
Los hombres de pro
Simón Cerojo abre una tienducha en una aldea montañesa donde nadie tiene nada, y quince años después es don Simón de los Peñascales, comerciante de peso en la ciudad. Solo le falta el acta de diputado. El distrito se la da a fuerza de pan, vino y castañas, palizas y muertos que votan. Pereda, que fue diputado y salió escaldado del oficio, lleva luego a su hombre por las antesalas de los ministerios, los memoriales y un empréstito que reparte cuatro títulos nobiliarios y dos grandes cruces entre los seis mayores suscriptores. Cuando le toca hablar en el Congreso, recorre toda la escala de la voz sin dar con el tono y se bebe dos vasos de agua entre carcajadas. Acaba expulsado del Casino por decir que la desgracia no es que un tabernero salga ministro, sino que todos los taberneros quieran serlo.






