Los hombres del triángulo rosa
4. Flossenbürg
Durante el camino los guardias de las SS que nos custodiaban nos dijeron que se nos trasladaba al campo de concentración de Flossenbürg. En Sachsenhausen ya había oído hablar de ese lugar a algunos prisioneros. Contaban que en ese campo las condiciones de vida eran tan malas como en el nuestro, por lo que no debíamos abrigar esperanzas de tiempos mejores. En este aspecto, todos los campos de concentración eran igual de brutales.
El campo de Flossenbürg estaba en Steinpfalz, en el norte de Baviera, cerca de la frontera checa, a unos setecientos metros sobre el nivel del mar. La ciudad más cercana era Weiden. Había sido construido sobre una suave ladera, no muy alejado del pueblo de Flossenbürg. A pesar de la hermosura del paisaje, con un antiguo castillo en ruinas del siglo catorce que se erguía pintoresco en el horizonte, Flossenbürg no deja de ser un sitio de infausta memoria para decenas de miles de personas: el dolor y tormento que en él sufrieron lo maldecirán para siempre.
Cuando nuestro convoy, formado por tres camiones, llegó a Flossenbürg y nos descargaron en la explanada, nos sorprendió ver que no estábamos ante el mismo circo que se acostumbraba montar en Sachsenhausen para los recién llegados, esto es, gritos, insultos y golpes. Nuestra llegada al campo nos pareció por lo menos más civilizada, y no la percibimos como una experiencia desagradable.
De los más de cien presos de Sachsenhausen transferidos a Flossenbürg, sólo cinco llevábamos el triángulo rosa: un cantante checo, de Praga, de 35 años; un funcionario austríaco de Graz, de 42 años; un joven de 24 años de Salzburgo, de quien se decía que había sido oficial de las Juventudes Hitlerianas; otro vienés y yo, ambos de 22 años. Al igual que en Sachsenhausen, nos destinaron al «bloque de los maricas», que en Flossenbürg solamente ocupaba el ala A, esto es, solamente había un dormitorio para homosexuales.
En esa época el ala albergaba ya a más de doscientos prisioneros y, como en Sachsenhausen, era obligatorio que la luz estuviera encendida durante toda la noche, si bien no en todo el bloque, sólo en el «ala de los maricas». También allí había que dejar las manos sobre la manta mientras dormíamos. Al parecer esta regla estaba vigente en todos los campos de concentración que tuvieran barracas para homosexuales. La regla no dejó de aplicarse hasta un año más tarde, cuando disolvieron el ala y nos separaron en grupos más pequeños que distribuyeron entre los demás bloques.
Un guardia nos condujo a nuestra barraca y, una vez allí, nos entregó al jefe de bloque de las SS. Este hizo que permaneciéramos de pie durante un buen rato, mientras un grupo de ocho o diez capos se juntaba a nuestro alrededor y nos examinaba con detenimiento. Yo ya no era tan ingenuo como para no saber el motivo por el cual un grupo de notables —que incluía a los capos— nos observaba de esta manera: buscaban nuevos amantes entre los recién llegados. Como yo no tenía aún mucha barba, aunque estuviera cerca de cumplir los 23 y aparentara ser más joven de lo que en realidad era, y como me había repuesto un poco gracias a las raciones adicionales que me conseguía mi capo de Sachsenhausen, estaba en el punto de mira de los capos, que revoloteaban a nuestro alrededor. Me di cuenta de su especial interés en mí por los abiertos comentarios que hacían. Parecía que los cinco recién llegados hubiéramos aterrizado en el mercado de esclavos de la antigua Roma.
De pronto, el sargento de las SS y el decano del bloque salieron del dormitorio y pusieron fin a la «inspección» de los capos. El sargento de las SS nos leyó las normas especiales que regían para el bloque de homosexuales y, mientras lo hacía, el decano de bloque permaneció en pie detrás de él, mirándonos bien y con la misma idea en la cabeza que la que antes habían tenido los capos. Sus ojos me miraron fijamente durante un buen rato, y noté que una sonrisa de satisfacción surgía en su rostro. Cuando el sargento se marchó, el decano del bloque, que tenía que asignarnos las camas, inmediatamente se me acercó y me dijo:
—¡Eh, tú!, muchacho, ¿quieres venir conmigo?
—Sí, claro respondí de inmediato, sabiendo muy bien a qué se refería. Mi pronta aceptación lo impresionó un poco.
—Eres un chico listo, y eso me gusta —me dijo, dándome unas palmadas en el hombro.
Como Sachsenhausen, el campo de Flossenbürg estaba dirigido por los verdes. En otras palabras, la gran mayoría de los decanos y capos provenían de las filas de los criminales comunes y, como es natural, también el decano del campo y el Obercapo.
Mi nuevo amante resultó ser un delincuente profesional de Hamburgo, muy estimado en su medio como forzador de cajas fuertes. Los prisioneros lo temían por su brutalidad, e incluso sus colegas capos le tenían miedo, pero conmigo fue bondadoso y considerado. Medio año más tarde fue nombrado decano del campo, puesto en el que permaneció hasta que los estadounidenses liberaron el campo de concentración. Incluso tiempo después, cuando yo ya no era su amante, pues se había escogido un joven polaco, siguió protegiéndome. Me salvó la vida en más de diez ocasiones y aun hoy, más de veinticinco años después, todavía le estoy muy agradecido. Ahora vive de nuevo en Hamburgo, aunque no he tenido contacto con él desde abril de 1945.
Mis nuevos compañeros de prisión me contaron que el sargento SS de nuestro bloque era muy perspicaz, que estaba siempre preparado para imponer castigos, que no sonreía nunca ni mostraba sentimiento alguno, pero que tampoco le ponía nunca la mano encima a ningún prisionero. Después de que los cinco recién llegados hicimos nuestras camas en el modo prescrito y colocamos nuestras escasas pertenencias en el casillero asignado, tuvimos que formar de nuevo para que nos tomaran los datos personales. El jefe de bloque de las SS pasó revista a la fila de los cinco acompañado por un prisionero que hacía de secretario, y nos hizo más preguntas de lo que uno se pudiera imaginar.
Cuando llegó mi turno, me miró a los ojos y fue como si una chispa de entendimiento hubiera saltado de su mirada a la mía. No consigo encontrar las palabras adecuadas para describirlo, pero sentí una especie de descarga eléctrica en los pocos segundos que duró el intercambio de miradas. Nunca me dirigió demasiadas palabras mientras estuve en su bloque, pero a menudo pude notar que se me quedaba mirando.
En una ocasión, un sargento de las SS me golpeó por no haberme quitado a tiempo el gorro en su presencia. Él salió corriendo de su despacho y le gritó:
—¡Deja en paz a ese hombre!
El sargento me soltó de inmediato y se largó con viento fresco mascullando «ya veremos, ya veremos». El jefe de bloque se quedó mirándome fijamente con expresión grave y después volvió a su despacho. Varias veces lo sorprendí mirando hacia donde yo estaba, mientras él se sentía inobservado. Nunca hablé de esto con los demás prisioneros, ni siquiera con mi amigo, el decano del bloque, pero tenía la sensación instintiva de que yo no le resultaba indiferente, de que era uno de los nuestros, con la misma tendencia sexual de los prisioneros que llevábamos el triángulo rosa.
Él ocultaba sus sentimientos rechazando todo contacto personal con los prisioneros y manteniendo un comportamiento rígido e intransigente. Por la más mínima contravención de las normas del campo, y eso quería decir algo tan nimio como un golpe de tos en un momento inoportuno o la falta de un botón, ordenaba que se dieran al prisionero de cinco a diez bastonazos en el potro, la pena habitual. Pero nunca se quedaba a ver en persona el castigo y, en una ocasión en la que se vio obligado a estar presente, giró la cara hacia atrás para no mirar. A mediados de 1941 se presentó como voluntario para ir al frente ruso y desapareció de nuestras vidas para siempre.
Los homosexuales estábamos asignados en brigadas de doce a quince hombres y debíamos trabajar, bajo las órdenes de un jefe de brigada de trabajo de las SS, un capo y un capataz, en la cantera de granito que había en el campo de Flossenbürg. De ella se obtenían y preparaban los sillares y bloques para los grandes proyectos de construcción de Hitler, para puentes de autopistas y otras obras por el estilo. En la cantera se habían levantado grandes naves en las que se alojaban los talleres de cantería y de esmerilado, donde los bloques de granito recibían su forma definitiva y el acabado deseado.
La tarea de extraer, dinamitar, tallar y labrar los bloques era extremadamente ardua, y solamente estábamos asignados a ella judíos y homosexuales. La cantera se cobró muchas vidas como resultado del gran número de accidentes, la mayoría de los cuales eran provocados deliberadamente por las SS y los capos.
Es muy probable que los conductores que circulan hoy por las autopistas alemanas no sepan que cada bloque de granito que las bordea está manchado con la sangre de hombres inocentes, de hombres que no hicieron mal a nadie y que sin embargo fueron condenados a pudrirse y reventar en los campos de concentración por el único motivo de tener una religión, una nacionalidad, una opinión política o una preferencia sexual distintas. Cada uno de los pilares de granito que sostienen los viaductos de las autopistas alemanas costó la vida a innumerables víctimas, un mar de sangre y una montaña de cadáveres humanos. Hoy, mucha gente está encantada de que estos hechos se cubran con un velo de silencio y olvido.
Gracias a mi relación con el decano de bloque, el capo encargado de la brigada me asignó trabajos menores en la cantera, trabajos que no por eso dejaban de ser también muy duros. No habría podido aguantar el agotador ritmo de cada día de no haber sido porque mi amigo me procuraba todos los días raciones adicionales de comida.
Al igual que el campo, la cantera de granito estaba rodeada completamente de alambre de espino y vigilada dentro y fuera por centinelas de las SS. No se permitía que los prisioneros se acercaran a menos de cinco metros de la alambrada. Quien lo hiciera, recibía los disparos mortales de los guardias sin aviso previo, ya que la transgresión estaba considerada como intento de fuga. Por liquidar a un prisionero en «intento de fuga» los hombres de las SS obtenían un permiso especial de tres días.
No resulta difícil imaginar el celo que ponían los guardias de las SS en organizar fugas de esta naturaleza con objeto de conseguir un permiso. En el tiempo relativamente corto que trabajé en la cantera vi por lo menos en diez ocasiones cómo uno de los guardias le quitaba la gorra a un prisionero, la tiraba a la alambrada y ordenaba al prisionero que fuera a recogerla. Como es natural, este trataba de rehusar, porque sabía que hacerlo significaría una muerte segura. Los guardias lo golpeaban de tal manera que lo único que le quedaba al pobre diablo era elegir el tipo de muerte que prefería: morir apaleado por las bestias de las SS o asesinado a tiros en el supuesto intento de fuga.
También hubo, en varias ocasiones, más de un prisionero desesperado que corrió hacia la alambrada para que lo abatieran a tiros, y poder librarse así del dolor, del hambre y del trabajo agotador.
Cuando se abatía a un prisionero en la cantera, los demás teníamos que tumbarnos inmediatamente en el suelo y permanecer con la cabeza agachada hasta que el supuesto fugitivo, que no siempre moría en el acto, era retirado en angarillas. A menudo teníamos que permanecer tirados en el suelo hasta una hora y media. Sólo que esta espera inmóvil no nos la ponían nada fácil, pues aquel que se moviera un poco recibía de los guardias de las SS una patada en la cabeza o un furioso puntapié en los riñones que casi siempre hacían perder el sentido. Sólo en verano se podía aguantar un poco mejor esta obligación; con lluvia, o en los días de invierno, era más que dolorosa, precisamente la intención que perseguían los SS.
En la cantera, una forma de tortura cuya práctica con los judíos y homosexuales era muy apreciada por los SS consistía en hacer que los prisioneros que ya estaban físicamente al borde de sus fuerzas enloquecieran. Un oficial de las SS que ejercía tareas de vigilancia elegía arbitrariamente a cualquier persona, aunque no hubiera hecho nada, y le colocaba un balde de metal en la cabeza. Dos hombres lo sujetaban mientras los SS y los capos golpeaban en el balde con palos. El ruido atronador, amplificado por el balde, ocasionaba en la víctima un pánico tan grande que perdía por completo la cabeza y su sentido del equilibrio quedaba destruido. Entonces, se le retiraba el balde de la cabeza de sopetón y se le empujaba hacia la alambrada. El infeliz, sin sentido de la orientación, difícilmente podía corregir su andadura a tiempo, por lo que casi siempre entraba en la zona prohibida de los cinco metros y caía abatido por las balas. Este tipo de juegos era el pasatiempo favorito de los guardias de las SS, que no temían que por ello se les aplicara ninguna medida disciplinaria, ya que sus víctimas eran homosexuales y judíos cuyo exterminio y aniquilación estaban decididos de antemano.
Después de trabajar unas dos semanas en la cantera, me trasladaron a otra brigada por iniciativa de mi amigo, el decano de bloque. Se trataba de la división de construcción, encargada de todas las obras que debían realizarse en el área del campo de concentración de Flossenbürg, tanto dentro como fuera del mismo. La división de construcción se dividía a su vez en varias brigadas, una para cada una de las diferentes obras. Yo entré a trabajar como escribano en el almacén de materiales y de esa manera conseguí un puesto cómodo y agradable en el que mi vida ya no corría peligro todos los días como antes. ¡Lo había logrado!
El único motivo por el que obtuve este puesto de secretario se debió a que había superado mi período de prueba como amante del decano de bloque, y además, sin llamar la atención. El período de prueba no consistía tanto en el tiempo más o menos prolongado pasado en la compañía íntima de mi amigo, sino en que el decano del bloque hubiera quedado convencido de mi silencio y discreción.
Los notables sentían un gran temor hacia mi decano, pero también lo respetaban y, como casi todos ellos eran también verdes, mi amante venía a ser una especie de jefe del hampa. Se llevaba muy bien con los oficiales de las SS; los continuos regalos que les hacía, si bien no los ablandaban por completo, sí le permitían granjearse un talante amistoso. Se trataba generalmente de pequeñas manufacturas artesanales hechas por los prisioneros, como barcos vikingos pintados o metidos en botellas, acuarelas, cestos de paja u otros objetos de mimbre, que los presos hacían a cambio de cigarrillos o pequeños paquetes de comida. Los oficiales de las SS se interesaban mucho por este tipo de objetos porque podían venderlos a buenos precios fuera del campo. Se comprende así que mi decano de bloque consiguiera comprarse el favor de muchos oficiales de las SS y tejer una red de poder tanto entre los presos ordinarios como entre sus compañeros capos. Su influencia era tan grande que, como ya he mencionado, a finales de 1940 las SS lo nombraron decano del campo.
Como es natural también tenía sus enemigos, especialmente entre los presos políticos, a quienes les habría gustado hacerse con la jefatura de los prisioneros del campo. Fue así como en los primeros días de mi relación con él, varios rojos, esto es, presos políticos, fueron a verme a la cantera, aunque ellos vivían en otro bloque y pertenecían a una brigada de trabajo distinta. Querían averiguar lo que había entre nosotros, cómo me trataba y si me había hecho proposiciones sexuales. Su estrategia para sonsacarme consistió en preguntarme entre bromas cosas de este estilo: «¿la tiene grande?», «¿te lo hace todos los días?», o «¿es tan cariñoso como parece?».
El propósito de estas preguntas en clave de broma era sacar a la luz que teníamos una relación homosexual, algo que oficialmente estaba prohibido. Tiempo después comprendí que su intención era lograr que lo destituyeran como decano de bloque, para así poner fin a su influencia en el campo. De esta manera los verdes habrían perdido su posición de poder entre los notables del campo, en beneficio de los rojos.
No permití que se me escapara nada, ni que quedara la impresión de que había algo entre nosotros. Respondía a sus preguntas irónicas con un «si quieres saberlo, pregúntaselo a él, no sé de qué me hablas». Porque si algo sabía perfectamente es que si llegaban a enterarse de lo más mínimo, me harían trizas en la lucha por el poder que se desataría entre verdes y rojos. Además, si llegaba a probarse un delito homosexual se imponían penas muy severas, que a menudo acababan con la muerte de los dos culpables. Por lo menos así sucedía en 1940; tiempo después las costumbres del campo se relajaron un poco.
Como era de esperar, mi decano de bloque no desconocía la intentona que habían hecho para arrebatarle el puesto, y por ciertos círculos de prisioneros se había enterado también de su posible nombramiento como decano del campo; tampoco le pasó desapercibido mi obstinado silencio sobre nuestra relación. Como agradecimiento utilizó sus influencias para que se me asignara la tarea de escribano en el almacén de la división de construcción, puesto que precisamente estaba vetado a los presos con el triángulo rosa.
—Eres de una pieza, muchacho —me dijo benévolo, dándome un fuerte golpe en la espalda—. Me gusta, y me gustas aún más por eso, aunque preferiría una conejita.
Por ser de una pieza él entendía alguien que no abre la boca y al que no se le escapa nada, ni siquiera bajo amenazas. Esta burda confesión de amor, incluso con la apostilla de que prefería a las mujeres, me hizo sentir cierta alegría y, sobre todo, me dio la sensación de estar protegido. Desde ese día me sentí muy unido a él.
Cuando un prisionero era sentenciado a recibir una paliza, esta se llevaba a cabo en el potro y todos los demás prisioneros de su bloque tenían que acudir a ver el castigo. Si el castigo se ejecutaba en la explanada, todos los presos del campo tenían la obligación de asistir.
El potro era una estructura de madera, parecida a un banco, sobre la que se colocaba al prisionero boca abajo, atado a la altura de la cintura, con la cabeza y el torso colgando hacia un lado y las piernas hacia el otro, de modo que las nalgas sobresalieran hacia arriba. Luego se tiraba de las piernas hacia los lados y se ataban fuertemente a los pies del banco. Sólo el hecho de ser atado al potro era una tortura tremenda, pero el tormento mayor empezaba con los golpes. Había varios instrumentos para atizar a la víctima, desde correas de perro hasta varas de madera, si bien en la mayor parte de los casos se usaba la temida fusta de piel de buey.
Para impartir el castigo generalmente se utilizaba a sargentos de las SS designados por el jefe de campo y, de entre ellos, a los más sádicos, que solían presentarse voluntarios. Me refiero, claro está, a los castigos oficiales impuestos por los comandantes de campo de las SS. Sin embargo, muchos jefes de bloque y jefes de brigadas de trabajo, todos de las SS, también imponían despóticamente sus castigos sobre el potro, con total impunidad, aunque entonces las penas no se llevaban a cabo al aire libre, sino en las oficinas o en los talleres. Pasaba con frecuencia que al condenado se le ocurría ponerse dos calzoncillos o meterse bajo los pantalones algo que fuera capaz de mitigar los golpes. Pero si lo sorprendían con algún tipo de protección, se doblaba el castigo y se le azotaba en las nalgas desnudas.
En una ocasión se condenó a un preso checo, compañero de mi dormitorio, a recibir veinticinco azotes en el potro, la mayor cantidad que estaba permitido propinar en una tanda: había sido sorprendido mientras intentaba fugarse. Después de la formación vespertina, fue atado a un potro instalado frente a nuestro bloque y todos los presos del ala A, los maricas, tuvimos que formar filas para presenciar el castigo. Se nos suprimió, además, la cena de ese día.
El comandante del campo, un [16] Obersturmführer de las SS de unos 45 años, corta estatura y rostro siempre bien afeitado, era una bestia repugnante. Cuando pillaba a un hombre de triángulo rosa en la menor infracción al reglamento, lo condenaba a recibir una paliza en el potro. Por lo menos cada dos días se ejecutaba un procedimiento de esta naturaleza frente a nuestro bloque, y él siempre acudía en persona.
Cuando llegó el momento del castigo al homosexual checo de mi dormitorio, después de atarlo al potro apareció con la fusta un sargento de las SS, conocido por su brutalidad en los azotes. La víctima sería azotada en las nalgas desnudas. La costumbre establecía que cada vez que recibía un zurriagazo, el condenado debía decir el número del azote en voz alta, y, si se equivocaba al contar o si el dolor le impedía hacerlo con voz suficientemente alta, el golpe no contaba. De modo que con frecuencia la víctima recibía casi un número doble de golpes.
El sargento de las SS empezó a azotarlo, chasqueando la fusta en el aire mientras el checo gritaba y gemía desesperadamente de dolor. Con los primeros azotes la piel del desgraciado se abrió y la sangre empezó a brotar, pero el sargento continuó golpeando sin perturbarse, siempre asegurándose de que la víctima dijera los números en voz audible, aunque fuera en checo.
El comandante no se apartó un solo momento y contempló la ejecución con interés más que evidente: cada vez que caía un latigazo, los ojos se le encendían, y al cabo de unos cuantos golpes todo su rostro estaba colorado de excitación y lujuria. Había hundido las manos en los bolsillos del pantalón y todos pudimos observar que se masturbaba, sin que le importara un bledo nuestra presencia. Una vez satisfechos sus bajos instintos, el muy cerdo se marchó: no le interesaba más el resto del castigo.
Finalmente se cumplieron los veinticinco latigazos; el checo temblaba y gemía, pero no lo desataron de inmediato. El sargento de las SS ordenó al capo médico, que siempre estaba presente en los castigos, que pincelara con yodo las nalgas ensangrentadas del pobre hombre, con lo cual este continuó gritando de dolor.
Cuando finalmente lo soltaron, tuvo que incorporarse a nuestras filas, aunque aún temblaba del dolor y la sangre le teñía de arriba abajo los pantalones de dril. Como castigo adicional, todo los presos del ala A, casi doscientos hombres, tuvimos que permanecer de pie frente al bloque hasta la medianoche, porque había sido uno de los nuestros el que había intentado fugarse, Permanecer de pie quería decir no moverse un ápice: a quien se tambaleara un poco o tratara de aliviar el agarrotamiento moviendo los pies, los guardias de las SS, siempre vigilantes, le propinaban los consabidos golpes.
En más de treinta ocasiones pude ver con mis propios ojos cómo el comandante se satisfacía contemplando los latigazos que se infligían a los condenados al potro, y el deleite y la lascivia con que sus ojos seguían cada azote y grito de dolor.
Una vez sucedió que un preso de triángulo rosa, por más latigazos que le daban, no emitía el más mínimo gemido; por más fuertes que fueran los golpes de los guardias, los cerrados labios del desdichado hombre no pronunciaban sonido alguno. El comandante, privado de parte de su perverso placer, le espetó al prisionero:
—¿Por qué no gritas, maricón de mierda? ¡Seguro que te gusta, soplapollas! —y, dirigiéndose al guardia de las SS que blandía la fusta, añadió: ¡Empieza otra vez desde el principio y no pares hasta que el muy cerdo grite!
El guardia lo golpeó con tanta saña que la piel se fue abriendo en jirones con cada latigazo y la sangre chorreó hasta el suelo. La callada víctima entró en razón: se puso a chillar como un animal y a pedir que lo socorriéramos, algo que los demás no podíamos hacer. El comandante de las SS, jadeante de ansias y de placer, se hurgó salvajemente en los pantalones hasta que satisfizo su sevicia onanista.