La línea sutil
Capítulo XII
Al día siguiente Raymond debía abandonar el hospital, y Walter se había ofrecido para ir a buscarlo en su automóvil. Peter no veía a Walter desde hacía varios días, desde que su hijo quedara fuera de peligro. Estar siempre presente cuando se lo necesitara, ofrecerse para todo cuanto pudiera ser de ayuda, pero desaparecer días enteros si no había ninguna tarea especial para él, encerrarse nuevamente dentro de sí mismo, como para descansar después de una faena agotadora, era típico de Walter.
Esa tarde Peter volvió temprano de la oficina, y Walter los pasó a buscar, a él y a Margaret. Preguntaron a Mrs. Masón sí quería acompañarlos, pero ella declinó la invitación pretextando cansancio. La verdad era que le habría agradado ir, mas la presencia de Walter le causaba cierta aversión, no quería ir sentada en el auto cerca de él. Era aquella la primera vez que lo veía desde la muerte de Serena, y cuando el hombre penetró en la habitación sintió una suerte de repugnancia. En realidad Walter como persona nunca le había desagradado, pero su cerebro lo asociaba inconscientemente con Serena, y ahora, debido a las circunstancias especiales en que había muerto su mujer, la anciana tenía la impresión de que había algo impuro en su persona. Todos notaron lo forzado de su actitud cuando él le dio la mano, la forma desganada en que tendió la suya, la sonrisa artificial que le dirigió a la vez que desviaba la vista, el esfuerzo mal disimulado que le costaron las pocas palabras con que respondió a su saludo. Peter no pudo menos que dar media vuelta y decir «Vamos», sintiendo que en ese momento la odiaba.
Media hora más tarde estaban de regreso con Raymond. Walter no se movió del asiento mientras los otros tres descendían del automóvil.
—¿No bajas? —le preguntó Peter. —No, gracias. Daré una vuelta por el bar.
—Pero primero tienes que tomar un trago aquí. Hay que festejar el regreso de Raymond en el lugar de los hechos. Tengo una botella de whisky sin abrir.
La insistencia de Peter incomodó a Margaret. Walter había notado la frialdad con que lo trató la anciana y por eso se negaba a bajar. ¿Por qué razón querría Peter ponerlo en una situación violenta y enfadar a su madre? Aquello no prometía nada bueno.
—¿Por qué no vas tú también al bar con Walter y lo celebran ahí? — sugirió.
—Es una botella de Johnny Walker, etiqueta negra — insistió él—. ¡No me digas que no te tienta! Un trago corto.
Contra lo que Margaret creía Peter captaba perfectamente la situación, pero se sentía desafiante. Comprendía tan bien como Margaret la razón de la renuencia de Walter a entrar, y precisamente por eso insistía en que bajara, azuzado por un ansia desmedida de rebelarse contra su madre y por un perverso instinto de caballerosidad hacia Walter. Finalmente este cedió.
Primero escoltaron a Raymond hasta la sala, tras encontrarse en el vestíbulo con Janet y Andrew, que acudieron a dar una entusiasta bienvenida al héroe misterioso cuya enfermedad provocara tanto alboroto. Mrs. Masón los esperaba en la habitación. Walter entró en último término y permaneció cerca de la puerta, detrás del grupo familiar. A continuación hubo un tumulto general de regocijo y algazara, y después Peter, seguido de Walter, se encaminó hacia la cocina en busca de las bebidas.
En la sala Raymond tomó asiento en el diván entre Janet y Andrew, que momentáneamente lo acapararon por completo. No les habían permitido ir a visitarlo al hospital, y ambos tenían gran cantidad de información que comunicar y preguntas que hacer. Para Mrs. Masón, sentada en una silla cerca de la puerta, la llegada de Raymond había pasado a segundo plano por el momento y ahora pensaba en otra cosa, a la espera de la primera oportunidad para formular una pregunta a su nuera. Margaret permanecía de pie junto a ella, frente a la chimenea, contemplando a los niños y oyendo su parloteo. Cuando Andrew comenzó a hablar de «meningitis» fuertes carcajadas brotaron del diván.
Peter oyó las risas, y lo primero que llegó hasta sus oídos a continuación, justo cuando ponía la mano sobre el picaporte de la puerta para volver portador de la botella de whisky, aun antes de que se acallaran las risas, fue la voz de su madre que decía: «¿Y al final no descubrieron quién era el hombre?», y luego, al abrir él la puerta, un «¡Ssh!» apresurado de Margaret. Walter, que venía atrás de Peter con los vasos, también oyó la pregunta. Peter estaba seguro de que la había oído. Con su madre frente a él, pronunciando esas palabras, y Walter detrás, oyéndolas, se sintió atrapado entre ellos en el angosto pasillo, encendidos sus remordimientos en un paroxismo de claustrofobia. Imaginando sin motivo que la puerta se le resistía, la abrió con fuerza innecesaria y entró en la habitación sediento de aire puro; Walter lo siguió.
—¿Qué les causó tanta gracia? —preguntó.
Margaret se lo dijo, pero sospechó en el acto que Peter había oído a su madre y se enfureció contra la anciana por haber elegido justamente ese momento para formular la pregunta. Ya hacía casi una semana que Mrs. Masón se encontraba en la casa y muchas veces había estado a solas con Margaret sin que se le ocurriera tocar el tema de la muerte de Serena. Ahora, de buenas a primeras, con una sonrisa desdeñosa en los labios y un leve cabeceo en dirección a la cocina para indicar que se refería a Walter, había dejado escapar la pregunta mientras los pequeños seguían riendo en el diván.
Raymond fue el centro de la conversación mientras saboreaban el whisky. Todos le hablaban a él. Los mayores intercambiaron muy pocos comentarios. Los hijos siguieron parloteando. Deliberadamente, Mrs. Masón mantuvo la atención concentrada en ellos, indicando a las claras que pasaba por alto la presencia de los demás.
Tras una segunda vuelta Walter se puso de pie, dispuesto a marcharse.
—¿Irás lo mismo al bar? —le preguntó Peter.
—Sí, aunque más no sea por no perder la costumbre.
—Te acompaño.
No bien estuvieron en el automóvil Peter dijo:
—Quiero hablarte, Walter. ¿Podemos pasar por tu casa al volver del bar?
—Por supuesto. Vamos directamente a casa si quieres.
—¿No te importa cambiar de programa?
—En absoluto, tengo cerveza en casa.
—Bueno.
La casa de Walter no mostraba ningún cambio desde la muerte de Serena, con la única excepción de que sus pertenencias ya no estaban diseminadas por doquier como antes. Walter había dejado todo tal cual estaba en vida de su mujer. Peter notó los pequeños detalles familiares no bien cruzó el umbral. La fotografía de Serena, cabeza y hombros desnudos, seguía en el lugar de costumbre, sobre la biblioteca baja de caoba, en el ángulo más próximo a la puerta. Los ojos vividos, de mirar atrevido, se clavaron en los suyos.
Walter trajo una botella de cerveza, y ambos se sentaron, uno frente al otro junto al fuego. Después sobrevino una breve pausa durante la cual Peter miró o Walter en silencio.
—¿Oíste lo que mi madre le preguntaba a Margaret cuando tú y yo entrábamos en la sala con las bebidas?
—Sí, lo oí.
—¿Nunca imaginaste quién podía ser ese hombre?
—No.
—Walter, quiero que sepas que yo maté a Serena — sus ojos permanecieron fijos en el rostro de Walter, humildes, agotados, en rendición muda e incondicional.
Y en el rostro de Walter no hubo ningún cambio, solo un endurecimiento súbito, marmóreo, de los rasgos. Pensaba en Winnie Girton y en el Six Bells. En cierto sentido tenía la impresión de que el conocimiento que acababa de adquirir no había penetrado en su mente desde el exterior, sino que había saltado a la superficie desde sus mismas profundidades, liberado simplemente por las palabras que Peter acababa de pronunciar. Guardó silencio, mirando al amigo, y en sus ojos Peter no vio otra cosa que dolor sordo y aturdimiento.
Después Peter volvió a hablar, contándole todo, hasta su confesión con Margaret.
—Margaret no me juzgó —dijo—, no puede juzgarme, solo quiere salvarme, ¿comprendes? Y yo no puedo aceptar eso —transcurrido un momento prosiguió—. No busco consuelo de ti, Walter, quiero que me digas qué debo hacer, cuál crees que es el camino a seguir — sus palabras nada de retórico. No eran más que una súplica de la verdad.
Las manos y los hombros de Walter se agitaron Levemente en gesto de impotencia.
Pero ¿qué es lo que hay que hacer? —respondió, con una voz cargada de fatalismo melancólico sin rastros de amargura, ni tan siquiera de hostilidad. No experimentaba otra que no fuera una sensación de tragedia indescriptible.
—¿Crees que debo entregarme?
—¿Entregarte?
—Sí.
—No, no lo creo. Eso sería una estupidez sin nombre, una locura.
—Pero ¿sería lo justo?
—No; no, teniendo mujer e hijos en quienes pensar. Quizá mi ética no sea estrictamente convencional, pero me parece que esa no es solución. Yo no lo haría, a menos que acusasen a alguien en mi lugar.
—Pero ¿es que puedes imaginarte a ti mismo haciendo lo que hice yo?
—No, ni tampoco a ti haciéndolo… ¿Podrías haberlo imaginado tú antes de que ocurriera?
—Tú no le habrías hecho el amor a Margaret a mis espaldas.
—No pienses en eso ahora —respondió Walter, para después agregar—. Quizá sí, si Margaret hubiese sido Serena — no lo dijo solamente para consolar a Peter; expresó la idea tal cual se formó en su mente. Tras ella estaba la convicción de que la aventura con Serena había sido obra de ella, a pesar de que Peter, deliberadamente, no había dejado traslucir el hecho en su relato. Walter estaba seguro de que Peter no había iniciado el romance, de que no lo había pensado siquiera. Mas todo eso carecía de importancia ahora, era de una insignificancia lastimera. No había celos en el corazón de Walter, solamente una compasión sin límites por Peter.
Como si Walter lo hubiera apremiado a hacerlo, como resistiéndose a una exigencia universal, Peter dijo:
—No puedo entregarme…, no puedo hacerle eso a mi madre, — Peter, debes estar loco para pensar en tamaño desatino.
—¿Qué debo hacer entonces? —sabía que no quedaba otra alternativa. Si fuera cristiano podría rezar, si católico, hacer penitencia. Parecía imposible no hacer nada.
—¿Qué hace uno después de una tragedia excepto tratar de olvidarla?
—Pero esta tragedia es un crimen monstruoso que yo he cometido, Walter, ¿o no? —la afirmación escapó de su boca como un juicio despiadado, pero la pregunta tembló con el aleteo tímido, agonizante casi, de la esperanza, de una duda. Y antes de que Walter respondiera añadió—: Al fin de cuentas soy un asesino —a menudo se había llamado así mentalmente, pero oír cómo sonaban las palabras era una experiencia nueva para él—. Lo soy, ¿no es cierto? — repitió.
—No, no lo eres. No puedes haber sido responsable de tus actos cuando ocurrió; de lo contrario no habría ocurrido. No sabías lo que hacías, porque de haberlo sabido no lo habrías hecho. Eso está absolutamente claro.
—¿Y crees que un jurado me absolvería de acuerdo con ese raciocinio?
—Tal vez no. Pero solamente porque no creerían en tu palabra, y además no te conocerían como yo.
—Walter, ¿por qué no dijiste a la policía que me habías encontrado en el Six Be lis?
—Ya te lo expliqué entonces: porque pensé que querrían interrogarte y me pareció innecesario que te molestaran con preguntas.
—¿Interrogarme sobre qué?
—Lo ignoro. No pensé en nada especial.
—¿Y nunca sospechaste lo que pasaba entre Serena y yo?
—No.
—A veces deseaba que lo sospecharas. Confiaba en que adivinarías toda la verdad — después, con un dejo de amargura, agregó—: De cualquier forma ahora lo sabes. He vuelto a acallar mi conciencia gracias a otra miserable confesión que no me costó el menor esfuerzo.
—No estoy tan seguro que sea como tú dices.
—¿No?
—No puede haber sido tan fácil como pretendes, y te aseguro que me gustaría saber que yo en tu lugar habría tenido el valor de hacerlo.
—No me pongas en el papel de héroe ahora. ¿El valor de hacer qué? ¿De venir a verte fingiendo buscar un fallo, pero sabiendo de antemano que no me condenarías? ¿De venir en procura de otra absolución en un juicio secreto de resultado garantido? Yo ya sabía que me dirías que no debo entregarme.
—Por el amor del cielo, Peter, ¿quieres acabar con eso «entregarte»? Quítate la idea de la cabeza. Te dije lo que creo sinceramente. Ni por un momento te creo responsable de lo que ocurrió. ¡Caramba, hombre de Dios, no puedes haber estado en tus cabales! Eres tan culpable de asesinato como yo. ¡Uno no tiene la culpa de algo que ocurre en una pesadilla!
La intensidad con que habló Walter impresionó vivamente a Peter. La convicción del otro lo arrastró más por el calor con que se la había expresado que por la lógica que contenía. Era como si Walter lo hubiera tomado de los hombros y haciéndolo girar sobre sí mismo le estuviera mostrando el aspecto real de la verdad.
—¿Lo crees así, sinceramente? —murmuró, con un brillo nuevo en la mirada.
—Claro que sí —Walter quedó satisfecho de la impresión que había causado. Aprovechando la ventaja obtenida prosiguió —: Te dije francamente cuál es mi opinión sobre este asunto en lo que atañe a tu conciencia, que es lógicamente lo principal, pero hay algo más que me gustaría decirte siempre y cuando estés dispuesto a tener en cuenta mis sentimientos personales, aunque mirándolo bien el problema me concierne también a mí.
—Sí, claro.
—Se trata de lo siguiente, Peter. Nada me lastimaría más que tener que revivir en alguna forma aquel desgraciado asunto. Quiero que quede enterrado aquí esta noche y para siempre. ¿Recordarás lo que te pido?
—Por supuesto que sí. Siento haberte sometido al dolor de saber la verdad.
—No te aflijas por eso. Pero de ahora en adelante hagamos de cuenta que no ha pasado nada, ¿quieres?
—Perfectamente —Peter se levantó para, marcharse, y Walter lo acompañó hasta la puerta. Al salir se volvió y dijo:
—Una sola palabra más, Walter. Si después de esto sientes que nuestra amistad es imposible, no te esfuerces por impedir que muera. Puedes castigarme con eso al menos — y antes de que Walter acertara a contestarle se alejó rápidamente.
Rodeado por la oscuridad Peter dejó de sentir las manos de Walter sobre sus hombros, obligándolo a darse vuelta para contemplar la visión de su inocencia. Sin ese impulso no tardó en volver a la posición anterior para quedar frente a aquellas realidades que Walter y Margaret negaban. En el cerebro le resonaba un coro confuso de voces. Margaret y Walter le hablaban, y él les respondía, acallando sus protestas, diciéndoles que todo cuanto le habían dicho era mentira, y que en el fondo de sus corazones debían saberlo; que la única verdad era que él había matado a un semejante y que ahora ese hecho era inherente a él, como una enfermedad incurable. Margaret y Walter le habían mentido como mienten sus parientes al enfermo que no tiene salvación, asegurándole que el brote es inocuo cuando saben que es maligno. O, quizás, el mismo horror de la verdad había hecho que ellos también se engañaran hasta el punto de creer verdaderamente que era inocuo. Mientras argüía con ellos de esta suerte Peter sentía que estaba defendiendo una ciudadela oculta en el fondo de su ser, la cual no había caído ni caería jamás.
Justo entonces vio que había pasado frente al bar y, deteniéndose, miró por sobre el hombro. «Sería tan fácil», les dijo a Walter y Margaret, «demostrarles qué falsos son todos sus argumentos». «¿Cómo?», preguntaron alarmados, adivinando casi su intención. Después Margaret grito: «¡Estás loco, Peter! Por amor de Dios, sigue de largo». Y de un tirón salvaje lo obligó a alejarse. «¡Ya ven!», dijo él, soltando una risotada amarga. Después cesó de hablar con Margaret y Walter y se encontró de pronto en el interior del bar, en el reservado del fondo, a solas con Sid Bamford, diciéndole: «Tú lo sospechaste desde el primer momento, ¿no es cierto, Sid? Vengo a decirte que es verdad y que en ningún momento creí poder conseguirle un empleo en Londres a George, sino que te engañé, hice que lo creyeras porque te tenía miedo. Pero ahora ya no temo, he decidido entregarme», y mientras pronunciaba esas palabras Peter veía ante sí la redonda solemnidad de aquella cara de rasgos grandes, y los ojos desmesuradamente abiertos fijos en él, las eternas inclinaciones de cabeza a los mismos intervalos regulares de costumbre, y a Sid, estupefacto, pero siempre comprensivo y del todo de acuerdo con el punto de vista de su interlocutor, repitiendo «Sí, jefe. ¡Sí… sí… sí…!».
—¿Qué tal ese último brindis, querido? —le preguntó Mrs. Masón al verlo entrar, sonriéndole cariñosamente, pues comprendía que la frialdad con que tratara a Walter había incomodado a su hijo.
—No bebí mucho que digamos —repuso, dirigiéndole una mirada afectuosa. Pero en realidad se sentía muy lejos de ella, mucho más que antes. El hecho de que ahora Walter y Margaret conocieran su secreto parecía sumar nuevas distancias al desierto inconmensurable que lo separaba de su madre. La veía terriblemente sola y más vulnerable que nunca en su ignorancia. Aquel conocimiento que los tres compartían era algo así como una conspiración contra ella. Su enemigo mortal, aquel hecho que la aniquilaría si lo supiera, se había escapado y ahora andaba suelto, rondándola, y ella permanecía ajena al peligro que la amenazaba…, sentada allí, en la propia casa de Peter, sonriendo alegremente, feliz de poder estar con él, contenta de que su nieto hubiera sanado, vieja y pequeña y frágil, pero fuerte, en su orgullo de madre. El impulso desafiante que guiara los actos de Peter una hora antes yacía ahora doblegado en su corazón. Contárselo a Walter había sido, en cierta forma, un acto de rebelión contra ella, una suerte de venganza por su actitud hostil hacia él. La había quemado en efigie al contárselo a Walter. Saciada la sed de venganza, la crueldad de lo que había hecho lo abrumó.
Esa noche, cuando él y Margaret estaban a solas en su dormitorio, ella le preguntó mientras se desvestían:
—¿Quién estaba en el bar esta tarde?
—No fuimos al bar. Fuimos a la casa de Walter.
—¿A qué?
—Yo quise verlo a solas…, se lo dije, Margaret Ella sintió que la sangre se le helaba en las venas. Al cabo de una pausa habló: — ¿Y qué dijo?
—Más o menos lo mismo que tú. —No creí que fuera a decir otra cosa. En el silencio de la noche, que la encontró despierta hasta tarde, Margaret se sintió asaltada por vivos temores, y no por la seguridad del secreto ahora que estaba en poder de Walter, sino por el hecho de que Peter no hubiera podido resistir el ansia de confesárselo. También ella comprendió que la verdad se había desatado, que andaba suelta, y el significado de su posible deambular la aterró.
A la mañana siguiente Elizabeth Masón partió de regreso a Portsmouth, y Peter la acompañó hasta la estación. Ya allí le compró un ramillete de violetas y una revista y dos o tres periódicos para que se entretuviera durante el viaje, y mientras esperaban la llegada del tren permaneció rodeándola con el brazo, pero había muy poco. Después, una vez que el tren hubo entrado en la estación, él alzó casi en vilo la pequeña figura de su madre para depositarla cariñosamente en el compartimiento, asombrándose mientras lo hacía de que una estructura física tan pequeña tuviera tanto poder emocional. Ella se asomó por la ventanilla, brillantes de lágrimas los ojillos inquietos, pero sonrientes. Peter no dejó de mirarse en ellos, ni de agitar la mano, hasta que la figura querida se perdió a la distancia y ya no pudo verla.
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