Negrín
Ministro de Hacienda
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El nuevo gobierno constituido el 4 de septiembre de 1936 estaba presidido por Largo
Caballero, que también ostentaba la crucial cartera de Guerra. Habida cuenta de que
el movimiento sindical era la mayor fuerza política y miliciana de la retaguardia,
todos los líderes republicanos, incluyendo al renuente presidente Azaña, habían
llegado a la conclusión de que no había ningún otro líder capaz de encabezar esa
coalición gobernante. Y Largo Caballero asumió la tarea consciente de su fuerza,
alentado por Araquistáin, sin consulta con la dirección socialista y sin previa petición
de autorización para ello.
El gabinete formado contaba también con la participación de dos ministros de la
izquierda socialista (Ángel Galarza en Gobernación y Julio Álvarez del Vayo en
Estado), tres ministros del PSOE (Prieto en Marina y Aire, Anastasio de Gracia en
Industria y Negrín en Hacienda), tres ministros republicanos (Mariano Ruiz-Funes en
Justicia y Giral sin cartera, de IR; Bernardo Giner de los Ríos en Comunicaciones, de
UR), un representante de ERC (José Tomás y Piera en Trabajo), un representante del
PNV (Manuel de Irujo, sin cartera) y dos ministros comunistas (Vicente Uribe en
Agricultura y Jesús Hernández en Instrucción Pública). Apenas un mes después, con
el gobierno en vísperas de traslado a Valencia ante la inminencia del asalto insurgente
a la capital, el gabinete sería ampliado con la incorporación de cuatro ministros de la
CNT-FAI: Juan García Oliver en Justicia sustituyendo al cesado Ruiz-Funes; Juan
Peiró en Industria reemplazando a De Gracia, que pasó a Trabajo; Juan López en
Comercio; y Federica Montseny en Sanidad. También entonces se sumó un nuevo
ministro de la Esquerra de Catalunya (Jaime Ayguadé, sin cartera) y otros dos
republicanos (Carlos Esplá en Propaganda y Julio Just en Obras Públicas).
Se trataba de un gobierno frentepopulista de hegemonía sindical que «no tenía
matiz político alguno» (según Largo Caballero), que agrupaba mal que bien a grupos
políticos revolucionarios y reformistas opuestos a la reacción militar en curso y que
solo se sustentaba en la compartida voluntad de evitar la derrota y destrucción a
manos del enemigo común[44]. De hecho, los cuatro ministros anarquistas, superando
sus escrúpulos antipolíticos, anunciaban que asumían sus cargos para defender las
conquistas revolucionarias y porque «el gobierno, en la hora actual, como
instrumento regulador de los órganos del Estado, ha dejado de ser una fuerza de
opresión contra la clase trabajadora»[45].
Negrín se convirtió en ministro de Hacienda del gobierno de Largo Caballero, a
los 44 años de edad, como parte de la tría da de cargos ofrecida al PSOE por el
secretario general de la UGT[46]. La Comisión Ejecutiva decidió su nombramiento, a
propuesta explícita de Prieto, en virtud de su probada competencia técnica y habilidad
administrativa en materia de finanzas y presupuestos. El secretario y el vicesecretario
de la Comisión, Ramón Lamoneda y Vidarte, acudieron a su domicilio madrileño a comunicarle la decisión en la noche del 4 de septiembre, recién llegado del frente de
Peguerinos. Negrín, «todavía somnoliento se enfureció con nosotros», se resistió a
aceptar el encargo y criticó duramente la constitución del gobierno de Largo
Caballero porque daba una imagen de la República en exceso radical de cara al
exterior y era una grave equivocación política y diplomática que impediría obtener la
vital ayuda de Francia y Gran Bretaña. Según el relato de Zugazagoitia, declaró con
enojo:
La constitución de ese Gobierno es peor que si hubiese caído Getafe en poder de Franco. No conozco
mayor disparate, considerado nacional e internacionalmente. ¿Es que se busca resueltamente que se pierda
la guerra? ¿Se trata de un desafío a Europa? Con mi personal colaboración que no se cuente. No me
considero con ninguna competencia para dirigir la Hacienda. […]
¡Cuernos! No se pueden hacer las cosas peor. ¡Un ministerio de socialistas y comunistas! ¿Es que nos
negamos a darnos cuenta de que nuestra guerra no es puramente nacional, sino que tiene un carácter
eminentemente internacional[47]?
Finalmente, sometido a fuertes presiones y previa reunión el día 5 con la Comisión
Ejecutiva del PSOE, resolvió aceptar el nombramiento por disciplina partidaria y por
lealtad personal y política hacia Prieto. Ese mismo día, tras la primera reunión
constitutiva del gabinete, se hizo cargo del Ministerio de Hacienda, sito en el vetusto
caserón dieciochesco de la calle de Alcalá, en una ceremonia de traspaso de poderes
en la que estuvo presente su predecesor, el republicano Enrique Ramos. Allí, en su
nuevo despacho oficial, recibió a los pocos días la visita de su amigo Mariano Ansó,
negándose a aceptar su «protocolaria enhorabuena» porque seguía considerando la
formación del gobierno como «una verdadera derrota» en el plano diplomático al
suponer la «exaltación del movimiento de Asturias» en vez de proclamar la necesidad
del imperio de «la ley republicana»:
No tenemos, no podemos tener otra divisa de guerra. Estoy aquí porque nunca cometeré un acto de
deserción, y menos frente al enemigo; pero mi convicción íntima es la misma que tuve en los nefastos días
de la revolución asturiana. Entonces cumplí con mi deber de cargar con una parte de responsabilidad que
nunca contraje, y hoy tendré la misma conducta[48].
Negrín formó en Hacienda su propio equipo de trabajo con la ayuda de sus amigos y
correligionarios y sin descartar al funcionariado leal del propio departamento. De este
modo, Jerónimo Bugeda, diputado socialista por Jaén, se convirtió en subsecretario
de Hacienda y virtual sombra del ministro en los primeros tiempos; el economista
republicano Francisco Méndez Aspe, que había sido hasta entonces subsecretario del
ministerio con Enrique Ramos, quedó encargado de la vital Dirección General del
Tesoro y Seguros y se convertiría en su más estrecho colaborador; el también
funcionario ministerial Demetrio Delgado Torres se ocupó de la Dirección General de
Economía; otro funcionario, Luis de la Peña, asumió la Dirección General de Rentas
Públicas; José Prat, diputado socialista por Albacete, fue nombrado director general
de lo Contencioso del Estado; y José Aliseda Olivares, diputado socialista por Badajoz, se hizo cargo de la Dirección General de Propiedades y Contribución
Territorial. Por su parte, el doctor Rafael Méndez se incorporó como secretario
particular del ministro, junto con los doctores Blas Cabrera y José María García-
Valdecasas; el periodista socialista Fernando Vázquez Ocaña se hizo cargo del
Gabinete de Prensa ministerial; y el contable Pedro Pra López fue nombrado
«Delegado especial del Ministerio de Hacienda» en París (donde se había constituido
desde el principio del conflicto una comisión de compras de armas en el extranjero)
[49].
En la cúpula del crucial Banco de España, sometido de facto al control
ministerial, Negrín no introdujo novedad y confirmó en su cargo como gobernador a
Luis Nicolau d’Olwer, exministro de Economía con Azaña. También hizo lo propio
con los dos subgobernadores nombrados por su antecesor: Julio Carabias y José
Suárez Figueroa. Los tres serían fieles colaboradores del ministro durante toda su
gestión hacendística y con posterioridad[50].
Nada más hacerse cargo del ministerio, Negrín anunció públicamente que su
labor en Hacienda consistía en ayudar al gobierno a «dominar rápidamente la
sublevación militar facciosa, defendiendo la República democrática, dentro siempre
del ámbito constitucional». En esa primera declaración oficial también anunció que
«en materia económica y financiera», su labor se inspiraría «en un sentido
constructivo, es decir, reconstructivo de la economía, y en una más perfecta y
adecuada ordenación de todos los instrumentos de la riqueza nacional»[51].
Efectivamente, la gestión de Negrín al frente de la Hacienda iba a ser parte esencial
del programa de gobierno de la coalición presidida por Largo Caballero para
enfrentarse al victorioso avance de la insurrección militar. De hecho, todas sus
gestiones financieras y económicas estarían en consonancia con la línea directriz que,
mal que bien, asumió aquel gabinete de coalición «antifascista»: la tentativa de
reconstrucción de los instrumentos de acción estatal en diversos ámbitos de gestión
interior y exterior. De este modo, mientras Negrín comenzaba a diseñar su «política
económica de guerra», Largo Caballero adoptaba las primeras medidas de
militarización de las milicias para constituir el Ejército Popular de la República y
Álvarez del Vayo iniciaba una ofensiva diplomática destinaba a paliar el aislamiento
exterior y los perjuicios del sistema de No Intervención. La República hacía frente
así, con todas sus implicaciones y dificultades, a la «guerra total» declarada por el
enemigo en todos los frentes de combate.
Negrín estaba persuadido de que la potencial victoria de la República dependería
del apoyo financiero que su departamento pudiera proporcionar al Ministerio de la
Guerra para abastecerse de armas, municiones y servicios bélicos demandados por el
Ejército, amén de suministros para el sostenimiento de la vida económica civil de
retaguardia. Y también estaba convencido de que para ello era imprescindible retomar
el control de los recursos productivos interiores del país y dominar los flujos
comerciales de exportación e importación que cruzaban las fronteras nacionales. Una tarea hercúlea porque el aparato burocrático estaba semiderruido como consecuencia
del golpe y del desplome de las estructuras estatales, con la consiguiente atomización
del poder público y de los ámbitos económicos y productivos. Baste recordar que
quedaron inicialmente fuera del control de su ministerio las vitales fronteras
internacionales (tradicionalmente vigiladas por el Cuerpo de Carabineros,
dependiente del Ministerio de Hacienda) y que también perdió la custodia sobre
varias sucursales provinciales de Hacienda y del Banco de España (como las seis
sucursales bancarias catalanas, que pasaron a ser controladas por la Consejería de
Finanzas de la Generalitat tras la convulsión de finales de julio de 1936)[52]. Por otro
lado, el caos institucional imperante supuso también el desplome del sistema
impositivo, como señaló un informe reservado del Consejo de Hacienda en abril de
1937:
La guerra civil […] ha producido el derrumbamiento de la estructura económica en que se basaba un
número de tributos, sin que los elementos que han desplazado y sustituido también a la antigua empresa
capitalista la hayan reemplazado y sustituido también en el cumplimiento de los deberes fiscales[53].
La labor de reconstrucción administrativa fue emprendida con renovada energía por
el equipo de Negrín incluso antes de terminarse los nombramientos claves del
departamento. La subsecuente catarata de decretos y órdenes ministeriales produjo
medidas de emergencia como las publicadas por vez primera con firma de Negrín en
la Gaceta de Madrid. Diario oficial de la República con fecha de 10 de septiembre:
concesión de créditos extraordinarios a los Ministerios militares «para gastos de
carácter extraordinario o de primer establecimiento del Ministerio de la Guerra y
subsistente la sublevación militar»; incautación de empresas de interés estratégico
nacional, como la Compañía Española de Petróleos (CAMPSA) y la Compañía
Arrendataria de Fósforos; fijación del «recargo que debe cobrarse por las Aduanas en
las liquidaciones de derechos de Arancel correspondientes a las mercancías
importadas y exportadas por las mismas»; y extinción de sociedades de seguros
existentes en zona sublevada. El mismo carácter urgente tomaron las múltiples
órdenes de «cesantía de todos los empleados que hubieran tenido participación en el
movimiento subversivo o fueran notoriamente enemigos del régimen», así como los
decretos de prórroga de la moratoria en la cotización de los bienes bursátiles, en «los
pagos de los dividendos, primas de acciones e intereses de obligaciones», y en la
normativa limitando el uso de cuentas corrientes y depósitos bancarios (Gaceta del
11, 13 y 20 de septiembre). También se creó la Caja de Reparaciones de Daños y
Perjuicios de la Guerra (25 de septiembre de 1936) al objeto de incautarse de los
bienes de quienes hubieran tenido participación directa o indirecta en la sublevación
para utilizarlos en la reconstrucción económica de postguerra. Su director general
sería el líder de la Federación de Banca de la UGT Amaro del Rosal, un socialista de
izquierda que pronto se pasaría al PCE[54].
En esa misma línea, Negrín acometió una labor que se correspondía a la perfección con el programa gubernamental de recuperación de atribuciones estatales
y preparación de una economía de guerra. Dispuso la inmediata reconstrucción del
cuerpo militar de Carabineros, una policía de control de aduanas adscrita al
Ministerio de Hacienda que había permanecido leal a la República en el 66% de sus
efectivos[55]. La crucial medida vio la luz en la Gaceta de la República el 24 de
septiembre de 1936, a los veinte días de asumir Negrín el cargo, y se justificaba con
las siguientes palabras:
La desarticulación actual del Instituto de Carabineros a causa de las circunstancias por las que atraviesa el
país, obliga a su reorganización, y como primer paso para ello a completar sus efectivos, por lo que, a
propuesta del Ministro de Hacienda y de acuerdo con el Consejo de Ministros.
Vengo en decretar lo siguiente:
Artículo 1.º Se autoriza al Ministro de Hacienda para conceder ingreso en el Instituto de Carabineros
hasta el número de 8000 aspirantes, cuya recluta se ordenará por el mismo, siendo de su libre elección la
designación del personal civil y militar que deba efectuarla, así como la forma y lugar de llevarla a cabo.
Artículo 2.º Queda autorizado el Ministro de Hacienda para conceder los empleos de Oficiales,
Suboficiales y clases en el número necesario para encuadrar el mando de esta nueva recluta a los que,
perteneciendo al Instituto de Carabineros, tengan perfectamente demostrada su competencia y adhesión al
Régimen.
Artículo 3.º Queda igualmente autorizado el Ministro de Hacienda para habilitar los créditos precisos a
fin de que por las Comisiones de Recluta se puedan realizar las compras necesarias para dotar a los nuevos
carabineros de todos los elementos.
Con el concurso del capitán Sabio, del teniente Santiago Garcés y de otros militares
profesionales de igual significación republicana (y simpatías socialistas prietistas),
Negrín puso en pie unas fuerzas de seguridad militarizadas que pasarían a ser
conocidas como «la peste verde» (según les denunciarían los anarquistas y poumistas
por el color de su uniforme) o los «Cien Mil Hijos de Negrín». En realidad, nunca
llegaron a totalizar ese número ni por lejana aproximación: serían 40 000 en abril de
1937 y llegarían a 60 000 a finales de año. El doctor Rafael Méndez, íntimo
colaborador de Negrín, fue nombrado director general de Carabineros. Algunos
meses después, convertido aquel en subsecretario de Gobernación, fue sustituido en
el cargo por el también socialista Víctor Salazar, exsecretario particular de Prieto.
José Prat recordaría las motivaciones de índole política que estuvieron en la base de
aquella decisión crucial:
Aunque dotado de organización militar bajo el mando del inspector general, Carabineros dependía de
Hacienda por su servicio de resguardo fiscal.
Negrín advirtió la importancia que podía tener para poner orden en la frontera con Francia debido al
confuso estado ocasionado por la dispersión de poder público, vigilar las costas ante posibles golpes de
mano enemigos y formar importante y disciplinada fuerza militar en defensa de la República en los frentes
y en la autoridad del Gobierno. El Gobierno necesitaba afirmar su autoridad interior. Era, por otra parte,
conveniente contrarrestar el poder que alcanzaban los comunistas con el que llamaron quinto regimiento,
con mandos incondicionales, eficaz disciplina y notable fuerza propagandística[56].
En efecto, Carabineros tuvo «tinte socialista» desde el principio y se convirtió en una
fuerza de élite y de choque de la República para ta reas de combate militar o de
control del orden público[57]. Para formar en sus filas se prescribió la necesidad de ser
españoles mayores de edad (18 años), con talla mínima de 1,60 metros, «buena
conducta y costumbres», «útiles para el servicio de armas», sabiendo «leer y escribir»
y acreditando «mediante certificado u otros documentos, su adhesión al régimen
republicano». Su máximo responsable militar fue el general José Rodríguez
Mantecón (luego sustituido por el coronel Mariano Trucarte), que supervisó la
creación de los tres centros de reclutamiento e instrucción instalados en Requena,
Orihuela y Campo de Criptana. De allí saldrían los nuevos carabineros que nutrieron
las cinco demarcaciones aduaneras controladas por la República (cuyas cabeceras
como comandancias eran Santander, Barcelona, Valencia, Alicante y Almería)[58]. A
los pocos meses de su constitución, Negrín dictaría la orden ministerial que prescribía
el apoliticismo estricto de los integrantes de Carabineros a tono con la política en
vigor de rescatar la profesionalidad de los cuerpos militares para detraerlos del
control partidista y sindical:
Vigentes las disposiciones que prohíben a cuantos componen los cuerpos armados pertenecer a
organizaciones políticas o sindicales, así como la mera asistencia a actos relacionados con tales
asociaciones.
Este ministerio ha resuelto se recuerde a todos cuantos integran el Instituto de Carabineros la
ineludible obligación en que se encuentran de abstenerse de tales actividades, limitándose al cumplimiento
entusiasta del deber al lado del Gobierno legal de la República democrática.
Aquellos que olviden tales normas, haciendo caso omiso de la prohibición, serán sancionados con
arreglo a las prescripciones del Código de Justicia Militar[59].
En realidad, la medida no iba dirigida tanto a depurar el color político socialista del
cuerpo como a evitar la infiltración de militantes del PCE en el mismo. Como
observaría el doctor Méndez a Negrín por aquellas fechas: Carabineros debía
mostrarse «impenetrable a la influencia comunista». Y tuvo verdadero éxito, en la
medida en que un informe del PCE de 1938 señalaba que dicho cuerpo «era un feudo
socialista» con «poquísimos miembros del PCE»[60].
Al margen de esa tarea que completaba la militarización de las milicias ordenada
por Largo Caballero en aquellas mismas fechas, Negrín se entregó en cuerpo y alma a
la responsabilidad de movilizar todos los recursos económicos y financieros
disponibles en la retaguardia para aplicarlos en favor de la prosecución del esfuerzo
de guerra republicano contra un experimentado ejército insurgente que contaba con el
vital apoyo material de la Italia fascista y la Alemania nazi. Probablemente fue por
entonces cuando Negrín acuñó su particular lema de conducta al frente de su cartera:
«En la guerra, un Ministro de Hacienda avaro debe ser fusilado; un Ministro de
Hacienda despilfarrador, debe ser colgado»[61]. Él y sus colaboradores eran muy
conscientes de que la baza clave y fundamental de su política económica residía en el
control y movilización de las considerables reservas de oro (lingotes y monedas)
custodiadas en los sótanos madrileños del Banco de España: un total de 635 toneladas
de oro fino equivalentes a 715 millones de dólares de la época (2 184 145 184,91 pesetas oro). Esas reservas madrileñas (a las que había que sumar otras 10 toneladas
almacenadas en manos de corresponsales y 59 toneladas depositadas como fianza de
un préstamo en 1931 en la sucursal del Banco de Francia de Mont de Marsan)
constituían el cuarto depósito mundial existente, solo por detrás del albergado por la
Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Francia y el Banco de Inglaterra[62].
Todos los líderes republicanos habían sabido desde el primer momento que el
control de las reservas de oro constituía un activo crucial para sus posibilidades de
resistencia frente a la sublevación militar. Recordaran o no la famosa sentencia de
Cornelio Tácito (pecunia nervus belli: el dinero es el nervio de la guerra), el control
de las cuantiosas reservas de oro significaba disponer de un inapreciable y solvente
medio de pago para sufragar, con su venta y conversión en fuertes divisas
convertibles (libras esterlinas, dólares o francos), la compra y adquisición de las
armas, los servicios y los suministros requeridos por una República aislada
diplomáticamente y carente de recursos propios para abastecer sus crecientes
necesidades de equipo militar, materias primas y alimentos. Ya en su discurso radiado
del 8 de agosto de 1936, Prieto había aludido a esa baza financiera para justificar su
fe en la victoria republicana:
¿De quién pueden estar las mayores posibilidades de triunfo en una guerra? De quien tenga más medios,
de quien disponga de más elementos. […] Pues bien: todo el oro de España, todos los recursos monetarios
españoles, todos, absolutamente todos, están en poder del Gobierno; son las reservas de oro que han
venido garantizando nuestro papel moneda. El único que puede disponer de ellas es el Gobierno. Ese
tesoro nacional permite al Gobierno español una resistencia ilimitada, en tanto que la capacidad financiera
del enemigo es nula[63].
Negrín, por su formación económica y experiencia presupuestaria, era uno de los
políticos republicanos más conscientes de la importancia de la baza del oro y más
convencidos de que «sin oro, el régimen se hubiera desplomado en cuestión de
semanas»[64]. Por eso mismo, una de sus primeras medidas como ministro de
Hacienda, al cumplirse el primer mes en su cargo, consistió en decretar la prohibición
de «la exportación de moneda, lingote y régulo de oro o plata y la de concentrados de
oro» por las siguientes razones:
Las actuales circunstancias aconsejan prestar atención a problemas antes desatendidos para valorar y
utilizar debidamente nuestra riqueza nacional. Por ello no debe el Estado seguir permitiendo que el oro y la
plata puedan exportarse con pingües beneficios a la vez que se empobrece el Tesoro nacional, sino que
debe proceder a la regulación y administración de cuanto a la exportación de ambos metales se refiere, con
el fin de lograr el máximo rendimiento a favor de la colectividad y arbitrar medios conducentes a la mejor
financiación de la guerra hoy y de la reconstrucción económica mañana[65].
En este aspecto, su decisión más importante como responsable de las finanzas
republicanas fue la de utilizar a fondo esas reservas del Banco de España para
sufragar con su venta el pago del armamento, combustible y materias primas y
alimenticias demandados por el esfuerzo bélico republicano. Seguía así el patrón de recurso a la venta del oro como medio principal de financiación de la guerra utilizado
por las potencias democráticas entre 1914 y 1918. Y continuaba así las medidas
reservadas iniciadas por el gobierno de Giral y por el ministro Enrique Ramos desde
el primer momento. No en vano, entre el 25 de julio (primera remesa) y el 4 de
septiembre de 1936 (décimo novena remesa), se habían remitido por vía aérea a París,
para su venta al Banco de Francia y su conversión en divisas utilizables en el
mercado, un total de 343 cajas repletas de oro con un peso aproximado de 40
toneladas. Según Martín Aceña: «Por su venta el Tesoro republicano ingresó la nada
despreciable cantidad de 507 millones de francos»[66].
La cobertura legal para emprender esa enajenación de las reservas de oro con
fines bélicos fue proporcionada por el decreto reservado firmado el 30 de agosto de
1936 por el ministro Ramos y ratificado por el presidente Azaña. En el mismo, se
facultaba al titular de Hacienda para «disponer» en el extranjero de la cantidad de
divisas «que estime precisa para atender los gastos que las necesidades de la campaña
impongan», con autorización expresa para dirigir esos fondos «a disposición de la
representación diplomática, consular o persona que designara en cada caso»[67]. La
legalidad de la operación, a cargo de las autoridades legítimas de un gobierno
reconocido internacionalmente, inclinó a las autoridades frentepopulistas francesas a
aceptar las ventas y comprar el oro. Al margen de que así contribuyeran a apoyar
materialmente a un gobierno al que no habían podido vender armas y municiones.
Además, al Banco de Francia le convenía la operación porque comprando oro
reforzaba sus reservas metálicas y defendía la estabilidad del franco. Por eso mismo,
toda la mecánica de la operación fue expresamente aprobada por el ministro de
Finanzas francés, el socialista Vincent Auriol (que llegaría a ser amigo íntimo de
Negrín), y por el influyente gobernador del Banco emisor, Émile Labeyrie:
Auriol y Labeyrie facilitaron el tránsito de metales preciosos por el territorio francés, agilizaron su
conversión en divisas, las transfirieron sin dilación a las cuentas bancarias que telegráficamente les
indicaban los responsables del Banco de España y rechazaron con contundencia los intentos de los amigos
de Franco, que de forma reiterada pretendieron paralizar las importaciones de oro e impedir su compra por
la entidad gala. […] París continuó siendo el centro financiero de la República incluso después de que
Negrín resolviese prescindir del Banco de Francia y enviar las reservas de oro a Moscú [68].
Asumida la cartera de Hacienda, Negrín perseveró en esa línea de movilización del
oro para allegar divisas que pudieran servir como medio de pago a las compras
ineludibles en el exterior, habida cuenta de que ni los recursos interiores ni los
beneficios derivados de la exportación podían suplir en cantidad o celeridad ese
mecanismo de financiación del esfuerzo de guerra. De hecho, fue responsable de una
«fuerte intensificación en el ritmo de ventas de oro al Banco de Francia», en atención
a las crecientes demandas financieras impuestas por la marcha de las hostilidades y
por la necesidad de importar armas, combustibles, materias primas y alimentos. En
conjunto, entre julio de 1936 y enero de 1937, el Ministerio de Hacienda de la
República procedió a vender 174 toneladas de oro fino (algo más de una cuarta parte del total de las reservas madrileñas) al Banco de Francia, recibiendo a cambio 196
millones de dólares (equivalentes al 40% de los ingresos totales del Estado
republicano en el último año de paz). Esas 174 toneladas fueron transportadas en 63
viajes por avión o vía marítima: 36 directamente a París, 22 a Toulouse y 5 a
Marsella. El montante de divisas así generado fue colocado en depósitos abiertos por
los agentes acreditados republicanos en ocho entidades privadas de crédito: desde el
Crédit Lyonnais y la Banque de Paris a las sucursales parisinas del Chase National
Bank norteamericano o del Barclays Bank y Midland Bank británicos[69].
Muchas de esas operaciones de venta al Banco de Francia se hicieron con la
presencia de Negrín en París, para entrevistarse con Auriol, Blum o Jules Moch (jefe
de gabinete de Blum), a fin de tratar de conseguir favores económicos y logísticos por
parte de las autoridades del Frente Popular francés. Como recordaría Vidarte, «Negrín
aparecía y desaparecía de París cuando menos se esperaba». En uno de esos viajes
ambos visitaron la oficina de reclutamiento de las Brigadas Internacionales en la
capital francesa. En otro concertó el canje entre Raimundo Fernández Cuesta, líder
falangista detenido por la República, y Gumersindo de Azcárate, hermano del
embajador republicano en Londres, que estaba en una prisión franquista.
Normalmente, Negrín se hospedaba en el Hotel Lancaster de París bajo el nombre en
clave de «señor Navarro» y llevaba sus asuntos con absoluta reserva y discreción
(tanta que su única protección personal sería la compañía como «guardaespaldas» de
André, hijo de Jules Moch, o de Juan Junior, su propio hijo mayor). Y durante esos
viajes aéreos dio pruebas de su osadía solicitando al piloto que manejaba el aparato
que le dejara conducir durante un rato, aunque fuera peligroso porque el trayecto
cruzaba brevemente por encima de territorio enemigo. Así fue como en una ocasión
sobrevoló la ciudad de Burgos (sede oficial de la administración franquista) para
contemplar de cerca su catedral. Vidarte, que le acompañó en el viaje, anotaría sus
sensaciones encontradas: «uno de los momentos de mayor emoción y más
dramáticamente inútiles de mi vida. Pero así era Negrín»[70].
Para acelerar el proceso de movilización financiera y asegurar la disponibilidad
del oro por parte de la República, Negrín solicitó y obtuvo del consejo de ministros el
permiso oportuno para trasladar las reservas de Madrid a los casi inexpugnables
polvorines de la Armada en la base naval de Cartagena. El día 13 de septiembre de
1936 el presidente Azaña firmaba y Negrín refrendaba el consecuente decreto
reservado por el que se autorizaba dicho traslado. La decisión se tomaba en vista de
la grave situación de la capital, con el Ejército franquista acercándose triunfalmente a
Toledo (cuya caída dejaría el camino expedito hacia Madrid) y mientras las tropas de
Mola ocupaban la ciudad de San Sebastián (lo que sellaba el aislamiento de la bolsa
norteña y la ruptura de su contacto terrestre con Francia). En esas críticas
circunstancias, la decisión se inspiraba en la acertada convicción de que si Madrid
caía en manos rebeldes, «y con ella el tesoro del Banco, la República tenía los días
contados»[71]. El trascendental decreto reservado solicitado y conseguido por Negrín rezaba textualmente:
La anormalidad que en el país ha producido la sublevación militar aconseja al Gobierno adoptar aquellas
medidas precautorias que considere necesarias para mejor salvaguardar las reservas metálicas del Banco
de España, base del crédito público. La índole misma de la medida, y la razón de su adopción exigen que
este acuerdo permanezca reservado. Fundado en tales consideraciones, de acuerdo con el Consejo de
Ministros, y a propuesta del de Hacienda, vengo en disponer, con carácter reservado, lo siguiente:
ARTÍCULO PRIMERO: Se autoriza al Ministro de Hacienda para que, en el momento que lo
considere oportuno, ordene el transporte, con las mayores garantías al lugar que estime de más seguridad,
de las existencias que en oro, plata y billetes hubiere en aquel momento en el Establecimiento Central del
Banco de España.
ARTÍCULO SEGUNDO: El Gobierno dará cuenta en su día a las Cortes de este Decreto.
Dado en Madrid a trece de septiembre de mil novecientos treinta y seis[72].
La operación de traslado se inició con el natural sigilo el 14 de septiembre y concluyó
el día 21 con la recepción en Cartagena del último cargamento transportado por vía
férrea. Durante todo el trayecto las cajas movilizadas estuvieron bajo la vigilancia de
fuerzas de carabineros y milicianos socialistas, con Francisco Méndez Aspe
supervisando las actuaciones. El tesoro, emplazado en los profundos túneles de La
Algameca, utilizados como polvorines de la Armada, quedó bajo la custodia de
unidades militares de marinería[73]. Negrín afirmaría con posterioridad que ordenó el
traslado para evitar que cayeran en manos del enemigo si estos ocupaban Madrid.
Largo Caballero refrendaría esa versión en sus memorias y avalaría sus razones:
Como los facciosos estaban a las puertas de la capital de España, solicitó del Consejo de Ministros
autorización para sacar el oro del Banco de España y llevarlo a sitio seguro, sin decir adónde. Esto era cosa
natural en evitación de que, en un caso desgraciado, el tesoro fuera a parar a mano de los sublevados, pues
sin armas y sin oro para comprarlas la derrota de la República sería inevitable[74].
A Louis Fischer, un periodista norteamericano entonces todavía comunista al que
había conocido por intermedio de Araquistáin, Negrín le confesó en privado que «no
podíamos asumir riesgos» a pesar de la voluntad gubernativa de luchar por la
capital[75]. En efecto, parece evidente que la decisión fue «una medida prudente,
plenamente justificada» porque «hubiese sido una insensatez y una torpeza haberse
dejado en la asediada capital más de medio millón de toneladas de oro». No en vano,
«el metal amarillo era la columna vertebral de las finanzas de la República» y su
control y capacidad de movilización era la única garantía de resistencia militar y,
ulteriormente, de victoria en la contienda[76].
Sin embargo, el traslado a Cartagena no fue el final de la operación de
movilización del oro. En vista de las dificultades experimentadas en la banca
internacional para poder utilizar las divisas generadas y habida cuenta del carácter
lesivo de la política de No Intervención (que amenazaba con extenderse a las
operaciones financieras, congelando el oro español depositado en Francia), Negrín
fue fraguando durante la primera quincena de octubre de 1936 una decisión
transcendental para asegurar la continuidad de las ventas y la aplicabilidad confidencial de las divisas correspondientes. A saber: recurrir a la Unión Soviética
para las enajenaciones del oro y utilizar la red bancaria soviética para las operaciones
de pago en divisas, de modo seguro y confidencial, de las armas y suministros varios
demandados por la guerra.
No fue una imposición, ni una demanda, ni una trampa tendida por Stalin y la
Unión Soviética, como relatarían posteriormente en sus influyentes memorias dos
agentes de la NKVD (servicio secreto soviético, antecedente de la KGB) que
acabarían desertando y huyendo a Estados Unidos para colaborar con sus agencias de
inteligencia: Walter Krivitsky, agente operativo en Holanda que tuvo
responsabilidades en los envíos clandestinos de armamento hacia España y que
desertó en el otoño de 1937 (para acabar asesinado en Washington cuatro años
después); y el general Alexander Orlov, responsable del servicio en España desde
mediados de septiembre de 1936, que desertaría de su cargo a finales de julio de 1938
(y lograría escapar de la suerte de su predecesor hasta que salió a la luz en 1954). En
ambos casos se atribuyen un protagonismo tan pintoresco como excesivo en la
gestación y ejecución de la operación. Y en el caso del primero (al que Orlov niega su
condición de «general de la NKVD», lo que sí era él, y le convierte en mero
«suboficial de la NKVD»), también se atribuye un papel crucial a Arthur Stashevsky,
el delegado comercial soviético en España (que no arribó a su puesto hasta después
de tomada la decisión) y con el que Negrín mantuvo una estrecha y cordial relación
durante su estancia en España[77].
Según un apunte personal inédito escrito por Negrín poco antes de su
fallecimiento, ya en el exilio, «la idea de situar fondos en Rusia fue mía,
exclusivamente mía» y no hubo «presión, requerimiento, sugestión o indicación por
parte de nadie ni mucho menos de los rusos». De hecho, «la idea no fue dictada para
complacer a los rusos» y estos «fueron los primeros sorprendidos, cuando se les
propuso». Según Negrín, el propósito de la operación era básicamente instrumental:
La utilización del aparato bancario soviético para depositar y movilizar fondos de nuestro Erario, no solo
con el objeto de convertirlos en efectivo disponible, cuando los gastos de guerra lo demandaban, sino
como indispensable medida precautoria de seguridad. […] Mas, téngase presente que ningún Gobierno, de
cualquier nación en guerra, ha vacilado en situar fuera de su territorio nacional los recursos materiales de
que disponía si lo requería su utilización para la lucha, o lo aconsejaba el preservarlos de que cayeran en
manos enemigas. […]
Surgió (la idea) por la necesidad 1.º de poner a salvo el oro; 2.º de poderlo convertir en divisas a
medida que se fueran necesitando[78].
Al margen de que fuera una decisión personal suya en exclusiva, la medida ha sido
objeto posterior de una viva polémica en cuanto a su acierto y conveniencia. Para
Negrín, su razón de ser respondía a tres consideraciones concurrentes: 1.º) Garantizar
la seguridad de las reservas contra posibles ataques enemigos en el interior del país
(Cartagena estaba experimentando bombardeos aéreos y el dominio del mar estaba ya
en manos insurgentes e italo-germanas) y contra sus acciones legales en bancos extranjeros occidentales y en los tribunales (que habían tenido éxito en el caso de
instituciones crediticias francesas y británicas y que forzarían al gabinete francés a
congelar las reservas depositadas en Mont de Marsan)[79]. 2.º) Poner fin a los actos de
sabotaje, dilatación o boicot experimentados por las autoridades republicanas en sus
operaciones financieras a través de las redes bancarias occidentales, que habían hecho
fracasar numerosas gestiones de compras de armas por incapacidad de pago: Rafael
Méndez había sido incapaz de hacer efectivo un cheque por valor de dos millones de
dólares en ningún banco neoyorquino durante el mes de octubre y hubo de recurrir a
los servicios del embajador soviético en Washington para lograr su contravalor
efectivo[80]. Y 3.º) Asegurar la disponibilidad y convertibilidad de las reservas de
modo confidencial, seguro y eficaz, gracias al blindado sistema bancario soviético
emplazado por todos los países occidentales y, particularmente, gracias a los servicios
de la Banque Commerciale de l’Europe du Nord (Eurobank), entidad parisina que
actuaba como agente financiero de la Unión Soviética.
Las razones de Negrín para concluir que el recurso financiero a la URSS era «la
única alternativa» disponible (compartida por los testimonios de los restantes líderes
republicanos: Largo Caballero, Prieto, Zugazagoitia…)[81], ha sido recientemente
objetada por el historiador Pablo Martín Aceña. Descartando por infundada la
acusación franquista de que la medida de movilización del oro fuera «un robo» o
«una ilegalidad» (se trató de una medida de guerra plenamente justificada), dicho
analista cuestiona sin embargo el destino señalado y su condición de única
alternativa:
¿Por qué eligió Moscú el ministro de Hacienda de la República? ¿Qué circunstancias le movieron a tomar
tal resolución? ¿No hubiera sido más lógico depositarlo en París, en Londres, en Zúrich, o quizá haberlo
embarcado rumbo a Nueva York? Después de todo, Moscú no era una plaza financiera importante. España
no tenía vínculos comerciales estrechos con la Unión Soviética, ni relaciones diplomáticas consolidadas, ni
tampoco Stalin era un dirigente con el que los políticos españoles mantuviesen contactos frecuentes.
Porque enviar 510 toneladas de oro a Moscú fue una decisión verdaderamente extravagante: significó
poner en manos de una burocracia impenetrable, completamente desconocida para los funcionarios
españoles y a la pavorosa distancia de 4616 kilómetros un tesoro descomunal. […] La decisión de sacar las
reservas áureas de España fue precipitada[82].
Las reservas de Martín Aceña han sido replicadas por uno de los grandes especialistas
en la política exterior soviética respecto a España, Daniel Kowalsky. A juicio de este,
las razones de Negrín eran válidas porque, en efecto, la URSS era la única alternativa
segura y confidencial para esa movilización del oro sin riesgo de la espada de
Damocles de que el embargo de armas en vigor se viera ampliado a un embargo de
actividades financieras. Las otras posibles plazas financieras no lo eran tanto o no lo
eran en absoluto, como la experiencia republicana había demostrado en los tres meses
de guerra transcurridos:
La lista de posibles receptores de oro era, por lo tanto, muy reducida. Inglaterra se había adherido a la No-
Intervención, y el hecho de que se adoptara en Francia esa misma postura, además de un ambiente político
inestable, hizo que el país vecino no fuera un lugar adecuado para recibir más oro del que ya se había
enviado. Los suizos, siempre neutrales, no habrían llevado a cabo la conversión en metálico. El gobierno
de Estados Unidos era lo suficientemente antirrepublicano para hacer que cualquier transferencia a ese país
resultara una operación sumamente arriesgada. Las únicas alternativas que quedaban eran México y la
URSS; como México no estaba preparado para suministrar asistencia militar a gran escala, la URSS fue el
Estado elegido[83].
En todo caso, Martín Aceña acierta al señalar un dato clave y crucial para entender
esa medida arriesgada e irreversible: «Negrín adoptó esta insólita decisión porque
creía que poniendo el tesoro español en manos de Stalin se aseguraba el apoyo militar
y la protección de la Unión Soviética, la única potencia europea que en el otoño de
1936 se mostró dispuesta a mandar armas a la República»[84]. En efecto, Negrín solo
concibió la idea y consultó su realización una vez comprobado el efecto letal del
sistema de la No Intervención colectiva aprobado por todos los gobiernos europeos
sobre la capacidad defensiva militar de la República, que estaba a punto de recibir el
asalto frontal, y quizá victorioso, del enemigo sobre la capital del Estado. Y solo
formuló y promovió su ejecución cuando fue incontestable que solo la Unión
Soviética estaba dispuesta a quebrar ese sistema no-intervencionista y a prestar apoyo
militar directo al esfuerzo bélico republicano. Dicho en otras palabras: Negrín
resolvió poner en manos de Stalin la única baza financiera disponible para la