La piedra del corazón
Capítulo 23
C uando volví a cruzar la verja del priorato de Hoyland eran aproximadamente las cuatro y las sombras ya se alargaban. Estaba todo tranquilo. Un jardinero trabajaba en los parterres de Abigail. Los insectos zumbaban y un pájaro carpintero daba golpecitos en algún árbol del bosque. Dos pavos reales se paseaban por la hierba, observados por Lamkin, que se había echado bajo un árbol. Fui hacia el lado de la casa. Tres Patas apretó el paso ante la perspectiva de regresar al establo.
Di instrucciones al mozo de cuadra para que lavaran y peinaran adecuadamente al caballo. Se mostró hosco y poco comunicativo, como todos los criados de Hobbey. Cuando salía del establo se abrió una puerta en el fondo del recinto y entró Avery. El cazador llevaba un justillo verde, medias del mismo color e incluso una gorra también verde. Inclinó la cabeza y me acerqué a él.
—Solo quedan ¿qué, cuatro días para su cacería? —pregunté.
—Así es. —Se oyeron ladridos procedentes de la perrera; los animales se habían percatado de sus pisadas. Sonrió con gesto cansado—. Hay que darles de comer. Siempre me oyen.
—Ha de estar usted muy atareado.
—Sí, los perros dan mucho trabajo. Hay que llevarles comida, mantenerlos limpios, sacarlos de paseo dos veces al día. Y más cosas que hacer en el coto, para preparar la cacería. El señor Hobbey quiere que salga todo a la perfección.
—Alguna gente del pueblo trabajará, pues, para él —apunté, ante lo cual Avery sonrió con ironía y se encogió de hombros—. ¿Qué tamaño tiene el coto?
—Aproximadamente un kilómetro y medio por cada lado. Creo que las monjas ya lo tenían como coto de caza de ciervos. Se lo arrendaban a la gente pudiente de la zona. Pero en los últimos años ha quedado un poco abandonado.
—¿Por qué no lo utilizaría antes el señor Hobbey?
—Bueno, caballero, eso no me incumbe, la verdad.
De repente hablaba con cautela. «Sí —pensé—, la familia le ha advertido que no me cuente nada».
—Tiene razón, le pido disculpas. Pero, cuénteme, ¿qué sucederá el día de la cacería?
—Los invitados y los miembros de la familia ocuparán sus puestos a lo largo de una ruta establecida de antemano y se empujará al ciervo hacia ellos. Ayer volví a verlo. Una bestia formidable.
—¿Y el que lo abata tendrá derecho a la piedra del corazón?
—Exacto.
—¿Podría ser de nuevo el señor Hugh, quizá?
—Podría ser él o uno de los invitados. No sé si son buenos tiradores. O el señor David, que dispara bien, aunque no parece que entienda que hay que mantenerse oculto y en silencio cuando se va tras el animal.
—¿Por eso viste usted de verde? ¿Para confundirse con la vegetación?
—En efecto. Todos los cazadores irán de verde o de marrón.
—¿Viaja usted por el país organizando cacerías, señor Avery?
—Ahora sí. Hasta hace ocho años estuve al mando del coto de caza de un monasterio. Luego lo derribaron y vendieron la tierra por parcelas.
—¿Cuál era?
—El priorato de Lewes, en Sussex.
—¿De verdad? ¿Lewes? Los ingenieros que demolieron Lewes en nombre de lord Cromwell derribaron también un monasterio con el que tenía vínculos… Fue justo después.
—Fui testigo de cómo se hundía Lewes con un gran estruendo y una nube de polvo —evocó con gesto triste—. Una escena terrible. ¿Vio usted cómo derribaban ese otro monasterio?
—No, no me quedé —recordé con un suspiro.
—No me importará marcharme de este sitio tras la cacería —comentó tras una breve vacilación—. Todo ese rencor con la gente del pueblo; los miembros de la familia, que sisean unos detrás de otros como serpientes. ¿Ha venido usted para ocuparse del bienestar del señor Hugh?
—Sí, así es.
—Es el mejor de todos. Un buen muchacho.
Quizá le pareció que había dicho demasiado, porque se inclinó rápidamente y se alejó para ocuparse de los perros.
Pasé pensativo ante las casetas hasta llegar al cuarto de Barak.
—Señor Shardlake.
Me volví hacia una voz oída de sopetón a mi espalda. Fulstowe acababa de surgir del edificio de los lavaderos.
—Me ha asustado usted, mayordomo.
Me dedicó una de sus sonrisas de deferencia.
—Lo lamento. Lo he visto pasar por la puerta entreabierta. ¿Acaba de regresar?
—Sí.
—¿Necesita algo?
—Solo lavarme y descansar.
—Me encargaré de que lleven agua caliente a su habitación. Han llegado más cartas para usted. Las tiene Barak.
—Gracias. ¿Está bien todo el mundo en la casa?
—Sí. Ha habido tranquilidad. —Los ojos de Fulstowe buscaban algo en mi cara —. ¿Ha resultado productivo su viaje a Sussex?
—Ha resultado… complicado.
—Saldremos hacia Portsmouth mañana a primera hora, si le parece bien.
—¿Nos acompaña usted?
—Sí, y los señoritos Hugh y David. Están decididos a ver la flota —sonrió—. Son muchachos, ya se sabe.
—Casi hombres hechos y derechos.
Se pasó la mano por la rubia y cuidada barba.
—Sí, desde luego.
—Y ahora voy a hablar con mi escribiente antes de retirarme y a ver esas cartas.
Fulstowe miró la hilera de casetas.
—Creo que Barak está en su cuarto.
—Parece que está usted al tanto de los movimientos de todo el mundo, mayordomo —comenté con una sonrisa.
—Es mi trabajo, caballero.
Se inclinó ante mí y se marchó.
Llamé a la puerta de Barak, que la abrió al instante.
—Qué bien, ya está aquí.
Lo miré intrigado.
—¿Qué haces aquí escondido con esta tarde espléndida?
—Estoy cansado de ese cabrón de mayordomo y sus secuaces, que no dejan de vigilarme a cada paso que doy. Santo cielo, está usted cubierto de polvo.
—Voy a sentarme. —Me acomodé en el catre de paja, donde había dos cartas dirigidas a mí, una de Warner y la otra de Guy—. ¿Hay noticias de Tamasin?
—Volvió a escribir el día que llegamos. —Se apoyó en la puerta y extrajo una carta de la camisa—. Guy dice que sigue bien. Está empeñada en que va a ser niña. La echo de menos.
—Ya lo sé. La semana que viene estaremos en casa.
—Ruego que sea así.
—¿Qué tal los Hobbey?
—No he visto a los esposos. Me dejan comer en la cocina tres veces al día, pero por lo demás no puedo entrar en la casa. Los muchachos han vuelto a practicar el tiro con arco esta mañana. Feaveryear y yo nos hemos apuntado. Luego ha salido Dyrick y nos ha hecho dejarlo. Ha dicho que necesitaba a Feaveryear y que no debíamos alternar con los jóvenes caballeros. —Arrugó la frente—. Me han entrado ganas de darle una buena patada en el culo y mandarlo volando de vuelta a la casa.
—A mí también me gustaría darle una patada, pero precisamente lo que pretende es que pierda el control.
—Me ha dado pena el pobre Feaveryear. No creo que ese perro, Lamkin, disparase mucho peor que él. David se burla, pero Hugh ha sido paciente. Creo que le gusta hablar con alguien que no sea David.
—No parece que mucha gente haya tratado a Feaveryear con paciencia a lo largo de su vida.
—Tengo noticias del pueblo.
—Cuéntame.
—Fui ayer a última hora de la tarde, me escabullí por la verja trasera. Tienen una taberna y pregunté por Ettis. Uno fue a buscarlo, nos tomamos una cerveza y luego me invitó a su casa. Es la mejor de Hoyland. Está al mando de la facción que quiere luchar por sus ejidos. Le conté que trabaja usted en Ruegos.
—¿Mantendrá la boca cerrada?
—Sí, le ayudé a redactar una carta para la Audiencia. Le dije que, si colabora dándonos información, cuando regresemos a Londres puede que usted lleve el caso.
—¿Cómo reaccionó?
—Me dijo que me rebanaría el pescuezo si lo engañaba. Era una bravuconada: luego me reveló que tienen un espía en la casa que les ha confirmado que hemos venido por lo de Hugh.
Estaba a punto de abrir la carta de Warner, pero me erguí y pregunté:
—¿Quién?
—La vieja Ursula, que trabajaba para las monjas —contestó con una sonrisa—. Los de Ettis están que trinan. Parece ser que Hobbey no solo les ha amenazado con quedarse con la mitad de sus bosques, de acuerdo con su interpretación de esa vieja escritura, sino que además trata de comprar las tierras de los aldeanos. Fulstowe se dedica a ofrecer un buen precio por las pequeñas propiedades de la gente más pobre a cambio de que se marchen. Y a algunos les han dado trabajo en la preparación de la cacería.
—Divide y vencerás. ¿Cómo están los ánimos de los demás habitantes de Hoyland? ¿Llevarían el tema a los tribunales?
—Creo que sí. Casi todos respaldan a Ettis. Saben que si pierden los ejidos el pueblo se morirá. Hobbey se equivocó al amenazar con meter a sus taladores en los bosques de los aldeanos, según Ettis. Ha llevado las cosas al límite. Ettis cree que eso fue decisión de Hobbey, por cierto. Fulstowe tiene una forma de actuar más astuta. De acuerdo con Ettis, es el que lleva las riendas de los acontecimientos.
—Interesante. ¿Qué te contó de la familia Hobbey?
—En eso no hay novedades. David es un bufón malcriado. Hobbey se lo lleva a veces a dar un paseo a caballo por el pueblo y el muchacho monta una buena si algún anciano anquilosado no se quita el gorro a tiempo. A Hugh no lo ven nunca, ni a Abigail. Según Ettis, Hugh sale a veces a andar solo por los senderos, pero aparta la cabeza, murmura un saludo y aprieta el paso si se cruza con alguien.
—Se avergüenza de las cicatrices, supongo.
—Algunas mujeres de la aldea dicen que la señora Abigail es una bruja, y Lamkin, el espíritu que la ayuda. Incluso los criados de la casa le tienen miedo, nunca saben cuándo va a ponerse a chillarles y gritarles. Y por lo visto no es cierto que la gente bien de la zona diera la espalda a Hobbey por haber comprado el priorato. Más bien parece que la familia decidió aislarse. No van a ningún lado, menos Hobbey, que de vez en cuando viaja a Portsmouth o Londres.
—¿De qué tendrá miedo Abigail?
—Eso mismo le pregunté a Ettis. No tiene ni idea. Le conté también lo de la flecha que nos dispararon en el bosque. Está casi seguro de que fue un cazador furtivo al que molestamos y que pretendió ahuyentarnos.
—Es un alivio.
—Y hablé con Ursula. Le conté que estaba a buenas con Ettis y la convencí de que hablara conmigo. Odia a los Hobbey. Dice que el señor la regañó por haber dejado esas flores en el cementerio. «Tierra consagrada que han dejado pudrir», dijo que era. Según ella, la señora siempre ha sido un manojo de nervios y ha tenido mal genio, pero al parecer últimamente se ha vuelto retraída. —Arqueó las cejas—. Desde que se enteró de que venía usted.
—¿Qué te dijo de los muchachos?
—Solo que David es una bestezuela. Me dio la impresión de que podría saber algo más, pero no hubo manera de sonsacarla. Me contó que Hugh tiene buenos modales, pero es demasiado callado para su edad. No tiene aprecio por ninguno de ellos. Le pregunté si había visto algo el día que se presentó aquí Michael Calfhill.
—¿Y?
—Por desgracia, no. Estaba trabajando en la otra punta de la casa.
—Maldita sea.
—Este lugar está más lleno de espías y facciones que la corte de su majestad.
—Sí. He hablado con Avery, que ha dicho más o menos lo mismo. Resulta que trabajó en el priorato de Lewes, que Cromwell encargó derribar a la misma gente que demolió Scarnsea, adonde me mandó tras el asesinato de su comisionado. Y ¿te acuerdas de la familia Wentworth, que conocimos durante el episodio del fuego oscuro? Otra casa llena de facciones y secretos —suspiré—. Es curioso. Anoche volví a soñar que me ahogaba; con eso siempre recuerdo lo que sucedió en York y la pesadilla de los asesinatos del Apocalipsis. De qué forma tan extraña volvemos a pensar en el pasado.
—Siempre he tratado de evitarlo. —Barak clavó los ojos en mí—. ¿Qué sucedió en Rolfswood? Pasó algo, lo noto.
Lo miré también fijamente. Parecía cansado, por la carga de permanecer allí, unida a la inquietud por Tamasin. Yo también lo estaba; me había hartado de tanta mentira. Necesitaba, quizá para quitarme un peso de encima, contarle a alguien lo de Rolfswood, así que le hablé del incendio y de todo lo que había descubierto gracias a Wilf, Seckford y Buttress, así como de la amenaza de los hijos del viejo.
—La gente sigue temiendo que alguien se vaya de la lengua diecinueve años después —reflexionó—. ¿De qué cree que se trata?
—De violación. —Lo miré—. Quizá de asesinato. Y mañana vamos a Portsmouth y conoceremos a Priddis, que llevó las pesquisas. No me parece conveniente mencionar Rolfswood.
—¿Le parece que puede tener vínculos con la gente que podría amenazar a Ellen?
—Sí. Y Philip West también está en Portsmouth. Pedí a Guy que fuera a visitar a Ellen y pagué a Hob Gebons para que la trate bien, pero aun así sufro por ella. Es un enredo terrible. Si hubo asesinato, la seguridad de Ellen ha sido provisional durante diecinueve años. ¿Y si tiene otro ataque y se le escapan más datos sobre lo sucedido? El que esté pagando sus gastos podría decidir que le conviene más quitarla de en medio. Y si puede permitirse el Bedlam y coches de caballos, también podrá contratar a un asesino.
—En mi opinión, usted no debería haberse metido en esto.
—Pues ya está hecho —espeté—. No me enteré del incendio y las muertes hasta que estuvimos en camino. —Hice una mueca—. Me había jurado que no te implicaría. Lo siento.
—¿El qué? No pensará volver, ¿verdad?
—No lo sé.
—De todos modos, creo que el daño ya está hecho —aseguró con franqueza—. Si ese Buttress tuvo algo que ver con lo sucedido, imagino que no tardará en informar a los West de que alguien ha empezado a investigar.
—Sí. Le he dado vueltas durante el camino de regreso. Me he metido en esto sin pensar, por las ganas que tenía de sacar información. No esperaba toparme con esa escritura falsificada —vacilé—. Me he planteado ir a buscar a ese tal Philip West en Portsmouth.
—Si ha llegado tan lejos quizá debería. Leacon podría saber dónde encontrarlo, pero tenga cuidado con lo que le dice.
—Ya.
Me di cuenta de que habíamos intercambiado nuestros papeles: Barak era quien me aconsejaba, quien me decía que no fuera impetuoso, pero yo sentía un impulso arrebatado de descubrir todo lo posible sobre Ellen, de rescatarla de algún modo, debido a la culpa por el daño que le había hecho, debido a que no podía corresponder a su amor.
Suspiré y abrí las cartas. La primera era de Guy. Estaba fechada el 6 de julio, tres días antes, y debía de haberse cruzado con la enviada por mí.
Apreciado Matthew:
Escribo durante otro día de calor y polvo. Los alguaciles siguen recogiendo mendigos robustos para mandarlos a Portsmouth a remar en los barcos de su majestad. Los esclavizan. En eso pienso cuando Coldiron contrapone la libertad inglesa con la esclavitud francesa.
He ido a ver a Ellen. Creo que hasta cierto punto vuelve a ser la de siempre; ha empezado a ocuparse de los pacientes, aunque sigue sumida en una profunda melancolía. No se alegró en absoluto al verme en la sala de visitas del Bedlam. Primero hablé con Gebons, que se mostró afable debido al dinero que le habías entregado. Dice que Shawms ha ordenado a sus hombres que la encierren de inmediato si vuelve a tener un ataque.
Cuando le dije a Ellen que me habías pedido que fuera a ver cómo estaba, me temo que se puso furiosa. Contestó con amargura que la habían encerrado por tu culpa y que no deseaba hablar conmigo. Se comportó de un modo extraño, casi infantil. Me parece que voy a esperar unos días antes de volver.
En casa he tenido un encontronazo con Coldiron. Últimamente me levanto temprano y un día lo oí insultar a Josephine en la cocina. La llamó yegua idiota y perra de ojos saltones delante de los muchachos, y todo porque se había dormido y no lo había despertado a la hora habitual. La amenazó con darle un par de bofetadas. Intervine y le ordené que la dejara en paz. No le sentó bien pero obedeció. Lo que más me gustó fue que cuando le dije que hablara como era debido delante de su hija vi sonreír a Josephine. Sigo dándole vueltas a aquella vez en que la oí maldecir en francés.
Tamasin, gracias a Dios, sigue muy bien. Entrego también al correo una carta suya para Jack.
La coloqué encima de la cama con un suspiro. Me aliviaba que Ellen estuviera mejor, pero me dolía mucho su resentimiento. Estaba en lo cierto: todo había sido por culpa de mi torpeza. Rompí el sello de la carta de Warner. Me sorprendió comprobar que ya había recibido la mía.
Esher, 7 de julio de 1545
Apreciado Matthew:
El correo ha traído su carta y le respondo a primera hora de la mañana, antes de ponernos en marcha. Su majestad ha traído un séquito reducido en comparación con un viaje real de rutina y tratamos de avanzar todo lo deprisa que sea posible. Pasamos por Godalming y Fareham y llegaremos a Portsmouth el 14 o el 15. La flota al mando de lord Lisle se encuentra ahora en las islas Anglonormandas para ver cuándo zarpan esos perros franceses y hostigarlos. Luego todos nuestros grandes barcos se reunirán en Portsmouth para la llegada de su majestad. Parece confirmado en este momento que los franceses atacarán allí. Tienen sus espías, pero nosotros también los nuestros.
He recibido noticias del individuo al que envié a investigar a Nicholas Hobbey. Me encargué de que fuera discreto. Al parecer, hace siete años, hacia la época en que compró la casa y el bosque en Hampshire, Hobbey pasó efectivamente por grandes dificultades debido a malas inversiones. Acabó debiendo dinero a prestamistas de Londres. Lo que deduzco es que compró la tutela de esos niños con la esperanza de unir sus tierras a las de él mediante un matrimonio y, mientras tanto, aprovecharse ilícitamente de los bosques de los niños para pagar a sus acreedores. Tengo entendido que sir Quintin Priddis, más incluso que la mayoría de albaceas, es conocido por sus corruptelas y podría haberle ayudado a falsear la contabilidad.
Por otro lado, ha llegado una extraña noticia de la Audiencia de Tutelas. Han hallado muerto al escribiente mayor, Gervase Mylling, en el archivo, que según me cuentan es una cámara subterránea y húmeda impregnada de hedores repugnantes. Se quedó encerrado por accidente la tarde del martes y lo hallaron muerto por la mañana del miércoles, el día que partió usted. Al parecer sufría del pecho y el aire emponzoñado pudo con él. Aquel día tuve que acudir a los tribunales por un asunto de su majestad y todos los abogados hablaban de ello. Sin embargo, dicen que era muy cuidadoso. En fin, solo Dios sabe cuándo le llega la hora a un hombre.
Su majestad me pide que le envíe sus buenos deseos. Tiene la esperanza de que avance en sus pesquisas y considera que sería conveniente que emprendiera camino de regreso a Londres en cuanto le sea posible.
Su amigo,
Robert Warner
Miré a Barak.
—Mylling ha muerto. Lo encontraron en la cámara fétida. Se asfixió —dije mientras le entregaba la misiva.
—Así que Hobbey tenía deudas —comentó tras haberla leído.
—Sí, pero Mylling… Es imposible que se metiera en esa cámara sin colocar la piedra que evitaba que la puerta se cerrara. Aquel sitio le daba miedo y le producía fatiga.
—¿Quiere decir que lo encerraron allí? Tendría que haber sido alguien al corriente de que sufría del pecho.
—No me lo imagino arriesgándose a no bloquear aquella puerta.
—No estará insinuando que lo mató alguien contratado por Priddis o Hobbey, ¿verdad? ¿Por qué iban a hacerlo? Ya había visto usted todos los papeles.
—Pero puede que Mylling supiera algo más. ¿Y te acuerdas de Michael Calfhill? Es la segunda vez que alguien relacionado con este caso muere de repente.
—Estaba usted convencido de que la muerte de Michael había sido suicidio. — Barak levantó la voz con cierta impaciencia—. Por Dios, si Hobbey se ha dedicado a estafar a Hugh con la venta de madera, como mucho habrá sacado cien o algo así por año. No es suficiente para andar matando y arriesgarte a que te cuelguen…
Nos interrumpió una llamada a la puerta. Barak la abrió bruscamente. Un joven criado estaba fuera.
—El señor Hobbey y la señora Abigail van a tomar una copa de vino en el jardín antes de cenar con el señor Dyrick —informó—. Preguntan si desea acompañarlos.
Fui a mi habitación, donde me lavé la cara y el cuello en la jofaina que me había hecho llegar Fulstowe, me cambié de ropa y salí. En el jardín, junto al pórtico, habían colocado sillas y una mesa. Hobbey, Abigail y Dyrick estaban allí, con una gran jarra de vino encima de la mesa. Fulstowe acababa de sacar un plato de confites. Hobbey se levantó y sonrió.
—Bueno, señor Shardlake —me recibió con cordialidad—, ha hecho usted un largo viaje. Venga, tómese una copa de vino y disfrute de la paz de esta hermosa tarde. Usted también, Fulstowe, descanse de sus tareas y acompáñenos.
El mayordomo se inclinó.
—Gracias, señor. ¿Desea vino, señor Shardlake?
Me tendió una copa y nos sentamos. Abigail me dirigió una de sus miradas hostiles y penetrantes y apartó la cara. Dyrick hizo un frío gesto de asentimiento.
Hobbey contempló sus terrenos con gesto pensativo. Las sombras se alargaban ya por el jardín. Lamkin dormitaba debajo de su árbol. En un roble cercano una torcaz empezó a arrullar. Hobbey se sonrió.
—Ahí —dijo, señalando—. Son dos, en lo alto. ¿Las ven?
Miré y vi dos gordos pájaros grises sentados en una rama.
—Una escena muy distinta de los hedores de Londres —señaló Dyrick.
—Sí —repuso Hobbey—. Muchos días en la oficina que tenía allí, mientras miraba los desperdicios en la orilla del Támesis con la marea baja soñaba con vivir en un sitio como este. Con paz y tranquilidad. Ay, se hace raro pensar que estén aprestándose para la guerra tan cerca —suspiró—. Y mañana precisamente veremos esos preparativos en Portsmouth. Lo único que he deseado siempre ha sido una existencia apacible para mí y los míos. —Me miró con expresión de auténtica tristeza —. Ojalá Hugh y mi hijo no fueran tan entusiastas de la guerra.
—En eso coincido con usted, caballero —reconocí.
Empezaba a ver otro aspecto de Hobbey. Era codicioso, estirado y probablemente corrupto, pero también vivía entregado a su familia y a la tranquila vida rural que se había procurado. Y, desde luego, no era el tipo de hombre capaz de ordenar dos asesinatos.
—Vincent también ha recibido una carta hoy —anunció, volviéndose hacia Dyrick—. ¿Qué noticias hay de su esposa y sus hijos?
—Mi esposa dice que mis hijas se muestran díscolas y me echan de menos — contestó mirándome—. Aunque su casa es muy acogedora, señor Hobbey, de buena gana volvería a la mía.
—Bueno, esperemos que pueda hacerlo pronto.
—Cuando lo permita el señor Shardlake —intervino Abigail con un resentimiento contenido.
—Vamos, cariño —trató de conformarla Hobbey.
Ella se limitó a bajar la vista y beber un sorbito de vino.
—¿Cómo han ido sus cosas por Sussex, letrado Shardlake? —quiso saber Dyrick —. Dice Fulstowe que han surgido complicaciones.
Sonrió, habiendo dejado claro que participaba de la red de información familiar.
—Es más complicado de lo que esperaba, pero lo cierto es que eso sucede con muchos asuntos. —Lo miré a los ojos—. Uno va descubriendo cosas que no esperaba.
—¿Algún arrendatario que ha llevado a un desgraciado propietario a la Audiencia de Ruegos?
—Vamos, abogado —lo reprendí—. Bien sabe que no puedo decir nada… Secreto profesional.
—Por supuesto, sobre todo teniendo en cuenta que el desgraciado propietario podría acudir a mí en busca de asesoramiento.
—Señor Shardlake, ¿cree que habrá terminado con sus asuntos antes de la cacería? —preguntó Hobbey.
—No estoy seguro. Tengo que ver qué dice Priddis.
—Pero si está claro que hemos acabado —exclamó Dyrick, poniendo mala cara —. Está usted alargando las cosas…
Hobbey levantó una mano.
—No discutan, caballeros, se lo ruego. Miren, ya regresan los muchachos.
Hugh y David habían aparecido por la verja, sujetando a los grandes galgos por las correas. El segundo llevaba una bolsa de presa al hombro.
—Esos perros. Les tengo dicho que los hagan entrar por detrás… —comentó Abigail bruscamente.
Entonces sucedió todo tan deprisa que ninguno tuvo tiempo de hacer otra cosa que contemplar la escena horrorizado. Los dos galgos dirigieron las largas cabezas hacia Lamkin, que se incorporó alarmado. En ese momento la correa se desprendió de la mano de David y pareció alzar el vuelo tras el imponente galgo, que se abalanzó hacia el perrillo. El animal de Hugh tironeó hacia delante y también se soltó. Lamkin huyó como un rayo hacia los parterres, pero pocos animales habrían sido capaces de escapar de aquellos galgos. El de David alcanzó al pequeño spaniel cuando llegaba a los parterres, bajó la cabeza y la levantó con Lamkin entre las fauces. Distinguí unas patitas blancas agitándose. El galgo cerró las mandíbulas y el spaniel se retorció y empezó a sangrar a borbotones. El galgo regresó junto a David a grandes zancadas y soltó a Lamkin, convertido en un amasijo inerte, a los pies de su amo. Abigail se levantó y se apretó las mejillas con las manos. Un sonido terrible escapó de su boca, no exactamente un grito sino más bien un horrendo aullido visceral.
David y Hugh se quedaron mirando el bulto ensangrentado que tenían delante y que los perros empezaban a desgarrar. El primero parecía estupefacto. Sin embargo, yo me había percatado de un atisbo de sonrisa en sus labios cuando había soltado la correa. El gesto de Hugh era sereno, inexpresivo. Me pregunté si aquello lo habrían planeado los dos o solamente David.
El aullido angustiado de Abigail se cortó de golpe. Apretó los puños con fuerza y cruzó el jardín con paso decidido. El borde del vestido siseaba contra la hierba. David retrocedió cuando su madre empezó a darle puñetazos en la cabeza.
—¡So pedazo de malvado retorcido! —chilló—. ¡Monstruo! ¿Por qué me atormentas? ¡No eres una criatura normal!
David levantó los brazos para protegerse la cara. Hugh trató de separar a Abigail, pero esta le apartó el brazo a golpes.
—¡Déjame! —gritaba—. ¡Tú eres una criatura tan anormal como él!
—¡Abigail! —bramó Hobbey—. ¡Basta ya, por el amor de Dios! ¡Ha sido un accidente!
Lo vi temblar. Dyrick y yo nos miramos. Por primera vez estábamos en la misma posición, sin saber si intervenir.
Abigail se volvió hacia nosotros. Pocas veces he visto tanta rabia y desesperación en un rostro.
—¡Qué idiota eres, Nicholas! —chilló—. ¡Ha soltado la correa, el muy perverso! ¡Ya estoy harta, harta de vosotros! ¡Me niego a que sigáis echándome las culpas!
Fulstowe se acercó y la agarró del brazo. Abigail se volvió y le dio un buen bofetón.
—¡Suéltame ahora mismo! ¡Criado bribón!
Hobbey había seguido al mayordomo y cogió a su esposa del otro brazo.
—¡Quieta, mujer! ¡Por el amor de Dios, cálmate!
—¡Soltadme!
Abigail forcejeó encarnizadamente. Se le soltó la capucha y la larga melena le cayó por los hombros. David había retrocedido contra un árbol. Ocultó la cabeza entre las manos y rompió a llorar como un niño.
De repente Abigail se dejó caer entre Nicholas y Fulstowe, que la soltaron. Levantó la cara, enrojecida y llena de lágrimas, y me miró fijamente.
—¡Necio! —gritó con voz quebrada—. ¡No ve lo que tiene delante de las narices! —Se volvió hacia Fulstowe y su esposo y luego hacia Hugh y hacia el lloroso David —. ¡Que Dios os llene de vergüenza y pesar! —exclamó, antes de darles la espalda y salir corriendo hacia la casa pasando por delante de Dyrick y de mí.
En todas las ventanas había criados asomados. Hobbey se acercó a David, que se echó en sus brazos.
—¡Padre! —le oí decir con voz desesperada.
Hugh miró inexpresivamente los galgos, que tenían los morros rojos y gruñían sobre un amasijo de pelo ensangrentado.