La piedra del corazón

C. J. Sansom · Capítulo 53 de 54

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La piedra del corazón

Epílogo

 

Noviembre de 1545, cuatro meses después

 

H abían caído las últimas hojas y en el cementerio soplaba un viento fresco que las hacía girar y susurrar en torno a mis pies. Me cerré bien el tabardo y seguí andando hacia la iglesia. Había llegado el invierno.

Me detuve frente a la tumba de Joan y deposité ante la lápida una última rosa de mi jardín. Permanecí allí un momento, preguntándome qué habría pensado ella de lo sucedido en mi casa aquel verano. Seguía sin mayordomo; había visto a varios candidatos, pero ninguno demostraba la sensibilidad que me parecía necesaria para tratar con Josephine. La veía mucho mejor, pero cada vez que cometía un error, cada vez que recibía la más mínima crítica, reaparecían la torpeza y la vacilación. De vez en cuando, al volver a casa procedente de Lincoln’s Inn, me la encontraba mirando la calle con gesto extraño, absorta. Me imaginaba que estaba pendiente de un posible regreso de Coldiron, aunque no sabía hasta qué punto con miedo o con deseos de recuperar la seguridad que le daba su presencia.

Había regresado al trabajo y agradecía la rutina, pero alguna que otra vez, cuando estaba cansado, tenía todavía la espantosa sensación de que el suelo resbalaba y se deslizaba bajo mis pies. De allí pasé a la tumba de mi amigo Roger; las lluvias otoñales habían dejado rayas de suciedad en el mármol. «Tengo que mandar a uno de los muchachos a limpiar esto», me dije. Simon iba a dejar la casa al poco tiempo para ponerse de aprendiz de mercero; se lo había arreglado yo con Alderman Carver. Recordé entonces que tras la muerte de Roger había deseado casarme con su viuda. No había tenido noticia de Dorothy en los últimos meses, y tampoco de la reina, ni de Warner; pero tampoco lo había esperado.

Había un banco ante la vieja iglesia; aparté unas cuantas hojas y me senté. Me quedé mirando el muro del cementerio, en la distancia, y recordé aquel día de junio en que habían pasado revista en Lincoln’s Inn Fields. Los franceses ya habían desestimado la idea de invadir Inglaterra y su flota había regresado a su país, donde el sitio de Boulogne se hacía interminable: las tropas inglesas dentro de la ciudad, el ejército francés fuera. Una tremenda pérdida de tiempo. Según los rumores, el rey se había dado cuenta, por fin, de que la ofensiva contra Francia había fracasado irremisiblemente y al empezar el año iba a firmarse el tratado de paz.

Contemplé la verja del cementerio. En aquella ocasión no había acudido a reflexionar, sino a ver a alguien, a una persona que era mejor mantener apartada de los curiosos de Lincoln’s Inn. Mientras la miraba, la verja se abrió y entró una figura alta y esbelta, con un tabardo grueso y una gorra oscura, que se dirigió hacia mí. Emma Curteys seguía comportándose como un muchacho, vistiendo como un muchacho, pareciendo un muchacho. La invité a sentarse a mi lado. Se acomodó y permaneció en silencio unos instantes, para luego volverse y mirarme inquisitivamente. Su rostro desfigurado estaba pálido.

—Ya está —anuncié.

—¿Ha habido alguna dificultad?

—No, ya que todo el mundo estaba de acuerdo. Dyrick ha confirmado la aprobación de Hobbey a la venta de la tutela. Y Edward Priddis ha aprobado la tasación. Se ha situado como albacea de Hampshire desde el fallecimiento de su padre en septiembre. Sir William Paulet no ha puesto ninguna dificultad, así que está todo ratificado. —Sonreí con incomodidad—. Ahora es usted mi pupilo; o, mejor dicho, Hugh Curteys es mi pupilo.

—Gracias —contestó en voz baja.

Emma se había presentado en mi bufete en agosto. Por fortuna me hallaba allí, ya que Skelly se habría negado a dejar pasar a aquel muchacho enjuto y sucio. Me contó que no tenía intención de acudir a mí, pero que tras un mes sin un penique por los caminos, robando en las granjas, había acabado agotada y se había comido el orgullo. Le di dinero y le encontré una habitación hasta que llegara al tribunal la petición de transferencia de su tutela.

—Hobbey también estaba presente —añadí, vacilante—, por si lo necesitaban. Ha vendido el priorato de Hoyland a sir Luke Corembeck.

—¿Cómo está David?

—Ya anda un poco, pero ha tenido más ataques del mal caduco. Hobbey no le quita ojo; mi amigo el médico cree que lo protege en exceso. —La miré a la cara—. Le remuerden la culpa y la vergüenza.

—El señor Hobbey siempre ha de tener a alguien a su cargo —repuso. Hizo una pausa y luego se volvió hacia mí y añadió con una pasión repentina—: Sin embargo, pienso constantemente en David, en lo que hice. Haría lo que estuviera en mi mano para ayudarle.

—Ya lo sé.

—Y pienso en los soldados. Sueño que se caen al agua, sueño con los chillidos de los hombres atrapados.

—Yo también.

No se lo había contado a Emma, pero de no haber sido por las maquinaciones de Rich la compañía de soldados a bordo del Mary Rose habría sido otra. No quería que compartiera conmigo la culpa infinita que me acongojaba. Recordé la visita a los padres de Leacon en Kent para decirles que su hijo había muerto y ofrecerles la ayuda económica que me fuera posible hacerles llegar. Eran dos ancianos que me parecieron perdidos, destrozados.

—Gracias, señor Shardlake —dijo Emma—. Siento no haber confiado en usted desde el principio. No creía que nadie pudiera apartarme de Hoyland y de los Hobbey y había dejado de anhelar una salida.

Me eché hacia delante, apoyé los codos en las rodillas y pregunté:

—¿Por qué dejó que le hicieran una cosa así, Emma?

—Al principio para no tener que casarme con David, pero… cuando me convertí en chico me di cuenta de que un varón tiene mucho más poder en este mundo. Y… —dudó momentáneamente antes de continuar— en cierto modo sucedía algo raro: era como si llevar su ropa y hacerme pasar por él mantuviera con vida a mi hermano. ¿Le parece comprensible?

—Tal vez. Pero luego… podía haber cambiado de identidad y reclamar sus tierras. Los Hobbey no podrían haber hecho nada.

—No. Llevaba ya demasiado tiempo en la piel de Hugh. Se habría organizado un escándalo. Y una muchacha desfigurada, sola, por mucho que cuente con dinero, tiene poco poder. Mucho menos que un hombre. Y tenía muchísimas ganas de ser soldado. —Se echó a reír sin alegría—. ¿Qué soy?, me pregunto. Quizás algo nuevo en este mundo.

No supe qué contestar. Nos quedamos en silencio un momento.

—He oído que han abandonado la idea de sacar a flote el Mary Rose —dijo por fin Emma—. Los palos se han hundido y se ha asentado en el cieno, con los restos de todos esos hombres, que Dios los tenga en su gloria.

Nadie dijo nada durante unos instantes, hasta que pregunté:

—¿Qué piensa hacer? Ya se lo he dicho: a partir de ahora puede hacer lo que quiera con su vida. Es lo que he tratado de garantizarle. La Audiencia de Tutelas me ha permitido guardar todo su dinero. Debo retenerlo durante tres años, pero siempre que necesite una suma, sea lo que sea, solo tiene que pedirla. Por lo que a mí respecta, es todo suyo. Dios mío, desde luego que se lo merece después de lo que le ha costado. Lo tengo a buen recaudo, en monedas de oro de las de antes, a salvo de esa incesante pérdida de valor del dinero.

—No sé, señor Shardlake. Me gusta mi alojamiento. La verdad es que creía que sería más difícil hacerse pasar por chico en la ciudad, pero nadie te mira dos veces, no cuesta ser uno más. A propósito, gracias por mandarme dinero para comprar esos libros.

—Ahora puede comprar lo que quiera. Es rica.

—Pero aún no sé quién o qué soy. Sí tengo claro que no quiero ser mujer, ser una criatura obediente y servicial, vestir esa ropa tan incómoda.

—Debería conocer a la mujer de Barak, Tamasin, a la que nadie podría calificar de servicial. Y una mujer tiene la posibilidad de ser independiente, si la respalda el dinero.

En ese momento Emma suspiró y apartó la vista.

—Hay un muchacho que tiene una habitación en mi casa —dijo— y con el que he salido a beber un par de noches. Me… Me gusta. Se llama Bernard. —Se ruborizó un poco, con lo que las cicatrices destacaron por su color blanco, y luego añadió—: Pero me da miedo que descubra la verdad, como sucedió con Sam Feaveryear. El amor — señaló con amargura— es algo muy peligroso.

—Emma, ahora le resultaría difícil adoptar la identidad de una mujer, ya lo sé, pero he pensado en algo. La esposa de Jack, Tamasin, podría ayudarla, mostrarle cómo vestirse y comportarse. Podemos confiar en ella si le contamos la historia y estoy convencido de que harían buena migas.

—¿No acaba de tener un hijo?

—Sí, pero estaría encantada de ayudarla, no me cabe duda.

—No, no puedo soportar la idea de aprender a ser otra persona. Lo mismo otra vez, no. Por muy buena y amable que sea su amiga Tamasin, me traería recuerdos de aquellos días en que Hobbey y Fulstowe me hicieron aprender a suplantar a Hugh. Y volver a llevar falda me desesperaría, me sentiría impotente, como cuando murió mi hermano.

—Pero ahora tiene usted dinero…

—Por mucho que quisiera, no creo que pudiera. —Respiró hondo—. Señor Shardlake, he pensado en irme al extranjero, tal vez a los Países Bajos, alejarme de Inglaterra. Puede que incluso trate de buscar plaza en una universidad. Ahora me resultaría imposible ser soldado, después de lo sucedido.

—Claro.

—¿Sabe qué? Creo que tenía razón, que tal vez tengo madera de académico. Pero no hay mujeres que se dediquen a la erudición, ¿verdad?

—Hay mujeres instruidas. La reina, sin ir más lejos, ha escrito un libro, y lady Isabel…

Emma agitó la cabeza con ímpetu.

—Tienen dispensa, por ser de la familia real.

—¿Huye usted de lo que siente por ese muchacho, ese Bernard? —pregunté, tras reflexionar.

Hizo una mueca y se le tensaron las cicatrices.

—Necesito tiempo, señor Shardlake. Necesito una ocupación. ¿Me permitiría ir al extranjero?

—Su vida es suya. Ya me he entrometido demasiado en el destino de los demás. Le ofreceré mi ayuda siempre que la necesite. Pero tiene que acudir a mí.

Se levantó.

—En ese caso organizaré el viaje a Flandes. Le escribiré desde allí. Para contarle cómo me va.

—Está decidida a irse, ¿pues?

—Sí.

Se colocó ante mí y extendió la mano, con aquellos largos dedos.

—Emma, hay algo que no he llegado a preguntarle. ¿Sigue llevando la piedra del corazón?

Me miró con una afabilidad en los ojos que no le había visto nunca y negó con la cabeza.

—No —respondió en voz baja—. La tiré al Támesis. Formaba parte de mi antigua vida con los Hobbey. Ahora llevo la cruz que me regaló mi madre, después de que usted la recogiera en Hoyland y me la diera en agosto.

—Me alegro —respondí con una sonrisa.

—Ojalá hubiera podido darle las gracias a esa buena señora por lo que hicieron Michael y ella, pero a ella no podría… —se le cortó la voz.

—¿Engañarla? No. Sin embargo, le he escrito para decirle que Hugh se encuentra bien.

—Se lo agradezco todo, señor Shardlake, pero he emprendido mi propio camino; deje que me lleve a donde quiera.

Le tomé la mano. Las duras callosidades provocadas por los años de práctica con el arco empezaban a desaparecer. Vi a Emma Curteys alejarse por el sendero, a ojos de cualquiera un muchacho de paso firme, buen tabardo y pelo castaño y corto bajo un gorro negro. Las hojas muertas y amarillentas se arremolinaron en torno a sus pies.