Los hombres del triángulo rosa

Heinz Heger · Capítulo 11 de 11

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Los hombres del triángulo rosa

10. El final y la vuelta a casa

 

Una mañana de domingo del mes de enero de 1945 se convocó a todos los prisioneros alemanes a reunirse en la explanada. La llamada fue tan repentina e inesperada que inmediatamente corrió toda suerte de rumores y bulos; nadie sabía qué podría querer de nosotros la jefatura del campo. Con gran incertidumbre formamos en filas de cinco y esperamos al director; según iba cundiendo poco a poco el rumor entre nosotros, se preparaba para darnos un aviso importante. En total éramos unos mil hombres, pues los judíos alemanes no estaban incluidos en la convocatoria por su condición de no arios.

Tras una larga hora de espera, a eso de las nueve de la mañana aparecieron el director y su secretario, junto con los dos comandantes del campo y un numeroso enjambre de oficiales de las SS. Todos lucían su uniforme de gala y todas sus órdenes y condecoraciones, como para dar un toque de importancia al acto. El decano del campo rindió su informe habitual y a continuación el director comenzó su alocución.

Empezó diciendo que los presos alemanes habíamos demostrado, mediante nuestro trabajo voluntarioso y diligente en la fábrica de armamento, que la sangre alemana seguía corriendo por nuestras venas y que con ello habíamos prestado un gran servicio a la patria. Ahora teníamos el deber de defender a esa patria, a la nación alemana que nos pertenecía a todos y que estaba en gran peligro, amenazada por todos lados. Había llegado el momento de que todos y cada uno de nosotros demostráramos que podíamos entregarnos en cuerpo y alma al Reich alemán. Se nos informaba de que en adelante todos los reclusos alemanes de los campos de concentración dejábamos de ser prisioneros y de que, después de un período de prueba, seríamos nuevamente aceptados como miembros de pleno derecho de la comunidad alemana. A todos los presentes que estuviéramos en buenas condiciones físicas se nos adiestraría en el uso de las armas y formaríamos batallones de «hombres lobo». No nos estaría permitido abandonar el campo, pero seríamos libres en los demás sentidos. Y a todos los ex prisioneros alemanes que fuéramos aptos para las armas y que fuéramos incorporados a los batallones de hombres lobo se nos daría un brazalete blanco con las letras

LP — [27] Lagerpolizei— escritas en negro, que significaba policía del campo.

Después de habernos enterado del motivo de la reunión, marchamos de vuelta a nuestros barracones envueltos en una gran confusión. Muchos estábamos en contra de que nos dieran formación militar, pues temíamos que nos enviarían al frente a una muerte segura justo en los momentos en los que el régimen hitleriano se derrumbaba. Pero otros eran partidarios de la idea: esperaban obtener armas que podrían usar contra las SS y los nazis.

Los batallones de hombres lobo, como los nazis llamaban a sus grupos partisanos alemanes, tenían la función de desplegar acciones de guerrilla detrás de las líneas aliadas y perturbar al enemigo con intervenciones militares en las zonas ocupadas de Alemania. Ante esta idea descabellada de convertirnos a los prisioneros del campo en hombres lobo, sacudí la cabeza y me dije: me opongo a la Alemania de Hitler, por lo que sus enemigos no son enemigos míos; además nunca me he sentido alemán, sino austríaco; ¿y ahora los prisioneros de los campos de concentración, que durante años hemos sido maltratados, torturados, humillados y degradados por los nazis, encima vamos a ayudar a que se mantenga su régimen de opresión y de locura racista, sólo para que nos pongan otra vez tras una alambrada de espino después de cumplir con la patria? Y eso si no la diñamos antes.

No, de ninguna manera. Me oponía por completo. El canto de sirena del director no me había impresionado. Sin embargo, en mi calidad de prisionero con el triángulo rosa no me atrevía a expresar abiertamente mi opinión a los demás, y menos aisladamente. Sólo comenté a algunos pocos presos austríacos:

—Mirad, la Marca Oriental de Hitler pronto se irá al garete, y nuestra Austria resurgirá de nuevo. Mantengámonos fuera del asunto. Lo de jugar a los hombres lobo es para los nazis y sus secuaces. Nosotros esperaremos a que los estadounidenses o los rusos nos liberen del campo.

Y eso fue lo que hicimos. Recibimos los brazaletes blancos, que no era aconsejable rechazar, pero con la firme resolución de que, si en verdad nos enviaban detrás de las líneas aliadas a efectuar sabotajes, aprovecharíamos la primera oportunidad para entregarnos a los rusos o a los estadounidenses y colocarnos bajo su protección.

Tres presos alemanes que se tomaron demasiado en serio las promesas del director y se alejaron un poco del campo mientras trabajaban con su brigada, sintiéndose con derecho a ello por ser ya hombres libres y ex prisioneros, fueron abatidos a tiros por las patrullas de las SS, que habían reforzado su presencia en el perímetro del recinto. Con este hecho se puso en evidencia que nada había cambiado, que seguíamos bajo el látigo de las SS, La única diferencia es que ahora nuestro destino era ser carne de cañón, para que los jerarcas nazis mantuvieran su poder unos cuantos días más.

En las oficinas de las SS las estufas no dejaban de arder, los oficiales se esmeraban en destruir todas las pruebas escritas de sus actos criminales y sus herramientas de exterminio. Quemaban todas las fichas y expedientes de los prisioneros condenados, junto con las fustas y varas con las que solían pegarnos. Como si con ello pudieran borrar la vergüenza de los actos cometidos en los campos de concentración.

Inesperadamente, un día de marzo de 1945 se escuchó decir que los tanques estadounidenses se acercaban a nuestro campo y que en poco tiempo lo rodearían y nos liberarían. Todos los guardias SS del campo y las patrullas que estaban de servicio fuera de él, todos lo que llevaran un uniforme de las SS, desaparecieron, refugiándose en los bosques aledaños. El campo quedó sin guarnición.

Los gritos de alegría de los prisioneros lo invadieron todo. De las ventanas se colgaron sábanas blancas, que también se extendieron sobre los tejados de los barracones en señal de rendición pacífica. Ya no había que pensar en la posibilidad de ser utilizado como hombre lobo, pues la libertad nos saludaba desde la vuelta de la esquina anunciándonos el fin del ignominioso y miserable cautiverio en el campo de concentración.

Las mujeres del burdel salieron del bloque especial bailando a la explanada, a lo que se unió el júbilo indescriptible de todos los prisioneros. Los nuevos policías del campo no dábamos abasto en nuestro afán de evitar saqueos y más devastaciones. El decano del campo quería entregarlo ordenadamente a los estadounidenses que se acercaban y había avisado que no se toleraría ningún exceso por parte de los prisioneros. También anunció que en poco tiempo tenía la intención de dar a todo prisionero una buena ración de salchichas, pan y vino provenientes de los almacenes de las SS, lo que provocó como es lógico que el júbilo aumentara.

De pronto, sin embargo, los guardias de las SS volvieron y ocuparon nuevamente el campo: de los estadounidenses no había ni rastro. Todo volvía otra vez a su sitio, y los presos volvieron a sus barracas, profundamente decepcionados y abatidos, con la cabeza gacha. Los guardias de las SS retomaron el control, no sin sorprenderse de que la policía del campo no hubiera permitido que se desatara el caos. La vida en el campo continuó como antes y nada cambió. Aunque se trataba solamente de una apariencia superficial.

El trato que los guardias dispensaban a los prisioneros se suavizó notablemente: tampoco ellos creían ya en una victoria de la Alemania de Hitler, por lo que no se atrevían a seguir maltratándonos. Continuábamos saliendo todos los días en formación hasta nuestros puestos de trabajo en la fábrica de armamento, pero ya no podía decirse que fuera un trabajo en toda regla, solo deambulábamos por ahí, discutiendo sobre el cercano fin del Reich nazi y la mejor forma para regresar a nuestros hogares.

Con la aproximación de los estadounidenses, algunos suboficiales de las SS se habían hecho con ropas de los prisioneros, pensando en pasar inadvertidos y desaparecer en medio de la confusión provocada por la inminente liberación. Muchos lo consiguieron, aunque con pocas excepciones todos fueron encarcelados y condenados posteriormente por las potencias de ocupación. Algunos de estos canallas de las SS tuvieron incluso la desfachatez de recoger entre los prisioneros firmas en certificación de que siempre se habían comportado con corrección y decencia con ellos y de que nunca habían tomado parte en los excesos cometidos. No faltaron prisioneros que firmaron, a cambio de unos cuantos cigarrillos. Había llegado el momento de que nuestros guardias de las SS mostraran su verdadero rostro. Veía claramente que también ellos deseaban sobrevivir a la caída de la Alemania de Hitler y que temían la venganza y la ira desatada de las víctimas de los campos de concentración, a las que con tanto celo habían maltratado. Pero ¿tenían derecho a sobrevivir, después de haber actuado como bestias todos esos años? Yo no les deseaba la muerte, ni que sufrieran las mismas torturas a las que nos habían sometido, pero sí quería que fueran castigados.

El 20 de abril de 1945, a las cinco de la mañana, la sirena sonó y los altavoces anunciaron que todos los prisioneros debíamos reunirnos en la explanada, formados por bloques, llevando todas nuestras pertenencias. Todos los años el 20 de abril, cumpleaños de Hitler, se hacía una celebración muy temprano por la mañana, para que no se interrumpiera la jornada de trabajo. Todos sabíamos que esta vez no podía tratarse de la tradicional fiesta anual de cumpleaños del Führer; la situación de Alemania, escenario de la guerra, era demasiado grave para ello.

De hecho, el director nos comunicó que el campo sería evacuado en vista de que el enemigo se acercaba, y que de inmediato nos trasladaríamos a pie al campo de concentración de Dachau. Recalcó expresamente que aquel que no aguantara el paso o que se saliera de la formación sería inmediatamente abatido a tiros por la escolta de las SS. La situación debía de ser muy desesperada, pues nos pusimos en marcha sin más dilaciones: había comenzado el éxodo de los miserables. Los guardias de las SS tenían todavía poder total sobre nosotros y lo aprovecharían para darnos una muestra final de su brutalidad, sin importar que en el aire se respirara ya el derrumbamiento del Tercer Reich.

Yo me había juntado con otros cinco austríacos, todos con el triángulo rosa, y marchábamos juntos en esta miserable caravana de prisioneros de Flossenbürg. Los seis estábamos decididos a aprovechar la primera oportunidad para separarnos de la columna y buscar la forma de volver a nuestro país.

La procesión debía dirigirse a Dachau pasando por Cham, Straubing, Mengkofen, Landshut y Freising, pero únicamente a través de caminos secundarios, lo que casi duplicaba el trayecto. No podíamos dejar de pensar que el propósito real no era llevarnos a Dachau sino aniquilarnos durante el camino, de agotamiento o por los tiros de los guardias. Muchos prisioneros cayeron extenuados durante la marcha, sencillamente no podían seguir caminando dada su debilidad. Todos ellos fueron rematados por la escolta de las SS, o abandonados a su suerte en la cuneta. Aunque los guardias de las SS debían intuir o tener la certeza de que su régimen se derrumbaba irremediablemente y de que pronto llegaría el día en que tendrían que rendir cuentas, no por ello se abstuvieron de masacrar a los prisioneros exhaustos. Me resultaba una actitud incluso más execrable que sus anteriores torturas, pues mostraba que eran ajenos a todo sentimiento humano y que su apoyo fanático al Reich nazi sólo cesaría cuando ellos mismos fueran destruidos.

Nuestra marcha iba dejando una estela de cadáveres ensangrentados por el camino. Los habitantes de las zonas por las que atravesábamos se veían forzados a enterrar a nuestros muertos para prevenir epidemias, pero apenas los cubrían de tierra, en parte por falta de tiempo y en parte por el temor al cada vez más cercano frente de batalla.

La noche del 22 de abril de 1945 acampamos en una zona recientemente reforestada en las cercanías de Cham. Agotados tras tres días de viaje, muchos prisioneros tenían los pies completamente cubiertos de llagas. Muchos preferían ya morir a continuar con la marcha; la apatía producto del abatimiento y la fatiga hacía estragos.

A la mañana siguiente, muy temprano, nos asaltó una extraña sensación de intranquilidad. Los prisioneros murmuraban sin parar, y entonces los que éramos alemanes nos dimos cuenta de que durante la noche nuestra escolta de las SS había puesto pies en polvorosa sin hacer el menor ruido y nos había dejado solos. En cuanto nos cercioramos de que esto era cierto ya no hubo, forma de controlar a nadie. Los prisioneros saquearon de inmediato los víveres y medicamentos y destruyeron todo cuanto recordaba el campo de concentración. Reinaba una gran confusión: los años de opresión y esclavitud dieron rienda suelta a una furia de destrucción.

Los seis austríacos decidimos separarnos de inmediato y abandonar el grupo. Temíamos que los guardias de las SS estuvieran escondidos en las inmediaciones y pudieran ametrallar a todos los prisioneros, que no cesaban de celebrar su liberación ruidosamente.

De una cosa estábamos seguros: los estadounidenses o los rusos no debían de andar muy lejos, de no ser así los guardias no habrían huido de nuestra columna de prisioneros. Avanzamos con mucha cautela en dirección a Passau, temerosos de caer todavía en las manos de guardias de las SS errantes o de policías militares alemanes, que con toda seguridad nos habrían masacrado sin contemplaciones. Al mismo tiempo nos esforzábamos en descubrir la presencia de tropas o tanques aliados, sin que encontráramos aún ninguno. Al parecer nos estábamos moviendo en tierra de nadie en medio de las dos líneas de fuego, un lugar que podía resultar muy peligroso.

Cuando oscureció nos detuvimos en una granja y pasamos la noche acurrucados en el heno de un pajar. Por fin estábamos solos y en paz, libres de los guardias de las SS. No sabíamos lo que el futuro nos depararía, pero, ciertamente, para, nosotros no podría ser peor que los años sufridos bajo el nazismo.

Quise subir a la granja para procurarnos algo de comida y avisar al amo de que teníamos intención de establecernos en el pajar durante la noche, pero mis compañeros tuvieron miedo de que nos delatara y nos entregara a una patrulla de la policía militar alemana. Desmonté sus argumentos, seguramente bien fundados, diciéndoles que las tropas estadounidenses debían de estar muy cerca ya, y que el granjero no se atrevería a entregarnos a los alemanes pues correría el riesgo de que los aliados se enteraran, lo que supondría la destrucción de su granja. Propuse entonces que habláramos con el amo, que le pidiéramos comida y cobijo, y que le explicáramos que si nos trataba bien se ganaría el favor de los estadounidenses.

Finalmente accedieron a mi propuesta, y tres de nosotros subimos a la granja a hablar con el amo, tal como habíamos acordado. Las precauciones que tomábamos pueden sonar ahora un poco infantiles, pero nosotros, prisioneros de un campo de concentración, estábamos tan habituados a no confiar en nadie que considerábamos nuestra cautela mera cuestión de supervivencia. No queríamos abrir una puerta que nos devolviera a los brazos del fascismo: sólo queríamos salvar la vida.

El granjero, sorprendido de que le pidiéramos algo que podíamos haber tomado por las buenas, nos agasajó de manera exquisita. Después de darnos de comer abundantemente insistió en que durmiéramos en su casa, pero declinamos la invitación aduciendo que nuestra ropa estaba en condiciones desastrosas y que preferíamos pasar la noche en el pajar.

Al despuntar el alba nos despertó un estridente matraqueo de cadenas. Nos despabilamos inmediatamente y de un salto salimos para ver si los tanques que se aproximaban eran alemanes o estadounidenses. Al ver que el primer tanque llevaba pintada una estrella blanca, desplegamos una bandera blanca que teníamos preparada y corrimos de inmediato a su encuentro agitándola mientras gritábamos: ¡campo de concentración!, ¡campo de concentración! Los tanques se detuvieron; seguramente nos habían reconocido de inmediato como ex prisioneros de campos de concentración por nuestros harapos a rayas. Del primero de ellos se abrió la escotilla, sin que las ametralladoras dejaran de apuntar hacia nosotros, y vimos cómo aparecían la cabeza y los hombros de un oficial estadounidense, que nos miraba inquisitivamente.

Tal como habíamos planeado, yo, que había estudiado, saqué a relucir mis conocimientos de idiomas y dije en buen inglés académico:

—Señor, somos presos políticos austríacos de un campo de concentración y solicitamos su ayuda y protección.

El oficial soltó una gran carcajada y, para nuestra sorpresa, respondió en alemán con un fuerte acento austríaco:

—¿Alguno de vosotros es de Viena?

—Sí, señor, yo —me apresuré a contestar en inglés, sin darme cuenta de que el oficial estadounidense se había dirigido a nosotros en puro dialecto vienés.

—¡Pues habla en alemán, tonto del culo! —exclamó con una carcajada, y luego saltó del tanque y se acercó a nosotros.

Llenos de júbilo le estrechamos la mano a él y a los demás soldados que salieron de los tanques. No cabíamos de felicidad: después de haber anhelado durante tanto tiempo ser libres, finalmente lo éramos. Y ya nadie nos podría quitar nunca la libertad.

Los estadounidenses nos dieron cigarrillos a raudales y un montón de tabletas de chocolate: parecía que nos quisieran cebar hasta matarnos. El oficial nos relató que había nacido en Viena, en el barrio de Leopoldstadt, y que había vivido allí hasta que en 1938 emigró con sus padres, ocho días antes de que Hitler invadiera Austria. La segunda cuña de sus tropas nos llevaría de vuelta a Austria, a la libertad.

Hubimos de esperar unos días en Passau, pues los soldados habían detectado en la ribera opuesta del Danubio, en suelo austríaco, algunas escaramuzas y todavía esperaban que quedaran restos de la fortaleza alpina de los alemanes. Los seis permanecimos con la unidad de tanques al mando del mayor vienés-estadounidense, que dio orden de que nos alimentaran abundantemente. Nosotros, como contraprestación, ayudábamos en la cocina y en todo lo que podíamos, lo que nos valió el reconocimiento y los parabienes del jefe de cocina. Todos los soldados nos trataron con deferencia y en todo momento fueron obsequiosos con nosotros.

Finalmente pudimos cruzar a Austria y en unos días llegamos a la ciudad de Linz, sin que encontráramos casi resistencia de la Wehrmacht alemana. Los estadounidenses se detendrían ahí, pues la Baja Austria y Viena ya habían sido ocupadas por los rusos. A los seis prisioneros liberados del campo de concentración nos comunicaron que podíamos desplazarnos por la zona occidental y sur de Austria, pero que por el momento no teníamos permitida la entrada en la zona rusa.

Como el correo austríaco todavía funcionaba y había comunicación con Viena, escribí inmediatamente a mi madre para decirle que estaba vivo y razonablemente sano, y que volvería a Viena en cuanto obtuviera la documentación necesaria. En sólo cuatro días recibí su respuesta en la oficina de correos. Tras unas conmovedoras palabras de alegría, me aconsejaba que fuera a Linz, a casa de mi hermana, que había sido evacuada a esa ciudad en 1943.

Mi llegada fue una gran sorpresa para ella. Se había casado y tenía dos hijos. Me recibió con mucha alegría y me obligó a permanecer con ella cuatro semanas, durante las cuales se prodigó en mimos y cuidados para que me restableciera de los años en los campos de concentración. Mi recuperación psíquica fue más lenta, y tardé en superar la angustia mental que me invadía. Continuamente, especialmente por las noches, creía que me encontraba aún prisionero en el campo. Solamente gracias al cariño y a la paciencia infinita de mi hermana empecé poco a poco a sentirme mejor: finalmente estaba de vuelta en un hogar y vivía con mi familia.

Después de esas cuatro semanas recuperándome no había nada que pudiera detenerme; necesitaba volver a Viena, volver a casa junto a mi madre, sobre todo después de que mi hermana me contara la trágica muerte de mi padre. Una vez que tuve en mis manos la documentación necesaria y que en el mismo puente sobre el río Enn la comandancia rusa me concedió el permiso de entrada, viajé embargado por la impaciencia a mi ciudad, a mi hogar en Viena.

Mi madre y yo derramamos lágrimas de felicidad al volver a vernos, tras tantos años de separación en los que nunca supo si yo estaba vivo o muerto, lágrimas de felicidad que se mezclaron con lágrimas de amargura por la suerte que había corrido mi padre. Otra vez estábamos juntos, nos teníamos el uno al otro: ella a su hijo, flaco y marcado por los largos años de cautiverio en el campo de concentración; yo a mi cariñosa madre eternamente preocupada por mí, que nunca había perdido la esperanza de abrazarme de nuevo con vida, en mi hogar, y que había tenido que esperar seis años a que llegara ese día.

Una vez más estaba en mi cuarto, rodeado de los libros de mis años de estudiante, una visión que me deparaba consuelo y seguridad a la vez. Todo seguía en su sitio, nada había cambiado en esa habitación desde el día en que la Gestapo me llamó y no pude volver. Sólo nosotros habíamos cambiado, mi madre y yo. Yo, por la violencia y la represión, mi madre por las preocupaciones y el dolor. De alguna manera nos habían sacado de una vida normal.

Deseaba retomar y terminar los estudios que años antes había iniciado, pero, no tenía la fuerza ni la voluntad que el estudio requiere. No podía alejar de mi mente las terribles torturas del campo de concentración ni olvidar las tremendas brutalidades de los esbirros de las SS. Empezaba escuchando al profesor, pero pronto mi mente divagaba: pensaba en el campo, veía ante mis ojos las escenas de tortura, olvidaba que estaba en clase. También en los momentos tranquilos me sucedía lo mismo, las imágenes del campo acudían, espantosas, a mi mente, imágenes que no podré olvidar mientras viva. Hoy, hace tiempo que la gente ha dejado de hablar de los sufrimientos y de las matanzas en los campos de concentración, la gente de hoy no quiere recordarlo en absoluto, pero nosotros, quienes estuvimos prisioneros en uno de esos terribles lugares, no podremos olvidar jamás cuanto nos hicieron.

Solicité la reparación que me correspondía por los años que pasé prisionero en los campos, pero la autoridad democrática la rechazó: en calidad de prisionero de triángulo rosa, de homosexual, había sido condenado por un delito penal, aunque nunca hubiera hecho daño a nadie, como ocurrió en mi caso. No se conceden compensaciones a ex prisioneros enviados a campos de concentración por delitos penales. Tuve entonces que buscarme un empleo en una oficina comercial, que no satisfacía mis ambiciones profesionales pero que al menos me daba para vivir.

Al principio, durante los primeros días posteriores a mi regreso, en el vecindario cuchicheaban y rumoreaban sobre mí, un «marica» del campo de concentración. Pero como yo llevaba una vida muy retirada y nunca me vi involucrado en ningún escándalo de homosexuales, me dejaron en paz con mis ocupaciones, si bien nunca nadie se dignó acercarse a mí en un gesto de compasión. Al principio no me afectaba, pues en esa primera época tras mi regreso no sentía necesidad de hablar con nadie. Luego, sin embargo, ese rechazo hacia mi persona me deprimía y me desconsolaba. Los homosexuales, vivamos en Viena o en cualquier otra parte, aunque llevemos una vida decente, recibimos el desprecio de nuestros congéneres y somos discriminados por la sociedad igual que hace treinta o cincuenta años. El progreso de la humanidad no se ha detenido en nosotros.

La pena de muerte por homicidio o asesinato se ha abolido por cuestiones humanitarias, y lo celebro. Pero ¿por qué a nosotros, los homosexuales, nos siguen tratando de forma tan inhumana, por qué continúan persiguiéndonos y nos condenan los tribunales como lo hacían en tiempos de Hitler? Es cierto que nuestra tan abierta sociedad actual acepta la homosexualidad a su manera, con obras de teatro y películas sobre él tema, pero al mismo tiempo nos desprecia y nos persigue. Tendrán que ser la ciencia y las organizaciones humanitarias las que ilustren a las gentes y a la sociedad acerca de la homosexualidad y pongan fin a esta contradicción.

Hasta que esto suceda, tendremos que continuar viviendo en la sombra de la sociedad, e ir sobrellevando a tragos una existencia francamente incompatible con la dignidad humana.

Muy poco se ha escrito sobre el hecho de que junto con los millones de seres humanos que Hitler aniquiló cruelmente por motivos «raciales», cientos de miles de personas fueron torturadas con sadismo hasta la muerte por el mero hecho de tener sentimientos homosexuales. Muy pocos han dado a conocer hasta ahora que la locura de Hitler y sus acólitos no iba dirigida solamente contra los judíos, sino también contra nosotros los homosexuales, en ambos casos con el propósito de la «solución final», el aniquilamiento absoluto de estos seres humanos.

Que nunca sean olvidadas

estas multitudes de muertos,

nuestros anónimos

e inmortales mártires.

Terminaste Los hombres del triángulo rosa

Heinz Heger

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