La línea sutil
Capítulo V
Aquel día Margaret no veía con agrado la perspectiva de la visita de su suegra. Y no porque Elizabeth Masón le desagradara. Por el contrario, sentía por ella gran afecto, y las dos mujeres siempre se habían llevado a la perfección. Pero Elizabeth Masón no era compañía apropiada para toda clase de circunstancias. Mujer de temperamento fuerte y prejuicios fanáticos, podía ser del todo insensible a una atmósfera dada y estar por ende completamente fuera de lugar en ciertas y determinadas situaciones. Y la intuición de Margaret le decía que la situación en que se vería envuelta su suegra al llegar entraba justamente dentro de esa categoría. Ya habían trascurrido cuatro días desde la muerte de Serena. La indagatoria preliminar se había realizado dos días antes, dando por resultado el veredicto de «muerta a manos de persona o personas desconocidas», y esa tarde iban a asistir al funeral. Si en la mente de Margaret hubiera quedado alguna duda de que la visita de Mrs. Masón en tales circunstancias sería aciaga, esa duda se habría disipado al advertir la mal disimulada inquietud de Peter al enterarse de las intenciones de su madre. Mas no habían podido evitarlo. Mrs. Masón, que vivía en Portsmouth, debía ir a Londres para ver a un especialista y escribió diciendo que pensaba estar en Clandon el día anterior y quedarse a pasar la noche con ellos antes de acudir a su cita en Harley Street.
La razón de que Margaret temiera la visita de su madre política era que a Elizabeth Masón nunca le había agradado Serena, desaprobando siempre, aunque sumisamente, la amistad de Peter con los Stewart: sumisamente, porque en general los gustos y aversiones de Peter eran sacrosantos para ella. «Y si la anciana experimentaba una antipatía particular hacia los Stewart, la inmoralidad sexual y quienes caían en ella le inspiraban un odio patológico intenso». Sería un verdadero milagro que el tema de la muerte de Serena no la incitara a hacer comentarios singularmente ofensivos; y aun cuando se abstuviera de la satisfacción que una vía de escape oral podía producirle, Elizabeth Masón era una de esas personas que pueden destilar el veneno de sus odios sin necesidad de recurrir a la ayuda de las palabras.
Raymond y Janet estaban en la escuela. Andrew ya se había restablecido de su afección a la garganta y jugaba en el jardín. Había decidido construirle un mausoleo a Smokey y se afanaba por modelar ladrillos en una caja de fósforos para ese importante propósito. Margaret estaba dando los últimos toques a la ropa negra con que pensaba asistir al funeral. Su suegra debía de estar al caer, y Peter vendría temprano, para tener tiempo de comer un bocado antes de que salieran a reunirse con Walter. Margaret estaba preocupada por Peter. Aquel terrible asunto le había preocupado sobremanera, bebía demasiado desde la fecha de la tragedia y, sospechaba, había vuelto a pasar malas noches. Sin embargo, confiaba en que pasado el funeral el golpe de la impresión se iría mitigando hasta desaparecer por completo.
Andrew entró en la habitación precedido por fuertes alaridos.
—Ya no sé dónde está la tumba de Smokey —gritó —, alguien quitó la piedra.
—Está debajo del abeto plateado, detrás del garage — dijo Margaret.
—Pero yo quiero saber exactamente dónde.
—Iré a indicarte cuando termine con esto.
El niño permaneció silencioso un momento, contemplando las ropas negras que su madre arreglaba con nuevo interés. Luego, en un tono de voz totalmente distinto, dijo:
—Yo sé qué vas a hacer con esas ropas.
Margaret se turbó.
—Voy a ponérmelas esta tarde —dijo.
—Las vas a usar en el funeral.
—Oh, ¿y puede saberse qué entiendes tú de funerales?
—Yo sé. Janet me contó. La tía Serena se murió, y esta tarde vas al funeral. La gente se viste de negro cuando va a funerales.
En ese preciso momento oyeron el ruido de un automóvil que se aproximaba por el sendero.
—Ahí está la abuela —dijo Margaret—. Salgamos a su encuentro… Y cuidadito con preguntarle si te trajo algo. Esta vez no viene para quedarse y quizá no pensó en traer regalos.
—A lo mejor, si no me trajo nada, me da seis peniques… o diez chelines… o algo. — Sus alternativas en magnitudes numéricas a menudo poseían ese orden de relatividad.
Elizabeth Masón era una mujer baja y algo abultada en carnes, en cuyo rostro pequeño, de rasgos bien marcados, brillaban un par de ojos pardos siempre alertas. La anciana estaba en movimiento perpetuo: movimientos intensos, vivos y veloces; y cuando madre e hijo la vieron emergía precipitadamente del automóvil de alquiler que la condujera hasta la casa.
—Hola, abuelita —exclamó Andrew, corriendo a su encuentro.
—¡Hola, querido, hola! —extendió ambos brazos para estrecharlo fuertemente contra su pecho y luego lo alzó, irradiando placer cada una de las innumerables arrugas que le surcaban el rostro —. ¡Qué alegría volver a ver esta carita linda! ¿La quieres a abuelita?
—Sí, pero no quiero que te marches mañana.
—¡Óiganlo al tesoro de la casa! Dios te bendiga por tu buen corazón. Margaret, mi querida, ¿cómo estás? Aunque no hace falta preguntarlo. Se te ve preciosa, y más joven que nunca — depositó a Andrew en el suelo y besó a su nuera.
—Mamá dice que si no vienes para quedarte no me traes juguetes — dijo Andrew. Pero Elizabeth Masón, charlando con Margaret, no oyó el comentario, y una perentoria mirada de soslayo de su madre le impidió repetirlo como pensara en primera instancia.
—Y usted está espléndida —dijo Margaret—. ¿Por qué va a Londres a tirar plata a la calle consultando a un médico?
La expresión de placer se borró del rostro de la anciana, oscurecida por una mirada sombría que al instante le sumó veinte años más.
—No, querida, no dejes que mi alegría de verlos te engañe… No estoy nada bien, y parece que el ignorante de mi médico no puede curarme. En realidad no sabe lo que tengo, y lo único que se le ocurre es una retahíla de nombres interminables que jamás oí en mi vida. A la larga decidió que debía consultar a ese especialista de Londres, de manera que aquí estoy. Y no porque tenga mucha fe en los especialistas, que conste…; son todos unos charlatanes. Desde que falleció mi esposo no he conocido un solo médico decente. Pero pensé que sería una buena excusa para venir a verlos.
—Abuelita —dijo Andrew, no bien la anciana hubo tomado asiento —, nuestro gato se murió, y yo le estoy haciendo una tumba con ladrillos. Papá me enseñó a hacer ladrillos con una caja de fósforos. ¿Quieres venir afuera y ver los ladrillos que hice?
—Abuelita está fatigada ahora, Andrew —intervino Margaret —, déjala descansar un rato primero.
—Iré dentro de un minuto. Toma, tesoro… —y mientras hablaba abrió la cartera y extrajo dos medias coronas —, esto es para la próxima vez que vayas a la juguetería.
—Oooh, gracias, abuelita, gracias —los redondos ojos azules se abrieron desmesuradamente, centelleantes —, yo sabía que me darías mucha plata; le dije a mamá que me darías. ¡Dos medias coronas! Ahora puedo comprar ese modelo de aeroplano que vi el otro día en la tienda. Me llevas a la tienda esta tarde, mamá, porque si no voy enseguida otro lo comprará. ¿Me llevas, mamá? ¿Por favor?
—Esta criatura es el vivo retrato de Peter — dijo la anciana, radiante de placer nuevamente—. Mirándolo, me siento cuarenta años más joven.
—¿Sí, mamá? ¿Me llevarás, esta tarde?
—Hoy no podemos dejarla sola a abuelita, querido. Te llevaré mañana.
—Uf… Mañana a lo mejor el aeroplano no está. ¡Yo quería ir hoy! — lanzó un suspiro de enojo y desaliento, pero entonces un destello súbito le iluminó la mente y dijo:
—Llévame contigo cuando vayas al funeral.
—¿Funeral? —repitió Elizabeth Masón, frunciendo el ceño —. ¿Qué funeral?
Margaret se sintió presa de viva inquietud. Todavía no había tenido ocasión de enterar a su suegra de aquel desagradable asunto y permanecía a la espera de un momento propicio, aguardando a que Andrew saliera de la habitación, cuando he aquí que el pequeño dejaba escapar la siniestra palabra. Y tampoco pudo hacer nada por impedir el siguiente comentario, dicho en Cándida respuesta a la pregunta de la anciana.
—El funeral de tía Serena. —¡Ah!
—Ya veremos cómo podemos arreglarnos, querido — dijo Margaret—. Alguien te llevará… Ahora ve a fabricar más ladrillos que abuelita saldrá a verlos dentro de un instante.
—Eso es. Haz otros diez y después llámame.
—Bah, haré diez enseguida —y con su interés en el cemento, los ladrillos y los monumentos funerarios revivido en beneficio de su abuela, Andrew salió a escape del cuarto.
Mrs. Masón se volvió hacia Margaret.
—¿Cuándo murió esa mujer? —Así, o con palabras muy semejantes, se refería siempre a Serena cuando hablaba con Margaret. Delante de Peter no lo hacía por temor de ofenderlo. En su presencia se limitaba a llamarla «Mrs. Stewart» o «la esposa de tu amigo».
Margaret respondió:
—Hace cuatro días —y después, tratando de preparar a su suegra para el golpe, agregó —: ¿No lo sabía? Salió en todos los periódicos.
—¿Acaso era tan importante como…?; ¿qué quieres decir?
Fue un episodio bastante desgraciado. La pobre tuvo un fin muy desagradable.
—Ya sé, la bebida. Y bien, no me sorprende en lo más mínimo. Siempre creí que moriría de eso.
—No. Fue asesinada.
—¡Qué!
Margaret dio a su suegra un somero relato de los hechos tales como ella los conocía, pero tratando de no dar la impresión de que el asesino era un hombre que había sido amante de Serena.
—Está claro como el agua, mi querida —dijo la anciana, que captó en el acto las derivaciones del caso sin necesidad de que Margaret la ayudara —, y no puede ser más sórdido. Una sucia adúltera asesinada por su amante. Ya sé que era amiga tuya y de Peter y no quiero lastimar tus sentimientos, pero nunca me gustó esa mujer, y el hecho de que ustedes le brindaran amistad siempre me intranquilizó… Pero, por supuesto, las relaciones de ustedes no eran asunto de mi incumbencia.
—Sé que le desagradaba —dijo Margaret, tratando de verter el antídoto de una duda sobre el veneno concentrado de su suegra — pero todavía no hay ninguna prueba de que…
Mrs. Masón hizo a un lado las protestas de Margaret aun antes de que esta terminara de expresarlas.
—¡Vamos, Margaret! Ninguna prueba. ¡Me extraña! ¿Qué otra prueba quieres, criatura? ¿Quién podría haberla matado en tales circunstancias sino un hombre con quien se entendía clandestinamente? Vaya, si el hedor se huele desde un kilómetro de distancia. Algún perdido como ella. Desde el instante mismo que la vi supe qué clase de mujer era. Imposible confundir una ramera, hija, o la forma cómo van pregonando su sexo como ella lo hacía.
—Oh, mamá, usted exagera. Era alegre y un poco coqueta tal vez, pero su coquetería resultaba agradable en cierto modo.
—¡Agradable! No me hagas reír. Lo que pasa es que tú eres demasiado limpia y sencilla, criatura. ¿Es que nunca notaste cómo solía comportarse delante de Peter? Eso es lo que me hizo odiarla. Por supuesto que yo conocía demasiado bien a mi hijo como para temer por él o por ti. ¡Peter ensuciándose las manos con semejante…! Pero me repugnaba.
La intolerancia extrema de su suegra irritó a Margaret, obligándola a replicar con un dejo de impaciencia:
—Recuerde que la pobre mujer ha muerto. No puede haber hecho en su vida ni la mitad del mal que le hicieron a ella.
—¿Y hoy van al funeral?
—Sí, a las dos. Siento mucho que sea precisamente el día que usted nos visita, pero no tardaremos mucho.
—Estaré perfectamente bien, no es necesario que te preocupes por mí. Pero lo que sí debo decirte es que me parece una indecencia que le hagan un funeral, dadas las circunstancias, y me molesta sobremanera que tú y Peter estén envueltos en un asunto tan poco decoroso…; eso es lo que las amistades indeseables le reportan a uno a la larga.
Pugnando por dominar su ira Margaret dijo:
—Bueno, lo cierto es que ahora todo ha terminado, de manera que ya puede dejar de preocuparse… Y cualquiera sea la opinión que ella le merecía, no debe olvidar que Walter es amigo de Peter de toda la vida y tiene derecho a esperar algo de nosotros.
—Siento haber hablado así. Lógicamente, debía saber que no era asunto mío. Te prometo no agregar una sola palabra más al respecto. Estaba ofendida y no contrita, Margaret lo sabía. En voz alta respondió:
—No hay motivo para enojarse, mamá. El asunto en sí ya no es otra cosa que un tema muy desagradable.
—¿Y por qué razón habría de enojarme? ¡Claro que no estoy enojada! Una vieja como yo debería saber que sus opiniones no cuentan para su hijo y su nuera. Nunca traté de inmiscuirme en los asuntos privados de ustedes y ciertamente no pienso hacerlo ahora. Hablemos de otra cosa… ¿Dónde está Andrew? ¡Andrew!
Elizabeth Masón sabía perfectamente bien que el pequeño no podía oírla, y por otra parte tampoco sometió sus pulmones a un esfuerzo máximo al llamarlo. Sus tentativas de cambiar de tema cuando todavía le quedaba mucho por decir sobre el que acababa de tocar eran siempre débiles.
—Por favor, mamá, no lo tome tan a pecho — dijo Margaret.
—No estoy tomando nada a pecho, mi querida. Dije que no iba a agregar una sola palabra más y no tengo la más mínima intención de hacerlo. No quiero volver a hablar de esa mujer. Que Dios la perdone, dondequiera que esté. ¡Líbreme el cielo de hablar mal de los muertos! Lo único que desearía es haberme enterado de todo esto antes de venir.
—Pero, mamá, no permita que este asunto arruine su cía. Lo que pasó, pasado está, y ahora nadie puede remediarlo. Solo le pido que no toque el tema delante de Peter. Él sabe que usted nunca vio con buenos ojos a la esposa de Walter, y este asunto ya lo tiene bastante preocupado de por sí. Cualquier cosa que dijera lo lastimaría.
—Naturalmente que no diré nada. No tengo nada que decir. En lo que a mí respecta el asunto está terminado, y para siempre. — Y la anciana volvió el rostro hacia otro lado con aquel gesto de fingida indiferencia y decisión que Margaret conocía tan bien.
Las dos mujeres estaban en la cocina cuando Peter llegó. Margaret preparaba el almuerzo mientras su suegra le leía un cuento a Andrew. Asomándose a la ventana el pequeño gritó: «Ahí viene papá», y Elizabeth Masón dejó el libro a un lado y alzó la mirada hacia la puerta que se abría, encendido de amor su rostro para recibir a la persona que más querida le era en el mundo. Sus ojos inquietos y anhelantes brillaban de adoración; después vieron el rostro querido, y entonces la anciana se estremeció. Supo en el acto que Peter no se alegraba de verla.
—Hola, mamá querida —dijo, adelantándose para besarla. Pero Mrs. Masón nunca había visto en labios de su hijo una sonrisa como la que los curvaba en ese momento. Sin poder remediarlo pensó: «Por más que tenga que ir a un funeral esta tarde, ese no es motivo para que no se alegre de ver a su madre», y en voz alta dijo:
—Hola, querido, ¿cómo estás?
—¿Cómo estás tú? ¿Qué es eso de ir a Londres para ver a un especialista? ¿Qué tienes?
No podía quejarse de que su voz no expresara bastante inquietud, pero interiormente se dijo: «A pesar de que me está interrogando sobre mi salud no piensa más que en esa condenada mujer y su funeral». Le repitió lo que dijera rato antes a Margaret, aunque no en el mismo tono despreocupado. Cuando habló con Margaret ella ocupaba el centro del escenario, segura de que ese sitio sería suyo hasta que partiera a la mañana siguiente, y había querido ser objeto de atenciones amables, no de inquietud sombría, por parte del hijo y su familia. Ahora su monopolio peligraba, de modo que trató de poner más seriedad en su tono y ademanes.
Vio que Peter escuchaba tratando de parecer atento al relato, pero su mirada ansiosa, como su sonrisa de momentos antes, carecía de integridad, parecía tener profundidades ulteriores. Ahora estaba segura de que su llegada no había alegrado el corazón del hijo, que su visita en ese día lo incomodaba; y su intuición le dijo que se debía a la muerte y al funeral de aquella mujer y a Peter sabía cuánta aversión le había inspirado. Entonces sintió crecer su ira, y al calor de esa llamarada las ciento y una resoluciones que se hiciera de comportarse con tacto cuando Peter llegara se derritieron rápidamente. Trató de revivirlas, pero un solo pensamiento bastó para sofocarlas, y perecieron: ¡su hijo la dejaba — después de meses enteros sin verlo y ahora que estaba enferma y solo se quedaba por una noche— para asistir al sepelio de una mujer de baja estofa asesinada en adulterio! Entonces dijo:
—Pero veo que hoy estoy fuera de lugar en esta casa y me arrepiento de haber venido. Creo que bien podrías haberme dicho adónde iban esta tarde.
—Vamos, mamá —protestó Peter—, ¿cómo puedes decir una cosa semejante? ¿Qué significa eso de «fuera de lugar»? No tardaremos mucho.
—No se trata solamente de cuánto tardarán.
—Y bien, ¿de qué se trata entonces? ¿Qué es lo que te ha irritado tanto?
—Nada. Solo que he llegado en momentos que al parecer son de suma aflicción para ustedes y preferiría verlos cuando estuvieran de humor más alegre.
—¿No podemos cambiar de tema, mamá? Siento en el alma haber tenido que recibirte con este asunto tan desagradable, pero hablando no se remedia nada, ¿no te parece?
—Claro, por supuesto que no se remedia nada. Y por otra parte no es asunto mío. Siento haber hablado.
—Por favor mamá, no te enojes…, por favor. — Peter suplicaba con expresión de melancólico agotamiento, como si hubieran estado discutiendo durante horas enteras—. No quise incomodarte.
La emoción que denotaba el rostro de su hijo le llegó al corazón. Su ira, desviada de un objeto rebotaba en el otro, y al comprenderlo así dijo:
—Si te parecí enojada, querido, créeme que mi enojo no iba dirigido a ti. Sabes que cuando están en juego tus sentimientos o tu conveniencia jamás pienso en mí. Nada me importa tanto como tu felicidad y tu buen nombre, absolutamente nada en el mundo.
—Lo sé, mamá.
Contra toda lógica, Margaret ansió que su suegra se conformara con eso, y por su parte la anciana sabía que debía abandonar sin más el tema, pero siempre en ocasiones como esa algo así como un geniecillo maléfico la apremiaba hasta vencerla.
—Mi única preocupación en este espantoso asunto — prosiguió, obedeciendo al geniecillo— es tu buen nombre. Me duele pensar que la gente hablará de ustedes como amigos íntimos de esa mujer. El nombre de Peter Masón no debe juntarse con semejantes compañías.
—¡Por favor, mamá, no hables así, te lo ruego! ¡No juzgues a nadie! No tienes derecho; nadie lo tiene. Y por el amor del cielo, no me pongas sobre un pedestal. No soy mejor que mis amigos, que nadie en realidad. —Peter pronunció las palabras con vehemencia, en un tono desesperado que era ruego y reproche a la vez. Bruscamente, corrió hacia atrás la silla que ocupara hasta entonces, se puso de pie y caminó hasta la ventana. Después, trascurridos unos segundos, se volvió lentamente y arrojando a su madre una mirada de infinita tristeza musitó—: Lo siento. — Sus palabras sonaron como un gemido, y el amor que Elizabeth Masón sentía hacia aquel hijo, trocado en compasión por el súbito derrumbe de su ira y por la expresión acorralada de sus ojos, volvió a desvanecer el resentimiento anterior.
—Yo tengo la culpa, querido —dijo—. Créeme que siento mucho haberte molestado.
Justo en ese momento Andrew derribó un vaso de agua con la mano y prorrumpió en llanto. Mirando a su abuela le gritó entre sollozos:
—No te quiero nada…, me hiciste volcar el vaso de agua.
Después de almorzar Peter y Margaret partieron para asistir al funeral. Fueron con Walter en el auto de este, Margaret sentada a su lado en el asiento delantero y Peter solo, atrás. Otros dos automóviles los acompañaban, llevando algunos de los amigos que los Stewart tenían en el lugar.
Camino de regreso de la oficina Peter había pasado por el bar a fin de prepararse para la ocasión. Ahora, mientras permanecía sentado en el auto, contemplando con mirada distraída las cabezas de Walter y Margaret, la bebida, el almuerzo reciente y el insomnio de cuatro noches lo sumieron en una somnolencia de plomo. Aquellas imágenes parecían hallarse infinitamente distantes. Todo parecía estar lejos de él. Era como si habitara el fondo del océano, separado de todos los demás seres humanos por densas masas de agua, o como si su mundo fuera un desierto inconmensurable y la proximidad aparente de otras personas mero espejismo. Su sentido de la realidad de las relaciones humanas, de sus vinculaciones personales, se había apagado hasta el punto de desaparecer casi por completo. No hacía más que repetir interiormente: «Esa mujer sentada adelante es Margaret, mi mujer, y ese hombre es Walter, y ahora vamos a Woking para asistir a la cremación del cadáver de Serena (Serena, la esposa de Walter), y en casa dejé a mi hijo Andrew y a mi madre con quien tuve una escena a la hora de almorzar». Pero mientras repetía los nombres y trataba de captar las ideas que estos representaban no podía sentir realmente su significado. Y lo mismo ocurría cuando pensaba en cosas en lugar de personas, cuando se decía: «Soy un asesino; he matado a una mujer y ahora voy a su funeral, y cuando vuelva a casa encontraré a la policía esperando para arrestarme». En esas imágenes mentales no había cabida para el sentimiento; ningún lazo vital lo unía a ellas. ¿Qué diferencia había entre ser una persona y un cadáver que están a punto de cremar, entre asesinar y ser asesinado?
Por espacio de varios minutos deambuló ocioso por aquel mundo desprovisto de emociones y valores, como tantas veces en los últimos días y noches. Después, súbitamente, se encontró, sin saber cómo, del otro lado de una frontera y retornó a la realidad, abrumadoramente consciente de quién era él y quiénes todos los demás, y del lugar que cada una de las cosas ocupaba en la escala humana, contemplando en el asiento delantero las imágenes vivientes de Walter y Margaret y no meras figuras de una geometría remota e inalcanzable. Se irguió, tenso, y miró alrededor de sí y adelante. La pequeña procesión cruzaba ahora la carretera de Portsmouth. Un agente detenía el tránsito para darles paso libre, y Walter le agradeció al pasar.
La voz suave de Walter y el tranquilo perfil de los hombros de Margaret a su lado horadaron la oscuridad que invadía a Peter como una luz cegadora, y la mentira viva que era aquel ser solitario se sintió asqueada de odio y desprecio de sí misma… ¡Si pudiera contarles todo! Inclinarse de pronto hacia adelante y pedir a Walter que detuviera el automóvil un momento para después arrancarse del corazón aquel secreto enloquecedor, exponerlo desnudo ante ellos e inclinar la cabeza para recibir su justicia. Soñó que lo hacía. Escuchó las palabras afluir de su boca; vio cómo el significado de esas palabras lo miraba por los ojos de su mujer y de su amigo; sintió que su ser comulgaba con los de ellos a pesar de estar corrompido y que, flotando libremente en la corriente de esa comunión, el corazón le quedaba vacío de todo peso, feliz de haber escapado de la seguridad de su noche solitaria. Mas ninguna palabra le había salido de los labios. El muro de plomo seguía alzándose entre él y las dos siluetas que ocupaban el asiento delantero, y la falsía de su quimera le sonreía burlona.
El pequeño cortejo llegó por fin al Crematorio. Walter y sus pasajeros bajaron del automóvil y se dirigieron a la capilla en compañía de los otros amigos llegados con ellos. En la puerta encontraron más conocidos que habían venido directamente desde Londres, y entre estos estaba Winnie Girton. Desde que la viera la noche de la tragedia Walter había pensado en ella con más benevolencia que antes, y al distinguirla entre el grupo congregado ante la puerta le dirigió una sonrisa amistosa a la vez que decía:
—Le agradezco que haya venido. Espero que esté más repuesta.
Ella asintió con una inclinación de cabeza y miró a Peter y a Margaret. Entonces Walter dijo:
—Creo que ustedes no se conocen —y los presentó.
Peter no pudo evitar un sobresalto al verse, por primera vez y sin previo aviso, frente a la dueña del departamento, pero la emoción solo duró un segundo. Una vez más, esa sensación extraordinaria de estar desvinculado del problema, la impresión de que su mundo actual y el mundo dentro del cual había ocurrido el crimen no tenían ningún punto en común, acudió en su auxilio y pudo afrontar a Winnie y los pensamientos a ella asociados sin inquietud indebida. Margaret, recordando haber visto el nombre de Winnie en el periódico y compadeciéndose de la muchacha que parecía sola y afligida, le sonrió amablemente y se colocó a su lado.
En pequeños grupos de dos o tres los presentes aguardaron la llegada del ataúd, intercambiando los comentarios de rigor en murmullos carentes de tono. Walter preguntó a Winnie:
—¿Sigue parando en casa de su hermana? Espero que sí.
Winnie no respondió enseguida, y Margaret, que la miró en el breve silencio que siguió a la pregunta, como se mira siempre instintivamente a aquel a quien alguien acaba de hablar sin recibir respuesta, para saber la razón, vio que los ojos de la joven estaban clavados en Peter, quien a su vez contemplaba la puerta abierta que estaban a punto de trasponer. Winnie, comprendiendo entonces que Walter le hablaba, salió súbitamente de su abstracción y volviéndose hacia él asintió a la pregunta.
—Sí —dijo.
Justo en ese momento trajeron el féretro, y todos lo siguieron, Margaret junto a Winnie, detrás de Peter y Walter.
En los cuatro días pasados Peter no había sentido mucho dolor. Lo ocurrido era algo infinitamente más terrible que la muerte, y el miedo y el espanto de su crimen acallaron todo otro sentimiento. Mas la proximidad del hecho escueto de la muerte, inclinándose y meciéndose su forma oblonga sobre los hombros de quienes lo precedían, desató en su interior una pena tanto más intensa cuánto más ahondaba en su triste y amargo significado. Los ojos se le nublaron, y Peter lloró.
Depositaron el ataúd sobre el catafalco colocado frente a las puertas que daban al horno eléctrico, y la concurrencia se situó en torno para oír recitar la corta oración fúnebre. A pesar de no ser creyente, Walter no sentía aversión especial hacia las ceremonias religiosas y sabía que su mujer, aunque pagana durante muchos años, no habría querido partir rumbo a la eternidad sin un signo de bendición cristiana.
El pequeño grupo de hombres y mujeres volvió a escuchar las palabras con que los cristianos se prometen resurrección y vida eterna. Una vida humana se había extinguido, y la persona a quien perteneciera jamás volvería a ser vista sobre la tierra. Al cabo de un instante el féretro atravesaría esas puertas para caer dentro del horno, y entonces todo rastro de esa persona reconocible para el ser humano se habría borrado. Pero la voz proclamaba que las cosas no eran lo que parecían y que el aniquilamiento de la muerte era falso. El hecho y la afirmación se desafiaban en mutua negativa.
Margaret y Winnie sollozaban quedamente. Winnie no pisaba una iglesia desde hacía quince años y tampoco había leído la Biblia en ese lapso ni pensado jamás en su alma o en Dios. Mas precisamente porque jamás había vuelto a pensar en esas cosas, las primeras creencias de su infancia, relegadas al olvido, pero no rechazadas, habían subsistido en un polvoriento rincón de su ser. Vagamente, uno las daba por ciertas hasta que, de súbito, una experiencia intensa que lo obligaba a resolver su estado las desafiaba. Escachando las palabras familiares, pero perdidas a la distancia en presencia de la muerte, viendo a la muerte engullir el eco de esas palabras en sus criptas silentes e insensibles, Winnie se preguntó de pronto si realmente creía en la resurrección de los muertos. Su cerebro se debatió tímidamente en la superficie de las profundidades inconmensurables, sin saber cuán profundas eran. Pero Margaret conocía esa profundidad y sabía que nadie la había sondado ni la sondaría jamás, y que era en vano hacer conjeturas sobre lo que había en el fondo, si es que en realidad había algo. La muerte jamás la había abrumado ni fascinado. Podía o no ser el fin de todo, mas si lo era no importaba, y la vida, mientras seguía siéndolo, tenía suficiente significado de por sí.
Peter, pensando confusamente: «¡Qué tontería grotesca! ¿Será posible que alguno de ellos lo crea de corazón?», alzó la cabeza para mirar a sus compañeros, y al hacerlo encontró los ojos de Winnie clavados en los suyos. Ambos desviaron la mirada instantáneamente, el hombre en dirección a Walter, que permanecía en inmovilidad tensa, expectante. Pero en el rostro de su amigo, Peter vio la expresión indefensa de los grandes ojos azules, como atemorizados por un peligro desconocido, la inclinación tímida, casi cobarde, de la cabeza que espera el golpe. Y junto a Walter estaba Margaret, muy elegante con el vestido negro, su figura alta y estatuaria dignificada por el dolor… Cuán reales eran todos ahora, ellos y él, cuán intensos, centro cada uno del universo, punto focal a través del cual la realidad se hacía visible en conocimiento y voluntad. Aguas arriba del río del tiempo aquel cuerpo encerrado dentro del ataúd había sido como ellos, mas ahora no era nada, y cuando la corriente llegara un poco más abajo también ellos quedarían reducidos a la nada; las aguas los arrojarían a esa playa sin principio ni fin, vacía de toda sustancia. Con un solo paso el hombre penetra en el tiempo desde la eternidad, y con otro es arrojado fuera como una piedra. Cae desde una inmensa pista de baile suspendida en el espacio, donde el mundo entero danza sin cesar. Los bailarines giran y giran en piruetas interminables hasta que los que están en el centro terminan por llegar al borde, y uno tras otro caen al abismo siguiendo el curso normal de sus evoluciones. Y ahora es tu turno. Llegas al abismo sin saberlo y te vas en un abrir y cerrar de ojos. En un momento dado estás aquí, y al siguiente te has ido. Tus amigos lanzan una exclamación ahogada. Dejan de bailar un momento, y el horror los sobrecoge al asomarse al precipicio que acaba de devorarte, pero al instante siguiente se alejan. Piden otra copa, y la danza continúa.
El ataúd de la amiga común desapareció de la vista, y la pequeña congregación salió del Crematorio dispersándose poco a poco para retornar cada uno a su vida cotidiana, a Londres, o a Clandon, a reunirse con los amigos o parientes, al té o a la cena o a tomar un trago en el bar, pero abrumados todos bajo el peso de la mirada fugaz que habían arrojado al vacío donde ninguna de esas cosas existe.
—Me agradó esa muchacha, Winnie Girton —dijo Margaret a su esposo, mientras ambos se alejaban andando de la casa de Walter rumbo a su propio hogar —, y debo confesar que me dio mucha lástima. ¡Qué momentos espantosos debe de haber pasado! ¿La conocías?
—No; hoy la vi por primera vez.
—No hacía más que mirarte. —¿Sí?
—Sí, como si te hubiera visto antes y no acertara a recordar dónde.
—No lo noté. En fin, supongo…, bueno, supongo que me habrá visto en un ómnibus o algo así. El otro día vino a la oficina por un negocio un individuo a quien el día anterior yo había visto sentado frente a mí en el subterráneo. —Peter hablaba para disimular el espanto que acababa de apoderarse de él. En su interior repetía: «No, es imposible. Ella no puede…»—. Me muero por tomar algo —dijo—, ¿y tú? — estaban justo frente al Boar’s Head.
—No debemos hacer esperar a tu madre.
—Bah, solo demoraremos un minuto. No hay tiempo para más; son exactamente las tres.
—Bueno, ve tú; yo me adelantaré.
Margaret siguió de largo, y Peter entró en el bar. En realidad faltaban dos o tres minutos para las tres, pero Sid no era demasiado estricto en materia de horarios. El salón estaba vacío, excepción hecha de un último cliente que, sentado a una mesa del rincón, trataba de prolongar todo lo posible los últimos sorbos. Sid se afanaba detrás del mostrador, guardando vasos vacíos y ordenándolo todo.
—Buenas, jefe —dijo—. ¿Lo de siempre?
—Sí, por favor, Sid.
Peter se recostó sobre el mostrador mientras Sid servía la bebida.
—¿Fue al funeral, jefe?
—Sí, de ahí vengo.
—Qué cosa más triste, jefe, qué triste —la maciza redondez del rostro de Sidney Bamford se veía extraordinariamente solemne. Una cierta expresión pensativa y distante de los ojos descartaba de momento todas las vanidades de este mundo.
—Efectivamente, Sid, es un asunto espantoso.
—Un golpe terrible, ya lo creo, señor. Nos ha entristecido a todos, pero a usted…; quiero decir, con lo amigo que era de ellos, debe de haber sido más duro para usted. Eso es lo que decíamos mi mujer y yo esta mañana. Sí…, sí…, sí — y la gran cabeza se inclinó por tres veces en enfático gesto de pesar.
—Sí, conozco a Mr. Stewart desde hace casi treinta años. —Ah, ya veo, y esto los hace sentirse más unidos, ¿no, jefe? Sí, sí…, realmente le tengo lástima a Mr. Stewart, un asunto tan desagradable, y para colmo tener que tratar con la policía y todo lo demás — Sid hizo una pausa para arrojar una mirada furtiva en dirección al individuo del rincón y después, adoptando un tono confidencial, agregó—: Esta mañana anduvieron por aquí.
—¿No me diga? Así que vinieron. ¿Los interrogaron? — Peter sostuvo la mirada de inteligencia de Sid sin pestañear.
—Sí, seguro que me interrogaron, pero no me sacaron nada; y no porque supiera algo, pero es que no me gusta enredarme con la policía o andar con chismes como ellos. Comprendo muy bien que uno puede crear muchas dificultades si no va con cuidado y habla más de la cuenta cuando los sabuesos andan sueltos husmeándolo todo a la pesca de un rastro. De manera que lo único que les dije fue que no sabía nada en absoluto, excepto que Mr. Stewart y su mujer eran buenos clientes de la casa y venían regularmente desde hace muchos años.
—En fin, supongo que no tienen más remedio que interrogar a todos por si acaso se enteran de algo que les dé una pista.
—Asunto de rutina, supongo.
—Claro. ¿Interrogaron a algún otro?
—Aquí no. Si quiere saber lo que pienso, jefe, le diré que están perdiendo el tiempo en Clandon. Esta es cosa de Londres; es allí donde deben ir a buscar el rastro… ¿Otro, jefe?
—No, gracias, Sid, tengo que irme… A propósito, ¿crees que George podrá ir a la ciudad pasado mañana si puedo concertar la cita de que hablamos? Mañana veré a mi amigo, Mr. Jarvis.
—Muy amable de su parte, jefe. Sí, irá pasado mañana si lo necesita.
—Magnífico. Te avisaré mañana a la noche.
El alivio y la inquietud le pesaban sobre el alma por partes casi iguales cuando Peter abandonó el local. Desde el principio había temido que la policía realizara interrogatorios allí y ahora se tranquilizó al saber que ya habían ido, para marcharse como llegaran. Pero las palabras de Sidney habían encerrado una insinuación que distaba mucho de agradarle. Sid, le pareció, había tratado de trasmitirle algo muy semejante en el fondo a tranquilidad personal, como si hubiera dicho: «No se preocupe, jefe, no diré nada». ¿Qué había querido significar Sid con eso? ¿Cuánto sospechaba? ¿Solo que había estado enamorado de Serena o, acaso, por esa misma sospecha, relacionaba el crimen con su persona? La noche anterior Sid había notado que Peter no tenía buen aspecto. Hasta había hecho un comentario acerca de ello. ¿Recordaría más adelante ese detalle en un sentido especial? Momentos antes, mientras conversaba con Peter, se mostró cordial como siempre… De haber sospechado la verdad no habría procedido así, con toda seguridad. La explicación más plausible era que Sid había entrevisto simplemente el vínculo afectivo que los unía y comprendido cuán perjudicial sería para Peter que él mencionase sus sospechas a la policía; había deseado tranquilizarlo amistosamente en ese sentido.
Mas Peter no pudo desprenderse de aquel nuevo miedo nacido en su interior. Aterrorizado ante la horrenda sospecha de que la intención de Sidney era, aunque vaga, crearle una obligación para con él, se maldijo interiormente por haber reconocido esa obligación al recordar a Sid la falsa esperanza de conseguirle un empleo a su hijo. Se sintió atrapado en las redes de una extorsión no dicha, pero aceptada tácitamente.
¿Y si Margaret estuviera en lo cierto respecto a esa muchacha…? Diez minutos antes Peter no se había sentido en peligro inmediato; después Margaret hablaría acerca de Winnie Girton, y Sid se permitió aquella pequeña expansión, y ahora esos dos timbres de alarma le resonaban en el cerebro como otros tantos estampidos que lo llenaban de terror. Le pareció que todos alrededor de él conocían su secreto, y el corazón le latió desbocado bajo el aguijón del miedo de que lo hubieran descubierto. Sabía que, de ser así, ni siquiera su hogar lo protegería, pero apretó el paso y se alegró cuando hubo llegado Mrs. Masón había pasado la tarde presa de aquellos remordimientos amargos que siempre la asaltaban cuando, impulsada por el demonio, decía algo que molestaba a sus seres queridos. Reflexionando sobre esa cruel ironía comenzó a recordar ocasiones pasadas en que hiciera otro tanto. Incidentes triviales que Peter había olvidado mucho tiempo atrás y a los cuales acaso no dedicó un solo pensamiento regresaron para sumarse, agrandados de modo monstruoso, a la acusación presente, y la anciana se sintió profundamente desgraciada. Pero a medida que las horas trascurrieron recuperó el ánimo, no sin antes hacerse repetidas resoluciones y promesas de no volver a incurrir en el error que cometiera esa mañana y tantas veces en el pasado. El hecho de que era una reincidente de casi setenta años no le arrebató la eterna esperanza de una reforma futura. Ansió que Peter volviera de aquel malhadado funeral — sobre el cual, por supuesto, no diría una sola palabra más— para poder compensarlo del mal rato que le diera esa mañana.
Cuando el hijo regresó se saludaron con efusividad deliberada. Peter fue directamente hacia su madre y dejándose caer sobre el brazo del sillón que ocupaba le puso una mano sobre el hombro en ademán cariñoso.
—Sentí mucho tener que salir y dejarte —dijo —, pero ahora ya estamos juntos para disfrutar todo lo posible de esta corta visita que nos haces.
Ella respondió:
—Dios te bendiga, querido. No me molestó que tuvieras que salir. En realidad el viaje me fatigó bastante y un poco de descanso no me vino mal.
Conversaron un rato, hasta que Mrs. Masón dijo:
—A propósito, ¿a que no adivinas con quién estuve el otro día?, un gran admirador tuyo.
—¿Con quién?
—Un tal Wilfrid Barbour, que te conoció durante la guerra.
—¿Ah, sí?
—Sí, estaba en casa de los Perry; había bastante gente, y al principio él no sabía que yo era tu madre. Estaba refiriendo una anécdota de la guerra y de pronto sacó a relucir tu nombre y habló muy bien de ti.
—¡Cómo habrá disfrutado usted! —intervino Margaret. Peter retiró la mano del hombro de su madre.
—¡Ya lo creo que disfruté!
—¿Qué dijo? —quiso saber Margaret.
—Oh, una cantidad de elogios. Y conste que no me decía nada nuevo, pero fue maravilloso oírlo de labios de un desconocido.
Y Peter sintió un impulso ciego, como el que incita a quienes se hallan al borde de un precipicio a arrojarse al vacío, de abrir la boca y decir: «Yo maté a Serena Stewart».
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