Moby Dick
XXIII.- La costa a sotavento
¡Cuidado, cuidado! Vamos, Bildad, muchacho; di adiós. Mucha suerte, Starbuck…, mucha suerte, señor Stubb…, mucha suerte, señor Flask…
Adiós, y mucha suerte a todos… y de hoy en tres años tendré una cena caliente humeando para vosotros en la vieja Nantucket. ¡Hurra, y vamos!
-Dios os bendiga, y manteneos en Su santa observancia, muchachos -
murmuró el viejo Bildad, casi incoherentemente-. Espero que ahora tendréis buen tiempo, de modo que el capitán Ahab pueda pronto andar entre vosotros; un sol agradable es todo lo que necesita, y ya lo tendréis de sobra en el viaje al trópico adonde vais. Tened cuidado en la caza, marineros. No desfondéis los botes sin necesidad, arponeros; las cuadernas de buena madera de cedro blanco han subido el tres por ciento este año. No olvidéis tampoco vuestras oraciones. Señor Starbuck, fíjese que el tonelero no desperdicie las duelas de repuesto. ¡Ah, las agujas para las velas están en la caja verde! No pesquéis mucho en los días del Señor, muchachos; pero tampoco desperdiciéis una buena ocasión, que es rechazar los buenos dones del Cielo. Tenga ojo con la caja de la melaza, señor Stubb; me pareció que se salía un poco. Si tocan en las islas, señor Flask, cuidado con la fornicación. ¡Adiós, adiós! No guarde mucho tiempo ese queso en la bodega, señor Starbuck: se estropeará. Cuidado con la manteca: a veinte centavos estaba la libra, y fijaos, si…
-¡Vamos, vamos, capitán Bildad, basta de cháchara; vamos! -Y diciendo esto, Peleg le empujó apresuradamente por la banda, y los dos se dejaron caer en el bote.
Barco y bote se separaron; la fría y húmeda brisa nocturna sopló entre ellos; una gaviota volvió chillando por encima; las dos embarcaciones se agitaron locamente; lanzamos tres hurras con el corazón oprimido, y nos sumergimos ciegamente, como el hado, en el solitario Atlántico.
XXIII.- La costa a sotavento
Varios capítulos atrás se habló de un tal Bulkington, un marinero alto, recién desembarcado, a quien encontré en la posada de New Bedford.
Cuando, en aquella ateridora noche de invierno, el Pequod metía su vengadora proa en las frías olas malignas, ¡a quién vi, de pie en la caña, sino a Bulkington! Con respetuosa simpatía y con temor miré a aquel hombre que, recién desembarcado en pleno invierno de un peligroso viaje de cuatro años, podía volver a lanzarse otra vez, con tal falta de sosiego,