La piedra del corazón
Capítulo 3
V olví a casa y me puse mi mejor ropa. Luego fui andando hasta Temple Stairs en busca de una barca que me llevara quince kilómetros río arriba, a Hampton Court. La corriente no era muy fuerte, pero aun así fue un trayecto duro para el barquero aquella mañana sofocante. A partir de Westminster nos cruzamos con muchas barcazas que iban río abajo cargadas de pertrechos: fardos de ropa, grano de los depósitos reales, en una ocasión con un cargamento de arcos y flechas. Mi barquero no era muy comunicativo, así que me dediqué a mirar los campos. En condiciones normales, las espigas de trigo se habrían visto doradas, pero después del mal tiempo de las últimas semanas seguían verdes.
Aún tenía muy viva la visita a Ellen, especialmente la indirecta de Hob acerca de los abogados: que tenían formas de averiguar las cosas. Me molestaba la idea de actuar a espaldas de ella, pero la situación actual no podía continuar.
Por fin aparecieron las torres de ladrillo de Hampton Court, con las chimeneas coronadas de estatuas doradas de leones y bestias mitológicas brillando al sol. Desembarqué en el muelle, donde soldados con alabardas montaban guardia. El corazón me latió con ansiedad al ver los amplios jardines del palacio de Wolsey. Le enseñé la carta a uno de los guardias, que me hizo una reverencia, llamó a otro y le dijo que me acompañara dentro.
Recordé mi única otra visita a Hampton Court, para ver al arzobispo Cranmer, después de que lo hubieran encerrado a traición en la Torre. Era aquel recuerdo el que me producía miedo. Me habían dicho que Cranmer estaba en Denver y que había pasado revista a los soldados montado en un caballo blanco y vestido con una armadura. Parecía un suceso extraordinario, aunque sin duda no más extraño que todo lo que pasaba últimamente. El rey, según me dijo el guardia, estaba en Whitehall, así que por lo menos no corría el riesgo de verlo. Una vez lo había contrariado, y el rey Enrique jamás olvidaba un rencor. Mientras nos acercábamos a la gran puerta de roble, rogué al Dios en el que escasamente creía que la reina mantuviera su promesa y, quisiera lo que quisiese, no tuviera relación con la política.
Me llevaron por una escalera de caracol hasta los salones exteriores de los aposentos de la reina. Me quité el gorro al entrar en una sala donde criados y servidores, la mayoría con el escudo de Santa Catalina en la capucha, iban de aquí para allá. Pasamos a otra sala y luego a una tercera, cada una más silenciosa que la anterior conforme nos acercábamos a la cámara de audiencias de la reina. Había indicios de una nueva decoración: pintura fresca en las paredes, elaborados artesonados, grandes tapices de colores tan brillantes que casi dañaban los ojos. Sobre las esteras del suelo había hierbas esparcidas que despedían una mezcla de aromas de almendra, lavanda y rosas. En el segundo salón revoloteaban y chillaban papagayos en jaulas espaciosas; también había un mono enjaulado que trepaba por los barrotes, pero se detuvo a mirarme con sus grandes ojos y su arrugada cara de viejo. Paramos ante otra puerta custodiada, en lo alto de la cual lucía el lema de la reina en letras doradas: «Ser útil en aquello que haga». El guardia la abrió y por fin entramos en el salón de audiencias.
Era el sanctasanctórum de la reina abierto a visitantes; más allá estaban sus aposentos privados, al otro lado de una sólida puerta custodiada por un guardia con alabarda. Tras dos años de matrimonio, la reina Catalina aún contaba con los favores del rey. El año anterior, cuando este se había ido a Francia al frente de sus ejércitos, la había nombrado reina regente. Sin embargo, al recordar el destino de sus otras esposas, no pude evitar pensar que, con una sola palabra del monarca, todos esos guardias podían convertirse instantáneamente en carceleros.
La sala de audiencias tenía las paredes decoradas con un empapelado nuevo de intrincados dibujos de hojas y estaba amueblada con elegantes mesas, jarrones de flores y sillas de respaldo alto. Solo había dos personas presentes: una mujer con un sencillo vestido azul lavanda y cabello gris recogido debajo de una toca blanca, que se levantó a medias de la silla y me lanzó una mirada aprensiva. El hombre que estaba a su lado, alto y delgado con toga de abogado, le apoyó con suavidad una mano en el hombro para indicarle que siguiera sentada.
Robert Warner, procurador de la reina, de cara alargada enmarcada por una barba larga que encanecía deprisa a pesar de que tenía la misma edad que yo, se acercó y me estrechó la mano.
—Mi querido colega Shardlake, gracias por venir. —Como si hubiera podido negarme. Sin embargo, me alegró verlo, Warner siempre había sido amable conmigo —. ¿Cómo está?
—Bastante bien. ¿Y usted?
—Ahora mismo muy ocupado.
—¿Y cómo se encuentra la reina?
Noté que la mujer canosa temblaba ligeramente y no apartaba la mirada de mí.
—Muy bien. Ahora mismo lo hago pasar. Lady Isabel está con ella.
En la cámara privada suntuosamente decorada, cuatro damas de honor magníficamente vestidas y con el emblema de la reina en la capucha bordaban junto a la ventana. Al otro lado se veían los jardines del palacio con sus arriates de flores, estanques de peces y estatuas de animales heráldicos. Todas las mujeres se levantaron e inclinaron brevemente la cabeza mientras yo les hacía una reverencia.
Catalina Parr estaba sentada en el centro de la estancia, en una silla de terciopelo rojo, debajo de un dosel morado. A su lado, una niña de unos once años arrodillada acariciaba un perro spaniel. Era pálida, de cabello caoba, llevaba un vestido verde de seda y un collar de perlas de varias vueltas. Me di cuenta de que era lady Isabel, la hija menor del rey, habida con Ana Bolena. Estaba al tanto de que el año anterior el rey había restablecido en la línea de sucesión a Isabel y María, su media hermana e hija de Catalina de Aragón, a instancias de la reina, según se decía. Pero la condición de estas era la de bastardas: si bien seguían siendo ladys, no eran princesas. Y aunque María, ahora una veinteañera, era una figura de importancia en la corte y la segunda en la línea de sucesión tras del príncipe Eduardo, a Isabel, rechazada y despreciada por su padre, apenas se la veía en público.
Warner y yo hicimos una profunda reverencia. Hubo una pausa, al cabo de la cual la reina dijo con su voz alta y clara:
—Bienvenidos, caballeros.
Antes de su boda, Catalina Parr siempre iba elegantemente vestida, pero ahora estaba majestuosa con su vestido de costuras plateadas y rojizas de hebras de oro, un broche de oro y perlas pendiendo del pecho. El rostro, atractivo más que bello, estaba apenas empolvado y llevaba el cabello dorado rojizo recogido bajo una capucha redondeada. La reina tenía una expresión amable pero vigilante, y un gesto severo en la boca que, de algún modo, dejaba entrever que en medio de aquella magnificencia en cualquier momento podía regalar una sonrisa o una sonora carcajada.
—¿Está fuera? —preguntó mirando a Warner.
—Sí, majestad.
—Id a sentaros con ella y os haré pasar a la mayor brevedad. ¿Está aún nerviosa?
—Sí, muy nerviosa.
—Id entonces y tratad de tranquilizarla en la medida de lo posible.
Warner hizo una reverencia y abandonó la estancia. Me di cuenta de que la niña me examinaba mientras acariciaba al perro. La reina la miró y sonrió.
—Bien, Isabel, aquí tenemos al jurisconsulto Shardlake. Hazle la pregunta y luego ve a tus clases de tiro con arco, que el señor Timothy te estará esperando. —Se volvió hacia mí con una sonrisa indulgente—. Lady Isabel tiene una pregunta sobre los abogados.
Me volví vacilante hacia la niña. No era bonita, tenía la nariz y la barbilla largas y ojos azules, penetrantes, que recordaban a los de su padre, pero, a diferencia de los de Enrique, los de ella no eran crueles sino que denotaban una curiosidad inquisitiva y perspicaz. Una expresión audaz para una niña, aunque Isabel no era una niña corriente.
—Señor —dijo con voz clara y seria—, sé que sois abogado y que mi querida madre os considera una buena persona.
—Gracias. —Así que llamaba «madre» a la reina.
—Sin embargo, me han dicho que los abogados son malas personas, que no tienen moral, que están dispuestos a defender por igual al malvado que al bueno. La gente dice que sus casas están hechas con las cabezas de los tontos y que usan la maraña de las leyes como una telaraña para atrapar a la gente. ¿Qué pensáis de ello?
Su seriedad me indicó que no se estaba burlando, sino que deseaba oír mi respuesta, así que respiré hondo.
—Milady, a mí me enseñaron que es bueno que los abogados estén preparados para defender a cualquier cliente, indistintamente. El deber de un jurista es ser imparcial, para que todos, buenos o malos, sean defendidos lealmente ante los tribunales reales.
—Pero los abogados también han de tener su conciencia, señor, y saber de corazón si la causa que defienden es justa o no —repuso Isabel con energía—. Si un hombre acude a veros y os dais cuenta de que actuó contra la otra parte por maldad o rencor y pensáis que se merece el duro castigo de la ley, ¿lo defenderíais de la misma forma por dinero?
—El abogado Shardlake trabaja sobre todo en favor de los pobres —intervino la reina con amabilidad—, en la Audiencia de Ruegos.
—Pero, madre, ¿acaso no puede un pobre actuar por maldad de la misma forma que un rico?
—Es cierto que las leyes son enmarañadas —dije—, quizás incluso demasiado confusas para el bien de los hombres. También es cierto que algunos abogados actúan por codicia y solo les importa el dinero. Sin embargo, el abogado tiene el deber de procurar averiguar todo aquello que resulte justo y razonable para el cliente, y defenderlo con buenos argumentos. Por lo tanto, sí, es posible que entre en conflicto con su conciencia. Pero son los jueces quienes deciden dónde está la justicia. Y la justicia es algo grande.
—Gracias por vuestra respuesta, señor —me sonrió de repente con aire triunfal—, pensaré bien en todo esto. Os lo he preguntado solo porque deseo aprender. —Hizo una pausa—. Aunque sigo pensando que la justicia no es algo fácil de encontrar.
—En eso, milady, estamos de acuerdo.
La reina le tocó el brazo.
—Ahora márchate, que el señor Timothy te estará buscando. El letrado Shardlake y yo tenemos cosas que arreglar. Jane, ¿tendríais la bondad de acompañarla?
Isabel asintió con la cabeza y sonrió a la reina; por un momento, dio la impresión de ser una niña corriente. Yo volví a hacer una profunda reverencia. Una de las damas de honor se acercó y acompañó a la muchacha hasta la puerta. Isabel caminaba con paso sosegado y firme. El perrito hizo gesto de seguirla, pero la reina lo llamó. La doncella personal de la reina tocó a la puerta, se la abrieron y se retiraron.
—Habéis respondido bien —me dijo, tendiéndome una mano delgada llena de anillos para que se la besara—, pero quizá les habéis dejado demasiada flexibilidad a vuestros colegas abogados.
—Sí, incluso soy más cínico, pero es solo una niña, aunque he de decir que ciertamente excepcional. Sabe conversar mejor que muchos adultos.
La reina rio y dejó a la vista una perfecta dentadura blanca.
—Cuando está enfadada, maldice como un soldado; creo que el señor Timothy la anima. Pero sí, es excepcional. El señor Grindal, el tutor del príncipe Eduardo, también le da clases a ella y dice que es la alumna más inteligente que ha tenido nunca. Y es tan diestra en las empresas deportivas como en las intelectuales. Ya sabe ir de caza y está leyendo el nuevo trabajo del señor Ascham sobre tiro al arco. Sin embargo, a veces se la ve tan triste… y tan alerta. A veces me asusta.
La reina miró pensativa la puerta cerrada y, por un instante, vi a la Catalina Parr que recordaba: intensa, asustada, ansiosa por hacer lo correcto.
—El mundo es un lugar peligroso e incierto, majestad. Hay que estar siempre muy alerta.
—Sí —sonrió con complicidad—, y teméis que os ponga otra vez en medio de sus peores peligros. Comprendo. Pero, querido Matthew, jamás rompería mi promesa. El caso que tengo para vos no tiene nada que ver con la política.
Agaché la cabeza.
—Adivináis mis pensamientos. No sé qué decir.
—Pues entonces no digáis nada. Contadme cómo os va.
—Bastante bien.
—¿Tenéis tiempo para pintar últimamente?
Negué con la cabeza.
—El año pasado hice unas pocas cosas, pero ahora… —vacilé—. Tengo mucho trabajo.
—Veo la marca de la preocupación en vuestra cara. —La mirada de aquellos ojos castaños era tan bondadosa como la de Isabel.
—Son solo las arrugas que llegan con la edad. Aunque no con la vuestra, majestad.
—Si alguna vez os veis en apuros, sabéis que puedo ayudaros.
—Solo se trata de un pequeño asunto personal.
—¿Un asunto amoroso quizás?
Eché una mirada a las damas que cosían junto a la ventana y me di cuenta de que la reina hablaba todo el tiempo en un tono lo bastante alto para que ellas oyeran. De modo que nadie pudiera informar jamás de que Catalina Parr había tenido una conversación privada con un hombre que al rey le desagradaba.
—No, majestad —respondí—, nada de eso.
La reina asintió y frunció el ceño, pensativa.
—Matthew, ¿tenéis alguna experiencia con la Audiencia de Tutelas?
—No, majestad.
El rey había creado la Audiencia de Tutelas hacía unos años para que se ocupara de los huérfanos ricos que estaban bajo su control. No había tribunal más corrupto, ni donde fuera más improbable que se hiciera justicia. También allí se guardarían todos los documentos que certificaban la demencia de Ellen, puesto que el rey también tenía la custodia legal de los locos.
—No importa. El caso que nos gustaría que aceptarais requiere sobre todo un hombre honrado, y bien sabéis qué tipo de abogados se especializan en tutelas. —Se inclinó hacia mí—. ¿Os ocuparíais de un caso allí? ¿Por mí? Prefiero que seáis vos y no el procurador Warner puesto que tenéis más experiencia en representar a la gente corriente.
—Tendría que repasar los procedimientos, pero, por lo demás, sí.
—Gracias —asintió—. Una cosa más que deberíais saber antes de que hagamos pasar a vuestro nuevo cliente. Me ha dicho el procurador Warner que, para los casos en la Audiencia de Tutelas, los abogados a menudo deben desplazarse adonde viven los jóvenes pupilos para tomarles declaración.
—Sí, deposiciones se llaman, así es en todos los tribunales, majestad.
—El muchacho en cuestión vive en Hampshire, cerca de Portsmouth.
Pensé que el camino hasta allí, desde Londres, pasaba por West Sussex… «de donde viene Ellen».
La reina vaciló escogiendo las palabras adecuadas.
—Puede que la zona de Portsmouth no sea la más segura a la cual viajar durante las próximas semanas.
—¿Por los franceses? Pero dicen que están en todas partes.
—Tenemos espías en Francia y se rumorea que el enemigo va camino de Portsmouth. No es seguro, pero es probable. No quisiera que aceptarais este encargo sin saberlo, porque el procurador Warner me ha dicho que tal vez sea necesario tomar algunas declaraciones.
La miré y me di cuenta de que anhelaba que aceptara el caso. Y si podía pasar por Rolfswood…
—Lo haré —respondí.
—Gracias. —Me sonrió agradecida y se volvió hacia las damas—. Jane, id a buscar a la señora Calfhill—. Veréis —me dijo en voz más baja—, Bess Calfhill, a quien estáis a punto de conocer, es una antigua criada mía, de cuando yo era lady Latimer. Fue ama de llaves de una de nuestras propiedades en el norte y más tarde en Londres. Es una buena persona, leal, pero últimamente ha sufrido una gran pérdida. Sed amable con ella. Si hay alguien que merece justicia, es Bess.
La dama de honor regresó con la mujer que yo había visto en la entrada. Era menuda, de aspecto frágil y se acercó con paso tímido y las manos entrelazadas con fuerza.
—Ven, querida Bess —dijo la reina en tono amable—. Aquí tenemos al letrado Shardlake, un jurista. Jane, traed una silla, y otra para el señor Shardlake.
La señora Calfhill se acomodó en una silla mullida y yo me senté frente a ella. Me examinó con unos ojos intensos azules grisáceos y expresión de tristeza en un rostro surcado de arrugas. Frunció el entrecejo un instante, quizás al notar que era jorobado. A continuación miró a la reina y suavizó el gesto al ver al perro.
—Este es Rig, Bess —dijo la reina—. ¿Has visto qué bonito? Ven, acarícialo.
Bess, dubitativa, se inclinó y acarició al animal, que meneó el rabo peludo.
—A Bess siempre le han gustado los perros —me dijo la reina, y comprendí que había hecho que Rig se quedara para ayudar a tranquilizar a la vieja criada—. Ahora, Bess, cuéntale todo al letrado Shardlake. No tengas miedo. Será un auténtico amigo en todo esto. Cuéntaselo como me lo has contado a mí.
Bess se echó atrás y me miró con ansiedad.
—Soy viuda, señor —dijo en voz baja—. Tenía un hijo, Michael, un mozo apuesto y amable. —Las lágrimas afloraron a sus ojos, pero parpadeó con decisión para reprimirlas—. Era inteligente y, gracias a la bondad de lady Latimer… ay, perdón, de la reina, estudió en Cambridge —declaró con orgullo—. Se graduó y regresó a Londres, donde había conseguido un puesto de preceptor en una familia de mercaderes llamada Curteys, en una buena casa, cerca de Moorgate.
—Debía de estar usted muy orgullosa —dije.
—Sí, señor.
—¿Cuándo fue?
—Hace siete años. Michael estaba contento con su trabajo. El señor Curteys y su esposa eran buenas personas. Mercaderes de telas. Además de la casa de Londres, habían comprado un bosque propiedad de un pequeño convento en Hampshire, en el campo al norte de Portsmouth. Por entonces todos los monasterios se estaban hundiendo.
—Lo recuerdo muy bien.
—Michael decía que las monjas vivían rodeadas de lujos gracias a los beneficios de la venta del bosque. —Frunció el ceño y sacudió la cabeza—. Esos frailes y esas monjas eran malas personas, y la reina lo sabe.
Era evidente que Bess Calfhill era otra partidaria de la Reforma.
—Háblale de los niños al señor Shardlake —la instó la reina.
—Los Curteys tenían dos hijos, Hugh y Emma. Creo que Emma por entonces tenía doce años y Hugh uno menos. Michael vino a verme una vez con ellos y yo solía verlos cuando visitaba a mi hijo. —Sonrió con cariño—. Unos niños preciosos, altos, de cabello castaño claro, dulces y tranquilos. El padre era un buen reformado, un hombre de ideas nuevas. Les hacía estudiar latín y griego y practicar ejercicios. A mi hijo le gustaba el tiro con arco y se lo enseñaba a los niños.
—¿Su hijo los quería?
—¡Como si fueran sus propios retoños! Sabrá usted que en las casas ricas los niños mimados pueden convertir la vida de un preceptor en un suplicio, pero a Hugh y Emma les gustaba estudiar. Si algo pensaba Michael es que eran muy serios, y sus padres querían que fueran personas devotas. Michael pensaba que el señor Curteys y su esposa tenían a los niños muy apegados a ellos, pero los querían con locura. Entonces… resulta que… —Se calló de repente y agachó la cabeza.
—¿Qué pasó? —pregunté con delicadeza.
Cuando levantó la cabeza había dolor en su mirada.
—El segundo verano que Michael estaba con ellos se desató la peste en Londres. La familia decidió ir a Hampshire a visitar sus tierras. Iban con amigos, con otra familia que había comprado los viejos edificios del convento y el resto de las tierras, los Hobbey. —Prácticamente escupió el apellido.
—¿Quiénes eran? —pregunté.
—Nicholas Hobbey era otro mercader de telas. Estaba reconvirtiendo el convento en casa, de modo que la familia del señor Curteys se iba a hospedar con ellos. Michael también los acompañaba a Hampshire. Estaban preparando el equipaje para partir cuando el amo Curteys sintió los bubones debajo del brazo. Acabaron de llevarlo a la cama cuando su mujer se desmayó. Al cabo de un día ambos estaban muertos, junto con el mayordomo, un buen hombre —suspiró con tristeza—. Ya sabe cómo son esas cosas.
—Sí.
No solo la peste, sino todas las enfermedades producto de las pestilencias de Londres. Pensé en Joan.
—Michael y los niños consiguieron escapar. Hugh y Emma estaban destrozados; lloraban y se abrazaban para consolarse. Michael no sabía qué sería de ellos. No tenían parientes cercanos. —La mujer apretó las mandíbulas—. Entonces apareció Nicholas Hobbey. Si no fuera por esa familia mi hijo aún estaría vivo. —Me miró con unos ojos súbitamente encolerizados.
—¿Conoció usted al señor Hobbey?
—No, solo sé lo que me contó Michael. Me dijo que en principio el señor Curteys quería comprar el convento con todas las tierras, como inversión, pero se dio cuenta de que no podía permitírselo. Conocía al señor Hobbey del comercio de tejidos, y este fue a cenar varias veces para hablar de cómo dividir el bosque entre los dos, que al final fue lo que sucedió: el señor Hobbey compró la porción más pequeña del bosque y el edificio del convento para convertirlo en una casa de campo, y el señor Curteys se quedó con la parte mayor. Tras la operación, el señor Hobbey se hizo amigo del matrimonio Curteys. A Michael le parecía el típico individuo que adopta posturas anglicanas cuando está con reformistas, pero que si negocia la compra de tierras con papistas le falta tiempo para sacar el rosario. En cuanto a su mujer, la señora Abigail, Michael creía que estaba loca.
Otra vez la locura.
—¿Por qué?
—No lo sé. A Michael no le gustaba hablar conmigo de esas cosas. —Una pausa —. El señor y la señora Curteys —continuó— murieron demasiado deprisa para hacer testamento, por eso todo era tan incierto. Pero poco después apareció el señor Hobbey con un abogado y le dijo que el futuro de los niños estaba arreglado.
—¿Sabe cómo se llama?
—Dyrick, Vincent Dyrick.
—¿Lo conocéis? —preguntó la reina.
—Un poco. Es un abogado colegiado en el Inner Temple. En algunas ocasiones representó contra mí a propietarios de tierras en la Audiencia de Ruegos. Es bueno para los alegatos, pero quizá demasiado agresivo. No sabía que trabajara también en la Audiencia de Tutelas.
—Michael le temía. Michael y el párroco de los Curteys estaban tratando de localizar algún pariente, pero entonces el señor Hobbey dijo que había comprado la tutela de los niños. De modo que se pondría a la venta la casa de los Curteys y los niños se irían a vivir con ellos a la de Shoe Lane.
—Qué rápido se hizo toda la gestión —comenté.
—Seguramente hubo dinero de por medio —dijo la reina en voz baja.
—¿Cuánta tierra hay?
—Creo que más de veinticinco mil hectáreas. La herencia de los niños era las dos terceras partes.
Eso era mucha tierra.
—¿Sabe cuánto pagó Hobbey por la tutela?
—Creo que unas ochenta libras.
Era barato. «Si el señor Hobbey compró la tutela de Hugh y Emma, tiene el control de su parte de aquel bosque», pensé. Hampshire estaba cerca de Portsmouth, donde habría mucha demanda de madera para buques, y no demasiado lejos del Weald de Sussex, donde por la creciente industria de herrajes había una demanda constante de combustible.
—El señor Hobbey —continuó Bess— se inclinaba por tener su propio preceptor, pero, como Hugh y Emma estaban muy apegados a Michael, le pidieron al señor Hobbey que Michael siguiera con ellos y accedió. —Bess levantó las manos en un gesto que expresaba indefensión—. Además de mí, Michael solo tenía a la familia Curteys. Era un mozo lleno de generosidad. Tendría que haberse buscado una esposa, pero por algún motivo no lo hizo. —La señora Calfhill se recompuso y continuó con voz monótona—. Así que los niños se mudaron y se vendió la casa en la que habían vivido toda la vida. Lo que sacaron creo que fue puesto bajo custodia de la Audiencia de Tutelas.
—Sí, que actuaría como fiduciaria. Así pues, señora Calfhill, ¿su hijo se mudó con los niños a Shoe Lane?
—Sí, no le gustaba la casa de los Hobbey, decía que era pequeña y oscura. Y Michael tenía un nuevo pupilo: David, el hijo de la familia. —Suspiró profundamente —. Según Michael, era el típico hijo único malcriado y mimado, de la misma edad que Emma. Estúpido y cruel, y no paraba de mofarse de los hermanos y decirles que nadie deseaba que estuvieran allí, que sus padres no los querían como a él. Supongo que era bastante cierto. Creo que el señor Hobbey se llevó a los niños solo para aprovecharse de sus tierras.
—¿No es ilegal sacar provecho de unas tierras que están bajo tutela? —preguntó la reina.
—Sí; quien compre una tutela tiene la custodia de los bienes del huérfano, pero se supone que debe ocuparse de ellas y no sacar provecho para sí. Aunque no siempre sucede así. Además, con la tutela tendría el control de la boda de la muchacha — añadí pensativo.
—Michael se temía que quisieran casar a Emma con David —continuó Bess— para que su parte de las tierras pasara a la familia Hobbey. ¡Pobres niños! Hugh y Emma estaban muy unidos, solo se tenían el uno al otro, además de contar con mi hijo como amigo. Michael me dijo que Hugh una vez se peleó con David por algo ofensivo que este le había dicho a Emma. Ella solo tenía trece años. David era un chico fuerte, pero Hugh pudo con él. —Volvió a clavarme la mirada—. Le dije a Michael que estaba demasiado preocupado por esos niños, que no podía convertirse en padre y madre de ellos. Pero entonces… —Su rostro se quedó una vez inexpresivo — la viruela hizo acto de presencia en casa de los Hobbey.
La reina se inclinó y apoyó la mano en el brazo de Bess.
—Los tres niños la contrajeron —continuó ella imperturbable—. Le prohibieron a Michael entrar en las habitaciones por miedo al contagio. Los criados se ocupaban de Hugh y Emma, y la madre de David cuidaba de su propio hijo entre sollozos y súplicas a Dios de que lo salvara. La comprendo, yo habría hecho lo mismo por Michael. —Se interrumpió un instante y añadió con voz despiadada—: David sobrevivió sin mácula; Hugh también vivió, pero la cara picada de viruelas destruyó su belleza; y la pequeña Emma murió.
—Lo siento.
—Al cabo de unos días, el señor Hobbey le comunicó a mi hijo que su mujer no quería seguir viviendo en Londres. Se iban a su casa de Hampshire para siempre y ya no lo necesitaban. Michael no volvió a ver a Hugh… Él y David seguían aislados. Le permitieron asistir al funeral de la pequeña Emma, y eso fue todo. Vio como enterraban el pequeño ataúd blanco. Se marchó de la casa aquel día. Dijo que los criados estaban quemando la ropa de Emma en el jardín por si tenía los miasmas de la enfermedad.
—Una historia terrible —dije con delicadeza—, de muerte y codicia y con niños como víctimas. Pero, señora Calfhill, su hijo hizo todo lo que pudo.
—Lo sé. El señor Hobbey le dio una carta de recomendación y encontró otro empleo en Londres. Escribió a Hugh, pero no recibió más que una respuesta forzada de Hobbey en que le decía que no escribiera, que estaban tratando de darle una nueva vida al muchacho en Hampshire. ¡Qué crueldad! —exclamó levantando la voz—, después de todo lo que Michael había hecho por esos niños.
—Muy duro, sí —dije, aunque también comprendía el punto de vista de Hobbey: en Londres el chico había perdido a toda su familia.
—Pasaron los años —continuó Bess con tono monótono— y a finales del año pasado Michael aceptó un puesto de preceptor en Dorset para dar clases a los hijos de un terrateniente. Pero aparentemente el destino de Hugh y Emma lo perseguía. Decía que con frecuencia se preguntaba qué habría sido de Hugh. —Frunció el ceño y bajó la cabeza.
—Vamos, Bess —volvió a intervenir la reina—, cuéntale la última parte, aunque sé que es la más dura.
Bess me miró y volvió a armarse de valor.
—Michael vino a visitarme de Dorset en Pascua. Tenía un aspecto terrible: estaba pálido y distraído, prácticamente fuera de sus cabales. Yo no sabía por qué, pero al cabo de unos días me preguntó si conocía algún abogado. «¿Para qué?», inquirí. Para mi sorpresa, dijo que quería solicitar a la Audiencia de Tutelas que le retiraran a los Hobbey la custodia de Hugh. —Respiró hondo—. Le dije que no conocía ninguno y le pregunté por qué quería hacer algo así ahora, seis años después. Me dijo que era mejor que no lo supiera, que se trataba de algo tan terrible que no podía contármelo, ni a mujer u hombre alguno salvo a un juez. Le soy sincera, señor, empecé a temer por el buen juicio de Michael. Lo recuerdo sentado frente a mí en la pequeña casa que poseo gracias a la bondad de la reina. A la luz de la lumbre, tenía el rostro arrugado… viejo. Sí, viejo, aunque aún no llegaba a los treinta. Le sugerí que fuera a ver al letrado Dyrick. Pero se rio con amargura y dijo que era la última persona a la que iría a ver.
—Es lógico. Si Dyrick trabajó para Hobbey en la custodia no podía actuar contra él en la misma causa.
—Era más que eso, señor. Había enfado en la voz de Michael.
Percibí un silencio absoluto en la estancia y miré hacia los ventanales. Las damas habían dejado de coser y escuchaban con la misma atención que la reina y yo.
—Se me ocurrió que en el camino de regreso de Dorset quizá Michael había visitado a Hugh. Se lo pregunté directamente y me lo reconoció. No había avisado porque temía que el señor Hobbey no lo recibiera. Dijo que cuando llegó se encontró con algo espantoso que habían hecho. Debía buscar un abogado en el que pudiera confiar; si no, él mismo presentaría la demanda en la Audiencia.
—Ojalá hubieras venido a verme, Bess —dijo la reina—, y te habría procurado uno.
—Majestad, pensaba que mi hijo estaba perdiendo la razón. No se me ocurría qué podía haberle pasado a Hugh para poner a Michael en semejante estado. Poco después, mi hijo me dijo que había encontrado un lugar para vivir, porque no iba a volver a Dorset. Él… —Bess claudicó y, llevándose las manos a la cara, rompió a llorar.
Su majestad se inclinó y la abrazó. Al cabo de un rato, después de que la reina le hubiera dado un pañuelo que estrujó entre sus manos, la mujer recobró la compostura. Volvió a hablar, pero esta vez con la cabeza gacha, de modo que le veía la coronilla de la toca blanca.
—Michael se instaló en una casa de inquilinato cerca del río. Me visitaba casi todos los días. Me dijo que él mismo había rellenado los papeles y pagado los aranceles en la Audiencia de Tutelas. Me pareció que estaba un poco mejor, pero al cabo de unos días volvía a tener ese aspecto avejentado y gastado. Pasaron unos días sin que me visitara, hasta que una mañana se presentó un alguacil local en casa. —La mujer levantó la vista con ojos ausentes—. Me dijo que habían hallado a mi hijo muerto en su habitación, que se había colgado de una viga. Me dejó una nota. Aquí la tengo, el procurador Warner me dijo que la trajera para enseñársela.
—¿Me permite?
Bess sacó un papel sucio y ajado del vestido y me lo pasó con mano temblorosa. Lo abrí. «Perdóname, madre», estaba garabateado.
—¿Es la letra de Michael? —pregunté.
—¿Cree que no conozco la letra de mi hijo? —replicó—. Sí, lo escribió él, como le dije al juez pesquisidor, ante el jurado y todos los curiosos.
—Tranquila, Bess —dijo la reina con suavidad—. El jurisconsulto Shardlake necesita hacerte estas preguntas.
—Lo sé, majestad, pero me resulta difícil. —Levantó la vista y me dijo—: Perdone, señor.
—Lo comprendo. ¿La vista se celebró ante el juez pesquisidor de Londres?
—Sí, con el juez Grice, un hombre duro y estúpido.
Sonreí con tristeza.
—Sí, lo es.
—Me preguntó si mi hijo parecía estar mal y le dije que sí, que últimamente se comportaba de manera extraña. Llegaron al veredicto de suicidio. No mencioné lo de Hampshire.
—¿Por qué no?
Levantó la cabeza y volvió a mirarme.
—Porque ya había decidido explicarle la cuestión a la reina, y ahora busco justicia, por la gracia de su majestad. —Se echó atrás, y advertí que, debajo del dolor de Bess, había un temple de acero.
—¿Qué cree que su hijo descubrió en Hampshire que pueda haberlo llevado a quitarse la vida? —pregunté en voz baja.
—Que Dios lo tenga en su gloria. No lo sé, pero creo que algo terrible.
Me pregunté si Bess necesitaba que su dolor se convirtiera en ira.
—Enséñale al señor Shardlake la citación de la Audiencia —pidió la reina.
Bess rebuscó en su vestido y sacó un papel grande, con varios pliegues, y me lo dio. Era una citación de la Audiencia de Tutelas en la que se ordenaba que todas las partes implicadas en la custodia de Hugh Williams Curteys se presentaran ante el tribunal el 29 de junio, al cabo de cinco días. Estaba dirigida a Michael Calfhill, en calidad de demandante —no sabían que estaba muerto—, y también habían enviado copia a Vincent Dyrick al Inner Temple. Tenía fecha de hacía casi tres semanas.
—No la recibí hasta la semana pasada —dijo Bess—. Llegó al domicilio de mi hijo, de allí la llevaron al juez pesquisidor y luego me la hicieron llegar como familiar más próximo.
—¿Ha visto usted alguna copia del escrito en sí de Michael? Se llama pliego de cargos. Necesito saber qué alegaba.
—No, señor, solo sé lo que le he contado.
Miré a Bess y a la reina y decidí ser directo.
—Diga lo que diga el escrito, se basa en los hechos que Michael conocía. Pero él está muerto y el tribunal podría no admitir la demanda sin su presencia para aportar pruebas.
—No sé nada de leyes —dijo Bess—, solo sé lo que le pasó a mi hijo.
—No creo que los tribunales estén en período de sesiones —intervino la reina—. Me han dicho que han cerrado antes de lo acostumbrado debido a la guerra.
—La Audiencia de Tutelas y la de Desamortizaciones siguen funcionando. —Los tribunales que proporcionaban riquezas a la Corona iban a proseguir sus sesiones todo el verano. Los jueces de esos fueros eran hombres duros. Me volví hacia la reina —. Sir William Paulet es el presidente de la de Tutelas. Me pregunto si seguirá allí o tiene otros deberes relacionados con la guerra, ya que es consejero mayor.
—Se lo pregunté al procurador Warner. Sir William se trasladará pronto a Portsmouth como gobernador, pero la semana próxima estará en la Audiencia.
—¿Citarán al señor Hobbey? —preguntó Bess.
—Supongo que a la primera vista asistirá Dyrick en su nombre. Lo que el tribunal haga con el escrito de Michael dependerá de lo que diga y de si hay otros testigos que puedan ayudarnos. Ha mencionado usted que, cuando el señor Honney solicitó la tutela, Michael pidió ayuda al párroco de los Curteys.
—Sí, el señor Broughton. Michael decía que era un buen hombre.
—¿Sabe si Michael lo vio últimamente?
Bess negó con la cabeza.
—Se lo pregunté y me dijo que no.
—¿Alguien más estaba enterado de la demanda? —pregunté—. ¿Un amigo de Michael quizá?
—En Londres era un forastero. Aquí no tenía amigos… Solo a mí —añadió con tristeza.
—¿Podéis averiguar algo? ¿Podéis ocuparos del caso en nombre de Bess? — preguntó la reina.
Dudé. Lo único que veía allí era una maraña de intensos lazos emocionales: entre la reina y Bess, Bess y Michael, Michael y esos niños; pero ni hechos, ni pruebas ni fundamentos para una demanda. Miré a la reina. Quería que yo ayudara a su antigua criada. Pensé en el niño Hugh, en medio de todo aquello, solo un nombre para mí, pero alguien que estaba solo y desprotegido.
—Sí —respondí—, haré todo lo que pueda.