Los hombres del triángulo rosa
3. Sachsenhausen, un campo de tortura y de trabajos forzados
3. Sachsenhausen, un campo de tortura y de
trabajos forzados
Después del infame episodio de la nieve, a los nuevos se nos asignó a la misma brigada de trabajo en la que trabajaban todos los demás prisioneros de nuestro bloque: el yacimiento de arcilla de la fábrica de ladrillos. Este yacimiento de arcilla, conocido entre los prisioneros como el yacimiento de la muerte, era tan famoso como temido entre los prisioneros de los demás campos de concentración por ser una fábrica de aniquilación de hombres, y hasta 1942 fue el Auschwitz de los homosexuales. Sólo a nosotros se nos enviaba al yacimiento de arcilla, debíamos trabajar hasta la extenuación bajo las condiciones de trabajo y torturas más terribles.
Miles y miles de prisioneros homosexuales deben de haber perdido sus atormentadas vidas allí, víctimas de una deliberada estrategia de exterminio diseñada por la Alemania hitleriana. Aun así, hasta ahora nadie ha tenido el valor de hacer una investigación sobre ese yacimiento y rendir homenaje a sus víctimas. Probablemente el supuesto buen gusto preponderante en la sociedad actual prohíbe hablar del exterminio de los presos en los campos de concentración, particularmente cuando se trata de homosexuales.
El trabajo en el yacimiento de arcilla era lo más duro que uno se pueda imaginar. Los presos estábamos expuestos a la inclemencia de todos los elementos. Tanto en verano, con un calor abrasador, como en invierno, con un frío cortante y montañas de nieve, había que empujar diariamente, con los hombros, un número establecido de carros llenos de arcilla hasta las máquinas de moldeado y los hornos de cocción, de manera que siempre hubiera materia prima disponible y la producción no se interrumpiera. Como el yacimiento era bastante profundo, el trayecto que había que recorrer hasta la planta de procesamiento empujando los carros sobre los carriles era muy largo y empinado. Representaba un verdadero calvario para los presos, escuchimizados y medio muertos de hambre.
Los capos que supervisaban directamente el trabajo tenían órdenes estrictas de la dirección del campo de no escatimar en penalidades —lo que significaba no escatimar en vidas humanas— con tal de obtener las toneladas prescritas de arcilla que todos los días debían subirse hasta la fábrica. Usaban de su poder sobre la vida y la muerte de manera sádica, y a su vez estaban amenazados por las SS con ser degradados y enviados a nuestra brigada de trabajo si no se alcanzaba la cuota diaria. No es difícil imaginar el brutal tratamiento que imponían a los prisioneros a su cargo para no verse convertidos ellos mismos en unos parias sometidos a trabajos forzados.
Cinco o seis hombres cargaban la arcilla en los carros con palas, mientras otros tantos debían empujar el carro colina arriba. La lluvia de golpes que nos propinaban los capos y los SS era casi continua; con ella esperaban acelerar el trabajo, pero representaba también una forma de dar rienda suelta a sus más sádicos instintos. No es de extrañar que casi todos los días algún prisionero dejara deliberadamente que un carro le aplastara los dedos, o incluso las manos enteras o los pies, con tal de escapar del trabajo en el yacimiento. Pero, aunque a todos estos mutilados los mandaban a la enfermería, nunca llegamos a verlos salir vivos y recuperados de ella. Se les enviaba directamente a que engrosaran la interminable marea de conejillos de Indias humanos que serviría para las pretendidas investigaciones médicas.
Con mucha frecuencia los presos que empujaban ladera arriba los carros repletos de arcilla se quedaban repentinamente sin fuerzas y el carro resbalaba con toda violencia hacia atrás. Si no podían detenerlo rápidamente con unos palos, caía con toda su fuerza contra el carro que hubiera más abajo. Muchos presos estaban ya tan embrutecidos y cargados de tal indiferencia que ni siquiera se molestaban en apartarse para esquivar el carro, que se les venía encima como un vendaval. Entonces, los cuerpos salían despedidos por los aires, con las extremidades aplastadas o pulverizadas. Para los demás prisioneros había una ración extra de bastonazos. De esta manera, el yacimiento se cobraba diariamente su cuota de víctimas mortales, entre los accidentados y aquellos que sencillamente habían sucumbido a la extenuación. La fábrica de ladrillos tenía bien merecido el nombre de yacimiento de la muerte.
En mi dormitorio, que contaba con más de ciento ochenta reclusos, existía la más nutrida variedad de individuos: obreros, empleados de oficina, técnicos fabriles, profesionales liberales, músicos y artistas, profesores, clérigos, incluso terratenientes aristócratas. Todos ellos, antes de ser recluidos en el campo, habían sido personas honradas, muchos incluso ciudadanos muy respetados, que nunca habían tenido conflictos con la ley: su única mancha había sido su condición homosexual. Se había arrojado a todas estas personas de bien en ese sitio, en ese crisol de ignominia y tormento que representaba el bloque de maricas de un campo de concentración, para exterminarlos mediante el trabajo agotador, el hambre y la tortura. Ninguno era pederasta, ni había tenido relaciones sexuales con niños o adolescentes, pues los prisioneros que habían cometido estos delitos llevaban triángulo verde. Sin embargo, la verdadera amenaza para la sociedad resultábamos ser nosotros, los maleantes pervertidos, los degenerados del triángulo rosa.
Uno de mis compañeros, que a pesar de su cuerpo escuchimizado y su rostro apesadumbrado conservaba un aire de intelectual, era judío, por añadidura. Debajo del triángulo rosa llevaba cosido el triángulo amarillo, componiendo ambos una estrella de David. Le tocaba sufrir doblemente las argucias de las SS y de los capos de triángulo verde, pues no contento con ser homosexual, encima era judío.
Era de Berlín, tenía entonces veinticinco años y provenía de una familia muy acaudalada. Era hijo único, y sus padres habían sido liquidados hacía tiempo en algún campo, después de que hubieran consentido que el Tercer Reich supuestamente salvaguardara el patrimonio que poseían en Alemania. Una farsa, ya que de no haber aceptado, los nazis les habrían confiscado igualmente todo sus bienes.
El joven, sin embargo, conservaba propiedades importantes en Suiza y en Portugal, y había heredado posteriormente algunas más. Quería comprar su libertad: estaba dispuesto a sacrificar la mitad de su fortuna, entregándosela a los nazis, a cambio del permiso para emigrar de Alemania.
El abogado que se encargaba de administrar su patrimonio y su herencia, residente en Suiza, había dicho que solamente le transferiría los documentos de propiedad y las cuentas bancarias a él personalmente en Zúrich, aun cuando varios funcionarios del Reich provistos de plenos poderes se esforzaban por incautarse de su patrimonio. Pero el abogado suizo conocía el tipo de gente con el que trataba y se negaba categóricamente a transferir las propiedades a su cliente mientras este permaneciera en Alemania. Quería impedir que los nazis «salvaguardaran» también este dinero mientras el joven seguía en un campo de concentración. Era la única manera que tenía de luchar por la vida y la fortuna de su cliente: el dinero, sólo a cambio del permiso de emigración.
Nuestro jefe de bloque debía de haberse olido algo, pues también él sabía que el maricón judío a su cargo tenía una enorme fortuna en el extranjero. Tras la formación vespertina, en el poco tiempo libre que nos quedaba —y en muchas ocasiones también por la noche—, mandaba llamar a «su» judío y lo obligaba a moverse cuerpo a tierra durante un par de horas sobre la nieve, o a hacer cientos de sentadillas en el gélido frío vestido únicamente con el camisón de dormir, hasta que el pobre diablo se derrumbaba agotado y perdía el conocimiento.
Entonces, el jefe lo levantaba y le insistía en que comunicara a su abogado suizo que quería legarle a él una parte de su fortuna en el extranjero. Si lo hacía, lo dejaría en paz y le adjudicaría un trabajo fácil en alguna tarea de limpieza.
El judío berlinés nunca cedió a este chantaje, lo que sólo le trajo como consecuencia que lo torturaran y acosaran más y más.
No debo firmar nada. Si lo hago, sencillamente me matará, para que no pueda testificar que me ha estado extorsionando —me dijo un día mientras me relataba su vida—. En tanto que el jefe tenga la esperanza de que algún día me rendiré, seguirá torturándome, pero al menos cuidará de que no muera. ¡Y yo quiero vivir!
Durante catorce días más tuvo que soportar el tormento y la tortura del jefe de bloque de las SS. Cayendo de un desvanecimiento en otro, convertido en una piltrafa física y mental, se negaba con obstinación a firmar todo documento, pues hacerlo le habría acarreado la muerte. Luego, de improviso, el tormento llegó a su fin: un día la Gestapo llegó y se lo llevó. Al parecer, las negociaciones de su abogado suizo habían tenido éxito —por lo menos eso es lo que yo deseaba fervientemente a mi compañero de penurias e iba a efectuarse el trueque: el judío sería intercambiado por el dinero.
El dinero nunca apesta, se habrían dicho en Berlín las bestias pardas de la superioridad racial, ni siquiera el dinero judío, por mucho que huela además a «maricón».
A pesar de las numerosas bajas por muerte y mutilaciones voluntarias que se producían en el yacimiento, el número de prisioneros de nuestro bloque aumentaba continuamente. Casi todas las semanas llegaba un nuevo convoy, siempre con un grupo de homosexuales, que indefectiblemente eran destinados a nuestro bloque. Resultaba llamativo que la mayor parte de los recién llegados eran austríacos o alemanes de los Sudetes. No cabe duda de que en estos nuevos «distritos alemanes», como ahora se les llamaba, se estaban emprendiendo campañas para limpiarlos de degenerados como nosotros.
Hacia fines del mes de febrero de 1940, entre los recién ingresados en nuestro bloque llegó un cura, de unos sesenta años, alto y de buen porte. Más tarde supimos que procedía de una familia noble germanobohemia, de los Sudetes. El suplicio de tomar la vestimenta de prisionero, acompañado de todas las torturas físicas y psíquicas habituales, le resultó particularmente doloroso, sobre todo la larga espera en pie delante del bloque, descalzo y completamente desnudo. Después de la ducha, cuando en la peluquería descubrieron su tonsura, el sargento de las SS pidió una navaja de afeitar y dijo:
Yo me encargo de la cabecita de este cura maricón, voy a darle lustre a esta calvita que tiene.
Y le rasuró la cabeza sin miramientos, sin molestarse en tener cuidado de no hacerle cortes en la piel. Más bien al contrario.
El cura volvió a la sala de día de nuestro bloque con toda la cabeza desollada y chorreando sangre. Su rostro tenía una lividez macilenta y los ojos miraban extraviados al vacío. Se sentó en un banco, entrecruzó las manos sobre su regazo y suavemente, más para sí mismo, dijo:
—Y sin embargo el hombre es bueno, pues es una criatura del Señor.
Yo era el que estaba sentado más próximo a él, y le respondí en voz baja pero con firmeza:
—No todos los hombres; también hay bestias bajo forma humana que deben de haber sido creadas por el demonio.
El cura no prestó atención a mis palabras, se limitó a rezar en silencio, moviendo levemente los labios. Me conmovió en lo más hondo, aun cuando yo ya estaba embrutecido por todo el sufrimiento que había visto en otros y sufrido en mis propias carnes. Siempre había sentido un gran respeto hacia los sacerdotes, así que su callada plegaria, su muda apelación a Dios —a quien se dirigía en busca de auxilio y fortaleza para su dolor físico y su tormento psíquico—, me llegó directamente al corazón.
No obstante, el capo de nuestra ala, un «verde» repugnante y brutal, debió de haber informado a las SS de las plegarias del cura, pues de pronto apareció en la estancia, acompañado de otro suboficial de las SS, nuestro jefe de bloque, que levantó al aterrorizado cura del banco y se puso a abofetearlo e insultarlo. El cura soportó los golpes y las injurias sin quejarse, únicamente miraba a los dos hombres a la cara con ojos desorbitados y atónitos. Eso debió de enfadarlos aún más, pues pusieron en el centro de la habitación uno de los bancos, colocaron encima al cura boca arriba y lo amarraron fuertemente con cuerdas.
Empezaron a golpearlo indiscriminadamente con palos, en el estómago, en el vientre y en los genitales. Con cada golpe que asestaban aumentaba su paroxismo, y se deleitaban gritando:
—¡Ya verás cómo te expulsamos los rezos, follaculos, follaculos!
El cura exhaló un suspiro y se desmayó; lo sacudían para reanimarlo y volvía a quedar inconsciente.
Finalmente, los sádicos SS dejaron de pegarle y abandonaron la sala de día, no sin antes gritar mordazmente al hombre, que yacía destrozado sobre el banco de suplicio:
—¡Bueno, viejo verde con casulla, de ahora en adelante podrás mear con el culo!
El cura sólo pudo emitir un gemido áspero como un estertor. Lo desatamos y lo tumbamos en su cama. Intentó alzar la mano en señal de agradecimiento pero no tenía la fuerza necesaria, y su voz se rompió cuando intentó decir la palabra «gracias». Permaneció inmóvil sobre su camastro con los ojos abiertos, contrayéndosele el rostro de dolor con cada movimiento de su cuerpo.
Me sentía como si estuviera asistiendo a una nueva crucifixión de Cristo, casi dos mil años después. En lugar de centuriones romanos, esbirros de Hitler; en lugar de la cruz, el banco de los suplicios. El tormento que sufrió el Salvador apenas fue mayor que el infligido en Sachsenhausen diecinueve siglos después a uno de sus representantes.
Al marchar hacia la explanada a la mañana siguiente para la formación, casi tuvimos que cargar al cura a cuestas: estaba a punto de colapsarse nuevamente por el dolor y la debilidad. Cuando el decano de nuestro bloque dio el parte al jefe de bloque de las SS, este espetó al cura:
—¿No te puedes mantener tieso, imbécil? —y añadió—: ¡Cerdo de mierda, mariconazo, diles lo que eres!
Se suponía que el cura debía repetir los insultos, pero de los labios de ese pobre hombre roto no salió el más leve sonido. El sargento de las SS se abalanzó furioso sobre él y levantó ostentosamente la mano para propinarle una bofetada cuando, de repente, sucedió algo desconcertante, algo que todavía hoy no me puedo explicar y que me pareció un milagro, una señal de la mano de Dios.
Se abrió un claro en el cielo cubierto de nubes y, por sorpresa, un intenso rayo de sol iluminó el rostro del cura; precisamente el suyo, entre miles de prisioneros formados, y justo en el momento en el que iba a ser golpeado de nuevo. En ese instante se hizo un extraño silencio, todos los presentes volvieron el rostro hacia el cielo como arrobados, estupefactos por el extraño acontecimiento. El jefe de bloque de las SS, maravillado, también miró a lo alto durante unos segundos, luego dejó que su mano alzada cayera lentamente sobre su cadera y se marchó sin decir una palabra y muy afectado al final de nuestras filas. El cura agachó sumisamente la cabeza y murmuró con voz de moribundo:
—Gracias Señor. Sé que ha llegado mi hora.
Al pasar lista por la tarde formó con nosotros. Pero ya no tuvimos que sujetarlo; lo depositamos al final de la fila con los demás muertos de ese día, para que el número de hombres de nuestro bloque estuviera completo, entre vivos y muertos.
Estábamos ya en el mes de abril, y yo permanecía vivo a pesar del trabajo ininterrumpido en el yacimiento de arcilla. Aunque mi cuerpo estaba notablemente debilitado, mi mente todavía conservaba toda su lucidez y se mantenía viva, y esto era una condición necesaria para permanecer con vida en el campo de concentración y sobrevivir al tormento incesante de nuestros torturadores.
Un día gritaron mi nombre en la formación de la mañana. Se me transfería a otra brigada de trabajo asignada a la construcción de un nuevo campo de tiro para la tropa de las SS.
¡Dios mío!, lo contento que me puse al saber que me libraba del yacimiento de la muerte. No más palizas diarias de los capos, se acababa el tener que contemplar los miembros mutilados o aplastados de mis compañeros de cautiverio, de mis compañeros de infortunio destrozados por el trabajo. Por fin podía trabajar en algo distinto.
Desafortunadamente mi alegría había sido prematura y me duró muy poco, pues resultó que sólo había huido del fuego para dar en las brasas. Una vez más, en esas labores sólo trabajábamos homosexuales, y algunos días unos pocos judíos que nunca volvían vivos al campo al atardecer. Pronto me di cuenta de que también en esta nueva brigada la vida humana no tenía importancia, particularmente las vidas de los homosexuales y de los judíos.
Teníamos que acarrear tierra y barro para construir en el campo de tiro un montículo destinado a detener los proyectiles detrás de la zona de blancos, que ya había sido instalada. Al principio todo fue bien: acarreábamos nuestras carretillas y lentamente el terraplén empezó a tomar forma. Pero al cabo de pocos días vinieron al campo de tiro grupos de guardias SS que pretendían hacer sus prácticas mientras los presos continuábamos descargando nuestras carretillas sobre el montículo. Como es natural, quisimos dejar de descargar las carretillas cuando vimos que los guardias se disponían a comenzar las prácticas, pero, con palizas y amenazas de azotarnos con latigazos, los capos y los guardias SS nos obligaron a proseguir con el trabajo.
El silbido de las balas pasó entre nosotros, y varios de mis compañeros cayeron por tierra, algunos solamente heridos, pero muchos de ellos muertos. Pronto nos dimos cuenta de que los guardias preferían apuntar sobre nosotros a hacerlo sobre las dianas, y que jugaban a cazar a quienes cargábamos las carretillas.
Diariamente, entre muertos y heridos, nuestra brigada de trabajo resultaba diezmada. Salíamos a trabajar por la mañana aterrados y despavoridos, sin saber cuál de nosotros moriría ese día, pero seguros de que a alguien le tocaría. Nos habíamos convertido en piezas de caza para los guardias, que festejaban con gritos de euforia cada vez que acertaban en uno de nosotros.
Este tormento duró casi dos semanas y se cobró más de quince muertos, todos prisioneros con el triángulo rosa; de hecho, más víctimas que las que se cobró en el mismo tiempo el tristemente célebre yacimiento de arcilla de la fábrica de ladrillos, aun cuando allí trabajaban muchos más prisioneros.
Era la forma que la diabólica maquinaria de exterminio de las SS tenía para hacer estragos entre nosotros y diezmar el número de presos de nuestro bloque, con el fin de hacer sitio a los incesantes cargamentos de homosexuales que llegarían del Reich y de sus nuevos territorios ocupados.
Las órdenes del régimen nazi de llevar a cabo en los territorios del Tercer Reich una drástica purga de homosexuales, esos «elementos degenerados» del pueblo alemán que debían ser exterminados, las cumplían los esbirros de las SS con sádica eficiencia y celo. Pero no se trataba de exterminarnos de forma inmediata, sino de torturarnos hasta la muerte con crueldad y brutalidad, con raciones de hambre y extremos trabajos forzados.
Debe de haber sido muy entretenido para los guardias usarnos a los presos del triángulo rosa como blancos vivientes: ahora les servíamos como piezas de caza mayor.
Durante dos días enteros conseguí salir milagrosamente a salvo de la lluvia de proyectiles. Luego, uno de los capos, un verde, me ofreció que me limitaría a cargar de tierra las carretillas, sin tener que llevarlas al campo de tiro, si me convertía en su amante y accedía a sus deseos sexuales. Así no me jugaría la vida en el terraplén del campo de tiro bajo las balas de las SS.
Tras un breve titubeo acepté el ofrecimiento: mi voluntad de vivir era más fuerte que cualquier compromiso moral con la decencia y la entereza de carácter. Que me condenara quien quisiera: la visión de los compañeros abatidos hasta la muerte o heridos en el campo de tiro había surtido un efecto demasiado grande en mí. Además tenía miedo, un miedo terrible. ¿Por qué no iba a aprovechar esa oportunidad de salvar la vida, aunque fuera degradándome como ser humano?
El 15 de mayo de 1940, durante la formación matutina, inesperadamente se organizó un transporte para transferir a algunos prisioneros a otro campo. Yo estaba incluido en la lista y en poco menos de una hora me encontré subido en un camión que abandonaba el campo. En cierto sentido lamentaba marcharme, puesto que en los últimos días mi vida se había vuelto casi soportable gracias a las relaciones sexuales con mi capo. Me conseguía furtivamente más comida, y gracias a su ayuda me asignaron a trabajos más ligeros y menos peligrosos.
La despedida de mi capo fue breve y poco emotiva. Nos estrechamos la mano, me dijo que lo sentía por mí, y yo se lo agradecí. Había terminado una amistad de conveniencia para ambos.
Subí al camión con una sensación de desasosiego, pues no sabía lo que el futuro me depararía ni cómo me irían las cosas en el nuevo destino. La experiencia, no obstante, me había enseñado que era posible mantenerse con vida y hacer esta más llevadera, incluso en un campo de concentración. Lo cierto es que me obsesionaba una sola idea: la determinación de vivir, de sobrevivir a toda costa.