Moby Dick

Helman Melville · Capítulo 42 de 136

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Moby Dick

XXXIX.- Primera guardia nocturna

aún hay esperanza. El tiempo y la marea fluyen despacio. La odiada ballena tiene todo el cerco del mundo acuático para nadar, igual que el pequeño pez dorado tiene su globo cristalino. Ojalá Dios desvíe a un lado su propósito injurioso para los Cielos. Elevaría mi corazón, si no fuera como de plomo.

Pero se me acaba toda la cuerda, y no tengo llave con que volver a elevar mi corazón, la pesa que todo lo mueve. (Un estrépito de orgía, desde el castillo de proa.)

» ¡Oh, Dios!, ¡navegar con una tripulación tan pagana que tiene escasa huella de madres humanas en ellos; paridos no sé dónde por el mar, como por una hembra de tiburón! La ballena blanca es su semidiós diabólico.

¡Atención! ¡Las orgías infernales! ¡El estrépito es a proa ¡Nótese el silencio sin interrupción en la popa! Me parece que es imagen de la vida. Adelante, a través de los centelleantes mares, avanza disparada la alegre proa, combatida y burlona, pero sólo para arrastrar detrás de sí al sombrío Ahab, que cavila dentro de su cabina a popa, construida sobre las muertas aguas de la estela, cada vez más adelante, acosado por sus gorgoteos lobunos.

¡Ese largo aullido me hace temblar de arriba abajo! ¡Silencio, los de la orgía, y montad la guardia! ¡Oh, vida! En una hora como ésta, con el alma abatida y agarrada al conocimiento -como están obligadas a nutrirse las cosas salvajes y sin educación-, ¡oh, vida!, ahora es cuando siento el horror latente en ti, pero yo no soy eso; ese horror está fuera de mí, y con el dulce sentimiento de lo humano que hay en mí, trataré sin embargo de combatiros, ¡oh, futuros sombríos y fantasmales! ¡Poneos a mi lado, sostenedme, atadme, oh, influjos bienaventurados!»

XXXIX.- Primera guardia nocturna

Cofa de trinquete. STUBB, solo, arreglando una braza

«¡Ja, ja, ja!; ¡ejem!, ¡me aclararé la garganta! Lo he estado pensando desde entonces, y este «ja, ja" es la consecuencia final. ¿Por qué eso?

Porque una risotada es la respuesta más sensata y fácil a todo lo extraño; y pase lo que pase, siempre queda un consuelo: ese consuelo infalible es que todo está predestinado. No oí toda su conversación con Starbuck, pero, a mi pobre modo de ver, Starbuck entonces parecía algo así como yo me sentí la otra tarde. Pero seguro que ese viejo mongol ya le ha arreglado a él también. Yo lo comprendí, lo supe; había tenido el don, y podría fácilmente haberlo profetizado, pues lo vi cuando eché el ojo a su cráneo. Bueno,