Moby Dick
LXX.- La esfinge
cetáceo en vida, si por casualidad les hubiera nece sitado; pero se precipitan muy piadosamente al banquete de sus funerales. ¡Ah, horrible buitrismo de la tierra, del que no está libre ni aun la más poderosa ballena!
Y no es ése el fin. Profanado el cuerpo como está, un vengativo espectro sobrevive y se cierne sobre él para asustar. Descubierto desde lejos por algún tímido barco de guerra, o por alguna equivocada nave de exploración, cuando la distancia que oscurece el enjambre de aves sigue mostrando sin embargo la blanca masa que flota al sol, y la blanca espuma que rompe bien alto contra ella, inmediatamente se anota el inofensivo cadáver del cetáceo, con dedos temblorosos, en el cuaderno de bitácora: Bajío, rocas y rompientes por aquí:¡cuidado! Y durante años después, quizá, los barcos esquivan ese sitio, dando un salto sobre él como las ovejas tontas saltan sobre un vacío porque su guía, al principio, saltó allí, cuando alguien sostenía un palo. ¡Ahí está vuestra ley de los precedentes; ahí está vuestra utilidad de las tradiciones; ahí está la historia de vuestra supervivencia obstinada de viejas creencias jamás cimentadas en la tierra, y que ahora ni siquiera se ciernen en el aire! ¡Ahí está la ortodoxia!
Así, mientras en vida el gran cuerpo de la ballena puede haber sido un auténtico terror para sus enemigos, en su muerte, su espectro se convierte en un impotente pánico para el mundo.
¿Crees en espectros, amigo mío? Hay otros espectros que no son el de Cock-Lane, y hay hombres, más profundos que el doctor Johnson, que creen en ellos.
LXX.- La esfinge
No habría debido omitir que, antes de desollar por completo el cuerpo del leviatán, había sido decapitado. Ahora, decapitar al cachalote es una hazaña anatómica de que se enorgullecen muchos expertos cirujanos balleneros, y no sin razón.
Considerad que el cachalote no tiene nada que pueda ser llamado cuello; al contrario, en el mismísimo lugar donde parecen unirse su cabeza y su cuerpo es donde se encuentra su parte más gruesa. Recordad, asimismo, que el cirujano debe operar desde arriba, a unos ocho o diez pies de su paciente, y que ese paciente está casi oculto en un mar opaco, agitado, y a menudo tumultuoso y explosivo. Tened en cuenta, también, que en esas circunstancias poco propicias tiene que cortar en la carne hasta varios pies
de profundidad; y en esa forma subterránea, sin poder siquiera obtener un atisbo de la incisión siempre contraída que ha hecho así, debe evitar hábilmente el contacto con todas las prohibidas partes adyacentes, y cortar exactamente el espinazo en un punto crítico a su inserción en el cráneo. ¿No os maravilla, entonces, la jactancia de Stubb, que sólo pedía diez minutos para decapitar a un cachalote?
Apenas cortada, se larga la cabeza a popa, sujetándola allí con un cable hasta que el cuerpo está desollado. Hecho esto, si pertenece a una ballena pequeña, es izada a cubierta para disponer de ella con tranquilidad. Pero con un leviatán adulto eso es imposible; pues la cabeza de un cachalote alcanza casi un tercio de su masa total, y sería tan vano intentar suspender del todo tal carga, aun con los inmensos aparejos del ballenero, sería cosa tan vana como intentar pesar un granero holandés con la balanza de un joyero.
Una vez decapitado el cetáceo del Pequod y desollado el cuerpo, se izó la cabeza contra el costado del barco, medio salida del mar, para que todavía la mantuviera en gran parte a flote su elemento nativo. Y allí, con la tensa embarcación inclinándose abruptamente sobre ella, a causa del enorme tirón hacia abajo desde el tamborete del palo macho, y con todos los penoles de ese lado asomando como grúas sobre las olas; allí, esa cabeza goteando sangre colgaba de la cintura del Pequod como el gigante Holofernes del cinturón de Judit.
Cuando se acabó esta última tarea era mediodía, y los marineros bajaron a comer. Reinó el silencio sobre la cubierta, antes tumultuosa pero ahora abandonada. Una intensa calma de cobre, como un loto amarillo universal, desplegaba cada vez más sus callados pétalos sobre el mar.
Transcurrió un corto intervalo, y Ahab subió desde su cabina a esta quietud. Dando unas pocas vueltas por el alcázar, se detuvo a mirar por encima de la borda, y luego, acercándose lentamente a los cadenotes, tomó la larga azada de Stubb -que seguía todavía allí después de la decapitación de la ballena- y, clavándola en la parte inferior de la masa medio suspendida, se colocó el otro extremo bajo el brazo, como una muleta, y se quedó así asomado, con los ojos atentamente fijos en esa cabeza.
Era una cabeza negra y encapuchada, y colgada allí, en medio de una calma tan intensa, parecía la Esfinge en el desierto.