La Maldición de Ithirïe
9 El último sol
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El último sol
Solarïe.
Los cinco soles cruzaban el cielo de la ciudad de Solandis en su arco perfecto. El gran Solandis, enorme, viajaba orgulloso seguido por Luthus, Qentris, Cálime y el pequeño Nur. Laila jamás los había visto tan espléndidos. Era como si se hubiesen puesto de acuerdo para brillar más intensos que nunca. No había ni una nube que los empañara, y la brisa callada traía semillas de vilanos y flores envueltas en dulces aromas de los campos dorados, que comenzaban por fin a revivir.
Pero nadie sonreía. Nadie sentía el gozo en su interior. La extensa explanada a las afueras de la ciudad estaba abarrotada por la Bella Gente. Laila nunca había visto tal muchedumbre de hadas. Y seguían llegando, de todos los reinos, de los rincones más alejados de Faerie. Duendes, shilayas, solarïes, airïes en barcos alados y lunarïes desde la oscuridad, hadas blancas y albanthïos de Tirennon, seres extravagantes que se ocultaban en los bosques, figuras retorcidas como árboles secos que si se miraban con más atención, se descubría su imagen camuflada envuelta en hojas, pixis silenciosas reunidas en nubes que intentaban no producir sonido alguno, pequeñas hadas serpentinas de las que Laila jamás había oído hablar, ninfas, doncellas oscuras, mariposas e insectos que en verdad eran otra cosa, y un sinfín de criaturas que llenaban los campos dorados hasta donde alcanzaba la vista. Y todos, sin excepción, vestían con el luto de Solarïe.
Aquella marea roja miraba con ansiedad hacia los muros de luz de la ciudad de Solandis, tan altos y radiantes como la aurora boreal, y todos esperaban inmersos en un silencio de muerte.
Cuando Cyinder se marchó llorando de la habitación, Laila, Aurige y Nimphia se habían quedado heladas al oír la terrible noticia.
—No lo puedo entender —negaba Aurige con un susurró—. Hicimos un milagro para devolver un Grano de las Arenas de Solarïe, arriesgamos nuestras vidas en ello, se nos acusa de haber robado el Agua de la Vida a consecuencia de haber entrado en Acuarïe… ¿y ahora esto? ¿Hellia va a pedir su Último Deseo así, como si fuese un capricho?
Laila y Nimphia no sabían qué responder. La nueva situación les superaba por completo. Las había dejado tan asombradas que era imposible pensar en nada.
—Yo voy a ir —anunció Nimphia con la voz entrecortada.
—Justo lo que necesitamos —contestó Aurige—. Que encima te expongas al peligro máximo cuando estás segura aquí dentro.
—Tengo que entender esto, lunarïe —replicó ella con decisión—. Vamos a ir todas, incluida Laila. Me da igual que me detengan los albanthïos, me da igual romper el exilio, que por otra parte ya lo estoy rompiendo, pero voy a ir.
Laila sintió un peso enorme. Las cosas se estaban poniendo feas y abandonar aquel último refugio, para presentarse ante toda la realeza en medio de Solarïe, le parecía tremendamente descabellado. Aurige pareció perderse en pensamientos oscuros, pero al final asintió moviendo la cabeza.
—Iremos —murmuró—, pero después de esto, ya nada será igual.
Y ahora estaban allí. La Universidad había cerrado sus puertas en señal de duelo, y todos los alumnos se habían marchado a sus respectivos reinos para después viajar a Solarïe. Para presentar sus respetos y su último adiós a la antigua reina Hellia.
Ellas tres abandonaron la ciudad de Tirennon en medio de la noche, furtivas, viajando a toda velocidad en el Mustang rosa. Llegaron a Solandis antes que nadie y Laila contempló la ciudad asombrada.
Era cierto lo que Cyinder les contó. Todo había cambiado. La populosa avenida de Qentris era ahora una explanada llena de templos de singular belleza. Un edificio acristalado le recordó a la propia Universidad Blanca; probablemente fuese la nueva biblioteca de la que su amiga les había hablado. No había cines, ni lujosas tiendas abiertas, ni escaparates barrocos ofreciendo espectaculares mercancías. Todo parecía haberse vuelto recatado y serio, señorial pero uniforme. Los edificios venecianos con sus banderines ya no existían, e incluso descubrió remodelaciones en las abandonadas barriadas exteriores. La periferia gris y misteriosa estaba dando lugar a palacetes blancos, anfiteatros y galerías de arte.
Y entonces se dio cuenta precisamente de eso: los nuevos edificios eran blancos. Tan blancos como Tirennon. Tan serios y fríos que repelían. No había bullicio alguno por las calles y los pocos solarïes que encontraron a su paso tenían los ojos apagados y aspecto abatido.
Amaneció Solandis y después el resto de soles. Y por una vez, el gran sol no quiso descender hacia el ocaso cuando Nur comenzó a destellar por el este. Los cinco astros se suspendieron en el cielo dorado, esperando, igual que toda la Bella Gente que inundaba las afueras de la ciudad.
Se confundieron con el gentío, ocultando su presencia con trajes rojos de luto y pañuelos en la cabeza, y aunque Nimphia quiso estar junto a su madre, Aurige fue tajante y la arrastró hacia las riadas de gente que acudían de todos los puntos de Faerie.
Llegó la reina Blanca acompañada de sus sacerdotisas y una cohorte de albanthïos. Seguidamente aparecieron, rodeadas de sus escoltas personales, la reina Zephira con el rostro pálido y cansado, Eriel y otra chica más joven que debía ser Shiza, la hermana menor de Nimphia. Laila notó que su amiga parecía a punto de llorar. Luego las condesas de Nictis y la duquesa Geminia, reina en funciones de Lunarïe; Oberón y Árchero con un impresionante cortejo de duendes, y entonces sintió que Aurige se sobresaltaba: con un sencillo vestido púrpura, sin joyas ni ornamentos, la reina Titania estaba allí.
Se colocó junto a Oberón y un murmullo de desagravio recorrió el cortejo de condesas. Titania no hizo ni el más mínimo caso y sin hacer ningún gesto ni apenas moverse, buscó por entre la multitud hasta reconocer a su hija. Entonces las estrellas de sus ojos parecieron brillar.
En ese momento, el aire se llenó de trompetas y los heraldos de Solarïe anunciaron la llegada de Hellia. Todo el mundo intensificó sus miradas estirando los cuellos por encima de la muchedumbre de cabezas. Poco después, el carruaje dorado de Hellia tirado por unicornios blancos atravesaba los muros de luz, y los guardianes le abrieron la portezuela de la carroza arrodillándose ante ella. No era la reina de Solarïe, pero sus vasallos la trataban como si lo fuese.
Y Hellia bajó los peldaños despacio, con firmeza, y de nuevo un murmullo de desaprobación recorrió las filas de Lunarïe. La antigua reina lucía un traje dorado, lleno de diamantes y joyas, con su boa de plumas del que nacían fresas y frambuesas alrededor del cuello. Era la única que no vestía de luto.
Después bajó Cyinder, con un traje que parecía hecho de sangre y los surcos rojos recorriendo su rostro. No había dejado de llorar en ningún momento y su aspecto fatigado daba a entender que se había pasado las horas tratando desesperadamente de convencer a su madre para que desistiese de toda aquella locura.
Los campos de Solandis permanecían mudos, congelados en el tiempo. La que antaño fue soberana de Solarïe miró orgullosa al resto de reinas de una en una, con la cabeza muy alta, con una dignidad real que emanaba de todos sus poros, y luego se dio media vuelta enfrentándose a la muchedumbre de Ïalanthilïan.
—Oídme todos —demandó con su voz regia, y si por algún lado hubo algún susurro, se acalló de inmediato—. Quiero que sepáis la verdad…
El rostro de Maeve pareció contraerse de tensión por un sólo segundo.
—Y la verdad es… —siguió Hellia—, que deseo de todo corazón que nadie llore hoy, ni sienta pena por mí —hizo una pequeña pausa ante la atenta mirada de la muchedumbre—. Hoy es el día que de verdad mi vida tiene sentido.
Se giró de soslayo un momento, un instante apenas perceptible para observar a la reina Maeve, y en sus ojos dorados había un destello de… ¿burla?
—Sé lo que muchos pensáis de mí —continuó su discurso—, y también sé todo lo que está ocurriendo. Por eso quiero que sepáis que no hago esto por vosotros, ni por Ïalanthilïan, ni siquiera por Solarïe… La única verdad es que lo hago por la persona que más amo: mi hija Cyinder, la verdadera reina de los soles.
Cyinder sollozó en medio de los murmullos de la gente. Hellia se volvió hacia ella un segundo y la besó en la frente. Aunque su hija trataba de retenerla a toda costa, se soltó de su mano y sin volver la vista atrás, se alejó con su boa de plumas, sola, hacia la multitud.
Las gentes se apartaron del camino a su paso, un océano arrodillándose ante ella, mientras su silueta se volvía más pequeña y solitaria bajo la luz de los cinco soles que parecían acariciarla. El resplandor les cegó haciendo brotar lágrimas, y su figura se fue disolviendo en la distancia hasta que ya nadie pudo verla. De repente una explosión de luz recorrió cada alma, cada brizna y cada rincón de Solarïe, y un destello surcó los cielos, subiendo hacia arriba cada vez más, hasta situarse junto al sol Nur, y allí brilló eternamente siguiendo la estela del gran Solandis para siempre.
Y justo en ese momento, todo Ïalanthilïan miró al cielo a la vez. Quizás muchos nunca supieron por qué. El Viento del Sur detuvo un segundo su lucha titánica contra los tres Señores de los Vientos; el dragón Udronsanthïl elevó su cuello hacia las alturas del océano de Acuarïe ante la tumba de su hermano; las grises nubes se retiraron y el sol envió sus primeros rayos sobre la corrompida tierra de Ithirïe… La oscuridad que se abatía lentamente pareció retroceder y muy lejos, en los páramos nevados de Nan-Og, Miranda miró hacia lo alto un instante y sonrió con una sonrisa muy bella, llena de luz.
—Es la hora —dijo por fin.
Primero empezó como un murmullo, y luego fue creciendo cada vez más hasta convertirse en un rugido atronador que hizo que toda la tierra temblase. Los solarïes aplaudían a su reina Hellia y a su nuevo sol, y pronto se unió la inmensa muchedumbre que abarrotaba los campos dorados.
Laila, Aurige y Nimphia se habían acercado ocultas entre la multitud, intentando por todos los medios llegar hasta Cyinder y hacerle una señal, un gesto de consuelo, algo que calmase aquella horrible congoja. Los albanthïos protegían a las reinas y a las princesas de un posible tumulto, pero al final consiguieron acercarse lo suficiente como para poder escuchar sus palabras.
—Patético —exclamaba Geminia sin piedad ante una Cyinder que lloraba arrodillada en el suelo, contemplando un brillante grano de arena en su mano—. Podía haber pedido cualquier cosa: poder, gloria para Solandis, que su gente se volviese inteligente… ¿Y qué ha hecho? Abarrotar el cielo con otro sol más.
—Querida Cyinder —se inclinó Maeve para ayudarla a levantarse, tratando de hacerse oír por encima de los aplausos que seguían atronando los campos—, tienes que ser fuerte ahora. Tu pueblo todavía no entiende lo que intentas hacer por ellos. Creen que esto ha sido un nuevo espectáculo, pero con mi ayuda…
—Reina de Solarïe —interrumpió Titania en ese momento, con una voz tan fría y cortante que hasta la propia Maeve se sobresaltó—. Nunca llegué a entender a tu madre. Siempre pensé que Hellia no era más que una mariposa a la que los vientos arrastraban de un lado a otro, pero hoy…
—¡Titania, nadie te ha dado permiso para hablar! —exclamó Geminia, tan altiva y odiosa que Aurige apretó los puños. Hasta su hija Núctuna a su lado pareció estremecerse—. De hecho, nadie te ha invitado ni se te ha permitido salir de tus aposentos de Nictis.
Titania se giró hacia ella, su rostro como un diamante perfecto.
—Duquesa Geminia —le dijo recalcando su título—. Mientras yo no esté presente te podrás hacer llamar reina, marioneta o bufón, no es de mi incumbencia. Pero delante de mí, jamás te atrevas a faltarme al respeto.
La duquesa pareció quedarse congelada, con las facciones contraídas de furia, y miró a Titania largamente hasta que, de repente, agachó la cabeza casi balbuceante y se arrodilló ante ella. La reina Titania apartó la vista como si sólo se hubiese cruzado con un insecto desagradable y volvió a mirar a Cyinder.
—Nunca vuelvas a permitir que alguien mancille el nombre de tu madre —siguió —, pues lo que ella ha hecho hoy nos debería servir de ejemplo a todas.
Y delante de las miradas atónitas de las reinas se dio media vuelta dirigiéndose a Oberón.
—¿Nos vamos, querido? —le dijo cogiéndole del brazo.
—Por supuesto —contestó él con una reverencia y una sonrisa enorme.
Aurige se tapó la boca para evitar soltar una carcajada al ver las caras de todos y Nimphia la obligó a agacharse mientras Oberón y la reina Titania se alejaban hasta desaparecer.
—¿Qué quiso decir tu madre con lo de que la muerte de Hellia tenía que servir de ejemplo para todas? —preguntó Laila tumbada en su cama de la Universidad.
—No quiero saberlo —respondió Aurige—. Probablemente lo dijo por fastidiar a Maeve y a Geminia, no me extrañaría.
—Pues a mí me pareció sincera —dijo Nimphia con lágrimas en los ojos, mirando el paisaje blanco desde la ventana.
Laila contempló a su amiga con pesar. Desde que habían vuelto de Solarïe, estaba muy seria y taciturna. El haber visto a su madre y a sus hermanas, mientras que ella tenía que permanecer lejos y a escondidas, había sido un golpe muy duro.
Y para colmo de males, Cyinder había decidido quedarse en Solandis. No volvería más a la Universidad, y aunque no estuvieron nunca juntas en Tirennon, el hecho de saber que estaba lejos y sola les llenaba de una tristeza demasiado grande para expresarla con palabras.
—Geminia es una bruja —comentó Laila intentando sacar alguna sonrisa—. Aunque tenga razón con eso de abarrotar el cielo de Solarïe con otro sol innecesario. Es una víbora.
—Eso me recuerda que debemos estar preparadas por si viene Núctuna —se incorporó Aurige de la cama volviendo a revisar la Telaraña de la Oscuridad que había colocado en la puerta—. Haremos turnos de vigilancia esta noche. Vendrán. Apuesto mi ala derecha a que no nos harán esperar mucho.
Laila sintió que todos los pelos se le ponían de punta.
—Empezaré yo —dijo Nimphia notando su desasosiego—. Si hay suerte vosotras podréis dormir toda la noche. Yo no tengo sueño.
Las otras asintieron y Laila volvió a sentir pena por ella. Cuando el sol se puso, hizo un pequeño banquete de galletas y pastas, y con un esfuerzo enorme consiguió crear tres brillantes volcanes de lava azul.
—En tu honor —le dijo a Nimphia, que sonrió por primera vez en la tarde.
—No serán venenosos, ¿no? —preguntó Aurige mordisqueando uno con cautela.
—Ojalá te atragantes —se rió ella dando un gran bocado a su pastel. Luego la miró retadora.
Aurige se rió y todas parecieron recobrar los ánimos. Luego se acostaron y durante un buen rato Laila no pudo dejar de pensar en su padre. Llevaban una eternidad separados. Le echaba tanto de menos que le dolía pensar en él. Pero por otro lado, era como si se hubiese acostumbrado definitivamente a vivir en Faerie. Ella era una ithirïe y su padre lo entendería. Estaría triste un tiempo pero lo comprendería, estaba segura. Volvió a mirar a la figura de Nimphia recortada contra el ventanal lleno de estrellas y poco a poco se durmió.
Las horas pasaron. Nimphia contemplaba el cielo oscuro, y aunque sus pensamientos viajaban a Airïe una y otra vez, sus oídos permanecían alerta controlando el sueño de las otras. Si se concentraba sería capaz de escuchar el vuelo de una mosca tres habitaciones más lejos. De repente la respiración acompasada de una de sus amigas se cortó y ella se volvió alarmada. Aurige se había incorporado en la cama, pero ella no había escuchado ruido de peligro alguno en los pasillos y la miró con la duda pintada en la cara.
—¿Qué ocurre? —susurró muy bajito para no despertar a Laila.
—No sé, Nimphia —respondió la lunarïe negando con la cabeza—. No me encuentro bien.
Ella la observó preocupada y se acercó al borde de la cama.
—Es normal —cuchicheó—. Las del gremio de Lunarïe son muy buenas…
—No es por el gremio de Lunarïe.
—¿Entonces? —susurró ella después de unos segundos en silencio.
—¡No puedo olvidarme de él! —dijo la otra agarrándola de los hombros con las manos crispadas—. Esto es espantoso. No me había pasado algo así en mi vida, y no puedo permitirlo.
Había subido el tono de voz sin darse cuenta y Laila se agitó inquieta. Sus dos amigas permanecieron en silencio hasta que la respiración volvió a ser tranquila.
—Mi tía me hizo una maldición —siguió Aurige, casi imperceptible—. Ahora lo entiendo.
—No digas eso. Lo que sientes es algo muy bonito, no deberías despreciarlo.
—Es un nemhirie, Nimphia —contestó ella entrecerrando los ojos.
—¿Y qué?
Aurige negó con la cabeza.
—Yo soy lunarïe. Sería como un crimen contra mi madre.
—¿Y eso te preocupa? ¿Desde cuándo tienes en cuenta a tu madre?
—No es eso, es que no sé qué hacer.
—Precisamente Laila sabe de nemhiries más que nadie —siguió la otra—. Ella te podría dar algún consejo.
—No necesito consejos. Lo que quiero es olvidarle.
—Calla… —susurró Nimphia observando la puerta de repente, y luego la miró a los ojos—. Ya vienen.
Los recuerdos de Jack Crow desaparecieron como por arte de magia y Aurige despertó a Laila en medio del silencio más profundo. Ella abrió los ojos llena de pánico y entre susurros la pusieron rápidamente al corriente. No se escuchaba nada, pero si Nimphia había dicho que venían, no podía hacer otra cosa que prepararse. Cuando el pomo de la puerta comenzó a girar, el corazón pareció que se le iba a salir por la boca.
El picaporte llegó hasta el tope y entonces se detuvo. Todas notaron el intento fallido de empujar la puerta y Aurige se rió en voz alta.
—Creíste que iba a ser muy fácil, ¿verdad, idiota? —gritó y el pomo volvió de inmediato a su lugar.
—Tenemos una sorpresa para ti, Aurige —sonó la voz melosa de Núctuna—. No nos hagas perder el tiempo. Abre y sólo meteremos tu asquerosa cara en el regalito que hemos traído de Nan-Tasïr en tu honor.
Se escucharon muchas risitas y Nimphia puso cara de horror. Laila iba a preguntar pero de repente se escuchó el golpe brutal de alguien tratando de tirar la puerta abajo y luego un gemido ahogado.
—¡Uy qué daño! —se carcajeó la lunarïe—. ¿Quién ha sido, la estúpida de Nandia? Siempre supe que su cerebro no funcionaba.
La puerta se volvió de color negro y algunas grietas incandescentes aparecieron en su superficie. De inmediato Nimphia envió una ráfaga de viento helado que la devolvió a la normalidad. Tras eso se produjo una pausa silenciosa.
—¿Nimphia? —sonó una voz tras la puerta, y la muchacha se quedó helada—. ¡Qué sorpresa! Me va a encantar ver la cara de mamá cuando sepa que estás desobedeciendo la ley de la reina Maeve.
—Vete, Eriel, no te mezcles en esto —contestó Nimphia alarmada—. Ellas no te quieren, sólo te están usando. Al final se volverán en tu contra.
El pasillo se llenó de risas malignas.
—Eriel sabe que somos sus amigas —dijo Núctuna mientras varias aspas de luz se incrustaban en la madera haciendo saltar astillas—. Nosotras no somos traidoras, ni se nos ha condenado al exilio.
—¡Qué pena! —contestó Aurige reforzando la tela de araña desde dentro—. Traidoras supondría alguna luz de inteligencia en esos cerebros. Pero no sois más que cucarachas.
De nuevo se produjo otro silencio.
—¡Qué buena idea, Aurige! —sonó la voz alegre de Núctuna—. ¿Te acuerdas de quién nos enseñó este truquito? Fuiste tú…
Y entonces comenzó a oírse un murmullo sordo, un eco que crecía como un zumbido de avispas furiosas y Laila miró inquieta a su amiga. Aurige se alzó un palmo del suelo y Nimphia la imitó.
—¿Qué ocurre? —preguntó alarmada.
—Súbete a la cama, Laila —ordenó la lunarïe con la cara muy seria.
—¿Por qué?… —empezó balbuceando.
Pero ya no hubo tiempo para más. Por debajo de la puerta empezaban a entrar insectos. Primero pequeñas arañas y gusanos y luego cosas cada vez más grandes hasta convertirse en un río de escarabajos, cucarachas, moscas y un sinfín de bichos asquerosos que parecía no acabar nunca. Laila chilló espantada mientras el suelo se inundaba con una marea negra de zumbidos y crujidos que le revolvía el estómago. Nimphia enviaba trombas heladas tratando de detenerlos y Aurige los capturaba con telas de araña. Pero seguían entrando sin cesar, no iban a detenerse hasta invadir la habitación.
—¡Abre la puerta! —gritaba Laila horrorizada, de puntillas sobre el colchón, viendo cómo varios insectos trepaban por las sábanas directamente hacia ella.
—¡Conviértelos en arena! —exclamó Aurige lanzando una nueva salva de telarañas que estaban inundando el suelo de pequeños volcanes palpitantes llenos de zumbidos furiosos.
—¿Tengo que tocarlos? —jadeó ella aplastándose contra la pared—. No puedo…
Aquello era una pesadilla horrible y desde el pasillo les llegaban las risas crueles y los silbidos incitando a abrir.
—¡Estamos esperando! —gritaba Casiopea—. Auriiiigeeeee, abre la puertaaaaa.
Muchos bichos habían comenzado a volar y Laila trataba de espantarlos a manotazos, chillando de asco y de miedo. En el suelo, la marabunta se estaba devorando a sí misma. Los asquerosos insectos se abalanzaban unos sobre otros con un hambre desquiciada. Los libros sobre la mesita habían desaparecido en pocos segundos.
—¡Abre, por favor! —suplicó a punto de llorar cuando su cama era ya una manta oscura de escarabajos y cucarachas—. ¡Nos van a comer vivas!
—¡Haz caso a la nemhirie llorona! —gritaba Núctuna en medio de una risotada.
Pero la lunarïe seguía luchando contra los millares de insectos que se posaban en sus ropas y en sus cabellos con un murmullo creciente. Las paredes estaban ya negras, repletas de una masa viviente que crujía de forma abominable. Cuando Laila vislumbró la idea de abrir la ventana y arrojarse al vacío, se escuchó un golpe sordo proveniente del pasillo seguido de varios gritos ahogados y pasos corriendo. Más golpes y de pronto el silencio. Un silencio desagradable, pues los insectos habían dejado de zumbar todos a la vez y comenzaban a retirarse.
Se marchaban en riadas crepitantes, huyendo y reptando a toda velocidad, aplastándose por la rendija de la puerta con su sonido asqueroso. Fuera ya no se oían risas.
—¿Qué pasa? —susurró Nimphia, temerosa, tratando de escuchar algo en medio de aquel murmullo de marabunta.
—Ni idea —contestó Aurige pisando las últimas arañas sin compasión.
—Por favor, que esto no ocurra nunca más —imploró Laila desde la cama, sin atreverse a dar ni un paso.
Y entonces la puerta estalló. La Telaraña de la Oscuridad brilló un segundo pero después cayó al suelo convertida en un amasijo de hilos humeantes. Laila se encogió pegada al rincón con el corazón palpitándole desbocado. Aurige y Nimphia habían retrocedido junto a ella, impresionadas, y la lunarïe hacía girar aspas de luz alrededor de sus dedos.
—Me molesta mucho la mala educación de los jóvenes de hoy en día —dijo una figura en la entrada envuelta en sombras.
Parecía un ser monstruoso, achaparrado y deforme con dos cabezas, pero de repente una de las cabezas echó a volar y dando un gritito agudo se posó en el hombro de Aurige dándole un picotazo cariñoso. Laila y Nimphia la miraron boquiabiertas, pero entonces el ser achaparrado sacó del bolsillo una varita mágica y la hizo destellar en medio de la oscuridad.
—Y además, los bichos me ponen enferma —añadió Violeta.
Tras la sorpresa inicial que les había dejado sin habla, Nimphia salió corriendo al pasillo para comprobar lo ocurrido. Nandia y Casiopea estaban tiradas en el suelo, inconscientes, pero todas los demás parecían haber huido. Un cubo de madera desparramaba un contenido de arenisca blanca y ella lo miró con aprensión. Buscó a su hermana y al no encontrarla, suspiró aliviada.
—¿Estáis bien, no? —preguntaba en ese momento Violeta, agitando su varita para reparar la puerta hecha añicos—. Siento el estropicio, pero tenía que asegurarme de que no os había pasado nada.
—Pero… pero… —Laila no salía del asombro.
—¿Que cómo sabía lo que estaba ocurriendo y por qué llegué en el momento justo? —añadió la shilaya con un guiño—. El Ojo de la Muerte me lo dijo. Tenía que haber llegado antes, pero mis huesos están ya muy viejos para tanto trote.
—A mi tía le voy a decir un par de cosas —dijo Aurige acariciando suavemente las plumas de la arpía, que se había acurrucado como un pajarillo feliz—. Y Monique está muy delgada. No le ha dado de comer correctamente.
Violeta se puso muy seria.
—Me temo que eso va a ser imposible —susurró con voz entrecortada.
Se sentó en una silla pareciendo de repente muy vieja y cansada. Bajó la vista y trató de esconder inútilmente unas lágrimas.
—¿Qué ocurre? —se acercó de inmediato Nimphia.
—Miranda ha muerto —anunció solemne y todas abrieron la boca asombradas.
Se produjo un gran silencio, roto tan sólo por algún gritito de la arpía. Laila miró a sus amigas mientras asimilaba la funesta noticia, y en sus caras leyó la misma incertidumbre.
—¿Cómo que ha muerto? —repitió Aurige, incrédula—. No puede ser. Ella sabe perfectamente cuándo ocurren las cosas…
Violeta asintió despacio y Laila sintió que se perdía tratando de entenderlo.
—Señorita Violeta, ¿ella sabía que iba a morir y no lo evitó? —formuló Nimphia la pregunta asombrosa que les carcomía a todas.
—Ya os lo dijo en Sïdhe —asintió ella llorando de nuevo—. Yo no quise creerla, pero me obligó a acompañarla porque ya no veía nada más que sombras. Esperó hasta que se cumplió la señal y entonces…
Un gemido ahogado le impidió continuar y se tapó la boca con un pañuelito bordado.
—¿Qué señal? —preguntó Aurige, todavía confundida.
—El último sol de Solarïe —respondió ella—. Esa era la señal y yo no lo sabía. No pude impedirlo porque dejé a mis estrellas abandonadas en mi torre.
Sollozó amargamente y durante un buen rato ninguna dijo nada. La anciana respiró tratando de serenarse.
—Tenemos que marcharnos —dijo de repente poniéndose en pie—. He venido a buscaros porque me temo que el Ojo os necesitará. No sé de nadie más que pueda ayudarla.
—¿El Ojo? —se sorprendió la lunarïe con la cara muy seria.
—¿Pero no ha dicho que Miranda ha muerto? —dijo Laila llena de asombro.
—Mi amiga está muerta, sí, pero el Ojo no —y apretó los labios pareciendo que no quería decir nada más.
—¿Ha dicho «ayudarla»? —preguntó Nimphia.
—Sí, a ella, al Ojo de la Muerte.
Todas permanecieron en silencio. Fuera la noche empezaba a clarear, pero no eran más que tenues colores cambiantes en el bordado de estrellas. Violeta miró por la ventana y pareció calcular el tiempo.
—Debemos irnos ya —insistió con firmeza—. Habremos salido de Tirennon sin que nadie nos vea, pero atravesaremos Nan-Og durante el día. Así no habrá peligro.
—Mire, con todos esos enigmas que usted no quiere contarnos no vamos a ir a ningún sitio —Aurige se cruzó de brazos—. ¿Por qué tendríamos que acompañarla así, por las buenas? Mi tía ha muerto. Yo creo que su deber es informar a mi madre, y que sea ella quien celebre su funeral y se encargue del Ojo, que dicho sea de paso, es el tesoro sagrado de Lunarïe por si no lo recuerda.
Violeta la miró con una intensidad sobrecogedora.
—Eso conlleva ahora un pequeño problema —susurró bajando la vista al suelo—. No quería decir nada hasta que estuviésemos allí, pero ahora mismo todo se ha vuelto muy complicado. Miranda era mi mejor amiga, yo la quería más que a nadie, pero su venganza ha sido terriblemente malvada.
—¿Su venganza? —se sorprendió Laila.
—Sí, ella lo planeó. Sabía exactamente cómo y cuándo iban a ocurrir las cosas, y decidió morir cuando tuvo todos los cabos atados.
—¿Y contra quién quiso vengarse? —preguntó Nimphia.
Ella guardó silencio un momento. Parecía resistirse a contarlo y miró a Aurige, que permanecía en su decisión de no moverse del cuarto.
—Contra Titania —susurró por fin—. Por todo lo que le hizo. Por la locura que sufrió toda su vida y la amargura que la consumió durante milenios, mientras Fahon se pudría en la Torre de Cálime sin que nadie levantase un dedo… En realidad Miranda se ha vengado de todos nosotros.
Todas la miraban atónitas y Laila sintió frío. El sentimiento de algo terrible la invadió, pero no lograba comprender los hilos que se movían en la distancia.
—¿Pero qué ha hecho? —preguntó Nimphia, asustada.
—¿Sabéis? Yo intento comprenderlo —susurró Violeta—, intento averiguar hasta dónde llegaba su mente, pero ella veía el futuro. Mucho más allá de lo que podamos imaginar, y al final sólo vio sombras. Sombras que crecían hasta dominarlo todo.
La habitación parecía cargada de electricidad estática.
—¿Con eso se está refiriendo a los tenebrii? —preguntó Aurige con la boca seca.
—No lo sé. Quiero pensar que al final no quiso tomar parte y prefirió morir antes que someterse a la boda con el rey de Throagaär, pero su última elección tiene consecuencias muy graves. Quizás sea lo que lo desencadene todo…
—¡Pero cuál! —se exasperó Aurige—. ¿Qué elección hizo mi tía?
—Una elección muy grave, no quiero creer que quiso ensañarse con ella —seguía la otra perdida en sus propios pensamientos, negando con la cabeza una y otra vez—. No, no ha podido condenar a la muchacha a vivir esa existencia. Además, esperó al sexto sol y eso será lo único que nos salve si la reina de Solarïe se da cuenta a tiempo…
—¿Pero qué pasa con Cyinder? —inquirió Nimphia de pronto muy asustada—. ¿Miranda la eligió a ella? ¿Esa fue su elección?
—No, no, ella no.
—¡Entonces! —exigió Aurige, crispada.
Violeta tragó saliva y sus labios temblaron cuando susurró:
—Le ha dado el poder del Ojo de la Muerte a Nïa, la hija de Ethera.