La línea sutil

Eduard Atiyah · Capítulo 7 de 15

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La línea sutil

Capítulo VII

 

 

Y sin embargo el tiempo no se detuvo. Exteriormente Peter seguía la rutina de su vida normal. Iba a Londres de mañana y volvía al hogar tarde tras tarde. En la oficina atendía sus obligaciones, charlaba con Nora y Billy, intercambiaba ayuda con Crawley para resolver las palabras cruzadas del Times, hacía bromas y chistes y reía a su vez cuando los hacían los demás. También en su hogar la vida siguió el patrón superficial de siempre: el desayuno apresurado y bullicioso con la familia en pleno, las partidas de dominó y bolitas con Andrew antes de que el pequeño se durmiera, las largas veladas junto al fuego, viendo a Margaret coser o zurcir a su lado.

A veces sus sentimientos recónditos correspondían por entero a esa existencia exterior. Aquello que le había ocurrido se desvanecía como si jamás hubiera salido de su imaginación; retrocedía hasta perderse en un pasado infinito e irreal, se convertía en un recuerdo borroso sepultado en los confines de su conciencia, una forma invisible encerrada dentro de un pequeño compartimiento secreto en el negro sótano de su mente. Durante esos raros momentos vivía lo existencia que fuera suya en el pasado, y a veces hasta se permitía un dejo de alegre despreocupación.

Pero la mayor parte del tiempo un abismo lóbrego separaba su vida exterior de aquel otro mundo interior y oculto. De un lado del abismo vivía y andaba entre la gente a la luz del día, pero en el otro estaba él solo envuelto por las sombras de su secreto. Y le parecía que esa era su verdadera existencia, y que la persona que habitaba allí presa del temor y el remordimiento era el verdadero Peter, mientras que el otro no pasaba de simulación mecánica. El verdadero Peter observaba al falso con asombro creciente. Lo escuchaba hablar de trivialidades con su esposa, o reír con sus hijos, y aquella división que existía entre ambos lo azoraba.

Durante las dos primeras semanas el miedo prevaleció sobre todo otro sentimiento. Peter leía ávidamente cuanto periódico caía en sus manos para ver qué hacía la policía.

En el bar mantenía los oídos bien atentos esperando oír el comentario casual que le dijera algo, y los ojos estaban en movimiento constante, vigilando todos los accesos, todas las puertas. A menudo, cuando caminaba por las calles, volvía la cabeza para mirar hacia atrás al oír ruido de pasos que se aproximaban, aunque luego se recriminaba por tonto diciéndose que los arrestos no se efectuaban así, por intermedio de un agente solitario en plena calle. Pero lo que temía por sobre todas las cosas era sentir que llamaran a la puerta de su casa durante la noche.

Para escapar del pánico bebía en exceso, tratando de atontarse a fin de poder dormir, o al menos acallar los terrores de la larga vigilia. Pero a pesar de todo, esos terrores sin nombre volvían siempre, manteniéndolo despierto la mayor parte de la noche, de modo que, cuando se levantaba a la mañana, aquella ansiedad, royéndole los nervios destrozados, se le hacía casi intolerable. Mas a medida que la jornada trascurría comenzaba a sentirse mejor; los nervios ardientes se enfriaban, y la sensibilidad se hacía menos vibrante, a la vez que aquella pesadez lacerante de la cabeza mermaba gradualmente.

A veces, como aquel día camino al Crematorio, se sentía desprovisto de toda emoción; todos y cada uno de sus nervios parecían muertos, y no experimentaba ni miedo ni vergüenza ni remordimiento. Era como si todos los valores humanos hubieran dejado de existir para él, como si hasta su mismo ego hubiese rendido el último baluarte. Entonces parecía no importarle en absoluto si lo descubrían o no, si seguiría viviendo o moriría. Su familia, el trabajo, los libros, la música, el resplandor del fuego de la noche, el sol cuando llegaba con el día no significaban nada para él. Y ese estado de ánimo, a pesar de liberarlo del miedo, lo sorprendía e inquietaba. El temor y la sensación de culpa, al menos, seguían ligándolo a la humanidad, mas aquella ausencia de todo sentimiento era una negación de su condición humana. Cuando lo asaltaba uno de esos períodos solía mirarse en el espejo de su alma y veía a alguien que se le antojaba muerto o loco, a quien hasta su hijo menor había dejado de importarle.

Seguía encontrándose con Walter en el Boar’s Head. Iba tan regularmente como antes, comprendiendo que era imperativo no cambiar ninguno de sus hábitos públicos, especialmente aquel que le aseguraba la buena voluntad de Sidney. Sin embargo, para su gran alivio, Walter no siempre estaba allí como antes, y cuando iba era por poco rato. A Peter le parecía que Walter trataba de rehuir toda compañía y que ahora se estaba volviendo más retraído que en los primeros días que siguieron a la muerte de Serena. Varias veces Peter, llevado por su sentido del deber y porque creía que su amigo esperaba eso de él, lo instaba a acompañarlo a su casa y comer con él y Margaret, pero la negativa de Walter, que aducía uno u otro pretexto, no lo contrariaba.

Cada noche, cuando llegaba el momento de regresar al hogar, se debatía presa de sentimientos encontrados. Por un lado estaba el ansia del animal herido que busca el calor de la cueva. Había sobrevivido a otro día de peligro y seguía en libertad de regresar a los brazos de su mujer y de sus hijos; y añoraba desesperadamente a Andrew y aquella fortaleza que la sola presencia de Margaret le infundía. Una angustia más intensa que todo eso lo embargaba al recordar aquella culpa que le impedía entregarse a su familia por entero, que hacía del retorno al hogar una burla amarga de lo que debía ser, de lo que fuera hasta ayer. Y entonces, con harta frecuencia, no podía decidirse a volver hasta muy entrada la noche, después de haber bebido copiosamente y cuando Andrew ya estaba dormido. Sabía que su proceder hacía desgraciada a Margaret, y esa certeza le agudizaba el sufrimiento cuando por fin regresaba a casa y la encontraba, frente a una mesa para dos tendida hacía largo rato, esperando para comer con él. Aquella hilaridad falsa de su marido, esa risa de ebrio con que a veces Peter solía tratar de borrar su mal comportamiento, le causaba profundo dolor. Creía que él comenzaba a hastiarse de la vida hogareña, que ya no correspondía a sus sentimientos, y Peter habría dado cualquier cosa por poder decirle que estaba equivocada, que, terrible como era su pecado, no radicaba en eso. Viéndola sentada frente a él, pesarosa y totalmente ajena a la verdad, un vano deseo de contárselo todo se le hincaba en la carne hasta causarle dolor.

Así pasó noviembre, y las primeras semanas de diciembre. Ni la prensa ni la comunidad se ocupaban ya de la muerte de Serena Stewart. De vez en cuando, en familia, Margaret o Raymond dejaban escapar algún comentario al respecto, expresando su extrañeza de que no hubieran descubierto al criminal o preguntándose si habría conseguido cometer el crimen perfecto. A veces esas observaciones casuales hallaban fuerte eco en Peter. Pero con frecuencia caían en un rincón letárgico, impersonal, de su mente, sin provocar en absoluto ninguna reacción. Entonces respondía con un «Quién sabe», o un «Sí, muy extraño» y casi llegaba a convencerse de que estaba especulando con la misma curiosidad que sentían los demás. En una oportunidad, mientras comía, Raymond dijo:

—En realidad, eso de que hoy en día atrapan a todos los delincuentes es pura fantasía. La verdad es que uno solamente se entera de las capturas, pero muchos escapan sin que los descubran, y ya no se vuelve a saber nada del asunto.

Las palabras del hijo mayor acariciaron las esperanzas secretas de Peter como un hálito de aire de campo a un convaleciente. Pero pasado un instante la caricia cayó bajo el látigo implacable del siguiente comentario de Margaret:

—¿Qué vida puede ser la de esos asesinos no descubiertos, con un secreto como ese en el alma y teniendo que seguir su existencia normal para cubrir las apariencias?

En aquel momento Peter pensó que era como si todos estuviesen jugando a las prendas y él fuese el objeto que los demás debían buscar, y que ahora veía impotente cómo Margaret y Raymond se acercaban cada vez más al sitio que ocupaba, más y más «caliente», hasta rozar casi el pequeño objeto desnudo que estaba frente mismo a ellos, sin que acertaran a verlo. Aquella era la etapa del juego inmediatamente anterior al momento en que los ojos del participante se posaban en la presa. En voz alta dijo:

—Supongo que han de acostumbrarse con el tiempo.

—Sí —continuó Margaret—, la gente se acostumbra a todo; mira si no cómo nos acostumbramos a la blitz, cómo Mrs. Hartley se acostumbró a la idea de morirse de cáncer — después de una pausa añadió—: Pero a veces parecería que les fuera imposible; se desmoronan de pronto y confiesan después de muchos años. ¿No leíste el otro día el caso de ese soldado británico que mató a una muchacha en Alemania? Cuatro años más tarde se presentó a la policía y confesó, porque no podía olvidar su rostro, dijo.

—Sí —fue todo el comentario de Peter.

Cuando hubo trascurrido más de un mes los temores de ser descubierto se habían mitigado hasta tal punto que casi desaparecieron. Cada mañana, especialmente si había sol y el gozo de su luz bañaba la tierra, le traía nuevas seguridades de invulnerabilidad. Pero era, lo sabía, la seguridad de un enfermo del corazón que empieza a comprender que estará bien si pasa cierto tiempo sin sufrir ningún ataque, aunque el siguiente, que le cerrará las coronarias en el espasmo final, puede estar a la vuelta de la esquina.

Cierto día de mediados de diciembre Margaret le dijo mientras comían:

—Sabes, querido, faltan dos semanas para Navidad y todavía no hemos comprado los regalos para los chicos.

—Ah, sí —repuso. La sola mención de la próxima fiesta lo hacía sentirse incómodo en extremo. En años anteriores Peter solía comenzar a hablar de la Navidad desde principios de noviembre, y de todos los miembros de la familia era él quien más azuzaba la excitación a medida que la fecha se acercaba.

—¿Qué te ocurre? ¿No puedes ser un poco más elocuente? — dijo Margaret, en tono dolorido, y el pesar de su voz sonó más profundo que el que la mera respuesta indiferente de su marido podía haberle causado.

—Dije que sí, ¿no? —repuso Peter, con un dejo de impaciencia. El menor reproche de Margaret hería profundamente su sensibilidad, porque en el fondo sabía que ella nunca lo censuraba sin motivo justificado y que jamás exageraba su causa.

Margaret no dijo nada, y él notó una súbita tensión en aquel silencio, sabiendo por larga experiencia que cuando su mujer se sentía realmente dolorida callaba; no eran las palabras lo que aliviaba su emoción. Supo sin mirarla que estaba llorando.

—Vamos, querida, ¿qué ocurre ahora? —dijo apaciguador, pero sintiendo que su resentimiento aumentaba. Como siempre, daba por descontados la tolerancia y el buen carácter de su mujer; cuando Margaret perdía por un momento esas dos condiciones ello le causaba sorpresa y enfado—. ¿Qué hice? Dijiste que todavía no habíamos comprado los regalos para los chicos, y yo respondí: «Ah, sí». No veo razón para enojarse — pronunció el «ah, sí» en tono ligeramente distinto del que empleara antes, infundiéndole ahora un poco de calor.

—Oh, no es solo eso —dijo ella, impaciente, volviendo el rostro hacia otro lado y pugnando por contener el llanto.

—¿Qué es, entonces? —se extrañó al oírse formular una pregunta tan hueca. Margaret no respondió, y al ver crecer el silencio Peter volvió a hablar —: Siento no estar muy animado esta noche. Tuve un día de bastante trajín en la oficina.

—No se trata de hoy solamente…, sino de semanas enteras. Ya no eres el de antes. Sé que tuviste una experiencia desagradable, pero esa no es razón para que tu propia familia te aburra. Antes solíamos sentirnos más cerca el uno del otro en los malos momentos. Y ahora, en cambio, estás tan alejado… Hasta los chicos lo notaron.

Quería decírselo desde hacía mucho y se alegró de haberlo dejado escapar por fin de su pecho. Le repugnaba guardar para sí algo que él desconocía, porque ese ocultamiento la alejaba de su marido.

Un tumulto de remordimientos candentes causó escozor en el corazón de Peter. Por espacio de semanas enteras había vivido en perpetuo temor de ese instante, del momento de los reproches que debían llegarle indefectiblemente hasta de aquella mujer extraordinaria. Aunque durante todo ese tiempo había sabido que estaba lastimándola, mientras ella no le habló pudo sustraerse de aquel problema punzante. Ahora, por fin, Margaret había hablado, y enseguida el dolor que estaba causando a su mujer se le hizo intolerable, intolerable la crueldad de aquella barrera que los separaba. Ansió fervientemente franquear de un salto el obstáculo y volver a estar a su lado, mas su propia ansiedad lo asustó con la terrible amenaza que implicaba para su independencia desesperada, y el hombre tembló de impotencia. Cuanto pudo decir fue: — No es nada de lo que tú piensas… ¿Cuándo compraremos los regalos de los chicos?

—Tú dirás.

Margaret se había calmado, y hablaron un rato sobre el tema de los obsequios. El tono de ella volvió a ser cálido y cordial. Algo en la voz de Peter al decir «no es nada de lo que tú piensas» la había movido a compasión. Tras una corta pausa dijo:

—Siento haberme echado a llorar como una tonta.

—Soy yo quien siente haberte disgustado —repuso él.

La facilidad con que Margaret lo perdonó y la sencillez trasparente de su corazón eran todavía más difíciles de soportar que sus reproches. Sentado frente a ella después de comer, mirándola mientras cosía, Peter se sintió totalmente abrumado bajo el peso de la integridad y bondad de Margaret, vencido por su tranquila ignorancia de la tempestad que lo sacudía. Espantosamente conmovedora, como la ignorancia de todo mal de un niño, inocente, hacía que su figura corpulenta pareciera frágil y desamparada. Estaban solos, los hijos ya se habían acostado. Ella vestía una bata roja, larga y sobria, que la envolvía en sencilla dignidad. Llevaba el pelo tirante y recogido atrás en pequeños bucles que dejaban al descubierto la nuca, inesperadamente suave y delicada. El rostro se veía sereno, y de las curvas suaves de las mejillas y del mentón, junto al trazo recto de la nariz y en torno a los lóbulos de las orejas, emanaba un gracioso encanto juvenil. La vehemencia con que estaba concentrada, feliz, en su tarea, le encendía los claros ojos castaños, y tenía los pies, que asomaban bajo el ruedo de la bata enfundados en las zapatillas, cómodamente entrelazados. Las zapatillas eran tejidas, ella misma las había hecho, y le daban a los pies un aspecto de holgura, de bienestar, más atractivo que la elegancia.

De súbito, aquel deseo intenso y palpitante que lo asaltara fugazmente en ocasiones anteriores comenzó a quemarle las entrañas como una llamarada ardiente e inextinguible. Algo lloró dentro de él, algo así como una muela dolorida que gime implorando que la arranquen. Sintió el contacto férreo de la tenaza y se retorció a la vez de dolor y de ansias de que llegara el momento de la extirpación.

Olas de calor y de frío lo bañaron por turno. Llevado por el impulso de decidirse avanzaba hasta llegar al borde mismo de la realización, pero entonces aquella fuerza avasalladora retrocedía arrastrándolo consigo, y él se alejaba aterrorizado al comprobar la temeridad que acababa de llevarlo tan cerca de aquel punto increíble.

Se puso de pie y vertió en su vaso una medida generosa de whisky, que bebió con avidez. Margaret notó cuánto alcohol había tomado y estuvo a punto de reprocharle aquel exceso, pero entonces recordó que ya había tenido un entredicho esa noche y, no queriendo viciar la atmósfera cordial que siguiera al mal rato, calló. Nada le desagradaba tanto como las recriminaciones, o hacerle sentir que estaba regañándolo.

—¿Qué hará Walter para Navidad? —dijo momentos más tarde.

—No tengo la menor idea —repuso Peter—. Probablemente se quedará en su casa; la Navidad nunca le llamó la atención, ni siquiera en épocas normales.

—¿No crees que le gustaría venir a pasarla con nosotros y los chicos?

—Lo dudo, pero puedes preguntarle, si quieres.

—No lo hemos visto mucho que digamos este último tiempo.

—No.

Volvió a reinar el silencio. Margaret miró a su esposo y se sintió rebosante de cálida ternura. Cualquier rozamiento entre ambos, por momentáneo o superficial que fuera, la hacía sentir desgraciada; y siempre, después de haberse enfadado con él, volvía su ira contra sí misma en la creencia de que había sido injusta o demasiado severa con él, y entonces la ternura renacía, acrecentada.

—Peter —dijo—, no sigues enojado por lo que dije en la mesa, ¿verdad?

—No, claro que no.

Lo miró con una sonrisa que le jugueteaba en los labios.

—Sigo creyendo que eres el mejor marido del mundo — murmuró.

Algo hirvió en el interior de Peter.

—No digas eso. ¡No lo digas! —lanzó la exclamación con tal intensidad que obligó a Margaret a mirarlo sobresaltada. Ella había percibido un dolor extraño en la voz, y ahora vio ese dolor en el fondo de los ojos, donde su alma íntegra parecía haberse dado cita para una revelación inminente.

—¿Por qué?… ¿Qué te ocurre?

Humildemente, él dijo:

—No soy lo que piensas, Margaret. No he sido buen marido. Tuve relaciones con otra mujer.

Margaret guardó silencio un instante y cuando habló lo hizo sin que la voz trasuntara emoción:

—¿Cuándo?

—Hace unos meses. Terminó hace tiempo ya, y no fue nada serio, pero desde entonces me siento asqueado de mí mismo por engañarte, nunca la quise, no, como te quiero a ti — hizo una breve pausa y después continuó—. No dejes que eso te lastime, Margaret. Ya acabó todo.

—Tiene que lastimar, pero me alegra que me lo hayas dicho.

—Era forzoso que te lo dijera porque ya no podía soportar la idea de que nuestra vieja intimidad hubiera muerto. Pensé que te gustaría que te lo dijera, que quizás hasta te causase más placer que dolor.

—Tal vez tengas razón, pero no por eso deja de ser un golpe…, jamás se me había ocurrido siquiera algo así.

—Eso era lo que más me dolía. Me parecía bajo y ruin abusar de semejante confianza.

—No tanto confianza, supongo, como desconocimiento de los hombres.

—En ese sentido ambos éramos muy ignorantes. También para mí fue una sorpresa cuando ocurrió, pero, al parecer, estas cosas suceden en la realidad — después, para expresar en alguna forma su noción de la imposibilidad de prever el destino, añadió—: También podría haberte ocurrido a ti.

—Muchas oportunidades tengo, encerrada en casa con tres chicos que atender — ambos soltaron una risita nerviosa, y él se sintió increíblemente agradecido.

—¿Puedes decirme quién era, al menos? —preguntó ella —. ¿Alguien que yo conozco?

—Sí. Y te advierto que esto va a ser otro golpe para ti.

—¿Quién?

—¿No adivinas?

—¡Serena Stewart!

Peter asintió mirándola a los ojos.

—¡Oh, Peter!

—Te dije que iba a ser un golpe.

—Pero es por lo que sucedió…; ¿es que acaso todavía no había terminado cuando ella murió?

—No —mintió Peter, considerando que ese pequeño detalle cronológico era totalmente irrelevante en lo que atañía a Margaret —, había terminado hacía cierto tiempo.

—¿Riñeron?

—No, sencillamente la situación se tornó muy insatisfactoria.

—Bueno, por lo menos eso es una suerte.

—¿Qué es una suerte? —Que haya terminado antes, en vez de continuar hasta ese espantoso asunto de su muerte.

—Sí —ahora Peter ansiaba apartarse de aquel aspecto del tema —. No estás demasiado desilusionada de mí, ¿verdad, Margaret?

—Aun cuando lo estuviera no tendría valor para decírtelo viéndote tan desesperado — en el fondo estaba contenta de verlo regresar a ella, arrepentido y contrito; de estar junto a él como antes.

—Pero ¿lo estás?

Sintiéndose segura de su marido, y de que era suyo ahora más que nunca, Margaret respondió:

—No, creo que no. Pero ¿por qué no me lo dijiste antes si te remordía tanto la conciencia?

—No estaba muy seguro de cómo lo tomarías. A veces me parecía un episodio trivial que no valía la pena mencionar, y otras me abrumaba bajo el peso oscuro del pecado, y temía que a ti te causara la misma impresión.

—Santo cielo, ¡qué conciencia de melodrama tienes! — después, con una sonrisa tímida, añadió—: No soy tu madre, recuerda.

—Gracias a Dios.

—Tu madre adivinó que Serena andaba tras de ti; por eso la odiaba tanto.

—¿Y tú no lo adivinaste?

—Sabía que la atraías, pero, en honor a la verdad, la mayoría de los hombres parecían atraerla.

—Margaret, ya que estamos en esto, quiero tener la conciencia limpia… Cuando afirmé que no era nada serio no te dije toda la verdad. Ella me fascinaba.

—¿Te enamoraste de ella?

—Creo que sí.

—¿Y te parece que en el discurso de apertura de la defensa no aclaraste bien el punto, de manera que ahora deseas que se lo considere en mayor detalle? ¿No es eso lo que dicen en los juicios?

El hombre inclinó la cabeza, reconfortado por la amonestación risueña de su mujer.

—Pero no fue lo mismo que cuando me enamoré de ti.

—Probablemente lo fue, con la diferencia de que tenías veinte años más. Yo diría que enamorarse es siempre más o menos lo mismo.

—No, no es lo mismo; depende de cómo sea la otra persona.

—No creo que uno sepa eso cuando está enamorado.

—Pero no tarda mucho en descubrirlo.

—Sí, cuando ya está en vías de restablecerse.

—No siempre.

—Quizá. Me doblas en experiencia en ese terreno. ¿O es que acaso hay más confesiones de esa índole?

—No —respondió Peter—, eso es todo.

—¿Me permites una pregunta? ¿Fuiste con ella a aquel departamento?

Peter bajó la cabeza…

—Qué suplicio debe haber sido para ti —dijo Margaret, expresando la idea que la impulsara a formular la pregunta.

Esa noche Peter permaneció despierto hasta que la luz grisácea del nuevo día de diciembre comenzó a diluir la oscuridad en la ventana. El alivio que le procuró la confesión amputada, infinitesimal, solo ardió un instante para apagarse enseguida como un fósforo en la noche polar, Y ahora su proximidad a Margaret le daba vértigos. Resultaba más fácil llevar su secreto manteniéndose a cierta distancia que marchando por el borde mismo del precipicio. Se preguntó si Margaret no vería de pronto la verdad, ahora que él mismo le había dado una pista. Estaba seguro de que mientras le confesaba su pecado ella no había pensado siquiera en semejante posibilidad. Pero ¿y si cuando se detuviera a reflexionar sobre los hechos, una y otra vez, las dos mitades de la verdad — lo que había dicho y lo que callara— se unieran de pronto al conjuro de la intuición? Sin embargo, la posibilidad no lo atemorizaba demasiado. Quizá le había contado la parte de sus relaciones con Serena para que ella adivinara el resto por sí sola; lo adivinara, pero que fuese como si continuara ignorándolo.

Pero Margaret no adivinó nada. La aventura amorosa, aunque sorprendente, cabía dentro de las posibilidades. Mas aquella oscuridad que la acompañaba, a pesar de estar al alcance de sus manos, escapaba empero a los límites de su imaginación.

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