya?

—Sí, Peter, seguro. Adiós.

Peter había estado seguro de que Walter querría ir solo. Permaneció un momento en la puerta del bar, contemplando la luz roja que se perdía en la distancia. Después dio media vuelta y se encaminó a su hogar.

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