Los hombres del triángulo rosa
9. Un burdel en el campo
Por orden expresa del «Reichquique», en el verano de 1943 se instaló en el campo de Flossenbürg un burdel al que se llamaba eufemísticamente «bloque especial». Se dividió el espacio central de lo que hasta entonces había sido la sala de proyección cinematográfica en varios apartamentos, en los que vivirían y trabajarían las prostitutas. El bloque especial dependería de la enfermería, para poder controlar así la salud de las damiselas y los clientes. Como es natural, el acontecimiento fue objeto de amplia discusión entre los prisioneros, a quienes se nos había notificado su apertura con varias semanas de antelación. Los verdes y los gitanos saludaron con gran entusiasmo la instauración del burdel, mientras que los presos políticos estaban en contra y opinaban que se trataba de una maniobra de distracción de los nazis para enmascarar lo mal que iba la guerra. Los testigos de Jehová declararon que no visitarían el burdel, por motivos de conciencia.
Entre otras ideas, Himmler pensaba que los hombres del triángulo rosa nos curaríamos de nuestra tendencia homosexual mediante visitas regulares y obligatorias al burdel. Debíamos presentarnos en el nuevo bloque una vez por semana para aprender a disfrutar de las delicias del sexo opuesto. La orden misma era un ejemplo de lo poco que sabían los líderes de las SS y sus asesores científicos acerca de la homosexualidad, y de la estrechez de miras que demostraban al tildar de mera perversión enfermiza una orientación sexual y prescribir las visitas obligatorias al burdel como remedio y cura para la misma. Una torpeza mental que se puede observar igualmente hoy día, tras veinticinco años de supuesto progreso científico, en casi todas las instancias oficiales.
Un día el camión que transportaba a las damiselas apareció por el portón del campo y vació su cargamento en el bloque especial, en donde ya esperaban impacientes muchos hombres. Diez muchachas jóvenes descendieron y fueron conducidas a sus aposentos. Venían del campo de mujeres de Ravensbrück y casi todas eran judías o gitanas. Las SS las habían traído a Flossenbürg con la falsa promesa de que, tras seis meses de servicio a los clientes, serían liberadas del campo de concentración si durante ese tiempo se prestaban voluntariamente a ser chicas de burdel. Las torturas y vejaciones en los campos de mujeres no debían de ser menos terribles que en Flossenbürg, pues de otra manera sería incomprensible que estas prisioneras se hubieran ofrecido como voluntarias para trabajar en el lupanar. La promesa de liberarlas debió de seducirlas tanto como la perspectiva de que se acabarían las torturas y brutalidades y que no tendrían que soportar más la penuria del hambre.
Creyendo en las promesas de sus carceleros, se ofrecieron como víctimas en vano y sacrificaron durante seis meses su dignidad humana. Sí fue cierto que sólo tuvieron que cumplir seis meses de servicio en el burdel y que, transcurridos estos, fueron reemplazadas por un cargamento de nuevas voluntarias de Ravensbrück. Pero no alcanzaron la libertad: en su lugar, fueron enviadas al campo de exterminio de Auschwitz, totalmente exhaustas tras haber cumplido con los casi dos mil actos sexuales que estuvieron obligadas a realizar.
El mismo día de la inauguración del burdel más de cien prisioneros desfilaron por el bloque especial desde las cinco de la tarde hasta las nueve, horario en el que permanecía abierto para los prisioneros. Ese número de visitantes no decreció prácticamente ningún día. No es que todos estos prisioneros, que bromeaban y reían mientras hacían cola fuera del burdel, rebosaran precisamente de salud —los que estaban pletóricos eran casi siempre capos o capataces—: el grupo incluía también a un buen número de lastimosas figuras, despojos humanos hambrientos y escuchimizados que flotaban entre la vida y la muerte y que parecían estar al borde del colapso. Aun así, querían su rato de placer con las mujeres, clara muestra de que la sexualidad es la más fuerte de las pulsiones humanas.
El comandante Rascapolvo hizo taladrar agujeros en las diez puertas de las llamadas «habitaciones del placer», orificios que él y sus subordinados utilizaban para regodearse observando de cerca la vida sexual de sus prisioneros; así, al día siguiente podían contar a otros presos las posturas que utilizaba cada uno de ellos. Con frecuencia yo me preguntaba si esta muestra furtiva de sexualidad inhibida, que a buen seguro iba acompañada de un complejo de inferioridad, no era más degenerada de lo que supuestamente era mi homosexualidad.
También yo tuve que visitar el burdel en tres ocasiones, siguiendo órdenes precisas del comandante Rascapolvo, visitas que además de resultarme penosas me supusieron un auténtico tormento. No comprendo qué alivio ni qué placer esperaban que pudiera experimentar al ver a la pobre y esmirriada muchacha alzar las piernas tumbada sobre la cama y decir «vamos, apúrate»; ella, tanto como yo, quería que terminara lo antes posible una situación que a ambos nos resultaba dolorosa. Además, a sabiendas de que algún guardia estaría observándonos por el agujero de la puerta. La verdad es que no se podía esperar ninguna curación mediante esta forma de disfrutar del sexo opuesto. Por el contrario, quedé tan intimidado por esas visitas que nunca más volví a intentar hacer el amor con una mujer, con lo que mis preferencias sexuales se vieron incluso reforzadas.
Por fortuna, el burdel tenía tanta concurrencia que no se me volvió a ordenar que acudiera a él otra vez, aunque, para guardar las apariencias, cada semana me inscribía en la lista, pagaba los dos marcos de rigor y mandaba a otro prisionero a que diera rienda suelta a sus apetitos en mi lugar.
Los notables del campo asistían al burdel con frecuencia y regularidad, y a menudo llevaban regalos a las muchachas, regalos que podían ir desde una salchicha a unas braguitas de seda de encaje. Como es comprensible, los notables se encontraban a sus anchas con las prostitutas. Muchos de ellos iban siempre con la misma muchacha y empezaban a hablar de relaciones estables, lo cual era muy optimista, pues a veces más de diez o quince prisioneros consideraban a una sola muchacha como su novia futura y le llevaban regalos. Fue casi un milagro que no hubiera asesinatos entre los presos.
A pesar de que visitaban regularmente el burdel, los decanos de bloque y los capos conservaban a sus peluches, de los que evidentemente no querían separarse. No los culpaba, pues aunque nunca tuve una relación íntima con ninguno de ellos, los muchachos rusos y polacos me parecían más limpios, y sobre todo más humanos, que las pobres chicas del burdel, de cuerpos ajados e hinchados. Pero claro, eso es sólo un punto de vista.
Hacia finales de 1943 Himmler dictó una nueva orden de expurgación de los degenerados sexuales, esto es, de los homosexuales. La orden indicaba que todo homosexual que aceptara ser castrado y que hubiera tenido una buena conducta sería liberado en poco tiempo. Algunos prisioneros de triángulo rosa creyeron en las promesas de Himmler y consintieron en dejarse castrar como forma de escapar al mortal abrazo que suponía el campo de concentración. Pero a pesar de observar una buena conducta —la evaluación de la misma quedaba a merced del humor que tuvieran el decano de bloque y el jefe de bloque de las SS—, sólo se les liberó del campo de concentración para enviarlos a la división de castigo Dirlewanger en el frente ruso, para ser masacrados en la guerra contra los partisanos y morir como héroes en nombre de Hitler y Himmler.
En una ocasión, el comandante Rascapolvo me preguntó:
—Dime, capo maricón, ¿ya te han castrado?
—No, Herr Lagerführer.
—¿Y no quieres apuntarte?
—Herr Lagerführer, yo quiero volver a casa en las mismas condiciones en las que llegué aquí.
—Tú y toda la demás reata de maricas no volveréis nunca a casa — sentenció, con la voz cargada de veneno.
Se refería a que nosotros, los homosexuales, a pesar de las promesas hechas por el director y por todos los líderes de las SS, no íbamos a ser liberados, incluso aunque hubiéramos trabajado bien en las fábricas de armamento. La intención era exterminarnos, como ya se había decidido en 1938.
De cualquier modo, me negué decididamente a ser castrado, lo que dio al comandante Rascapolvo un nuevo pretexto para intentar deshacerse de mí, el único capo de triángulo rosa. Rascapolvo empezó a promover una campaña para que los prisioneros alemanes se alistaran voluntarios para ir al frente ruso; la orden provenía de Himmler, necesitaba completar las filas de la división de castigo Dirlewanger.
Dirlewanger era el nombre de un Standartenführer SS, previamente Sturmbannführer, que había sido condenado en varias ocasiones por los tribunales; al principio fue encarcelado, pero luego le aplicaron una medida de gracia y se le puso al mando de un regimiento de castigo de las SS justo en el momento en que, al inicio de la campaña rusa, la resistencia de los partisanos empezó a extenderse en los territorios ocupados por los alemanes. Este regimiento, que rápidamente aumentó en número hasta convertirse en división, estaba formado casi exclusivamente por reclusos de cárceles civiles y prisiones militares y solamente se utilizó para combatir a los partisanos rusos.
Hasta el último de sus días, Dirlewanger demostró ser un sanguinario sabueso dominado por la sevicia, un verdadero delincuente común. Despiadado en su lucha contra los partisanos, exterminó aldeas enteras por sospechar que colaboraban con la resistencia. Quemaba a toda la población civil de estas aldeas rusas en sus propias casas o la masacraba indiscriminadamente, aunque sólo se tratara de ancianos, mujeres y niños. Tampoco era más benévolo con su propia gente. Se dice que, con la colaboración de unos pocos oficiales de las SS que se habían presentado voluntarios en su división, acribillaba a sus propios hombres con ametralladoras aprovechando los enfrentamientos con los partisanos.
Los prisioneros del campo de concentración conocíamos todos estos detalles por las emisoras de radio extranjeras, que informaban continuamente sobre tales excesos. Aun cuando sólo hubiera sido verdad la mitad de las noticias que difundían, ese cincuenta por ciento era de por sí suficientemente aterrador.
El comandante Rascapolvo confeccionó una lista de voluntarios para la división Dirlewanger de las SS, en la que incluyó también mi nombre para que, como hizo constar malignamente, mi bautizo en el frente me ayudara a borrar la vergüenza de mi homosexualidad. Pensó que se había desecho por fin del capo de triángulo rosa del campo.
Pero yo me apresuré a contárselo a los empleados civiles de la fábrica de armamento: les dije que me habían presentado como voluntario para ir al frente con la división Dirlewanger y les pedí que me ayudaran. Como estaban en completo desacuerdo con que me trasladaran, llamaron de inmediato por teléfono a su oficina central, dijeron que mi trabajo era absolutamente indispensable en los almacenes de material de la fábrica del campo de Flossenbürg y que mi traslado equivaldría a sabotear los planes de producción de armamento. Pidieron a la central que se encargara de que no fuera relevado de mi puesto de capo, fundamentando la petición en que yo había demostrado una dedicación muy especial al trabajo desde el principio y empleado a fondo un gran talento organizador para que el suministro de piezas de aviones se desarrollara siempre sin contratiempos y con plena eficacia. Añadieron que controlaba muy bien a los presos que trabajaban bajo mis órdenes, sin usar métodos brutales, y que obtenía muy buenos resultados con ellos.
Tiempo después supe por los propios empleados civiles que la dirección de la fábrica de aviones había conseguido hablar con el ministro Albert Speer y que este se había dirigido al departamento de las SS que estaba a cargo de los campos de concentración. El caso es que al día siguiente llamaron desde la oficina de Himmler al director del campo de Flossenbürg dando instrucciones de que el prisionero fulano de tal —esto es, yo— debía permanecer como capo en los almacenes de la fábrica de armamento de Flossenbürg hasta el final de la guerra.
Esa misma tarde me llamaron al despacho del director del campo, donde, en presencia de Rascapolvo, el propio director me comunicó las disposiciones de los mandamases de las SS: permanecería en el campo de concentración y continuaría en mi puesto de capo de la brigada de la estación. El director alabó mi cuidadoso y —según dijo— relevante trabajo en la fábrica y me despidió casi con benevolencia; dándome al salir una amable palmadita en el hombro.
A partir de ese momento Rascapolvo me dejó finalmente en paz; me aceptó como capo en todos los sentidos e incluso llegó a hablarme con más frecuencia: en las ocasiones que se cruzó conmigo no volvió a dirigirse a mí en términos amenazadores o humillantes, y nunca más mencionó mi homosexualidad. En realidad hacía todo lo posible por evitarme, por evitar al «capo maricón por la gracia de Himmler», como me llamaba delante de sus lugartenientes de las SS.
También los notables del campo me aceptaron a partir de ese momento como un capo de pleno derecho, a pesar del triángulo rosa que llevaba; incluso los presos políticos dejaron de meterse conmigo, y eso que eran ellos los más enconados rivales de sus compañeros homosexuales de prisión. La mayoría lo sigue siendo en la democracia actual, en la que muchos de ellos ocupan ahora puestos de autoridad.
Cuando hablo del desprecio y la aversión que los prisioneros políticos del campo de concentración tenían hacia los presos que llevábamos el triángulo rosa, me refiero a lo siguiente: hasta 1942 era habitual que, con objeto de reducir el número de prisioneros de los campos de concentración, todos los campos enviaran regularmente grupos de cien o más prisioneros a los campos de exterminio, en donde morirían en las cámaras de gas o serían asesinados con inyecciones. Se dejaba a la oficina de prisioneros, encabezada por el decano del campo, la labor de seleccionar a los presos que debían ser enviados al exterminio. Si el decano era un preso político, era un hecho seguro que la mayor parte de los prisioneros elegidos para el exterminio serían hombres con el triángulo rosa. Después de la guerra, una vez leí en un libro que un ex decano de campo que había sido preso político justificaba los envíos masivos de homosexuales a los campos de exterminio con el argumento de que en aquellos tiempos era comprensible la tendencia predominante de despachar antes a los prisioneros menos valiosos y menos importantes. Esto demuestra que nosotros representábamos efectivamente la casta inferior de los campos de concentración, y que nuestros propios compañeros, prisioneros en el mismo barco, nos perseguían y elegían para ser enviados a la muerte. Una tendencia que no debió de ser tan comprensible pues, ¿en qué se basaban para arrogarse el derecho de erigirse en jueces y considerarnos la casta inferior entre los prisioneros precisamente a nosotros, que no habíamos hecho daño alguno a nadie y que no habíamos cometido ningún pecado contra el bien común de la humanidad?
En el invierno de 1943 empezaron los ataques aéreos. Aunque algunas noches ya habían sonado las alarmas aéreas, ahora retumbaban varias veces todos los días. Al oír la sirena, los presos debíamos volver a nuestras barracas y permanecer en ellas hasta que se escuchara el pitido de la sirena que indicaba el fin del ataque. No había refugios en los que meternos, pero los ataques no nos daban miedo: confiábamos en las emisiones de radio de los aliados que escuchábamos clandestinamente en nuestros receptores y que decían que no atacarían ni bombardearían los campos de concentración; de hecho, nunca lo hicieron.
Por su parte, los amos de las SS tenían a varios prisioneros cavando día y noche profundas galerías en las colinas adyacentes al campo, a las que corrían en cuanto se desataban las alarmas y en las que permanecían con gran tembleque de rodillas. Al parecer sólo posaban de héroes frente a nosotros, los indefensos prisioneros; en otras situaciones se cagaban en los pantalones. Los guardias de las SS que estaban de servicio nunca salían del campo, sino que corrían a refugiarse en cualquiera de los bloques de prisioneros; en ellos parecían sentirse igual de a salvo que en sus refugios, por lo que era de suponer que también ellos escuchaban la radio enemiga —a pesar de que se castigaba con la pena de muerte— y sabían que nada les pasaría ahí.
A veces, cuando el cielo no estaba cubierto, reconocíamos fácilmente las escuadrillas de bombarderos de los aliados, que volaban a una altura de diez mil o más metros. Cientos de estos pájaros plateados brillaban a la luz del sol, perfectamente alineados, oleada tras oleada. El estremecedor ruido de sus motores retumbaba en el aire y nuestras escudillas de hojalata vibraban en sus casilleros, golpeándose unas contra otras debido a la onda de presión y componiendo una extraña música.
Esperábamos, con el corazón en un puño, para ver a dónde se dirigía el ataque de represalia aliado y en qué lugar soltarían las bombas; esperábamos presas de la inquietud, pues muchos teníamos nuestros hogares o a nuestros allegados en las zonas objetivo. Por lo general éramos capaces de señalar con bastante acierto la ciudad que había sido alcanzada; nuestros barracones temblaban por la onda de presión de las explosiones, y dependiendo de la intensidad de las mismas adivinábamos si las bombas habían caído en Núremberg o en Würzburg, en Weiden o en Bayreuth.
Por más que deseáramos la destrucción final del régimen nazi no podíamos permanecer impasibles ante los bombardeos aliados; cada uno de nosotros temía por sus seres queridos, y nadie se alegraba por los bombardeos. Las bombas caían en ciudades alemanas en donde miles de personas inocentes perderían la vida, gente que sentía la misma repugnancia por la guerra que nosotros, las víctimas de los campos de concentración. Es probable que los bombardeos fueran importantes para los aliados particularmente por sus efectos psicológicos; yo no voy a entrar en ello, pero con toda seguridad no eran una página para la gloria. A veces los bombardeos iban acompañados de ataques con vuelos rasantes; en Flossenbürg se sucedían cada semana. No iban dirigidos contra el campo, sino contra los componentes de aviación que ya estaban preparados y cargados en los vagones del ferrocarril. Con una precisión increíble, los aliados sabían cuándo iba a salir un tren de la fábrica de armamento del campo, y entonces los aviones caían en picado sobre los vagones cargados y los destruían. Cuando esto sucedía, teníamos que volver a meter los componentes de los Messerschmitt dañados en la fábrica para repararlos, o había que comenzar la fabricación desde el principio. En varias ocasiones hubo que devolver tres y cuatro veces a la fábrica los fuselajes antes de poder enviarlos a su destino. No teníamos nada que objetar a este tipo de ataques aliados, en realidad los celebrábamos.
Una tarde del mes de julio de 1944, todo el que aún podía empezó a correr por el campo; se cuchicheaba y murmuraba por doquier. No cabía en mí de sorpresa cuando, a la vuelta del trabajo, me dijeron que Hitler había muerto víctima de un atentado. ¡Dios mío!, me dije, ¡no dejes que esto sea otro rumor sin sentido, haz que sea cierto! ¡Echa de una vez a los perros al carnicero de Alemania y de Europa! El destino, sin embargo, tenía otros planes. A medianoche del 20 de julio se encendieron los altavoces del campo y pudimos oír cómo nuestro «amado Führer» se dirigía a nosotros a todo volumen: una vez más la Providencia lo había salvado y preservado para guiar a la nación alemana… Maldita Providencia, pensé, es como el viejo emperador austriaco Francisco José, se salva de todo.
Esa misma tarde los oficiales de las SS ya habían reforzado la guardia en las torres de vigilancia y en el portón, y por la noche, a la vuelta del trabajo, los prisioneros tuvimos que entrar de inmediato en nuestros barracones sin que pasaran lista. Nadie podía salir, lo que aumentaba aún más la tensión existente en el campo, ya de por sí a punto de estallar. Después de la transmisión del discurso de Hitler por la medianoche, se levantó la prohibición de salir de las barracas, pero el refuerzo en la vigilancia de las torres continuó.
No tardaron mucho en llegar a Flossenbürg los primeros convoyes con conspiradores del complot del 20 de julio: oficiales de uniforme con todas sus condecoraciones, soldados, y muchos civiles. Venían de todas partes del Reich, muchos todavía con las manchas de sangre producidas por los golpes de la Gestapo, que los había detenido e interrogado.
Y una vez más, en el crematorio se pusieron a mansalva inyecciones letales, y ardieron las piras para incinerar los cadáveres, esta vez de las víctimas tardías de la frustrada conspiración contra Hitler del 20 de julio de 1944.
El comandante Rascapolvo se creyó en la obligación, después del recuento vespertino en la explanada, de improvisar un discurso en el que culpó de la conjura del 20 de julio contra nuestro amado Führer a la Internacional judía y homosexual. Esta vez, ni siquiera sus lugartenientes de las SS pudieron reprimir las risas por el desatino, pues para todo el mundo era obvio que la conspiración había sido tramada por oficiales de alto rango del ejército alemán. Pero Rascapolvo lo expuso como si tras el motín de los altos cargos hubieran estado los judíos y los homosexuales.
En su exacerbado odio hacia los judíos y los homosexuales, nunca había llegado a tanto, sobre todo a concedernos a los homosexuales tal grado de influencia en la política. Además, era la primera vez que oía hablar de la existencia de esta supuesta Internacional homosexual. ¡Ojalá hubiera existido una organización internacional de esa naturaleza, entonces y ahora! Sé muy bien, por mi propia experiencia, que esto es algo que nunca existirá.
En los últimos meses de 1944 el director emitió unas ordenanzas que de alguna manera aligeraron nuestros sufrimientos e hicieron que las SS nos trataran un poco mejor. No es que ya no hubiera latigazos o se hubieran suspendido los azotes en el potro, sino que en adelante este tipo de brutalidades solamente se podían llevar a cabo a puertas cerradas. Públicamente, los SS empezaron a comportarse de manera menos violenta. Fue el primer signo de que los amos nazis de vestimenta negra ya no creían en la victoria de Alemania frente a las fuerzas aliadas.
Ahora jugábamos al fútbol en la explanada, mejor dicho, estábamos obligados a jugar, pues los domingos el comandante Rascapolvo ordenaba, por ejemplo, que el bloque 10 se enfrentara a los del bloque 11. Los decanos de bloque se vieron obligados a formar sus equipos. Pero no era cosa fácil, no se trataba de encontrar a once personas que supieran jugar al fútbol y quisieran hacerlo. Se trataba de encontrar a once o trece hombres que tuvieran todavía suficiente fuerza física para correr detrás de una pelota durante noventa minutos, aunque no supieran ni lo que era el fútbol. Los partidos eran un fiel reflejo de los jugadores.
Otras veces organizaban campeonatos de lucha libre en la barraca de los baños, en los que a los campeones no se les premiaba con un trofeo, sino con una hogaza de pan, trofeo a todas luces más preciado.
Obviamente, a los prisioneros del triángulo rosa se nos excluyó de estas competiciones deportivas. Como el comandante Rascapolvo decía, los maricones se deleitarían con las piernas desnudas de los futbolistas o los torsos de los luchadores. No hay necesidad de decir que tampoco los judíos podían participar. El comandante Rascapolvo consideraba que era incompatible con las leyes alemanas que un prisionero ario pudiera participar en una competición deportiva con «cerdos judíos» tanto como con «maricones de mierda».
El único objetivo que estas actividades deportivas podían tener, así como las otras mínimas medidas humanitarias que nos concedieron, era distraer a los prisioneros, distraerlos de las conversaciones políticas que corrían por el campo sobre el descontento del pueblo alemán con el régimen de Hitler y sobre la situación desesperada a la que Alemania se enfrentaba ahora en la guerra, una vez que el propio país se había convertido en el campo de batalla.
Tampoco servían de nada las maniobras de distracción de los vigilantes de las SS. Todos los prisioneros con un mínimo de interés político sabían exactamente lo que sucedía en Alemania y con el pueblo alemán, y conocían cuánto se esforzaban los jerarcas nazis por aparentar una victoria de su ejército. Sin embargo, el Tercer Reich de Hitler estaba ya en el umbral del colapso total, a punto de sucumbir ante los furiosos embates de los aliados.
En Flossenbürg los notables tenían otras preocupaciones que los partidos de fútbol o los campeonatos de lucha. Todos abrigábamos el temor de que cualquier noche las escuadrillas alemanas pudieran bombardear nuestro campo con el fin de erradicar para la posteridad una de las mayores vergüenzas del régimen nazi y, además, cargarle el muerto a los aliados. Que esto no sucediera no debemos agradecerlo a que los jerarcas nazis tuvieran un último sentimiento de misericordia humana, sino sencillamente al hecho de que no les quedaba suficiente combustible para que sus aviones volaran.