Los hombres del triángulo rosa

Heinz Heger · Capítulo 6 de 11

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Los hombres del triángulo rosa

5. Los muchachos polacos y el capo gitano

 

El director del campo de Flossenbürg, un [17] Obersturmbannführer SS que

más adelante sería promovido a [18] Standartenführer; no se ocupaba mucho de la gestión interna del campo, delegándola en sus dos comandantes de

campo. Antes de entrar en las Waffen SS[19] había sido oficial del ejército, y probablemente su pasado militar era la causa del trato correcto que tenía con los presos, e incluso de que mostrara algunos rasgos humanitarios.

Su actitud contrastaba fuertemente con el mando brutal ejercido por sus subordinados de las SS. Por lo que recuerdo, en todo el tiempo en el que dirigió el campo nunca ordenó castigos corporales en el potro ni estuvo presente en la ejecución de los mismos. Al parecer, las torturas que los guardias SS infligían a los prisioneros, de las cuales con toda seguridad estaría enterado, le desagradaban tanto que a menudo no se dignaba aparecer por el campo en varias semanas. Sin embargo, aunque desaprobara los inhumanos castigos de los guardias, nunca hizo nada por impedirlos; y como, además, los presos políticos no gozaban de su especial favor le parecía que representaban un peligro para la seguridad del Reich, —prefería que fueran los criminales, los verdes, los que dirigieran el campo.

Un día, las autoridades del campo decidieron que en Flossenbürg debía formarse una orquesta de prisioneros, como las que ya había en otros campos de concentración, para «distraer» a los presos los domingos.

Como es obvio, la orquesta tenía que ser financiada por los presos, y tuvimos que comprar los instrumentos con nuestro propio dinero. Se organizó de inmediato una colecta, aunque en aquella época estaba oficialmente prohibido que los presos poseyéramos dinero alguno. El dinero en efectivo que llevaban consigo los prisioneros al ingresar en el campo o que les enviaban sus allegados durante su cautiverio era contabilizado en la escribanía del campo, donde se apuntaban las cantidades en una ficha. El dinero se depositaba físicamente en la caja del administrador del campo. No obstante, por más ilegal que fuera, la mayoría de los prisioneros conseguía mantener algo de dinero, especialmente los notables. Sólo a partir de 1942 se permitió que cada prisionero sacara 30 marcos al mes de su cuenta —si la tenía— y los llevara encima.

Cuando había que hacer colectas como esta, no se preguntaba a los prisioneros si querían donar dinero o no; sencillamente, los jefes de bloque de las SS revisaban la ficha con la cuenta de cada preso del bloque y determinaban la contribución supuestamente voluntaria del prisionero en función de la cantidad que figurara en la cuenta. De esta forma en las colectas se llegaban a recaudar las cantidades más desorbitadas.

Pocos días después de la colecta llegó un camión cargado de instrumentos musicales recién salidos de fábrica y se descargó en la explanada del campo. Como era de esperar, no todos los instrumentos estaban destinados a la orquesta de prisioneros, aunque nosotros hubiéramos pagado por todos ellos con nuestros donativos forzosos; antes, los oficiales de las SS pasaron revista y separaron su parte del león para su propia orquesta. Con un enorme cinismo, solían comentar que se había tratado de un regalo de los prisioneros.

A continuación se formó la orquesta. En ella tuvieron cabida también algunos compañeros míos de dormitorio que eran músicos profesionales. Se trasladó a los miembros de la orquesta a un dormitorio separado en el que vivían y ensayaban, a salvó de las torturas y mortificaciones de los guardias de las SS. El cantante de Praga, que había sido trasladado conmigo desde Sachsenhausen y con el que había entablado una buena amistad, fue uno de los convocados.

Poco tiempo más tarde se dio el primer concierto. Tuvimos que asistir los ocupantes de todos los bloques y escuchar las interpretaciones musicales sentados en el suelo de la lavandería. Era obligatorio acudir: las autoridades del campo determinaban y reglamentaban incluso nuestro tiempo de ocio y nuestras distracciones. Daba igual que nos gustara o no la música, o que, como generalmente ocurría, no estuviéramos de ánimo para conciertos. La escena era macabra: los mismos prisioneros que diariamente estábamos expuestos a los tormentos de las SS ahora teníamos que escuchar a la orquesta tocar «Qué hermoso es el mundo,…». Por más que la banda de música ejecutara las preciosas melodías de Franz Lehar, nadie podía olvidar ni por un instante su ignominiosa situación. Al menos, yo no.

El cantante de Praga tuvo que cantar arias de opereta, aunque le resultó difícil sacar de improviso la inspiración necesaria para entonar canciones tan alegres en medio de la miseria del campo. No obstante, después de tres o cuatro, recuperó su vena de cantante, y consiguió olvidar que seguía preso en un campo de concentración.

Una vez que, entonando una canción de la opereta «El estudiante mendigo» de Millöcker, estaba cantando «… la sin par muchacha polaca…», el comandante lo interrumpió de sopetón:

—Hemos conquistado Polonia, y está prohibido cantar a la belleza y los encantos de las mujeres de un enemigo vencido. Sólo la mujer alemana es bella y atractiva.

¡Lo que faltaba!

Tampoco dieron conciertos para los prisioneros con mucha frecuencia pues, como decía el comandante, un campo de concentración no es una granja de reposo, comparación que a nadie se le hubiera ocurrido ni en la mejor de sus intenciones. Los domingos, sin embargo, era habitual que la orquesta de prisioneros se formara en la explanada y tocara marchas y arias de opereta, como si se quisiera simular un ambiente de normalidad y desenfado en la vida del campo.

Al menos dos veces por año teníamos visitas oficiales. Tanto la Cruz Roja sueca como la finlandesa solían enviar un representante al campo. No creo equivocarme si afirmo que era el propio régimen nazi el que invitaba a estas delegaciones de la Cruz Roja a visitarnos, con objeto de mostrarles lo correctamente que funcionaban sus campos de concentración.

En ocasión de tales visitas la orquesta tocaba aires joviales y marchas en la explanada, y los prisioneros, en lugar de trabajar, estábamos obligados a pasear tranquilamente por las instalaciones. Los visitantes observaban desde la torre de guardia la pretendida vida pacífica del campo sin sospechar lo distintas que eran las cosas cuando ellos no estaban.

Cuando alguno de ellos insistía en querer visitar el interior del campo, generalmente lo conducían al bloque central, en donde vivían los criados de los oficiales de las SS. El bloque siempre estaba reluciente y en perfectas condiciones, pues los presos que ahí residían tenían mucho tiempo libre y se ocupaban especialmente de mantenerlo bien limpio. De hecho, tenían obligación de hacerlo, para que sirviera como escaparate cada vez que llegaba una visita oficial.

A los invitados no se les acercaba a los bloques de los judíos, pues, de hacerlo, las damas y caballeros de la Cruz Roja hubieran podido observar cómo tres o cuatro personas se veían obligadas a compartir una sola cama y cómo estaban virtualmente condenadas a morir de hambre. Si querían hablar con algún preso, se les ponía en contacto con algún criado de las SS al que previamente se le habían dado las instrucciones pertinentes sobre lo que debía decir. Y como ninguno estaba dispuesto a perder su cómodo puesto, que le permitía evitar el trabajo, y además sentían en la nuca el aliento de los puños de los guardias, afirmaban cuanto estaban obligados a decir. Con estos procedimientos se logró ocultar a la Cruz Roja Internacional la realidad de los campos de concentración y las torturas y sufrimientos que padecían los prisioneros. Y probablemente este es el motivo por el que levantó tanta indignación en las organizaciones humanitarias descubrir, tras el derrumbe del Tercer Reich, la verdadera situación de los campos de concentración, tan distinta de la que les habían mostrado y hecho creer durante sus visitas precedentes.

 

En el invierno de 1940 a 1941 llegaron los primeros convoyes procedentes de Polonia. Se trataba de polacos deportados a los campos por haberse resistido a las fuerzas alemanas de ocupación o por formar parte de grupos partisanos. Había de todas las edades, todos ellos deprimidos y desastrados, lo que hacía suponer que antes de llegar a Flossenbürg ya habían sufrido algunas atrocidades. Como las autoridades temían que formaran grupos entre ellos, los dispersaron entre los diferentes bloques.

Al cabo de unos cuantos días todos los decanos de bloque y capos, o por lo menos la mayor parte de ellos, ya se habían provisto de un joven polaco como sirviente, a los que se les llamaba chicos de la limpieza, aunque generalmente la función principal de estos muchachos era servir como amantes, es decir, debían compartir cama con su jefe y ser solícitos con él. Pero para los jóvenes polacos, que en poco tiempo se vieron repartidos para estos propósitos, la situación no era demasiado incómoda, pues todos ellos se dieron cuenta con mucha rapidez de que si no aceptaban ser amantes de un notable, con la consiguiente ración extra de alimentación que esto conllevaba, pronto sufrirían el hambre y tendrían que trabajar tanto como los demás prisioneros. Fue así como estos muchachos polacos, y tiempo después también los muchachos rusos, aceptaron de buen grado cualquier proposición que les supusiera un trabajo más liviano y un estómago más lleno.

Estos peluches, o muñecos, como se les llamaba en otros campos, generalmente tenían de 16 a 20 años. Pronto se volvieron unos sinvergüenzas, pues sin importar lo arrogante que fuera su actitud con los demás presos, contaban siempre con la protección de su amigo entre los notables. Por temor a la venganza de sus amos no se podía hacer nada en contra de los peluches, por lo que la solución más astuta consistía en quitarse siempre de en medio. Bastaba con observar su aspecto físico para advertir fácilmente quién mantenía algún tipo de relaciones con un decano de bloque o con un capo. En poco tiempo, gracias a la mejor alimentación, los jóvenes polacos se pusieron lustrosos como capones, mientras miles de prisioneros del mismo campo de concentración padecían las consecuencias del hambre.

Los presos que llevábamos el triángulo rosa seguimos siendo a los ojos de los demás presos unos «maricones de mierda», pero los mismos presos que nos insultaban y condenaban con estas palabras no parecían demasiado perturbados por las relaciones que decanos de bloque y capos mantenían con los muchachos polacos. Lo aceptaban con naturalidad limitándose a sonreír, incluso con un tonillo de aprobación. Muchos oficiales de las SS compartían este punto de vista, pues es evidente que conocían lo que sucedía con los muchachos polacos, si bien nunca se hablaba oficialmente de ello.

Y así, el modo en que tus propios compañeros te valoraban presentaba dos caras, como desafortunadamente sigue ocurriendo hoy día: lo que en unos casos se acepta y aprueba con una sonrisa, está completamente prohibido cuando se confiesa abiertamente o cuando te cuelgan el sambenito. Las relaciones homosexuales entre dos individuos supuestamente normales se pasan por alto tildándolas de recurso de emergencia, mientras que las mismas relaciones entre dos hombres homosexuales, aunque tengan profundos sentimientos de afecto el uno por el otro, son consideradas marranadas, algo sucio y repugnante.

 

Coincidiendo así con la llegada de los polacos a Flossenbürg, el decano de mi bloque, de quien yo era el amigo íntimo, fue nombrado decano de campo (LA I) por el director.

Como debía trasladarse a un bloque distinto, en el que estaba ubicada la oficina del campo, tuvimos que romper nuestra relación, porque obviamente no era posible que yo, un prisionero de triángulo rosa, lo visitara en su nuevo dormitorio. Además, él no quería llamar la atención y dar pie a que sus rivales lo denunciaran por ser también un 175. Si hubiera podido probarse, y mi convivencia con él habría sido una prueba segura de ello, semejante delación a la comandancia del campo habría acarreado no solamente su inmediata destitución, sino también un fuerte castigo para ambos.

La última vez que mantuvimos relaciones íntimas, al despedirse de mí me explicó los motivos de la separación, y yo me sentí muy conmovido y triste. Él, sin embargo, me aseguró que siempre estaría agradecido por mi lealtad, y sobre todo por mi silencio, que seguiría protegiéndome y que podría contar en todo momento con su ayuda. Romper con él me resultó muy difícil, si bien no se puede decir que nuestros lazos fueran demasiado idealistas, pues habían surgido más bien del instinto de supervivencia. Aun así, lo estimaba mucho por las numerosas ocasiones en las que me había prestado ayuda, que yo casi siempre consideraba como si me hubiese salvado la vida. Continuó ayudándome durante mis restantes años de cautiverio, siempre que me metía en algún problema o que me amenazaba algún castigo corporal. Nunca rompió la promesa que me hizo al despedirse de mí. Para mí fue y será siempre un hombre honorable, aunque hubiera tenido por oficio forzar cajas fuertes y allanar moradas y, probablemente, continúe dedicándose a lo mismo.

Después de esta ruptura no tardé en recibir ofrecimientos de otros capos y decanos de bloque verdes para que entablara relaciones íntimas con ellos, pues no todos querían tener a un muchacho polaco como amante; algunos los encontraban demasiado jóvenes, y otros poco entretenidos, pues por aquel entonces los peluches sólo hablaban polaco.

Para mantener mi puesto de empleado de oficina y recibir comida adicional que me ayudara a seguir vivo, me vi obligado a aceptar una nueva relación. De hecho, por mi parte era casi imposible rechazarla, porque los capos sabían de mi antigua relación con el actual decano del campo, que había durado varios meses, y este les había relatado lo discreto que yo era y lo deliciosa que mi experiencia resultaba en la cama. Además, declinar un ofrecimiento me habría acarreado inmediatamente el odio de todos los capos y una persecución que con toda seguridad me habría supuesto la muerte.

Por lo que no me quedaba otro remedio que ponerme nuevamente bajo la protección de un decano de bloque o de un capo, que me mantendría alejado de más proposiciones, me conseguiría raciones adicionales de comida y se aseguraría de que no perdiera mi puesto de escribano. Como contrapartida yo tenía que ser su amante siempre que mi protector tuviera deseos. Todo tiene un precio.

Mi nueva relación empezó con algunas complicaciones. En realidad había tres capos que me deseaban como amante y que se disputaban mis servicios. Naturalmente, a mí no se me permitía elegir, pues carecía del poder para hacerlo; únicamente se me dijo: «Uno de nosotros será tu nuevo amigo», y tuve que esperar con impaciencia para saber a quién le tocaría como botín.

La disputa duró dos días; la noche del segundo día un capo de mi brigada de trabajo me reveló que me había comprado y que sería mi próximo amante. Era un gitano húngaro, conocido entre los prisioneros, los notables del campo e incluso las SS por chalán y por sus trapicheos comerciales. Tenía montada una pequeña red de trueque con la cocina, la enfermería y el almacén de ropa. Le podías comprar lo que fuera, desde un pan entero hasta un anillo de diamantes o un buen par de zapatos. Siempre tenía dinero de sobra. Para conseguir quedarse conmigo lo único que hizo fue sobornar con dinero a los otros dos pretendientes para que se retiraran de la subasta y no pudiera surgir ninguna disputa entre ellos.

Con 30 años recién cumplidos, el gitano era un verdadero feschak, como decimos en Viena, un hombre apuesto; alto, delgado y en buenas condiciones físicas a pesar de llevar ya dos años en el campo de concentración. No obstante estar rapado como todos, el color negro azabache de sus cabellos era evidente. Tenía labios carnosos y ojos oscuros, que sacaban llamas cuando hacía el amor y se encendían de odio cuando estaba celoso —y siempre estaba celoso de cualquiera que se me acercara—. Al cabo de unos pocos días ya estaba locamente enamorado de mí y me conseguía cualquier deseo de ropa o comida que saliera de mis labios.

Estaba en tratos y practicaba febrilmente el trueque con los presos que trabajaban en el almacén de ropa. Como los recién llegados tenían que desprenderse sin previo aviso de sus prendas de vestir para a continuación ser conducidos a las duchas y recibir el uniforme de la prisión —sin oportunidad de volver a ver sus prendas—, cuando la ropa era enviada al almacén frecuentemente se encontraban joyas y dinero cosidos en su interior. Los SS, obviamente, lo sabían, y eran los primeros en acercarse al almacén a fisgar en busca de tesoros ocultos. Pero los suyos eran casi siempre unos registros superficiales, para no verse sorprendidos por un superior y tener que entregar el botín recién obtenido. De manera que los presos que trabajaban en el almacén encontraban todavía una buena cantidad de dinero y joyas cosida a las ropas, dinero y objetos preciosos que usaban para comprar más comida y alcohol. Y estos últimos se los suministraba mi nuevo amigo gitano.

Por increíble que parezca, le podías comprar hasta alcohol. Como siempre trabajaba en una brigada externa, fuera del recinto vallado del campo — siempre había algún trabajo de albañilería o pintura que hacer en las viviendas de los SS situadas fuera del campo—, entraba a menudo en contacto con la población del lugar. Aunque nunca llegó a decírmelo, probablemente actuaba en connivencia con el sargento encargado de su brigada, pues siempre podía comprar a la población civil unos litros de aguardiente barato de maíz a cambio de un alto precio. El problema principal consistía en introducirlo en el campo, ya que los SS de guardia revisaban exhaustivamente a todos los presos al volver del trabajo para que no se introdujeran artículos prohibidos.

Pero a mi amigo capo pasar de contrabando el alcohol no le suponía una gran dificultad. Por lo general introducía la mercancía clandestinamente utilizando tubos galvanizados de entre tres y cinco metros de largo, que se necesitaban para las conducciones de agua del campo. Unos días antes se las arreglaba para que le llevaran unos cuantos tubos al lugar donde trabajaba su brigada en el exterior. Allí, los limpiaban, los rellenaban y luego los sellaban de tal manera que en el interior del tubo los corchos quedaran a unos veinte centímetros del extremo. De esta manera los guardias sólo podrían advertir los corchos si efectuaban una inspección muy precisa. Al volver por la tarde al campo de concentración, se llevaban los tubos y se depositaban junto a la puerta de entrada mientras se revisaba a los presos. Cuando daban la orden de entrar, los presos, que obviamente participaban en todo el enredo, alzaban los tubos con toda tranquilidad, entraban y los depositaban en el almacén de materiales de construcción, desde donde posteriormente se sacaba el alcohol.

A mi nuevo amigo nunca le faltaban las ideas cuando se trataba de sacar dinero de la nada. Si había dinero de por medio sólo se preocupaba por sí mismo, pero si no, también se ocupaba de mí. Mantenía la fidelidad de los hombres que trabajaban en su brigada, y que eran sus cómplices en el contrabando de alcohol, amenazándolos con que mataría al primero que se chivara al jefe de las SS de la brigada de trabajo. Nunca fue traicionado, y prosiguió su negocio con el alcohol sin mayores impedimentos.

Por otra parte, el gitano repartía entre su brigada de trabajo —o mejor dicho, entre su brigada de contrabandistas— buena parte de los ingresos y nunca se comportó de manera brutal ni le gustaron las palizas, por lo que nunca dio a ningún prisionero motivo fundado para que se volvieran en su contra. Su lema era «cada cual a lo suyo». Su equipo lo sabía, y todos observaban una férrea disciplina. También eran conscientes de que hacía negocios con muchos hombres de las SS y que no le habría costado mucho esfuerzo deshacerse de quien no estuviera por la labor. El grupo permanecía unido por una mezcla de miedo y ambición; tal era el lazo que los unía.

Desde mi escritorio en los almacenes de la división de construcción podía observar claramente todo lo que pasaba en la explanada y en la torre de vigilancia de la entrada. Si los centinelas de las SS salían de sus salas de guardia y formaban, era señal de que el director del campo estaba a punto de entrar en el recinto de los prisioneros para llevar a cabo una inspección. También las oficinas de los comandantes de campo de las SS quedaban al alcance de mi vista, por lo que enseguida me daba cuenta de si iban a efectuar una patrulla por el campo. Igualmente podía seguir de cerca a los presos que encerraban en las celdas de arresto, el búnker, y a los recién llegados al campo. Me resultaba enormemente entretenido y satisfacía mi curiosidad.

A finales de febrero de 1941, un día vi desde la ventana de la oficina que un furgón de la policía entraba por el portón principal y se detenía justo enfrente de los calabozos del búnker. Estos calabozos solían usarse como celdas para castigos especiales. Un Obersturmbannführer de las SS perfectamente uniformado y centelleante de cordones plateados y condecoraciones saltó del furgón junto con una elegante y joven dama, vestida con un reluciente traje de noche plateado que dejaba al descubierto sus níveos hombros. Iba muy enjoyada, con zapatos plateados de tacón alto.

Al principio pensé que el oficial de las SS y su dama habrían tenido algún problema mecánico con el coche y que en el furgón de la policía habrían hecho el trayecto que les faltaba hasta el campo, al que acudirían para alguna inspección. Pero cuando vi que a ambos los encerraban en las celdas individuales del búnker y que el furgón se marchaba enseguida, sentí ganas de averiguar más detalles. Por la noche le conté a mi amigo capo este extraño nuevo ingreso, y él no tardó en demostrar gran interés, particularmente en las joyas de la dama. No me sorprendió lo más mínimo, pues conocía su talento para organizar golpes.

Mi amigo se enteró de todos los detalles de la extraña pareja esa misma noche: habían sido detenidos en un palco de la ópera de Hamburgo, víctimas de una denuncia, y trasladados inmediatamente a Flossenbürg. El Obersturmbannführer de las SS era un oficial destinado en el frente. Había obtenido grandes méritos y había sido distinguido con muchas condecoraciones, entre otras la Cruz de Caballero, que desafortunadamente no alcancé a ver cuando lo trajeron. Su dama en realidad era un joven muchacho de diecinueve años, soldado de las Waffen SS, que estaba de permiso en Hamburgo. Era hijo de uno de los mayores magnates de clubes nocturnos del Reeperbahn hamburgués.

Permanecieron en celdas separadas hasta la liberación del campo en abril de 1945 y en todo ese tiempo nunca se les permitió salir del calabozo durante el día. Tiempo después supe que a cada uno de ellos —por separado, claro está— se les dejaba salir una hora por la noche, a respirar aire fresco y estirar

las piernas. Por órdenes expresas del [20] Reichsführer Heinrich Himmler — conocido popularmente como «Reichquique»— se les mantenía en las celdas, sin que hubiera mediado juicio ni sentencia, apartados del resto del mundo — incluso del mundo del campo de concentración— porque las SS no querían que un oficial de tan alto rango de sus propias filas se mezclara con los prisioneros y tuviera que llevar un brazalete con el triángulo distintivo. Y mucho menos el brazalete más despreciado, el del triángulo rosa de los homosexuales. En el alto mando de las SS estaban avergonzados y consternados de que tan distinguido oficial pudiera ser homosexual y ultrajar de modo tan grosero la pureza de la raza superior. Como deseaban que no se supiera nada de este caso de degenerados en las filas de las SS, habían decidido hacerlos desaparecer en los calabozos de un campo de concentración.

Pocas veces se le pudo ver la cara a la «dama», y eso sólo de noche. Al muchacho se le permitió seguir con vida y no ser liquidado inmediatamente —como seguramente hubieran preferido los líderes de las SS para deshacerse de un testigo de tal vergüenza— gracias a las influencias que tenía su padre con los peces gordos del partido nazi, lo que a buen seguro hubo de costarle una considerable cantidad de dinero.

Mi amigo capo me contó que el muchacho disfrazado de mujer tenía el rostro de una muchacha de perturbadora belleza, y que a pesar de las lágrimas que derramaba no le faltaba olfato para los negocios. El gitano hubo de saberlo, púes hizo sus negocios con el hijo del magnate de Hamburgo a través de los presos que trabajaban en labores de limpieza en el búnker: a cambio de sus joyas —que resultaron ser auténticas y valiosas y terminaron separadas en varios lotes de diamantes, perlas y anillos de oro— el muchacho consiguió tanto para él como para el oficial de las SS abundantes raciones adicionales de comida. A mi entender fue un buen gesto de su parte.

Gracias a estos trapicheos de joyas por comida ninguno de los dos tuvo nunca que pasar auténtica hambre. Además, el padre del muchacho no tardó en mandarle una buena cantidad de dinero. Sin embargo, de lo único que no se pudieron librar fue del confinamiento solitario. En 1945, cuando se liberó el campo, los oficiales de las SS quisieron fusilarlos, pero fueron capaces de escapar, aprovechando el caos generalizado, vestidos de civiles.

Vale añadir que mi amigo el gitano hizo el negocio de su vida y se hizo rico. Aunque se aprovechara de muchas situaciones de necesidad, nunca excluyó a nadie, es decir, nunca engañó a nadie ni cogió ninguna mercancía sin dar la contraprestación equivalente. Siempre permaneció fiel a su lema «cada cual a lo suyo», y esto lo convertía en un buen socio en los negocios, en un buen compañero de prisión y en un buen capo.