Los hombres del triángulo rosa

Heinz Heger · Capítulo 3 de 11

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Los hombres del triángulo rosa

2. Llegada al campo de Sachsenhausen-Oranienburg

2. Llegada al campo de Sachsenhausen-

Oranienburg

 

A mediados de enero de 1940 reunieron el número suficiente de presos para un convoy y decidieron trasladarnos a un campo. Una noche nos metieron como si fuéramos ganado en los «Enriques verdes», —así se llamaba a los furgones que la policía usaba para transportar detenidos— y, como sardinas, en grupos de treinta a cuarenta personas por vez, nos llevaron a una de las estaciones de carga de Viena, donde nos montaron en un tren prisión que esperaba en orden de marcha. El tren estaba formado en su mayor parte por vagones de ganado con tragaluces enrejados sin cristales y por los denominados «vagones celda»; también estos eran vagones de ganado, pero habían sido divididos en cinco o seis celdas, con fuertes barrotes, y estaban reservados para los peores criminales.

Me metieron en una de estas celdas junto con otros dos muchachos jóvenes, más o menos de mi edad. Hicimos todo el viaje juntos. Duró trece días y viajamos a través de Salzburgo, Múnich, Francfort y Leipzig hasta Berlín-Oranienburg. Por las noches nos hacían bajar del tren y nos llevaban a una prisión hasta el día siguiente, algunas veces en camiones, otras a pie, atravesando toda la localidad. Cuando íbamos andando teníamos que marchar con los pies atados a unas cadenas largas y pesadas. Los grilletes rechinaban con un sonido fantasmagórico, como una caravana de esclavos en la más profunda Edad Media; la gente que pasaba nos miraba aterrorizada y a menudo también con compasión.

Las celdas del vagón estaban pensadas inicialmente para una sola persona. Tenían una mesita y un pequeño banco plegables por todo mobiliario, nada más, ni siquiera una jarra de agua o un orinal. En las prisiones en las que parábamos a pasar la noche nos daban la única comida del día, aunque también nos daban un buen pedazo de pan que podíamos llevarnos para el viaje. Si queríamos que la celda permaneciera limpia, teníamos que hacer nuestras necesidades en la prisión donde pasábamos la noche.

Desde el primer día descubrí que mis dos jóvenes compañeros de celda era ladrones y que los habían condenado a muerte por asesinato. Ni ellos ni yo comprendíamos la razón por la que estaban en un tren que se dirigía a un campo de concentración. Tampoco les importaba mucho: con cierto orgullo truculento se contaban por turnos los detalles de su atroz crimen. Yo me sentía sumamente incómodo en su compañía, pero no había nada que pudiera hacer.

Tardaron poco en convencerme de que les confesara que yo era un «175», «un sucio marica» como desde ese momento me llamarían. También ellos hablaban con desprecio y desdén de los homosexuales; no les importaba que la sociedad los rechazara más a ellos, en su calidad de asesinos. Al menos, recalcaban, eran «hombres normales».

¡Bueno!, normales o no normales, el día era largo, los guardias sólo estaban en los vagones primero y último, y nadie nos vigilaba de cerca durante los trayectos. Por lo que decidieron que se aburrían y que querían un poco de juerga. Con bofetones y puñetazos me obligaron, porque yo no me mostré dispuesto a ello, a practicarles felaciones: introducían a la fuerza sus miembros en mi boca, no una vez, sino varias veces por día. Equivocadamente pensaban que, como yo era un sarasa, tenía que sentir el mismo placer que ellos.

Todo lo contrario, el solo hecho era asqueroso y me producía arcadas, pero para mi desdicha estaba a merced de ellos. No comprendían la disposición íntima y el deseo de contacto humano que existen en el sexo, incluso en el caso de los homosexuales, y además les daba igual. Para ellos lo único importante eran sus momentos de placer. Hablaban con desprecio y continuas obscenidades sobre mí y los «demás maricas». Ellos no eran maricas, sino normales, aunque fueran ellos los que introducían a la fuerza sus miembros en mi boca. Una extraña normalidad.

Al llegar a la estación de destino nos cambiaron a unos camiones cubiertos con lonas para conducirnos al campo de Sachsenhausen.

Para que puedan comprenderse mejor las vivencias que me deparó el paso por el campo de concentración, describiré antes cómo era y cómo estaba organizado.

Casi todos los campos de concentración tenían tres zonas diferentes. El área de los prisioneros en sí consistía en un gran número de barracas de madera llamadas «bloques» en las que vivían los presos. Las barracas estaban separadas unas de otras por amplias calles y había además construcciones dedicadas a la cocina, la lavandería, la enfermería, y otras instalaciones necesarias para el funcionamiento interno, entre las que se incluían el depósito de cadáveres y el crematorio. El lugar más importante era la gran explanada en la que se solían desarrollar las peores brutalidades de los esbirros de las SS y, en uno de sus extremos, estaba el portón de entrada al campo, con construcciones a ambos lados. Una de estas construcciones, conocida como el «búnker», albergaba las celdas de arresto; la otra, las oficinas de los comandantes de la prisión y la sala de guardia de las SS. Toda la zona de prisioneros estaba rodeada de una alambrada de espino de más de tres metros de altura, que, además, en muchos campos estaba electrificada. Fuera de la alambrada, a intervalos regulares se erguían numerosas torres de vigilancia con ametralladoras en las que siempre había guardias de las SS. La puerta de entrada tenía su propia torre, con una plataforma desde donde se podía observar toda la zona de presos y desde la que se podía disparar, en caso de ser necesario, a cualquier lugar con las ametralladoras que habían instalado.

En la zona de comandancia, que se extendía más allá de la alambrada que rodeaba la zona de los prisioneros, estaban el edificio de la comandancia, varios edificios administrativos, los acuartelamientos de los batallones de las SS, las viviendas unifamiliares de los oficiales de alta graduación, los clubes de los oficiales y suboficiales de las SS y, generalmente, una caballeriza, un huerto, un granja, etc.

La tercera zona era la parte residencial de las SS, más alejada de las otras dos mencionadas, y se ubicaba en un lugar más agradable y cuidado. Contaba con bonitas residencias en donde se alojaban los oficiales y suboficiales de las SS con sus familias cuando no vivían en la zona de la comandancia.

Cada uno de nuestros bloques tenía dos alas: el ala A por la izquierda y el ala B por la derecha. En el medio estaban los lavabos y los retretes. Cada ala tenía un dormitorio y una sala de día. El dormitorio tenía tres hileras de catres que podían albergar de ciento cincuenta a trescientos prisioneros. El poco tiempo libre que nos quedaba lo teníamos que pasar en la sala de día; permanecer en el dormitorio durante las horas diurnas estaba terminantemente prohibido. En la sala de día había mesas y bancos, y cada prisionero debía guardar sus escasas pertenencias y sus utensilios para comer en un casillero de madera con muchos compartimentos.

Cada campo de concentración tenía una unidad SS, responsable de la gestión interna del campo de prisioneros, y un batallón de guardias SS que prestaban servicio fuera de la alambrada, en las torres de vigilancia y en la torre principal de entrada; estos últimos también patrullaban el perímetro del recinto, peinándolo a discreción.

A la cabeza de todo el campo estaba el director, asistido por sus ayudantes y el oficial administrativo mayor. En el escalafón seguían los comandantes de campo de las SS, por lo general dos, que estaban encargados de la zona de los prisioneros y supeditados a las órdenes del director. Eran los auténticos amos directos del campo de concentración y los que ejercían una violencia sin piedad en la zona de prisioneros. En orden jerárquico sucesivo estaban los oficiales de información, también dos por lo general, cuya labor consistía en informar a los comandantes de campo sobre los asuntos concernientes a los prisioneros y en gestionar el fichero y los expedientes de estos. Por debajo de los oficiales de información venían los jefes SS de bloque, que tenían poder absoluto sobre los prisioneros a su cargo y que, aunque tuvieran que rendir cuentas a los oficiales de información acerca de todo lo que acontecía en sus bloques, no encontraban obstáculos para sus prácticas brutales y asesinas contra los prisioneros. Por el contrario, constantemente llegaban órdenes e instrucciones de la comandancia en las que se les incitaba a tratar a los reclusos con mayor severidad y menor consideración aún. Entre los jefes de bloque estaba la inmensa mayoría de las bestias asesinas que componían las filas de vigilantes del campo. La misma graduación que los jefes de bloque tenían los jefes SS de brigadas de trabajo, que tenían encomendada la vigilancia de las mismas. Los jefes de bloque y los de las brigadas de trabajo eran suboficiales, mientras que los oficiales de información y los

comandantes de campo eran oficiales, de [10] Untersturmführer SS para arriba.

Para las funciones subalternas de la administración del campo se elegía a un prisionero —las SS designaban al de mayor edad—, que tenía entonces autoridad sobre los demás presos y que era responsable de ellos ante la comandancia de las SS. Era un cargo muy peligroso que requería mucho valor y tacto, si bien a menudo sólo fuera un mero instrumento sin voluntad propia en manos de los comandantes de las SS. La tarea era difícil, y exigir demasiadas concesiones o intervenir excesivamente en favor de los prisioneros les costó el cuello a muchos de ellos.

La oficina de los prisioneros, de la que se encargaba el prisionero de mayor edad, el decano del campo, estaba al servicio de los oficiales de información, y en ella sólo trabajaban prisioneros. Se encargaba directamente de asuntos del funcionamiento interno, como la composición de las brigadas de trabajo, la distribución de las raciones, la preparación de las llamadas a formar filas y otras funciones de esta índole.

De modo parecido, cada bloque tenía un decano elegido de entre los prisioneros, el de mayor edad, que tenía que informar a los jefes de bloque de las SS de cualquier cosa que sucediera o fuera a suceder en el mismo, con lo que los decanos eran amos y señores de sus compañeros prisioneros. Junto

con el decano del campo y los capos[11] conformaban, por así decirlo, la

categoría de los «notables»[12], y tenían amplios poderes sobre los prisioneros a su cargo. En los campos de concentración todo prisionero tenía siempre a dos amos y fustigadores: los esbirros de las SS y los «notables» provenientes de sus propias filas.

Los decanos de bloque nombraban en cada una de las dos alas a uno o dos ordenanzas para que se encargaran de mantener el orden y la limpieza en el dormitorio, así como de distribuir la comida.

Los capos eran, a su vez, prisioneros encargados de las brigadas de trabajo, supeditados al jefe de brigada de las SS y responsables ante el mismo de que se alcanzase la cuota de trabajo que se hubiera establecido.

Por debajo en el escalafón se situaban los capataces. Algunas veces, varias brigadas de trabajo de una misma división —por ejemplo, de la división de construcción, de la división de cantera, etcétera— estaban bajo las órdenes de

un jefe mayor de brigada de las SS y de un [13] Obercapo.

Todos los puestos de notables, desde el decano del campo hasta el capo con menor poder, estaban ocupados —con muy pocas excepciones— por prisioneros que llevaban como distintivo triángulos rojos o verdes, esto es, por presos políticos o criminales, respectivamente. Por lo general abusaban con creces del violento poder que tenían, especialmente los verdes. La corrupción y la tiranía que ejercían sobre los demás prisioneros estaban muy extendidas en sus filas, y en cuanto a brutalidad no iban a la zaga de los SS, particularmente al tratar con los que llevábamos el triángulo rosa.

Como emblema de su cargo portaban un brazalete negro con las iniciales de su puesto escritas en blanco: por ejemplo, las letras LA el decano de

campo ( [14] [15] Lagerälteste ) o BA el decano de bloque ( Blockälteste).

Los uniformes de los prisioneros estaban marcados con un triángulo de tela, cosido a la ropa, que señalaba el delito que habían cometido o su origen. Debajo del triángulo se cosía el número de prisionero. El triángulo medía unos cinco centímetros de base, estaba colocado con el vértice hacia abajo y cosido en la pechera de la chaqueta y del abrigo, a la izquierda, así como en la parte exterior de la pernera derecha del pantalón.

Los colores de los triángulos que llevábamos los prisioneros eran los siguientes:

Amarillo para los judíos,

rojo para los presos políticos,

verde para los criminales,

rosa para los homosexuales,

negro para los antisociales,

morado para los testigos de Jehová,

azul para los emigrantes,

marrón para los gitanos.

El triángulo rosa, además, era unos dos o tres centímetros más grande que los demás, para que se nos pudiera reconocer claramente desde lejos.

Los judíos, los homosexuales y los gitanos, con triángulos amarillos, rosas y marrones respectivamente, eran los prisioneros que sufrían con mayor frecuencia y severidad las torturas y golpes de los SS y de los capos. Se nos describía como la escoria de la humanidad, como gente sin derecho a vivir en suelo alemán que debía ser exterminada. Estos eran los términos más repetidos por el director del campo y los jefes, de las SS. Pero la última basura de esta escoria la constituíamos nosotros, los hombres del triángulo rosa.

 

En cuanto nos descargaron en la amplia explanada donde formaban los prisioneros, varios suboficiales de las SS se acercaron y nos golpearon con palos. Debíamos formar en filas de cinco, algo que, entre muchos golpes e insultos, llevó su tiempo a los atemorizados componentes de mi grupo. Luego nos llamaron uno por uno: teníamos que dar un paso al frente y decir nuestro nombre y el delito que habíamos cometido, después de lo cual se nos entregaba inmediatamente al jefe del bloque asignado.

Cuando gritaron mi nombre di un paso al frente, repetí mi nombre y mencioné el artículo 175. Escuché que desde atrás me gritaban «¡maricón de mierda, vete para allá, follaculos!», y a patadas que me acertaron en la espalda y en el trasero me entregaron a un sargento de las SS que estaba a cargo de mi bloque.

Su recibimiento consistió en propinarme dos bofetones que me lanzaron al suelo. Me incorporé a duras penas y me quedé de pie ante él en posición de firme, momento en el que el sargento me dio un furioso rodillazo en los testículos que hizo que nuevamente me retorciera de dolor en el suelo. Unos prisioneros que servían de ayudantes se apresuraron a gritarme:

Ponte de pie, rápido, o te reventará a patadas.

Con el rostro aún desencajado de dolor volví a ponerme de pie delante de mi jefe de bloque, y este sonrió burlonamente, diciendo:

Esto ha sido tu billete de entrada, cerdo vienés, mariconazo, para que te enteres de quién es tu jefe de bloque.

Una vez que terminaron de repartir a los recién llegados, en nuestro «atajo de sarasas» nos habíamos congregado unos veinte hombres. A paso ligero, continuamente interrumpido por los gritos del sargento y de algunos de sus hombres que gritaban «¡al suelo!, ¡en pie!, ¡al suelo!, ¡en pie!», nos condujeron a nuestro bloque como si fuésemos ganado. Una vez delante de este tuvimos que formar nuevamente, esta vez en filas de tres. Luego tuvimos que desnudarnos por completo, dejar la ropa en el suelo doblada ante nuestros pies, con los zapatos y calcetines encima, y esperar, esperar, esperar.

Era enero y hacía algunos grados bajo cero, un viento gélido soplaba por la calle entre las barracas, y aun así hubimos de permanecer desnudos y descalzos sobre el suelo cubierto de nieve, de pie y esperando. Un cabo de las SS que vestía un abrigo de cuello de piel se paseaba por las filas con un vergajo de buey atizándonos alternadamente, a unos en la cabeza y a otros en la espalda, y gritando:

—¡Esto es para no que no me cojáis frío, pingajos de maricones!

Con sus pesadas botas, al pasar nos pisaba deliberadamente los dedos de los pies, arrancando gritos de dolor entre los prisioneros, Eso sí, cualquiera que emitiera un gemido era inmediatamente golpeado en el estómago con el mango de la fusta, y con una fuerza que te cortaba la respiración. Casi sudando de repartir golpes y de recorrer nuestras filas de arriba abajo, el sargento de las SS gritó:

—¡Maricones! ¡Os vais a quedar aquí hasta que se os quite la calentura!

Finalmente, tras una cruel y larga espera, se nos permitió marchar hacia las duchas, siempre desnudos y descalzos. Nuestra ropa, a la cual ya le habían puesto etiquetas con nuestros nombres, se quedó allí, y cuando regresamos había desaparecido. Tuvimos que ducharnos y enjabonarnos bien con agua fría: algunos de los recién llegados se desmayaron del frío y del agotamiento. Sólo entonces el médico del campo, que acababa de llegar, decidió que se abriera el agua caliente para que pudiéramos descongelarnos. Después de la ducha, nos condujeron a la habitación contigua, en la que nos esquilaron hasta el vello púbico.

A continuación nos llevaron, aún desnudos, al almacén de ropa, donde nos dieron ropa interior y supuestamente nos tomaron medidas para el uniforme de la prisión. En realidad nos los tiraban al buen tuntún sin reparar en absoluto en las tallas. Los pantalones que me tocaron me quedaban muy cortos y a duras penas me llegaban a las pantorrillas, la chaqueta era demasiado estrecha y las mangas me quedaban a medio brazo. Sólo el abrigo me sentaba razonablemente bien, y esto por mera casualidad. Los zapatos me venían un poco grandes y apestaban a sudor, pero tenían suela de cuero y era más fácil caminar con ellos que con los zapatos de suela de madera que les habían tocado a otros recién llegados. Digamos que, al menos en cuanto a ropa, no me fue mal del todo. Luego hubimos de formar nuevamente delante de nuestro bloque para escuchar las indicaciones sobre el reglamento que nos dirigió el comandante. En nuestro bloque sólo había homosexuales, unos doscientos cincuenta hombres en cada ala. Para dormir sólo podíamos estar vestidos con los camisones, y debíamos dejar siempre las manos fuera de las mantas, pues, como dijo un comandante:

—Sólo faltaba que los maricones os hicierais pajas aquí.

Había un centímetro de hielo en los cristales de las ventanas. A quien fuera sorprendido en la cama con el calzoncillo puesto, o con las manos debajo de las mantas —casi todas las noches se efectuaban controles—, se le conducía al exterior y se le echaban varios baldes de agua encima; luego debía permanecer de pie a la intemperie durante más de una hora. Muy pocos superaron este procedimiento. Lo menos que te podía pasar era que cogieras una pulmonía, y era raro el homosexual que salía vivo de la enfermería: los que llevábamos el triángulo rosa éramos muy codiciados para servir como conejillos en experimentos médicos que generalmente terminaban en la muerte. Por mi parte, me cuidé meticulosamente de no contravenir el reglamento.

Nuestro decano de bloque y sus ayudantes eran «verdes», esto es, criminales. No solamente tenían cara de criminales, sino que también se comportaban como tales. Eran tan brutales y tenían tan poca piedad hacia nosotros, los «maricones», y estaban tan preocupados por sus privilegios y su propio provecho, que los temíamos tanto como a los hombres de las SS.

No estaba permitido que los homosexuales ocuparan ningún puesto de responsabilidad, al menos no en Sachsenhausen. Tampoco podíamos siquiera hablar con prisioneros de otros bloques que llevaran un triángulo de otro color; según nos dijeron, esto se debía a que podríamos intentar seducirlos. No obstante, las prácticas homosexuales estaban más extendidas en los demás bloques, en los que no había hombres con el triángulo rosa, que en el nuestro.

También teníamos prohibido acercarnos a menos de cinco metros de los demás bloques. Si alguien era sorprendido a esa distancia por las SS se le montaba en el «potro», y podía estar seguro de recibir por lo menos de quince a veinte bastonazos. Eso sí, los prisioneros con triángulo de otro color tampoco tenían permitida la entrada en nuestro bloque. Debíamos permanecer aislados, malditos entre los malditos, como la «bazofia amariconada» del campo, condenados a ser exterminados y expuestos sin piedad a todos los tormentos que nos infligieran los SS y los capos.

La jornada empezaba con toda regularidad a las seis de la mañana —en verano nos despertaban a las cinco— y en sólo media hora debíamos lavarnos, vestirnos y hacer la cama al estilo militar, de forma que quedara lisa como una tabla. Si te quedaba tiempo, podías desayunar, lo que significaba sorber a toda prisa una aguada sopa de harina, caliente o templada, y deglutir el correspondiente mendrugo de pan. Luego teníamos que formar en filas de ocho en la explanada principal a pasar lista. A continuación íbamos a trabajar, en invierno de las siete y media de la mañana a las cinco de la tarde y en verano de las siete de la mañana a las ocho de la tarde, con un descanso de media hora en el lugar de trabajo. Después del trabajo, nuevo acuartelamiento en el campo e inmediata formación en la explanada para volver a pasar lista. Era el momento del recuento.

Agrupados por bloques nos dirigíamos a la explanada, marchando en formación cerrada, y ocupábamos en ella el sitio asignado de siempre. La formación matutina no era tan interminable como la temible formación vespertina, pues en la primera sólo contaban el número de personas en cada bloque, acción que sin embargo les tomaba su buena hora, y a continuación nos daban la orden de formar en brigadas de trabajo. Tanto en una formación como en otra, los que habían muerto también tenían que estar presentes, esto es, se ponían sus cadáveres al final de la fila de cada bloque y se incluían igualmente en el recuento. Sólo después de la formación, cuando el oficial ya los había tachado de la lista, los cadáveres eran llevados al depósito y, posteriormente, incinerados.

Los prisioneros lisiados también debían acudir a la formación. Muchas veces tuvimos que ayudar a andar, o cargar a cuestas, a compañeros que horas antes habían recibido una paliza de las SS. O arrastrarlos, medio congelados o con fiebre, sólo para que en el recuento cuadrara el número total de nuestro bloque. La falta de algún hombre de nuestro bloque significaba una manta de palos y probablemente más muertes.

La primera tarea que se asignó al grupo con el que llegué fue mantener limpia la zona exterior de nuestro bloque. Al menos eso fue lo que nos dijo el jefe de nuestra brigada de trabajo. En realidad, el objetivo era quebrar, mediante una labor sin sentido pero muy dura, el último rescoldo de independencia de espíritu que hubiera podido quedar en los nuevos prisioneros y aniquilar la poca dignidad humana que hubiéramos logrado conservar. Hubimos de hacer esta labor hasta que llegó un nuevo cargamento de prisioneros con triángulo rosa a nuestro bloque y nos relevó.

Nuestro trabajo consistía en lo siguiente: por la mañana debíamos trasladar la nieve del lado izquierdo de la calle de nuestro bloque a la parte derecha de la calle. Por la tarde teníamos que acarrear la misma nieve de vuelta a la parte izquierda. No teníamos carretillas ni palas para hacerlo, habría sido demasiado sencillo para nosotros los mariquitas. No, a nuestros amos de las SS se les había ocurrido una idea mejor.

Teníamos que ponernos los abrigos al revés, abotonados por la espalda, y acarrear la nieve en el hueco que formábamos con los faldones del abrigo. Pero estábamos obligados a echar la nieve en el abrigo con las manos, con las manos desnudas, pues no contábamos con guantes. Trabajábamos en grupos de dos. Veinte turnos de levantar la nieve con las manos y luego veinte turnos de llevarla al otro lado de la calle. Así hasta el atardecer, y todo a paso ligero.

Este tormento físico y psicológico, este estúpido martirio medieval, duró seis días, hasta que finalmente llegaron nuevos hombres con el triángulo rosa y nos relevaron. Para entonces teníamos las manos agrietadas y medio congeladas y nos habíamos convertido en esclavos embrutecidos e indiferentes de las SS.

Por otros prisioneros que llevaban en nuestro bloque un buen tiempo supe que en el verano los prisioneros recién internados realizaban el mismo trabajo, sólo que con tierra y arena.

Sin embargo, en lo alto del portón de entrada al campo estaba escrito con grandes letras el significativo lema nazi:

«El trabajo os hará libres»