La Maldición de Ithirïe

Bárbara G. Rivero · Capítulo 2 de 28

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La Maldición de Ithirïe

1 Cyinder

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Cyinder

La oscuridad inundaba cada recodo del palacio de Tirennon. Los corredores solitarios asustaban un poco, tan fríos y desprovistos de adornos que le resultaban inquietantes. En las paredes, diminutos farolitos llenos de luciérnagas blancas apenas iluminaban el camino con sus destellos, y las sombras se alargaban sinuosas, envolviendo las columnas como si la espiasen al pasar, vigilando cada uno de sus movimientos. Cyinder caminó presurosa seguida de su doncella, y el eco de los pasos sobre el mármol se multiplicó igual que una respiración entre susurros.

Llegó a las habitaciones que la reina Maeve había dispuesto para ella esa noche. Una cena en su honor que no había podido rechazar. Ya al día siguiente, con la primera luz de la mañana, regresaría a la Universidad sin tardanza.

Los aposentos le resultaron más agradables que el resto del palacio. Allí se respiraba calidez y comodidad. La reina Maeve se había preocupado de manera especial para que ella se encontrase a gusto y Cyinder lo agradecía en el alma.

De un vistazo se hizo una idea bastante precisa de la sobriedad, la elegancia y la sencillez que impregnaban cada rincón, y tomó notas mentales para cambiar el palacio de Solandis en cuanto tuviese oportunidad. Muebles cómodos pero señoriales, nada de adornos de oro ni colores chillones. El blanco era perfecto y daba la sensación de flotar en un mar de espuma lleno de paz.

Su mano se deslizó sin querer a un bolsillo de la modesta toga que todos debían vestir y rozó con los dedos la carta que su madre le había escrito. Se volvió a la doncella por si la estaba espiando, pero la sacerdotisa parecía estar más preocupada por la disposición de los cojines sobre la cama y el orden preciso de los libros en las estanterías, que en otra cosa. Cuando le dio la espalda, la vestal fijó en ella sus ojos convertidos en rendijas.

Cyinder se sentó sobre el mullido colchón y sacó la hoja de papel dorado, escrita con letras góticas y chispitas de luz. Por un momento se avergonzó de la propia carta, tan recargada y brillante que le resultaba ofensiva. Empezó a releerla pero su mente voló a la cena real con Maeve y las líneas de oro se volvieron borrosas.

 

—¡Querida Cyinder! —la saludó la reina con una amplia sonrisa—. ¡Ven, siéntate a mi lado!

La muchacha tragó saliva. Se sentía pobre y pequeña en aquel salón inmenso decorado con un gusto impecable, pero la propia reina en persona se había levantado de su asiento para mostrarle su deferencia y su aprecio, y ella no podía sino corresponder a tal honor.

Avanzó emocionada hacia la cabecera de una mesa larguísima en la que sólo había cubiertos preparados para dos comensales, aunque allí hubiese podido cenar la corte entera de Solarïe sin ninguna incomodidad.

El frío se hacía sentir por todos lados. Una chimenea majestuosa permanecía apagada tras el respaldo de la reina Mab, como si el calor fuese una muestra de debilidad que la reina de reinas no iba a consentir. Cyinder respiró hondo. Ella no era débil. Solarïe no era débil. Al revés, era un reino del que tanto ella como Maeve podrían sentirse orgullosas.

—Mi querida hija, porque te puedo llamar hija, ¿verdad? —seguía la reina Blanca con su sonrisa preciosa—. Te aprecio tanto que ni siquiera siento la necesidad de la Ceremonia de las Flores. Contigo a mi lado es como si se hubiesen cumplido todos mis deseos.

Cyinder enrojeció de orgullo creyendo que la otra iba a abrazarla, pero Maeve volvió a sentarse en su silla sin siquiera tocar su mano.

—Claro que sí —respondió de inmediato, deseosa de agradarla, y se sentó frente al plato vacío.

Al momento entraron varias sacerdotisas con bandejas cargadas de frutas que dispusieron en la mesa. Maeve no probó bocado así que Cyinder tampoco, aunque con gusto se hubiese dado un atracón con las sabrosas uvas rosadas que parecían gritarle «¡Cómeme!»

—Y dime, cuéntame cosas —decía la reina—. ¿Te sientes a gusto en Tirennon? ¿Echas de menos Solarïe?

—Un poco. Bueno, muy poco —recapacitó al ver que la mirada de ella se oscurecía—. En verdad echo de menos a mis amigas…

Bajó la cabeza y espió la respuesta de Maeve por el rabillo del ojo. No quería contrariarla pero había algunas cosas que la hacían dudar, como el hecho de haber dormido a Laila, y retenerla en el palacio para usarla como rehén frente a la reina de los ithirïes, una vez que apareció por fin ante todas en el Reina Katrina.

Maeve sin embargo sonreía llena de amabilidad. Era tanta su benevolencia que le llegaba en oleadas, despejando cualquier inquietud. ¿Pero cómo se atrevía a dudar de ella ni un solo segundo? Cyinder se sintió terriblemente mal. No se merecía estar en su presencia.

—Sabes que lo hice por su bien —respondió la reina de reinas y Cyinder no se dio cuenta de que la otra contestaba a sus pensamientos, pues no había dicho nada de Laila en voz alta—. Ethera no la quiere, la ha utilizado y si tu amiga descubre esa gran verdad, sufrirá tanto que no quiero ni pensar en las consecuencias. A ella se le partiría el corazón y a ti te arrastraría en su dolor. Son cosas que no voy a consentir.

Cyinder asintió despacio. Lo que Maeve decía era justo lo que estaba pensando. Era la verdad. Pero Aurige y Nimphia, que habían huido con los Señores de los Vientos como si fuesen criminales…

—La hija de Titania es una rebelde sin solución —contestó Maeve siguiendo el curso de su mente—. Ya sabes que Lunarïe es un reino oscuro y traicionero. Yo misma he pensado muchas veces en un cambio ejemplar. Pero ya ves, hay que respetarles y ser benevolente aunque siempre estén conspirando con sus secretos y sus misterios huidizos.

—Bueno, pero Aurige es distinta —protestó la muchacha con voz débil.

—Es la hija de Titania. No lo puede evitar. Si su madre es traicionera, ella también. No dudes que llegará el día en que sus intereses y los tuyos serán opuestos, y entonces tu amiga no dudará en traicionarte.

Cyinder agachó la cabeza ante sus terribles palabras. No podía creerlo. Aurige no era así, ni Nimphia. Sentía los ojos ardiendo y no vio que Maeve contraía los labios antes de ensancharlos en su amplia sonrisa.

—De todas formas —balbuceó la solarïe tratando de esconder las lágrimas, signo de debilidad—, dijisteis que perdonaríais a todos, que la guerra se terminaría…

—Es mi intención —la sonrisa de la reina se había vuelto fría—. Cuando todos los que se oponen a mí, se den cuenta de su ceguera y se inclinen sometiéndose a la voluntad del Reino Blanco, no habrá necesidad de enfrentamientos ni batallas. Lo que más deseo en este mundo es perdonarles, te lo aseguro.

Cyinder se sintió incómoda. No tenía ningún derecho a recriminarle nada, así se lo gritaban sus propios pensamientos y cada resquicio de su alma.

—Hija mía, no he querido atormentarte —le dijo acariciando sus cabellos dorados y Cyinder levantó la vista—. Eres una joven muy fuerte, casi tanto como yo a tu edad, y me siento muy orgullosa de ti.

El corazón de ella latió apresuradamente y sonrió tragándose las lágrimas.

—Venga, hablemos de cosas divertidas —siguió la reina—, de esas cosas que habláis las muchachas, de fiestas y de chicos…

Cyinder enrojeció. No es que mantuviese amistades con jóvenes, pero había uno en concreto… Sin embargo cerró su mente negándose a revelar nada, ni siquiera a acordarse de él, y la reina no pudo descubrirlo.

—Me ha escrito mi madre —dijo contenta, sacando una carta dorada llena de adornos sobrecargados.

—¡Qué sorpresa! —fingió Maeve una alegría desmedida, pues en realidad ya estaba al tanto de todo el correo que la actual reina de Solarïe recibía—. ¿Y qué nos cuenta de Solandis?

—Bueno —empezó ella con timidez—, dice que está muy bien y que es muy feliz ahora que nadie la critica.

—¡Quién la critica! —pareció alterarse la reina—. No pienso consentir que nada ni nadie enturbie el bienestar de tu madre. Dime quién es y recibirá un castigo singular por esa falta de respeto. ¿Ha sido Titania? ¿Zephira tal vez?

—No dice nada de eso —se apresuró ella a contestar—. Sólo dice que es feliz y también me invita a ir con ella de compras, porque va a salir la moda de primavera…

Se guardó la carta muy avergonzada. Su madre no tenía remedio y ahora Maeve se burlaría de ella y de todos los solarïes. Sin embargo, el rostro de la reina era de infinita bondad y sabiduría.

—¿Quieres ir? —le sonrió al parecer maravillada con la noticia—. A mí me encantaría estar en tu lugar, libre de preocupaciones, sin los desvelos y las angustias que trae consigo el deber de ser reina —compuso una mirada triste—. Ya quisiera yo asistir a fiestas y desfiles de moda, pero no puedo. Tengo que ser fuerte y velar por los habitantes de Ïalanthilïan, pero ese sacrificio me llena de orgullo, porque sé que es por el bien de todos.

—No sé qué hacer…

—Ve, querida hija —insistió—. Diviértete y cómprate muchos vestidos. Al menos harás cosas que yo nunca me podré permitir estando en el trono.

Cyinder tragó saliva. Ella no era débil ni se asemejaba a su madre. No podía perder su tiempo en vestidos ni fiestas y además, ¿sólo lo había imaginado o había percibido cierto tonillo de burla en las palabras de Maeve?

—No iré —dijo por fin, asumiendo su papel de joven reina—. Tengo mucho que aprender y estudiar para que Solarïe sea lo que siempre he soñado.

La reina Mab pareció mirarla con tal respeto y admiración que Cyinder se sintió temblar de orgullo. Las sacerdotisas entraron y recogieron las bandejas de fruta que ni siquiera habían tocado, como dando a entender que la cena había concluido. Una cena muy corta. Ni siquiera le había dado tiempo a tomar un poco de agua, pero estaba segura de que las cosas en palacio debían ser así.

Cyinder se levantó con gran respeto, deseando decir algo importante para que aquel momento grandioso no se perdiera.

—Yo te ayudaré a cumplir esos sueños —se adelantó Maeve tomando la palabra —. Ahora eres mi hija y nunca permitiré que te suceda nada malo.

 

Luego se había marchado sola, con su dama de compañía, y ahora estaba en sus aposentos frente a la misiva dorada de su madre. Los ojos volvieron a enfocarse en las chispitas de luz y releyó las líneas con desaprobación. Entonces rompió la carta y la desechó a un lado con gestos elegantes, queriendo evitar por encima de todo que la doncella notase que la pena la inundaba por dentro.

Se tumbó sobre el colchón dejando que el sueño la venciera.

Y entonces soñó con su madre, con Hellia, allá en las Montañas Shilayas de Sïdhe, cuando le había entregado la corona de oro trenzado y se había liberado de la carga que siempre había supuesto para ella reinar.

El sueño se volvió confuso, lleno de imágenes borrosas y voces lejanas. Una vieja bruja en una torre oscura. Llevaba los ojos tapados con vendas mugrientas y a su lado, una shilaya anciana miraba a las estrellas del techo y le decía unas palabras extrañas.

«Tú serás la última luz, mi niña —oyó su voz en el vacío de los sueños—. Y a pesar de todo lo que nos odias, las shilayas estaremos a tu lado cuando todo Ïalanthilïan caiga en la negrura. Recuérdalo para siempre…»

Se agitó inquieta. En el sueño trataba de recordar el nombre de la anciana una y otra vez hasta que dio con él. Se llamaba Violeta, pero ella aborrecía todo lo que las shilayas representaban y se alejó de la torre oscura con la cabeza muy digna.

Sentada tras los velos de la cama, la sacerdotisa blanca vigilaba su sueño y al notar su desasosiego, salió de la habitación sin hacer ningún ruido.

Cyinder se alejó de la torre sin mirar atrás. Ahora estaba en un barco que volaba por el aire. Se acercaba despacio a otra torre, tan colosal y grandiosa que el resto del mundo parecía hecho de juguete. Las corrientes entraban y salían a placer por entre los arcos y las columnas, y todos los vientos se reían de ella. «¡Shilaya, shilaya!» —le gritaban dejando caer a sus pies vestidos estrafalarios de la moda de primavera.

Se arrebujó en las sábanas sintiendo frío. Los vientos se reían de ella, la insultaban, y sus amigas estaban allí. No hacían nada por impedirlo.

—Te traicionarán —escuchó una voz dulce y suave como la miel—. Se reirán de ti en secreto…

—No —gimió ella en el sueño, que de repente se volvía confuso y azulado.

Caras que la vigilaban en la lluvia, ojos afilados en las sombras. Susurros reptilianos mientras todo se confundía en un remolino. Rostros de dragones y antiguos enemigos: Tritia, la reina de Acuarïe se reía con desprecio, Titania e incluso Zephira, la madre de Nimphia. Se reían con risas cascadas mientras su madre, Hellia, se arrodillaba delante de todas y suplicaba clemencia.

Estuvo a punto de despertar en ese momento terrible, pero entonces una luz bondadosa la apaciguó. La calma volvió como un mar sereno haciendo que su respiración fuese lenta y profunda. Al frente, la ciudad de Solandis resplandecía radiante, más gloriosa que nunca, y todo era gracias a ella. Solarïe entero la aclamaba y ella sonreía, blanca y magnánima, repartiendo amor a su pueblo.

Junto a su cama, la reina Maeve apartó la mano de sus cabellos y la observó con frialdad. La sacerdotisa que vigilaba el sueño de la muchacha se inclinó con respeto y permaneció de pie, en silencio, mientras la reina de reinas se retiraba.

Antes de cerrar la puerta, la reina Blanca volvió a espiar a Cyinder a través de la rendija abierta. Su rostro helado se volvió cruel, lleno de desprecio.

—Estúpida —susurró en voz baja, sintiendo un incontrolable deseo de reír.