La Maldición de Ithirïe
12 Un plan lógico
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Un plan lógico
—Efectivamente, no me gusta nada todo esto —replicó Aurige negando otra vez con la cabeza—. Las posibilidades de llegar a Acuarïe de esta manera son descabelladas.
La reina Titania intentaba mantener la paciencia a duras penas. Habían despedido a todos los invitados y ahora se encontraban ellas tres y Árchero en los aposentos privados de la reina en Blackowls. El griterío eterno sonaba como ruido de fondo y Laila no sabía si la ira de la reina se debía a la oposición de su hija, o al perpetuo bullicio capaz de desquiciar al más santo.
—¿Cuántas veces he de decir que tiene que parecer casual? —repitió Titania.
—Claro, y es muy casual que Árchero se plante en Solarïe pidiendo la mano de Cyinder justo ahora. Es lo más casual del mundo.
Titania levantó las manos como invocando a algún dios que enviase un rayo a su hija allí mismo. Oberón, que hubiese podido convencer a Aurige con zalamerías y halagos, se había retirado alegando que iba a buscarle unas habitaciones dignas a Nïa, pero todos sabían que evitaba por cualquier medio participar en las tramas complicadas que Titania tejía una y otra vez.
—A mí no me importa sacrificarme —intervino Árchero con una sonrisa pícara y angelical a la vez—. Por el bien de Lunarïe, por supuesto.
Aurige lo fulminó con la mirada.
—Solarïe está de luto —dijo Nimphia—. Estaría fuera de lugar una proposición de matrimonio en estas circunstancias.
—¿Ves? Alguien con cabeza —agradeció la lunarïe.
Titania negó.
—Ahora entiendo por qué mi hija es incapaz de ver más allá de sus narices —dijo con voz afilada y Nimphia se puso roja como un tomate—. Con la llegada de Ethera y del reino Ithirïe, todo el mundo entendería que los reinos formasen alianzas entre sí y cuanto antes mejor. Es de lógica que Lunarïe busque aliados sin importarnos el luto de Solarïe, que de hecho y en otras circunstancias, no nos importaría en absoluto. Y nuestro plan ha de ser, sobre todo, lógico.
—Yo entiendo vuestra lógica perfectamente —afirmó Árchero, galante como de costumbre—. Sois muy sabia, majestad.
—¡Pero Cyinder se va a negar! —exclamó Aurige al borde del colapso.
—¡Y eso qué importa! —gritó la reina, perdida ya la compostura, y Laila estuvo a punto de echarse a reír ante la discusión de madre e hija, cada una tratando de imponer su voluntad en aquella especie de combate de boxeo—. ¿No te das cuenta de que tenemos que engañar a todo el mundo? Absolutamente a todos.
—Calmaos, bellezas —soltó el príncipe con descaro y ya ni Laila ni Nimphia pudieron aguantar más, bufando de risa—. Mi padre y yo podemos conseguir que cualquier doncella desee fervientemente someterse a tal sacrificio.
—No lo dudo —gruñó Aurige en voz baja.
La reina Titania suspiró profundamente.
—Empecemos otra vez.
—De verdad que tu madre es retorcida —dijo Nimphia dando una patada a una piedra del patio, delante del rastrillo de la muralla.
—La mente criminal más grande del planeta —parafraseó Laila una de sus películas favoritas, pero sus dos amigas la miraron llenas de asombro.
—Bueno, tampoco es para tanto —dudó Aurige algo molesta—. Inteligente sí, criminal no.
Laila estuvo a punto de echarse a reír pero se controló a tiempo. Lex Luthor debía ser un pobre pardillo en comparación con la reina de Lunarïe.
Se habían marchado del castillo para estar un rato a solas. Tanto plan detallado al extremo las estaba poniendo nerviosas y respirar aire fresco les vendría bien. A su alrededor, las grandes hogueras, los gritos de fiestas y ventas de mercancías parecían no acabar nunca, pero a pesar del jaleo todas se sentían mucho mejor allí.
—No hago otra cosa que darle vueltas al plan —siguió Nimphia—. Oberón y Árchero piden la mano de Cyinder, y en ese momento tu madre aparece y forma la grande. Y con la discusión de los dos, anulan la voluntad de Cyinder, que no entenderá qué está ocurriendo, hasta que ella se vea obligada a casarse para que nadie se enfade con Solarïe…
—Correcto —asintió Aurige.
—Entonces Cyinder nos invita a su boda, lógicamente, y allí nos atrapan los albanthïos para que Tritia pueda exigir el juicio y así nos colamos en Acuarïe.
—Retorcido, pero infalible —añadió Laila.
—Pues no me gusta.
—¿Y eso?
—Porque de resultas, Cyinder se casa, lo cual favorece a Titania para unir Solarïe y Lunarïe.
—Bueno, querer esa alianza es… «lógico» —dijo Laila, tratando de no pensar que todo aquello venía porque se iban a enfrentar a su propia madre.
—Sí, aquí todo es muy lógico —gruñó la lunarïe con cinismo.
—Pero yo quiero que Cyinder venga con nosotras —insistió Nimphia.
Laila guardó silencio. Titania tenía una mente demasiado enrevesada y además estaba segura de que no les había contado ni la mitad de sus planes, aquellos que harían que la reina saliese beneficiada de algún modo, más allá de la unión de dos reinos.
—Me apetece algo de comer, estoy cansada de planear y discutir, y todos estos líos me están dando hambre —anunció Aurige—. Tú ve haciendo los batidos, nemhirie, a ver si encuentro algo interesante.
Y se marchó hacia un carromato iluminado con multitud de velas del que salía un olor espantoso a azúcar quemado, dejando a las otras enfrascadas en la discusión. Al llegar inspeccionó las golosinas escrupulosamente. El dueño del puesto, un duende de pelo grasiento, le repetía una y otra vez que las mariposas confitadas, a diez cobres la unidad, le dejarían muy buen sabor de boca. Cuando fue a pagar por tres mariposas, una mano le sujetó la muñeca con fuerza.
—Así que te van los elfitos —le dijo una voz ronca al oído y el corazón se le disparó.
Pero no porque la hubiese pillado desprevenida un desconocido, sino porque aquella voz era, precisamente, demasiado conocida. Además, su aliento tan cerca le había erizado la piel.
—¡Qué haces tú aquí! —exclamó componiendo un rostro helado a toda velocidad.
Intentó escurrirse como una serpiente, pero Jack le aprisionaba con fuerza. Entonces la soltó con una mueca burlona.
—Mis intereses son cosa mía pero desde luego, no he venido a visitarte a ti.
—¿Y a mí qué me importa a quién vengas a visitar? —le espetó ella, furiosa.
Los dos permanecieron mirándose frente a frente. Las velas del carromato relumbraban en sus ojos y el duende, todavía con las mariposas confitadas en la mano, se escabulló hacia algún un lugar menos conflictivo.
—Paseaba por aquí, y al verte me he dicho: ¡Vaya, si es el hada de la luna que me debe un favor!
Aurige crispó los labios sabiendo que él intentaba picarla a propósito.
—¿Pero qué hace aquí el nemhirie? —les sorprendió de pronto la voz de Nimphia, que llegaba junto a Laila con cara de sorpresa.
Jack Crow las miró a las tres y sonrió.
—Además, veo que gracias a mí, rescataste con éxito a la señorita Winter de donde quiera que se hallase prisionera.
Laila lo contempló, todavía demasiado perpleja. Miles de preguntas luchaban por salir en aquel encuentro sin sentido, pero si fue a formular alguna, Nimphia las dejó alucinadas.
—¿Has invitado a un nemhirie a tu boda, Aurige? Lo que llegas a hacer por molestar a tu madre…
La lunarïe se quedó helada con la boca abierta, pero no menos que Laila.
—Y… ¿cuándo será el feliz evento, madame? —preguntó Jack, que había perdido la sonrisa.
—Pronto, pronto —contestó Nimphia sin dejar de observarle.
La lunarïe le dio la espalda y arrastró a Nimphia lejos, decidiendo entre matarla allí mismo o en cualquier callejón a oscuras.
—Ya nos veremos, señoritas —se despidió el hombre de negro dirigiéndose hacia el puente levadizo.
—Espera —le dijo Laila pensando deprisa—. A lo mejor podrías ayudarnos…
—¡Núctuna es una shilaya bondadosa en comparación con vosotras dos! —les increpó Aurige dando vueltas sin parar por la habitación, pisoteando con saña la alfombra de cachemira que abrigaba el suelo.
—Yo creo que es una buena idea que nos ayude —insistió Laila—. Cuando llegue el momento de la fuga contaremos con un brazo fuerte si las cosas se ponen feas.
—¿Un brazo fuerte? —se burlo la lunarïe, despectiva—. Cualquiera de mis aspas hace más daño que él. Y tú —acusó a Nimphia con el dedo—, ¿a qué ha venido el disparate de mi boda, por todos los dioses?
—Me gusta estudiar el comportamiento nemhirie —repuso la otra sacándole la lengua—. Resulta muy interesante ver su cara y la tuya cuando os peleáis.
—¿Me estoy perdiendo algo? —preguntó Laila, entre asombrada y divertida.
—A ver, Laila —inquirió Nimphia—, ¿cómo se hace para darle celos a un nemhirie? ¿Es eficaz o sois inmunes?
Laila se quedó con la boca abierta, y sus ojos pasaban de la expectante Nimphia a la malhumorada Aurige.
—No me lo puedo creer —respondió con cara de traviesa.
—No hay nada que creer —repuso la lunarïe—. Esta loca ve visiones.
—Muy bien, pues imaginemos una visión —rió Nimphia sin hacerle caso—. Si me gusta un nemhirie y le digo que me voy a casar con otro, ¿se pondrá celoso?
—Si tú le gustas a él, me imagino que sí —contestó Laila—, pero la verdad es que no tengo mucha experiencia, claro.
—¿Cómo que no? ¿Y el nemhirie del colegio?
Ella tragó saliva pensando en Daniel Kerry. ¿Celos? Si acaso era ella la que no soportaba a Sandy Madison y sus coqueteos.
—No somos inmunes —respondió por fin con la cara roja de vergüenza.
—Me da igual lo que creáis las dos —les dijo Aurige, altanera—, pero vais a poner en peligro el plan de mi madre. No le necesitamos para nada.
—Le usaremos para trabajar en el barco —suspiró Nimphia—. No se va a enterar del plan porque no se lo vamos a contar y además, ese plan lo vamos a cambiar un poquito.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Laila, muerta de intriga.
—Algo más lógico, no tanta parafernalia retorcida. El nemhirie nos vendrá bien cuando todo se ponga en movimiento.
—¿Te crees que no nos va a pedir nada a cambio? Tendremos que soportarle y luego nos exigirá una compensación.
—Pues si la pide, se la das —le soltó la airïe con descaro y Aurige se atragantó.
—De todas formas no ha dicho que vaya a venir —intercedió Laila, que veía que Aurige estaba a punto de estallar—. Dijo que se lo pensaría.
—Vendrá —rió Nimphia con un sonido de cascabeles en el aire—. Te aseguro que vendrá.
Cyinder contemplaba la estela de los seis soles en el firmamento. Ver el sol de su madre sin verter lágrimas le costaba un mundo, pero tenía que guardar la dignidad ante su pueblo. Más aún, debía mostrarse fría y comedida, y que las gentes estuviesen orgullosas de una verdadera reina.
Todavía resonaban en sus oídos las crueles palabras de Geminia, despreciable y odiosa, pero cargada de razón. ¿Por qué había sido ese el Último Deseo de su madre? Le podía haber dejado en herencia la grandeza, la cultura, la sabiduría… Pero no. Solarïe brillaba más recargado y luminoso que nunca. Y lo peor era que el pueblo parecía estar muy contento. Helii habían llamado al nuevo sol en honor a su madre, y ella no se sentía con fuerzas para revocar aquello.
«Para ellos es un nuevo espectáculo» —había dicho Maeve, y Cyinder se desesperaba porque veía que estaba en lo cierto. Solarïe era ahora un reino más ridículo que nunca, del que todos se mofaban, y los intentos por hacer de Solandis una verdadera ciudad acorde con el resto de Faerie, caían una y otra vez en saco roto.
Contempló el nuevo sol por última vez y volvió a su habitación cerrando la puerta de la terracita. Se sentía muy sola. Si sus amigas estuviesen allí, la comprenderían y la apoyarían. Se acercó a su mesita de cristal donde había varias cartas, algunas abiertas y otras pulcramente ordenadas esperando contestación.
Cogió un pergamino y lo volvió a leer con desgana. Una delegación de pixis llevaba una semana solicitando audiencia. La solarïe arrugó el documento con rabia. Aquellas locas querían la independencia de los bosques de Krum porque ahora Solandis les resultaba aburrido. Claro, ya no había fiestas ni concursos de moda. ¿Y qué se podía esperar de unos insectos sin cerebro como aquellos?
Se sentó abatida sobre su sillón malva. Si las otras estuviesen allí, seguro que mandarían a la porra a aquellas libélulas desagradecidas. Ya se imaginaba la cara de Aurige echando chispas e incluso sonrió un poquito en el momento en que llamaban a la puerta.
—Pasad —ordenó poniendo el rostro serio.
—Majestad —se arrodilló de inmediato una de sus damas de compañía, enfundada en su largo vestido rojo.
—No quiero hablar con pixis —empezó ella, tajante.
—El rey Oberón de Blackowls solicita una reunión privada con vuestra alteza — dijo la doncella.
Cyinder se quedó paralizada por la sorpresa. El rey Oberón en persona allí, en Solandis, y nadie la había avisado.
—¿Oberón está aquí? —repitió absurdamente.
—Y el príncipe Árchero —añadió la otra sin levantar los ojos del suelo.
De repente se sintió nerviosa. Corrió hacia el espejo y a medio camino se acordó de que ella era la reina y se detuvo guardando la compostura. Dignidad ante todo. Se peinó despacio con su peine de marfil y tras comprobar que los surcos rojos del luto ya apenas se insinuaban en su cara, se encaminó lentamente hacia la sala del trono, apretando las manos nerviosas bajo las largas cintas.
El cortejo de duendes no se hizo esperar y avanzaron desde las grandes puertas de oro dando saltitos comedidos. Cyinder no sabía si reírse o enfadarse, y carraspeó en silencio cuando aparecieron Oberón y Árchero con sus más impresionantes galas. Ambos hicieron una reverencia al unísono.
—Bienvenidos a Solarïe, noble rey Oberón y príncipe Árchero —declamó un saludo oficial con la sonrisa más regia que creyó posible—. Me complace enormemente la sorpresa de esta sorprendente visita…
Se detuvo al darse cuenta de que estaba repitiendo las mismas palabras, y que su discurso grandilocuente sonaba muy tonto. En su interior se maldijo por no estar totalmente acostumbrada a las grandes ocasiones y su rostro se tiñó de rubor.
—Sed bienvenidos —terminó nerviosa con un balbuceo.
—Querida Cyinder —Oberón obvió de golpe todo el protocolo—, mi hijo y yo deseamos una entrevista privada con el ánimo de afianzar las relaciones entre nuestros respectivos reinos, ahora que se avecinan tiempos turbulentos en nuestra amada Ïalanthilïan.
—¿Tiempos turbulentos? —se sorprendió Cyinder.
Oberón permaneció en silencio y Cyinder se preguntó, incómoda, qué era lo que le tocaba decir ahora, porque todas las miradas del palacio estaban puestas en ella, esperando.
—«Entrevista privada…» —susurró Oberón bajito, como si le diese una pista.
—¡Ah! ¿Seríais tan amables, nobles altezas, de acompañarme a mi despacho personal para tratar estas cuestiones de inmediato?
Oberón sonrió.
—Con gran placer.
Y la reina de Solarïe bajó muy digna los escalones. Sus doncellas les acompañaron a través de espléndidos salones llenos de pinturas y obras maestras hasta una gran cámara abarrotada de libros. Allí se sentaron alrededor de una mesita de oro y las sirvientas trajeron aperitivos pequeñitos que apenas tenían comida alguna.
—Impresionante colección —admiró el rey las cargadas estanterías cuando por fin se quedaron a solas.
—Solarïe rebosa cultura —respondió ella, muy halagada.
—Todo rebosa gracia y belleza en vuestro reino —dijo entonces Árchero con una mirada arrebatadora.
—Cierto —corroboró el rey de los duendes—. No hemos podido dejar de admirar las magníficas reformas que habéis llevado a cabo en Solandis. Qué lástima que una patrulla de albanthïos resbalase con una piel de plátano, y tropezasen unos con otros cuando mi cortejo se cruzó con ellos en la avenida de Qentris. Nos fastidiaron el maravilloso paisaje.
—¿Qué? —se sonrojó Cyinder, de repente deseando soltar una carcajada.
—Es lo mismo —dijo Oberón sin darle mayor importancia—. Aunque sin duda estáis inmersa en la gran desdicha que os aflige, joven reina, habéis de pensar en el futuro. Como antes mencioné, se avecinan tiempos oscuros.
—¿Pero a qué os referís exactamente, rey Oberón? —pidió ella sin saber de qué estaba hablando.
—Al regreso de los ithirïes, como sin duda sabéis.
—Ah, eso —respondió ella tomando nota mental de la incompetencia de sus vasallos.
Nadie le había dicho nada. No tenía ni idea de que tal suceso hubiese ocurrido ni cuándo. Ni cuales podían ser las consecuencias políticas. Desde la muerte de la reina Hellia vivía en una burbuja de tristeza, sólo con oídos para los sabios consejos de la reina Maeve.
—Deberíais considerar la posibilidad de una relación formal entre Solarïe y Lunarïe —dijo Oberón sonriendo—. O mejor dicho, entre Solarïe y Blackowls.
Ella le miró sin comprender. Árchero se arrodilló delante de ella, dejándola asombrada, y el rey se puso en pie con gran pompa.
—Solicito encarecidamente vuestra mano para mi hijo Árchero, príncipe de Blackowls, señor de los Bosques de Ónice y Eurídice, comandante de los Caballeros de Altaïr y Gran Duque de… ejem… de Blablablá.
—¿De Blablablá? —repitió Cyinder, confusa y aturdida, incapaz de pensar en nada tras aquel discurso.
—Es que el título es muy largo —se justificó el rey.
De repente ella se dio cuenta de lo que le estaban proponiendo y se sintió mareada, sin poder decir una sola palabra más. Pero aquello no podía estar ocurriendo de verdad. Ella estaba de luto y además era un disparate. Conocía a Árchero de muy poco, por no decir de nada, y el matrimonio se le antojaba una cosa muy distante, a muy largo plazo. Y encima con un duende que además era conde o duque de Blablablá… ¿Y ella qué sería, reina de Blablablá? Solarïe caería tan bajo que nunca levantaría cabeza. Aquello la angustió sobre todas las cosas y por un momento deseó liberarse, olvidarse de tantos deberes reales y salir huyendo.
Árchero le había tomado la mano con pasión ardiente, y aunque era tan apuesto que cortaba la respiración, Cyinder no podía, no debía permitir aquello.
En ese momento unos golpes suaves en la puerta tuvieron la virtud de salvarla de aquella situación catastrófica.
—¡Pasad! —exclamó con un suspiro de alivio y la cara roja de nerviosismo.
Su doncella personal entró de inmediato y se arrodilló presa de la ansiedad.
—Majestades —susurró al borde del colapso—, la reina Titania de Lunarïe desea vuestra comparecencia de inmediato.
—¡Titania aquí! —exclamó Oberón con un grito ahogado, poniéndose una mano en el pecho—. ¡Huyamos, por nuestras vidas!
—¡No padre! —se levantó Árchero con un gesto de caballero andante exaltado—. ¡No puedo ocultar mi amor por más tiempo!
Cyinder los miraba a los dos como en un sueño alucinado, como si fuese la espectadora de un teatro con pésimos actores. Sin embargo, su orgullo le impedía pensar que todo aquello formase parte de otra cosa más que de una verdadera petición de mano de duendes, y además, la reina Titania estaba allí en persona. Tragó saliva sintiéndose asustada y salió despacio, deseando que el recorrido hasta el trono fuese eterno.
—Somos buenos —le susurró Oberón a su hijo a sus espaldas sin que ella lo oyese.
—Muy buenos —confirmó el otro con una gran sonrisa—. Titania estará orgullosa de nosotros.
—Aquel escritor nemhirie me dijo que yo era un gran actor —asintió el rey.
—Qué lástima que la reina se pusiera hecha una furia cuando el tal Shaikespe… Shikspi… lo que sea, quiso que os fueseis a retozar al bosque para servirle de inspiración.
—Shhhh —chistó el rey cuando llegaron al salón de recepciones.
De inmediato compusieron rostros de terror desmedido y cuando Titania vio sus caras exageradas, le faltó muy poco para tirarse de los pelos de frustración. ¡Cómo se le había ocurrido el desatino de confiar en duendes!
—Reina de Solarïe —empezó con los ojos tan helados y el rostro tan furioso que Cyinder no dudó ni por un segundo que todo aquello era real—, deseaba del todo que fuesen inciertos los rumores que apuntaban a un compromiso entre vos y el príncipe de Blackowls, en contra de los deseos de ver a mi hija Aurige afianzar Lunarïe en los tiempos que corren.
—Pero no hay ningún rumor —aseguró Cyinder, presa del pánico.
—Mis espías así lo indican —respondió ella, con toda la naturalidad del que tiene espías por todas partes y Cyinder, lógicamente, lo creyó.
—¡Ah, perversa Titania! —exclamó Oberón avanzando enfundado en su capa, dispuesto a hacer el mejor papel de su vida—. El amor de Árchero no está en venta…
—¡Cállate ya, por los dioses! —le gritó ella, exasperada, y de nuevo Cyinder creyó que aquella ira se debía a los planes frustrados de la reina.
—Yo no deseo ningún malestar para Lunarïe… —empezó con un hilo de voz.
—Demasiado tarde —intentó la reina Titania reconducir la escena otra vez, con una mirada tan fría que daba miedo—. Considero esto un desafío a mis designios y más proviniendo de vos, una solarïe sin experiencia ni juicio para enfrentaros a mí.
Cyinder notó la cara ardiendo. Si de todo aquello algo sacaba en claro, era el desprecio por Solarïe que Titania ni siquiera trataba de ocultar.
—Yo soy la reina de Solarïe —dijo con toda su dignidad herida—, y no tengo que soportar vuestros comentarios, además nadie os ha invitado…
—¡Exactamente! —sonó de repente la voz de Aurige apareciendo de golpe al lado de Cyinder, y la reina Titania se llevó el mayor susto de su vida.
—¿Pero qué haces aquí? —le preguntó al borde de la histeria.
—Improvisar, mamá. Para que todo sea más lógico.
—¡Aurige, qué significa esto…! —exclamó la rubia, atónita.
—¿No te quieres casar, verdad? —le dijo ella en un susurro y Cyinder negó de todo corazón—. ¡Pues vamos!
Y la arrastró corriendo hacia la salida. Cyinder quiso resistirse un segundo, porque todo se estaba volviendo patas arriba sin que ella tuviese nada que ver, pero la cara de Titania era una verdadera máscara de rabia y frustración. De repente la vieja Cyinder salió a flote y sintió la necesidad de correr, de huir de todo aquello que la ahogaba como un nudo corredizo en la garganta.
En ese momento, Oberón contribuyó con el mejor papel de su vida, gritando a los cuatro vientos:
—¡Están secuestrando a la reina de Solarïe! ¡A mí la guardia!
Aurige lanzó una carcajada mientras el palacio se ponía en movimiento. Aspas de luz negra salían despedidas sin herir a nadie, sólo formando un caos impredecible de sirvientes y doncellas, y cuando llegaron a las puertas del palacio, manadas de albanthïos corrían hacia ellas desde todos lados.
—¿Dónde vamos, lunarïe? —preguntó Cyinder demasiado asustada por toda aquella peligrosa revuelta sin razón.
—Arriba —contestó la otra cogiéndola del hombro y obligándola a emprender el vuelo.
La rubia miró hacia las alturas y su sorpresa fue mayúscula. Un pequeño esquife de vela se mecía bajo la luz de los soles y de repente la cara de Laila las saludó desde la baranda.
—¿Pero qué está pasando? —logró preguntar, atónita, cuando sus pies tocaron la cubierta de madera.
—¡Dónde se ha metido el maldito nemhirie! —tronaba Aurige en ese momento con la cara hecha una furia—. Deberíamos lanzarlo por la borda…
—No hace falta ponerse histérica —susurró Jack Crow, sentado al otro lado del poste de cristales azules.
—¿Yo, histérica? —le increpó la lunarïe mientras el hombre se ponía en pie y con lentitud deliberada daba un soplido ridículo sobre la esfera del viento.
—¡Basta los dos! —gritó Nimphia desde el pequeño timón—. ¡Y ahora soplad hasta que reventéis porque van a aparecer ya! Y tú, nemhirie, ponte a trabajar de inmediato.
—Sí —dijeron a la vez Laila y Jack Crow, y ambos se miraron con sorpresa.
Aurige frunció el ceño.
—El nemhirie es él, Laila —expulsó una bocanada con fuerza—. Tú tienes más dignidad.
Cyinder quiso frotarse los ojos como para despertar de aquel mal sueño. Se había embarcado a la carrera con un humano y sus amigas, que parecían haber perdido la razón. Por un momento miró hacia abajo y las lejanas figuras de Oberón y Árchero le parecieron más coherentes que todo aquello.
—¿Por qué no sube tu novio y nos ayuda en lugar de tanta protesta? —jadeó Jack una bocanada mucho más potente que la de Aurige.
Cyinder se giró hacia el hombre, molesta de que le hablase con semejante atrevimiento, pero para su sorpresa comprobó que Jack se dirigía a Aurige, y que Laila y Nimphia le hacían señas y guiños disimulados, tratando de no reír.
—Exacto, lunarïe —dijo comprendiendo al punto y tapándose la boca para evitar una carcajada—, ¿por qué no sube Árchero aquí y nos echa un cable?
—Calla y sopla, solarïe —gruñó Aurige intentando vencer al humano exhalando todo el aire de sus pulmones de golpe.
—¡Ya vienen! —gritó Nimphia, atenta a cualquier señal en el cielo.
Cyinder se unió a los otros en el poste y el esquife voló raudo sobre la ciudad de Solandis hasta que cruzaron los muros de luz. Tras ellos, grandes barcos alados comenzaban a levantarse, dispuestos a no dejarlas escapar.
—Son muchos —observó Laila con temor.
—Pero muy pesados —dijo Nimphia—. Nuestro esquife es más rápido.
—De hecho les estamos dejando muy atrás —añadió Aurige abandonando el poste y acercándose a la popa—. Deberíamos frenar un poco.
—¡QUÉ! —exclamó Cyinder, atónita—. ¿Pero no estamos escapando?
—Bueno, más o menos —contestó Laila mordiéndose los labios.
—Estáis como cabras —sonó la voz de Jack Crow, que empezaba a dudar de que unirse a aquel grupo hubiese sido una buena idea.
Los campos dorados quedaban a sus pies, y se acercaban a toda velocidad al gran lago que escondía toda una ciudad bajo sus aguas. Tres bergantines blancos les ganaban terreno y Aurige se volvió, preocupada.
—Va a parecer que nos dejamos coger —anunció.
—Qué va —la contradijo Nimphia riendo—. Ahora es cuando yo añado mi pequeña contribución al plan lógico.
Y sacó su cajita labrada con las tres esferas flotantes. En cuanto la abrió, las pequeñas canicas salieron disparadas hacia arriba, explotando en el cielo dorado como fuegos artificiales.
—¿Y ahora qué? —preguntó Laila después de unos segundos que no ocurría nada.
—Bueno, habrá que esperar un poco —dudó ella—. Seguid soplando para mantenernos alejados, pero sin perderlos de vista.
—¿Alguna me va a explicar qué está pasando? —se enfadó Cyinder.
—Lo mismo digo —añadió Jack Crow con descaro.
—Mira, nemhirie, realmente eres una carga —empezó Aurige poniendo los brazos en jarras.
—Pues a ti te tendrían que enseñar educación —le respondió el otro con la mirada fría.
—¿Cómo has dicho? —exclamó la lunarïe con los ojos muy abiertos.
—Sí, un par de bofetadas cuando eras niña nos hubiesen librado a todos de ese carácter…
—Nemhirie, no quiero escuchar otra cosa que tu respiración sobre la esfera de cristales —le advirtió Nimphia, preocupada porque los Señores de los Vientos no habían respondido a su llamada.
Las naves de albanthïos se acercaban a toda velocidad, mucho más rápido de lo que había calculado en un primer momento. Una tromba mágica zarandeó el esquife y todas cayeron sobre la cubierta con un grito.
—¡Esto no me gusta! —gritó la airïe aferrada al timón, tratando de equilibrar el esquife descontrolado.
—¡No me digas que podrían matarnos! —jadeó Aurige sobre los cristales parpadeantes.
—Me temo que…
Y de nuevo una sacudida hizo volar astillas por todos lados. El bote se inclinó peligrosamente y Laila creyó que caerían sin remedio hacia el suelo. Nimphia giró el timón sin piedad dando un bandazo, y Aurige y Jack se estamparon el uno contra el otro en medio de una maraña de maldiciones. Por un momento se miraron a los ojos pero de repente el cielo parpadeó con un relámpago, y el sonido de mil truenos retumbó en sus oídos dejándoles sordos.
—¡Por los dioses! —aulló Cyinder agachándose en la cubierta en el momento en que una ballena negra gigantesca parecía caer sobre ellas en picado.
Nimphia gritaba y reía a la vez y Laila estuvo a punto de unírsele cuando comprobó que aquella supuesta ballena no era sino un colosal drakkar, capitaneado nada más y nada menos que por el mismísimo Lord Vardarac.
—¡Fuego sin cuartel! —escucharon sus gritos desde el puente y segundos después el cielo se llenó de estallidos, bombas y humo negro como jamás se había visto en Solarïe—. ¡Aplastad a esos perros de solana!
Laila se tapó los oídos ante el retumbo y comprobó, anonadada, que los palos y las velas blancas saltaban en pedazos. ¡El Señor del Norte estaba usando balas de verdad y parecía disfrutar enormemente!
—Bien, shilayitas, ya estáis a salvo —tronó victorioso cuando hubieron subido al drakkar y los tres bergantines ardían pasto de las llamas a lo lejos.
—Bueno, no era eso exactamente lo que queríamos —tosió Nimphia, discreta—, pero muchas gracias.
—¡No era eso lo que queríais! —repitió incrédulo con las barbas electrizadas por el fragor de la batalla, agarrado a la baranda de madera como si quisiera ahogar a alguien.
Ojo de Toro las miraba con extrañeza desde el timón, y toda la tripulación se había quedado a cuadros y murmuraban enojados. Äüstru chasqueó un par de veces su látigo y todos volvieron a soplar sobre las esferas de viento, malhumorados. Laila notó el viejo aroma del Norte que ya tenía casi olvidado y las nauseas le revolvieron el estómago.
—¿Y el Pimpollo? —preguntó Cyinder con interés.
—Mi compadre y Notos se han ido de viaje de placer tras nuestra gloriosa victoria sobre el terrible Viento del Sur —exclamó Vardarac tremendamente orgulloso—. ¡Tendríais que haber visto mi bravura, la ferocidad del Norte sin igual, dominando los elementos, humillando a esa brisilla cobarde como si fuese una mujerzuela asustada!
Ojo de Toro carraspeó en el puente.
—Bueno, claro, sufrimos algunas perdidas…
—¿El Conde de Libis? —preguntó Nimphia con un tinte de ansiedad.
—No, que va, anda por ahí emborrachándose en alguna taberna. Mi pobre Quebrantahuesos no resistió el embate, ¡pero el nuevo barco es mil veces más fiero! —miró a sus hombres por su alguno se atrevía a desafiarle—. ¡El Mary Rose! ¡El orgullo de Benthu, la joya del Norte!
Laila creyó que se atragantaba intentando no reírse, pero al acordarse de la profesora se puso sería y la buscó por todos lados con la mirada.
—Bueno, pues nos habéis fastidiado los planes —cortó Aurige con cara seria, quizás un poco molesta por haberse perdido la supuesta gloriosa batalla contra el Viento del Sur.
—¿Pero es que no estabais siendo perseguidas con el riesgo de ver vuestros cuellos balancearse de la soga? —preguntó Vardarac, empezando a enfadarse ante aquel nuevo disparate de shilayas.
—Sí, pero sólo había que crear un poco de ambiente, nada de rescatarnos —dijo Nimphia como si aquello lo explicase todo—. A ver cómo arreglamos esto ahora.
Vardarac pareció contar hasta diez antes de decidirse a tirarlas por la borda.
—Ojo, da media vuelta y dejemos a estas damiselas en Solandis, ya que parece que hemos interrumpido su regata de vacaciones.
—¡No! —gritó Nimphia—. Ya se me ocurrirá algo.
—De verdad que… —gruñó el Señor del Norte por lo bajo, apretando los puños.
De repente cogió a Laila del brazo y la arrastró hacia la baranda, lejos de oídos curiosos. La chica se sobresaltó pero Lord Vardarac no estaba de humor para remilgos.
—A ver, shilayita —le susurró en voz baja—, necesito cierta información.
Laila miró a sus amigas por si alguna la podía rescatar del funesto interrogatorio. Cyinder y Nimphia parecían estar discutiendo aquella situación y Aurige se había acercado a Ojo de Toro para ver si conseguía llevar ella el timón, ignorando por completo a Jack Crow, que la observaba con cara de pocos amigos.
«Menudo plan» —pensó con desasosiego, pero ya Lord Vardarac había empezado a hablar.
—Quiero saber qué es una iglesia —le preguntó con los ojos convertidos en rendijas.
—¿Una iglesia? —repitió ella, asombrada, y el otro le chistó para que bajase la voz.
—Sí, Mary Rose dice que no piensa vivir con un hombre… ejem… con un bravo pirata del Norte, sin pasar antes por la iglesia, y por el Gran Barbacoa que he revisado todos mis mapas y no sé qué es eso, ni por dónde hay que pasar para llegar allí.
Laila notó que la mandíbula le temblaba a punto de soltar la carcajada más grande de su vida. Sin embargo su mente trabajaba a gran velocidad y de repente sus ojos se iluminaron.
—¡Nimphia! —gritó a su amiga ante el susto del Señor del Norte—. ¡Tengo la solución!