La Maldición de Ithirïe
21 Las minas de Nan-Tasïr
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Las minas de Nan-Tasïr
—¿Iros al infierno, hadas? —puso Aurige voz de falsete—. ¿Me dais ganas de vomitar?
Laila se rió. El Mustang volaba sobre la nieve y el aire frío que entraba por su ventanilla le cortaba la cara, pero se sentía como si le hubiesen quitado un peso de encima cuando expresó sus sentimientos de furia. Se había desahogado con ellas de todo el odio que había acumulado contra Maeve. Había dejado a las limnias con un palmo de narices y fue lo que se merecían. Ahora estaba dispuesta a enfrentarse a un millón de reinas blancas.
A lo lejos, los picos afilados de Nan-Tasïr brillaban con sus misteriosos destellos y la impaciencia la devoraba. Buscaría al sol de Firïe dentro de esas minas, o cuevas, o lo que fuesen, y con la corona encendida volvería y se la pondría a Nïa en la cabeza. Y luego le pegaría una patada en el culo a la vieja Mab.
—Esto no me gusta ni un pelo —dijo sin embargo Nimphia.
Permanecía triste y silenciosa, como si le hubiese caído una losa encima. No sólo era el hecho de saber que su madre y sus dos hermanas podían estar muertas, presas o incluso convertidas en albanthïos. Además de todo eso, estaba Cyinder: su imagen allá en Tirennon, completamente dominada sin mover un dedo, sin que nada la perturbase.
—Va a ser fácil, de verdad —le contestó Laila, animosa—. Estamos a un paso de solucionarlo todo a la vez.
—Suena genial, pero es imposible.
—A ver, por qué.
—La vieja Mab se ha vuelto loca de poder y no va a cambiar tan fácilmente — respondió Nimphia—. Y tal y como tú dijiste, lo del sol de Firïe será sólo una leyenda.
—Las limnias estaban convencidas.
—Menudas traidoras —añadió Aurige levantando una ceja mientras esquivaba unos montículos de nieve—. Deberían llevar más runas de hierro aún.
De repente Nimphia sintió ganas de reírse al imaginar una avalancha de runas cayendo sobre Langella como una cascada.
—En fin, al menos lo vamos a intentar —contestó tratando de olvidar los recuerdos funestos y ponerse a pensar un plan—. Vamos a dar por hecho que los fénix existen.
—Sí —contestó Laila, expectante.
—Lógicamente no van a estar en la entrada de las minas, sino lo más profundo posible. Aurige y yo te esperamos fuera con el motor en marcha…
—Yo voy a entrar —refunfuñó Aurige.
—¡Claro, cómo no! Tú a ponerme las cosas fáciles, lunarïe.
—Pues piensa. Las montañas cada vez están más cerca.
Laila comprobó que era verdad. La nieve bajo las ruedas se había vuelto sucia y arenosa, y por todos lados el terreno se abría en manchas grisáceas de cenizas. De repente hacía mucho calor, y ella recordó los páramos siniestros llenos de olor a azufre del Caldero de las Arpías.
Los árboles de cristal dejaron paso a troncos calcinados, a veces cargados de nieve y otras, secos y ralos como garras saliendo del suelo. Las sombras eran alargadas y puntiagudas y a lo lejos se escuchó un aullido.
Aurige aminoró la velocidad un segundo mientras Laila notaba el corazón a mil por hora. El sol blanco estaba aún muy alto, pero las tres supieron que la situación se había puesto peligrosa de repente.
—Da media vuelta, lunarïe —empezó Nimphia con los ojos desencajados.
La tierra se estaba llenando de sombras. Hilos que confluían formando masas palpitantes. Laila sintió el terror arañándole el estómago y Aurige trató de acelerar a pesar de que todo el suelo se había vuelto negro.
Los ghüls crecieron desde la tierra seca a su alrededor. Miles, cientos de miles de bestias hienas silenciosas que las rodearon hasta que la lunarïe no pudo maniobrar ni un palmo más. Sus manos se llenaron de aspas negras danzantes y Nimphia, aterrada, hacía saltar chispas y pequeños relámpagos entre los dedos.
El corazón de Laila latía de manera salvaje, pero esta vez no iba a dejarse dominar por el pánico. Estaba dispuesta a emprender una carnicería contra aquellos demonios a toda costa convirtiéndolos en arena, en troncos, en lo que fuese, hasta un terremoto si su mente era capaz de ordenarlo.
Y entonces los ghüls pasaron por su lado sin molestarse en mirarlas. Rodeaban el Mustang y seguían hacia algún sitio concreto. Escucharon el sonido de sus uñas arañar la carrocería a lo largo, con desprecio, como si les demostrasen que sabían que estaban allí pero que no les importaban en absoluto. Laila sentía el corazón en la garganta mientras aquella masa negra las esquivaba avanzando hacia los terrenos nevados a sus espaldas.
—¡Qué pasa! —chilló Nimphia al borde del colapso mirando por el parabrisas trasero.
En la distancia una estela plateada venía hacia ellas como un cometa, pero los monstruos hienas siguieron su camino sin hacerle caso. La estela se detuvo; un unicornio majestuoso que relinchó y piafó asustado sin que aquellas bestias demostrasen mayor interés. Cuando ya estuvieron lejos, el unicornio se acercó al trote. La figura de Violeta, cubierta de pieles y mantas, bajó de la montura sin dejar de vigilarlos.
—¿Qué haces aquí, shilaya? —salió Aurige del coche con los ojos muy abiertos.
—Esto no me gusta —respondió ella sin embargo, viendo aquella marabunta asesina alejarse—. Son millones y además actúan como si tuviesen un plan, una decisión conjunta…
Laila y Nimphia se acercaron a ella con caras desencajadas.
—Tampoco van hacia el campamento de limnias —susurró la anciana.
—Señorita Violeta —le dijo Nimphia al rato—, ¿por qué está aquí?
—Bueno —se giró ella intentando sonreír—, vuestra amiga ithirïe ha mandado a las limnias al infierno y yo no quiero ir con ellas a tal sitio, así que…
—¿Ellas vienen? —se animó Laila admirando el unicornio plateado que las observaba inquieto.
—No. Me prestaron… bueno, tomé prestado… ¡Qué demonios, les robé una montura! Pero esto que acaba de suceder no lo había visto nunca.
—¿Y qué cree que significa? —preguntó Laila con un deje de temor.
Violeta negó un poco asustada.
—No se han comportado de forma natural. Hubiésemos muerto todas aquí y sobre todo, porque tal y como Langella os contó, los ghüls son los protectores de Ïalanthilïan. Tú, ithirïe, eres como un reclamo.
—Pues ni me han mirado —tembló Laila.
La anciana shilaya asintió despacio.
—Porque ya han dejado de ser los protectores —murmuró Aurige intuyendo cosas oscuras, pensamientos que adivinaba en los ojos de Violeta.
—¿Entonces, qué son? —gritó Nimphia presintiendo lo peor.
—Sombras. Son el regalo de los tenebrii —contestó Violeta temblando—. No… no son el regalo, son la trampa de los tenebrii.
Laila abrió los ojos desmesuradamente. Ahora lo entendía. Miles de años en Faerie obedeciendo a las hadas, protegiéndolas engañosamente para de repente, levantarse mano a mano con sus verdaderos amos cuando estos los llamasen. Los tenebrii los colocaron allí como piezas de ajedrez y los dejaron dormir en el letargo hasta que se produjese una fisura, y la fisura era…
—Ethera —tragó saliva con la mente llena de una maraña de ideas.
—¡Hay que avisar a Tirennon! —exclamó Nimphia, aterrada, pareciendo que iba a echar a volar.
—¡No hay tiempo ya! —exclamó Violeta deteniéndola—. Hay que revivir las Piedras de Firïe sea como sea.
Las tres la miraron con ojos crispados y luego se volvieron despacio hacia las montañas. Con sus destellos, Nan-Tasïr parecía reírse de ellas en la distancia. Aurige volvió al Mustang y lo puso en marcha haciendo rugir el motor con violencia. Las otras no se hicieron de rogar pero Violeta montó en el unicornio dejando claro que jamás se metería en un cacharro como aquel.
La lunarïe salió disparada dejando regueros de arena y terrones de nieve, pero aunque pisaba el acelerador a fondo, aquel magnífico unicornio no se dejó amilanar y la siguió al galope sin descanso. Laila veía que la shilaya se recostaba agarrándose firmemente al cuello del animal, y ambos parecían volar como una daga de plata sobre un paisaje cada vez más tétrico y calcinado.
Los pensamientos negros volvieron a la carga. Su madre era la fisura, la oportunidad que los tenebrii estaban aguardando, y ahora sería la mano ejecutora con un ejército oscuro a sus espaldas como nunca se había visto.
Las manos se le crispaban, tenía blancos los nudillos. El sol de Firïe debía existir. Tenía que existir, aunque fuese sólo para ella.
Las montañas blancas crecían por fin ante su vista, se agrandaban ocupando ya todo el campo de visión. Los árboles habían dado paso a un paisaje casi irreal. Cúmulos y rosetones de cristales transparentes brillaban por todos lados, cada vez más grandes e intrincados, como flores prismáticas que hubiesen brotado desde el interior hacia afuera, dispersadas por toda la tierra.
El sendero avanzaba elevándose hacia la base de las montañas. Por todas partes crecían pequeños conos de azufre llenos de cristalitos y Aurige los esquivaba a duras penas. La tierra se llenaba de parches blancos arenosos y Laila notaba a Nimphia respirar trabajosamente. Su amiga sudaba al contemplar aquellas extensiones salinas cada vez mayores, resplandecientes bajo un sol blanco que parecía más veraniego y caluroso que nunca.
Atrás, Violeta había disminuido el paso y el unicornio pisaba con cuidado cada nuevo tramo. Frente a ellas, la cara de la montaña presentaba una fachada asombrosa. Cientos de pequeñas aberturas parecían dibujar un bordado en toda su extensión, negros respiraderos o tal vez cuevas excavadas para los seres que allí vivían. Cuando se acercaron, pudieron comprobar que no eran simples agujeros. Alguien se había molestado en tallar columnas llenas de símbolos y runas alrededor de cada uno, ya fuesen singulares adornos o funestas advertencias para los que se atreviesen a llegar hasta allí, era algo que no podían saber.
El viento arrastraba silbidos y ecos de las corrientes que entraban y salían por los respiraderos, causando que todo el paisaje estuviese envuelto en un aura fantasmagórica que ponía los pelos de punta.
En la base, la montaña principal de Nan-Tasïr mostraba una entrada apuntalada con vigas de endebles maderas. Un tope carcomido era el final de un camino de raíles que salían como la lengua de una boca fantasmal. No había ni un alma y la lunarïe detuvo el Mustang justo casi a la entrada.
Laila se bajó despacio. Nimphia y Aurige la miraban intensamente tras los cristales del coche. La chica estudió el terreno atenta a cualquier sobresalto, porque el paisaje cargado de ecos le ponía los nervios en tensión. El viento levantaba nubes rastreras de polvo y una vagoneta de madera con remaches oxidados chocaba continuamente contra el tope, chirriando sobre los raíles.
Había montañas de sal por todas partes, pero la entrada hacia las minas discurría por aquel camino de raíles que se perdía en la oscuridad. La tierra bajo sus pies era caliente, desprendía vapores apestosos, pero si iban con cuidado, sus amigas y Violeta podían caminar en fila india hacia aquel vagón y meterse dentro.
Inspeccionó el contenedor y sacó rocas de sal que lanzó lejos. Luego pidió a la shilaya que le prestase sus mantas de pieles acomodándolas en el fondo y les hizo una señal asintiendo.
—¡Patético! —gruñó Aurige cuando se encontró subida a aquel armatoste—. Y ahora, ¿cómo vamos a mover esto con nosotras tres aquí? ¿Nos vas a empujar tú, nemhirie? ¿Cómo si fueses nuestra criada?
Laila se rió con ganas de hacer una travesura.
—Déjame la varita mágica, Violeta —le pidió con una sonrisa lobuna.
La shilaya apretó la varita con fuerza, pero al final cedió porque no se le ocurría ninguna manera de ayudarla en medio de tanta sal por todos lados. Laila la agitó creando una cascada de destellos y la vagoneta de madera se transformó en un gran carricoche de niño pequeño, con doseles blancos y lazos.
—¡Te odio, te odio, te odio! —gruñó la lunarïe mientras Violeta estallaba en carcajadas recuperando su varita rápidamente.
—Ojalá tuviese mi cámara de fotos aquí —insistió Laila empujando el carrito con fuerza sobre los raíles.
La oscuridad avanzaba hacia ellas y Laila miró un segundo hacia atrás. La claridad exterior menguaba por momentos y toda la caverna resplandecía con estrellas salinas. La atmósfera era seca y cada vez que tragaba saliva notaba el sabor salado. Aurige y Nimphia cubrían sus bocas con pañuelos que Violeta les había prestado, pero los ojos les lloraban incapaces de resistir el escozor del salitre.
—La mina está en uso —informó la shilaya inspeccionando a su alrededor.
La muchacha contuvo el aliento. Había teas apagadas en las paredes y globos redondos que no emitían luz alguna, pero ni rastro de polvo o telarañas. Se veían nuevas, como si las hubiesen apagado minutos antes.
La mina comenzaba el descenso y el carrito parecía deslizarse solo cuesta abajo. De repente escuchó una especie de siseo y se le puso la carne de gallina.
Violeta encendió la estrella de su varita, que refulgió como lava incandescente en la oscuridad total. Algunas cosas corrieron a ocultarse en las sombras. Una bandada de alas negras pasó chillando por entre sus cabellos y todas dieron un grito.
—Murciélagos —murmuró Aurige, despectiva.
—No, no son sólo murciélagos —oteó Violeta en la oscuridad.
Se escuchaban sonidos en el aire: risitas y susurros de cosas que las seguían y las estaban espiando.
—¡Son malditas pixis! —exclamó la shilaya con los ojos abiertos.
Y de repente ya no hubo tiempo para nada más. Un enjambre de libélulas humanas cargó contra ellas en medio del coro de risas agudas. Laila sintió picotazos y pequeños mordiscos en las manos y soltó el carricoche sin querer. De inmediato el vehículo ganó velocidad ante los gritos de sus amigas y se deslizó por la pendiente hacia abajo. Laila corrió como alma que lleva el diablo tratando de alcanzarlas, espantando la nube de pixis que le tiraban de los pelos.
Los prismas de sal pasaban como balas y el chirrido de las ruedas se alejaba cada vez más. Veía las trombas de viento azulado salir de las manos de Nimphia, estampando a las pixis contra las paredes, y los destellos de la varita de Violeta iluminaban la gruta como ráfagas cambiantes.
—¡Corre! —gritó Aurige tendiéndole las manos, pero sus dedos se le escapaban una y otra vez.
Al final la agarró de una muñeca y tiró de ella sin poder impedir que la rodilla de Laila fallase y diese contra el suelo desollándose la piel. La muchacha se encaramó sobre el borde con un último esfuerzo y luego cayó de bruces sobre las mantas de lana. Jadeó asustada, recostada contra el dosel sintiendo el corazón a punto de estallar. La rodilla le sangraba llena de esquirlas de sal.
—¡Estúpidas! —les gritó a las pixis con rabia levantando su puño, mientras el carricoche aceleraba de manera vertiginosa sobre el camino de raíles.
La velocidad daba miedo en aquel artefacto frágil y sin control, y las vías se internaban cada vez más en la profundidad de la montaña. En un momento determinado los raíles se bifurcaron en caminos distintos que se internaban en otros tantos túneles. El cochecito eligió uno al azar y luego se unió a un nuevo entramado de raíles más viejos y oxidados que no tenían nada que ver con el camino principal. Los zumbidos de las pixis las acompañaron un rato, pero al final fueron quedándose atrás y se perdieron en las galerías hasta que sólo se escuchó el ruido monótono de las ruedas sobre los listones de madera.
Parapetada tras los doseles, Laila veía pasar paredes enteras de filos transparentes, cortantes como cuchillos, y toda la mina parecía un cristal de sal gigantesco que hubiese sido tallado y apuntalado minuciosamente a lo largo de centurias. Al menos tres veces más la vía se dividió, y a ella le pareció que por algún misterioso motivo, la vagoneta transformada en cochecito elegía siempre el túnel más angosto y tétrico.
La velocidad del carricoche aumentaba dando tumbos. Y seguían bajando. A veces tramos suaves y otros, igual que los descensos empinados de una montaña rusa pero siempre hacia abajo. Cada vez hacía más calor, era como un horno encendido. Ninguna decía nada, sólo atentas y expectantes a cualquier cosa que pudiese ocurrir.
Las paredes se ensancharon formando grutas y los raíles se hundían cada vez más en el suelo irregular haciendo que las ruedas traqueteasen a punto de salirse de sus ejes.
El techo creció hacia las alturas cuando entraron en una caverna gigantesca, llena de columnas retorcidas de sal que goteaban y destellaban a la luz de la varita mágica de Violeta. Las aguas blancas iridiscentes de un lago chocaban contra la roca lamiendo las vías y Laila presintió que habían llegando a una parte abandonada, que nadie transitaba Dios sabía desde hacía cuánto tiempo. Nimphia se agarró de su brazo y le señaló hacia adelante.
Ella sintió una extraña admiración. Al frente se divisaba una estructura singular que sobresalía de las aguas, como una catedral tallada en la roca salina que se hubiese derretido formando paredes chorreantes y columnas fantasmales, llenas de finos hilos entramados y relucientes.
El suelo entero era ya la superficie del lago y el carrito se frenaba entre los regueros de agua que salpicaban en todas direcciones, hundiéndose poco a poco. En unos instantes el terreno descendente bajaría tanto que cubriría por completo al vehículo, y las aguas salinas se abatirían sobre ellas.
—¡Saltad! —gritó Violeta elevándose en el aire y de inmediato se quedó atrás.
Aurige y Nimphia no se lo pensaron dos veces, y volaron junto a la shilaya arrastrando a Laila hacia las alturas. Ella iba a decir que podía nadar en el lago, y que probablemente hasta caminaría sin hundirse por la concentración de sal, pero entonces algo se movió sinuoso a sus pies. Algo vivo que hacía ondular las aguas alrededor del cochecito. El vehículo permaneció flotando un momento sobre la superficie lechosa como un barquito estrafalario y de pronto fue arrastrado hacia abajo, desapareciendo en el acto.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Nimphia con los ojos muy abiertos, escudriñando con temor las densas aguas que se remansaban poco a poco, hasta que la superficie pareció una pared de cristal blanco.
—Mejor no saberlo —contestó Aurige, insegura, y su voz creó ecos en la caverna.
De repente el paisaje resultaba aterradoramente inhóspito. Perdidas en las profundidades de la tierra y rodeadas de sal por todos lados con cosas vivas que las observaban, la única opción parecía aquella especie de catedral tallada en la piedra fundida.
Violeta voló despacio, inspeccionando el terreno atentamente. Escalones de roca gris salían del lago y el camino ceniciento cruzaba por debajo de una arcada de pilares derretidos, igual que la boca de un fantasma de cera.
La shilaya se puso de puntillas sobre la ceniza y luego asentó los talones con gran precaución. Entonces asintió para sí misma y les hizo una señal para que se acercaran. Allí la tierra volvía a ser normal, si se podía considerar normal que todo el suelo estuviese calcinado como si se hubiese quemado miles de veces.
—Si caminamos en fila, y con mucho cuidado de no salirnos del camino ni tocar nada, podemos pasar —aseguró levantando la luz de su varita mágica.
—Sí, será mejor que lo hagamos y pronto —anunció Nimphia, que escuchaba de nuevo sonidos en el agua a sus espaldas.
Laila miró hacia el lago. Una pequeña turbulencia parecía venir hacia ellas como una flecha y no quiso esperar más. Empujó a las otras hacia el interior sin volver la vista atrás y todas corrieron hasta que el chapoteo cesó a lo lejos.
Violeta respiraba jadeando por el esfuerzo, otra vez con la mano apretada sobre el pecho, y sus pasos eran pesados y tambaleantes. Tras atravesar los cúmulos de finas estalactitas y estalagmitas que les cercaban igual que los barrotes de una prisión, entraron en una sala de dimensiones colosales, cuyas paredes negras se extendían cientos de metros hacia todos lados. El calor se volvió sofocante. Pequeños túmulos de piedras soltaban finas volutas de humo que flotaba hacia arriba dando la impresión de una atmósfera irreal, como una catedral negra llena de candelabros de incienso.
Laila sintió un sobrecogedor respeto ante aquella inmensa grandiosidad. El suelo estaba ahora formado por colosales sillares que encajaban con perfección milimétrica, extendiéndose en una amplia avenida que discurría bajo la lejana cúspide de granito. A ambos lados, dos hileras de estatuas de leones se disponían enfrentadas cual siniestros guardianes expectantes, a punto de abalanzarse sobre el extranjero que osase entrar en aquellos dominios.
La estancia estaba iluminada por un halo rojizo que llegaba desde el fondo, creando sombras que se deslizaban sobre aquellas estatuas monstruosas similares a esfinges. Por un momento pareció que estaban vivas y las seguían con los ojos.
Mientras la anciana descansaba sentada en el suelo y se secaba el sudor de la cara con su pañuelito, Laila se acercó a una de las esfinges para contemplarla. Se trataba de un león rojo con alas extendidas y cola de escorpión. El pelaje parecía tan real que deseó acariciarlo, casi segura de que llegaría a notar la suavidad de aquella melena leonina.
—Son mantícoras —la sobresaltó Nimphia con ojos brillantes acercándose a su lado, y ella misma rozó la superficie que refulgía como el bronce pulido.
Su amiga contemplaba extasiada las dos hileras de piedra. Las mantícoras tenían las garras extendidas y las fauces abiertas en actitud de combate, enfrentadas a la fila del otro lado de la avenida. Casi parecía un paisaje egipcio de calor rojo ardiente, sólo faltaban las pirámides y el río Nilo. Tan sobrecogedor e irreal era todo que creyó que si se esforzaba, podría oír el susurro de aquellas alas, el latir de los corazones…
—¿Escucháis algo? —dijo entonces Nimphia, en respuesta a sus propios pensamientos.
Se volvió inquieta. Aurige ayudaba a Violeta a incorporarse, pues la anciana shilaya miraba a todos lados con temor, y aferraba su varita mágica con la mano crispada. Se escuchó un siseo ahogado y un roce escamoso que les puso los pelos de punta.
A su alrededor, los ojos sin vida de las estatuas brillaban. Las sombras danzaban en las paredes y por un momento pareció que aquellos animales se movían en los reflejos, los músculos se estiraban bajo la fina piel, las fauces se abrían… Pero no era más que una ilusión óptica provocada por el calor, el humo y el resplandor rojizo del fondo.
—Ssssserrrrpienteeeee —escucharon un susurro gutural que se multiplicaba en ecos por todos lados, rebotando contra la piedra.
—No hagáis bromas en este momento —musitó Laila arrimándose a sus amigas en un círculo muy estrecho, espalda con espalda.
—Es el momento en el que yo haría una broma —tembló Aurige sin perder el cinismo.
—Ssssssssssssss —seguía aquel sonido arrastrado, un poco más cerca, como una respiración escapando entre dientes.
Violeta movía su varita provocando círculos de luz incandescente. Las sombras se acercaban, se movían por todos lados. Roce de pisadas y aliento gorgoteante. Unos ojos rojos se abrieron en la oscuridad y el ser avanzó despacio hacia ellas, como un depredador acechante.
—Ssserpiennntee —repitió mientras una de sus patas entraba en el círculo de luz.
Laila se estremeció. Un rugido sobrenatural acompañó al rostro de uno de aquellos animales legendarios. Las pupilas brillaban como el fuego, y arrugaba las comisuras de las fauces mostrando colmillos casi cristalinos. Nimphia estaba paralizada del susto y la emoción, contemplando las alas escamosas, la majestuosa testa de pelo largo y sedoso…
La mantícora movió hacia ellas su cola de escorpión con un movimiento demasiado rápido, imposible de ver.
—¡Atrás! —gritó Violeta en el momento en que la varita desprendía una catarata de destellos que iluminaron toda la estancia.
La visión se les atragantó. Tras la imponente bestia, el resto de mantícoras estaban bajando de sus peldaños de piedra, lentamente, despertando de un sueño de milenios. Se estiraban como panteras y caminaban despacio, elegantes, con aquellos demoniacos ojos rojos alargados.
Estaban ya rodeadas por todos lados. Las mantícoras las espiaban sin moverse, atentas al mínimo suspiro. El aguijón de la primera bestia se erguía sobre la cabeza de Laila, balanceándose como un péndulo.
—Izzzzzirïeeee —siseó abriendo la boca aún más.
Las otras la imitaron con insana alegría. Laila comprendió al punto. Ella, el enemigo acérrimo de cualquier Firïe, había penetrado en el lugar más sagrado del reino, en el templo donde antiguamente nacía el sol para bien o para mal.
—Dame la corona, lunarïe —susurró con voz temblorosa, todavía sin saber exactamente qué estaba haciendo.
Aurige se la entregó despacio. Las mantícoras aullaron todas a la vez al contemplar la alhaja quemada, la joya sagrada desaparecida milenios atrás. La bestia que las dirigía, que parecía la reina de todas, contempló a Laila con ojos sesgados.
—Venimos a despertar al sol de Firïe —musitó la muchacha ofreciendo la corona al legendario ser.
La gran mantícora rugió y entonces se abalanzó sobre ella tirándola al suelo. Nimphia y Aurige gritaron y varias aspas de luz negra volaron clavándose en el pelaje leonado. La bestia ni siquiera se resintió, y el resto de sus compañeras rugieron cercándolas, apartándolas de su amiga.
El mundo pareció detenerse y sólo se escuchaba el lamento de Nimphia negando una y otra vez entre sollozos. Violeta mantenía la varita mágica en lo alto, quieta como una estatua abrazando a las dos chicas, con los labios tensos y todos los rasgos crispados.
La mantícora se agachó hasta la cara de Laila que temblaba bajo sus garras sin siquiera poder respirar. Los ojos de fuego se acercaron tanto que parecían quemarla. La miraba desde más allá del tiempo, olía su cara, su piel. Laila veía aquellos colmillos de cristal con ojos desorbitados y la boca seca. Toda su vida estaba pasando ante ella en una décima de segundo, contemplando la muerte cara a cara.
El ser se acercó a su cuello peligrosamente. Luego bajó despacio y se quedó mirando su pecho, donde latía su corazón desbocado.
—¡Aaaaahhhhhhhh! —exhaló el animal algo como un suspiro y luego rugió a las alturas.
El eco rebotó miles de veces en la piedra negra igual que el estallido de un trueno. La mantícora retrocedió un paso dejándola libre. La muchacha gateó hacia sus amigas con la corona apretada en la mano, todavía sin comprender qué ocurría. El resto de las bestias se apartaban despacio para colocarse tras la primera, como un pequeño ejército de gatos de obsidiana que las contemplaban en silencio.
La que era la jefa de todas se dio media vuelta y anduvo unos pasos hacia el resplandor rojizo que latía a lo lejos. Luego se volvió y miró a Laila a los ojos, esperando.
Ella tragó saliva con el terror congelado en la garganta, pero estaba claro que no había otro remedio que aceptar la invitación de la magnífica bestia. Miró a sus amigas y Nimphia asintió por todas.
Caminaron en silencio, sobrecogidas, acompañadas por los singulares felinos que se deslizaban tras ellas sin apenas hacer ruido. Al frente el resplandor crecía. Lenguas de sombras se agitaban en las lejanas paredes, danzando como fantasmas oscuros.
El final de roca se agrandaba ante ellas, crecía hasta una altura imposible de calcular y parecía que arriba brillaban diminutas estrellas de la noche. Desde el suelo crecían grietas y líneas entretejidas en relieve que le daban un aspecto tenebroso, como efigies irreales que apenas se llegaban a distinguir. Sensación de alas, cabezas alargadas bañadas en llamas. No eran colosos ni estatuas. Era la propia montaña esculpida por dentro.
Las baldosas gigantescas formaban un intrincado tapiz lleno de runas grabadas que convergían en un círculo y en el centro, una oquedad no más grande que el tamaño de una mano de la que salía una columna de fuego.
Las mantícoras se desplegaron alrededor y allí permanecieron quietas mirando fijamente el extraño ardor que burbujeaba sin cesar.
Laila se volvió a Violeta pretendiendo que la shilaya supiese todas las respuestas. La anciana contemplaba la columna de fuego vivo con aprensión.
—Creo que esto es el último resquicio de Firïe —respondió ante su mirada inquisitiva—. La última llama. No queda nada más y las mantícoras la protegen de cualquier peligro.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó la chica con la duda comiéndole las entrañas.
—Si sólo queda esto, es lo único que puede encender las Piedras —dijo la shilaya con la incertidumbre reflejada en la cara.
Laila miró la corona negra en su mano. Justo el tamaño para aquel agujero de fuego. La gran mantícora a su lado extendió la pata señalándole con claridad lo que debía hacer.
Sintió un miedo espantoso. Aquello desprendía un calor infernal, como un corazón de lava palpitante, y ella tenía que meter el brazo allí. La bestia rugió amenazante al notar sus dudas y su tardanza. Crispó los dedos. Era lo que tenía que hacer. Lo que estaba dispuesta a hacer para salvar a Nïa.
Sudando y sintiendo ya el dolor en la piel, se acercó a la pequeña sima. El fuego lamía los bordes como una flor que brotaba infinitamente intrincada.
—Me llevareis a Lunarïe a curarme, ¿no? —susurró intentando quitar solemnidad al momento para olvidar el miedo con palabras banales.
Las otras no contestaron. Todos los ojos estaban fijos en ella en medio del silencio sepulcral.
Avanzó la corona hacia la llama sintiendo un calor espantoso. El fuego vivo la envolvía como sangre espesa, incluso goteaba. Laila cerró los ojos un segundo. Tenía que resistir el dolor porque si soltaba la corona, caería en el agujero y se perdería para siempre. La intensidad creció hasta el límite de la tortura. Su mano agarrotada apenas podía moverse y ella abrió los ojos llorando, notando la carne arrasada.
Contempló asombrada su piel intacta, rojiza por las lenguas ardientes pero sin un rasguño. Las gemas parecían brillar rojas en aquel baño de fuego, como rubíes incandescentes que atrapaban la mirada para perderla en un laberinto de destellos donde se guardaban todas las dudas, todos los tesoros. Rosas de sangre brotando y floreciendo dentro de las gemas, extendiéndose en un universo púrpura lleno de estrellas.
Laila quería seguir mirando el interior de las Piedras. Ya no importaba el dolor, ni siquiera lo sentía. Allí dentro se escondía el secreto de los secretos, lo tenía en su propia mano que parecía desprender un tenue halo verdoso.
Firïe e Ithirïe, unidos por fin tras milenios de sangre, guerra y venganzas.
Y de repente, el agujero empezó a soltar volutas de humo oscuro, como si le hubiesen tirado encima un cubo de agua fría y se estuviese consumiendo. Aquel corazón palpitante menguaba, se estaba reduciendo a rescoldos negros.
—No, por favor —suplicó desesperada con lágrimas en los ojos.
La corona aún no estaba viva del todo. Las Piedras volvían a oscurecerse una tras otra perdiendo aquel brillo rojo de vida. Las rosas se marchitaban, la sangre se convertía en cenizas…
Las mantícoras aullaron al unísono formando una cacofonía insoportable de gritos y rugidos chocando con la piedra de las paredes. Nan-Tasïr pareció estremecerse vibrando con un suspiro que hizo temblar la tierra entera.
Y entonces, con un siseo final, el último fuego de Firïe se apagó.