Moby Dick

Helman Melville · Capítulo 33 de 136

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Moby Dick

XXX.- La pipa

libre de tenerlo. Está lleno de enigmas; no entiendo para qué baja a la bodega todas las noches, como dice DoughBoy que sospecha: ¿para qué es eso, me gustaría saber? ¿Quién tiene citas con él en la bodega? ¿No es también raro? Pero no hay modo de saber; es el viejo juego. Vamos allá, a echar un sueñecito. Condenado de mí, vale la pena de que un hombre venga a este mundo, sólo para quedarse bien dormido. Y ahora que lo pienso, es casi lo primero que hacen los niños, y también eso es raro. Condenado de mí, pero todas las cosas son raras, si se van a pensar. Pero eso va contra mis principios. No pensar, es mi undécimo mandamiento; y duerme cuanto puedas, es el duodécimo. Así vamos ahí otra vez. Pero ¿cómo es eso?, ¿no me ha llamado perro? ¡Rayos!, ¡me ha llamado diez veces burro, y encima ha echado un montón de asnos! Igual me podría haber dado patadas, y lo habría hecho. Quizá me ha dado patadas, y yo no me he fijado; de tan asustado que estaba de su ceño, no sé cómo. Centelleaba como un hueso blanqueado. ¿Qué demonios me pasa? No me tengo derecho en las piernas.

El ponerme a mal con ese viejo me ha dejado como vuelto del revés. Por Dios que debo haber soñado, sin embargo… ¿Cómo, cómo, cómo? Pero el único modo es dejarlo; vamos otra vez a la hamaca, y por la mañana ya veré cómo piensa a la luz del día ese condenado titiritero.

XXX.- La pipa

Cuando se marchó Stubb, Ahab se quedó algún tiempo inclinado sobre la amurada, y luego, como era su costumbre desde hacía algún tiempo, llamó a un marinero de guardia, y le mandó abajo, por su taburete de marfil y su pipa. Entonces, encendiendo la pipa en la lámpara de bitácora y plantando el taburete en el lado de barlovento de la cubierta, se sentó a fumar.

En los viejos tiempos de los vikingos, los tronos de los reyes daneses, tan amigos del mar, estaban construidos, según dice la tradición, de los colmillos de narval. ¿Cómo podía uno entonces mirar a Ahab, sentado en ese trípode de huesos, sin acordarse de la realeza que simbolizaba? Pues Ahab era un Khan de la cubierta, un rey del mar y un gran señor de los leviatanes.

Pasaron unos momentos, durante los cuales el denso vapor le salió de la boca en bocanadas rápidas y constantes, que le volvían a la cara con el viento. «¡Cómo! Ahora -soliloquizó por fin, retirando el tubo- el fumar ya