
El sabor de la tierruca
Cumbrales, pueblo inventado de la Montaña santanderina, vive un pique interminable entre dos casas vecinas que en el fondo se quieren. Basta el genio quisquilloso de don Juan de Prezanes, abogado y cacique del distrito, y algún soplo al oído de don Rodrigo Calderetas, señor de la villa, para que la riña nunca se apague. La hija de don Juan, Ana, se pasa el libro cosiendo paces y entendiéndose con Pablo Mortera, cuya hermana esconde un noviazgo que en casa caería fatal. Alrededor, el pueblo entero: la deshoja del maíz, el mercado de la villa, un perro que se planta de noche sobre una tapia de piedra y tiene aterrado al vecindario, una partida armada que cruza el caserío entre tiros. Pereda va despacio, más atento al paisaje y al habla que a la intriga. El prólogo es de Galdós.



