La montana magica
Todavía Alguien
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Naphta contestó con una calma inquietante:
—Querido amigo, el conocimiento puro no existe. La legitimidad del concepto religioso del conocimiento, que puede resumirse con las palabras de San Agustín «Creo a fin de conocer», es absolutamente indudable. La fe es el órgano del conocimiento, el intelecto es secundario. Vuestra ciencia sin premisa es
un mito. Siempre hay una fe, una concepción del mundo, una idea; en una palabra, una voluntad, y atañe a la razón el interpretar y demostrar siempre y en todos los casos. Se trata de llegar al quod erat demostrandum. Ya la concepción de la prueba contiene, psicológicamente hablando, un elemento voluntario muy claro. Los grandes escolásticos de los siglos doce y trece estaban de acuerdo en su convicción de que en filosofía nada puede ser verdad si es falso ante la teología. Dejemos de lado la teología, si lo prefiere, pero una humanidad que no reconociese que nada puede ser verdad en la ciencia natural, lo que es falso a los ojos del filósofo, no sería una humanidad. La argumentación del Santo Oficio contra Galileo se reducía a que sus principios eran filosóficamente absurdos. No puede haber argumentación más decisiva.
—¡Eh, eh, un momento!, los argumentos de nuestro pobre gran Galileo han sido más que convincentes.
¡No; hablemos seriamente, professore! Conteste, delante de estos dos jóvenes tan atentos, a esta pregunta: ¿Cree en una verdad objetiva y científica que la ley más alta de toda moral nos ordena buscar y cuyos triunfos sobre la autoridad constituyen la gloriosa historia del espíritu humano?
Hans Castorp y Joachim volvieron sus rostros hacia Naphta, el primero más deprisa que el segundo.
Naphta contestó:
—Tal triunfo no es posible, pues la autoridad es el hombre, su interés, su dignidad, su salvación, y entre ellos y la verdad no puede haber conflicto. Se confunden.
—La verdad será, por consiguiente...
—Es verdadero lo que conviene al hombre. En él toda la naturaleza se halla concentrada, él sólo ha sido creado en toda la naturaleza y toda la naturaleza ha sido hecha para él. Él tiene la medida de las cosas y su salvación es el criterio de verdad. Un conocimiento teórico que no se refiriese prácticamente a la idea de salvación del hombre se hallaría tan completamente desprovisto de interés que sería preciso negarle toda verdad y negarse a admitirlo. Los siglos cristianos estaban completamente de acuerdo sobre la insignificancia de la ciencia natural en lo que se refiere al hombre. Lactancio, que Constantino el Grande dio como preceptor a sus hijos, preguntó abiertamente qué clase de beatitud se aseguraría por saber dónde se halla la fuente del Nilo o lo que los físicos decían sobre el cielo. Si ha sido preferida la filosofía platónica a cualquier otra es porque no tenía por objeto el conocimiento de la naturaleza, sino el conocimiento de Dios. Puedo asegurarle que la humanidad se halla en camino de volver a ese punto de vista y darse cuenta de que la tarea de la ciencia verdadera no es la de eliminar sistemáticamente lo que es perjudicial o sencillamente insignificante para la idea, en una palabra, de dar pruebas de tino, mesura y saber elegir. Es pueril creer que la Iglesia se ha encargado de la defensa de las tinieblas contra la luz.
Ha tenido tres veces razón al declarar culpable un conocimiento que tuviese la pretensión de ser no hipotético, es decir, un conocimiento que desdeñase tener en cuenta el elemento espiritual y el último fin, que es la salvación. Y lo que ha sumido y sume al hombre en las tinieblas es, por el contrario, la ciencia natural «sin premisas» y antifilosófica.
—Nos enseña un pragmatismo —contestó Settembrini— que es necesario transportar al plano político para advertir todo lo nocivo que contiene. Es bueno, verdadero y justo lo que conviene al Estado. Su salvación, su dignidad, su potencia, tal es el escrito moral. ¡Bueno! Esto abre la puerta a todos los crímenes, y la verdad humana, la justicia individual y la democracia... ¡allá se las compongan!
—Le invito a que use un poco de lógica —contestó Naphta—, o bien Ptolomeo y la escolástica tienen razón, y el mundo está limitado en el espacio y el tiempo: si es así, la divinidad es trascendental, la oposición entre Dios y el mundo existe y el hombre también es un ser dualista. El problema de su alma consiste en el conflicto entre lo físico y lo metafísico y todo lo que es social queda en un plano secundario.
No puedo aceptar por consiguiente más que este género de individualismo. O por otro lado, sus astrónomos renacentistas encontraron la verdad y el universo es infinito. En este caso no hay mundo trascendental, no hay dualismo. El más allá se halla integrado en el pasado y el porvenir; la oposición entre Dios y la naturaleza desaparece, entonces, dentro de esta hipótesis; la personalidad humana no es ya el lugar donde se encuentran dos principios contrarios, sino una unidad armoniosa y, por consiguiente, el conflicto interior del hombre se refiere tan sólo al conflicto entre los intereses del hombre y los de la colectividad, y el objetivo del Estado, lo que es perfectamente pagano, constituye la regla moral. Lo uno o lo otro.
—¡Protesto! —exclamó Settembrini tendiendo los brazos y aproximando la taza de té a su anfitrión—.
Protesto contra esa insinuación de que el Estado moderno significa servilismo diabólico del individuo.
Protesto por tercera vez contra esa alternativa vejatoria entre el prusianismo y la reacción gótica, ante la cual pretende usted colocarnos. La democracia no tiene más sentido que el de un correctivo individualista de todo absolutismo del Estado. La verdad y la justicia son las insignias reales de la moral individual, y en este caso de conflicto contra el interés del Estado pueden adquirir incluso la apariencia de potencias hostiles a él cuando en realidad tienden a un bien superior, el bien celestial del Estado. ¡El Renacimiento origen de la idolatría estatal! ¡Qué lógica más bastarda! ¡Las conquistas del Renacimiento y el Siglo de las Luces, señor, se llaman personalidad, derechos del hombre, libertad!
Los oyentes respiraron aliviados, pues habían contenido la respiración durante la gran réplica de
Settembrini. Hans Castorp no pudo contenerse y dio un golpe con la mano sobre la mesa, aunque procurando hacerlo con reserva. «¡Extraordinario!», pensó, y Joachim también se mostró muy satisfecho, a pesar de que el prusianismo hubiese sido mencionado en términos desfavorables. Los dos se volvieron hacia el interlocutor que acababa de ser victoriosamente rechazado, y Hans Castorp lo hizo con tal impaciencia que apoyó el codo en la mesa y la barbilla en el puño, poco más o menos como había hecho al dibujar los cerditos, mirando a Naphta con gran atención y desde muy cerca.
Éste se encontraba sentado, tranquilo, con sus delgadas manos apoyadas en las rodillas. Un momento después, dijo:
—Intento introducir un poco de lógica en nuestra conversación y usted me contesta por medio de frases generosas. No ignoraba que el Renacimiento parió el llamado liberalismo, individualismo y humanismo burgués. Pero todo eso me deja indiferente, pues la conquista, la edad heroica de su ideal ha pasado hace ya tiempo; ese ideal está muerto o agoniza, y los que le darán el golpe de gracia están ya ante nosotros.
Usted se define, si no me equivoco, como un revolucionario. Pero si cree que el resultado de las revoluciones futuras será la libertad, se equivoca. El principio de la libertad ha sido ya realizado y se ha usado de él durante quinientos años. Una pedagogía que hoy todavía se presenta como nacida del Siglo de las Luces y que encuentra sus medios de educación en la crítica, la liberación y el culto al «yo», en la destrucción de formas de vida que tienen un carácter absoluto, puede obtener éxitos momentáneos, pero su carácter frágil no es dudoso ante los ojos de los espíritus atentos. Todas las corporaciones verdaderamente educadoras han sabido desde siempre lo que era realmente importante en la pedagogía: la autoridad absoluta, una disciplina de hierro, el sacrificio, la renuncia de sí mismo y la violación de la personalidad. Es desconocer profundamente a la juventud el creer que siente placer con la libertad. El placer más profundo de la juventud está en la obediencia.
Joachim se irguió, Hans Castorp se ruborizó y Settembrini, inquieto, retorcía su bigote.
—No —continuó diciendo Naphta—, no es la liberación y expansión del yo lo que constituye el secreto y la exigencia de este tiempo. Lo que necesita, lo que pide, lo que tendrá, es el terror.
Había pronunciado esta última palabra más bajo que las anteriores, sin mover el cuerpo; únicamente los cristales de sus lentes habían lanzado un fugaz destello. Sus tres oyentes se estremecieron, hasta Settembrini, que inmediatamente volvió a recuperar la compostura, sonriendo.
—¿Me es permitido informarme —preguntó— quién o qué (como ve, no hago más que interrogar sin saber cómo plantearlo) debe, según usted, recurrir a ese, y repito la palabra contra mi voluntad, a ese terror?
Naphta permanecía sentado con los ojos brillantes. Dijo:
—Estoy a su disposición. No creo engañarme al suponer que nos hallamos de acuerdo en admitir un estado original e ideal de la humanidad, un estado sin organización social ni recurso a la fuerza, una vida en Dios en que no haya dominación, ni servicio, ni ley, ni pena, ni injusticia, ni unión carnal, ni diferencia de clases, ni trabajo ni propiedad; tan sólo igualdad, fraternidad y perfección moral.
—Muy bien. Estoy de acuerdo —declaró Settembrini—. Estoy de acuerdo a excepción de la unión carnal que, con toda evidencia, ha existido siempre, puesto que el hombre es un vertebrado superior y no es diferente de los demás seres...
—Como quiera. Comprendo nuestro acuerdo de principio en lo que se refiere al estado primitivo, paradisíaco, indemne de justicia, próximo a Dios, estado que el pecado original comprometió. Creo que podemos todavía ir juntos un trecho más de camino, refiriendo el Estado a un contrato social que, teniendo en cuenta el pecado, fue establecido para proteger al hombre de la injusticia y colocando en él el origen del poder soberano.
—Beníssimo —declaró Settembrini—. Contrato social. Es el Siglo de las Luces, es Rousseau. No hubiera creído...
—Permítame. Nuestros caminos se separan aquí. Del hecho de que todo poder y toda potencia pertenezcan originariamente al pueblo y de que éste transmite su derecho de legislar y todo poder del Estado al príncipe, su escuela de Manchester deduce ante todo que el pueblo tiene derecho a sublevarse contra la realeza. En cuanto a nosotros...
«¿Nosotros? —se preguntó a sí mismo Hans Castorp interesado—. ¿Quiénes somos "nosotros"? Más tarde debo preguntar a Settembrini a quién se refiere Naphta con la expresión "nosotros".»
—En cuanto a nosotros —prosiguió Naphta—, tal vez no menos revolucionarios que ustedes, nos hemos atenido, en todos los tiempos, en primer lugar a la preminencia de la Iglesia sobre el Estado laico. Pues si la no divinidad del Estado no estuviese ya inscrita sobre su frente, bastaría con recordar sencillamente el hecho histórico de que reposa sobre la voluntad del pueblo y que no es, como la Iglesia, de origen divino, para deducir que, si no es obra del demonio, al menos es un recurso, un remedio insuficiente contra el pecado y la miseria.
—El Estado, señor...
—Ya sé lo que piensa del Estado nacional. «El amor de la patria y el infinito deseo de gloria y todo lo demás.» Es de Virgilio. Usted lo corrige con un poco de individualismo liberal y eso es la democracia.
Pero ello no modifica en nada sus relaciones de principio con el Estado. No le molesta que su alma esté hecha de dinero. La antigüedad era capitalista porque era estatal. La Edad Media cristiana distinguió el capitalismo inmanente del Estado laico. «El dinero será el soberano», es una profecía del siglo once.
¿Niega que se haya realizado íntegramente y que la vida se ha convertido en demoníaca sin remisión?
—Querido amigo, usted tiene la palabra. Estoy impaciente por conocer al gran desconocido que traerá el terror.
—Curiosidad más bien temeraria para el representante de una clase social que es el soporte de una libertad que ha hecho languidecer al mundo. Puedo en rigor renunciar a sus réplicas, pues conozco la ideología política de la burguesía. Su objetivo es el imperio democrático, la superación de principio del Estado nacional al universal. ¿Y quién es el emperador de este imperio? Ya lo conocemos. Su utopía es espantosa y, sin embargo, en este punto nos encontramos de acuerdo, pues su república universal capitalista, el Estado universal, es la trascendencia del Estado laico, y estamos de acuerdo al creer que a un estado original perfecto de la humanidad corresponde un Estado final perfecto situado a la misma distancia que el horizonte. Desde los días de Gregorio el Magno, fundador del Estado de Dios, la Iglesia ha considerado que era su deber llevar de nuevo al hombre al gobierno de Dios. El Papa ha pretendido la soberanía no para él mismo; su dictadura, en lugar y en el sitio de Dios, no era más que un medio para alcanzar la salvación final, una forma de transición del Estado pagano al reino celeste. Usted ha hablado a esos jóvenes de actos crueles de la Iglesia, de su intolerancia punitiva, y ha hablado muy equivocadamente, pues el celo religioso bien entendido no puede ser pacifista, y Gregorio pronunció las siguientes palabras: «Maldito sea el hombre que detenga su espada ante la sangre.» Ya sabemos que el poder es malo. Pero el dualismo del bien y el mal, del espíritu y la potencia, debe ser, para que el reino llegue, pasajeramente suspendido por un principio que reúna el asentimiento y el poder. Eso es lo que yo llamo la necesidad del terror.
¿Y el portador del terror...?
¿Me lo pregunta? ¿Escapa a su manchesterianismo la existencia de una doctrina social que significa la victoria del hombre sobre el economismo y cuyos principios y objetivos coinciden exactamente con los del reino cristiano de Dios? Los padres de la Iglesia califican lo «mío» y «tuyo» de palabras funestas y la propiedad privada de usurpación y robo. Han condenado la propiedad porque, según el derecho natural y divino, la tierra es común a to dos los hombres y, por consiguiente, produce sus frutos para el uso general de todos. Han enseñado que sólo la co dicia, fruto del pecado original, invoca los derechos de posesión y ha creado la propiedad privada. Han sido lo bastante humanos y enemigos del mercantilismo para considerar toda actividad económica en general como un peligro para la salvación del alma, es decir, para la humanidad. Han odiado el dinero y los negocios monetarios y han llamado a la riqueza capitalista aliento de llama infernal. El principio fundamental de la doctrina económica, a saber que el precio resulta del equilibrio entre la oferta y la demanda, ha sido despreciado por ellos de todo cora zón, y han condenado los actos de los que sacan partido de las circunstancias como una explotación cínica de la miseria del prójimo. Ha habido una explotación aún más criminal a sus ojos: la del tiempo, ese delito que consiste en hacerse pagar una prima por el sencillo transcurso del tiempo; dicho de otra manera: el interés, y abusar así, para su propia ventaja y a costa del prójimo, de una institución divina, valedera para todos: el tiempo.
—Beníssimo —exclamó Hans Castorp que, en su entusiasmo, se sirvió de la forma de aprobación de Settembrini—. El tiempo... una institución divina y universal... ¡Es fundamental...!
—En efecto —continuó Naphta—. Esos espíritus humanos han juzgado repugnante el pensamiento de un aumento automático del dinero, han calificado de usura todos los negocios de especulación de capital y han declarado que todo rico era o bien un ladrón o el heredero de un ladrón. Han ido aún más lejos. Han considerado, como Tomás de Aquino, el comercio en general, el asunto puramente comercial, la compra y la reventa como negocio, sin transformaciones ni mejora del objeto de estas operaciones, como un oficio vergonzoso. No se inclinaban a valorar el trabajo como tal, pues no es más que un asunto moral y no religioso y se hace para el servicio de la vida y no para el servicio de Dios. Y desde el momento en que no se trataba más que de la vida y la economía, han exigido que una actividad productiva fuese la condición de toda ventaja económica y la medida de la honorabilidad. Eran estimables a sus ojos el campesino y el artesano, pero no el comerciante ni el industrial, pues todos han querido que la producción se adaptase a las necesidades y han sentido horror por la producción en gran escala. Todos esos principios y esa escala de valores económicos han resucitado, después de siglos, en el movimiento del comunismo. El acuerdo es completo hasta en la reivindicación de la soberanía que formula el trabajo internacional contra el reinado del comercio y la especulación; el proletariado mundial, que opone ahora la humanidad y los criterios del reino de Dios a la podredumbre burguesa y al capitalismo. La dictadura del proletariado, esa condición de la salvación política y económica de ese tiempo, no tiene el sentido de una soberanía por sí misma y eterna, sino el de una suspensión momentánea del conflicto entre el espíritu y el poder bajo el signo de la cruz, el sentido de una victoria sobre el mundo terrenal por medio de la dominación del mundo, el sentido
de la transición, obra de Gregorio el Magno, su celo piadoso se ha renovado en él y, lo mismo que el santo, no podrá impedir que su mano vierta la sangre. Su deber es instituir el terror para la salvación del mundo, para alcanzar lo que fue el objetivo del Salvador: la vida en Dios sin el Estado ni las clases.
Tal fue el discurso radical de Naphta. Los visitantes permanecieron en silencio. Los jóvenes miraban a Settembrini. Era él quien debía reaccionar. Y dijo:
—¡Sorprendente! Ciertamente debo admitir que me hallo trastornado, no lo hubiera esperado. Roma locuta. ¡Y de qué manera! ¡Y de qué manera se ha expresado! Ante nuestros ojos ha realizado un jerárquico salto mortal; si hay una contradicción en ese epíteto, es esa «provisionalmente suspendida».
¡Ah, sí! Lo repito: es sorprendente. ¿Cree, profesor, que pueden ponerse objeciones simplemente desde el punto de vista de la lógica? Usted se ha esforzado, hace un momento, en hacernos comprender un individualismo cristiano reposando sobre la dualidad de Dios y el mundo, y demostrarnos su preeminencia sobre toda moral determinada por la política. Unos minutos más tarde ha conducido el socialismo a la dictadura y el terror. ¿Cómo puede compaginar esas cosas?
—Las contradicciones —dijo Naphta— pueden converger. Únicamente los mediocres y las medidas medio llenas no pueden armonizarse. Su individualismo, como he intentado demostrar hace un momento, es un compromiso, una concesión deficiente. Corrige la moral pagana del Estado con un poco de cristianismo, con un poco de «derecho individual», con un poco de pretendida libertad. Eso es todo. Un individualismo, en cambio, que parte de la importancia cósmica, de la importancia astrológica del alma del individuo, que entiende lo humano no como un conflicto entre el yo y la sociedad, sino como un conflicto entre el yo y Dios, entre la carne y el espíritu, un individualismo así concuerda muy bien con la comunidad más estrecha.
Settembrini lo miró con los ojos muy abiertos.
—Cállese, ingeniero —ordenó con una severidad que había que atribuir a su nerviosismo y a la tensión de su espíritu—. Instruyase, pero no produzca. Eso es una respuesta— añadió, volviéndose hacia Naphta—.
Me consuela poco, pero es una respuesta. Con la industria, el comunismo cristiano reniega de la técnica, la máquina y el progreso. Con lo que usted llama la forma comercial, el dinero y los negocios monetarios a los que la antigüedad concedió una categoría muy superior a la agricultura y la artesanía, niega la libertad. Pues salta a la vista que, por ese camino, como en la Edad Media, todas las relaciones privadas y públicas se encontrarán paralizadas, incluso (me cuesta decirlo) la personalidad. Si el suelo es lo único que alimenta, él es el único que concede la libertad. Los artesanos y campesinos, por honorables que puedan ser, no poseen suelo y son por tanto los siervos de los que lo poseen. En efecto, hasta muy avanzada la Edad Media, las grandes masas, incluso en las ciudades, se componían de siervos. En el curso de nuestra conversación, usted ha dado a entender diversas cosas sobre la dignidad humana y, sin embargo, defiende una moral económica a la que se hallan unidas la servidumbre y la degradación de la personalidad del hombre.
—Se podría discutir sobre la dignidad y la degradación —replicó Naphta—. Pero para comenzar, me consideraré satisfecho si esas conjeturas le llevan a tratar la libertad no como un bello gesto, sino como un problema. Usted constata que la moral económica cristiana en su belleza humana encierra la servidumbre. Comprendo, por el contrario, que la causa de la libertad, la causa de las ciudades, hablando de una manera más concreta, por moral y elevada que sea, se halla históricamente unida a una degeneración profundamente inhumana de la moral económica, a todos los horrores del comercio y la especulación moderna, al reino satánico del dinero y el negocio.
—Admito que no se repliega tras las dudas y antinomias, pero confiesa claramente y sin equívocos posibles que es partidario de la más negra de las reacciones.
—El primer paso hacia la libertad y la humanidad consiste en franquear ese temblor de miedo ante la idea de reacción.
—Bueno, basta ya —declaró Settembrini con una voz algo temblorosa, rechazando su taza y su plato, que estaban hacía tiempo vacíos, y levantándose del sofá tapizado de seda—. Es suficiente por hoy, es suficiente para un día, según me parece. Profesor, le damos las gracias por su sabrosa merienda y por esta conversación tan espiritual. Mis amigos del Berghof deben ir a su cura y yo desearía, antes de que se marchen, enseñarles mi desván. ¡Vengan, señores! Addio, padre!
Ahora había llamado a Naphta «padre». Hans Castorp tomó nota de ello frunciendo el entrecejo. Dejaron que Settembrini organizase la partida y dispusiese de los primos, sin preguntar a Naphta si quería unirse a ellos. Los jóvenes se despidieron, dieron las gracias y fueron invitados a volver.
Se marcharon con el italiano no sin que Hans Castorp se llevase prestada la obra De miseria humana conditionis, un volumen encuadernado y polvoriento.
Lukacek continuaba sentado sobre la mesa, trabajando en el vestido de mangas destinado a la vieja, cuando pasaron por delante de su puerta en dirección a la escalera que conducía al desván. En realidad,
no se trataba de un piso. Era sencillamente un desván, con las vigas desnudas, una atmósfera de granero y un olor a madera caliente. Pero ese desván tenía dos departamentos y el capitalista republicano los habitaba. Servían de estudio y dormitorio a ese bello espíritu colaborador de la Sociología de los Sufrimientos.
Los mostró alegremente a sus jóvenes amigos y calificó su compartimiento de aislado e íntimo, a fin de sugerirles las palabras exactas de que podían servirse al hacer su elogio, lo que hicieron en efecto de común acuerdo.
Era encantador —dijeron ambos—, discreto e íntimo, tal como había dicho. Lanzaron una mirada al pequeño dormitorio en el que un trozo de alfombra se extendía junto a la cama, luego examinaron el gabinete de trabajo, que estaba amueblado sumariamente, pero que mostraba, al mismo tiempo, un orden lleno de frialdad. Cuatro sillas pesadas y antiguas, con asiento de enea, se encontraban colocadas simétricamente a ambos lados de la puerta, y el canapé se hallaba también apoyado contra la pared, de manera que la mesa redonda, cubierta con un tapete verde, sobre la que se veía colocada a guisa de adorno una botella de agua tapada con un vaso, quedaba en el centro de la habitación.
Libros encuadernados o en rústica descansaban, apoyados oblicuamente unos contra otros, sobre una pequeña estantería, y al lado de la ventana abierta se elevaba un pupitre de una construcción ligera, delante del cual había una pequeña alfombrilla. Hans Castorp se sentó un momento en el taburete en que se sentaba Settembrini para estudiar, con una finalidad enciclopédica y desde el punto de vista de los sufrimientos humanos; apoyó el codo en el plano inclinado y declaró que la habitación era discreta y simpática. De esta manera —dijo— debería el padre de Lodovico aparecer en Padua ante su pupitre, con su nariz fina y larga, y se enteró de que, en efecto, era el pupitre del difunto sabio el que tenía ante sus ojos, y de que las sillas de enea, la mesa y la misma botella de agua procedían del mismo origen. Las sillas de enea habían pertenecido al abuelo carbonario y amueblaron en Milán su gabinete de trabajo. Era impresionante. La fisonomía de las sillas adquiría un aspecto político y revolucionario a los ojos de los jóvenes; Joachim abandonó la silla en que estaba sentado inocentemente para contemplarla con desconfianza y no se volvió a sentar.
Hans Castorp, de pie delante del pupitre de los Settembrini, pensaba en el hijo que ahora trabajaba mezclando en la literatura la política del abuelo con el humanismo del padre. Luego los tres se marcharon. El escritor había propuesto acompañar a los primos.
Permanecieron en silencio durante un trecho del camino, pero aquel silencio hablaba de Naphta, y Hans Castorp podía esperar, estaba seguro de que Settembrini acabaría hablando de su compañero y sabía que les había acompañado con ese objeto. No se equivocaba. Después de un suspiro, el italiano comenzó diciendo:
—Señores, desearía prevenirles...
Hizo una pausa y Hans Castorp preguntó entonces, con fingida sorpresa:
—¿De qué? —Y hubiese podido preguntar: «¿De quién?» Pero prefirió esa fórmula impersonal para testimoniar toda su inocencia, aunque Joachim mismo lo comprendía perfectamente.
—De la personalidad que acaban de visitar —contestó Settembrini— y que yo tuve que presentarles contra mi voluntad. Ustedes saben que fue debido a la casualidad. No pude evitarlo, pero me siento responsable y esa responsabilidad me pesa. Mi deber es el de preservar a la juventud de los peligros espirituales que ustedes corren en sus relaciones con este hombre y rogarles que mantengan en sensatos límites dichas relaciones con él. Su forma es lógica, pero su naturaleza es confusa.
Era verdad, en efecto, admitió Hans Castorp, que él no se había sentido completamente tranquilo con Naphta, pues sus palabras eran a veces un poco extrañas. Se podía pensar, en ciertos momentos, que pretendía afirmar que el Sol gira en torno a la Tierra. Pero ¿cómo hubieran podido imaginar que era imprudente relacionarse con un amigo del señor Settembrini? ¿No acababa de decir que era por su mediación por la que habían conocido a Naphta y no iba, además, a tomar el té a su casa? Todo eso demostraba que...
—Seguramente, ingeniero, seguramente. —Y la voz de Settembrini era dulce y resignada a pesar de que la traicionaba un ligero temblor—. No le falta razón al hacerme usted esas objeciones. Le daré, gustoso, cuenta de mi actitud. Vivo bajo el mismo techo que ese señor y es difícil no coincidir con él, una palabra trae otra y se traba amistad. Naphta es un hombre cerebral, tiene temperamento discursivo y yo también soy así. Que me condene quien quiera, pero yo hago uso de la oratoria cuando se me presenta la posibilidad de cruzar el hierro de la idea con un adversario de igual fuerza. No tengo a nadie ni cerca ni lejos... En una palabra, voy a su casa, él entra en la mía, paseamos juntos y discutimos. Peleamos a muerte, casi a diario, pero confieso que el atractivo de nuestras relaciones se halla precisamente en la antinomia de nuestros pensamientos. Necesito esa fricción, las convicciones no viven si no tienen ocasión de combatir y yo, por mi parte, tengo sólidas convicciones. Pero ¿cómo podrían ustedes decir lo mismo de sus convicciones propias? ¿Usted, teniente, o usted, ingeniero? No se hallan acorazados contra los
espejismos intelectuales, corren el peligro de desviar su espíritu y su alma bajo la influencia de esas sutilezas medio fanáticas, medio cínicas.
Así era, convino Hans Castorp, sin duda su primo y él eran de naturaleza fácil a las influencias. Era la historia de los niños mimados por la vida, lo comprendía. Pero se podía oponer a eso el lema de Petrarca, el señor Settembrini sabía lo que quería decir, y de todos modos era interesante oír lo que el señor Naphta había expuesto. Había que ser justo; su opinión sobre el tiempo comunista, por cuyo transcurso nadie podía cobrar una prima, fue verdaderamente notable, y Hans Castorp se había interesado vivamente por ciertas observaciones sobre la pedagogía, que sin duda nunca habría oído de no haber sido por Naphta...
Settembrini apretó los labios, y Hans Castorp se apresuró a añadir que él se abstenía de tomar partido y que había encontrado simplemente interesante lo que Naphta había dicho sobre la naturaleza de la juventud.
—Explíquenos una cosa —continuó diciendo—. Ese señor Naphta, digo «señor» para indicar que no simpatizo precisamente con él, sino que al contrario observo respecto a su persona una estricta reserva mental...
—Y hace bien —exclamó Settembrini, agradecido.
—Ese señor Naphta ha hablado en contra del dinero, del alma del Estado y de la propiedad privada que, según él, es un robo; es decir, se ha expresado contrario a la riqueza capitalista, de la que ha dicho, según creo, que alimenta el fuego del purgatorio, y ha alabado en todos los tonos la condenación de la usura en la Edad Media. Y durante ese tiempo, él mismo... Perdóneme, pero me parece que ese hombre debe...
Bueno, es una verdadera sorpresa cuando uno entra en su casa. Toda aquella seda...
—Sí, sí —dijo sonriendo Settembrini—, la tendencia de sus gustos es muy característica.
—... los hermosos muebles antiguos —recordó Hans Castorp en voz alta—, la Pietà del siglo catorce..., la lámpara veneciana..., el pequeño criado de librea..., los abundantes pasteles de chocolate... hay que convenir que para su persona...
—El señor Naphta —contestó Settembrini— es tan poco capitalista como yo.
—¿Cómo es eso, señor Settembrini? —preguntó Hans Castorp.
—Ésos no dejan que los suyos mueran de hambre.
—¿«Ésos»? —Esos padres.
—¿Padres? ¿Qué padres?
—¡Sí, ingeniero, me refiero a los jesuitas!
Reinó un momento de silencio. Los primos manifestaron la más viva sorpresa y Hans Castorp exclamó: —
¡Qué diablo de hombre...! ¡Qué diablo! ¿Ese hombre... es un jesuita!
—Lo ha adivinado —murmuró Settembrini con cierta ironía.
—No, no, jamás lo hubiera imaginado... ¿Por eso le ha dado el título de «padre»?
—Era una pequeña exageración de cortesía —replicó Settembrini—; el señor Naphta no es sacerdote por culpa de la enfermedad; de momento, no ha llegado a ese grado. Pero hace su noviciado y ha pronunciado los primeros votos. La enfermedad le ha obligado a interrumpir sus estudios teológicos. Hizo unos años de servicio en una casa de la orden, es decir, como lego o ayo de los jóvenes alumnos. Eso convenía a sus inclinaciones pedagógicas. Y sigue esa afición enseñando latín en el Fridericianum. Vive aquí desde hace cinco años y es casi seguro que no podrá abandonar estos lugares. Pero es miembro de la orden y, aunque no estuviese unido a ella más que por un lazo mucho más débil, no le faltaría nada. Les he dicho que personalmente es pobre, quiero decir que no posee nada. ¡Naturalmente, es el reglamento! Pero la orden dispone de riquezas inmensas y cuida de los suyos, como ya ven.
—¡Qué barbaridad! —murmuró Hans Castorp—. ¡Y yo que jamás hubiera imaginado que pudiese existir una cosa semejante! ¡Un jesuita! ¿Es eso...? Pero dígame una cosa: si está tan bien provisto y cuidado por esas gentes, ¿cómo diablos vive allí? No quiero hablar de su alojamiento, señor Settembrini. Está muy bien instalado en casa de Lukacek, es muy simpático. Pero me refiero a que si Naphta dispone de una bolsa tan llena, ¿por qué no vive en otro lugar de mejor aspecto, con una entrada convincente y grandes habitaciones, en una casa distinguida? Eso tiene algo de misterioso y aventurero; instalado en ese agujero, con todas esas sedas...
Settembrini se encogió de hombros.
—Deben de ser consideraciones de tacto y gusto lo que han determinado su elección. Creo que satisface su conciencia anticapitalista en una habitación pobre y que encuentra una compensación en su estilo de vida. La discreción debe de andar también en juego. No se debe anunciar aparatosamente el cuidado con que el diablo atiende a sus necesidades. Se adopta una fachada lo bastante discreta detrás de la cual uno se abandona libremente a su gusto eclesiástico por las sedas...
—¡Que extraño! —exclamó Hans Castorp—. Absolutamente nuevo y muy atractivo para mí, lo confieso.
Nosotros debemos estarle muy agradecidos, señor Settembrini, por habérnoslo presentado. Creo que volveremos con frecuencia a verle. Tales relaciones amplían el horizonte de una manera insospechada y hacen abrir los ojos a un mundo cuya existencia ni siquiera se imaginaba. ¡Un verdadero jesuita! Por cierto, cuando digo «verdadero» pienso en otra cosa que quería preguntarle: ¿es normal? Ya se que piensa que nada es normal cuando se trata de personas que deben sus recursos al diablo. Pero lo que quería preguntar era lo siguiente: ¿piensa como jesuita? Ha dicho una serie de cosas (ya sabe a qué me refiero) sobre el comunismo moderno y el celo piadoso del proletariado que no retrocederá ante la sangre, en una palabra, cosas... que su propio abuelo, con su pica de ciudadano, hubiese sido un inocente cordero comparado con él, y perdóneme la expresión. ¿Es posible? ¿Tiene la aprobación de sus superiores? ¿Armoniza eso con la doctrina romana a favor de la cual la orden debe intrigar en el mundo entero? ¿No es eso (se me escapa la palabra) herético, irregular, incorrecto? Tengo estas ideas respecto a Naphta y me gustaría saber lo que usted piensa.
Settembrini sonrió.
—Muy sencillo. El señor Naphta es, en efecto, y ante todo, jesuita; lo es verdadera y completamente. Pero en segundo lugar es un hombre de talento, de lo contrario no buscaría yo su compañía, y como tal, tiende a nuevas combinaciones, adaptaciones, acomodaciones y variaciones de acuerdo con la época. Usted me ha visto muy sorprendido con sus teorías. Nunca se había expresado conmigo tan abiertamente. Me he servido del estímulo que constituía en cierto modo la presencia de ustedes para incitarle a decir su última palabra. Ha sido bastante chocante.
—Sí, sí. Pero ¿por qué no ha llegado a sacerdote? ¿No tiene la edad?
—¿No le he dicho que es la enfermedad lo que se lo impide provisionalmente?
—Bien, pero ¿no cree que si es primeramente un jesuita y luego un hombre de talento que hace
«combinaciones», esa segunda cualidad complementaria procede de la enfermedad?
—¿Qué insinúa?
—No, no, señor Settembrini. Lo único que quiero decir es que tiene una lesión húmeda y esto le impide ser sacerdote; pero sus «combinaciones» se lo habrían también impedido y, por consiguiente, «las combinaciones» y la lesión húmeda pertenecen al mismo orden de cosas. Es, a su manera, algo así como un niño mimado por la vida, un joli jésuite con una petite tache humide.
Habían llegado al sanatorio. En la explanada de delante de la casa se detuvieron un rato antes de separarse, formando un pequeño grupo mientras los pacientes que vagaban en torno a la puerta les contemplaban.
Settembrini dijo:
—Una vez más, mis jóvenes amigos, les prevengo. No puedo impedir que cultiven una amistad que acaban de hacer si se sienten incitados por la curiosidad. Pero acoracen con desconfianza su corazón y su espíritu, no dejen de oponer una resistencia crítica a ese hombre. Se lo definiré en una sola palabra: ¡es un voluptuoso!
Los rostros de los primos cambiaron de expresión. Luego Hans Castorp preguntó:
—¿Un qué...? Permítame, ¿no pertenece a la orden? Por lo que sé, deben de ser pronunciados unos votos y, además, es tan delgaducho y frágil...
—Habla inocentemente, ingeniero —contestó Settembrini—. Eso no tiene nada que ver con la constitución raquítica, y en lo que se refiere a los juramentos, hay dispensas. He hablado en un sentido más amplio y espiritual para el cual esperaba encontrar en usted cierta comprensión. ¿Se acuerda del día que fui a verle a su habitación? Ha pasado mucho tiempo. Usted cumplía su período de cama obligatorio después de haber sido admitido.
—Por supuesto... Entró durante el crepúsculo y encendió la luz. Me acuerdo como...
—Bueno, ese día llegamos a hablar, como gracias a Dios hablamos todavía a veces, de asuntos elevados.