La piedra del corazón

C. J. Sansom · Capítulo 7 de 54

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La piedra del corazón

Capítulo 7

 

A la mañana siguiente, partí hacia el Guildhall a eso de las diez. La noche anterior había mandado a Timothy a casa del regidor Carver con un mensaje, y este contestó que no podía recibirme antes. Era un fastidio, pues tenía mucho que hacer. Había enviado entonces una nota a casa de Barak diciendo que me reuniría con él en la puerta de la iglesia de Santa Evelina a las once.

Después del desayuno volví a ponerme mi mejor toga, gorro y toca para impresionar a Carver. Entré en el salón donde Guy desayunaba, temprano como de costumbre, y leía su querido ejemplar de Vesalio, De Humani Corporis Fabrica. Un antiguo aprendiz le había robado hacía dos años su primer ejemplar, y le había costado muchos esfuerzos conseguir otro. Estaba pasando un dedo por una de las bellas pero truculentas imágenes: un brazo desollado.

—Veo que estás estudiando otra vez —Guy.

—La inteligencia de este libro no deja de sorprenderme —sonrió con tristeza—. El otro día Coldiron me vio leerlo y se mostró muy interesado. Tuvo la amabilidad de explayarse sobre las interioridades humanas que vio en Flodden.

—Seguro que se lo ha inventado, Guy. ¿Qué piensas de Josephine?

Se reclinó pensativo.

—Es tímida y, me parece, infeliz. Pero no me sorprende teniendo a Coldiron como padre. Ella también me vio leer a Vesalio el otro día y volvió la cabeza; le dio asco.

—No la culpo. No tiene novio, ¿verdad?

—No, una lástima porque es buena persona y bastante bonita, si cuidara un poco su aspecto.

—Coldiron está siempre criticándola, cosa que tampoco la ayuda a sentirse más segura.

—Hace unos días, estaba yo en el salón y oí a Coldiron gritarle en la cocina. La llamó boba y cabeza hueca porque se le cayó algo. La muchacha rompió a llorar. Me sorprendió oír cómo Coldiron la consolaba. «Conmigo estás a salvo, JoJo», le dijo.

—¿A salvo de qué? —Meneé la cabeza—. Pienso despedirlo, pero me pregunto si habrá alguna manera de que Josephine se quede.

—Me temo que depende completamente de él.

Suspiré.

—Bueno, debo marcharme a tratar de salvar a Barak de la vida de soldado de la que tanto presume Coldiron.

Tras la tormenta, era un día claro y fresco de cielo azul. Mientras caminaba, pensé en lo que había descubierto sobre Ellen. Como buen abogado, sopesé cuestiones de organización, de poder. Se había llegado a algún arreglo con quienquiera que estuviera a cargo del Bedlam en 1526 y seguía vigente desde entonces. De alguna manera, no sabía cómo, yo tenía que «rescatarla».

Bajé de nuevo por Cheapside. Era otra mañana muy ajetreada, también con discusiones y enfados sobre las nuevas monedas. Oí a un par de comerciantes decir que la tormenta de granizo había malogrado muchos cultivos en los alrededores de Londres, de modo que este año habría otra vez escasez de grano.

Giré hacia el palacio de Guildhall del ayuntamiento y mis pasos resonaron mientras subía la escalinata hacia el amplio vestíbulo. El señor Carver me esperaba, imponente con su vestimenta roja de regidor. A su lado, para mi sorpresa, estaba el oficial barbudo que había visto en Lincoln’s Inn Fields con su uniforme rojo y blanco y una espada al cinto. Me miró con gesto adusto.

—Buenos días, señor Shardlake —me saludó Carver efusivamente—. Lamento los problemas de vuestro escribiente. —Se volvió al militar—. El señor Goodryke quería estar aquí presente ya que el asunto le concierne directamente.

Las pobladas cejas del oficial se arrugaron.

—Vuestro hombre es un impertinente, señor —dijo—. Ha tenido una actitud de desafío hacia la autoridad del rey. No posee arco y ni siquiera finge haber hecho prácticas de tiro.

—Parece que eso es válido para muchos otros —repliqué con amabilidad.

—No es una excusa. El alguacil me dijo que el tal Barak es de origen judío; quizá por eso no muestra la debida lealtad hacia Inglaterra cuando estamos a punto de que nos invadan.

«Conque esa es la historia que circula», pensé, y me obligué a sonreír.

—Barak puede ser… un poco irrespetuoso, pero es un patriota leal, trabajó durante años para lord Cromwell.

—Al que ejecutaron por traición —replicó con brusquedad Goodryke—. Que haya trabajado para un traidor no me parece razón para eximirlo. —Levantó la barbilla hacia mí con agresividad.

—Está pasando por un momento difícil. Su mujer dará a luz dentro de unas semanas y han perdido a su último hijo.

El regidor Carver asintió apesadumbrado.

—Ah. Eso sí que es duro. ¿No os parece, señor Goodryke?

El militar no se conmovió.

—Me apuntó con el dedo y me mandó al cuerno, como si yo fuera un patán y él pudiera eludir a su antojo su deber. He visto muchos hombres no aptos para el servicio, pero Barak parece un tipo fuerte, servirá como piquero.

—Bueno… ¿no podríamos llegar a algún acuerdo?

—Sí —terció Carver con entusiasmo—, el señor Shardlake ha trabajado para el ayuntamiento en reiteradas ocasiones, respondo por él. Y he visto a Barak… tendrá ya más de treinta años, es un hombre mayor para el servicio de armas. Si tuvierais cierta flexibilidad, estoy seguro de que el doctor Shardlake estaría dispuesto a demostrar su agradecimiento, quizá con alguna contribución a vuestra compañía…

Goodryke enrojeció aún más.

—No se trata de dinero —dijo con voz tan tajante que los comerciantes que pasaban se volvieron a mirar—. Ese hombre es apto para el servicio y necesita que le enseñen disciplina y lealtad.

Carver se mordió el labio y me miró.

—Doctor Shardlake —dijo—, si el señor Goodryke no tiene inconveniente, me gustaría hablar un momento con vos. —Goodryke se encogió de hombros y Carver me cogió del brazo y me llevó a un aparte—. Pensé que podríamos comprarlo, pero ha sido un error de cálculo. Goodryke es un tipo duro, ahora tiene el control y se ufana de ello. Durante muchos años ha sido un simple instructor…

—¿Qué hacía?

—Era oficial subalterno a cargo de la instrucción y la disciplina de las compañías militares. Se retiró del ejército, pero se alistó en las milicias, en las Trained Bands. No era más que un guardia, pero ahora es muy celoso de la autoridad que le ha conferido la guerra. Cree que Barak ha deshonrado a nuestras fuerzas.

—Regidor, el bienestar de Barak y su mujer es muy importante para mí. Si pudierais resolver este problema, de muy buen grado contribuiría yo con una suma importante a la compañía de Goodryke, aunque Dios sabe que tengo poco dinero disponible con el pago del próximo plazo del tributo de buena voluntad.

—Dejadlo en mis manos.

—Gracias.

—No he olvidado cómo ganasteis, contra todo pronóstico, el pleito por esas tierras que me reclamaba mi primo. —Carver enarcó las cejas—. Comprendo cómo debe de sentirse Barak, a mí también me pasa. El ejército necesita caballeros para que sean capitanes de compañías y me pidieron que aceptara el mando de un batallón de Londres. Conseguí convencerlos de que no sería yo muy útil en ese puesto. Hablaré con los superiores de Goodryke. Sé que la reina os encarga la representación jurídica de algunos casos, ¿puedo mencionarlo?

Dudé porque no me gustaba usar el nombre de la reina a la ligera, pero asentí.

—En cuanto a Barak, aseguraos de que no se meta en más problemas. Os enviaré un mensaje en cuanto tenga alguna novedad.

—Gracias.

—Vi que estabais el martes pasado en el juramento —añadió en voz baja—. Para ser franco, me sentía un poco ridículo sentado en aquel caballo. Esta guerra… solo porque el rey quiere mantener Boulogne, que no tiene ningún valor.

—Ya lo creo —asentí—. Por favor, regidor, haced todo lo que esté en vuestra mano.

Saludé con una inclinación a Goodryke, que apenas me respondió, y me alejé.

 

Recorrí la breve distancia que me separaba de Fall Lane, cerca de Basinghall. La muralla de Londres y las altas torres de Moorgate se veían cerca. En aquella zona las casas tenían aspecto próspero, con bonitas ventanas acristaladas y puertas de marcos muy ornamentados que daban a los amplios jardines de Draper’s Hall. Me crucé con la mujer de un comerciante que llevaba un velo en el rostro e iba acompañada de dos criados armados.

Al final del sendero se levantaba una pequeña iglesia. El campanario, con su brillante veleta en la punta, era nuevo. Se trataba de una parroquia rica. Barak estaba sentado con aspecto pensativo en un murete junto a la entrada del camposanto. Se levantó al verme.

—El sacristán dice que el párroco Broughton llegará pronto —me informó, y preguntó—: ¿Alguna novedad?

Le conté mi encuentro con Goodryke y cambió de cara cuando se dio cuenta de que el asunto aún no estaba resuelto.

—Tammy me sacará las tripas.

—El regidor Alderman hará lo que pueda. Está de nuestro lado. En el Concejo Municipal están cansados de que el rey les pida sin cesar que recluten más hombres, pero tampoco se olvidan de lo que le pasó al regidor Read.

—Mejor que no se olviden —rio Barak con amargura.

El desafío de Read había sido la comidilla de Londres en enero. El rey había pedido un tributo de buena voluntad a las clases que pagaban impuestos, es decir, un gravamen «voluntario» que se añadía a todos los demás que había exigido para la guerra. Solo Read se había negado, y lo único que consiguió fue que lo incorporaran al ejército para servir con las fuerzas de lord Hertford en la frontera con Escocia. Poco después lo capturaron y ahora era prisionero de los escoceses.

—¿Tan poco poder le queda al Concejo? —preguntó Barak mientras pateaba un guijarro—. Los londinenses solían vivir atemorizados de los regidores.

Me senté a su lado y entorné los ojos al sol.

—Y ellos viven atemorizados del rey. Y el tal Goodryke actúa en nombre del monarca. Pero Carver recurrirá a alguien más arriba de la cadena de mando.

Barak guardó silencio hasta que estalló.

—¡Dios mío! ¿Cómo hemos llegado a esto? ¡Estuvimos en paz con los franceses durante veinte años!

—Tal vez el rey crea que mantener Boulogne sea su última oportunidad de gloria. Y el año pasado también selló una alianza con el emperador Carlos.

—Que resultó inútil. El emperador firmó la paz por su lado y ahora nos enfrentamos solos a Francia.

—Si logran invadirnos —dije mirándolo—, no tendrán ninguna clemencia, como tampoco sus aliados escoceses. Y por lo que ha dicho la reina, la invasión está en marcha.

—Ahora no dejaré a Tamasin —exclamó apretando los puños—. Tendrán que llevarme a rastras.

Me puse de pie al ver que se acercaba un hombre mayor, de sotana blanca y larga barba. Hice una seña a Barak.

—Rápido, levántate.

Los dos inclinamos la cabeza al clérigo. Tenía una expresión seria, pero sus ojos parecían bondadosos.

—¿Abogado Shardlake?

—Sí. ¿Reverendo Broughton? Este es mi ayudante Barak.

—¿Es por lo de la familia Curteys?

—En efecto.

—Bueno, por fin ha venido alguien.

 

Nos hizo pasar a la iglesia. El recinto era austero y se veían las hornacinas vacías que otrora habían albergado estatuas de santos. Los bancos estaban dispuestos para recibir a los feligreses y tenían ejemplares del nuevo devocionario del rey encima. Broughton nos ofreció asiento y se sentó frente a nosotros.

—Veo que es usted abogado, señor. ¿Representa a Hugh Curteys? Es el único que quedaba de esa pobre familia.

—No, Hugh aún vive con el señor Hobbey, en Hampshire. No lo conozco. Pero su antiguo preceptor, Michael Calfhill, presentó una denuncia sobre la conducta del señor Hobbey con respecto a la tutela.

—Recuerdo bien a Michael —sonrió Broughton—, un joven gentilhombre honrado.

—¿Lo ha visto últimamente? —pregunté.

Broughton negó con la cabeza.

—Hace seis años que no veo a Michael. —Fue un golpe para mí, ya que esperaba que Michael hubiera ido allí últimamente—. ¿Cómo está?

Respiré hondo.

—Michael Calfhill murió hace tres semanas. Lo siento.

—Que Dios lo tenga en su gloria —dijo el párroco, y cerró los ojos un instante.

—Poco antes de su muerte, Michael presentó un pliego de cargos en la Audiencia de Tutelas en el que denunciaba que se había cometido una monstruosa injusticia contra Hugh Curteys. Según la madre de Calfhill, hacía poco que lo había visitado en Hampshire.

—¡Dios nos asista! ¿Y qué descubrió?

—En la demanda no lo dice, pero el lunes se celebrará una vista. Voy a representar a su madre y necesito testigos que sepan sobre la tutela, señor, urgentemente.

Broughton se quedó pensativo y me miró a los ojos.

—Yo sabía que esa tutela estaba contaminada. John y Ruth Curteys fueron feligreses de mi parroquia durante años. Cuando se reformó la Iglesia, me apoyaron en la ruptura con los viejos moldes. Eran incondicionales. Vi nacer a sus hijos, los bauticé, vi prosperar a la familia. Y después enterré a John y a Ruth. —Se le contrajo el rostro por la emoción.

—¿Tenían familia?

Broughton enlazó las manos en el regazo.

—Eran de Lancaster. John, como muchos jóvenes, vino a Londres en busca de fortuna. Con el tiempo, sus padres murieron. Cuando la peste se llevó a John y Ruth solo quedaba una vieja tía de esta en el norte, de la que hablaba a veces y a la que le escribía. Michael vino a verme, preocupado por el interés del señor Hobbey en la custodia de los niños, y le sugerí que buscara alguna carta de la tía y yo le escribiría. ¿Cómo murió Michael, señor? —preguntó de repente.

Se lo expliqué con delicadeza.

—El veredicto fue suicidio. Lo que vio en Hampshire debió de perturbarle su equilibrio mental.

—Dios mío. —Broughton se llevó las manos a la cabeza.

—Lo siento, señor. Por favor, cuénteme lo que sepa de la tutela. ¿Qué pasó con la tía?

—Michael encontró la dirección, pero para entonces Nicholas Hobbey, según me dijo, se había llevado los papeles y los libros de contabilidad. Michael discutió con él, pero Hobbey lo apartó del asunto… Michael no tenía posición social.

—Me da la sensación de que conoció bien a Michael.

Broughton suspiró y sacudió la cabeza.

—Michael venía a la iglesia todos los domingos con la familia. Pero no, nunca me pareció que lo conociera. Tampoco confiaba plenamente en mí. Me pregunté si no sería un papista en secreto, pero no lo creo. No obstante, algo lo perturbaba. De todas formas, quería a esos niños e hizo todo lo posible por ayudarlos. Nos convertimos en… cómplices, por el bienestar de los niños —concluyó con una sonrisa.

—La madre de Michael me dijo que Hugh y Emma Curteys estaban muy unidos.

—Sí, unos niños serios y devotos. —Sacudió la cabeza y le tembló la barba—. Le escribí a la tía y pagué un mensajero rápido. Ya habían pasado tres semanas de la muerte de John y Ruth. Michael y yo sospechábamos que Hobbey quería el control de las tierras de los niños, pero no podía hacerse tan rápido.

—Por lo general, no.

—Todos los días esperaba una respuesta del norte, pero ya sabe lo que tardan en llegar los mensajes de esos agrestes lugares. Pasaron dos semanas, luego tres… Michael me visitó de nuevo y me dijo que Hobbey siempre estaba en casa de los Curteys, su abogado también.

—Vincent Dyrick.

—Sí, así se llamaba. Michael dijo que los niños tenían miedo. Me imploró que fuera a ver a Hobbey. Así que fui a su casa de Shoe Lane. —Broughton frunció el ceño—. Me recibió en el salón con la altiva arrogancia de un hombre poco temeroso de Dios. Le dije que había escrito a la tía. Pues bien, el señor Hobbey se limitó a preguntarme fríamente cómo iba a hacer una anciana para viajar setenta leguas y atender a dos niños pequeños. Me dijo que él era el mejor amigo de la familia y vecino en Hampshire, que procuraría que Hugh y Emma recibieran un trato justo. Entonces entró su mujer, Abigail Hobbey —añadió con enfado.

—Doña Calfhill la mencionó. Dijo que Michael pensaba que estaba un poco loca.

—Una arpía chiflada y rabiosa. Irrumpió en el salón mientras yo hablaba con el marido, a grito pelado me llamó sermoneador, dijo que yo quería causar problemas con acusaciones contra su marido, el cual no deseaba más que ayudar a dos huérfanos.

—Pero usted no había hecho ninguna acusación.

—No, pero cuando esa mujer empezó a gritarme, entonces de verdad empecé a temer por esos niños.

—¿Y cómo reaccionó Hobbey al estallido de su mujer? —pregunté con curiosidad.

—Le molestó. Levantó la mano y dijo «tranquilízate, cariño», o algo así. La mujer dejó de gritar, pero se quedó allí mirándome con los ojos encendidos por la ira. Entonces Hobbey me dijo que me marchara, que había alterado a su mujer. ¡Qué ser tan vil! Me pidió que le informara si la tía respondía, pero él ya había hecho la solicitud a la Audiencia de Tutelas.

—¿Y contestó la tía?

—Al cabo de dos semanas recibí una carta del párroco de Lancaster en la que me decía que había muerto hacía un año.

—Sospecho que Hobbey ya lo sabía.

—Aparentemente no podía hacer nada más —dijo Broughton abriendo los brazos —. Hablé con Michael. Para ser justos, me dijo que los niños estaban bien cuidados y atendidos, pero que Hugh y Emma no sentían ningún afecto por Hobbey ni su mujer.

—Sucede con frecuencia en los casos de tutela.

—Pero había algo más. Michael temía que Nicholas Hobbey planeara casar a Emma con su hijo para reunir las tierras de Hampshire.

—Es decir, con David Hobbey.

—Sí, también lo vi aquel día en la casa. Estaba en el pasillo y estoy seguro de que se quedó escuchando en la puerta. Me miró de una manera impertinente, una mirada rara para un niño… tenía algo de triunfal.

—¿Tendría cuántos… doce años?

—Sí, un niño que no podía ser menos agraciado. Bajo y rechoncho, gordo de cara y moreno como su padre, un adefesio… —Se interrumpió y levantó las manos—. Lo siento, no he debido decir eso. Era solo un niño.

—Casi un hombre ahora —observó Barak.

—Desgraciadamente —dije—, arreglar ese matrimonio sería uno de los derechos del señor Hobbey una vez concedida la tutela.

Broughton sacudió la cabeza, indignado.

—Es impío que el sacramento del matrimonio se haya convertido en una operación comercial. Y Michael me contó que David ya le había puesto las manos encima a Emma… de una forma indebida, y que Hugh se peleó con él por eso.

—Sí, también me lo contó la madre de Michael. Pero entonces Emma murió.

—Que en paz descanse, pobre muchacha. Para entonces, la tutela ya estaba otorgada y Michael se había instalado con los niños en casa de los Hobbey, en otra parroquia. Lo volví a ver solo una vez más, cuando vino a comunicarme que Emma había muerto y que lo habían despedido. —Volvió a menear la cabeza—. Me dijo también que Abigail Hobbey no había demostrado nada de tristeza en el funeral, que tenía una expresión de lo más fría mientras enterraban a la pobre muchacha. Me pareció ver un dejo de desesperación en la mirada de Michael. Y, por lo que acaba usted de contarme, parece que no me equivocaba. —Broughton me miró con seriedad —. ¿Le he sido de ayuda, señor?

—Me temo que muy poco. ¿Hay alguien más en su congregación que conociera a la familia?

—No, nadie los conocía mucho. Solo yo me interesé en la tutela. A la gente no le gusta interferir en esos asuntos. Pero hay una cosa de la que me enteré. Circulaban rumores de que el señor Hobbey estaba endeudado.

—¿Cómo pudo entonces permitirse comprar la tutela? Y además acababa de comprar la casa del monasterio y la estaba haciendo restaurar.

—Esperaba conseguir la parte de Emma de las tierras de los Curteys casándola con su hijo —gruñó Barak—. En ese caso, hizo un mal negocio.

—Aún tiene el derecho de arreglar la boda de Hugh. —Broughton parecía preocupado—. ¿Y si piensa casarlo con alguien inapropiado? Tal vez fue eso lo que Michael descubrió.

Asentí pensativo.

—Tal vez. Señor, estaría muy agradecido si usted pudiera asistir a la vista del lunes. Por lo menos podría declarar que no le gustaba cómo se estaba manejando todo el asunto.

Cualquier prueba que pudiera conseguir me vendría bien, aunque un buen abogado pudiera echarla por tierra fácilmente. Me levanté con una mueca de dolor por mi entumecida espalda. Broughton también se puso en pie.

—Abogado —me dijo—, ¿tratará de que se haga justicia, de subsanar el agravio que hayan podido hacerle a Hugh?

—Lo intentaré —respondí—, pero no será fácil. Mañana enviaré a Barak para que prepare una declaración para usted. Hay que presentarla en la Audiencia de Tutelas antes de la vista del lunes.

—¡Dios no permitiría ninguna injusticia con los niños! —exclamó Broughton con súbita vehemencia—. Nuestro Salvador dijo: «El mal que hagáis a estos pequeños, me lo hacéis a mí» —citó la Biblia con voz tronante, pero vi las lágrimas que le corrían por el rostro arrugado—. Lo siento, señor —añadió—, es que estaba pensando en Michael. Un suicidio… el infierno… Qué terrible. Pero Dios ha decidido que los suicidas vayan al infierno… ¿Y quiénes somos nosotros para cuestionar al Señor? La fe y la desesperación se expresaron de la misma forma en Él.

—La justicia debe atenuarse con la misericordia —me atreví a decir—. Es un principio importante, por lo menos en la ley terrenal.

Broughton asintió, pero no volvió a pronunciar palabra mientras nos acompañaba afuera.

—¿A qué hora debo ir el lunes? —preguntó mientras nos despedíamos en la puerta de la iglesia.

—La vista está fijada a la diez en la Audiencia de Tutelas, en Westminster. Pero si puede ir un poco antes…

Broughton inclinó la cabeza y volvió al oscuro interior de la iglesia.

—¿Justicia? —se preguntó Barak volviéndose hacia mí mientras cruzábamos la entrada del camposanto—. No es eso precisamente lo que va a encontrarse en la audiencia —sonrió con amargura—, sino un juicio terrible como los que dicta Dios, como él mismo dice.

—Si Michael Calfhill se merece el infierno, entonces puede que hasta un juicio en la Audiencia de Tutelas sea mejor que el de Dios. Bueno, cambiemos de tema, que estamos diciendo herejías en plena calle.

 

La habitación de Michael quedaba en la otra punta de la ciudad, en un laberinto de calles junto al río. La tarde estaba bien avanzada cuando entramos en un callejón estrecho en el que viejos edificios con aleros salientes habían sido convertidos en casas de inquilinato. En el terreno embarrado había copos de pintura desconchada y pollos picoteando. En la taberna de la esquina, un grupo de siete u ocho aprendices de poco menos de veinte años, muchos de ellos con batas azules y espadas al cinto, nos lanzó miradas hostiles. El más alto, un rubio corpulento, me miró fijamente con dureza. Quizá pensó que mi toga de abogado era el uniforme de un espía francés. Barak apoyó una mano en su propia espada y el chico dio media vuelta.

Barak llamó a una puerta de madera sin pintar. Atendió una joven bonita, con un delantal sobre un vestido de lana barato. Su sonrisa indicaba que lo reconocía, y a mí me hizo una reverencia. Debía de ser la vecina de abajo de Michael y supuse que Barak la había deslumbrado.

—He venido con el señor Shardlake —dijo mi ayudante—, el abogado interesado en los asuntos del pobre Michael. ¿Le ha dado la llave el alguacil Harman?

—Sí, señor, adelante.

La seguimos por un pasillo húmedo y entramos en su habitación, un cuarto pequeño con una estera sucia en el suelo, una mesa y una cama. Sobre la mesa había una vieja llave de hierro. Las ventanas no tenían cristal y los postigos estaban abiertos. Los aprendices nos echaban miradas desde la calle. Sally siguió mi mirada.

—Hace días que holgazanean por aquí —dijo—. Ojalá se largaran.

—¿De qué gremio son? —pregunté—. Sus maestros deberían tenerlos más controlados.

—No sé. Con lo caras que están las cosas, muchos aprendices han perdido sus puestos. Mi marido trabajaba como mensajero de los mercaderes germanos del Steelyard, pero ahora casi no hay comercio; confiscan los barcos en todas partes. Está buscando trabajo —añadió con gesto de resginación.

—¿Podemos echar un vistazo? —preguntó Barak mientras cogía la llave.

—Sí, claro, pobre Michael —respondió con tristeza.

Subí detrás de Barak por unas escaleras estrechas. Encajó la llave en la cerradura de una puerta destartalada al fondo de la casa. Crujió al abrirse. Los postigos del ventanuco estaban cerrados y solo se adivinaban formas oscuras. Barak los abrió. La habitación era pequeña, con manchas de humedad en las paredes. Había un jergón de paja estrecho, una almohada con una sábana desgarrada encima y un viejo baúl abierto al lado de la cama, lleno de ropa desordenada. Los únicos otros dos muebles eran una mesa vieja y una silla volcada. Sobre el escritorio había una pluma y un tintero seco y cubierto de polvo. Miré arriba y vi una tira de sábana blanca anudada a una viga, el otro extremo estaba cortado.

—Dios bendito —dije—. Lo han dejado tal cual, igual que cuando lo bajaron.

—Quizás el pesquisidor lo ha dejado así para la inspección del jurado.

—Y después olvidó decirle al casero que podía limpiarlo. Eso me suena al juez pesquisidor Grice.

Miré la miserable habitación en la que Michael había pasado sus últimos días. Barak se dirigió al baúl y empezó a registrar el contenido.

—Aquí no hay más que ropa —dijo—, ropa y un par de libros, un plato y una cuchara envueltos en un paño.

—Déjame ver.

Examiné los libros: clásicos en griego y latín, los típicos libros de un preceptor. También había un ejemplar de Toxophilus de Roger Ascham, el tratado de tiro con arco que la reina me había dicho que lady Isabel estaba leyendo.

—Tendrían que haberse llevado todas estas cosas como pruebas —comenté.

—El pesquisidor estuvo solo cinco minutos —dijo Sally desde la puerta, mirando la habitación con tristeza—. ¿No es esa la razón de que esté usted aquí, señor? ¿Para cuestionar el descuido con que ese hombre se ocupó de todo esto?

—Sí, así es —intervino Barak antes de que yo contestara.

Sally miró alrededor.

—Está todo tal cual esa noche. El alguacil Harman forzó la puerta y luego dio un grito. Samuel corrió escaleras arriba para ver qué pasaba y yo lo seguí. —Miró angustiada el trozo de tela que colgaba de la viga—. Pobre señor Calfhill. He visto ahorcados, señor, y me di cuenta por su cara que se había estrangulado poco a poco, sin romperse el cuello. —Se persignó.

—¿Cómo iba vestido?

Me miró sorprendida.

—Solo con un jubón y calzas.

—¿Llevaba algo en el cinturón?

—Solo una bolsa, señor. Con unas pocas monedas y una cruz de oro que su madre reconoció como suya. Pobre anciana.

—¿No llevaba daga?

—No, señor. Samuel y yo ya habíamos notado que nunca la llevaba —sonrió con tristeza—. Nos parecía un insensato. El señor Calfhill no sabía lo peligroso que puede ser este barrio.

Miré a Barak.

—¿Qué usó entonces para cortar la sábana para colgarse? —Me volví hacia Sally —. ¿Dijeron algo sobre eso en la investigación?

—No, señor. —Volvió a sonreír con tristeza—. Al parecer el pesquisidor solo quería acabar rápido.

—Comprendo. —Volví a mirar la viga—. ¿Cómo era Michael, Sally?

—Samuel y yo bromeábamos que vivía en su propio mundo. Iba por ahí con su ropa elegante, cosa que no es muy segura por estos andurriales. Yo diría que podía permitirse un lugar mejor para vivir, pero creo que no le importaban la suciedad ni las ratas. La mayor parte del tiempo parecía perdido en sus pensamientos. —Reflexionó y añadió—: Y no precisamente pensamientos alegres. Nos preguntábamos si no estaría atormentado por cosas religiosas. Samuel y yo profesamos el culto tal como lo ordena el rey —agregó enseguida.

—El alguacil me dijo que había tenido algún problema con los golfos de la esquina —dijo Barak—. ¿Eran los mismos que están fuera?

Sally negó con la cabeza.

—Yo no me enteré; y no pueden haber sido los mismos. Estos muchachos hace pocos días que rondan por aquí.

—Una pregunta más —dije, y me di cuenta de que nadie lo había mencionado hasta ahora—: ¿Qué aspecto tenía Michael Calfhill?

Se quedó pensando.

—Bajo, delgado, guapo de cara, cabello castaño. Empezaba a perder el pelo, pero dudo de que tuviera más de treinta.

—Gracias. Aquí tiene por su ayuda, por las molestias…

Dudó, pero aceptó la moneda. Hizo una reverencia y se marchó cerrando la puerta a sus espaldas. Barak se había acercado a la ventana.

—Venga a ver esto —dijo.

Me acerqué. Justo debajo estaba el techo inclinado de un edificio anexo, un tejado mohoso sobre un patio pequeño.

—Alguien habría podido subir fácilmente por aquí —observó Barak—. Hasta yo habría podido hacerlo a pesar de esta vida fácil que tengo. —Se palmeó la barriga.

Miré fuera y vi el río con el habitual tráfico ajetreado de barcazas; llevaban pertrechos hacia el mar.

—No se ha salido ninguna teja —constaté—. Son viejas; si alguien hubiera trepado sin duda se habrían movido algunas. —Me volví y miré de nuevo la viga—. Si alguien subió por el tejado, entró en la habitación y lo pilló en la cama, habría habido una pelea.

—No si dormía y le dio un golpe en la cabeza.

—Habría tenido marcas en la cabeza y el pesquisidor y sus ayudantes lo habrían visto en el examen del cuerpo.

—No si el golpe fue encima de la línea del cuero cabelludo. Y además no miraron mucho.

Sopesé todo detenidamente.

—Recuerda de qué se trata este caso: de la gestión de unas tierras en Hampshire, quizá de un dinero por casar a Hugh Curteys. Dentro de tres años el chico alcanzará la mayoría de edad y las tierras serán suyas. ¿Ordenaría Nicholas Hobbey el asesinato de Michael solo para proteger eso? ¿Se jugaría que lo colgaran por algo así? ¿Un hombre de su condición, con familia?

—Quizá Michael descubrió algo por lo que colgarían a Hobbey de todas maneras.

—¿Como qué?

—¿Y qué pasa con la daga que no está?

—Podría haberse perdido o quizá la robaron de ese caos que Grice llama la oficina del pesquisidor —sonreí—. ¿No será que vemos con demasiada facilidad asesinatos por todas partes después de todo lo que hemos visto en estos últimos años? Y recuerda, la nota de suicidio estaba escrita por Michael.

—Aun así, aquí hay algo que huele mal.

—Sin duda huele a ratas. Mira esos excrementos en el rincón.

—¿Por qué se iría Michael de casa de su madre para venir a instalarse en este agujero?

Pensé un momento.

—No lo sé, pero aquí no veo nada que apunte a un asesinato, salvo la ausencia de la daga, y podría haberse perdido. Ahora lo que debemos hacer es concentrarnos en la Audiencia del lunes. —Eché un último vistazo a la deprimente habitación y se me ocurrió que Michael, al dejar a su madre, debió de castigarse por algo. Pero ¿por qué cosa? Volví a mirar el trozo de sábana y me estremecí—. Salgamos de aquí —dije.

—¿Le importa que vuelva a hablar con el alguacil? —preguntó Barak mientras bajábamos la escalera—. Sé dónde estará: en la taberna a la que lo llevé. A un par de calles de aquí. A lo mejor se acuerda de qué pasó con la daga.

—Pero ¿no te está esperando Tamasin?

—No tardaré mucho.

 

Le devolvimos la llave a Sally y salimos de la casa. Era la hora del atardecer; a los lejos, entre las casas, se veía el río teñirse del rojo del sol poniente. Los golfos de la esquina se habían marchado.

—¿Puedes preparar una declaración y llevársela a Broughton esta noche? —le pregunté a Barak—. Y ve al bufete mañana a las nueve. La señora Calfhill también irá.

—De acuerdo. —Respiró hondo y preguntó—: ¿Me avisará cuando sepa algo de Carver?

—Descuida.

Barak se dirigió hacia el río y yo hacia casa. Mientras andaba, volví a pensar en la muerte de Michael. Barak tenía olfato para los delitos.

Crucé un callejón oscuro y me enderecé al oír unos pasos presurosos detrás. Me volví, pero apenas logré vislumbrar unas caras jóvenes y batas azules antes de que me metieran una bolsa de verduras podridas en la cabeza. Varias manos me sujetaron y me llevaron al callejón. Ladrones… Yo, como Michael, había anunciado mi prosperidad con descuido.

Me estamparon contra una pared de piedra y, para mi espanto, unas manos me rodearon el cuello. Me tenían firmemente cogido por los brazos, mientras mis piernas pateaban indefensas contra las piedras. Pretendían estrangularme. Una voz áspera de hombre joven me dijo al oído:

—Escúchame bien, jorobado.

Jadeé y tuve arcadas. Unas lucecitas rojas destellaron en la negrura de la bolsa.

—Podrías estar muerto en menos de un minuto. Recuérdalo y escucha bien. Deja este caso, olvídate de él. Hay gente que no quiere que enredes con este asunto. Ahora dime si me has entendido.

La presión en mi garganta cedió, aunque otras manos seguían sujetándome los brazos.

Tosí y logré pronunciar un «sí». Me soltaron y caí desplomado sobre el barro, con la bolsa aún en la cabeza. Cuando logré por fin desgarrarla ya se habían largado. Me quedé en el callejón oscuro, respirando hondo para que el aire volviera a mis pulmones. Entonces me incliné y vomité violentamente.