La piedra del corazón

C. J. Sansom · Capítulo 40 de 54

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La piedra del corazón

Capítulo 40

 

B arak y yo cruzamos escasas palabras durante el resto de la noche, tan solo para decidir los aspectos prácticos del viaje del día siguiente con una cordialidad violenta y cohibida. En ese momento entendía a la perfección lo reticente que había sido a apoyarme en las sucesivas etapas de lo que consideraba cada vez más una locura: al parecer había decidido no molestarse en discutir más conmigo, lo que me inquietaba más que cualquier rapapolvo que pudiera dirigirme. Nos acostamos pronto, pero tardé mucho en dormirme.

Habíamos pedido al posadero que nos despertara sin falta a las siete, pero el muy desgraciado se olvidó y lo dejó hasta pasadas las ocho. De ese modo empezó uno de los días más ajetreados y terribles de mi vida: Barak y yo nos vestimos a toda prisa, nos calzamos las botas y corrimos sin haber desayunado al establo. Al salir a Oyster Street, ya a caballo, nos la encontramos repleta de soldados, con los cascos y las alabardas resplandecientes, a la espera del rey. En el muelle había una suntuosa barcaza cubierta por un palio con una docena de hombres sentados a los remos. En el mar, los buques aguardaban también, mientras grandes gallardetes con el verde y el blanco de los Tudor, quizá de ochenta pies de largo, ondeaban suavemente en los masteleros.

Para ganar tiempo evitamos las calles principales y nos metimos por un camino que pasaba entre los campos de la ciudad hasta llegar a la puerta. Era otra hermosa mañana de verano, la del sábado 18 de julio. Por todas partes había soldados que aguardaban ante sus tiendas de campaña con casco y pelliza, y en algunos casos brigantina, capitanes a caballo colocados ante el camino con petos bruñidos y cascos con penachos que me recordaron aquella primera revista en Londres hacía casi un mes.

—¿El rey va a venir por aquí? —preguntó Barak.

—Me imagino que pasará por la calle mayor, pero todos tienen que estar preparados.

—¡Mierda! —musitó—. ¡Mire eso!

Señaló a un hombre con barba en posición de firmes junto a un capitán montado, con una alabarda bien rígida y una mueca de solemne importancia.

—¡Goodryke! —exclamé.

Barak apartó los ojos del instructor que con tanto afán había tratado de reclutarlo y pasamos de largo a gran velocidad.

 

En el punto en que las calles de la ciudad convergían ante la puerta se había congregado una muchedumbre. Había muchos hombres a caballo que parecían comerciantes. Trataban de pasar, pero los soldados los obligaban a echarse atrás.

—Hoy tengo que recoger cinco carros de trigo —gritaba uno con el rostro enrojecido—. Debo salir de la ciudad para ir a su encuentro.

—Hay que mantener esto despejado para su majestad. No entra ni sale nadie hasta que haya pasado. Tardará pocos minutos en llegar.

—¡Maldita sea! —dije entre dientes—. Venga, vamos a ponernos detrás de esta gente.

Traté de que Tres Patas diera la vuelta, pero los presentes estaban demasiado apiñados.

—¡Ya viene! —exclamó un capitán desde la puerta—. Que todo el mundo se quede donde está.

Por consiguiente, nos limitamos a esperar. Miré calle mayor abajo y vi, tras los soldados alineados, a cientos de ciudadanos a pie, algunos con banderas de Inglaterra. De las ventanas de los primeros pisos de las casas colgaban tapices y alfombras de vivos colores y en los tejados había aún más gente. Me volví hacia la muchedumbre que había a mi espalda y distinguí, al fondo, a Edward Priddis y su padre, a caballo. Se quedaron mirándome, Edward con frialdad y sir Quintin con hostilidad. Aparté la cara y me concentré en el pasaje de lo alto de la muralla, atestado de soldados. Di unas palmaditas a Tres Patas, que, como la mayoría de los caballos de la densa aglomeración, estaba nervioso.

En la muralla, uno de los hombres se llevó las manos a ambos lados de la boca y gritó:

—¡Ya viene!

Me eché el gorro hacia delante para taparme la cara, entre los vítores de los soldados. Se oyó ruido de pisadas y apareció una compañía de piqueros que cruzó la puerta marcando el paso. Siguió un grupo de cortesanos, con pieles y satenes, entre ellos Rich. Luego entró la figura inconfundible del rey, a lomos de su montura, un caballo gigantesco envuelto en tela de oro. Llevaba un traje de ceremonia escarlata con adornos de pieles adornado con joyas que resplandecían al sol y una gorra negra con plumas negras en la cabeza. Recordaba haber visto, cuatro años antes, a un hombre corpulento, pero ante mí tenía a alguien descomunal, con piernas como troncos de árbol, embutidas en calzas doradas, que sobresalían sobre los flancos del caballo. A su lado iba lord Lisle, con el gesto adusto como cuando lo había visto en la Domus Dei, y un hombre grueso al que reconocí de York. Era el duque de Suffolk, que lucía un barba larga, dividida en dos y cana; se había hecho viejo.

Se oyeron más vítores por las calles y desde la dársena los cañones lanzaron salvas de bienvenida. Me arriesgué a escrutar el rostro de su majestad cuando lo tuve delante, a quince pasos de distancia, y me sorprendió lo mucho que había cambiado en cuatro años. Los ojillos hundidos, la nariz prominente y la boca pequeña habían quedado orlados por un gran marco de grasa que parecía empujar los rasgos hacia el centro de la cabeza. Tenía la barba poco poblada y muy encanecida. Iba sonriendo y empezó a saludar con la mano a la multitud que lo recibía, recorriéndola atentamente con los ojillos. En aquel semblante grotesco me pareció detectar dolor y cansancio, así como algo más. ¿Miedo? Me pregunté si incluso un hombre con tan titánica confianza en sí mismo podría pensar, con la invasión francesa a las puertas: «¿Qué va a suceder ahora?». O incluso: «¿Qué he hecho?».

Sin dejar de agitar la mano, se alejó por la calle mayor hacia la barcaza que iba a llevarlo al Great Harry.

 

Transcurrió media hora antes de que toda la comitiva del soberano hubiera entrado en la ciudad y pudiéramos salir. A la llegada del rey en el muelle retumbaron más cañones. Al otro lado de la puerta, los soldados que habían flanqueado el camino rompían ya filas y se secaban el sudor de la frente.

—¡Santo cielo, cómo ha envejecido! —comentó Barak—. ¿Qué edad tiene ahora?

—Cincuenta y cuatro años —calculé.

—¿Solo? Dios mío. Imagínese a la reina cuando tenga que meterse en la cama con eso.

—Prefiero no intentarlo.

—Hace bien —repuso, con una sonrisa que le devolví con tristeza, pero contento de que se hubiera roto el hielo.

Cruzamos el puente que conectaba la isla y cabalgamos a buen paso hasta la pequeña población de Cosham. Allí un camino seguía hacia el norte, pasando por Hoyland y siguiendo hasta Londres, mientras que otro se desviaba a la izquierda en dirección al castillo de Portchester. Nos detuvimos.

—Vamos a seguir, volvamos a casa —propuso Barak.

—No. Estoy decidido a ir a Portchester. Una hora para llegar y para volver, más una o dos allí. Trataré de alcanzarte mañana.

—Digo lo mismo: no voy.

—Lo comprendo. Crees que estoy loco, ya lo sé —repuse, tratando de sonreír.

—Lo espero en esa posada hasta las tres —anunció entonces—, pero si a esa hora no ha vuelto me marcharé.

—De acuerdo.

Así pues, emprendí camino al oeste. Recorrí unos tres kilómetros de costa y poco a poco fue dibujándose la alta muralla de piedra del castillo de Portchester, ubicado en una península que sobresalía hacia el puerto de Portsmouth. En dos ocasiones me crucé con sendas compañías de soldados que iban en dirección contraria.

El castillo, un cuadrado casi perfecto rodeado por un foso, comprendía una superficie de varios acres. En mitad de la muralla había una gran torre de entrada y en el extremo occidental se alzaba la enorme torre del homenaje, una tremenda presencia. Un grupo de soldados con media armadura, espadas y alabardas montaba guardia ante el puente levadizo situado frente a la torre de entrada. Entregué a un oficial joven, supuse que un subcapitán, la carta que había escrito a Warner la noche anterior para solicitarle una vista. Me miró con gesto inquisidor.

—Tengo entendido que la reina y su séquito se han quedado en Portchester — señalé.

—Se encuentran aquí.

—Me he ocupado de un asunto legal que me ha encargado la reina en Portsmouth. Ha sucedido algo y debo hablar con el señor Warner.

—Yo creía que allí estaban demasiado ocupados para molestarse con asuntillos de abogados —replicó.

—Este caso empezó antes de la crisis actual. Creo que el señor deseará verme.

Rezongó para mostrar su desaprobación, pero hizo un gesto a un joven soldado, que se acercó. Le entregó la carta y le ordenó ir a buscar a Warner. El soldado se fue a toda prisa por el puente levadizo.

—¿Ha visto entrar a su majestad en Portsmouth? —quiso saber el subcapitán.

—Ha llegado justo antes de mi partida. Lo han recibido en loor de multitudes.

Con una inclinación de cabeza señaló el castillo, a su espalda.

—Puede que tengamos que defender este lugar ante los franceses. Dicen que son treinta mil —rio con amargura, antes de repetir entre dientes—: Asuntillos de abogados.

Esperamos en silencio, bajo un sol de justicia, hasta que llegó el soldado, a la carrera.

—Accede a recibirlo, mi subcapitán —anunció.

 

Uno de los soldados se encargó del caballo y el oficial me acompañó, de mala gana, por el puente levadizo. Cruzamos la gran torre de entrada, vigilada por más soldados, y llegamos a un enorme espacio abierto en el que había aún más tiendas de campaña para los soldados. Los hombres hacían instrucción y practicaban el tiro con arco sobre la hierba cortada. Ante mí había un inmenso almacén cuya puerta estaba abierta; vi que estaba casi vacío, ya que habrían llevado la mayor parte de los pertrechos a Portsmouth. Un camino recorría el recinto de un extremo a otro hasta otra puerta que daba al puerto. Los soldados patrullaban por la muralla y distinguí las siluetas oscuras de los cañones; si los franceses lograban entrar en el puerto podrían tratar de desembarcar allí.

Giramos a la izquierda en dirección a la alta torre del homenaje, rodeada de un complejo de edificios de menores dimensiones, cerrada por una muralla interna y protegida por una prolongación del foso. El subcapitán hubo de explicar su misión a los guardias allí apostados antes de que le permitieran cruzar conmigo el foso interior para llegar a un patio central. En ausencia del rey, quedaba poca gente. Pasamos por una puerta alta y ornamentada y luego subimos una escalera que iba a morir en un gran salón con una espléndida cimbra que sostenía la cubierta. Se hizo cargo de mí un oficial que me condujo por un estrecho corredor hasta una pequeña antecámara y me pidió que esperase. Había varias sillas con cojines; me senté, cansado. No se oía nada; en el aparador un reloj hacía tictac. El sol entraba a raudales por una ventana en forma de arco.

Se abrió la puerta y entró Warner, con mi carta en la mano. Parecía alterado.

—Matthew, ¿a qué viene esto? —preguntó—. Espero que sea urgente.

Me levanté e hice una reverencia.

—Lo es. Necesito hablar con usted, Robert.

—¿Por qué sigue aquí? —preguntó, secamente—. Su majestad le recomendó que se marchara. ¿Sabe que el rey está aquí?

—Lo he visto entrar en Portsmouth hace dos horas.

—No vaya a decirme que ha sucedido algo más en el priorato de Hoyland. La reina se preocupó mucho al enterarse de la muerte de esa mujer.

—Han detenido a un hombre por el asesinato de Abigail Hobbey, un pequeño propietario del pueblo. En mi opinión, es inocente.

—La reina no puede ocuparse de eso ahora —replicó, con un gesto de impaciencia.

—Y alguien me ha advertido que abandone el caso de Curteys. Nada menos que sir Richard Rich.

Observé con atención la reacción de Warner, pero solo aprecié sorpresa.

—¿Qué diablos tiene que ver Rich con Hoyland?

—No lo sé, pero recuerdo que el día que acudí a Hampton Court para ver a la reina, a mi salida, Rich aguardaba en el quicio de una puerta del patio del reloj. Con sir Thomas Seymour. Aprovecharon la oportunidad para acosarme un poco, pero me pareció que el encuentro era casual. Ahora no estoy tan seguro.

—No entiendo nada —repuso, agitando la cabeza.

—Creo que mencioné que pensaba aprovechar la oportunidad para investigar otro asunto por esta zona.

—En efecto. —Frunció el ceño—. Si hay relación con el caso de Hugh Curteys, debería haber informado a su majestad.

—Hace muy poco que he descubierto una posible vinculación. Un tal sir Quintin Priddis.

—Matthew, ahora no se puede importunar a la reina con esto —espetó—. El rey necesita todo su apoyo. Se le dijo que se marchara…

—He investigado el ingreso en el Bedlam de una mujer llamada Ellen Fettiplace hace diecinueve años, sin que existiera certificado de enajenación —me apresuré a añadir—. Sir Quintin Priddis tuvo algo que ver. El rastro me ha llevado hasta un pueblo cercano a la frontera de Sussex, Rolfswood, donde recientemente se ha descubierto el cadáver del padre de la desventurada. Todo apunta a un asesinato. He hablado con el hombre que iba a casarse con ella. Ahora es sobrecargo adjunto del Mary Rose. Se llama Philip West.

Escruté el rostro de Warner al soltarle aquellos nombres, pero seguía reflejando tan solo asombro y enfado.

—El señor West me contó una historia extraordinaria —proseguí—. De joven estuvo en la corte. Recibió el favor del rey, que lo eligió para llevar una carta del castillo de Petworth al de Hever, el mismo verano de 1526 en que desapareció el padre de Ellen y a ella la internaron en el Bedlam. Robó esa misiva el hombre con el que viajaba West, un joven abogado al servicio de Catalina de Aragón.

—¿Qué tiene que ver todo eso con…?

—Él cree que ese abogado era un espía de la reina —continué sin pausa— y le llevó la carta, que pudo haberla advertido con antelación de que el rey pensaba divorciarse de ella. West contó a su majestad que la había perdido, no que se la habían robado. Me dijo que el individuo en cuestión se llamaba Gregory Jackson y que ha muerto, pero me ha quedado la duda de si mentía.

Warner clavó los ojos en mí, enrojeció y tensó el gesto.

—¿Qué insinúa? —preguntó, pero no contesté—. Usted sabe que por entonces yo era abogado de la casa de Catalina de Aragón… Sospecha que se trataba de mí. — Respiró hondo—. Muy bien. Espere aquí.

Dio media vuelta y salió por la puerta. Sin darme oportunidad a decir nada la cerró y desapareció. Oí que llamaba a un guardia para que la vigilara.

 

Esperé, sudoroso, durante media hora, pensando que Barak tenía razón y me había obsesionado; si me hubiera acompañado hasta allí, mi actitud nos habría puesto en peligro a los dos.

Al abrirse la puerta pegué un respingo. Tenía el corazón en un puño. Apareció Warner con dos guardias con alabardas detrás.

—Acompáñeme —ordenó con brusquedad.

Salí y los guardias se colocaron a mi espalda. Warner me condujo escalera abajo. Nuestras pisadas resonaban sobre las losas y, aterrado, me dije: «Esto es un castillo, tendrá mazmorras». Sin embargo, se detuvo en la planta baja, me llevó por un corredor y luego abrió una puerta que daba, cosa que me sorprendió, a un pequeño jardín recogido y rodeado de árboles. Un enredadera colgaba de una celosía y en pequeños parterres pegados a las paredes creían flores. Allí, a la sombra, estaba la reina, sentada con Rig, el spaniel, en el regazo y dos damas de honor de pie tras ella. Llevaba un vestido carmesí, su color preferido, y una capucha estampada con flores en cuyos pétalos se habían cosido diminutos diamantes. Levantó la vista hacia mí y vi que tenía ojeras y el gesto rígido debido a la intranquilidad, así como el cuerpo tenso, agarrotado. Parecía enfadada. Hice una amplia reverencia.

—¡Matthew! —exclamó en voz baja, dolida—. El señor Warner me cuenta que lo habéis acusado de estar a sueldo de ese canalla de Richard Rich.

Me volví hacia Warner, que me miraba fijamente.

—No he hecho ninguna acusación, majestad, pero me temía…

—Me lo ha dicho. No parece motivo suficiente para venir hasta aquí y acusarlo. Y mucho menos en este momento.

—Lo que me preocupaba era la integridad de la casa de su majestad.

—Ay, Matthew, Matthew —exclamó la reina tras cerrar los ojos. Luego los abrió y me miró con atención—: ¿Habéis contado esa historia a alguien más?

—Solamente a Barak.

—Bueno, una cosa sí es cierta: ese tal West os ha mentido —dijo la reina, y haciendo un gesto cansado a su abogado añadió—: Decídselo, Robert.

—En la casa de Catalina de Aragón hubo en efecto un joven abogado llamado Gregory Jackson —empezó Warner, con frialdad—. De hecho, trabajaba a mis órdenes. Sin embargo, murió en 1525, un año antes de que West perdiera esa carta. Debido al sudor inglés. Lo recuerdo: asistí a su entierro. Por consiguiente, el hombre del que le han hablado West y su madre no pudo haber sido Jackson. Y tampoco yo. La reina Catalina de Aragón tenía sus espías, desde luego, que trataban de averiguar todo lo posible sobre las amantes de su majestad, pero en su mayoría se trataba de criados de la Casa del Rey. Y juro solemnemente que yo no me dediqué a espiar, sino que ejercía de abogado, lo mismo que ahora. Además, no tengo vinculación alguna con Richard Rich, no trato con ese hombre si puedo evitarlo. Me ha parecido más indicado presentar sus… insinuaciones directamente a la reina.

—Y yo confío en Robert —añadió su majestad, con voz firme—. ¿Creéis que soy una ingenua, Matthew, y no sé a ciencia cierta a quién puedo tener a mi servicio con garantías, cuando sé lo que puede sucederles a las reinas en este país?

Los miré a la una y al otro y detecté la rabia que ambos destilaban. Me di cuenta de que me había equivocado.

—Os pido disculpas con toda la humildad posible, majestad. Y también a usted, señor Warner.

—A saber si llegó a existir esa carta —comentó la reina, dirigiéndose a él.

—No lo sé, majestad. Yo no oí nada, pero Catalina de Aragón no me tenía excesiva confianza. Por entonces ya sabía o se imaginaba que empezaba a sentir simpatía por el reformismo.

—Sea como sea, West mintió al dar el nombre de ese Jackson —dije yo. Asintió con gesto tenso y me dirigí de nuevo a la reina—: Y aún queda el tema de la implicación de Rich en el asunto de Curteys. Hay algo en común entre ese caso y el de Sussex: el albacea, sir Quintin Priddis, que fue en su día juez pesquisidor de Sussex. Es viejo amigo de Rich.

—La muerte de la pobre señora Hobbey… —dijo la reina tras reflexionar unos segundos—. ¿Le habéis dicho a Robert que han acusado a alguien?

—A un pequeño propietario de Hoyland que se había enfrentado a los intentos del señor Hobbey de hacerse con las tierras del pueblo.

—¿Consideráis que es inocente?

—Sí. En realidad no hay ninguna prueba.

—¿Y las hay contra alguien más?

—No —respondí, tras una breve vacilación.

—Entonces lo llevarán a juicio y allí se investigará la verdad.

—Ahora está encarcelado. Me he ofrecido a llevar el caso de los aldeanos ante la Audiencia de Ruegos.

—No ha perdido usted el tiempo —apostilló Warner con sarcasmo.

—Y el hombre que han hallado muerto en Rolfswood, el padre de vuestra… amiga del Bedlam —dijo su majestad—. ¿Qué sucederá con eso?

—Habrá una nueva vista. No sé cuándo.

—Entonces ese será el momento de descubrir la verdad —señaló—. En cuanto a Hugh Curteys, aunque haya habido corrupción en la administración de sus tierras, si él no tiene interés en proseguir con el caso no hay nada que hacer. Matthew, ya sé que no os gusta abandonar un asunto una vez lo habéis abordado, pero hay veces en la vida en que es necesario. Estos temas tienen que esperar a que avancen los correspondientes procesos, y vos no deberíais estar aquí. Se acercan los franceses y podría haber peligro mortal.

Levantó una mano y se apretó el puente de la nariz.

—¿Os encontráis bien, majestad? —pregunté.

—Estoy cansada, nada más. El rey ha dormido mal y me ha llamado en plena noche para que hablara con él. Últimamente con frecuencia le cuesta dormir por el dolor de la pierna.

—No sabe usted cuántas dificultades tiene en estos momentos la reina —dijo Warner con malos modos—. ¿Por qué cree que su majestad la ha dejado aquí hoy? Voy a decírselo: porque en caso de que, Dios no lo quiera, acabe muerto o prisionero durante los próximos días, la reina será regente del príncipe Eduardo, como sucedió el año pasado cuando su esposo se marchó a Francia, y tendrá que bregar con todos: Gardiner, Norfolk, los Seymour, Cranmer. Y Rich. —Dio un paso para acercarse a su señora, con gesto protector—. Durante estos dos últimos años lo ha respaldado a usted con toda la discreción que ha podido, no fuera a ser que el rey recordara su encuentro y se molestara. Y ahora se queda en Hampshire en contra de sus deseos, se presenta aquí fanfarroneando, haciendo acusaciones ridículas contra mí…

La reina levantó la vista. En su rostro se había dibujado una leve sonrisa. Puso la mano en la manga de Warner y pidió:

—Vamos, Robert. Matthew no es en absoluto un fanfarrón. Dejadnos solos para hablar, apenas unos momentos, y luego acompañadlo hasta la salida, para que pueda regresar de inmediato a Londres.

Warner se inclinó ampliamente ante la reina y después salió con aire formal sin volver a mirarme. Su majestad hizo un gesto con la cabeza a las damas de honor, que se colocaron a la sombra de la puerta.

—Sé que teníais buenas intenciones, Matthew —me dijo, todavía esbozando una sonrisa—, pero no olvidéis jamás que, como nos dicen los evangelios, el camino del infierno está hecho de buenas intenciones.

—Lo siento. Lamento haber acusado al señor Warner y aún más que tengáis motivo para estar enfadada conmigo.

—¿Comprendéis que lo tenga? —Me miró fijamente—. ¿Después de que me hayáis desobedecido?

—Sí. Sí, lo comprendo.

La reina asintió y luego miró a su perro.

—¿Recordáis aquel día en Hampton Court? —preguntó con más tranquilidad—. Nos acompañaba lady Isabel. Según me dijo después, le gustaron las respuestas que le disteis. Creo que hicisteis una amiga. No todo el mundo le resulta simpático, os lo aseguro.

—Sí, he pensado en aquel día durante las últimas semanas. Me contasteis que lady Isabel leía el Toxophilus de Roger Ascham, que es uno de los libros de cabecera de Hugh Curteys. Me lo prestó. Confieso que me pareció algo… fatuo.

—Conozco al señor Ascham. Él sí que… suele fanfarronear —rio—. Sin embargo, es un erudito. Lady Isabel ha expresado el deseo de mantener correspondencia con él. Es una muchacha extraordinaria. El señor Grindal la educa bien, es de los que consideran que una mujer puede aprender cualquier cosa igual de bien que un hombre. Eso es positivo. A menudo echo en falta una mejor educación. —Volvió a sonreír y en sus ojos se reflejó cierto júbilo—. Eso sí, me gustaría que Isabel no soltara juramentos como un muchacho. Le digo que no es propio de una dama. —Recorrió el jardincillo con los ojos; la luz del sol se colaba entre los árboles y formaba dibujos en el suelo mientras la brisa mecía las ramas. Los pájaros cantaban plácidamente. Con melancolía, comentó—: Qué apacible es este rincón. Decidme, ¿cómo es Hugh Curteys?

—Es en cierto modo… impenetrable. Y sigue afectado por la muerte de su hermana.

—En Inglaterra se llorarán muchas muertes dentro de poco —repuso, de nuevo con el gesto preocupado—. Ojalá su majestad… —Se interrumpió, se mordió el labio y extendió el brazo hasta tocarme la mano—. Lamento haberme enojado, Matthew. Me hallo cansada.

—¿Debería dejaros, majestad?

—Sí. Voy a retirarme a mis aposentos a descansar. Pero ruego a Dios que volvamos a vernos, sanos y salvos, en Londres.

Hice una reverencia y me dirigí a la puerta. Rebosaba gratitud por su perdón y sentía profundamente haber acusado a Warner. Tal vez había hecho una amiga con la joven lady Isabel, pero también había perdido a un amigo. Entonces empecé a dar vueltas a algo, a unas palabras que había dicho su majestad sobre su hijastra. Las damas de honor se hicieron a un lado para dejarme pasar y sus vestidos susurraron. Dentro me aguardaba Warner, con gesto todavía frío y hostil.

—Robert, le pido disculpas una vez más…

—Acompáñeme, tiene que irse ya.

Ascendimos por la escalera que con tanto miedo había bajado y, una vez arriba, dije:

—Señor Warner, me gustaría hacerle una última pregunta, si no le importa.

—¿Y bien? —respondió con brusquedad.

—Algo que me dijo en Hampton Court, que la reina era como Catalina de Aragón, sumamente leal a sus criados.

—No se preocupe —replicó con desdén—, su majestad le será leal.

—No me refería a eso. Añadió usted algo, que Catalina de Aragón tenía sus defectos. ¿Qué quiso decir?

—Es muy sencillo. Era como usted, de esas personas incapaces de soltar un hueso por mucho que se lo recomienden el sentido común e incluso la decencia. Cuando el rey anunció su intención de divorciarse de ella, el papa le envió un recado. Eso lo supe como abogado suyo que era. El pontífice, al que Catalina de Aragón debía lealtad en última instancia como católica que era, le proponía que, con el fin de resolver los problemas que empezaban a desgarrar Inglaterra, se retirase a un convento, lo cual, de acuerdo con el derecho canónico, permitiría al rey casarse de nuevo sin necesidad de divorcio.

—Eso habría sido una ingeniosa solución.

—Habría sido la mejor. No estaba en edad de tener hijos y, además, el rey no yacía con ella. Podría haber mantenido categoría y honores. Y su hija, María, a la que adoraba, habría mantenido su puesto en la línea sucesoria, en lugar de ser amenazada con la ejecución, como sucedió posteriormente. Nos habríamos ahorrado mucha sangre y muchos problemas. Y lo más irónico es que la tozudez de Catalina de Aragón provocó que Inglaterra se escindiera de Roma; lo último que ella deseaba.

—Por supuesto. Lo entiendo.

—Pero estaba convencida de que Dios quería que siguiera casada con el rey — prosiguió, con una sonrisa tirante—. Y, como suele suceder, la voluntad del Señor y la suya propia encajaban a las mil maravillas. En fin, ya lo ve usted: a eso puede conducir la obstinación. Por fortuna, nuestra actual reina es sumamente realista. Tiene más fuerza que algunos hombres, pese a ser una mujer débil.

Dio media vuelta y me condujo hasta la salida. Y gracias a sus últimas palabras lo entendí todo, se hizo la luz en un instante. Comprendí lo que había sucedido en Hoyland, cuál era el secreto que conocían y ocultaban todos. Warner se volvió y me miró sorprendido cuando solté un sonido que empezó como un suspiro pero terminó como un bufido.

Una hora después Barak y yo cabalgábamos en dirección norte de camino a Londres. Al llegar a la posada me había emocionado su expresión de alivio. Le conté que Warner era inocente y que la reina me había dedicado una merecida reprimenda.

—Bueno, ya le había avisado —contestó.

—Sí. Es verdad.

A lomos de mi caballo, permanecía en silencio; Barak debía de pensar que estaba escarmentado, pero en realidad pensaba a toda velocidad, repasándolo todo en función de la revelación que había tenido tras dejar a la reina, temeroso de estar construyendo otro castillo en el aire. Sin embargo, esa vez todo encajaba a la perfección. Y sería fácil comprobarlo, muy fácil.

—Quiero pasar por Hoyland de camino —anuncié—. No nos entretendremos.

—¿Por Hoyland? ¿Se ha vuelto completamente chalado? —Por un momento me pareció que iba a caerse de la silla—. ¿Qué recibimiento cree que le dedicarán?

—He descubierto qué mantenían en secreto los Hobbey, qué provocó tal angustia al pobre Michael Calfhill cuando se presentó allí y por qué se marchó Feaveryear.

—Santo cielo, otra teoría.

—Es fácil de demostrar. No hará falta más de media hora. Y si me equivoco no habrá pasado nada y nos marcharemos tranquilamente.

—¿Cree que sabe quién mató a Abigail? —preguntó sin ambages.

—Aún no estoy seguro, pero si estoy en lo cierto el asesino es alguien de la casa, no del pueblo —contesté, con una mirada de súplica—. Puede que me equivoque, pero si estoy en lo cierto quizá se demuestre la inocencia de Ettis. Media hora. Y, si quieres, sigue adelante y busca alojamiento en Petersfield.

Clavó los ojos en el camino, polvoriento y flanqueado por árboles que le daban sombra, y luego en mí, y me sentí aliviado al ver que negaba con la cabeza y se echaba a reír.

—Me rindo. Al fin y al cabo, esta vez solo tenemos que enfrentarnos a los Hobbey.