La Maldición de Ithirïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 19 de 28

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La Maldición de Ithirïe

18 Redención

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Redención

Laila sostenía con cuidado un saquito de terciopelo purpura entre las manos. Lo miraba fijamente, sentada en un mullido sillón del salón del trono. Lo miraba pero no lo veía. El fuego ardía en una gran chimenea de piedra gris y el ambiente era agradable, pero ni aún así conseguía calentar su alma helada. A su alrededor, el bullicio de Blackowls apenas era un murmullo lejano que no lograba sacarla del pozo negro en el que se había hundido.

Notaba los ojos intensos de Titania puestos en ella. La reina sentía el poder de las Arenas allí mismo. Las codiciaba, pero jamás se las pediría. Se mantenía fría y distante con los ojos llenos de estrellas, y no sabía que Laila estaba deseando ponerlas en el suelo y pisotearlas hasta reducirlas a polvo.

Ya no le quedaba nada. Sir Richard le había entregado las Arenas de Solarïe sin una palabra, con la mirada baja y suplicante, pero ella recibió las perlas sin reflejar ni un sentimiento. Porque no lo tenía. Si en su maltratada inocencia hubiese llegado a pensar que Sir Richard se las devolvía porque eso era lo correcto, Atlantia se encargó de rebatirlo, dejándola en medio de un desierto de emociones.

—No tenía opción —dijo la acuarïe cuando ya subieron al esquife de Nimphia para regresar a Lunarïe—. Hubiese muerto bajo mi daga si no nos las hubiese entregado.

Laila asintió. El anciano caballero le había dado el tesoro de Solarïe pero no porque la quisiera a ella, eso ya le había quedado claro, ni porque se hubiese arrepentido de sus acciones. Simplemente porque no tenía otra alternativa.

Deseó odiarle y llorar, porque al menos significaría que guardaba algún sentimiento. Pero no había nada. Ni siquiera la lástima o la preocupación cuando el mayordomo corrió por fin a telefonear a un médico para su señor. Miró a la mujer del ataúd por última vez y subió las escaleras mohosas sin querer escuchar los lamentos que se alejaban en la distancia.

La noche oscura de Londres cambió al firmamento de Lunarïe en apenas un parpadeo. Las estrellas frías bordadas en el negro terciopelo parecían burlarse de ella. Laila seguía contemplando la bolsita mientras recordaba las palabras de Sir Richard. Había entregado el Agua de la Vida a Ethera como parte de un pago. Las hadas le arrebataron a su mujer y en lugar de olvidarlo y cargar con su culpa, el anciano se había hundido aún más en aquella trampa que era Faerie.

Fue entonces cuando sintió de verdad algo de pena por él. Al igual que con su padre y con ella misma, las hadas podían hacer realidad los sueños, pero al final se cobraban un precio demasiado alto. Un precio que ningún nemhirie podía pagar.

Siguió aferrada a las Arenas de Solarïe y ni siquiera escuchó lo que la reina Titania hablaba con Nimphia cuando llegaron por fin a Blackowls. Debía ser importante, pero a ella le daba igual. Devolvería las perlas a Cyinder y después…

Después se marcharía. Lejos, donde nadie la conociese. Una nueva vida en la que no existiese ni un recuerdo. Entonces sintió una mano suave en su brazo y se sobresaltó. Nïa se había acercado a ella y la contemplaba fijamente tras las vendas blancas.

—No te puedo ayudar —le dijo Laila por fin, negando con la cabeza—. Lo he perdido todo y siento mucho tu situación, pero no tengo ya nada que ofrecer a nadie.

Nïa le sonrió con su rostro casi infantil.

—Estoy yo —le dijo como si con eso bastase, y Laila estuvo a punto de reír con amargura.

—No estoy muy segura de que seamos hermanas —murmuró ella tragando saliva —. Ni siquiera creo que quiera serlo, lo siento.

—Voy a casarme con el rey de las sombras —le dijo Nïa de sopetón, como un jarro de agua fría tirado a la cara.

Laila la miró asombrada pero el rostro de la chica era serio, demasiado solemne. Por un momento creyó que se había vuelto loca, igual que Miranda. Estaba delirando. Primero lloraba y pataleaba llena de terror y ahora anunciaba la boda como si además lo estuviese deseando.

—Es lo que me faltaba por oír —contestó de mal humor—. ¿Quién te ha convencido ahora? ¿Titania?

—Tengo mucho miedo —le dijo Nïa cogiéndole la mano—. No quiero ir a ese sitio oscuro, lleno de cosas que susurran. Pero voy a casarme con él.

—De verdad que no lo entiendo —soltó Laila con demasiada brusquedad—. ¿Crees que vivimos a tu capricho? Aurige ha ido a buscar las Piedras de Firïe sólo para salvarte, Cyinder ya no quiere saber nada de nosotras, Ethera va a destruirlo todo usándote para su venganza, ¿y ahora tú estás de acuerdo?

—Ahora sí.

—¿Y por qué, si se puede saber? —sintió Laila su enfado crecer, y de repente se dio cuenta de que estar enfadada y rabiosa la alegraba. Al menos sentía algo.

—Por ti —le soltó Nïa de sopetón—. Te querré mucho, pero más tarde.

Y se dio media vuelta para volver a sentarse junto a la reina Titania.

Laila la siguió con la vista tratando de serenarse. ¿Por ella? ¿Se iba a casar con el rey de Throagaär por ella? ¿Y qué pintaba ella en todo ese asunto? Si ya le daba igual lo que fuese a ocurrir y además lo que hiciesen las sombras no era de su incumbencia. Se iba a marchar muy lejos, y cuando fuese una anciana, las canas blancas le cubrirían sus pelos ithirïes de una vez por todas.

—¿Qué te ha dicho? —susurró Nimphia llegando a su lado.

—Sólo tonterías —respondió en voz baja.

—Pues va a haber un concilio de reinas —le comunicó su amiga, muy nerviosa —. Titania acaba de decirme la noticia. Y al parecer el concilio se celebrará con urgencia, y no sólo por la destrucción de Acuarïe. Hay algo más.

A Laila le daba igual todo aquello. Las intrigas de las reinas y sus planes enrevesados habían dejado de tener sentido.

—Cuando vuelva Aurige os voy a pedir un favor…

—Pues yo ya estoy aquí —contestó de repente la voz de su amiga lunarïe a sus espaldas—, y espero que no sea un favor muy complicado, porque tenemos un serio problema.

Laila se levantó sobresaltada. Nimphia se había abrazado a Aurige con fuerza, pero la cara de la otra no era precisamente de felicidad extrema. De repente notó la mirada de alguien, de Jack Crow que la observaba fijamente desde las sombras de la entrada, como queriendo leer una certeza escrita en su rostro.

Y entonces se sintió furiosa. ¿También ella tenía la culpa de lo que le ocurriese a él y a Sir Richard? El hombre de negro se movió despacio en su dirección y sus ojos se fijaron en la bolsita de terciopelo. Durante un segundo se produjo un silencio terrible y Laila se mantuvo firme y desafiante.

—¿Cómo está él? —preguntó Jack sin embargo, con una nota de tristeza en la voz.

—Mal —respondió ella—. Muy mal, y ahora mismo no siento pena por ninguno de vosotros.

El hombre de negro apretó los labios, pero al final asintió.

—No tengo que disculparme de nada ante ti, Laila Winter —le dijo con voz ronca y dura—. Y si crees que eres la única que lo ha perdido todo, te equivocas.

Ella no supo qué contestarle. Con gusto hubiese destapado aquella marea de negrura que guardaba en su interior y se hubiese desahogado gritándole mil cosas, pero sintió una extraña compasión por él. Y por Monique. Sir Richard había dicho que también vendió sus almas, lo arriesgó todo por un sueño, y de repente miró el saquito de las Arenas de Solarïe en sus manos. ¿Tanto valía aquello? ¿Tanto como para destrozar a los que amabas, perderlo todo y seguir luchando?

Y entonces le llegó la respuesta. Valía exactamente lo que valen los sueños, lo que cada uno estuviese dispuesto a ofrecer para conseguirlos.

¿Y qué había sido de sus propios sueños? Encontrar a su madre y que la quisiera, que Daniel la quisiera, que Lizzel y Sandy la quisieran… ¿Y ya está? ¿No había nada más que el buscar desesperadamente ser aceptada? De repente se encontró muy vacía porque acababa de darse cuenta de que ella, precisamente la que exigía el cariño de todos, no daba el suyo a nadie.

Volvió a mirar a Jack Crow a los ojos y entonces, sintiendo en lo más profundo de su corazón que aquello era lo correcto, le tendió la bolsita de terciopelo. El hombre la observó atentamente.

—Ya no las necesito —aseguró él—. Para mí hay algo mucho más importante ahora.

Y miró a Aurige que en ese momento se enfrentaba a su madre y sacaba una corona negra de una bolsa, ante la mirada horrorizada de la reina Titania. La muchacha contempló asombrada al hombre de negro. Pero más aún cuando, sin mediar palabra, se dirigió a la lunarïe y la cogió del brazo obligándola a encararse con él. Entonces la besó en los labios delante de todo el mundo.

—Tengo que irme —le dijo ante el estupor general y el rostro congelado de Titania, que parecía que le hubiese caído un rayo encima.

Luego Jack se marchó sin volver la vista atrás y Aurige mostró a su madre una sonrisa cínica y desafiante.

De repente se escuchó una risa suave y sincera, y Laila se sorprendió al descubrir que era la suya propia. Porque se alegraba de verdad por su amiga. Sin envidias, sin el «¿por qué ella sí y yo no?». Aurige no buscaba, no quería nada para sí misma. Y como no necesitaba nada, la vida se lo daba todo.

Nimphia reía radiante y parecía que estaba a punto de aplaudir, pero se contuvo discretamente ante la cara de Titania, que no presagiaba nada bueno.

—Querida, creo que necesitas esto —dijo entonces Oberón, tendiéndole un abanico.

—Ya hablaremos, Aurige —murmuró con una mirada demasiado oscura y helada, sentándose despacio en su trono.

—No hay nada de qué hablar —respondió ella—. Y ahora mismo me parece mucho más importante solucionar el tema de las Piedras de Firïe que escuchar un berrinche por el futuro del trono de Lunarïe.

De repente Laila se dio cuenta de que la corona negra que la reina sostenía ahora en sus manos era la misma de la estatua de Acuarïe, la misma de sus pesadillas. ¡Lo había logrado! Las Piedras de Firïe por fin. ¿Y cuál era ese problema entonces?

—Las Piedras están apagadas —susurró Nimphia llevándose la mano a la boca con horror—. Siguen muertas como cuando las vimos bajo el agua por primera vez.

La chica volvió a mirar aquella legendaria joya. Las gemas negras no despedían ni un destello, ni un signo de vida y entonces se dio cuenta de las consecuencias.

—¿Qué hacemos ahora, mamá? —preguntaba Aurige con cinismo, recogiendo la corona de sus manos—. ¿Cómo protegemos al Ojo de la Muerte?

Titania se giró hacia Nïa, que parecía estar perdida en algún sitio lejano, y de repente la cogió por los hombros con manos crispadas.

—¡Vete! —le gritó—. ¡Escóndete en el tiempo, es lo que quisiste hacer aquel día!

Nïa se sobresaltó pero negó repetidamente con la cabeza.

—¡Miranda! —le chilló desquiciada—. ¡Te estoy ordenando que me obedezcas!

¡No es un ruego!

—Ella no es Miranda —dijo Laila de repente—. Es mi hermana, y no va a ir a ninguna parte si no quiere.

Titania la miró como quien ve a un bicho raro y después de unos segundos sus manos se suavizaron hasta volver a ser la reina fría e impasible.

—Ella es el Ojo de la Muerte, y mi obligación es velar por su seguridad por encima de cualquier cosa —entonces permaneció meditando en silencio lo que pareció una eternidad—. Nunca lo hubiese creído, pero no me queda más remedio que pedir protección al Reino Blanco.

—¡No puedes hacer eso! —exclamó Aurige, atónita.

—Sí, vamos allí —dijo entonces Nïa ante el asombro de todos—. Quiero ir al palacio de cristal y jugar con los planetas del cielo.

—Dioses, esto me supera —susurró Titania llevándose la mano a la frente—. Que yo, la reina de Lunarïe, tenga que humillarme para salvar a una cría que no entiende de obligaciones… Claro, es una ithirïe. Nadie podría ser más irresponsable.

Laila se puso roja como un tomate.

—De verdad, mamá, ¿tratas de ser desagradable o es innato? —le soltó Aurige.

—Aurige, mejor guarda silencio porque estoy a punto de desheredarte después de lo que mis ojos han visto hoy. ¡Un nemhirie que te ha faltado al respeto, y a mí! ¡En mi propia casa! Sin duda esto es el fin de los tiempos, o yo me he vuelto demasiado blanda permitiendo la anarquía…

—Querida, no te sofoques —le dijo Oberón, apaciguador—. Todo se va a solucionar, ya lo verás. Quizás parezca que te humillas ante la bruja Maeve, pero yo sé que en verdad serás tú la que dirija la situación, y al final todos harán lo que tú digas y se postrarán a tus pies.

Laila miró divertida al rey de Blackowls. Su encantador ingenio era capaz de sofocar la pelea más airada. De hecho, Titania respiró hondo y sus facciones se serenaron cuando empezó de nuevo a tramar mil planes secretos.

—Tienes razón, querido —dijo por fin—. No hay nada como una crisis para ver las cosas con más claridad. Creo que el espectáculo bochornoso de mi hija con un nemhirie me ha nublado el entendimiento unos instantes.

Aurige se mordió los labios intentando mantener la calma y luego regresó junto a sus amigas con claras intenciones de salir del castillo. Las otras no se hicieron de rogar, y hasta la misma Atlantia las siguió de inmediato.

—Y yo que creía que Angaïl era dura —comentó con un susurro burbujeante.

—Mira acuarïe, te puedes ahorrar tus comentarios oceánicos sin ningún problema —le contestó Aurige echando chispas.

—Pero reconoce que, como mínimo, lo de Jack ha sido sorprendente —añadió Nimphia ocultando la risa—. ¿No nos lo vas a contar?

—Evidentemente, no.

Nimphia chasqueó la lengua, contrariada.

—Bueno, al menos tenemos las Arenas de Solarïe —dijo Laila mostrándole a su amiga la bolsita púrpura—. El problema de Cyinder está solucionado.

—¿Y cuál era el favor que ibas a pedir, Laila? —inquirió Aurige, todavía escrutando las ventanas iluminadas del castillo con una mirada oscura.

Ella no contestó de inmediato. Había pensado irse, desaparecer, y les iba a pedir que no la buscasen nunca y que además la comprendiesen, pero ahora ya no lo tenía tan claro. Quería sentirse viva otra vez, emocionarse con las cosas que tenía, y además, quería hacerlo junto a sus amigas.

—Pues ir a devolverle esto a Cyinder —dijo por fin apretando el terciopelo entre los dedos.

—¿Directamente a Tirennon, ante las fauces de Maeve? —levantó Aurige una fina ceja.

—Exactamente.

—Me apunto.

—Y yo —añadió Nimphia—. Iremos al concilio de las reinas. Mi madre estará allí. Estoy deseando saber hasta qué punto está dominada por la voluntad de la vieja Mab.

Laila y Aurige la miraron con una sonrisa. La airïe seguía exiliada, era la que más se arriesgaba de todas, pero estaba dispuesta a meterse en la boca del lobo sin pensárselo dos veces.

—¿Y yo qué hago? —sonó la voz acuosa de Atlantia, que se había cruzado de brazos de manera tajante.

—Puedes irte a la ciudad sumergida que hay en Solarïe —le contestó Aurige—. Al menos agradece el regalo que te han hecho.

—¿Estás intentando deshacerte de mí? —inquirió la otra de malos modos.

—¿Se ha notado mucho, o necesitas pistas?

—Voy con vosotras —la contradijo ella con firmeza—. De hecho, no os estaba pidiendo permiso.

—Pues vaya, yo creía que sí.

Laila se rió con fuerza. No se había dado cuenta de cuánto había echado de menos aquellas discusiones y su risa voló con alas hacia la noche, hasta que las contagió a todas y la misma Atlantia siseó bajo la máscara una risa de burbujas.

—¿Esto va a ser siempre así? —preguntó tratando de asimilar la nueva situación de tener amistades.

—Hasta que te acostumbres —le respondió Laila alborozada, acordándose de los tiempos en los que era ella el objetivo de todos los enfados de Aurige.

Se sentía nueva, liberada. Allí estaba con sus amigas, en medio de una situación catastrófica y mil peligros por todos lados. Pero plenamente a gusto consigo misma. Su corazón se había llenado de una plácida calidez y tenía ganas de correr, de saltar y gritar. De abrazar a sus amigas, llorar con sus penas y reír con sus alegrías. Entonces, en un alarde de felicidad, hizo aparecer batidos de bayas de la nada y la acuarïe se quedó tan perpleja que pareció que la máscara era su propia cara.

—¿También tengo que hacer de shilaya? —gruñó.

—Es fundamental —le contestó Aurige—. De hecho, has sido nombrada shilaya oficial del grupo, y queremos verte ya con la varita mágica y cumpliendo nuestros deseos.

—Pues vais fritas —les respondió ella cruzándose de brazos en medio de los bufidos de risa—. No me hace gracia esto.

—Mala suerte, no se puede tener todo —replicó la lunarïe caminando de nuevo hacia el interior del castillo.

Nimphia le dio un codazo amistoso a Atlantia. La acuarïe no entendía la forma de ser de las otras, era como dos mundos chocando, y ellas tampoco habían trabado amistad con acuarïes hasta entonces. La airïe presentía que aquella relación podía ser extremadamente difícil.

En el salón del trono reinaba ahora el bullicio. Los duendes y los sirvientes humanos trataban por todos los medios de complacer a la reina Titania preparando su equipaje, siguiendo sus más estrictas órdenes sin cometer fallos que la enojaran. Mientras tanto, ambos reyes estaban discutiendo otra vez.

—Tienes la obligación de venir, querido —decía ella—. Posiblemente sea el concilio más importante de toda la historia y es hora de que te comportes de acuerdo a tu dignidad.

—Si yo soy muy digno —se quejó Oberón jugueteando con el abanico entre sus manos—. Pero sería el único hombre entre tantas mujeres dando órdenes y tomando decisiones «tan importantes». Mi corazón no podría resistir toda esa belleza reunida.

Titania frunció el entrecejo y suspiró. Laila camufló una sonrisa. Más que tanta belleza, lo que Oberón trataba por todos medios de evitar era un cónclave con tanta arpía reunida.

—Nosotras también vamos —dijo Aurige en voz alta, intentando provocar a su madre y ver su reacción.

—Por supuesto —la contravino ella—. Será muy interesante ver qué ocurre cuando Maeve perciba el poder de las Arenas allí mismo, y me encantará ver su cara en el momento en que saquéis la corona…

De repente se quedó pensativa. Los diamantes de sus ojos brillaban con un destello de satisfacción intrigante y por un momento sonrió con verdadero placer malévolo.

—Perfecto, me parece muy bien que vengáis —concluyó—. Aunque me hagáis parecer tan ridícula como una solarïe, llevando una comitiva de airïes, ithirïes y acuarïes bajo mi cargo.

Todas se miraron con los labios apretados teniendo que tragarse aquellas palabras altivas sin replicar. Titania tomó a Nïa de la mano y se dirigió hacia la salida del castillo, con una pose majestuosa que contrarrestaba grotescamente con todo el cortejo de duendes que la esperaba. Laila notó que la reina crispaba sus manos de alabastro cuando cerró los ojos, para no tener que ver al nefasto séquito que iba a tener el honor de acompañarla a Tirennon.

Nïa caminaba seria, sin un atisbo de sonrisa, y giró su rostro al pasar junto a ella como si la estuviese mirando fijamente a través de las vendas. ¿Querría decirle algo? ¿Algo que ella supiese que iba a ocurrir para que estuviesen preparadas? Si era así, la chica no abrió la boca, y sólo se giró un momento para decirle adiós a Oberón con una sonrisa preciosa.

La noche parecía más oscura que nunca. La mayoría de los fuegos y las risas del castillo se habían terminado, y sólo se escuchaba el trote desacompasado de los cientos de duendes sobre las baldosas de piedra.

—Creo que tu madre jamás lo ha pasado tan mal en su vida —le susurró a Aurige cuando iniciaron su andadura fuera de los muros de la fortaleza.

—Tienes toda la razón —asintió la otra a punto de echarse a reír.

A pesar de todo, los duendes caminaron en silencio todo el tiempo que pudieron, aunque notaron algunas bajas cuando se cruzaron con grupos pixis azules danzando en los fuegos fatuos de un pantano, mucho más interesantes que aquella caravana aburrida.

Poco después los bosques de Blackowls quedaban atrás. La noche empezó a llenarse de nubes algodonosas que cubrieron las estrellas, hasta que todo se envolvió con una neblina grisácea que parecía no tener fin.

La comitiva atravesó el manto de nubes subiendo por el camino iluminado hacia la cima. La niebla se dispersaba en pequeñas volutas a su paso para volver a condensarse tras ellas segundos después. Cuando el mar de bruma se evaporó en una tenue gasa húmeda, la ciudad de Tirennon destellaba ya a lo lejos bajo el sol blanco, como un enjambre de catedrales de cristal y las cinco torres de marfil recortadas contra el cielo.

—Nunca había visto Tirennon —susurró Atlantia.

Y de repente se quitó la máscara un segundo para contemplar la ciudad con sus propios ojos. Laila apenas se acordaba de su rostro acuarïe, algo cerúleo casi azulado, y las pupilas tan claras que parecían aguamarinas, pero al momento la falsa piel de maniquí cubrió sus facciones y sólo escucharon su respiración mecánica.

Los blancos muros se agrandaban ante sus ojos y bajo las arcadas, toda una legión de albanthïos parecía estar aguardándolas.

—Deberíamos sentirnos honradas —comentó Aurige con sorna en voz baja—. Tal despliegue de medios, sólo por nosotras.

—Cierra el pico lunarïe —le chistó Nimphia cuando ya las rodeaba la multitud arrolladora de albanthïos—. Podrían llenarnos de runas de hierro en menos de un segundo.

Laila tragó saliva. Convertirse en una limnia no era precisamente el sueño de su vida. Y aunque dudaba que los guardianes blancos tuviesen la intención de enfrentarse o capturar a la reina Titania, sintió un escalofrío al recordar a las silenciosas hadas despojadas de sus poderes, allá en las misteriosas llanuras de Nan-Og, siendo entrenadas por una anciana shilaya. ¿Y todo para luchar contra aquel ejército? Era una batalla perdida aún sin haber comenzado.

El cortejo de duendes permaneció en los jardines del palacio, pues jamás les hubiesen permitido el paso a aquellas criaturas al interior del recinto real. Aún así, muchos albanthïos tuvieron problemas para mantener el orden y más de uno deseó, por primera vez, abandonar la guardia personal de Maeve aquel día.

Las escoltaron hacia el interior y Laila sintió que la admiración la dejaba sin palabras. El palacio de Tirennon irradiaba belleza y elegancia por todos lados, desde el grandioso recibidor que daba la bienvenida con sus altas y estilizadas estatuas blancas, a los magníficos salones de lisas columnas y vidrieras interminables desde los que se podía divisar toda la ciudad. Pequeñas flores flotaban en el aire inundando el ambiente con una dulce fragancia, y todo envuelto en una atmósfera de serenidad y recogimiento. Si nunca hubiese conocido a la reina Blanca y todo lo que ella era, habría deseado con todas sus fuerzas quedarse allí para siempre.

Las acompañaron hasta el salón del trono y luego todos los albanthïos se arrodillaron a la vez sin levantar la vista del suelo. Ellas caminaron tras Titania en silencio, sobrecogidas. En las alturas, cuatro esferas blancas giraban sin cesar con un sonido susurrante, justo en vertical sobre un pequeño lago de aguas lechosas que lanzaban destellos bajo la luz del sol.

Al fondo, sentada en un trono hecho de diamantes, la reina de reinas las estaba esperando.

Laila sintió de nuevo su corazón latiendo a toda velocidad. Además de las doncellas y las sacerdotisas blancas que las observaban, a la derecha de la reina Maeve y sentada en un trono de oro, Cyinder las contemplaba llegar sin rastro de emociones.

—Siempre consigues sorprenderme, Titania —dijo la reina Maeve con una sonrisa despectiva a modo de bienvenida—. ¿Ahora te dedicas a hacer de niñera y protectora de almas perdidas?

—Cuando los gobernantes basan todo su imperio en una mentira, siempre deben surgir los héroes protectores, hasta de los rincones más oscuros —replicó ella haciendo una reverencia.

Los labios de Maeve eran una línea afilada en su níveo rostro.

—Así que eres una heroína y yo baso mi reinado en una mentira —dijo sintiendo que debía calmarse, pues Titania la sacaba de quicio con mucha frecuencia últimamente.

—No os he nombrado. Si os habéis dado por aludida, algún motivo habrá, majestad —contestó la reina de Lunarïe con una sonrisa.

El regio salón permaneció en silencio. Laila dejó de prestar atención a aquella batalla dialéctica para concentrarse en su amiga Cyinder. En ningún momento había hecho ademán de reconocerlas, pues ni siquiera las miraba. Sus ojos dorados permanecían abiertos y sin brillo.

—Y no te basta provocarme con una exiliada que me falta al respeto —seguía Maeve—, sino que además te presentas con dos ithirïes, cuando sabes que toda Ïalanthilïan sufre la presencia de aquellos que han declarado de forma violenta y brutal ser nuestros enemigos.

Titania permaneció en silencio unos segundos.

—Quizás nos merecemos todo lo que nos está ocurriendo —contestó por fin—. Quizás la reina de Ithirïe tuviese poderosas razones que nunca nos molestamos en averiguar. Ahora, su venganza caerá sobre todas nosotras.

Sus palabras permanecieron en el aire como una amenaza oscura.

—Así pues, vienes en nombre de Ethera, eres su mensajera.

—En absoluto. En realidad acudo precisamente para pedir la protección del Reino Blanco para todo Lunarïe y para el Ojo de la Muerte.

La reina Blanca se quedó entonces tan sorprendida que fue incapaz de articular palabra.

—El Ojo de la Muerte —repitió, impresionada—. ¿Dónde está? Siento su presencia, pero quiero verlo, tenerlo en mis manos para estar segura de tus intenciones. Dámelo y todo este periodo de sinsabores entre Lunarïe y Tirennon habrá terminado.

—No —Titania se puso rígida—. Sólo cuando termine el concilio, se lo daré a la reina de reinas. He pedido la protección de Tirennon, no «vuestra protección».

Maeve la miró sobresaltada.

—¿Qué estás sugiriendo, Titania? Yo soy la reina de Ïalanthilïan, a la que debes mucho más respeto del que estás mostrando. ¿Acaso tus palabras ocultan la intención de derrocarme y hacerte con el poder?

—Mis palabras no ocultan nada. He hablado muy claro. Confiaré el Ojo de la Muerte a la reina de reinas, sea quien sea.

La reina Blanca entrecerró los ojos ante aquella muestra de soberbia y rebeldía.

—Ya que parece que de nuevo tu propósito es sembrar la discordia y no aportar soluciones —decía Maeve, tajante—, será mejor para todas que ocupes tu sitio entre los invitados, pues el trono de Lunarïe está reservado para la reina Geminia, como sin duda sabes.

—Sin duda —corroboró ella dirigiéndose de inmediato a una de las sencillas sillas de mármol que rodeaban a los tronos de oro.

Las otras la siguieron sin levantar la vista del suelo. Laila se sentó junto a Nïa sin dejar de observar a Cyinder, que parecía tan ajena a todo lo que ocurría a su alrededor como si estuviese perdida en un sueño. O tal vez en una pesadilla. Ni siquiera la presencia de las Arenas de Solarïe lograban sacarla de aquel estupor.

No tuvieron que esperar mucho tiempo, pues pronto empezaron a llegar los heraldos y las delegaciones de todos los reinos de hadas, para el que sería el más importante, violento y desgarrador concilio de toda la historia de Faerie.