La montana magica

Thomas Mann · Capítulo 12 de 13 · parte 2/3

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La montana magica

—Con mucho gusto, Clawdia. Tú no dijiste…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Wehsal advirtió también la sonrisa de madame Chauchat y, enseñando sus dientes cariados, habló en estos términos a su compañero de viaje:

—¿Se ha fijado cómo se burla de usted —dijo— porque se ha visto obligado a subir al mismo coche que yo? Cuando uno está enfermo sufre, además, la vergüenza de estarlo. ¿Es que le molesta tanto sentarse a mi lado?

—Por Dios, Wehsal, no hable tan alto, haga el favor —dijo, riñéndole, Hans Castorp—. Las mujeres sonríen por la menor causa, por el placer de sonreír. ¿Por qué se rebaja siempre de este modo? Usted, como todos, tiene sus cualidades y defectos. Por ejemplo, toca muy bien El sueño de una noche de verano, cosa que no está al alcance de todo el mundo. Debería usted tocarlo uno de esos días.

—Sí —contestó el mísero— , usted habla desde lo alto de su grandeza y no se da cuenta de la impertinencia de sus palabras consoladoras, ni de que me humilla aún mucho más hablando así. Le es fácil hablar desde lo alto de su pedestal, pues si hoy está en una situación un poco ridicula, sabe perfectamente que le tocará el turno y ¡ya ha estado usted en el séptimo cielo, Dios mío! Ha sentido sus brazos en su nuca, y todo eso me quema la garganta, y usted considera mis torturas con plena conciencia de las ventajas con que usted se beneficia...

—No es muy noble todo eso que está diciendo, Wehsal. Incluso es repugnante; no es necesario que se lo oculte, puesto que me reprocha que soy impertinente y es muy posible que usted haga todo lo posible por parecer repugnante. Hace todo lo posible para aparecer poco atrayente y no cesa de torturarse.

—¡Terriblemente! —respondió Wehsal, moviendo la cabeza—. No es posible explicar los tormentos que sufro, la sed y el deseo que siento de ella; desearía decir que eso será mi muerte, pero no se puede ni vivir ni morir con ello. Durante su ausencia me sentía mejor, la perdía poco a poco de vista. Pero desde que ha regresado y la tengo cada día ante mis ojos, me siento tan desesperado que me muerdo los brazos, gesticulo en el vacío y no sé que hacer. No debería existir semejante cosa, pero no me atrevo a desear que no exista. Cuando uno siente eso no puede desear que este sentimiento no exista, pues sería abolir la propia vida que está amalgamada con él; ¿de que serviría morir? Después sí, ¡con placer! ¡En sus brazos, con mucho gusto! Pero antes es estúpido, pues la vida es el deseo, es el deseo de vivir, que no puede volverse contra sí mismo, y de esta manera, ¡condenación!, nos hallamos continuamente cogidos. Y

cuando digo «condenación» no es más que una manera de hablar, lo digo como si fuese otro, pues yo mismo no puedo pensar. Hay muchas torturas, y el que sufre una tortura quiere verse liberado, lo quiero a todo trance, a toda costa. Pero uno no puede verse liberado de la tortura del deseo carnal más que a condición de satisfacerlo, no hay otro medio, no hay otro camino. Cuando uno no experimenta esto, no puede comprenderlo, pero cuando lo experimenta se comprende a Cristo y las lágrimas fluyen a los ojos.

¡Dios del cielo! ¡Qué cosa más singular que nuestra carne desee de ese modo la carne, sencillamente porque no es nuestra carne y pertenece a otra alma! ¡Qué extraño y, mirando más de cerca, qué poca cosa! Se podría decir: si la carne no desea nada más que eso, ¡séale concedido en el nombre de Dios! ¿Es que quiero derramar su sangre? ¡No quiero más que acariciarla! Castorp, mi querido Castorp, perdóneme que gima de esta manera, pero ¿no podría entregárseme? Hay en esto algo muy elevado, no soy una bestia; a mi manera soy yo, a pesar de todo, un hombre. ¡El deseo de la carne va en todos los sentidos, no está atado, no está fijo, y por eso lo llamamos bestial! Pero cuando se ha fijado sobre una persona humana con un rostro, nuestros labios hablan de amor. No es únicamente su torso lo que yo deseo, o la muñeca de carne de su cuerpo, pues si su rostro fuese de una forma tan sólo un poco diferente cesaría tal vez de desearla toda entera, y se ve claramente que es su alma lo que yo amo con mi alma, ya que el amor hacia un rostro es el amor del alma...

—¿Que le pasa, Wehsal? ¡Se halla fuera de sí y habla en un tono extraño!

—Pero por otra parte, y aquí está precisamente la desgracia —continuó diciendo el pobre hombre— es precisamente que ella tenga su alma, que sea un ser humano provisto de cuerpo y alma, ya que su alma no quiere saber nada de la mía, y su cuerpo no quiere saber nada del mío. ¡Qué tristeza y qué miseria!

¡Por eso mi deseo está condenado a la vergüenza y mi cuerpo se retuerce eternamente! ¿Por qué no quiere saber nada de mí, ni por el cuerpo ni por el alma? ¿No soy, acaso, un hombre? Un hombre repugnante, ¿no es un hombre? Soy un hombre en la más alta expresión de la palabra, se lo juro. Soy capaz de realizar proezas sin precedentes si ella me abre el remo de las delicias de sus brazos, que son tan bellos porque forman parte del aspecto de su alma. Le daría todas las voluptuosidades del mundo, Castorp, si no se tratase más que de cuerpos y no de almas, si no hubiese su alma maldita que no quiere saber nada de mí, pero sin la cual yo no desearía tal vez todo su cuerpo. Ése es un infierno de todos los diablos y por eso me retuerzo eternamente...

—Wehsal, hable más bajo. El cochero lo oye. Disimula y no vuelve la cabeza, pero sé que nos escucha.

—¡Comprende y escucha, Castorp! ¡Ya está aquí de nuevo la maldita historia con su carácter y sus particularidades! Si hablase de palingenesia, o de... hidrostática no comprendería nada, no escucharía siquiera, no le interesaría nada, pues no sería popular. Pero el asunto más alto, más importante y el más espantoso secreto de nuestra carne y de nuestra alma ha sido planteado y puede burlarse del que se halla cogido y para quien el día es una tortura de voluptuosidad y la noche un infierno de vergüenza. Castorp, mi querido Castorp, ¡déjeme gemir un poco en mis noches! Cada noche sueño con ella. ¡La garganta me quema cuando pienso en ello! Y el sueño termina siempre con arañazos, ella me araña, me escupe a la cara; con el rostro de su alma convulsionado por el asco me escupe, y en ese momento me despierto bañado en sudor, en placer y en vergüenza...

—Vamos, Wehsal, procure calmarse y guardar silencio hasta que algún otro compañero suba a nuestro coche. ¡Se lo ruego, se lo ordeno! No quiero lastimarle y le admito que se encuentra en una difícil situación, pero en nuestro país se cuenta la historia de un individuo que fue castigado de modo que al hablar le salían serpientes y sapos por la boca, y cada palabra era un sapo o una serpiente. La historia no dice cómo pudo salir del apuro, pero yo supongo que fue cerrando la boca.

—Pero hablar es una necesidad humana —dijo Wehsal lastimosamente—, es una necesidad del hombre, mi querido Castorp; es necesario hablar y aliviar el corazón.

—Incluso es un derecho del hombre, Wehsal, si usted quiere. Pero según mi opinión, hay derechos que es mucho mejor no usarlos.

Permanecieron callados, como Hans Castorp había decidido, y llegaron muy pronto a la casa de la parra.

Naphta y Settembrini se encontraban ya en la calle, el uno enfundado en su abrigo raído y el otro con un abrigo amarillento. Se cambiaron saludos. Naphta subió al primer coche, sentándose al lado de Ferge, y Settembrini, que estaba de muy buen humor y hacía alegres bromas, se unió a Castorp y a Wehsal. Éste cedió su lugar y Settembrini lo ocupó, adoptando la actitud de un paseante por el corso, una actitud de abandono y distinción.

Settembrini comenzó a celebrar los atractivos del paseo, lo agradable de ir bien sentado contemplando el paisaje cambiante, testimonió a Hans Castorp sentimientos de afecto fraternal y dio golpecitos en la mejilla de Wehsal, invitándole a olvidar su propio ego antipático para contemplar el mundo luminoso que iba señalando con su mano enfundada en un guante usado.

Dieron un excelente paseo. Los caballos, vivos, bien alimentados, de pelo liso y lustroso, trotaban por una excelente carretera que no se había cubierto aún de polvo. Macizos de rocas, entre cuyas junturas crecía la hierba y aparecían algunas flores, pasaban muy cerca de ellos; los postes del telégrafo iban quedando atrás; los bosques se extendían a lo largo de los taludes; la carretera describía curvas graciosas, manteniendo siempre despierta la curiosidad, y cadenas de montañas cubiertas de nieve en algunos puntos, aparecían en la lejanía a pleno sol.

Pronto se perdió de vista el paisaje familiar del valle, y el desplazamiento de la decoración cotidiana producía sobre el alma un efecto confortante. Se detuvieron en el lindero de un bosque. Desde aquel punto los excursionistas debían seguir a pie hasta el final, hasta el lugar pintoresco que ya se comenzaba a columbrar. Todos oyeron un ruido lejano, un rumor, un zumbido.

—Por el momento —dijo Settembrini, que había ido algunas veces hasta aquel lugar—, por el momento el ruido parece bastante tímido, pero cuando se llega allí, sobre todo en esta estación es brutal. No podremos oír nuestras voces.

Penetraron en el bosque por un sendero cubierto de húmeda hierba. Peeperkorn iba delante, apoyado en el brazo de su compañera, el sombrero metido hasta las orejas y andando con paso vacilante; después seguía Hans Castorp, sin sombrero, como todos los demás, con las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada y silbando ligeramente. Luego iban Naphta y Settembrini, después Ferge y Wehsal, y finalmente el criado malayo, que llevaba la cesta de la comida.

Todos hablaban del bosque. Aquel bosque no era como los demás; presentaba un pintoresco aspecto, un aspecto singular, exótico y, sobre todo, lúgubre. Por todas partes aparecía una especie de liquen musgoso de largas barbas unicolores que se agarraban a las ramas de los árboles. No se veía más que guirnaldas de musgo y eso desfiguraba extrañamente el bosque, que ofrecía un aspecto enfermizo y encantado. El bosque no gozaba de salud, sufría una enfermedad llena de lujuria que amenazaba ahogarlo, tal era la opinión general de la pequeña tropa que según avanzaba por el sendero escuchaba el ruido de la cascada que iba aproximándose, un estrépito y un silbido que se convertían, poco a poco, en un verdadero trueno y parecían confirmar la predicción de Settembrini.

Al dar la vuelta por el pequeño camino apareció la garganta rocosa y cubierta de boscaje, atravesada por un puente y a cuyo fondo caía la cascada. Entonces el ruido pareció aumentar; era un estrépito infernal.

Las masas de agua caían verticalmcntc desde una altura de siete u ocho metros. Luego el agua iba

resbalando entre las rocas, levantando un estruendo incesante en el que parecían mezclarse todos los ruidos y todas las sonoridades posibles: el rumor del trueno, los silbidos, los balidos, los aullidos, la crepitación, el gruñido, el sonar de las campanas. Verdaderamente aquello ensordecía. Los visitantes se habían acercado a la roca y contemplaban el soberbio espectáculo azotados por un soplo húmedo, envueltos en un vaho de agua, con los oídos entumecidos por el ruido. Se miraban mutuamente, se encogían de hombros y sonreían intimidados. Era una catástrofe continua hecha de espuma y ruido, cuyo loco rugir les aturdía, les causaba miedo y provocaba ilusiones del oído. Se creía oír detrás de sí y por todas partes gritos de alarma y amenazas, trompetas y voces rudas de hombre.

Agrupados detrás de Mynheer Peeperkorn —madame Chauchat se encontraba entre los cinco hombres—, contemplaban con él aquella gran oleada. No distinguían el rostro de Peeperkorn, pero vieron cómo descubría su cabeza cana y cómo dilataba su pecho llenándolo de aquel aire fresco. Se comunicaban entre sí por medio de signos y miradas, pues las palabras, incluso las que se pronunciaban junto al oído, quedaban completamente ahogadas por el estruendo del agua. Los labios formulaban frases de sorpresa y admiración, pero no se oían.

Hans Castorp, Settembrini y Ferge convinieron, por medio de señas, escalar la roca y contemplar el agua desde la altura. No era muy fácil de realizar. La subida era dura, por los desiguales escalones, tallados en la roca, que conducían a una especie de estanque superior. Subieron, uno detrás de otro, pusieron el pie sobre la pasarela y, al hallarse a la mitad del puente suspendido por encima de la curva de la cascada, hicieron señales a sus amigos que se hallaban abajo. Luego atravesaron el puente, descendieron con esfuerzo por el otro lado y reaparecieron a los ojos de los que habían quedado más allá del torrente.

La mímica se refirió luego a la comida. Algunos estimaban que convenía alejarse de la zona hirviente a fin de poder disfrutar de una comida al aire libre y no tener que permanecer sordos y mudos, liberándose de una vez de aquel ruido. Se dieron, sin embargo, cuenta de que Peeperkorn no opinaba lo mismo. Meneó la cabeza, señaló repetidamente con el dedo índice el fondo de la garganta y sus labios desgarrados articularon con esfuerzo «aquí». En estas cuestiones de gobierno era el jefe. El peso de su personalidad hubiera decidido la cuestión aunque no hubiese sido, como siempre, el organizador y el iniciador de la empresa. Aquel hombre de gran tamaño había sido siempre tiránico, autocrático y continuaría siéndolo.

Mynheer quería comer junto a la cascada, sumido en el ruido del trueno; tal era su capricho soberano y quien no quisiera verse privado de la comida debía quedarse.

La mayoría de ellos estaban descontentos. Settembrini, que vio desaparecer toda posibilidad de relación humana, de charla o de debate democrático y bien articulado, elevó la mano encima de su cabeza en señal de desesperación y resignación. El malayo se apresuró a cumplir las órdenes de su dueño. Trajo dos silletines plegables, que dispuso junto a la roca, para Mynheer y la señora. Luego extendió a sus pies un mantel y comenzó a sacar el contenido de la cesta: tazas, termos, pasteles y vinos. Comenzó la distribución de víveres. Los demás se hallaban sentados en los salientes de las rocas, junto a la balaustrada del puente, con la taza de café en la mano y el plato sobre las rodillas. Y comenzaron a comer en silencio, sumidos en aquel ruido.

Peeperkorn, con el cuello del abrigo levantado y el sombrero en el suelo, bebió en un vaso de plata y lo vació repetidas veces. De pronto, se puso a hablar. ¡Extraño hombre! Era imposible que oyese incluso su propia voz, y los demás, con mucha razón, no podían oír una sola sílaba. Pero elevaba el dedo índice, alargaba el brazo izquierdo, sostenía el vaso en la mano derecha, y se veía su rostro regio movido por las palabras; se veía cómo su boca articulaba vocablos que no tenían sonido como si hubiesen sido pronunciados en un espacio vacío de aire.

Todos pensaban que renunciaría pronto a aquel inútil esfuerzo, pero él continuaba hablando, haciendo con su mano izquierda gestos fascinadores que obligaban a la atención, a pesar del estrépito espantoso, y dirigiendo las miradas de sus ojillos pálidos y fruncidos con esfuerzo a unos y a otros, de manera que el que recibía aquellas miradas se veía a su vez obligado a hacer signos de aprobación con la cabeza, a ponerse la mano junto a la oreja, o a abrir la boca, como intentando remediar de alguna manera aquella desesperada situación. ¡Incluso llegó a ponerse en pie! Con el vaso en la mano, envuelto en su capa de viaje que le llegaba casi a los pies, descubierto, su amplia frente de ídolo rodeada de llamas de cabellos blancos, se apoyaba en la roca y su rostro se animaba con un gesto doctoral juntando la yema de los dedos como para acompañar su brindis mudo y confuso con un signo imperioso de exactitud. Se comprendía por sus gestos y se leían en sus labios ciertas palabras que ya se tenía costumbre de oír de su boca: «perfecto» y «clasificado», nada más. Luego inclinaba la cabeza, una gran amargura desgarraba sus labios y ya no era más que la imagen del dolor. Luego se veía florecer en sus mejillas el hoyuelo picaresco de sibarita, se tenía la ilusión de que danzaba sosteniéndose la capa, y aparecía de nuevo con el impudor sagrado de un sacerdote pagano. Elevó su vaso, le hizo describir un círculo ante los ojos de los invitados y lo vació en dos o tres sorbos. Luego alargando el brazo, dio el vaso al malayo, quien lo tomó inclinándose con una mano sobre el pecho. Después dio la señal de partida.

Todos se inclinaron ante él para darle las gracias y se dispusieron a obedecer sus órdenes. Los que estaban sentados en el suelo se pusieron inmediatamente de pie. El frágil javanés recogió la vajilla. En el mismo orden de marcha en que habían venido siguieron por el sendero húmedo, a través del bosque transfigurado por el liquen, dirigiéndose adonde esperaban los coches.

Esta vez Hans Castorp tomó asiento en el que iban el señor y su compañera. Se hallaba sentado ante la pareja, al lado del excelente Ferge, a quien las cosas elevadas eran completamente extrañas. Casi no se habló nada durante el regreso. Mynheer permanecía con las manos sobre la manta que envolvía sus piernas y las de Clawdia, y tenía la boca abierta. Settembrini y Naphta descendieron antes de que el coche hubiese franqueado la línea férrea y el curso de agua. Wehsal permaneció solo en el segundo coche. Luego se pararon ante la puerta del Berghof.

Durante la noche el sueño de Hans Castorp fue de una ligereza muy particular. ¿Era a consecuencia de una alarma interior de la que su alma no sabía nada, o porque había percibido algo anormal en el habitual silencio nocturno del Berghof? ¿El rumor, apenas sensible en la casa, de un paso lejano había bastado para despertarle sobresaltándole con plena conciencia?

En efecto, se había despertado algún tiempo antes de que llamasen a su puerta, lo que ocurrió poco después de las dos de la madrugada. Contestó al instante, completamente despierto, con toda su energía y su presencia de espíritu. Era la voz alta e insegura de una enfermera que le rogaba, de parte de madame Chauchat, que bajase inmediatamente al primer piso. Contestó que bajaría de inmediato. Saltó de la cama, se vistió rápidamente, rechazó con la mano los cabellos de su frente y bajó sin prisa, pero también sin lentitud, preocupado, no de lo que se trataba, sino de que fuese a aquella hora.

Encontró completamente abierta la puerta del salón de Peeperkorn, lo mismo que la del dormitorio del holandés, en el que estaba encendida la luz. Los dos médicos, la superiora Mylendonk, madame Chauchat y el criado malayo se encontraban allí. Este no iba vestido como de costumbre: vestía una especie de traje nacional, una blusa a anchas rayas, de mangas amplias y largas, una especie de faldellín en vez de pantalones y un bonete cónico de tela amarilla en la cabeza. Llevaba, además, sobre su pecho unos amuletos. Se mantenía inmóvil con los brazos cruzados, a la izquierda de la cabecera de la cama en la que Peeperkorn se hallaba tendido, de espaldas. Hans Castorp contempló, muy pálido, aquella escena.

Madame Chauchat le volvía la espalda. Estaba sentada en un sillón bajo, a los pies de la cama, con el codo apoyado, la barbilla en la mano y mirando el rostro de su compañero de viaje.

—B. N. (buenas noches), amigo mío —dijo Behrens, que había hablado a media voz con el doctor Krokovski y la superiora, y se encogió de hombros con aire melancólico, atormentándose con la mano el bigotito. Venía vestido con la blusa de médico, y el estetoscopio asomaba en el bolsillo. Llevaba zapatillas bordadas y cuello bajo.

—No hay nada que hacer —añadió a media voz—. ¡Trabajo fino! Acérquese, pues. Lance sobre eso una mirada inteligente y me concederá que se ha previsto concienzudamente toda intervención médica.

Hans Castorp se acercó a la cama sigilosamente. Los ojos del malayo vigilaban cada uno de sus movimientos y le seguían sin que saliese de su inmovilidad, de manera que se le veía el blanco de los ojos.

Por medio de una mirada comprobó que madame Chauchat no se preocupaba de él y permaneció de pie, en su actitud característica, apoyado en una pierna, con las manos juntas sobre el vientre, la cabeza inclinada, sumido en una contemplación respetuosa y pensativa.

Peeperkorn se hallaba tendido sobre la colcha de seda roja, vestido con su camiseta de punto como Hans Castorp le había visto con frecuencia. Sus manos estaban hinchadas y habían adquirido un color azulado, casi negro; lo mismo ocurría en ciertos lugares de su rostro. Esto le desfiguraba sensiblemente, a pesar de que sus rasgos no hubiesen cambiado mucho. El dibujo de su amplia frente de ídolo, rodeada de mechones blancos — cuatro o cinco rizos horizontales que descendían en ángulo recto a los dos lados de las sienes hundidas por la tensión habitual de toda una vida—, se destacaba intensamente por encima de los párpados cerrados. Los labios, con su amargo desgarrón, se hallaban entreabiertos. Su tono azulado denotaba una detención brusca, violenta y apoplética de sus funciones vitales.

Hans Castorp permaneció un instante en recogimiento, interrogándose sobre la situación. Titubeaba en cambiar de actitud, esperando que la «viuda» le dirigiese la palabra. Como no lo hacía, prefirió no molestarla y se volvió hacia el grupo de las otras personas que estaban a su espalda. El consejero hizo un signo de cabeza en la dirección del salón. Hans Castorp le siguió.

—¿Suicidium? —preguntó en voz baja.

—¡Caramba! —exclamó Behrens, con un gesto despreciativo, y añadió—: ¡Y de qué manera! En tono superlativo. ¿Ha visto alguna vez ese objeto de lujo? —preguntó extrayendo del bolsillo de la blusa un estuche de forma irregular del que sacó un pequeño objeto que presentó al joven—. Yo nunca lo había visto, pero vale la pena observarlo. Nunca se sabe bastante. Se trata de una ingeniosidad fantástica. Se lo he quitado de la mano. ¡Cuidado! Si le cae una gota sobre la piel puede quemarse.

Hans Castorp cogió entre sus dedos aquel objeto misterioso. Era de acero, de marfil, de oro, de caucho, y tenía un aspecto muy extraño. Se veían dos puntas de agujas, curvas y muy afiladas, de acero, en la parte media ligeramente onduladas montadas en marfil nielado de oro, y terminando en una especie de pera rígida de caucho.

—¿Qué es eso? —preguntó Hans Castorp.

—Esto —contestó el doctor Behrens— es una jeringa de inyecciones. O, desde otro punto de vista, es un mecanismo que reproduce los dientes de la serpiente de cascabel. ¿Comprende? —añadió al ver que Hans Castorp no separaba los ojos del extraño instrumento—. Aquí están los dientes. No son completamente macizos, se hallan atravesados por un tubo capilar, por un canal muy fino cuyo comienzo puede ver claramente aquí, en la parte de delante, un poco por encima de las puntas. Por supuesto, esos pequeños tubos están igualmente abiertos en el otro extremo y comunican con la pera de caucho que se halla unida a la parte media de marfil. En el momento de la mordedura los dientes se contraen ligeramente, es fácil de comprender, y ejercen sobre el depósito que los alimenta una ligera presión, de manera que en el instante preciso en que las puntas penetran en la carne la dosis es precipitada en la circulación de la sangre. Eso parece muy sencillo, cuando se tiene el objeto ante los ojos, pero era necesario que se le ocurriese a alguien. Sin duda lo fabricaron según sus propias indicaciones.

—Seguramente —convino Hans Castorp.

—La dosis no puede haber sido muy considerable —continuó diciendo el consejero—. La cantidad ha tenido que ser sustituida por...

—El dinamismo... —completó Hans Castorp.

—Si usted quiere. Ya aclararemos de qué se trata. Se puede esperar con una cierta curiosidad el resultado del análisis, eso nos dará sin duda la ocasión de aprender cosas nuevas. ¿Quiere apostar que nuestro exótico personaje, el sirviente que se halla allá dentro, podrá informarnos muy exactamente?

Supongo que se trata de una amalgama de venenos animales y vegetales, el fin del fin, pues el efecto ha tenido que ser fulminante. Todo indica que la pócima le cortó inmediatamente la respiración. Comprenda: asfixia rápida y probablemente sin esfuerzo ni dolor.

—¡Dios lo habrá querido así! —dijo Hans Castorp piadosamente, y suspirando devolvió el inquietante instrumento al consejero y volvió al dormitorio.

Únicamente se hallaban en él el malayo y madame Chauchat. Esta vez Clawdia elevó la cabeza hacia el joven cuando éste se acercó de nuevo a la cama.

—Usted tenía derecho a que se le llamase —le dijo.

—Ha sido muy amable —respondió—, tiene razón. Nos tuteábamos. Me avergüenzo hasta el fondo del alma que me costara hacerlo ante la gente y haber recurrido a subterfugios. ¿Se hallaba usted a su lado durante sus últimos instantes?

—El criado me avisó cuando todo había terminado.

—Era un hombre admirable —manifestó Hans Castorp— que experimentaba el desfallecimiento del sentimiento ante la vida como una catástrofe cósmica, como una vergüenza delante de Dios, pues él se consideraba como el órgano nupcial de Dios. Era de una locura regia... Cuando uno está impresionado tiene valor de servirse de expresiones que parecen groseras e impías, pero que son más solemnes que las palabras usuales de recogimiento.

—Es una renunciación —dijo ella—. ¿Estaba al corriente de nuestra locura?

—No pude ocultárselo, Clawdia. Lo adivinó cuando me negué a besarla a usted, delante de él, en la frente. Su presencia en este momento es más simbólica que real, ¿me permite que lo haga ahora?

Con un movimiento breve, ella elevó su frente hacia él con los ojos cerrados, y Hans aproximó los labios.

Los ojos castaños del malayo vigilaban la escena, dirigidos hacia ellos, mostrando el blanco de sus córneas.

EL GRAN EMBRUTECIMIENTO

Una vez más oímos la voz del doctor Behrens. ¡Escuchemos! Será, quizá, la última vez que le oigamos.

Esa historia misma tendrá un fin, su tiempo más largo ha pasado, o mejor, la duración de su contenido ha adquirido tal empuje que ya no hay manera de detenerlo, y su duración musical también toca a su término, de manera que tal vez ya no tendremos ocasión de escuchar la voz alegre y las locuciones proverbiales de Rhadamante. Decía a Hans Castorp:

—Castorp, viejo tronco, usted me fastidia. Me hace la vida imposible, leo cada día en su frente su mal humor. Es usted un tipo agotado. Castorp, ha sido mimado por las sensaciones, y si no se le propone cada día una novedad de primer orden se enfurruña durante todo el tiempo de las vacas flacas. ¿Tengo o no razón?

Hans Castorp permaneció en silencio, y esta actitud testimoniaba que, en efecto, reinaba bastante oscuridad en su interior.

—Tengo razón, como siempre —se contestó a sí mismo Behrens—. Y antes de que propague aquí el veneno del descontento, ciudadano rebelde, va a ver que no se halla completamente abandonado de Dios y los hombres, que las autoridades le vigilan, que no le han perdido de vista, querido mío, y que buscan sin descanso ni reposo el divertirle. Vamos, bromas aparte, amiguito mío. Se me ha ocurrido una idea. ¡Y

Dios sabe cuántas noches de insomnio he pasado antes de que se me ocurriese! Se podría hablar de una iluminación: el hecho es que yo espero mucho de mi idea, es decir, espero nada menos que su desintoxicación y su marcha triunfal en una fecha próxima insospechada. No abra de esa manera los ojos

—continuó diciendo después de una pausa calculada, a pesar de que Hans Castorp no hubiese abierto los ojos, sino que le miraba de un modo soñoliento y distraído—. Usted no puede sospechar lo que el viejo Behrens quiere decir. He aquí mi opinión. Hay algo en usted que no marcha en el sentido de que sus fenómenos de intoxicación no corresponden, desde hace tiempo, a su estado local, incontestablemente mejorado. No, estoy pensando desde ayer: aquí tenemos su última fotografía. Aproximemos a la luz ese objeto mágico. Como ve, nuestro mayor pesimista y embadurnador de negro no podría descubrir nada aquí. Algunos focos se encuentran completamente reabsorbidos, el nido se ha encogido y delimitado netamente, lo que (usted es sabio y no lo ignora) constituye un indicio de curación. Este estado de cosas no explica la irregularidad de su temperatura, muchacho. Y el médico se ve obligado a buscar otras causas.

El movimiento de cabeza de Hans Castorp expresó una curiosidad cortés y nada más.

—Usted pensará, Castorp, que el viejo Behrens deberá convenir en que el tratamiento ha fracasado. Pero en tal caso, pensaría como un aprendiz y no se mostraría a la altura de la situación ni del viejo Behrens.

Su tratamiento no ha fracasado, pero es posible que haya sido demasiado unilateral. He considerado esta posibilidad al ver que sus síntomas no se refieren exclusivamente a la tuberculosis, y deduzco esta probabilidad del hecho de que en efecto hoy no hay otra manera de explicárselo. Sus disturbios deben de tener otro origen. Según mi opinión, usted tiene «cocos». Según mi convicción profunda —y el consejero acentuó su afirmación después de haber observado cómo Castorp se encogía de hombros—, usted tiene streptos, lo que por otra parte no es una razón para que se asuste.

No podía hablarse de susto; la fisonomía de Hans Castorp expresaba más bien una especie de agradecimiento irónico, ya sea por la perspicacia que se le atribuía, ya por la nueva dignidad con que el consejero le investía a causa de su hipótesis.

—No hay motivo alguno para sentirse presa del pánico —añadió el consejero—. Todo el mundo tiene

«cocos», todos los imbéciles tienen streptos. No tiene usted ningún motivo para sentirse orgulloso. Desde hace algún tiempo sabemos que se pueden tener estreptococos en la sangre y no manifestarse ningún síntoma visible de infección. Nos hallamos en presencia de un hecho que muchos de nuestros colegas ignoran todavía, a saber: que la sangre puede tener tubérculos sin que resulte nada de ello. No nos hallamos incluso lejos de suponer que la tuberculosis podría ser únicamente una enfermedad de la sangre.

A Hans Castorp esto le pareció muy notable.

—Por consiguiente, cuando yo digo streptos no ha de imaginar usted la conocida imagen de una enfermedad grave. El análisis bacteriológico de la sangre demostrará si esos pequeños cuerpos se hallan instalados verdaderamente en usted. Pero únicamente el tratamiento por las vacunas nos demostrará si éste es el origen de su estado febril. He aquí el camino que convendrá seguir, amigo mío, y como ya le he dicho, espero un resultado completamente inesperado. La tuberculosis puede arrastrarse indefinidamente, pero se registran con frecuencia curaciones muy rápidas de enfermedades de esta naturaleza, y verdaderamente, si usted reacciona a estas inyecciones, dentro de seis semanas se sentirá como un pez en el agua. ¿Qué dice? ¿No vigila el granero el viejo Behrens?

—Por ahora esto no es más que una hipótesis —contestó Hans Castorp sin entusiasmo.

—Una hipótesis que puede confirmarse, una hipótesis muy fecunda —replicó el consejero—. Usted podrá darse cuenta de hasta qué punto es fecunda cuando vea nacer las cascarillas en nuestros cultivos.

Mañana por la tarde, Castorp, le sangraremos con arreglo a las reglas del arte de los barberos del pueblo.

Esto ya constituye en sí mismo un placer y no puede dejar de ejercer sobre el alma y el cuerpo los más felices efectos...

Hans Castorp se manifestó dispuesto a esta diversión y dio las gracias al consejero por la atención que le había concedido. Con la cabeza inclinada sobre el hombro contempló cómo se alejaba Behrens. La intervención del patrón se había producido en el instante crítico. Rhadamante había interpretado con bastante exactitud el juego de fisonomía y el estado anímico del pensionista del Berghof, y su nuevo experimento estaba destinado —no lo había ocultado— a ayudar a Hans Castorp a franquear el punto muerto a que había llegado desde hacía algún tiempo, como podía deducirse de su expresión, que recordaba muy precisamente la que había tenido el difunto Joachim cuando ciertas decisiones sombrías se iban preparando en él.

Hay que decir todavía más. No sólo Hans Castorp parecía haber llegado a tal punto, sino que también parecía hallarse en esa situación todo el conjunto, toda la «asamblea».

Después del final excéntrico de sus relaciones con cierta personalidad, después de los disturbios de toda suerte que este fin había producido en la casa, después de que Clawdia Chauchat había abandonado de nuevo la comunidad de los de aquí arriba, después del adiós que habían cambiado en la sombra trágica de una gran renunciación por respeto hacia el difunto, desde este momento le parecía al joven Castorp que algo flaqueaba en la vida; se le antojaba que iba cada vez peor, y que una ansiedad creciente se había apoderado de él, como si un demonio se hubiese hecho cargo del poder, un demonio peligroso y burlón que desde hacía algún tiempo había desempeñado un papel bastante importante y que ahora acababa de proclamar, sin reservas, su autoridad, inspirando un terror misterioso y sugiriendo pensamientos de huida, un demonio que tenía por nombre «embrutecimiento».

Se juzgará que el narrador ha encargado su paleta de una manera demasiado romántica asociando la palabra embrutecimiento con el principio demoníaco y afirmando que producían un terror místico. Sin embargo, no se trataba de una fábula y nos atenemos muy exactamente a la aventura personal de nuestro héroe, aventura cuyo conocimiento se escapa a todo control y que demuestra que el embrutecimiento pueda, en ciertas circunstancias, adquirir ese carácter e inspirar tales sentimientos.

Hans Castorp miró alrededor de él. No veía más que cosas lúgubres, inquietantes, y sabía lo que veía, veía la vida del tiempo, la vida despreocupada y privada de esperanza, la vida muerta.

Esa vida era activa a su manera. Existían ocupaciones de todas clases, pero, de vez en cuando, una de ellas degeneraba en una moda furiosa a la que todo el mundo se sacrificaba con fanatismo.

La fotografía de aficionado había ocupado siempre un lugar importante en el mundo del Berghof. Por dos veces —pues cuando se permanecía algún tiempo en la altura podía verse cómo se repetían las epidemias

— esa pasión se había convertido, durante semanas y meses, en una locura sobre un aparato apoyado encima del estómago, que no enfocase un objetivo y no terminase por hacer circular fotografías durante las comidas. Desde hacía tiempo, la cámara oscura, que se encontraba a disposición de los pensionistas, era insuficiente para cubrir las necesidades. Se cerraban las puertas y los balcones de los cuartos y se cubrían con cortinas negras; se manipulaba, a la luz roja, en los baños químicos, hasta que estuvo a punto de producirse un incendio y el estudiante búlgaro de la mesa de los rusos bien corrió el peligro de quedar convertido en ceniza. Entonces las autoridades prohibieron ese ejercicio en las habitaciones.

Por otra parte, no se tardó mucho en desinteresarse por la fotografía sencilla. Fueron lanzadas las fotografías al magnesio y la fotografía en color por el procedimiento Lumière. Circulaban los retratos de personas que, sorprendidas por el relámpago de magnesio, con los ojos fijos y los rostros convulsos, parecían cadáveres de gentes asesinadas que hubiesen sido puestos de pie y se les hubiesen abierto los ojos.

Hans Castorp conservaba una placa encuadrada en cartón en la que, cuando la miraba al transparente, se veía él mismo entre la señora Stoehr y la señorita Levy del rostro de marfil. La primera llevaba una blusa azul, la segunda una blusa púrpura, los rostros eran cobrizos y por fondo tenía un prado.

Reinaba también la afición a coleccionar sellos. Esta manía practicada por algunos pensionistas, se convertía de pronto en una locura general. Todo el mundo pegaba, cambiaba y traficaba. Se abonaban a revistas de filatelia, se sostenía correspondencia con casas especializadas de todos los países, con asociaciones y aficionados, se destinaban sumas inverosímiles a la compra de sellos raros e incluso se daba el caso de que pensionistas cuya situación financiera no les permitía más que pasar algunos meses en ese lujoso establecimiento, hacía importantes compras de sellos.

Esta epidemia duraba hasta que otro entretenimiento la vencía y el buen tono exigía, por ejemplo, que se reuniesen y devorasen grandes cantidades de chocolate de las marcas más variadas. Todo el mundo aparecía entonces con los labios morenos, y los productos más apetitosos de las cocinas del Berghof ya no

podían ser apreciados por aquellos estómagos que estaban atiborrados de Milka, «Chocolat à la crême d'amandes», «Marquis-Napolitain» y lenguas de gato salpicadas de oro.

El dibujo de pequeños cerdos —diversión instaurada una noche de Carnaval por la más alta autoridad—, puso de moda los juegos de paciencia, a los cuales se consagraba el esfuerzo mental de todos los pensionistas del Berghof, y que exigían los últimos esfuerzos, las supremas manifestaciones de energía de los moribundos. Durante semanas, la casa estuvo bajo el signo de una figura complicada que se componía de ocho grandes círculos, de ocho pequeños y de algunos triángulos inscritos uno dentro del otro. Se trataba de dibujar esa figura de un solo trazo; pero la más completa maestría consistía en realizar este trabajo con los ojos vendados. El procurador Paravant fue el único que lo consiguió, pues era el que se hallaba más atacado de esta manía de precisión.

Sabemos que se consagraba a las matemáticas, nos enteramos por boca del propio consejero, y conocemos el púdico origen de esa manía cuyos efectos calmantes ya hemos oído celebrar. Embotaba el aguijón de la carne, y si todo el mundo hubiese imitado el ejemplo del procurador, ciertas medidas de precaución que habían sido tomadas recientemente hubiesen resultado superfluas.

Estas medidas consistieron en cerrar los pasos de los balcones, entre la balaustrada y los biombos de cristal esmerilado, por medio de pequeñas puertas que iba cerrando por las noches el masajista, con una sonrisa jovial. Desde entonces, las habitaciones del primer piso que daban a la galería eran muy buscadas porque, saltando de la balaustrada, se podía ir de balcón en balcón pasando por encima del techo de cristal. Pero si todos hubiesen sido como el procurador no se hubiera hecho necesario recurrir a esa nueva disciplina.

La peligrosa excitación que la presencia de una cierta Fatma egipcia había producido en Paravant había sido dominada desde hacía tiempo, y ésta fue la última agitación de sus sentidos.

Con un fervor redoblado se había lanzado en brazos de la diosa de los ojos claros, cuyo poder calmante había sido celebrado por el consejero en términos muy edificantes, y el problema que día y noche ocupaba su pensamiento, y al cual se entregaba con perseverancia, con tenacidad deportiva, hubiese podido convertir a los desgraciados pecadores. Ese problema era la cuadratura del círculo.

El funcionario desplazado había adquirido, en el curso de sus estudios, la convicción de que las pruebas por las cuales la ciencia demostraba la imposibilidad de esta construcción no eran sólidas, y que la Providencia le había alejado de la humanidad inferior del mundo de los vivos y le había transportado aquí, porque le había elegido para transformar ese problema insoluble en una de las posibilidades terrenales.

Trazaba círculos y efectuaba cálculos en todas partes donde se hallaba, cubría cantidades formidables de papel con cifras y rayas, con signos algebraicos, y su rostro bronceado, el rostro de un hombre aparentemente sano, adquiría la expresión de un maniático. Su conversación se refería exclusivamente, y con espantosa monotonía, al número proporcional pi, a esa fracción desesperante que el genio inferior de un calculador llamado Zacarías Dase había calculado un día hasta doscientas cifras decimales, y eso por puro lujo, porque ni dos mil decimales habrían agotado las posibilidades de obtener una precisión irrealizable.

Todo el mundo procuraba escaparse de aquel pensador atormentado, pues los que él conseguía cazar tenían que escuchar palabras apasionadas destinadas a hacerles ver la vergüenza que constituía para el espíritu humano la irracionalidad irremediable de esa proporción mística. La inutilidad de las multiplicaciones eternas del diámetro por pi, para determinar la periferia del cuadro, para obtener el área de la superficie del círculo, hacían pasar al procurador por accesos de duda.

Se preguntaba si, desde el tiempo de Arquímedes, la humanidad había complicado inútilmente la solución del problema, y si esta solución no era en realidad, de una sencillez pueril. ¡Cómo! ¿No podía convertirse en recta la línea circular? ¿No se podía cambiar toda línea recta en un círculo? A veces Paravant se creía muy cerca de una revelación. Se le veía con frecuencia, a altas horas de la noche, sentado ante su mesa, en el comedor vacío y poco alumbrado. Disponía cuidadosamente un pedazo de hilo en forma de círculo; luego lo estiraba bruscamente, lo convertía en una línea recta; y después, apoyado en la mesa, se perdía en una meditación amarga.

El consejero le animaba algunas veces y hablaba con él. El desgraciado se dirigió también a Hans Castorp, en cierta ocasión, y luego en otra, porque había encontrado en él una simpatía amorosa hacia el misterio del círculo. Demostraba al joven el callejón sin salida de pi por medio de un dibujo muy preciso, en el cual, realizando un esfuerzo jamás visto, había encerrado un círculo en un polígono exterior y otro interior, de lados minúsculos e innumerables, con el máximum de aproximación a que el hombre puede llegar. Pero la curva se escapaba de una manera espiritual a la racionalización del cálculo.

—Eso —decía el procurador Paravant, con el maxilar inferior tembloroso—, eso es pi.

Hans Castorp, a pesar de toda su afabilidad, mostraba menos interés por pi que por su interlocutor. Dijo que se trataba de un engaño, aconsejó a Paravant que no se preocupase demasiado seriamente y le habló

de los puntos de inflexión sin extensión de que se componía el círculo desde su principio, que no existía, hasta su fin, que tampoco existía, lo mismo que la melancolía presuntuosa de la eternidad que sin duración de dirección, continúa en sí misma. Habló de todo eso con una devoción tranquila que ejerció pasajeramente una influencia tranquilizadora sobre el procurador.

Por otra parte, la naturaleza del excelente Hans Castorp le inclinaba a acoger benévolo las confidencias de más de uno de sus compañeros que se hallaban presa de alguna idea fija y sufrían por no encontrar comprensión cerca de los demás pensionistas, que tomaban la vida a la ligera.

Un viejo escultor, natural de una provincia austríaca, de blanco bigote, nariz ganchuda y ojos azules, había concebido un plan financiero —lo había caligrafiado subrayando con tinta china los párrafos más importantes— que consistía en lo siguiente:

Cada abonado a un diario debería estar obligado a entregar, el primero de cada mes, una cantidad correspondiente a cuarenta gramos de papel viejo por día, lo que sumaría al año unos 14.000 gramos y en veinte años más de 288 kilos, lo que representaba, valorando el kilo a 20 pfennings, un importe de 57-62

marcos alemanes. Cinco millones de abonados proporcionaban, pues, en veinte años, la suma formidable de 288 millones de marcos, de los cuales las dos terceras partes serían deducidas del precio de su nuevo abono, mientras que el resto, otra tercera parte, o sea 100 millones de marcos, estaría consagrado a obras humanitarias, a sostener sanatorios populares para enfermos de pulmones, fomentar los talentos pobres y otras cosas.

El plan había sido elaborado de un modo muy completo. Su autor había representado, por medio de gráficos, las tablas con arreglo a las cuales el organismo encargado de recoger el papel debía calcular, todos los meses, el valor, y hasta los formularios taladrados que servían de recibo por las cantidades de papel entregadas. El proyecto estaba justificado y era fundado desde todos los puntos de vista. El gasto insensato de papel y la destrucción de papel de periódico que las gentes no advertidas dejaban que se perdiese por las cloacas o por el fuego representaba una alta traición para nuestras selvas, una herida causada a la economía nacional. Ahorrar el papel, economizar el papel, era ahorrar y economizar la celulosa, los bosques, el material humano que exigía la fabricación de la celulosa y del papel. Como el papel viejo de periódicos podía adquirir un valor triple, con la producción de cartón para embalajes, se podía convenir en objeto de impuestos de carácter fiscal muy provechosos para el Estado y las municipalidades, y los lectores de periódicos podrían ser desgravados de sus contribuciones.

En una palabra, el proyecto era bueno, irrefutable, y si tenía algo de siniestro y gratuito, de molesto e incluso de chocante, esto no era debido más que al fanatismo exorbitante con que el viejo artista defendía, con exclusión de todo otro, un proyecto económico que, en realidad, él mismo se tomaba poco en serio, pues no hacía ninguna tentativa para su realización.

Hans Castorp escuchó a nuestro hombre con la cabeza inclinada, aprobaba cuando su interlocutor elogiaba ante él, con palabras febriles y fáciles, su panacea, y analizaba la naturaleza del desprecio y de la repugnancia que le impedían tomar la postura del inventor en un mundo completamente aturdido.

Había, desde hacía algún tiempo, un grupo de ingleses que habían introducido el siguiente juego de sociedad: Uno de los que tomaban parte hacía la siguiente pregunta: Did you ever see the devil with a night-cap on?.24 El otro contestaba: No! I never saw the devil with a night-cap on,25 después de lo cual hacía al siguiente la misma pregunta y así sucesivamente, el uno después del otro. ¡Era espantoso!

Pero el pobre Hans Castorp se sentía mucho más molesto ante los que se dedicaban a hacer solitarios, a los que se podía encontrar por todas partes y a todas las horas del día. Esta pasión se había manifestado hasta tal punto que él mismo había sido algunas veces víctima de ella, y tal vez el más gravemente atacado, de esa epidemia. El que le había embrujado era el solitario de las once; el juego consiste en disponer tres hileras de cartas y cubrir dos que, juntas, sumen once puntos, lo mismo que las tres figuras cuando se presentan, hasta que un azar adorable desenlaza la partida. Cuesta trabajo admitir que el alma pueda verse estimulada hasta la obsesión por cosas tan sencillas. Sin embargo, Hans Castorp, semejante a los demás, dependía de ese azar y, con las cejas fruncidas, experimentaba los contratiempos de la mala fortuna. Entregado a los caprichos del demonio de las cartas, subyugado por ese favor fantástico y cambiante que multiplicaba en un vuelo feliz las parejas de once puntos, los encuentros de la sota, la reina y el rey, de manera que el juego ya se había dado todo entero antes de que la tercera serie hubiese terminado (triunfo pasajero que no hacía más que aguijonear los nervios para nuevas tentativas), y otras veces negaba a la novena y última carta toda la posibilidad de éxito, contrariando en el último momento, con una detención brusca, un éxito casi seguro; hacía tentativas a todas horas del día, por la noche bajo las estrellas, por la mañana en pijama, en la mesa e incluso en sueños. Se estremecía, pero continuaba, y un día la visita de Settembrini le «estorbó».

—Accidente! —dijo el visitante—. ¿Echa usted las cartas, ingeniero?

—No es eso precisamente. Lucho con el azar abstracto. Su versátil capricho me intriga; unas veces es de un servilismo amable y otras de una increíble resistencia. Esta mañana, al levantarme, he triunfado tres veces seguidas, una de ellas en dos series, lo que constituye un récord. Pero ¿creerá usted que ahora he

ensayado treinta y tres veces y no estoy más que a la mitad del juego?

Settembrini le miró como había hecho ya con frecuencia durante los tres cortos años, con sus ojos negros y entristecidos.

—De todos modos me parece usted preocupado —dijo—. Creo que no podré encontrar aquí un consuelo para mis preocupaciones ni un bálsamo para el conflicto íntimo que me atormenta.

—¿Conflicto? —repitió Hans Castorp, y tiró una carta.

—La situación mundial me turba —gimió el francmasón—. El acuerdo balcánico se realizará, ingeniero; todas mis informaciones lo indican. Rusia trabaja febrilmente y la punta de la combinación se halla dirigida contra la monarquía austrohúngara, sin la destrucción de la cual ningún punto del programa ruso se puede realizar. ¿Comprende mis escrúpulos? Odio a Viena con todo mi corazón, como usted sabe. Pero

¿es ésa una razón para conceder al despotismo sármata el apoyo de mi alma cuando está a punto de traer la tea incendiaria a nuestro continente? Por otro lado, una colaboración diplomática, incluso ocasional, de mi país con Austria, me heriría como un deshonor. Éstos son los escrúpulos de conciencia que...

—Siete y cuatro —dijo Hans Castorp—. Ocho y tres. Sota, caballo, rey. Todo va bien. Me trae la suerte, señor Settembrini.

El italiano calló. Hans Castorp sintió sus ojos negros, la mirada profundamente entristecida de la razón y el sentido moral, pero continuó todavía un instante cubriendo las cartas, antes de apoyar la mejilla en la mano y elevar los ojos hacia su mentor —que se hallaba en pie delante de él— con la expresión impertinente y de falsa inocencia de un píllete.

—Sus ojos —dijo Settembrini— se esfuerzan en vano en ocultar que usted sabe perfectamente a dónde ha llegado.

—Placet experiri —fue la impertinente contestación de Hans Castorp, y el señor Settembrini le abandonó.

Después de haberse quedado solo, el joven permaneció todavía algún tiempo con la mejilla apoyada en la mano, sentado ante la mesa, en medio de la habitación blanca, sin echar cartas, y en el fondo de sí mismo presa de espanto ante ese estado siniestro e incierto en que veía al mundo, ante la sonrisa del demonio, de ese dios simiesco, bajo cuyo poder insensato y desenfrenado se hallaba y cuyo nombre era «el gran embrutecimiento».

Nombre grave y apocalíptico, apropiado para inspirar una ansiedad secreta.

Hans Castorp estaba sentado y con la palma de la mano se frotaba la frente y la región del corazón. Tenía miedo. Le parecía que «todo aquello» no podía acabar bien, que aquello terminaría con una catástrofe, con una sublevación de la naturaleza paciente, con una tempestad que limpiaría todo, que rompería el maleficio que pesaba sobre el mundo, que arrastraría la vida más allá del «punto muerto», y que el período de la pesadilla iría seguido de un terrible juicio final. Sentía ganas de huir, lo hemos ya dicho, y constituía, pues, una suerte que las autoridades tuviesen el ojo sobre él, como ya se sabe, que hubiesen leído la verdad en su fisonomía y se hubiese encargado de distraerle con nuevas y fecundas hipótesis.

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