Moby Dick
LXII.- El arponeo
-Está muerto, señor Stubb -dijo Daggoo. -Sí; las dos pipas han dejado de echar humo.
Y, retirando la suya de la boca, Stubb esparció por el agua las cenizas muertas, y, por un momento, se quedó contemplando pensativo el enorme cadáver que había hecho.
LXII.- El arponeo
Una palabra en relación con un episodio del último capítulo.
Conforme a la costumbre invariable de la pesca de la ballena, la lancha se aparta del barco con el jefe, el que mata la ballena, como timonel interino, mientras el arponero, el que hace presa en la ballena, va en el remo de proa, el llamado remo del arponero. Ahora, se necesita un brazo fuerte y nervudo para disparar el primer hierro clavándoselo al pez, pues a menudo, en lo que se llama un disparo largo, el pesado instrumento ha de ser lanzado a la distancia de veinte o treinta pies. Pero, por prolongada y agotadora que sea la persecución, el arponero tiene que tirar mientras tanto del remo con todas sus fuerzas; más aún, se espera que dé a los demás un ejemplo de actividad sobrehumana, no sólo remando de modo increíble, sino con repetidas exclamaciones, sonoras e intrépidas; y lo que es eso de seguir gritando hasta el tope de la capacidad propia, mientras los demás músculos están tensos y medio sacudidos, lo que es eso, no lo saben sino los que lo han probado. Por mi parte, yo no puedo gritar con toda mi alma y al mismo tiempo trabajar de modo inexorable. Así, en esa situación tensa y aullante, de espaldas al pez, de repente el exhausto arponero oye el grito excitante:
«¡De pie, y dale!».
Entonces tiene que dejar y asegurar el remo, dar media vuelta sobre su base, sacar el arpón de su horquilla, y con la escasa fuerza que le quede, tratar de clavarlo de algún modo en la ballena. No es extraño entonces que, tomando en su totalidad la flota entera de balleneros, de cada cincuenta ocasiones de arponeo no tengan éxito cinco; no es extraño que tantos malhadados arponeros sean locamente maldecidos y degradados; no es extraño que algunos de ellos se rompan efectivamente las venas en la lancha; no es extraño que algunos cazadores de cachalotes estén ausentes cuatro años para cuatro barriles; no es extraño que, para muchos armadores, la pesca de la ballena sea un negocio en pérdida, pues es del arponero de