Moby Dick
CVI.- La pierna de Ahab
grandes que toda Asia, ambas Américas, Europa, África, Nueva Holanda y todas las islas del mar reunidas.
Además: si hemos de considerar que, por la gran longevidad que se supone en las ballenas, probablemente alcanzan la edad de un siglo o más, por tanto, en cualquier momento, deben ser coetáneas varias generaciones adultas. Y de lo que es eso, podemos hacernos pronto alguna idea imaginando que todos los cementerios, camposantos y panteones familiares de la creación entregasen los cuerpos vivos de todos los hombres, mujeres y niños que vivían hace setenta y cinco años, añadiendo esta incontable hueste a la actual población humana del globo.
Por tanto, para todas estas cosas, consideramos a la ballena como inmortal en cuanto especie, por más que sea perecedera en su individualidad. Nadaba por los mares antes que los continentes salieran a la superficie; nadaba antaño sobre la sede actual de las Tullerías, del castillo de Windsor y del Kremlin. En el diluvio de Noé, despreciaba el Arca de Noé, y si alguna vez el mundo ha de inundarse otra vez, como los Países Bajos, para exterminar las ratas, entonces la eterna ballena seguirá sobreviviendo, y alzándose sobre la cresta más alta de la inundación en el ecuador, lanzará a los cielos el chorro de su desafío espumeante.
CVI.- La pierna de Ahab
La manera precipitada como el capitán Ahab había abandonado el Samuel Enderby de Londres no dejó de ir acompañada de alguna ligera violencia para su propia persona. Se posó con tal empuje sobre una bancada de la lancha, que su pierna de marfil recibió un choque que la dejó medio astillada. Y cuando, después de alcanzar su cubierta, y su propio agujero de pivote en ella, giró vehementemente para dar una orden urgente al timonel (como siempre, era algo sobre que no gobernaba con la debida inflexibilidad), entonces el marfil ya transformado recibió de nuevo tal contorsión y retorcimiento que, aunque siguió entero y, según todas las apariencias, sólido, Ahab ya no lo juzgó del todo digno de confianza.
Y, en efecto, no había mucho de que extrañarse si, con toda su loca indiferencia general, Ahab a veces concedía cuidadosa atención al hueso muerto sobre el cual se apoyaba en parte. Pues no mucho antes de que el Pequod zarpase de Nantucket, le habían encontrado una noche tendido en el suelo, sin sentido: por algún accidente desconocido, inimaginable y al
parecer inexplicable, su pierna de marfil se había desplazado tan violentamente, que le había herido como empalándole y casi le había perforado la ingle, y no sin grandes dificultades se curó por completo la dolorosa herida.
Entonces no dejó de metérsele en su monomaníaca cabeza que toda la angustia del sufrimiento entonces presente era sólo el resultado directo de una desgracia anterior, y le pareció ver con sobrada claridad que, del mismo modo que el más venenoso reptil del pantano perpetúa su especie tan inevitablemente como el más dulce cantor del bosque, así del mismo modo que las felicidades, todos los acontecimientos lamentables engendran su semejanza por naturaleza. Sí, y aún más todavía, pensaba Ahab, ya que, tanto los antecesores cuanto los descendientes del dolor llegan más lejos que los antecesores y descendientes de la alegría. Pues, para no aludir a lo que se puede inferir de ciertos escritos canónicos, que, mientras ciertos gozos naturales de aquí no tendrán hijos que les nazcan para el otro mundo, sino que, al contrario, han de ser seguidos Buidos por esa esterilidad de alegrías que será toda la desesperación del infierno, en tanto que ciertas culpables miserias mortales engendrarán con fecundidad una progenie eternamente progresiva
de dolores más allá de la tumba; para no aludir a esto en absoluto, parece seguir habiendo cierta desigualdad en el análisis más profundo de la cuestión. Pues, pensaba Ahab, mientras aun las más altas felicidades terrenas tienen siempre una cierta mezquindad insignificante acechando en ellas, y en cambio todos los dolores del corazón, en el fondo, tienen un significado místico, y, en algunos hombres, una grandeza arcangélica, del mismo modo la diligente averiguación de su ascendencia no desmiente esa deducción obvia. Rastrear las genealogías de tan altas miserias mortales nos lleva al menos hasta las primogenituras sin fuentes de los dioses; de modo que, frente a todos los alegres soles cosechadores de heno, y frente a todas las lunas de suaves címbalos y redondeadoras de las mieses, hemos de asentir a esto: que ni los propios dioses están alegres para siempre. La señal de nacimiento, imborrable y triste, en la frente del hombre, no es sino el sello de la tristeza que hay en los señaladotes.
Incautamente, se ha divulgado aquí un secreto, que quizá hubiera sido más adecuado revelarlo antes como era debido. Con otros muchos detalles referentes a Ahab, siempre siguió siendo un secreto para algunos que,