La Maldición de Ithirïe
Prólogo
Estaba amaneciendo, y era el amanecer más bonito que había visto en su vida. Ethera abrió la boca asombrada, y quiso decirle algo a su madre. Algo cariñoso, porque el sol estaba a punto de salir por el horizonte, y el cielo permanecía suspendido en un momento mágico. Todavía brillaba la luna llena, y los colores violáceos de la noche se fundían a través de una gasa de neblina.
Sintió el frescor de la hierba en sus pies. El rocío de la mañana le daba frío y estaba tiritando. ¿Pero por qué no estaba en casa, durmiendo en su cama? Luego la despertaría la odiosa Sabatha y todas las sirvientas pesadas, y le peinarían las trenzas verdosas, iguales que las de su madre. Y cuando acabasen de tirarle de los pelos, ella les sacaría la lengua y se marcharía a jugar con sus amigas.
Sin embargo aquella noche era distinta. Ante sus ojos se desplegaba toda la ciudad de Eirdain y ella no entendía por qué se habían levantado en medio de la oscuridad, en silencio como furtivos, recogiendo lo estrictamente necesario y algunos víveres. Nadie hablaba, pero la tensión y las prisas se notaban en el ambiente.
—¿Dónde vamos, mamá? —había preguntado sentada en la cama bostezando de sueño.
Su madre la miró, y por un momento Ethera sintió miedo al ver su cara preocupada entre las sombras danzantes de las velas. Ella y Sabatha susurraban cosas y Ethera volvió a odiar a la criada un poquito. Cuando Ethera hacía alguna travesura, la otra siempre estaba vigilante, como si tuviese mil ojos en todos los sitios. No había forma de escapar del castigo. Otras veces llegaba y le contaba historias de miedo, y Ethera se pasaba las noches despierta, temblando. Pero esta vez, su madre y la criada estaban nerviosas, no le hacían caso ninguna de las dos.
Sabatha no dejaba de seleccionar cosas que debían ser importantes, rebuscando en aparadores y misteriosas cajitas, y luego las guardaba en una bolsa de cuero. Mejor, así no vería sus ojos verdes de gato que le daban miedo. Su madre se acercó y le acarició la cara con dulzura.
—Hoy vamos a dar un paseo por los bosques de Ithari, y si te portas bien… — dejó en suspenso sus palabras hasta que Ethera asintió entusiasmada—, si te portas bien iremos a espiar a los humanos y a gastarles bromas.
—¿Vamos a Hirïa? —exclamó la niña loca de contenta, vistiéndose a toda prisa.
—No, Hirïa ya no —susurró su madre con voz tenebrosa.
De repente se había puesto seria y Ethera se preguntó si había dicho algo malo. Miró a la criada con precaución, esperando ver una mueca que indicase que estaba a punto de recibir una nueva reprimenda, pero en su cara oscura, los ojos de gato relumbraban con un brillo espectral.
Bueno, pues nada de Hirïa. Ethera pensó fastidiada que le gustaría más ir a Solarïe, a reírse de esas tontas cursilonas, o a cualquiera de los otros reinos. Los había visitado todos. Conocía a todas las princesas y muchas eran mayores que ella, más serias, pero cuando iba a verlas siempre acababan cediendo a sus caprichos, jugando con ella todo el día y contándole cuentos. Iba a sugerir que le gustaría ir a Airïe, a volar luchando contra el viento, cuando la mirada severa de Sabatha la hizo desistir.
Salieron del palacio sin decir una sola palabra más. Los guardianes y las damas de compañía las escoltaron hasta la Plaza del Valo Nanduïl, el Durmiente Eterno, pero ella no pudo admirar el grandioso árbol que crecía lleno de flores y frutos hasta donde alcanzaba la vista, que se decía que estaba custodiado por un dragón, aunque Ethera nunca había visto ninguno. Se dio cuenta de que Sabatha recogía algunas manzanas del árbol y las guardaba en su bolsa de cuero. Ella sonrió maquinando una travesura. Cuando la criada se despistase, se las robaría y se las comería. Sin embargo, no pudo seguir pensando porque a su alrededor, la gente corría asustada en medio de la noche oscura. Muchos portaban antorchas y por todos lados se escuchaban gritos de aviso y alarmas.
—¿Qué pasa, mamá? —balbuceó con los ojos muy abiertos, viendo cómo las gentes corrían hacia los bosques sin importarles dejar atrás sus casas y sus vidas.
Su madre iba a contestar pero en ese momento llegó un mensajero que se postró ante ellas sin apartar los ojos del suelo.
—Majestad —saludó a la madre de Ethera con voz ronca.
—Entonces, ¿es cierto? —susurró ella.
—Sí —confirmó el otro asintiendo con la cabeza—. Ya han salido de Tir-Nan-Og. Vuelan incansables hacia nosotros.
Sabatha le susurró algo al oído y la reina asintió.
—No puedo creer que Nemaïn haya tomado esta decisión —dijo retomando la marcha, ahora con más prisa. Ethera sintió el tirón de la mano.
—Dicen que no ha sido la reina Nemaïn —susurró el mensajero caminando tras ella—. Dicen que Nemaïn está llorando con el corazón roto de dolor. Las tuathas han emitido su veredicto y ella no puede hacer nada…
—¡Tonterías! —replicó la reina apretando los labios—. ¿Se sabe algo del general Fahon?
—Nada. Desaparecido. Todo apunta a que ha sido él el responsable de este malentendido.
—¡Maldito loco, nos va a matar a todos! En nombre de los dioses, ¿para qué querría las Piedras de Firïe? ¿Acaso no tuvo bastante con lo de Hirïa?
El mensajero permaneció en silencio sin saber qué responder y la reina siguió su camino con Ethera de la mano, sumida en profundos pensamientos.
—Regresa a Tir-Nan-Og —ordenó por fin al mensajero—. Solicita audiencia con la reina Nemaïn a solas, no quiero que la perturbada de su hermana esté presente cuando te reúnas con ella. Dile que en nombre de la reina Laira, Ithirïe entero se postra a sus pies suplicando clemencia.
—Pero majestad —se asombró el otro.
—¡No me importa humillarme! —exclamó la reina perdiendo la compostura—. Pero tenemos que sobrevivir a esto. Es un terrible error y estoy dispuesta a pagar por lo de Hirïa una y mil veces, pero no por esto. Por esto no. Vete y cumple mi mandato.
El mensajero se arrodilló ante ella acatando la orden y luego se alejó presuroso perdiéndose en la noche. Ethera miraba hacia atrás, hacia las grandes pirámides que se alejaban poco a poco. Una muchedumbre se había congregado bajo el Nanduïl portando estandartes y miraban al horizonte en silencio. Muchas de sus compañeras de juegos estaban allí, cogidas de la mano de sus madres, y las niñas la observaban partir con los ojos llenos de miedo.
—Yo quiero ir a la plaza —se encaprichó de repente intentando tirar de su madre hacia atrás—. Quiero jugar con ellas…
—Ahora no —cortó la reina sin dejar de caminar—. Quizás en otro momento. Mañana tal vez.
Ethera utilizó su arma definitiva para convencer a su madre y se puso a llorar sin consuelo, solo que esta vez no sirvió de nada. Además la odiosa Sabatha le hizo el gesto de pellizcarla y ella apretó el paso.
Dejaron Eirdain atrás y pronto una multitud de ithirïes se congregó en torno a ellas. Todos parecían asustados y muchos lloraban. Se habían refugiado en un bosquecillo cercano, ocultándose a la vista. La reina Laira no dejaba de contemplar la hermosa ciudad de las pirámides y las miles de antorchas congregadas en la Plaza del Nanduïl, el gran árbol símbolo de todo el poder de Ithirïe.
Pasaron las horas, las más negras de su historia, mientras esperaban… Todos esperaban una respuesta que por fin llegó. El sonido de un cuerno rasgó el silencio con un retumbo sordo y sin darse cuenta, todos miraron hacia el cielo a la vez.
Estaba amaneciendo. Ethera sonrió, porque era un amanecer precioso. Parecía que el sol salía por todos lados e iluminaba las pirámides con pinceladas de oro. Miró a su madre y ella le apretó la mano con fuerza. Entonces la reina se agachó hasta su altura y le dio un beso en la frente.
—Sólo entregarás tu corazón una vez en la vida, igual que yo te lo estoy dando ahora —le dijo abrazándola—. Quieran los dioses que seas feliz cuando elijas a quién dárselo, y quieran también que todos tus días estén llenos de gloria.
Ethera puso cara de extrañeza. Pues vaya tonterías le estaba soltando su madre precisamente en el momento en que ella quería ver el sol nacer.
—Prométeme que algún día volverás —le pidió la reina Laira. En sus ojos había lágrimas.
—Sí, mamá —contestó ella. Sin saber por qué tenía el corazón encogido, pero estaba dispuesta a decir cualquier cosa con tal de que su madre no llorase.
El sol rompía ya el silencio mágico del alba y el cielo se estaba tiñendo de sangre. A su alrededor se sentía el miedo y muchos corrieron a esconderse en la espesura. Entonces la reina Laira le soltó de la mano y pidió un caballo. Voces de protesta se alzaron por todos lados, pero ella no hizo caso. Con gran dignidad subió a la montura que un sirviente había traído y miró a su hija por última vez.
Ethera no sabía qué estaba pasando, pero comprendió que su madre se marchaba y la dejaba sola. Gritó y lloró mientras los brazos decididos de Sabatha la arrastraban hacia la espesura del bosque. En el cielo, una riada de soles iluminaba las grandes pirámides de Eirdain, pero ella sólo veía que su madre partía al galope alejándose de ella. El aire estaba lleno de gritos, los cuernos retumbaban sin cesar martilleándole los oídos. Tras ellos, murallas de fuego engullían la ciudad de Eirdain y con ella, los maravillosos árboles, las grandes pirámides y todo lo que encontraban a su paso.
Las ramas de los árboles le herían los brazos y la cara. Ethera lloraba sin parar, pero nadie le mostraba ningún consuelo. Todos corrían hacia los claroscuros del bosque. Gritos confusos y dolor. Caras crispadas cambiantes mientras ella llamaba a su madre una y otra vez.
—¡Emboscada! —se escuchó un grito por encima del tumulto.
Todos se detuvieron asustados en medio de la arboleda. Delante de ellos, un cortejo de soldados les esperaban. Y más que salían de los bosques, todo un ejército. La gente intentó huir, pero muchos fueron abatidos con flechas de fuego. Ethera gritó de espanto y Sabatha, que la llevaba en brazos, trató de apartarle la vista.
Los obligaron a arrodillarse con las caras pegadas a la tierra, registrando y destrozando todas sus pertenencias. Entonces los soldados se apartaron dejando pasar a un sacerdote vestido con togas púrpuras. El bosque entero pareció quedarse congelado en el silencio, con los rostros ithirïes expectantes, los ojos llenos de miedo.
—¡Dónde está la que se hace llamar la reina Serpiente! —demandó buscando por entre los arrodillados.
Nadie contestó. El sacerdote hizo un gesto y los soldados arrastraron a un ithirïe cargado de cadenas de hierro, lleno de heridas, que se desplomó en el suelo. Ethera gritó al recordar el rostro del mensajero que había estado hablando con su madre horas atrás. Entonces Sabatha se puso en pie lentamente, arropando a la niña contra su regazo, y el sacerdote la miró con sorpresa.
—La reina Laira ha muerto —declaró con la cabeza muy alta y Ethera ahogó un aullido—. Y por el gran Valo Nanduïl, el Durmiente, que su sangre caerá sobre todos vosotros algún día por el crimen que hoy habéis cometido.
El sacerdote no pareció impresionarse y la observó en silencio.
—Nïhalïae Ithirïe —contestó por fin y sus palabras retumbaron extendiéndose por el bosque como nubes de tormenta—. En nombre de su majestad, la reina Nemaïn, desde hoy se os declara traidores a Ïalanthilïan y se os condena al exilio o a la muerte.
Todos gritaron y aquellos que intentaron ponerse de pie fueron golpeados salvajemente hasta postrarse de nuevo. El sacerdote se acercó a la criada, con los ojos ardientes puestos en Ethera.
—Sólo es una niña —gimió ella, comprendiendo al punto sus intenciones, apretándola aún más contra su pecho.
—Es la estirpe de las serpientes —rechinó el sacerdote los dientes, arrancándosela de los brazos y contemplando sus ojos inundados de lágrimas—. La heredera de los gusanos y las alimañas —la insultó sin piedad—, la reina de los traidores. Con su muerte, el veneno dañino de estas víboras se extinguirá para siempre.
—¡Por los dioses! —suplicó la criada poniéndose de rodillas—. Debes saber quién soy. Daré mi vida a cambio de la suya, pero no le hagáis ningún daño.
—No sé quién eres ni me importa. Tu vida no vale nada, perra, y con gusto derramaría yo mismo la sangre de esta criatura inmunda, si la reina Nemaïn no hubiese decidido respetar su existencia en el último momento.
Arrojó a la niña al suelo como si le diera asco tocarla y luego le escupió en la cara. Ethera temblaba de miedo. Las lágrimas le impedían ver nada más que imágenes borrosas. Un soldado que había estado registrando las pertenencias de las criadas, derramó todo el contenido de la bolsa de Sabatha sobre la tierra. Después de pisotear varios frascos y pequeñas joyas cogió algo para inspeccionarlo. El gran sacerdote pareció interesarse por aquello y el soldado se lo acercó de momento haciendo una reverencia.
—Así que pensabais volver —se regocijó el otro abriendo un libro con seis gemas incrustadas en la cubierta—. ¡Qué osadía!
Sabatha no contestó.
El sacerdote pasó las páginas lentamente, sonriendo, hasta que cerró el libro. De repente arrancó la gema que era una esmeralda redonda y la apretó en la mano hasta que prendió fuego. La gema se convirtió en humo negro. Luego tocó con sus dedos el resto de joyas, y todas se fueron apagando una a una. Entonces arrojó el libro a la cara de la criada.
—Esto es lo único que tendréis de Ïalanthilïan —concluyó trazando un signo de fuego en el aire—. Todos los reinos estarán cerrados para vosotros y nadie os prestará ayuda. No se os permite pasar. Las grandes puertas están rotas y nunca volveréis a ver el sol sobre Eirdain. Hoy Ithirïe será reducido a cenizas y vuestros espíritus inmundos jamás tocarán esta tierra. Sólo si los dioses son clementes, quizás algún día escuchen vuestras súplicas patéticas y os concedan la muerte.
La extraña criada se puso en pie temblando de ira. A su alrededor comenzó a arremolinarse un viento frío que arrastraba la hojarasca. Por un momento pareció imbuirse de poder y resplandeció con un aura verdosa. Sus ojos de gato eran terribles en medio de la oscuridad creciente. Algunos soldados dieron un paso atrás.
—Algún día… —empezó.
—No agotes mi paciencia, bruja —le advirtió él—. Respeta esta tregua magnánima que se os está concediendo…
—¡Algún día reclamaremos ante los dioses nuestro regreso! —gritó ella extendiendo las manos que de repente parecían garras ardiendo en fuego verde.
El sacerdote dio un paso atrás, aterrado, y tropezó con uno de sus soldados cayendo de espaldas. El fuego verde culebreó hacia él como una serpiente, y su toga púrpura empezó a arder en medio de gritos y manotazos frenéticos. Los soldados se apartaron de su lado con horror.
Sabatha lo contemplaba gritar y retorcerse en la tierra sin rastro de piedad, con una sonrisa que helaba la sangre mientras nadie acudía a socorrerlo. El cielo rojo se llenó de relámpagos sobre su cabeza y todos los ithirïes se encogieron temblando, intentando no mirarla. Ethera lloraba llena de miedo.
—¡Sobre el viento y el fuego volveremos! —aulló la criada con un rugido sobrenatural, por encima del sonido de los truenos. Ninguna garganta normal podría haber gritado así—. ¡Sobre la luna y los soles volveremos! ¡Más allá de las aguas, volveremos! Y ese día, juro por nuestra amada reina Laira que no habrá sitio donde os podáis esconder…
Aquel fuego verde creció con ella hasta consumirla en llamas igual que al sacerdote. Su figura entera pareció elevarse y convertirse en algo monstruoso de alas negras mientras gritaba sus últimas palabras ante el espanto de todos. Pero aquella imagen terrible sólo fue una sombra cambiante, que se encogió sobre sí misma unos momentos y sus cenizas se dispersaron flotando, arrastradas por el viento frío.
Y entonces todo desapareció. Como en un sueño de nubes grises, Ethera descubrió que ya no estaba en los bosques de Ithirïe. Los soldados de Firïe habían desaparecido, no había grandes árboles verdes ni el cielo ardía en sangre. A su alrededor, sobre la hierba agostada de un lugar desagradable y desconocido, la gente lloraba y maldecía a los dioses. Se sintió terriblemente sola y asustada. A sus pies, las últimas manzanas del Valo Nanduïl y un libro con cinco gemas muertas.
Entonces comenzó el verdadero tormento de los ithirïes. Sin un lugar donde ir, errando durante milenios, escondiéndose, huyendo en un mundo que no les pertenecía, ocultándose de humanos hostiles que no recordaban que ellos y los ithirïes forjaron alguna vez una alianza llamada Hirïa. No. Aquellos eran nemhiries y ni los adoraban, ni querían saber de ellos.
Muchos murieron de pena, incapaces de soportar la pérdida de Eirdain; otros se dispersaron ocultándose en grutas y cavernas, bajo la tierra, bebiendo el lodo y la podredumbre, alimentando sus corazones de odio y de amargura hasta que llegaron a maldecir al propio reino de Ithirïe.
Pero Ethera continuó. Su corazón lloró hasta que ya no hubo más lágrimas, hasta que descubrió que nada importaba y permitió que la negrura invadiera los páramos vacíos de su alma.
Siguió adelante. Luchó a lo largo de centurias sin que nadie de su pueblo quisiera escucharla. Las que sobrevivieron con ella le contaron viejas leyendas, cuentos que yacían perdidos en el mismo amanecer de los tiempos, poderosos cánticos de un mundo antiguo que apenas recordaba.
Aprendió cosas, misterios que le susurraban los árboles y los ríos, historias que silbaban las serpientes y las alimañas, incluso aprendió de viejas brujas nemhiries que vivían apartadas en los bosques. Sabiduría ancestral, noticias que le traían los vientos de la tierra. Supo de los cambios que ocurrían en Ïalanthilïan a través de los siglos y de las antiguas princesas que una vez fueron sus amigas. Ahora eran las reinas.
Le contaron las leyendas de la antigua civilización de Hirïa y su destino final: Firïe fue el juez implacable e Ithirïe la mano ejecutora. Quiso sentir vergüenza por aquel holocausto que ellos mismos causaron pero en su corazón no había nada. Supo de aquellos que lograron escapar, de sus fabulosos tesoros y de los rituales que transmitían a sus descendientes, generación tras generación, en busca de poder y venganza.
Conoció a gentes de Ïalanthilïan que vivían en el mundo nemhirie por diversas razones. Proscritos, exiliados de otros reinos. Seres misteriosos y huidizos que nunca veía dos veces en el mismo sitio. Recordaba con claridad su encuentro con una de ellas, una vieja lunarïe ciega y demente una noche de tormenta. Su rostro oculto tras vendas andrajosas se quedó en el misterio porque, de hecho, la conocía, pero no sabía de qué.
—Sabré lo que quisiste —le dijo mostrándole una bola de cristal tallado en multitud de facetas—. Pero el precio de la llave será tu sangre. Dos llaves… dos sangres.
Y luego desapareció. A Ethera no le importó. La había olido. Ya sabía dónde encontrarla. La visitó más veces. Y la bruja siempre parecía estar esperándola, con su sonrisa torcida y los ojos ocultos que parecían leerle el alma.
—¿Vendrás dispuesta a pagar? —se rió con su risa cascada.
—Sí —Ethera sacó una daga y puso el borde afilado sobre su mano abierta.
—Ta, ta, ta, bobadas —negó ella con una sonrisa espantosa, agarrándole la mano con sus dedos huesudos—. No será esa sangre tuya llena de veneno. Y yo sólo cobré una de las dos.
Ethera apartó la daga despacio y se produjo un silencio enorme.
—Conoces el futuro —intuyó temblorosa—, ¿pero también el pasado? ¿Sabes por qué ocurrió y quién nos hizo esto?
—No te importa —le espetó la vieja—. Porque no te importará.
Ella apretó los labios, contrariada. La esfera tallada lanzaba destellos en la palma de la misteriosa anciana. Al final asintió en silencio.
—Cuando el Viento de los siglos se haya marchado —susurró la vieja—, el Fuego de la codicia marchito… Cuando la Luna abandone la oscuridad y los Soles olviden la luz; cuando las Aguas traicioneras sientan el avance de la muerte y los dioses siseen el regreso de Ithirïe, mi amor te enviará una llave a través de los tiempos. Y será tu sangre la que pague por él. Después, por esta llave —le dio la esfera de cristal—, yo misma tomaré tu otra sangre y el ciclo se completará, pues nada veo más allá de las sombras… Estás advertida.
Ethera sintió un escalofrío aunque no entendía nada. ¿Él? ¿Quién era él? Parecía ahogarse en la memoria pero entonces recordó las terribles palabras de Sabatha, olvidadas miles de años atrás, las mismas que la bruja acababa de pronunciar. Cuando quiso interrogar a la misteriosa vieja, se había esfumado en sus narices.
Pensaba en aquella visita como si hubiese sido un mal sueño, pero notaba algo. Se acercaba el momento. Consultó las runas miles de veces y siempre decían lo mismo: para consumar su venganza debería unirse a un humano, sacrificarse porque una vez, los ithirïes cometieron un crimen espantoso con el pueblo de Hirïa, sus elegidos, aquello que ellos mismos castigaron sepultándolos vivos en una lluvia de fuego y arena.
Recapacitó una y mil veces sobre aquello. El libro de Sabatha que había recogido del suelo aquel día y que siempre llevaba consigo, permanecía en blanco, con todas las piedras apagadas. Era un libro de Hirïa. Un libro humano. Ellos no podían volver, estaban malditos, pero una niña humana que llevase su sangre sería capaz de abrir las puertas…
Retrasó cuanto pudo aquella decisión. Tener relaciones con humanos era lo más desagradable que se le podía exigir. Sin embargo, quizás los mismos dioses precipitaron las cosas, pues una primavera, cuando se bañaba en el lago rodeada de sus jóvenes doncellas —que jamás alcanzarían la gracia de sus madres o la sabiduría de sus abuelas, pues eran torpes y descuidadas—, descubrió a uno de aquellos bárbaros nemhiries que la espiaba.
El susto la hizo huir, pero… luego recapacitó despacio, en la oscuridad de los meses que siguieron. Quizás era la señal que estaba esperando. El sacrificio que le destinaban los dioses y que ya no debía posponer más.
Y Ethera lo hizo. Y cuando se marchó sin volver la vista atrás, sabía que él estaba destrozado con el bebé en brazos. Quiso reírse, pero para su desgracia, comprendió que algo había florecido en aquel desierto que era su vida. Deseó volver, abrazar a su hija una vez más, porque acababa de descubrir que le había entregado su corazón, tal y como su madre le había dicho una vez.
Nunca volvió a visitarlos. Le daba miedo enfrentarse al hombre, le daba miedo mirarle a los ojos. Sin embargo pidió a los vientos que le trajesen noticias de la niña sin alas, y a escondidas, mientras ultimaba sus planes y cerraba tratos, pensaba en ella con más frecuencia de lo que se atrevía a admitir.
Y ahora por fin estaba allí. Lo había sacrificado todo. Había hecho cosas terribles que nadie conocía. Crímenes que no reconocería ni bajo el martirio más intenso. Todo había salido a la perfección, paso tras paso y al final, se había enfrentado cara a cara a una de sus viejas amigas. Y delante de ella, había arrancado el libro de Hirïa de las manos de su propia hija sin siquiera mirarla.
Mi amor te enviará una llave a través de los tiempos —recordó las palabras de la vieja bruja—, y será tu sangre la que pague por él.
Ethera asintió. Porque «sabía» que no sentía nada por la hija sin alas.
Las serpientes se arremolinaban a sus pies, siseando, acariciando su piel desnuda. Los lobos aullaron y los árboles susurraron cosas cuando la tierra empezó a temblar. El viento frío del invierno le cortaba la cara, pero ya nada importaba. Tras milenios de tortura y sufrimiento los estaba invocando. A todos. Y ellos venían. Desde las grutas profundas, desde los lagos cenagosos y las entrañas de la tierra. Su gente volvía.
Cuando los vio se dio cuenta de que todo había cambiado. Ya no quedaba nadie de aquel entonces. Los que volvían eran los hijos de los hijos de aquellos que una vez fueron expulsados. La antigua generación se había perdido para siempre, y de todos, sólo quedaba Ethera. Y Nïa, que era la sangre de su sangre, sin mezclas, sin rastro humano. Nadie más sentía en sus venas el deseo de la venganza como ella, pero aun así estaban a su lado, regresaban a casa.
Apretó el libro contra su pecho pensando en la imagen casi olvidada de su madre, allí, montada a caballo bajo el cielo rojo del sol de Firïe.
—He vuelto, Laila —susurró sin darse cuenta de que no había dicho correctamente el nombre de la antigua reina de Ithirïe.
Abrió el libro y leyó las frases bajo el viento ululante. Un punto de luz verde destelló delante de ella y se alargó brillante hacia las alturas, estirándose, mostrando una puerta. Sólo una persona escuchó aquel susurro equivocado. Una chica, casi una niña, que bajó la vista para que nadie notase que estaba llorando.