
Maximina
La boda con la que suelen terminar las novelas es aquí el principio. Miguel Rivera vuelve a Pasajes para casarse con una muchacha piadosa y timidísima, casi una niña, y se la lleva a un Madrid de redacciones, pasillos del Congreso y visitas de cumplido donde ella nunca acaba de saber estar. Palacio Valdés sigue el matrimonio por dentro: el hijo recién nacido, el periódico que cierra, el acta de diputado que no llega, la ruina, un piso barato en Chamberí. Lo mejor está en lo que se callan. Él empeña el reloj y le dice que lo tiene el relojero, y termina corrigiendo pruebas en una imprenta por tres pesetas al día. La sátira política es afilada, pero lo que pesa es el último tramo: el autor acababa de perder a su mujer, que se llamaba Maximina.






