La piedra del corazón

C. J. Sansom · Capítulo 6 de 54

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La piedra del corazón

Capítulo 6

 

A l salir al exterior una luz inesperadamente intensa me obligó a parpadear. Las lozas del pasadizo estaban cubiertas de un granizo refulgente bajo un cielo que volvía a ser azul. El aire era más fresco, casi súbitamente frío. Me alejé pisando con cuidado sobre el hielo crujiente y resbaladizo. En el patio del palacio, la gente que se había guarecido en las entradas volvía a salir.

Decidí ir andando hasta la casa de Barak, que quedaba de camino a la mía, a ver si había vuelto. Cuando llegué a Charing Cross el granizo se había derretido y el terreno bajo los pies apenas estaba húmedo. Mientras pasaba por delante de las bonitas casas nuevas de los ricos que bordeaban la Strand, pensé en Ellen. ¿Cómo podían haberla internado en el Bedlam sin un certificado de demencia? Alguien habría pagado bien para encerrarla y… seguía pagando. Así pues, ella tenía el derecho de abandonar aquel lugar mañana mismo; pero ahí estaba la paradoja: era lo último que podía hacer.

Giré por Butcher Lane, una calle corta de casas de dos pisos. Barak y Tamasin alquilaban la planta baja de una pequeña casa cuidada, pintada pulcramente de amarillo y verde. Llamé a la puerta y me atendió doña Marris. Jane Marris, una cuarentona robusta, por lo general tenía aspecto de alegre eficiencia, pero aquel día parecía preocupada.

—¿Se encuentra bien la señora Tamasin? —pregunté.

—Ella sí —respondió con un toque de aspereza—. El que no está bien es el señor.

Me llevó a un saloncito ordenado que daba a un pequeño y florido jardín. Tamasin estaba sentada sobre unos cojines cogiéndose la barriga con las manos. Las lágrimas le surcaban el rostro y tenía cara de enfado. Barak estaba sentado en un banco, contra la pared, con expresión de vergüenza. Miré primero a uno y después al otro.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Tamasin echó una mirada a su marido.

—Ha vuelto aquel oficial, y Jack, el muy tonto, consiguió que lo reclutaran.

—¡¿Qué?! ¡Pero si buscan hombres solteros!

—Resulta que hoy le hizo un corte de mangas al hombre y le contestó mal. Jack cree que aún es el criado favorito de Thomas Cromwell, y no el simple escribiente de un abogado.

—Tammy… —Barak hizo una mueca.

—¡Qué Tammy ni qué niño muerto! ¿Puede ayudarnos, señor? Le han dicho que se presente en Cheapside Cross dentro de tres días para incorporarse.

—¿Incorporarse directamente? ¿Sin un pase de revista?

—Dijo que se notaba que yo estaba en buena forma —explicó Barak—, sano de cuerpo y alerta. No quiso ni escuchar mis razones y se puso a gritar. Dijo que había sido escogido y punto. —Suspiró—. Tammy tiene razón: me mostré insolente.

—Se supone que los encargados de reclutar deben escoger a los mejores hombres, al margen de sus antipatías. ¿Cómo se llama?

—Goodryke.

—Bueno, mañana hablaré con el regidor Carver. —Miré a Barak con seriedad—. ¿Eres consciente de que querrá dinero?

—Tenemos algo ahorrado —musitó Barak.

—Sí —saltó Tamasin—, para el bebé. —Se le humedecieron los ojos.

Barak se encogió de hombros.

—Tal como están las cosas, podríamos gastarlo ahora mismo… Total, su valor no para de bajar. Por el amor de Dios, Tammy, no te pongas a lloriquear otra vez.

Yo esperaba que Tamasin volviera a replicarle, pero en cambio suspiró y habló en voz baja.

—Jack, ojalá aceptaras tu situación en la vida y pudieras vivir tranquilo. ¿Por qué siempre te peleas con la gente? ¿Por qué no puedes estar en paz?

—Lo siento —respondió con humildad—. Tendría que haberlo pensado. Todo se arreglará, el señor Shardlake nos ayudará.

—Estoy cansada —dijo su mujer cerrando los ojos—. Déjame sola un rato.

—Jack —tercié—, salgamos a hablar de este caso. Tengo algunas novedades interesantes.

Barak dudaba, pero yo tenía claro que era mejor dejar un rato tranquila a Tamasin.

—Menuda tormenta —exclamó una vez fuera.

—Sí, las piedras de granizo en Westminster eran de un tamaño considerable.

—Me refería allí dentro. —Señaló su casa con la cabeza.

Me reí.

—Tu mujer tiene razón. Eres incorregible.

 

Fuimos a una taberna cerca de la cárcel de Newgate frecuentada por estudiantes de Derecho y pasantes eventuales. El lugar ya estaba muy animado. Un grupo de estudiantes bebía alrededor de una mesa con unos aprendices. Las barreras de clase, noté, empezaban a difuminarse entre los jóvenes en edad militar. Estaban bastante achispados y entonaban una canción que se había hecho popular hacía tres años, tras haber derrotado a los escoceses en Solway Moss.

Rey Jacobo, Jaime, mi Jaimito,

te llamaban nuestro rey,

¿por qué lo harían?

Ahora los escoceses aparentemente esperaban su turno para caer sobre nosotros, pensé, reforzados por miles de efectivos franceses. No era de extrañar puesto que el rey había hecho caballerosamente la guerra a su reina María, una niña, durante tres años. Al observar el grupo, vi a un hombre mayor entre ellos, la cara con una cicatriz y un parche en el ojo… ¡Mi mayordomo Coldiron! Cantaba animada y acaloradamente. Recordé que era su noche libre.

—Ve a la barra y tráeme una cerveza y un pastel —le dije a Barak—. Voy a sentarme allí. —Señalé con la cabeza una mesa en un reservado.

Barak regresó con dos jarras y dos empanadas de carne. Se dejó caer sobre la silla.

—Lo siento —dijo con cara de disculpa.

—Tamasin está muy enfadada.

—Tiene razón, lo sé. No debí tocarle las narices a ese cabrón. Los militares son muy susceptibles. ¿Sabe que un grupo de mercenarios germanos se han amotinado en Islington esta mañana? Exigían más dinero para ir a Escocia.

—Las tropas inglesas están marchando sin rechistar.

—¿Puede sacarme de este apuro? —me preguntó muy serio.

—Espero que sí. Sabes que haré todo lo posible. —Meneé la cabeza—. He visto unos cien hombres de las milicias partiendo del muelle de Westminster. Y esta mañana en los juzgados me he enterado de que hay doce mil en la marina, sesenta mil en las milicias en la costa del Canal, treinta mil en Essex, veinte mil en la frontera con Escocia… ¡Dios mío!

Uno de los jóvenes achispados al otro lado de la mampara gritó: «¡Buscaremos hasta el último espía francés en Londres! ¡Gallitos cabrones de pacotilla… a los ingleses no nos llegan ni a la suela de los zapatos!».

—Si tuviera mujer e hijos pensaría de otra manera. —Barak tomó un trozo de pastel y bebió un largo trago de cerveza.

—Si tuvieras su edad y fueras soltero, ¿no estarías cantando con ellos?

—No, nunca me he dejado llevar por la gente, especialmente cuando decide tirarse al precipicio.

Se secó la boca y tomó otro trago.

Noté que ya tenía la jarra casi vacía.

—Para el carro —le dije.

—Sabe que no bebo tanto ahora. Eso era lo que me separaba de Tamasin. No es que me resulte siempre fácil, pero… Está bien que me sermonee uno, justamente, que bebe menos que un ratón.

Sonreí con tristeza. Era verdad que yo apenas bebía. Todavía recordaba a mi padre que, tras la muerte de mi madre, se pasaba las noches en la taberna. Yo, desde la cama, lo oía subir la escalera a trompicones ayudado por los criados y murmurando cosas sin sentido. Me había jurado a mí mismo no acabar así. Sacudí la cabeza.

—¿Qué has averiguado hoy?

—Creo que hay algo extraño en la muerte de Michael Calfhill —dijo en voz baja —. Hablé con sus vecinos y vi al alguacil local. Es un auténtico charlatán, así que me lo llevé a tomar una copa. Me dijo que Michael había tenido problemas con algunos aprendices de la zona, golfos que se pasaban el día con cara de tipos duros buscando espías franceses.

—¿Qué tipo de problemas?

—El alguacil oyó que le gritaban cada vez que Michael pasaba. Parece que a los chicos no les gustaba cómo los miraba.

—¿Y cómo los miraba?

—Como si quisiera meterse en sus calzones.

Abrí los ojos de par en par.

—Que no se sepa ni una palabra de ello en la Audiencia. ¿Y qué dijeron los vecinos?

—En la habitación de abajo vive una pareja joven. No lo veían mucho, solo lo oían subir la escalera y a veces caminar por la habitación. La noche de su muerte, los despertó un ruido. El marido subió, pero como nadie le respondió llamó al alguacil, que forzó la puerta y se encontró a Michael colgado de una viga. Había cortado una sábana y hecho un nudo, después se subió a una silla y la volcó de una patada; eso fue lo que hizo ruido. —Barak se inclinó hacia delante; empezaba a animarse—. Pregunté a la joven pareja si habían oído pasos por la escalera y me dijeron que no, pero la casa solo tiene un piso. Y el alguacil me dijo que la ventana estaba abierta.

—No me extraña, estamos en verano.

—Solo estoy diciendo que alguien pudo haber entrado mientras Michael dormía, estrangularlo y después colgarlo. —Barak esbozó su vieja sonrisa de complicidad—. Si quiere, mañana podemos ir a la habitación y echar un vistazo. El alguacil ha dejado la llave a la pareja y les dije que a lo mejor volvía con alguien.

—Lo pensaré. ¿Y qué tal con el párroco?

—Sigue en la misma iglesia, Santa Evelina, en Fall Lane. El reverendo Broughton no estaba, pero el sacristán me dijo que volviera mañana a las once.

—Bien hecho —sonreí—. A fin de cuentas quizá tengamos un testigo, lo necesitamos. —Le hablé de mi visita a la Audiencia de Tutelas—. Si a ti solo te ha costado un par de cervezas, te ha salido barato. A mí me costó tres chelines de oro conseguir la ayuda de Mylling. Mañana iremos a ver al párroco. Y sí, quiero ver la habitación de Michael. Aunque su madre dice que la nota de suicidio es de su puño y letra —fruncí el ceño—, me pregunto si lo que descubrió en Hampshire no le hizo perder el juicio.

Los gritos en la taberna eran cada vez más estruendosos y se oía claramente a Coldiron chillando con voz crispada: «¡Los hombres de hoy en día son unos mariquitas! ¡Dormir a la intemperie está muy bien! Pones las mantas sobre unas ramas y estás más cómodo que un cerdo. ¡Y si se me pega un chocho, mejor que mejor! —Vítores y gritos—. Ya os lo digo, ¡el ejército está lleno de maricas! ¡Eso es lo que son! ¡Unas nenas, unos amanerados! Venga muchachos, ¿quién me invita a otro trago?».

—No se lució eligiendo ese tipo para su servicio —comentó Barak.

—Lo sé. Me libraré de él pronto, en cuanto encuentre un buen sustituto.

Barak se acabó la cerveza.

—¿Otra? —preguntó—. No se preocupe, es la última.

—De acuerdo, pero no cruces ni una mirada con Coldiron.

Mientras Barak iba a la barra, me quedé pensando.

—He descubierto algo sobre Ellen en la Audiencia de Tutelas —le dije cuando volvió—. Nunca ha estado registrada como demente.

—¿Cómo llegó entonces al Bedlam?

—Eso es lo que intento descubrir. Alguien ha estado pagando y el director Metwys tiene que estar metido en ello, así como todos los directores del Bedlam de los últimos diecinueve años. Es un puesto lucrativo que se vende a los cortesanos.

—Acabará más enredado con ella —advirtió Barak.

—No —meneé la cabeza—, no puedo.

—Mire, de momento Ellen tiene un lugar donde vivir, una especie de trabajo. Si escarba en los secretos de su familia, quienquiera que le pague el Bedlam podría dejar de hacerlo y el director la echaría a la calle. ¿Adónde iría entonces? ¿A casa de usted?

Suspiré; tenía sentido.

—Me moveré con discreción y cautela. Pero si voy a Portsmouth no puedo perder la oportunidad de averiguar lo que pasó en Rolfswood.

—¿Y cree que irá?

—Si el caso prospera el lunes próximo, probablemente. Escucha, mañana iré a ver al regidor Carver para arreglar el lío en que te has metido. Me debe un favor. Después podemos visitar al párroco, y ver qué sabe de la familia Curteys. A propósito, Bess tendrá que acudir a la Audiencia del lunes, así que le haré una visita el sábado. No quiero que se entere de lo de las miradas de Michael a esos muchachos. Si es que es verdad.

—Tal vez lo mataron ellos.

—¿Por mirarlo? No seas tonto.

—¿Y qué pasa si no encontramos nada contra Hobbey después de hablar con el párroco?

—Será más difícil porque tendré que recurrir a la gravedad de las acusaciones de Michael y sacar a la luz el hecho de que la tutela se otorgó demasiado deprisa. Si conviene, diré que es necesario someter a la familia Hobbey a un interrogatorio. Si el tribunal lo acepta, probablemente tendré que ir a Hampshire para hacerlo yo mismo. Me reuniré con Dyrick después de que sepamos si tenemos o no algún testigo útil que aporte pruebas.

—Si va, necesitará alguien que lo acompañe. Todo esto puede ser un asunto sucio, igual que lo de Ellen.

—Tú no irás. Tamasin está a punto de dar a luz. Un caballero se llevaría a su mayordomo de viaje, pero preferiría alistarme en el ejército que irme con Coldiron. Arreglaré algo con Warner. —Sacudí la cabeza—. Tutelas… ¿Sabes cuál es el lema de la audiencia grabado en la entrada? Pupillis Orphanis et Viduis Adiutor.

—Sabe que el latín no es lo mío.

—Significa: ayudante de los pupilos, huérfanos y viudas. Es una referencia expresa al Libro de los Macabeos: «distribuyeron parte del botín entre los damnificados, las viudas y los huérfanos».

—Ahora está usted alardeando.

—Solo me asombró que la persona a la que se le ocurrió tenía un sentido de humor muy negro.

Barak se quedó callado.

—Estoy pensando en un candidato —dijo al fin.

—¿En quién?

—Recuerdo que lord Cromwell me contó que le habían dado una idea que podía aportar grandes ingresos a la Corona. Conceder las tierras de los monasterios a cambio de servicios de caballería, de modo que todos los compradores tendrían una especie de tutela. —Me miró fijamente—. El hombre que le dio la idea era el responsable de la Audiencia de Desamortizaciones, que se ocupaba de las tierras monásticas.

—Richard Rich.

—También estaba a cargo del servicio del viejo Archivo de Tutelas. Juntó las dos ideas.

—No recordaba que Rich se ocupaba de las tutelas.

—Esa rata está metida en cuanto asunto sucio hay. Traicionó a mi señor, que le dio el cargo. Se volvió en su contra y lo condenaron cuando perdió el favor del rey. —Barak apretó el puño.

—Aún recuerdas a Cromwell con afecto.

—Sí —el desafío aleteó en su voz—, era como un padre para mí. Me sacó de la calle cuando aún era un muchacho. ¿Cómo no voy a recordarlo con cariño?

—Era un hombre de lo más insensible y contribuyó a que ascendieran muchos de los hombres insensibles que hoy nos gobiernan. Como sir William Paulet.

Barak se removió en el asiento.

—Muchas de las cosas que me mandaba hacer no me gustaban: organizar espías e informadores y, de vez en cuando, amedrentar a quienes él creía que necesitaban un susto —explicó Barak—. Pero sus enemigos en la corte no eran mejores, lo odiaban tanto por sus humildes orígenes como por su religiosidad radical. A veces aún pienso en aquellos tiempos, en mi viejo trabajo. Por momentos me hacía sentir vivo.

—¿Y Tamasin no te hace sentir vivo? ¿Y la perspectiva de un hijo?

Me miró más serio que nunca.

—Sí, más que ninguna otra cosa, pero es una forma de sentirme vivo distinta. Ya sé que no puedo tener las dos cosas. —Hizo una pausa y se puso de pie—. Vamos, tengo que regresar o volveré a tener problemas.

En la taberna continuaba el bullicio y los cánticos. Mientras pasaba, volví la cabeza para evitar la mirada de Coldiron. Uno de los estudiantes estaba tumbado sobre la mesa completamente borracho. La voz de Coldiron volvió a resonar, esta vez más pastosa.

—Fui soldado durante veinte años. He servido en Carlisle, Boulogne e incluso en la Torre de Londres… siempre al servicio del rey. —Levantó la voz—: Yo maté al rey de Escocia en Flodden, en esa gran batalla. Los piqueros escoceses corrían colina abajo a nuestro encuentro, los cañones nos disparaban, pero no retrocedimos.

—¡Los ingleses nunca retrocedemos! —gritó un estudiante, y el resto apoyó la afirmación con golpes sobre la mesa.

—¿Y nunca quiso usted sentar la cabeza, don Coldiron? —preguntó un aprendiz.

—¿Con esta cara? ¡Jamás! ¿Quién quiere una mujer para mangonearlo? No habéis oído que solo hay una arpía en el mundo: la que cada hombre tiene por esposa.

Las carcajadas nos siguieron hasta que salimos. «Si nunca te has casado —pensé —, ¿quién es entonces Josephine?».