La Maldición de Ithirïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 4 de 28

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La Maldición de Ithirïe

3 Semillas de venganza

3

Semillas de venganza

 

1

Violeta canturreaba perdida entre el humo de las cacerolas y los fogones. Dio unas vueltas a la sopa de caléndulas y al no encontrarla a su gusto, chasqueó los dedos. Un bote de especias apareció de la nada y se agitó encima del agua hirviente.

Dos escobas de paja barrían frenéticas el suelo de la torre. Una de ellas se atrevía incluso a trepar por las paredes en busca de telarañas inexistentes. En un pilón cercano, la ropa sucia se enjabonaba y se frotaba a sí misma una y otra vez formando espuma y pompas de jabón. Luego las mudas se escurrían y volaban a colgarse en las alturas.

Aquella mañana se sentía feliz. Ella fue en otro tiempo la Magistra del Invierno, pero aunque apenas se acordaba de aquello, todavía le encantaba el frío y la llegada de las primeras nieves. Y si encima lucía el sol, no se podía pedir más. Ensayó unos pasitos de baile sin darse cuenta, y con el alboroto de las cacerolas y las escobas, no escuchó cuando llamaron a su puerta.

Pronto los golpes se hicieron más insistentes, casi violentos. El hada se detuvo en su baile, miró a la puerta y de inmediato a sus estrellas en el techo. Nada. No le decían nada. Desde hacía unos días las señoritas parecían estar enfadadas con ella y no le revelaban ninguna señal de su futuro próximo. Sin saber por qué sintió un escalofrío. No podría saber su futuro, pero eso no significaba que hubiese perdido la intuición. De repente no quería abrir. Se estremeció mientras los golpes arreciaban, amenazando con echar las maderas abajo.

—¡No hay nadie! —exclamó tontamente, pero eso no hizo sino enfurecer a quien estuviese ensañándose allá afuera.

Se acercó despacio. No iba a abrir. Al final quien fuese se aburriría y la dejaría tranquila. Intentó justificarse pensando que era la Magistra del Sol, que venía a acusarla de alguna nueva paparrucha, cuando su mano giró el pomo sin querer. Abrió una ranura y entonces un grito histérico escapó de sus labios.

Frente a ella, tan pegada a la puerta que parecía haber estado espiándola, una cara vieja y arrugada, con una venda mugrienta tapándole los ojos, le sonreía con una mueca cruel.

—¿Pasé ya? —gritó la bruja riendo como un cuervo—. ¿Me abriste, Violeta?

—¡Ojos! ¡No vuelvas a hacerlo! —jadeó el hada encogida del susto, apartándose del dintel para dejarla pasar.

—Ta, ta, ta, tonterías —rió ella renqueando hacia el interior apoyada en su bastón, y la arpía Monique callada en su hombro—. ¿Harás el equipaje, lo hiciste?

—¿Qué equipaje, Ojos? —se cruzó Violeta de brazos, muy seria—. ¿Y desde cuándo sales de tu torre para darme un susto?

Miranda sonrió con maldad.

—Ya vinieron. Estarán aquí ayer, o mañana… o ahora. Nos fuimos.

Violeta suspiró intentando mantener una paciencia que se le agotaba a grandes pasos.

—Siéntate, querida, te prepararé una tisana de las tuyas, además la arpía debe estar hambrienta. No le das de comer nada más que ratas.

—Estoy bien, shilaya —replicó ella acertando con el tiempo verbal—. No me hagas esperar. Recoge tus cosas.

El hada la ignoró. Una cacerola de agua apareció sobre los fogones y pronto comenzó a hervir. Cuando se dio la vuelta con la tacita humeante, Miranda seguía de pie, observándola impasible, como una bruja que con su cuervo al hombro estuviese a punto de soltar una maldición.

—El equipaje, Violeta —repitió.

Ella miró a las estrellas del techo otra vez, pero seguían sin decirle nada.

—Ya no te quieren —rió la bruja—. Las abandonaste. Date prisa.

—Yo no he abandonado nada ni me voy a ningún sitio —contestó la otra dejando la taza en una mesa que había aparecido ante ella por arte de magia.

—¡Vendrás, shilaya pesada! —la amenazó Miranda acercándose peligrosamente y estirando su dedo afilado. La arpía en su hombro aleteó inquieta—. Ella está allí y la necesito.

—¿Quién, Ojos? Por los dioses, deja de hablar con acertijos.

—La chica ithirïe, so tonta —apretó Miranda el bastón con su garra—. Y las otras también fueron. Todas. Nos vamos ya.

Violeta tembló. Quería negarse, pero era como luchar contra el destino. Además, ¿adónde quería ir Miranda? Una luz destelló en su cerebro y la miró boquiabierta.

—¿A Tirennon? —susurró.

—Tirennon… —repitió la otra, extrañada, con los ojos entrecerrados como si rebuscase en su memoria—. No, no… ¿o sí? ¿Ayer se llamará así?

—Siempre se ha llamado así. Es la capital del Reino Blanco, Ojos —explicó la otra, paciente.

—Oh no, querida, siempre no. No siempre, no, no —canturreó en una nebulosa —. Pero no fuimos al Tirennon ese tuyo. Vamos a Nan-Og.

La shilaya suspiró con aquella nueva locura incoherente. Intentó resignarse, porque su amiga vivía perpetuamente en el pasado y Nan-Og no existía más que en las leyendas. A pesar de todo no se iba a dejar engatusar.

—No se me ha perdido nada en ese sitio. Yo no voy.

—Tú sí y punto —contestó Miranda sin dejar opción a réplicas—. ¿Hiciste el equipaje?

—Ya está bien de tanto equipaje y tanta tontería —se enfureció ella—. Vamos, te llevo de vuelta a tu torre y te dejaré una tonelada de láudano boreal para que dejes de fastidiarme en una buena temporada.

—Así que no quieres llevarte nada, de acuerdo —sonrió la otra, enigmática—. Di adiós a tus estrellas.

Violeta la cogió del brazo y la sacó casi a rastras. Fuera la nieve caía suavemente, con los copos danzando en la eterna música del bosque azul de Sïdhe. Le encantaba el invierno, pero Miranda le había agriado el día. Cruzó el puente de cristal labrado tirando de ella, con la dichosa arpía chillando sin parar. Para colmo de males, multitud de jóvenes shilayas parecían seguir la misma dirección que ellas, y tanto tumulto de vestidos la molestaba. De repente notó que ya no tenía que tirar de Miranda, al revés, ahora casi tenía que seguirla a la carrera.

La bruja siguió el camino de oro al igual que las shilayas, y se desvió de la senda que conducía a su torre ruinosa ante el asombro de Violeta. La nieve arreciaba y allá al frente las jóvenes se empujaban unas a otras intentando ponerse en primera fila para ver algo. Algo que estaba viniendo a Sïdhe. Se detuvo en seco y sintió el tirón de la mano de su amiga.

—¿Qué es esto, Miranda? —preguntó llamándola por su nombre.

Los Ojos de la Muerte se volvieron a ella.

—Esto es el final, vieja amiga —respondió Miranda, con una cordura como hacía mucho tiempo—. Son las tuathas. Han venido a por mí.

—No puedo creerlo —negó Violeta con la boca abierta—. Jamás han venido tuathas a Sïdhe.

—El silfo lo sabía y lo contó —siguió la bruja—. Ahora vienen a buscar al Ojo de la Muerte, pero yo se lo doy a ella.

—¡Pero qué demonios de silfo ni silfo! —protestó su amiga.

Volvió a sentirse arrastrada por la masa de shilayas que cantaban bajo la nieve. Algunas magistras volaban flotando pero ya no dio tiempo a más. Delante de ellas, un cortejo de albanthïos recorría el camino de oro.

¡Albanthïos en Sïdhe! Aquello era inadmisible. Violeta sintió la ira crecer en su interior.

—Escapamos ahora —rió Miranda a su lado.

Entonces Violeta se quedó boquiabierta allí en medio y la plumosa nieve cayó despacio sobre sus hombros. Tras los albanthïos, flotando a un palmo del suelo, tres jóvenes doncellas blancas parecían envolverse en destellos.

Tuathas. Era verdad, estaban allí, como un sueño imposible. La aristocracia de Tirennon. Las más poderosas de todas. Casi tanto como Maeve, como las grandes reinas del pasado. Su belleza era tan irreal que el ojo no podía definirla. Quizás no tenían ya cuerpo físico, sólo imágenes que el cerebro trataba de encajar. A su alrededor el mismo aire brillaba con lucecitas, y bajo sus pies crecían las flores sobre el manto de nieve.

—¡Corremos! —insistió su amiga dándole un codazo.

—¡Calla! —le chistó Violeta, alarmada, intentando confundirse entre el gentío.

El cortejo de albanthïos se dirigía invariablemente hacia la torre de la bruja. Las jóvenes shilayas a su alrededor se apelotonaban en una masa de telas y destellos de colores, y Violeta quiso tirar de su amiga y sacarla de allí a toda prisa. El pulso se le había acelerado y ella se sentía ya vieja y cansada para aquel tipo de aventuras.

Las tres tuathas se detuvieron un segundo justo al lado de ellas dos, buscando a su alrededor. El hada observó sus rostros: caras blancas y perfectas, sin labios ni boca, pues se decía que las tuathas jamás podrían emitir un veredicto falso o errar en sus juicios. Ojos alargados que atravesaban el alma, pero también con una frialdad despiadada que no atendía a sentimientos.

En ese momento la Magistra del Sol entonó un cántico grandioso sobre el Reino Blanco y al momento todo el coro de shilayas se le unió con voz potente. Los mismos albanthïos parecieron crisparse y siguieron su avance aumentando el paso muy ligeramente.

—Ya no hay tiempo —susurró Miranda, agachada, viendo pasar a las tuathas frente a ella—. Nos vamos aquí y ahora.

—No hagas esto, Miranda. No tienes que hacerlo, puedes esconderte donde quieras —sollozó Violeta—. Sabes que las tuathas no te encontrarán. Ocúltate, viaja a mañana o a dentro de dos días. Las tuathas se habrán ido…

—Fahon me espera —contestó la otra con una sonrisa—. Ha llegado el momento.

—Si vas a Tirennon, ya no podrás salir de allí nunca más.

—Vamos a Nan-Og, no a Tirennon. Vamos las dos, shilaya, tú y yo.

—Yo no…

—Ella está allí y yo la necesito, vieja amiga. Es mi regalo de despedida para Titania y quiero ser extremadamente cruel.

Violeta la miró angustiada. El cortejo de albanthïos había seguido su curso, con las tres enigmáticas doncellas flotando en medio de los copos de nieve.

—¿Y por qué he de ir yo, Ojos? Parece que ya lo tienes todo planeado.

—Oh, sí, shilaya, esto lo planeé hace mucho tiempo. Ahora se ha cumplido y es el momento de mi venganza.

—¿Entonces? —Violeta intentó ganar tiempo—. Yo no pinto nada…

—Te necesito a mi lado, Violeta. Porque morir no es fácil y quiero a una amiga cuando llegue la oscuridad. Ya no veo nada más que sombras y tengo miedo.

—¡Pues deja esta locura sin sentido! —gritó ella, creando ecos de cristal que volaron por el paisaje invernal de Sïdhe.

Algunas shilayas se volvieron en su dirección y Violeta temió que los albanthïos la hubiesen escuchado, pero el griterío de canciones y colores era tan intenso, que ni la mismísima Maeve se hubiese dado cuenta.

Miranda chasqueó sus dedos y un portal brillante apareció ante ella. Caminó con decisión con la arpía al hombro sin volver la vista atrás, y su figura se disolvió en el resplandor.

—Maldita sea —gruñó el hada entre dientes.

Deseó olvidarse de aquella locura. Regresaría a su Torre de las Estrellas y dejaría a Miranda por fin en manos del destino. Pero sabía que no iba a ser así.

Miró a su alrededor contemplando una última vez los árboles azules, los jardines nevados y los puentes de cristal con sus farolitos de colores. Sïdhe. Su casa a la que ya no volvería. Quiso guardar aquella imagen en su memoria para siempre. En su mano surgió su varita mágica, y la estrella se volvió fría y acerada. Cerrando los ojos apretó el filo cortante contra la palma de su mano, hasta que apareció una línea roja en la carne de la que manaron gotas de sangre.

«Nunca olvidaré este momento» —pensó sintiendo el dolor, viendo cómo la sangre resbalaba por sus dedos hasta la nieve.

La estrella de su varita recobró su brillo original y ella avanzó hacia la luz del portal blanco hasta que las lágrimas hicieron que cerrase los párpados.

 

Cuando la Magistra del Sol volvía a su torre, todavía sin saber qué pensar de aquella visita de las tuathas, un brote de rosas rojas que había florecido en medio de la nieve llamó su atención.

De inmediato se sintió atraída por el arbusto y cortó una de las flores con delicadeza. El olor le trajo imágenes extrañas que no conseguía asimilar. Porque ni ella, ni las jóvenes shilayas se acordaban ya que una vez existió una Magistra del Invierno que vivía en la Torre de las Estrellas de Sïdhe, pero al oler el aroma de la rosa le pareció que había perdido algo, un vacío inexplicable, y notó lágrimas en los ojos sin saber por qué.

 

2

Atlantia sintió una pequeña turbulencia en el agua y se estremeció.

Sabía que eran ellos porque a pesar de la frialdad reinante, la piel se le había llenado de pinchos. Casi se había acostumbrado a la compañía de Lady Angaïl, pero la llegada de los tres dragones siempre la llenaba de terror. Esperó acurrucada en un rincón oscuro, con la cabeza gacha y los cabellos flotando alrededor de su cara.

Frente a ella, dándole la espalda, Angaïl mezclaba extrañas pociones riendo bajito, como si hubiese perdido la cabeza tiempo atrás buscando algo, un tesoro o una llave misteriosa. Pero se había vuelto loca. De eso, Atlantia estaba casi segura.

La redoma que llevaba en las manos se volvió de color negro al añadirle una gota de un líquido ámbar, denso y burbujeante. La bruja del mar rió con fuerza y luego se puso a rebuscar por entre los estantes llenos de porquerías de la cueva asquerosa donde vivía.

Con un poco de suerte, los dragones se entretendrían engatusando a aquella momia llena de vendas raídas y no la verían. No soportaba sus burlas ni sus sonrisas malignas de desprecio, y había sido un alivio no tenerles cerca aquellas últimas dos semanas.

—Tierra corrupta… perla de luna… pluma de fénix —murmuraba Angaïl una y otra vez la misma letanía con su voz rasposa, y se desesperaba al no hallar lo que estaba buscando.

Atlantia hundió aún más la cabeza entre los hombros, maldiciendo su suerte. La turbulencia en el agua se agrandaba. Ellos venían. Tal vez, si los dioses fuesen piadosos, estarían lo suficientemente hambrientos para pensar que Angaïl podría resultar un bocado exquisito. Claro que entonces ella podía ser el postre. Se encogió con las rodillas dobladas tratando de no pensar en esas caras sibilinas, esas risas de satisfacción malvada… Las mismas que el día que la capturaron. O se dejó capturar, aún no lo tenía muy claro. Sólo recordaba que merodeaba por Cantáride, por los edificios más apartados, escondida de cuantos pudiesen verla.

 

Después de los sucesos terribles de finales del verano, después de aquel cataclismo que había dejado en ruinas el palacio y media ciudad, los akshaïrs tenían orden de perseguirla y matarla. Su cabeza tenía precio. Y todo por ayudar a unas desconocidas en contra de su propio pueblo. Por traidora. Por mil cargos más, ya fuesen ciertos o inventados.

Huyó, y durante un tiempo logró sobrevivir más allá de las torres de Älisenthel, más allá del Mar de las Sirenas, cerca de los volcanes negros que rugían en la Grieta de los Aspios. Pero la rutina, la soledad y el desamparo le hicieron volver a Cantáride.

Al principio desde lejos, evitando todo contacto con cualquier ser vivo. Luego aventurándose cada vez más hasta acabar en los arrabales de la ciudad. Más tarde intentó ponerse en contacto con las otras del gremio, pero todas la rechazaron y dejaron muy claro que Atlantia estaba ya marcada con la mancha de los traidores, y mejor sería que jamás volviese a poner los pies allí.

Ella, que fue la capitana del gremio cuando consiguió lo que ni Mármara había logrado. Ella, que rozó con la yema de sus dedos el sueño de gobernar Acuarïe hasta que descubrió que todo era un engaño de Tritia… No era culpable de nada, ni una traidora. Pero nadie la comprendía. Todas la despreciaban.

Aquel día estuvo punto de llorar, perdida entre las columnas de un templete destruido, odiando su soledad y necesitando sentir el calor de la gente a su alrededor. Y entonces, como si una shilaya malvada le concediese su deseo, una voz siseante la sobresaltó susurrándole al oído.

—Hola, hola, mariposita…

Y luego las risas, y aquellos ojos reptilianos llenos de codicia oscura.

Lady Angaïl la trató mal desde el principio, pero no tan horriblemente mal como se hubiese esperado si todo su laboratorio de Älisenthel hubiera estado intacto. Unos cuantos golpes y algunos gritos se convirtieron en la rutina diaria mientras le limpiaba la cueva, preparaba los componentes de sus pociones o le guisaba algo de comer. Total, quizás era el castigo que se merecía.

La mujer parecía más vieja y terrible aún. Atlantia pensó que la bruja, en un rapto de locura, había experimentado consigo misma tomándose una pócima maldita, y el tiempo se había ensañado con su piel. Casi era una anciana decrépita, pero en realidad, todo Acuarïe le provocaba aquella sensación de decadencia. Como si se marchitase y se desmenuzase a gran velocidad.

Los dragones obedecían a aquella extraña mujer. La odiaban, eso Atlantia podía leerlo en sus ojos, pero no levantaban una zarpa contra ella. Más tarde descubrió que aquella singular obediencia debía estar relacionada con el colgante de aguamarina que la vieja bruja llevaba al cuello, y que siempre brillaba cuando ellos rondaban cerca. Se hubiese mentido a sí misma si jurase que no había planeado arrebatárselo alguna vez.

Y después de dos semanas, los dragones volvían. La imaginación de Atlantia se desbordaba cuando intentaba imaginar qué nuevas maldades habían cometido, qué órdenes siniestras cumplían de Lady Angaïl, o cuáles eran los objetivos de sus taimados planes.

Se arrebujó en la penumbra sintiendo que la corriente tambaleaba los miles de frasquitos misteriosos que inundaban la cueva. Una sombra gigantesca ocultó la luz azul de la entrada, y el suelo terroso se levantó cuando Udronsanthïl se posó fuera, en la arena.

—¡Estoy ocupada! —gritó la vieja haciendo ademán de no atenderles—. Casi tengo la llave. ¡Si no me habéis traído la voz de los Aulios, marchaos!

El dragón rugió y Lady Angaïl puso los ojos en blanco. Salió renqueando y al rato volvió desquiciada, hecha una furia.

—¡Estúpidos, estúpidos! —chilló estrellando redomas contra las paredes. Los cristales rotos flotaron suavemente hacia abajo—. ¡Imbéciles! ¡Y lo único que se les ocurre es enterrarlo!

Se volvió hacia ella como una serpiente furiosa, su cara escamosa llena de rabia.

—¡Tú lo sabías! ¡Lo has sabido todo el tiempo y me has engañado! —la acusó con el odio de la locura—. ¡Vete y no vuelvas sin su corazón o te mataré!

Agarró a Atlantia salvajemente y la zarandeó hasta hacerle heridas. La chica se revolvió presa del pánico. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero la bruja estaba arrastrándola fuera de la cueva, directamente ante los dragones. Intentó zafarse, hacerse resbalosa de gelatina, pero Angaïl no se lo permitió, con las uñas negras clavándose en su carne.

—¡Fuera de aquí todos! ¡Largo, hatajo de gusanos!

Y sin más se volvió a meter en la gruta hecha un demonio de furia.

Atlantia se incorporó muy despacio. Frente a ella, las grandes garras de Udronsanthïl se clavaban en la arena. Siguió su cuerpo hacia arriba, hacia el largo cuello lleno de crines ondulantes, hasta las mismísimas fauces rechinantes del dragón. Udronsanthïl parecía estar a punto de escupir una bocanada letal que acabaría con aquella vieja rémora dentro de su cueva. Sin embargo, después de un momento en el que sus uñas se crisparon, bajó la cabeza hasta encararse con la muchacha.

Ella sintió el nudo de terror ahogándole la garganta. Dio un paso atrás y de pronto tropezó con la cola de otro de los dragones que se había acercado silenciosamente. Ya sólo quedaba el tercero. Atlantia miró a todos lados asustada y buscó en las alturas, esperando descubrir su silueta negra aleteando en círculos.

—Está muerto —resonó la voz gutural del dragón dentro de su cabeza—. Vieja asquerosa, se ha negado a honrar su funeral. ¡Pagará por este desprecio! ¡Nadie humilla a un dragón, y menos un insecto acuarïe!

—Calma hermano —susurró el otro dragón, expulsando una bocanada de vapor sobre el fondo arenoso—. Kidrolebh jamás hubiese deseado que esa babosa rastrera le diese un último adiós.

—Cierto —Udronsanthïl se irguió orgulloso y luego entrecerró los ojos de forma siniestra. Su mirada destelló al volver a fijarse en la muchacha—. Pero nos vengaremos, Meësh. Y muchísimo mejor de lo que te imaginas…

Atlantia trataba de pensar lo más deprisa posible. Uno de ellos había muerto. La bruja le había gritado que le trajese un corazón. El del dragón, ahora estaba claro. Angaïl quería ese componente sin igual. No había duda de que un tesoro así no volvería a presentarse nunca en su vida. Los dragones no morían de muerte natural y hasta donde ella sabía, sólo quedaban aquellos tres en todo Ïalanthilïan. Era imposible conseguir de ellos ni una escama, y un corazón de dragón tenía que servir para algo muy, pero que muy valioso.

Los dragones eran inmortales, sí, pero el tal Kidrolebh estaba muerto. Muerto y enterrado hasta el funeral. La horrible Angaïl se había vuelto loca de frustración, y la había enviado a ella a rescatar su tesoro. Ahí podría tener una oportunidad…

—¿Podremos vengarnos? —la sacó Meësh de sus pensamientos, dirigiéndose a su hermano—. ¿Tendremos tiempo?

—Ni lo dudes —contestó el otro con aplomo, pero Atlantia creyó percibir una nota de miedo en su voz—. Nos despediremos de Kidrolebh como exigen los dioses, y después…

Udronsanthïl expulsó una riada de vapor que burbujeó hacia las alturas. Entonces apretó su garra afilada entrechocando las largas uñas.

—Después iremos a por ellas —lanzó un rugido que hizo que Atlantia se estremeciera de terror.

 

3

Nïa contempló con asombro el paisaje nevado que se extendía ante ella. Ni siquiera se había dado cuenta de que todo había cambiado a su alrededor, y sólo cuando el aguanieve caló las suelas de sus botas de cuero y sintió el frío entumeciéndole los pies, descubrió que ya no estaba en Eirdain.

El manto blanco de nieve la rodeaba por todos lados. A lo lejos, casi perdida en la niebla una suave cadena de montañas se confundía con un cielo lleno de nubes grises de invierno. Los pinos y abetos eran el único punto de color en medio de la llanura, una vegetación oscura y triste bajo el manto algodonoso.

Los árboles estaban tan cargados de nieve que a veces se desprendían pequeñas avalanchas llenas de espinas de hielo que podían atravesar sus ropajes. El viento helado le cortó la piel de los labios, y agitó sus alas para hacerlas entrar en calor. Algunos copos diminutos danzaron en torno a ella.

Respiró y el aire entrecortado salió formando vaho en un siseo de temor. Ya sabía dónde estaba. Aquello era Tirennon, el legendario Reino Blanco. Un estremecimiento le recorrió la espalda, y más al percibir que estaba sola en un sitio tan peligroso para ellos. Para cualquier ithirïe.

Sus botas se hundieron en la nieve y avanzó con dificultad sin saber exactamente a dónde ir. Acababa de caer en la cuenta de que ella misma era la culpable de aquella equivocación.

Por querer verla.

Por odiarla.

Porque Ethera la quería más a «ella».

Había deseado ir a cualquier lugar donde se encontrase la chica nemhirie. Recordó que quiso estar un rato a solas y se había alejado del campamento provisional que su madre había ordenado levantar en lo que, según las leyendas, era la maravillosa ciudad de Eirdain.

Ja, ja. Maravillosa…

Allí no había nada. Fango y tierra calcinada bajo la lluvia plomiza que ensuciaba los campos muertos y entristecía el alma. Toda su vida había estado esperando aquel momento. Siempre soñando y sufriendo junto a su madre, Ethera, para volver a casa. Para volver a ese reino maravilloso de fantasías que ella le contaba cada noche al dormir.

Cuentos de un reino verde sin fin, de árboles tan altos como los rascacielos nemhiries, un reino de pirámides colosales. Y por encima de todo, el Valo Nanduïl, el maravilloso árbol lleno de vida y sabiduría. Nïa había soñado miles de veces con sus frutos jugosos al alcance de la mano, con la paz fresca de las hojas. Se recostaría contra el tronco milenario y miraría al cielo azul por entre las altas ramas, descansando por fin.

Y cuando su madre abrió las puertas de aquel paraíso perdido, todo se vino abajo.

Porque el reino de Ithirïe era como una pesadilla oscura de muerte y sangre. La tierra se pudría a sus pies, los riachuelos plateados no eran sino cauces de lodo burbujeante, el cielo azul no existía, sólo nubes negras y lluvia pestilente bajo los relámpagos.

Pero los ojos de su madre brillaban contemplando todo aquello. No parecía darse cuenta de que Eirdain no era más que un sueño. Su mirada se alejaba más allá del horizonte y la luz de sus pupilas era terrible, con una sed de venganza que Nïa no había visto jamás.

Tuvo miedo porque por un momento su madre le había parecido una perfecta desconocida, y cuando dijo «Laila» en lugar de la legendaria reina a la que todos adoraban, Nïa sintió un cuchillo clavándosele en el pecho.

Laila.

Nunca había querido dar crédito a los rumores malintencionados acerca de su madre uniéndose a un humano. Aquello era una mentira cruel, no era posible…

Pero por otro lado, de ser ciertos esos rumores, todo había ocurrido antes de que ella naciera en una modesta Ceremonia de las Flores celebrada en unos campos nemhiries de trigo, a escondidas de los curiosos, sin más pompa que algunas visitas y el temor de ser descubiertos por los campesinos.

«Laila» —pensó de nuevo, pisoteando con furia la nieve bajo sus pies.

Por fin había visto su rostro cuando rozaron Airïe. Cuando todo a su alrededor era incomprensible y maravilloso. Un reino de ciudades en el viento. Nïa jamás había visto algo así. Sólo su vida en el mundo humano, escondidos en la tierra, huyendo de mil peligros y hostilidades. Ahora hasta sus alas parecían desplegarse y brillar.

La chica nemhirie cayó dormida ante ella y Ethera le arrebató la ansiada llave de Eirdain sin demostrar ni una brizna de cariño.

Pero Nïa tenía que saber. Necesitaba comprender aquello. Cuando le preguntó a Ethera, ella en un principio lo negó todo. Luego le dijo que aquella criatura sólo había sido una broma, un plan. La pieza que les había devuelto a casa. Ni siquiera debía pensar en ella porque no conservaba la sangre limpia y pura de Ithirïe. Nïa era su verdadera hija. De la otra, ni se acordaba.

Pero Nïa sabía que eso no era verdad. Porque leía en los ojos de su madre más de lo que la otra creía. Porque Ethera… —pensar en aquello le resultaba desagradable, casi una abominación repugnante—, había llevado a aquella criatura humana dentro de ella, y porque… porque por muy horrible y depravada que hubiese sido aquella experiencia, cuando Ethera miraba a Nïa, no la veía. Sólo veía a la humana nemhirie.

En toda aquella avalancha de ideas, pisando la malhadada tierra de Ithirïe, había deseado ver a la nemhirie por encima de todas las cosas. Verla, gritarle que les dejase en paz, a ella y a su madre. Que se marchase lejos para no volver.

Y de repente estaba allí, en el Reino Blanco. Su deseo se había cumplido tan suave como la caída de una pluma, como uno de aquellos copos de nieve que danzaban frente a su rostro. ¿Pero dónde estaba exactamente? ¿Y dónde estaba «ella»? A su alrededor la nieve se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los árboles de cristal parecían reírse a sus espaldas, y sus sombras se alargaban como cuchillos oscuros intentando tocar sus pies.

El viento silbaba enmarañándole los cabellos pero de pronto, un ruido susurrante la hizo detenerse. Un crujido maligno, el eco de un roce. Se quedó paralizada y volvió la cabeza sin descubrir nada más que las figuras oscuras de los abetos. Entonces, de golpe, sintió todo el peso de la soledad en aquellas estepas vacías. Nadie sabía dónde estaba. Nadie podría rescatarla si algo sucediese.

Caminó con más prisa, forzando la marcha sobre la nieve. El corazón se le había acelerado sin querer y notó una punzada de pánico en la garganta. Deseó salir de allí de inmediato, regresar junto a Ethera, pero en su cabeza seguía la imagen de la nemhirie y su deseo no se cumplió. Podría camuflarse entre los árboles, sólo para comprobar que aquel ruido no era más que la nieve cayendo desde las ramas cargadas de los pinos. Incluso podría huir volando, pero nunca antes había usado sus alas, entumecida como estaba del mundo nemhirie.

¿De nuevo un ruido de pisadas detrás de ella, o eran sus propios pasos? La sangre le latía en los oídos tan fuerte que no lograba distinguirlo. Todo lo que había aprendido sobre ocultarse a ojos nemhiries se había borrado de su cabeza como por arte de magia, y sólo notaba el pánico sordo palpitando una y otra vez.

Aceleró el paso y la nieve pareció que se volvía más blanda aún, dificultando su avance, hundiéndose más allá de las rodillas e impidiéndole su viaje a ninguna parte. El aire frío se había convertido en ventisca, pero ya no lo notaba.

Porque algo venía tras ella.

Se giró de nuevo un segundo. Por entre las ráfagas creyó ver una figura que salía de las sombras de los árboles. Algo que se encorvaba hasta ponerse a cuatro patas y olisqueaba el aire. El corazón se le disparó. Intentó correr con toda la fuerza que le daban las piernas pero el miedo y la nieve la hacían tambalearse.

Notó de repente que estaba llorando de miedo y su mente se olvidó de todos los reinos maravillosos y todas las Lailas del mundo. Sólo deseaba que aquello no fuese más que una pesadilla.

Sin embargo la pesadilla se estaba acercando a gran velocidad. Venía a por ella aullando entre zarpazos, parecía escarbar en la nieve, escupiendo terrones hacia atrás. Y Nïa corrió. Corrió como nunca en su vida. Sentía el sudor frío en la espalda y las lágrimas resbalando por su cara, e incluso en un par de ocasiones sus alas la impulsaron hacia arriba para volver a trastabillar en el suelo. Volvió la vista atrás y sus piernas le fallaron haciendo que cayese de espaldas.

Aquello se le venía encima. Algo parecido a un lobo gigantesco con garras como cuchillas. Nïa chilló y el eco reverberó en el valle desolado. La bestia abrió las fauces con una sonrisa asesina y se levantó sobre sus patas traseras acercándose renqueante.

De repente alzó el hocico y pareció olisquear algo. Aquella boca llena de dientes goteantes perdió la sonrisa, pero ya no hubo tiempo para nada más. Se lanzó sobre su presa en el momento que Nïa miraba al cielo blanco y luego cerraba los ojos esperando el final.

Cientos de silbidos cortaron el aire y una lluvia de flechas atravesó el cuerpo del monstruo desde mil sitios distintos. Aquella cosa se revolvió furiosa, dando zarpazos y dentelladas al vacío en medio de rugidos desesperados. La muchacha, asombrada y horrorizada, se arrastró por la nieve intentando ponerse a salvo mientras las flechas arreciaban, hasta que convirtieron al monstruo en algo grotesco e informe que cayó en medio de un charco de sangre negra.

Nïa jadeó tratando de escapar. El suelo estaba cubierto de astas blancas, como las espinas de hielo de los abetos, y miró desquiciada a su alrededor buscando al amigo, o al enemigo, en medio de las lágrimas.

Figuras blancas como fantasmas misteriosos se movieron hacia ella desde la propia nieve, desde los árboles de cristal, levantándose de la superficie transparente de un lago helado, hasta rodearla.

La muchacha sintió que el pecho le dolía de miedo y se cubrió la cara entre las piernas, acurrucada como un gatito indefenso. En su cabeza surgió una idea inquietante:

«Estaban aquí» —pensó aterrada—. «Miraban cómo me iba a comer».

Alguien le puso una manta y abrigos de pieles sobre los hombros y ella le miró sin comprender.

«No sientas temor, ithirïe —escuchó una voz limpia y fría dentro de su cabeza—. Te estábamos esperando».

 

Cuando todos hubieron desaparecido, cuando ya sólo quedó el viento silbante por entre las ramas, la figura muerta del monstruo hiena se fue cubriendo de nieve que hizo desaparecer la sangre negra. Luego, al atardecer, las sombras de los árboles se alargaron y una de ellas rozó, tal vez sin querer, el cuerpo inundado de flechas. Entonces su figura pareció disolverse en aquella sombra, y reptó sobre la superficie inmaculada convirtiéndose de inmediato en otra cosa.