Moby Dick
XXIX.- Entra Ahab; después, Stubb
Conforme el cielo se puso menos sombrío, y, más aún, empezó a ponerse un tanto grato, él fue siendo cada vez menos un recluso, como si, cuando zarpó el barco del puerto, sólo la muerta negrura invernal del mar le hubiera retenido entonces tan encerrado Y poco a poco llegó a ocurrir que estuvo casi continuamente al aire, pero, sin embargo, aun con todo lo que decía o hacía perceptiblemente, en la cubierta por fin soleada, parecía allí tan innecesario como otro mástil. Pero el Pequod ahora sólo hacía una travesía, y no un crucero regular: casi todos los preparativos para las ballenas que necesitaban supervisión estaban bajo la plena competencia de los oficiales, de modo que había poco o nada, salvo él mismo, en que se ocupara o excitara ahora Ahab y que ahuyentara, por aquel único rato, las nubes que, capa tras capa, se amontonaban en su entrecejo, del mismo modo que todas las nubes eligen los picos más elevados para amontonarse sobre ellos.
Con todo, antes de mucho tiempo, la cálida y gorjeante persuasión del buen tiempo a que llegábamos, pareció poco a poco arrancarle con su encanto de sus humores. Pues igual que cuando esas danzarinas muchachas de mejillas rojas, abril y mayo, regresan a los bosques invernales y misantrópicos, incluso el viejo roble más desnudo, más áspero y más herido por el rayo, echa por fin unos pocos brotes verdes para dar la bienvenida a visitantes de corazón tan alegre, así Ahab, por fin, respondió un poco a las juguetonas incitaciones de la brisa doncellil. Más de una vez lanzó el débil germen de una mirada que, en cualquier otro hombre, pronto habría florecido en una sonrisa.
XXIX.- Entra Ahab; después, Stubb
Transcurrieron varios días, y dejados por completo a popa el hielo y los icebergs, el Pequod iba ahora meciéndose por la clara primavera de Quito, que, en el mar, reina casi perpetuamente en el umbral del eterno agosto del trópico. Los días tibiamente frescos, claros, vibrantes, perfumados, rebosantes, exuberantes, eran como búcaros de cristal de sorbete persa, con colmo espolvoreado de nieve de agua de rosa. Las noches, estrelladas y solemnes, parecían altivas damas en terciopelos, enjoyadas, rumiando en su casa, en orgullosa soledad, el recuerdo de sus ausentes condes, los soles de casco de oro. Para dormir, a uno le era difícil elegir entre tan incitantes días y tan seductoras noches. Pero todas las brujerías de ese tiempo sin menguante no se limitaban a prestar nuevos encantos y potencias al mundo
exterior. En el interior, afectaban al alma, especialmente cuando llegaban las horas calladas y suaves del ocaso; entonces, la memoria formaba sus cristales igual que el claro hielo suele formarse de crepúsculos sin ruido.
Y todos esos sutiles agentes actuaban cada vez más sobre la contextura de Ahab.
La ancianidad siempre está desvelada, como si el hombre, cuanto más tiempo vinculado a la vida, menos quisiera tener que ver con nada que se parezca a la muerte. Entre los capitanes de marina, los viejos de barba encanecida dejan con mucha frecuencia sus literas para visitar la cubierta embozada en noche. Así le ocurría a Ahab, sólo que ahora, recientemente, parecía vivir tanto al aire libre que, para decir verdad, sus visitas eran más bien a la cabina que de la cabina a las tablas de cubierta. «Se siente como si se entrara en la propia tumba -mascullaba para sí-, cuando un viejo capitán como yo desciende por este estrecho portillo para bajar a la litera excavada como una fosa.»
Así, casi cada veinticuatro horas, cuando se montaban las guardias de la noche, y el grupo de cubierta hacía de centinela del sueño del grupo de abajo, y cuando, si había que halar un cabo por el castillo de proa, los marineros no lo tiraban violentamente, como de día, sino que lo dejaban caer en su sitio con cierta precaución, por temor de molestar a sus amodorrados compañeros; entonces, cuando empezaba a prevalecer esta especie de firme silencio, habitualmente, el callado timonel observaba el portillo de la cabina, y poco después salía el viejo, agarrándose al pasamano de hierro para ayudarse en su caminar de mutilado. Había en él cierto toque considerado de humanidad, pues en momentos como éstos solía abstenerse de rondar por el castillo de proa, porque para sus fatigados oficiales, que buscaban descanso a seis pulgadas de su talón de marfil, el golpe y chasquido reverberante de esa pisada de hueso hubiera sido tal, que habrían soñado con los crujientes dientes de los tiburones. Pero una vez, su humor era demasiado radical para consideraciones comunes, y cuando con pesado paso sordo medía el barco desde el coronamiento de popa hasta el palo mayor, Stubb, el viejo segundo oficial, subió desde abajo y con cierta vacilante e implorante jocosidad sugirió que si al capitán Ahab le placía pasear por la cubierta, entonces nadie podía decir que no, pero que podría haber algún modo de sofocar el ruido, aludiendo a algo vago e indistinto
sobre una bola de estopa y su inserción en el talón de marfil. ¡Ah, Stubb, no conocías entonces a Ahab!
-¿Soy una bala de cañón, Stubb -dijo Ahab-, para que me quieras poner taco de ese modo? Pero vete por tu lado; se me había olvidado. Baja a tu sepulcro nocturno, donde tus semejantes duermen entre sudarios para acostumbrarse a ocupar uno definitivamente. ¡Baja, perro, a la perrera!
Sobresaltándose ante la imprevista exclamación final del anciano, tan súbitamente despectivo, Stubb se quedó sin habla un momento, y luego dijo excitado:
-No estoy acostumbrado a que me hablen de ese modo, capitán: no me gusta en absoluto.
¡Basta! -rechinó Ahab entre los dientes apretados, apartándose violentamente, como para evitar alguna tentación apasionada.
-No, capitán, todavía no -dijo Stubb, envalentonado-: no voy a dejar mansamente que me llamen perro.
-¡Entonces te llamaré diez veces burro, y mulo, y asno; y fuera de aquí, o limpiaré el mundo de ti!
Al decir esto, Ahab avanzó contra él con aspecto tan imponente y terrible, que Stubb se retiró involuntariamente.
-Nunca me han tratado así sin que yo diera a cambio un buen golpe -
masculló Stubb, al encontrarse bajando por el portillo de la cabina-. Es muy raro. Alto, Stubb; no sé por qué, ahora, no sé muy bien si volver y golpearle, o… ¿qué es eso?, ¿arrodillarme y rezar por él? Sí, ésa fue la idea que me asaltó; pero sería la primera vez que rezara. Es raro, muy raro, y él también es raro; sí, tómeselo por la proa o por la popa, es el hombre más raro con que jamás ha navegado el viejo Stubb. ¡Cómo se me disparó con los ojos como polvorines!, ¿está loco? De todos modos, tiene algo en la cabeza, como es seguro que debe haber algo en una cubierta cuando cruje.
No pasa tampoco en la cama más de tres horas de cada veinticuatro, y entonces no duerme. ¿No me contó ese Dough-Boy, el mayordomo, que por la mañana siempre encuentra las mantas del viejo todas arrugadas y revueltas, y las sábanas caídas a los pies, y la colcha casi atada en nudos, y la almohada terriblemente caliente, como si hubiera tenido encima un ladrillo cocido? ¡Viejo caliente! Supongo que tiene lo que la gente de tierra llama conciencia; es una especie de tic doloroso, como le llaman, peor que un dolor de muelas. Bueno, bueno; no sé lo que es, pero que el Señor me