La piedra del corazón
Capítulo 50
D os horas más tarde cabalgábamos de nuevo por el estrecho camino que llevaba al priorato de Hoyland. Cruzamos la verja de entrada y apareció la casa ante nosotros. La mayor parte de las flores de la pobre Abigail se había marchitado y el césped de los otrora cuidados jardines crecía salvaje. Los postigos estaban cerrados y las dianas junto al cementerio de las monjas habían desaparecido.
Dejar el mar atrás me había aliviado, pero ahora, a medida que nos acercábamos al porche, el mero movimiento del caballo me recordaba el balanceo de una cubierta. Tiré de las riendas para frenar a Tres Patas y cerré los ojos, me costaba respirar.
—¿Está usted bien? —preguntó Barak preocupado.
—Sí, dame solo un momento.
—Allí está Dyrick.
Abrí los ojos. Dyrick, con su toga negra, nos miraba con el ceño fruncido desde lo alto de la escalinata. El solo hecho de verlo me restableció; no iba a permitir que me viera en ese estado. Dyrick se volvió para llamar a alguien en el interior de la casa y enseguida salió un mozo para ocuparse de los caballos.
—Por fin han vuelto —dijo con su voz áspera de siempre mientras nos acercábamos—. ¡Han tardado cuatro días…! El señor Hobbey estaba desesperado. ¿Dónde está Emma? ¿La han encontrado?
No pude contener una sonrisa al ver que, a pesar de todo lo que había pasado, seguía con su beligerancia. Noté que estaba muy preocupado; sin duda temía que se hubiera descubierto lo que los Hobbey le habían hecho a Emma.
—La encontré, Dyrick, pero no quiso regresar conmigo. Ha vuelto a huir y no sé dónde está.
—Nos hemos enterado del hundimiento de Mary Rose y del ataque sobre la isla de Wight.
—Los franceses no lograron tomarla, pero siguen en el estrecho de Solent — expliqué. Barak y yo ya habíamos acordado no hablar de mi experiencia a bordo del Mary Rose. No sacaríamos nada de ello—. El jardín empieza a tener mal aspecto.
—La mitad de los criados se ha marchado —gruñó Dyrick—. Hasta la vieja bruja de Ursula se ha ido, decía que la casa estaba maldita. Han vuelto todos a la aldea para intentar congraciarse con Ettis. Por cierto, ya lo han soltado. El señor Hobbey ha cumplido su palabra.
—¿Dónde está?
—En su gabinete. Se pasa el día allí, solo sale para ir a ver a su hijo.
—¿Cómo está David?
—Se recupera, pero no podrá volver a caminar como antes y solo Dios sabe lo que le pasa por la cabeza. Tengo miedo de que acabe contándolo todo —dijo molesto —. Debería estar en un sitio donde puedan vigilarlo.
Lo miré a los ojos. Sus palabras me recordaron cómo West y Rich se habían protegido después de la violación de Ellen. Me ocuparía de que nada parecido le ocurriera a David.
Nicholas Hobbey estaba sentado a su escritorio. Cuando entramos, primero vi la apática tristeza que lo acompañaba desde la muerte de Abigail y luego una especie de ansiedad desesperada. Había perdido peso.
—¿Y Emma? ¿Sabéis algo de ella? Los estábamos esperando —su voz se había convertido en la de un anciano quejumbroso.
—Estuvimos más tiempo del previsto en Portsmouth, los combates…
—Sí, llegaron noticias de que habíamos perdido el Mary Rose, pero… ¿y Emma…?
—La encontré —respiré—, pero ha vuelto a huir. Abandonó Portsmouth y no sé dónde está.
Su rostro se ensombreció.
—¿Aún se… se hace pasar por su hermano?
—Sí, y no creo que deje de hacerlo. Es la única identidad que ha tenido durante todos estos años.
—No llegará muy lejos, no lleva dinero —apuntó Dyrick.
—Es posible que intente unirse a alguna compañía.
—Estará durmiendo en alguna zanja junto al camino y robando fruta de las huertas… —se lamentó Hobbey.
—Un día de estos la acabarán cogiendo y descubrirán lo que es, la pondrán al descubierto —añadió enfadado Dyrick.
—Emma es inteligente —intervine—, se dará cuenta de que no puede mantenerse ni arriesgarse a que la descubran. Es posible que intente ponerse en contacto conmigo.
—¿En Londres? —preguntó Hobbey.
—Le dije que aceptaría su tutela y le daría libertad para escoger su camino en la vida.
—Entonces roguemos al Señor para que así sea —suspiró Hobbey—. Yo también tengo intenciones de regresar a Londres —añadió—, vender este maldito lugar y comprar algo pequeño en un sitio tranquilo. Será más fácil para David y podrá estar mejor atendido de su dolencia.
—Sí, le hace falta porque está muy mal —subrayó Dyrick.
—Por el amor de Dios, ¿cree que no lo sé? ¡Soy su padre! —replicó Hobbey con brusquedad. Y luego, volviéndose a mí, añadió—: Puedo vender las tierras y la casa por un buen precio. Sir Luke Corembeck ya ha mostrado su interés. Saque una buena suma, Vincent —se dirigió a Dyrick con su tono expeditivo de siempre—, dejo la negociación en sus manos. El futuro de David y el mío dependerán de lo que saquemos una vez que… que haya saldado viejas deudas. Abogado Shardlake, ¿se ocupará de la parte de Emma si no ha regresado cuando vendamos Hoyland?
—Lo haré.
—Sacaríamos más si tuviéramos el ejido de la aldea —se quejó Dyrick.
—Pero no lo tenemos —replicó Hobbey—. Vincent, márchese mañana y mueva las negociaciones desde Londres. Solo verlo me pone enfermo —añadió.
El rostro de Dyrick se ensombreció.
—Abogado Shardlake —me dijo Hobbey—, si no le importa, me gustaría que hablara con David para asegurarle que no piensa revelar lo que le ocurrió a su madre.
Asentí con la cabeza. Aún sentía la responsabilidad de guardar ese secreto; necesitaba saber cómo estaba David.
Hobbey y yo subimos la escalera; él a paso lento sujetándose de la barandilla.
—Antes de ver a David, abogado Shardlake, quiero pedirle algo.
—¿De qué se trata?
—Espero que esté en lo cierto y que Emma acuda a usted en Londres. Pero si la descubren, ¿cree que contará que David mató a su madre? —Su rostro se contrajo con una mueca de dolor y se agarró con fuerza a la barandilla—. Creo que se imagina que fue él.
Tenía la mirada fija en mis ojos. Su principal preocupación seguía siendo su hijo.
—Lo dudo. Por lo que me dijo en Portsmouth, se sentía muy culpable por lo que le había hecho a David.
Hobbey dio otro paso y volvió a detenerse. Me miró a la cara.
—¿Qué he hecho? —se preguntó—. ¿En qué estaríamos pensando todos estos años?
—No creo que ninguno de ustedes pensara con claridad… desde hacía mucho tiempo. Todos tenían demasiado miedo, excepto Fulstowe, que quería sacar todo lo posible de la situación.
Hobbey recorrió el gran salón con la mirada: era la culminación de toda su ambición.
—No supe ver que mi hijo se estaba… trastornando. Me culpo de lo que he hecho —suspiró—. Bueno, ya ha pasado todo. Dyrick intenta convencerme de que me quede aquí, pero lo tengo decidido.
Me llevó al cuarto de David. Había una cama grande con dosel, cojines, sillas y un tapiz que reproducía una batalla romana. A diferencia de la habitación de Hugh, no había libros. David estaba tumbado en la cama mirando al techo, pero cuando entramos intentó incorporarse. Hobbey le indicó con la mano que no se moviera.
—No, no, cuidado con los vendajes.
David me miró aterrorizado. Allí, tumbado, parecía un chiquillo acorralado y aterrado. La sombra de barba en las mejillas lo hacía aún más digno de lástima.
—¿Cómo está, David? —pregunté con amabilidad.
—Duele, me han dado muchos puntos.
—Ha sido muy valiente —dijo su padre—, no chilló ni un vez, ¿verdad, hijo? — Respiró hondo—. El abogado Shardlake ha venido para decirte que no va a contar lo que le pasó a tu madre.
—No sabía lo que hacía, señor —dijo David con los ojos llenos de lágrimas—. Primero le disparé a usted y luego maté a mi pobre madre. No podía pensar en nada más que en disparar a la gente, sin parar. Tenía que proteger el secreto. Emma debía quedarse con nosotros. Aunque tuviera que matar. —Hablaba deprisa, casi tropezando con las palabras, pero de repente se calló, me miró y preguntó con vehemencia—: ¿Me perdonará Dios alguna vez el terrible pecado que he cometido, señor?
Miré esos ojos extraviados.
—No soy clérigo, David, pero si el arrepentimiento es sincero, dicen que el Señor perdona hasta el pecado más grande.
—No hago otra cosa que rezar, señor —dijo entre lágrimas—. Rezo por mí y por mi madre.
—Es lo único que puedes hacer, David —intervino su padre que se acercó y lo tomó de la mano.
Esas palabras me recordaron lo que Catalina Parr me había dicho hacía solo unas horas. Bajé la mirada.
—¿Qué se sabe de Emma? —preguntó el muchacho con voz trémula.
—El abogado Shardlake la vio en Portsmouth. Está muy arrepentida de lo que te hizo.
—Me lo merecía.
David me miró y me di cuenta de que, a pesar de todo lo que había pasado, la seguía amando. Me estremecí al pensar en cómo lo había trastornado todo lo que le había pasado por la cabeza durante los últimos seis años.
—¿Dónde está ahora? —preguntó el muchacho.
—No estamos seguros —contestó Hobbey vacilante—, pero creemos que está a salvo.
—¿Volveré a verla?
—No lo creo, David. Si acude a alguien, probablemente será el señor Shardlake.
David volvió a mirarme.
—La quería, sabe, he querido a Emma todos estos años. —Asentí comprensivo—. Nunca pensé en ella como Hugh. Por eso, cuando temí que nos descubrieran, creo… creo que el diablo se apoderó de mí. Pero la quería… y a mi pobre madre también. Me di cuenta cuando… cuando ya la había matado —dijo entre sollozos con el rostro cubierto de lágrimas.
Hobbey bajó la cabeza.
—Me pregunto si… —dije.
Hobbey me miró. Dudé unos instantes porque ya le había llevado a Guy demasiados casos perdidos, pero lograba mejoras hasta en los pacientes más graves y, tal vez, un caso así era lo que mi amigo necesitaba ahora. Además me daría una oportunidad de vigilar a los Hobbey.
—Si vienen a Londres, conozco un médico, un buen hombre. Quizá pueda ayudar a David.
—¿Conseguirá que vuelva a andar? —preguntó Hobbey con ansiedad.
—No puedo prometer nada.
—No lo merezco —dijo el muchacho en un arrebato de pasión.
—Dejemos esa decisión en las manos de Dios —repliqué, aunque solo fuera para consolar a esa pobre criatura.
Una hora más tarde, Barak y yo emprendíamos el camino a Londres y salíamos del priorato de Hoyland por última vez. Antes de irme había hecho algo más: entrar en el cuarto de Emma y coger la cruz que aún estaba en el pequeño cajón junto a la cama.
—¡A casa! —exclamó Barak—. Por fin regresamos para ver nacer a mi hijo.
Lo miré, la barriga que tenía en Londres había desaparecido. Me siguió la mirada y dijo alegremente:
—No se preocupe, pronto la habré recuperado. Un poco de descanso y buena cerveza obrarán milagros.
Sin embargo, nos vimos obligados a hacer una parada más. Ya habíamos dejado atrás el cruce de Rolfswood y las empinadas laderas que bordeaban el camino hacia Sussex, cuando unos tres kilómetros más adelante nos encontramos con tres soldados que bloqueaban el camino. Nos explicaron que no podíamos seguir porque un puente se había derrumbado y lo estaban reparando. Como ya era entrada la tarde, nos aconsejaron que buscáramos un lugar para pasar la noche.
Barak estaba furioso.
—¿No hay alguna manera de que podamos pasar? Solo somos dos, mi mujer está a punto de dar a luz y me espera en Londres.
—Nadie puede cruzar hasta que la reparación haya terminado. Hay soldados y pertrechos camino de Portsmouth que también esperan.
Barak parecía a punto de estallar, pero intervine.
—Jack —dije—, no hay mal que por bien no venga. Vayamos a Rolfswood.
Se apartó de la mirada fulminante del soldado y murmuró:
—Está bien, vamos. —Y esperó hasta estar a una distancia prudencial para soltar una retahíla de maldiciones.
El pueblo de Rolfswood estaba otra vez en silencio y tranquilo aquella tarde de verano. Pasamos por delante de la casa de Buttress.
—¿Qué hará con este sinvergüenza? —preguntó Barak.
—Pues lo mismo que con Priddis. No creo que pueda hacer nada. Si saco a la luz el asunto de la falsificación de la firma de Ellen hecha por Buttress y Priddis saldrá a relucir la violación, y no creo que eso sea ahora beneficioso para nadie.
—Por lo menos a Rich le han cortado las alas.
—Y la madre de West podrá seguir creyendo que su hijo murió como un héroe.
—Me pregunto qué se sacará en claro de la investigación de la muerte del señor Fettiplace.
—Nunca encontrarán al asesino y archivarán el caso. Será mejor que lo dejemos así.
Llegamos a la posada y encontramos sitio para pasar la noche. Después de cenar dejé solo a Barak porque tenía que hacer una visita.
La casa del párroco tenía el aspecto ruinoso de siempre. En el descuidado jardincillo, el cerezo había florecido. Llamé a la puerta y el reverendo Seckford abrió. Para variar, parecía sereno aunque tenía una mancha de cerveza en la sotana. Me invitó a pasar y le conté toda la historia. Hablé sobre West y Ellen, David y Emma y los hombres que había visto morir en el Mary Rose.
Ya había anochecido cuando terminé, y Seckford había encendido unas velas en la sala e insistido en ofrecerme una jarra de cerveza. Yo había bebido una; él, tres. Me había escuchado y ahora estaba cabizbajo; las rollizas manos le temblaban en el regazo.
—El rey ha hecho tres guerras contra Francia y ha perdido las tres —dijo levantando la cabeza—. Todo por su propia gloria. ¿Sabe una cosa? La Iglesia tiene una doctrina llamada guerra justa. La redactó santo Tomás de Aquino, aunque la doctrina es muy anterior. Cuando un Estado va a la guerra, debe haber agotado todas las otras opciones, tener la justicia de su parte y un propósito honroso. Ninguna de las guerras de Enrique cumple con la doctrina, aunque afirme ser un representante de Dios en la tierra.
—¿Qué guerras tienen la justicia de su parte, reverendo Seckford?
Se llevó la jarra a los labios con mano temblorosa.
—Algunas, quizá, pero ninguna de las de este rey. —Hablaba con repentina furia —. Él es el culpable de todo: de las muertes de esos hombres en el Mary Rose, de las de los niños y las mujeres franceses, hasta de la de Philip West, Dios perdone sus pecados.
—No dejo de ver la cara de mi amigo y todos aquellos soldados… los veo caer al agua… una y otra vez. —Sonreí con tristeza—. Una mujer a la que admiro dice que busque consuelo en la oración.
—Es un buen consejo.
—¡Pero cómo es posible que Dios permita que pasen cosas así! —estallé—. ¿Cómo? Pienso en ese barco hundiéndose, en las salvajes disputas entre católicos y reformistas, en Emma, Hobbey y David, y a veces… perdóneme, a veces creo que Dios se burla de nosotros.
—Entiendo que hoy en día haya gente que piense así —dijo Seckford dejando la jarra sobre la mesa— y si Dios fuera todopoderoso quizá tendría usted razón. Sin embargo, los evangelios cuentan una historia muy distinta, la de la cruz… Yo creo que Cristo sufre con nosotros.
—¿Y qué tiene eso de bueno, reverendo Seckford? ¿De qué sirve?
—La era de los milagros hace mucho que ha quedado atrás. Fíjese —dijo levantando la jarra—, el Señor ni siquiera puede conseguir que deje de beber, aunque me gustaría que lo hiciera.
—¿Y por qué no puede? ¿Por qué?
—No lo sé —dijo con una sonrisa triste—. Soy solo un viejo cura de pueblo borracho, pero tengo fe. Es la única manera de vivir con el misterio.
Sacudí la cabeza.
—La fe ya ha quedado fuera de mi alcance.
—No le gustan los misterios, ¿verdad? —sonrió—. Le gusta resolverlos, como ha hecho con el misterio de Ellen.
—¿Y qué saco con ello?
Me miró.
—¿Cuidará de ella?
—Haré lo que pueda.
—¿Y la pobre muchacha, Emma? ¿Y lo que queda de la familia Hobbey?
—Lo intentaré.
Seckford se inclinó hacia delante y puso su temblorosa mano sobre mi brazo.
—«Fe, esperanza y caridad» —citó—, pero la más grande de las tres es la caridad.
—Hoy en día esa doctrina ha quedado anticuada.
—Sin embargo sigue siendo la más grande, señor Shardlake, no lo olvide. Dele mis recuerdos a Ellen cuando la vea. Esta noche encenderé unos cirios en la iglesia en memoria de su amigo George Leacon y de sus hombres, para que brillen en todo su esplendor.
Puso su temblorosa mano sobre la mía, pero no me sirvió de gran consuelo.